Camino a Santiago: ecos romanos, musulmanes y templarios
Dicen que cuando uno termina el Camino y despierta, ya de vuelta, en la cama de su casa, no sabe en qué albergue está. Busca sin tregua las botas, la mochila y la linterna frontal. O el maillot, el casco y la toalla de mano que anoche puso a secar en la cabecera. Es una acción refleja de todo peregrino: andariego, ciclista o jinete (que también los hay). Y es que el Camino permite una de las mayores aspiraciones del viajero, la mímesis total con el entorno. Porque la meta, más que nunca, no es un punto en el mapa sino el viajero mismo en constante aprendizaje, personalísimo y universalísimo, propulsado a través del paisaje por su solo par de piernas. Por eso es tan violento aceptar que Santiago, el último punto cronológico del Camino, también ha quedado atrás.
Me tentaba el Camino Mozárabe, una ruta menos transitada, más agreste y ancestral, si cabe, que otras que llevan a la tumba del apóstol. Se lo propuse desde México a mi hermano Miguel, y él convino en concedernos 15 días de septiembre, cuando el calor remite. El Camino de Santiago es un itinerario medieval (siglo xi) que no se reduce al consabido Camino Francés, ya que allí donde había un peregrino nacía una nueva ruta. Hoy, no se entiende peregrino como sinónimo exclusivo de fiel. Rondan cerca de 38% quienes, a su llegada a la capital gallega, confiesan hacerlo por razones religiosas. Aunque cultura, deporte, reto personal o la mezcla de varios son motivos comunes, intuimos que el Francés iría lleno. Además, si el interés de una ruta radicaba en la diversidad, el Mozárabe sería nuestro primer Camino.
Llegamos a Sevilla en un coche alquilado, con mi bicicleta híbrida y la de Miguel, de montaña. Nuestra experiencia cicloturista se reducía a una travesía por Cuba, en mi caso, y a tres etapas del Camino Francés en el suyo. Apenas si sabíamos parchar y poco más, pero ansiábamos realizar un viaje que, aunque requiriese cierta planeación para poder disfrutar más del entorno, se forjaría a pedaladas. Devuelto el auto y superados los primeros imprevistos, hicimos de la emblemática Giralda nuestro kilómetro cero. Concebimos el primer día como una etapa ligera para aflojar los músculos y, literalmente, echar a rodar las bicis. Buscamos la Torre del Oro, tomamos algunas fotos antes de cruzar el Guadalquivir y salimos hacia el norte después de comer, en dirección a Santiponce, a través de agradables lomas de terracería y entre campos de trigo y papa. En la arena del impresionante anfiteatro de Itálica retrocedimos en torno al 200 a.C., y poco después, camino de la Sierra Morena, nos alcanzó el atardecer. Entramos en caminos pedregosos con la luz prendida y llegamos a los 48 kilómetros de Castilblanco por una carretera solitaria, enfundados en los chalecos reflectores.
Era casi medianoche, habíamos tardado horrores. El nuevo albergue de peregrinos estaba abierto y allí caímos, rendidos, entre ronquidos ajenos. Si queríamos recorrer cerca de 1 000 kilómetros en 15 días, pensaba yo, deberíamos promediar 80 para poder llegar holgados a las dos o tres etapas demandantes, la del Puerto de Béjar, entrando a la meseta, y los montes de Galicia. Así, madrugamos para abandonar el edificio, 30 camas con baño y ducha a cambio de tres módicos euros, unas condiciones que, por suerte, se repetirían.
Recuperamos terreno con 86 kilómetros hasta Fuente de Cantos, Badajoz, lugar natal del pintor Zurbarán. Atravesamos las primeras dehesas, hábitat del puerco ibérico, dejando atrás castillos mozárabes o medievales y encinares con olor a bellota y pata negra. El albergue era una magnífica hostería, un antiguo convento poco menos fino que los famosos Paradores.
