Amazonia: La vida acuática
Hace calor. Y cuando en Iquitos hace calor, es porque la temperatura supera los 38oC, la humedad 90% de saturación y el sol resquebraja la tierra. Aun así, los iquitenses siguen con su vida. Como si nada.
Antes de viajar a Perú, hablando sobre Iquitos, un amigo me dijo que era la ciudad más extraña en la que hubiera estado. Intenté que ahondara un poco más en la elección de su adjetivo, pero sólo me dijo: “Espera a llegar y ya verás”. Tenía razón: Iquitos es una ciudad fuera de este mundo. No sólo porque es una región que se conecta únicamente por avión o por barco con el continente —lo que la vuelve una isla, una región infranqueable—, sino porque es un lugar que se ha quedado detenido en el tiempo, en un espacio estancado entre la excentricidad de los edificios de estilo europeo, construidos durante la época de la fiebre del caucho (durante un breve, brevísimo periodo del siglo xix y xx), cuando se había posicionado como una de las ciudades más ricas del mundo, y la actualidad, una urbe habitada por miles de motocarros (taxis locales, que en realidad son motos con un remolque en la parte trasera), edificios en estado de semiabandono y una economía que no levanta. Basta recordar que ésta fue la locación de Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, famosa por su complejidad, contratiempos y genialidad, sobre un amante de la ópera, quien decide subir un barco a la cima de una montaña para construir su propio teatro.
Con todo, Iquitos sigue siendo uno de los puertos principales del Amazonas y el punto de partida peruano de este viaje por la región más salvaje de Sudamérica. Por eso decidí que lo mejor, para dejar pasar el calor y descansar del viaje (ciudad de México-Lima-Iquitos), era sentarse en el malecón frente al mismísimo Amazonas, a comer un ceviche de doncella (uno de los pescados estrella de la zona) con una Amazónica bien fría y ser parte por un rato de ese tiempo sin tiempo, como si de repente uno fuera un personaje de alguna novela de García Márquez, pero, en lugar de estar en Colombia, la locación fuera Perú.
De ahí, me tocó ir otra vez al aeropuerto a buscar al resto de los pasajeros (estadounidenses, un mexicano y una peruana) que llegaban en un vuelo posterior al mío y tomar la carretera durante una hora y media hasta Nauta, un pueblo pequeño y humilde de calles de tierra y casitas de madera. El calor de la tarde no le impide a los niños salir a la calle a jugar con pelotas y cuerdas y saludar, cuando pasa, a esa moderna camioneta con evidentes turistas dentro. Como si se cambiara de escena —literal y metafórica—, la camioneta atraviesa un portón grande y detrás aparece el muelle de Aqua Expeditions. A modo de sala, moderna y lujosa, sillones amplios y cómodos, aguas, frutas. Pero nadie se fijó demasiado, el río Marañón captó la atención de todos. Muy amplio, enorme, e incluso más apacible de lo que se podría tener en mente, y detrás, los primeros indicios de selva. Ante nuestros ojos teníamos, por primera vez, la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, nuestra casa por los próximos cuatro días.
El barco de cinco estrellas
La Amazonia es la Amazonia, un mundo extraño y sorprendente para todos los que somos ajenos a ella. Antes, sólo unos exploradores animosos y aventureros sin mucho futuro se atrevían a recorrerla. Hoy, en un crucero pasean sin prisa por sus aguas una familia de canadienses; Cathy y Don, de Connecticut; una pareja de novios de más de 60, que escapan de la rutina porque quieren seguir siendo novios; padre e hijo de New Jersey, que googlearon “Luxury Amazonas” y así descubrieron que existe algo llamado Aqua Expeditions. Una empresa de cruceros de lujo que cuenta con dos barcos, la gastronomía de uno de los mejores chefs de Lima y la dosis de aventura exacta para estar en el Amazonas, pero sin el temor de ser devorado por una tribu caníbal (claro, si eso existiera, más allá del viejo imaginario popular).
