
Viajeros del tiempo
La Maison de Famille
El chofer pasó puntualmente por mí, a las ocho de la mañana (yo estaba en París y, aun así, la desmañanada valía la pena). Atravesamos la ciudad a una hora difícil y cruzamos esa línea tácita que separa la capital de los alrededores. De repente estábamos en Asnières frente a un portón largo y alto, que podría ser una casa, una oficina o simplemente eso,
un portón largo y alto. Sin embargo,
del otro lado de la puerta había un jardín y una casa, la Maison de Famille, en la que vivieron más de cinco generaciones de la familia Vuitton.
Al principio fue un taller de maletas y baúles, en 1859, pero en 1878, Louis Vuitton y su esposa Emilie dejaron París y se mudaron a Asnières, cuando todavía era una zona rural. Así se volvió la casa oficial de la familia.
La actual anfitriona de la casa se llama Margarita Zimmermann, tiene más de 60 años, fue cantante de ópera y cantando llegó a París desde Argentina. Pero cuando se acabó su carrera de cantante, empezó otra en Vuitton, y desde hace seis años es la encargada de recibir a los invitados de la Maison de Famille; se asegura, además, de que el pasto esté cortado, de que haya flores en los floreros, de organizar los banquetes y de decir cómo se debe poner la mesa. Habla un francés perfecto, inglés y español —con un acento porteño del que no ha podido desprenderse todavía con el paso del tiempo.
Sillones de diferentes tamaños y estampados, flores, velas, baúles viejos con el monograma de la marca, alfombras de colores, una chimenea de cerámica azul turquesa, paredes color crema, verde y rosa, vitrales en las ventanas y una bandeja de croissants en la mesa de centro. Sentadas en la sala estilo art nouveau, me cuenta de
la casa, que además es museo y fábrica de las ediciones y pedidos especiales de
la marca. Ahí mismo se organizan comidas o cocteles para prensa y algunos clientes vip que ansían conocer el hogar de su marca favorita, así como conciertos pequeños, avant-premières y conferencias.
Margarita es una buena anfitriona.
El museo del viaje
En el primer piso de la casa, el museo de la marca conserva baúles y maletas, desde los primeros tiempos hasta hoy, organizados según el tipo de viaje: por mar, aire, tren o carretera. Son baúles con mucha historia, algunos con el monograma pintado a mano o con las iniciales de la familia; pequeños, enormes —para guardarropas completos—, unos para los objetos de belleza, otros para sombreros (con los que los caballeros podían trasladar hasta seis de sus sombreros favoritos), alguno más, de 1905, para las herramientas del coche; una maleta que es también cama o un estuche confeccionado recientemente para guardar mil cigarros.
Y lo que no pasa inadvertido son los stickers (ahora vintage) pegados en los baúles. La historia cuenta que antiguamente, en los hoteles, los concierges tenían contraseñas: ponían stickers (o etiquetas) en diferentes lugares de las maletas para avisarle a los otros qué tipo de huésped era el dueño (si daba buenas o malas propinas, si era experimentado, si era amable, etcétera). El único problema es que no es tan fácil visitar este museo, pues es privado y sólo se accede con invitación.
El taller del monograma
Coherencia, me dice Margarita, eso es lo que define a la marca. Y paso de la casa al museo y de éste al taller, y entiendo de lo que habla. Cuando se entra a la manufactura y se ve todo el trabajo y el detalle que hay detrás de cada bolsa, cartera o baúl, entonces se entiende el porqué de la pasión que despierta esta marca. Cada pieza, cada varilla, cada pedazo de piel tiene un trabajo detrás, que confirma el precio y, por supuesto,
el valor agregado de tener su monograma al hombro.
El taller empezó a funcionar en 1959, y hasta 1977 fue el único de la marca. Actualmente, aquí se hacen los pedidos especiales, los baúles, las ediciones de las bolsas para las pasarelas y las bolsas de pieles exóticas.
El servicio de pedidos especiales empezó en 1869 (y entre los primeros se encuentra la famosa maleta-cama). Hoy, las piezas pueden personalizarse por internet o en las tiendas y ser made-to-order, lo que permite modificar una pieza ya hecha —como cambiar la piel o el color o ponerle iniciales—, o custom-made, piezas hechas completamente a solicitud del cliente, de acuerdo con sus gustos y caprichos; de éstas se hacen alrededor de 450 al año, no más, por el mismo artesano.
Patrick-Louis Vuitton, heredero del imperio (quinta generación), es el encargado de supervisar los pedidos especiales. Él mismo empezó a trabajar en el taller en 1973, en el área de carpintería, y luego lo dirigió durante 10 años. Hoy es quien determina si el pedido respeta el espíritu de la marca, si está relacionado con los viajes y si es viable. Las órdenes especiales (made-to-order) sólo pueden hacerse una vez; para hacer una copia, deben pedir permiso al dueño.
El taller huele a madera. La primera puerta lleva a la carpintería, donde se hacen las bases de los baúles y las maletas, donde se corta y se lija la resistente madera de poplar. La segunda sala es la del cuero, donde se eligen las pieles que se usarán de manera artesanal y, claro, pasan un control de calidad estricto (si la piel tiene una falla, se devuelve, porque para hacer una bolsa la piel debe estar perfecta). Luego se ven las mesas y las herramientas con las que trabajan alrededor de 185 personas. Cada artesano hace una parte. Y aunque todo se ve muy moderno, en realidad, se hace a la antigua: a mano se corta, pega y cose. Es un trabajo que requiere paciencia y mucha expertise, y que desde hace 150 años inventa (y reinventa) la historia de los viajes de lujo.
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