En el llano pacense, olivos y alcornoques dejan paso al trigo y a los viñedos de Ribera del Guadiana, que en plena vendimia impregnan el aire. Puebla de Sancho Pérez luce su plaza de toros medieval ¡y cuadrada!, la más antigua de España. La etapa concluyó al ponerse el sol. Bajamos al valle de la antigua capital de Lusitania surcando los trigales dorados que el guerrero de Gladiator caminaba bajo las notas de Hans Zimmer y la voz de Lisa Gerrard. Entramos a Mérida por el puente romano, con sus 2 000 años y 60 arcos. No dirigíamos cuadrigas ni llevábamos cascos de hierro, pero allí no faltaba nada más.
Al día siguiente fue el embalse romano de Proserpina, aún en uso, el que marcó el camino. Las clásicas flechas amarillas alternaban con mojones y nuevos códigos locales a la hora de guiar al peregrino. Pero nada como los miliarios, cilindros pétreos en los que aún se lee el nombre de quien los erigió (Traiano, Nero, etcétera), que fungían de puntos kilométrico en las calzadas romanas. Son la bienvenida a la Vía de la Plata. La joya del día es la ermita de Santa Lucía del Trampal (siglo vii), visigótica, ejemplo de un estilo que brilló entre las basílicas paleocristianas, bizantinas y el prerrománico posterior. La llegada a la ciudad de Cáceres, con un casco histórico que quita el hipo y con la primera de varias juderías, hizo olvidar mi pinchazo de horas antes.
Habíamos establecido una rutina de viaje que nos llevaba a transitar más ligeramente y por asfalto 75% del kilometraje, pero elegimos siempre, con ayuda del mapa, los tramos más interesantes para seguir por terracería o, de plano, por el empedrado de la calzada romana. Trepamos a pueblos amurallados de paredes blancas, como Galisteo, casi un fantasma por tanta migración al norte; atravesamos el fértil Valle del Jerte, un espejismo en tierras de secano, y llegamos —yo un día antes— al arco tetrápilo de Cáparra, cruce de dos calzadas romanas y emblema de la Vía de la Plata. El arco desafía al tiempo en medio de un campo de excavaciones, muy lejos de cualquier núcleo urbano. Necesito mi lugar. Pedaleo de más para acampar bajo la bóveda estrellada que amenaza tormenta en aquel rincón tan especial, junto a sillares milenarios, mientras Miguel descansa en cama en el pueblo anterior.
Reanudamos cuando él me alcanza. Ya juntos, superamos el salto de la meseta ibérica para llegar a los campos de Castilla por el Puerto de Béjar, un hito en la Vuelta a España, criba de grandes ciclistas. En un pueblito salmantino nos hospeda Blas, un irreductible párroco con aspecto de piloto de rallies, que vive por y para los peregrinos, y que nos convida a una gran fabada al vernos sin efectivo y sin un cajero automático en 100 kilómetros.
En Salamanca, que ya conocemos, pasamos la noche en casa de una amiga que nos muestra los bares de tapas que antes se nos escaparon. Embriagados de arquitectura plateresca, retomamos la marcha bajo un sol de justicia, junto a un ferrocarril en ruinas, por planicies implacables. En Zamora, otro amigo nos hospeda y hace lo propio, aunque esta vez es el románico el estilo omnipresente.
Y tras un incómodo tramo en obras que ahora debe de estar listo, Granja de Moreruela nos agasaja con el monasterio más antiguo de España (cisterciense, siglo xii), en medio de un paisaje inhóspito que ha recuperado el verde y que recuerda al Kingsbridge de Follet o a El nombre de la rosa.
En Moreruela se bifurca el Camino.
Al norte, la Vía de la Plata se enlaza con el Camino Francés, pero optamos por el Sanabrés, que nos sumerge en una comarca, la del río Tera, que anticipa Galicia. Románico temprano, barroco de granito, paisanos que falan galego y bosques frondosos que huelen ya a bruja y meiga. Sobre todo tras subir el Padornelo y A Canda, dos puertos de lo más exigentes —algo menos para el mexicano de altura—, pero superables con paciencia y buen humor, y muy capaces, al mismo tiempo, de llevarle a uno al éxtasis. Más si en Alberguería, arriba del segundo, nos recibe un bar envuelto en más de mil conchas, con jamón, cerveza y el Hallelujah de Leonard Cohen.