Llegamos en época de creciente, que abarca más o menos la primera mitad del año. Durante estos meses, el río tiene mayor caudal y eso tiene sus ventajas y sus desventajas. Por un lado, las aguas están más altas, abundantes y limpias que nunca. Sin embargo, la selva se ve más chica, menos desbordante de lo que uno pensaría. No es pequeña, al contrario (todos sabemos que es la zona verde más grande del mundo), sólo que casi 7 o 10 metros de troncos y raíces de los árboles gigantes están sumergidos debajo de las aguas marrones. Por esas aguas, los skiffs —o lanchas rápidas— llevaron a los 13 pasajeros, yo incluida, hasta el barco que nos esperaba más adentro del río.
Aqua, la empresa de Francesco Galli Zugaro, tiene dos barcos con los que ofrece tres experiencias de expedición diferentes. Una de tres noches, otra de cuatro y otra, más completa, de siete. Una semana entera a merced de la selva y el río. Nuestro grupo se sumó a la familia canadiense que estaba pasando las siete noches. El resto de los pasajeros, como yo, sólo iba por cuatro (lo suficiente para conocer y disfrutar de la experiencia, poco para terminar por dedicarse a la vida contemplativa). La mayoría de ellos eran viajeros asiduos de cruceros: Alaska, Galápagos, Antártida. Cruceros de lujo por paisajes exóticos.
El Aria es el barco más nuevo de la compañía, el primero fue el Aqua. El lleva navegando sólo un año, desde el 6 de mayo de 2011. Y es distinto a todos los cruceros. Es de lujo, sí. Y va por paisajes exóticos. Sin embargo, el lujo es un lujo cómodo. Uno se sube después de cada excursión, y siempre lo recibe la comitiva casi completa de la tripulación: el capitán Armindo, la directora Paula Fuentes, los naturalistas guías, los ayudantes. Un agüita fresca de camu camu siempre cae bien, mejor aún después de una excursión por la selva para ver aves o animales salvajes.
A mí me tocó dormir en un camarote de la planta baja —dos camas con las sábanas más suaves, decoración sobria y elegante y una pared de vidrio para ver el paisaje—. Hay una planta alta, donde además de camarotes se encuentra la tienda de artesanías y productos peruanos y el comedor con vista al río, y en el último piso está el bar, el salón principal con amplios sofás y mesas cubiertas con coffee table books y la terraza con alberca. Diciéndolo así, parece un barco enorme. Por suerte no lo es. Es un barco abarcable, con el tamaño perfecto —el casco mide 1.20 metros, tiene 9 metros de ancho y 45 de largo—. Y con 29 tripulantes para recibir y consentir a los 32 pasajeros (aunque en este viaje sólo fuimos 19). Me contó el capitán que es un modelo tipo pesquero, construido por los Servicios Industriales de la Marina de Iquitos, que cuenta con un motor ecológico que gasta menos gasolina y que lo más complicado es tener el aire acondicionado funcionando todo el día. Por eso tres veces al año, durante una semana, cada barco atraca en Iquitos para darle mantenimiento general.
Menos mal, los cruceros tienen sus más fervientes adeptos y sus oponentes más aguerridos. Los amas o los odias. Bueno, con Aria pasa algo distinto. No tiene la infraestructura, ni atracciones ni el anonimato de los grandes cruceros, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. Aquí el trato es cercano, todo el mundo te llama por tu nombre, no te pierdes ni tienes la tentación de pasarte horas dentro de una sala de cine o de un casino. Tampoco se tiene la urgencia de bajarse del crucero, recorrer una ciudad entera en dos horas y volver para estar a tiempo con el fin de hacer la próxima actividad a bordo del barco de 14 o más pisos.
A bordo del crucero, la vida transcurre con calma, una mezcla de vida contemplativa y actividades al aire libre. Uno elige si se queda durmiendo en esa cama deliciosa con vista al río o leyendo en la terraza mientras suena Ella Fitzgerald (porque afortunadamente en el barco no hay tv ni señal de internet) o si se sube al skiff y se lanza a la aventura, nada es obligatorio. Sin embargo, lo más recomendable (y en realidad, lo que todo el mundo hizo durante el viaje) es no perderse ninguna actividad. En realidad, a eso vinimos (aunque haya que levantarse a las seis de la mañana, aun antes que los pájaros).