Entrar en Galicia es entrar en otro mundo. Me confieso un enamorado —no es difícil— de la región más mágica de España. Y en este estado, atravesarla es volar como en palo de escoba entre cruces de piedra celtas y monasterios con nombres como Oseira (literalmente: lugar de osos) o Xunqueira, pueblos donde aún lavan a mano y la lluvia no cae, sino que flota, y tiñe todo de una pátina de bruma que perdura hasta Compostela, incluyendo las termas a cielo abierto en Orense o la silueta húmeda del granito de la imponente Catedral de Santiago. Así, sin darnos cuenta, hemos llegado. Y no hay espectáculo mayor que ver, entre el olor a incienso santo, las caras jadeantes de otros recién arribados que empezaron a cientos o miles de kilómetros y a los que nos une, sin necesidad de ninguna explicación, la más rebosante de las sonrisas.
Información complementaria
Forma física
Depende de cómo se planee el Camino. Si no hay prisa y se quiere disfrutar de los atractivos de la ruta, ni hay un grupo grande que deba esperar a los rezagados, basta con entrenar un par de días antes para probarse con la bici y carga (los caminantes, para probar las botas). Las etapas suelen ser de
5 a 8 horas, por lo que es preferible salir entre 7 y 9 horas. Si se realiza caminando, la etapa media es de 25 a 30 kilómetros. En bici, de 60 a 100.
Época
De preferencia mayo, junio y septiembre. En verano, el calor
es intenso.
Costos principales
• Credencial de peregrino: 2 euros.
• Bicicleta: algunas aerolíneas no cobran por el transporte. Aeroméxico: 42 euros por trayecto. Basta con una barata, cómoda y revisada por un mecánico.
• Renta de carro amplio para llevar la bici (más la gasolina para 700 km):120 euros.
• Pernocta en albergues (cada 20 o 30 km, con credencial de peregrino): de 3 a 12 euros.
• Alforjas para equipaje: 18 euros.
• Neumático de repuesto para bici: 4 euros.
• Caja de 10 parches para bici: 1.50 euros.
• Autobús de vuelta (más bici) desde Santiago, con ALSA: pasaje más de 10 euros.
• Torta de embutido o queso en pueblos de la ruta: de 3 a 4 euros.
• Bebida isotónica de un litro: 1.80 euros.
• Litro de agua: 0.40 euros.
Equipamiento básico
• Altimetrías (relieves del terreno), en www.mulensa.com/pascualh/ VPerfiles.htm
• Mapa o guía
• Alforjas
• Ropa ligera (preferiblemente térmica y un par de mudas)
• Barras energéticas, polvos isotónicos
• Bloqueador solar
• Refacciones fundamentales (dos cámaras, bomba, parches, grasa y llave multiusos)
Otras opciones
de alojamiento
Paradores Nacionales
Alojamiento en castillos y fortalezas recuperadas. En el Camino Mozárabe se encuentran los de Zafra, Mérida, Plasencia, Salamanca, Zamora, Puebla
de Sanabria, Verín y Santiago.
www.parador.es
Castillo del Buen Amor
Crta. N-630, km 317,6
Villanueva de Cañedo, Salamanca
www.buenamor.net
Desde 90 euros por habitación doble.
Monasterio de Santa María
La Real de Oseira
Oseira, San Cristovo de Cea, Orense
T. +34 988 28 20 04
www.mosteirodeoseira.org
25 euros por persona y día. Lugar de retiro. Mínimo, 3 días; máximo, 8.
Albergues de la Junta de Extremadura
Son nuevos y de calidad. De 10 a 12 euros por noche en habitaciones privadas.
www.juventudextremadura.com
En Galicia, cinco viejas estaciones de ferrocarril han sido recuperadas para peregrinos.
Desde 5 euros la noche.
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