De excursiones, cenas y más
Los horarios son al uso del norte (aunque estemos en el hemisferio sur) y la primera cena se sirvió a las siete de la tarde. Tres tenedores, manteles hasta el piso, luz de velas, varias copas y un menú degustación que incluyó queso de búfala con aguacate y nueces, consomé de pollo con yuca y dumplings de banana, sábalo en salsa de ají dulce, una carne con chícharos y hongos y un pastel de chocolate de postre. Maravilla de menú que se repitió cada noche (no el menú, sí lo maravilloso).
Cada desayuno buffet, comida ligera y cena de varios tiempos que se sirvió en el crucero fue pensado por el chef Pedro Miguel Schiaffino, famoso en Lima gracias a su restaurante Malabar (número 62 en el ranking de los mejores restaurantes según San Pellegrino), y ejecutado a la perfección por el chef ejecutivo Roberto. Todos los platillos se preparan de manera laboriosa con ingredientes locales, desde el pan hasta los postres.
Después del postre y un paseo por la cubierta con las estrellas por techo es hora de ir a dormir, aunque no sean más de las 9:30 de la noche, mientras el barco se traslada por el río Marañón, tranquilamente. El barco no se mueve, no se mece ni marea, tampoco hace ruido ni se zarandea cuando se desliza por el agua.
A las seis de la mañana suena el teléfono, es el despertador para la primera excursión. Aunque el horizonte no se vea, porque está cubierto por la neblina de la mañana, salimos con café en mano, en una lancha, cuatro pasajeros, más el guía y el paramédico. A esa hora, el aire es fresco y el río está más sosegado que la noche anterior. El Marañón es uno de los ríos tributarios del Amazonas, que empieza en las montañas de Lima, y sus aguas son cafés, debido a los sedimentos minerales que arrastra.
Los 21 000 km2 que ocupa la Reserva Nacional Pacaya-Samiria son la casa de muchas especies de animales y vegetales. Tiene el tamaño de un país como Bélgica, y fue nombrada reserva desde 1940. Allí viven siete grupos indígenas distintos y llueve 250 días al año. Y a medida que uno se interna en la selva, el aire se vuelve más puro y las aguas más negras y espesas. Una de las actividades principales del Aria es esa: intentar descubrir animales que se camuflan entre tanto follaje, tener los ojos abiertos y los binoculares a la mano para seguir el vuelo de unos papagayos azules o intentar reconocer, con ayuda de los guías, 5% de la flora local.
No es tan fácil ver animales, y menos porque el agua está muy alta y los animales muy dispersos. Sin embargo hay que estar atento para descubrir de repente a un gavilán pollero, los nidos colgantes de las oropéndolas, las mariposas búho que son azules, murciélagos de nariz larga, enormes bromelias con flores rojas o las muchas variedades de ficus, una más verde que la otra y alguna de más de 100 metros de altura.
Nuestra primera misión fue descubrir, a modo de escondidillas, algunas especies de la fauna endémica y la suerte nos acompañó —con lo que se confirma el famoso dicho: “Al que madruga, Dios lo ayuda”—, pues vimos a una garza blanca de cara azul, un martín pescador, pequeños orioles de panza amarilla. Los pájaros se van despertando poco a poco, como nosotros, pero al rato, ya con la niebla arriba, el ruido de las aves es espectacular. Y hasta aturde.
De repente, al lado de nuestra lancha de alta tecnología, pasó una balsita casi a la deriva yendo río abajo. Encima, una familia completa se esforzaba intentando dominar los remos. Llevaban sus pencas de plátanos hasta Nauta para venderlas allí. Un bebé y su madre, dos hijos más grandes y la abuela, que viven, cocinan y duermen en la balsa precaria los días que dura la travesía. Una vez en Nauta, venderán sus plátanos y volverán en uno de los barcos taxis que llevan a los pobladores locales, algo hacinados, en las hamacas que cuelgan del techo, como si fuera Bangladesh, pero en Perú. Un viaje completo que dura una semana y que va haciendo paradas donde deja y recoge a más gente. De Iquitos a Pucallpa, el viaje cuesta 60 soles (alrededor de 22.5 dólares).
Además de las balsas y de los taxis no hay muchos más barcos que naveguen el Marañón, alguna canoa perdida que desaparece cuando se interna entre los juncos altos que salen del agua. De vez en cuando se ven algunas comunidades pequeñas, casas altas que durante esta época permanecen inundadas y tienen que trasladarse en canoa para comprar víveres o visitar a un vecino.
Eso le pasa, por ejemplo, a la comunidad Lisboa, un pequeño poblado de casas construidas sobre pilotes, una escuela primaria con 38 niños que confunden el español con el cucama y un par de tienditas que ofrece productos básicos. Es una de las “paradas” que organiza el Aria, y a los pasajeros les encanta el ratito de convivencia con los lugareños, tener un pequeño intercambio de canciones en la salita de la escuela por bolsitas con útiles compradas en el barco. De diciembre a marzo permanecen inundados. Pero han vivido siempre aquí y es normal vivir de esa manera. Ahí mismo tienen sus campos donde cultivan yuca y maíz, pescan en el río y a metros de sus casas nomás tienen el río, la vía de comunicación más fácil e importante. Un misionero, Alberto Vázquez, que se encontraba en la comunidad por esos días, me contó que lo más difícil de vivir en la selva es la falta de educación y de salud. Sin embargo, los pasajeros no ven eso. Se van contentos con sus canciones, se suben a los skiffs y se van de vuelta al barco.
La casa de los delfines rosados
La selva amazónica es fantástica. Pero no sólo en la acepción de magnificencia, sino que se acerca más a la de irrealidad, de increíble. Y no sólo por esos cielos inmensos, con nubes en capas, en formas y texturas distintas que juegan con los colores de la mañana y de la tarde, sino por seres más concretos. Estoy hablando en específico de los delfines, y de los rosados. Bufeos, como los llaman los lugareños. Criaturas seudomíticas, estos mamíferos suelen andar en manadas y sin miedo, aparecen para lucirse ante los visitantes. No tienen ni la belleza ni la tersura de un mular de acuario, mucho menos la simpatía. Sin embargo, su color, sus jorobas, hocico largo y su presencia semiprehistórica dejan a cualquiera con la boca y la imaginación abiertas a las mejores historias y fábulas.
Los nativos los consideran mágicos y por lo tanto son intocables. Dicen que estos curiosos animales por las noches se convierten en hombres, los hombres más bellos y simpáticos, y visitan las fiestas y peñas de los pueblos. Con su simpatía se dedican a cautivar a las mujeres más guapas y cuando ellas caen en sus redes, se las llevan al fondo del agua a vivir con ellos y ya nunca más ven la luz. Cierto o no, por si las dudas, nadie toca o lastima a los delfines rosados que, además, viven más de 60 años.
También están los otros. Los grises. Menos complejos anatómicamente que los rosados y más parecidos a los de mar. También se dejan ver, acompañan al barco o bote que se cruza en su camino y saltan de dos en dos o de tres en tres, con crías incluidas. Verlos, en el agua turbia, con la selva de fondo con todos los tonos de verde posibles, es extraño y maravilloso.
Después de ver una manada de delfines, uno sabe que valió la pena la segunda desmañanada del viaje. Después de observarlos, nuestra lancha siguió su camino y se internó por la selva yigapá (la que crece alrededor de las aguas negras), por el río Samiria que es calmo, tanto que parece un espejo más que un río. Mientras el aire se llenaba de olores dulces a veces, cítricos a ratos y otras veces, florales.
Donde empieza este río nos recibió un perezoso de tres garras, otro de los habitantes de la Amazonia, que dormía tranquilo entre dos ramas de un árbol alto. Nunca tocan la tierra, y los ribereños no se acercan demasiado porque tienen la creencia de que si ven uno mientras su esposa está embarazada, su hijo “puede quedar lento”. También vimos caimanes, que pueden vivir 100 años y tienen una apariencia prehistórica con su piel rugosa, garras y dientes afilados; monos negros; monos capuchinos, que se mueven por los árboles en grupos enormes, y también monos ardilla.
La lancha siguió internándose en la selva, cada vez más adentro, donde hay tanta vegetación que los ríos se hacen más angostos, hasta que llegamos al lago Cocha Wiuri, una extensión enorme cubierta en su totalidad por Pistia stratiotes —más conocida como lechuga de agua— que es casi una plaga, pero que sobre el lago forma una especie de alfombra verde infinita. En ese lugar, las lanchas se detuvieron y el barman Robinson y sus ayudantes destaparon algunas botellas de espumante que mezclaron con jugo de naranja, todos los pasajeros y la tripulación hicimos un brindis con nuestras copas desbordantes de mimosas, mientras el sol caía sobre el horizonte y los mosquitos se volvían activos. A las 5:30, después de un día completo de excursión, pasaron los loros; su vuelo indica el momento en que la gente deja de trabajar para irse a sus casas a descansar. Es el momento en que nosotros volvimos al barco a cambiarnos y cenar.
La vida a bordo del barco
A bordo del Aria, sólo una mujer es parte de la tripulación. Es Paula Fuentes, la directora, la otra cabeza del crucero junto con el capitán Armindo. Mientras él se encarga de todo lo que tiene que ver con la navegación, ella hace que todo lo relacionado con la hotelería funcione de las mil maravillas. Paula es de Lima, estudió Administración Hotelera y ha trabajado en varios cruceros más.
Los protagonistas, algo así como las celebridades del Aria, son sus naturalistas guías: Ricardo, Roland, George y Julio, que hacen de intérpretes de la selva, maestros y también animadores de las excursiones y que tienen el ojo más experto de todo el crucero. Así como todos los que no se ven tanto porque están en la cocina, ordenando las habitaciones o cuidando a los pasajeros. Mucha gente para atender como reyes a los pasajeros.
Como reyes en la selva. Tanto que al día siguiente, la excursión tomó el día completo. Desde temprano salimos en las lanchas rumbo al corazón de la reserva. Pasamos la primera estación del guardaparques y seguimos hacia la segunda, lo más lejos que puede internarse un grupo de turistas. Allí, en medio de la selva, en una construcción de madera sin ningún tipo de lujo, los encargados del picnic nos sirvieron, en una mesa improvisada pero con mantel, una comida de tres tiempos. Después de comer, el regreso de más de dos horas incluyó bandadas de papagayos azules y una tormenta tropical de la que intentamos (y casi logramos) cubrirnos con los impermeables gigantes que lleva la lancha para estos casos.
La vida acuática
Con un ritmo tranquilo, pero constante —que se organiza en actividad, desayuno, descanso, actividad, comida, descanso, actividad y cena— el día se pasa volando, o navegando. Y uno llega al final del viaje con los ojos llenos de imágenes, de vivencias, de gente nueva con la que convivió durante esos días, y éstos nunca son suficientes, pero que son radiantes, incluso cuando llueve.
El recorrido que nos llevó de Iquitos a Nauta —en una camioneta—, del muelle de Nauta al barco —en un skiff—, el Aria, que navegó durante días por el Marañón hasta integrarse al impresionante Amazonas, llegó a su fin, y volvimos al origen, a Iquitos.
El barco atracó en el muelle y todavía hubo algunas actividades. De regreso y después de pasar tantos días en la selva, alejados de la civilización, la ciudad se ve con otros ojos, se aprecia más, se entienden más las contradicciones de esta ciudad que fue de reyes y ahora sobrevive en una decadencia con nostalgia por la época dorada, así como se entiende más el mundo en general.
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