Catemaco: entre brujos y chaneques te veas

“El niño desapareció sin dejar rastro. De nada valieron las búsquedas exhaustivas, las súplicas…vamos, ni las invocaciones de los brujos. El chaneque se lo había llevado para siempre.” Silencio. Los dos niños intercambian miradas inquietas. Al fin el más grande se atreve a preguntarle al lanchero qué es eso del chaneque. “Duendes. Criaturas del bosque. Salen por las noches. O incluso de día. Y se roban cosas. No es por maldad, sino por travesura. Uuuuy, pero cuando se enojan, ahí sí que se salve quien pueda. A los niños que se portan mal, se los lleva y ya no regresan. Así que yo que ustedes le hacía caso a su madre, que ya lleva rato llamando, y me comía toditito el guisado.” Carlos y Rubén salieron disparados. Por supuesto dejaron limpios sus platos. Catemaco, uno de los lagos más grandes de México (27 kilómetros de largo por 16 de ancho), resulta ideal para traer de fin de semana a los niños. Tal vez por su riqueza en flora y fauna y, por ende, en plantas medicinales, se convirtió en un reducto de chamanes, y se llenó de leyendas y mitos. Hasta la fecha, cada primer viernes de marzo los brujos siguen celebrando su famosa convención anual, a la que acuden miles de visitantes. Algunos por devoción. Otros por curiosidad, pues el evento ha pasado de lo sobrenatural a lo turístico. Por su parte, las leyendas, algunas de origen prehispánico, otras de la Colonia, se han ido transmitiendo por generaciones, y hoy cualquier lanchero con buena labia las convierte en fascinantes relatos que dejan boquiabiertos a los pequeños viajeros. El lago se encuentra en la zona de la Reserva de la Biosfera de los Tuxtlas, que protege a la selva tropical húmeda más al norte de América, además de bosques y habitats costeros. Todo crece en sus fecundas riberas: chile, maíz, limón, dulcísimas papayas, mangos, naranjas…y hasta frutas que rara vez llegan a los mercados capitalinos, como el nanche y el chagalapoli —especie de mora con la que se hace una mermelada buenísima—. En las carreteras aledañas hay puestos que venden frijoles de todos colores, arroz, nanche curtido, miel, totopos, toritos (licores) de diversas frutas, tortillas recién hechas, café, jugo de piña, puros, jarras de miel, jalea real para controlar los nervios (atención chilangos) y polen para curar la tos y las penas del alma. Ahora bien, el pueblo de Catemaco, en la ribera oeste del lago, resulta tan poco agraciado como bellos son sus alrededores: mucho cemento a medio pintar, un centro netamente comercial, decenas de puestos ambulantes. Lo único rescatable: la placita central y un bonito malecón que muestra atardeceres espectaculares. Acostumbrado a recibir al turista mexicano típico —ése que arrasa con todo lo que encuentra, tira basura y compra el llavero de sirenita fosforescente como recuerdito— le da la bienvenida a los carros foráneos con una carretada de niños y lancheros que corren prometiendo llevarlo al hotel más barato, al paseo más sublime, al brujo más renombrado. No les haga caso y estará a salvo. Lo importante es hospedarse lo más rápido y salir a recorrer los alrededores de inmediato. La lista de hoteles no podía ser más larga. Pero las buenas opciones resultan escasas. La Finca (Carretera 180 km 147; T. (294) 943 0322; F. (294) 947 9720; www.lafinca.com.mx; habitación doble desde 700 pesos) es probablemente la mejor opción familiar, aun si cuesta más de lo que debería. Tiene la ventaja de estar fuera del poblado pero junto al lago, y cuenta con amplios jardines, alberca, chapoteadero con tobogancitos y canasta de básquet; un puñado de juegos infantiles, canchas de volley y futbol y habitaciones absurdamente amplias. Las mejores se encuentran en la nueva ala. Playa Azul (Carretera a Sontecomapan km 2; T. (294) 943 0001; www.playaazulcatemaco.com; habitación doble desde 700 pesos), también en las afueras y junto al lago, posee amplios terrenos, una gran alberca con área de juegos infantiles, playa, futbolito, ping-pong y bungalows para las familias grandes. Ambos solían ser de lo más chic hace 30 años, pero hoy su estilo arquitectónico —mucho cemento, aluminio dorado, baños color verde agua— está listo para una renovación. Con todo, son los mejores. El último, Playa Cristal (Madero 73A; T. (294) 943 0329; doble desde 600 pesos) tiene habitaciones más modernas, pero no está junto al lago, sino del otro lado de una calle, y su área de alberca es más pequeña. Tome en cuenta que los precios —y la afluencia de visitantes— llegan hasta duplicarse en temporada alta. La otra opción, por mucho la más interesante, es Nanciyaga (www.nanciyaga.com), en una reserva privada en la ribera norte del lago. De sus 10 cabañas construidas en la orilla, tres son familiares (cuatro personas, desde 425 pesos). La idea es que el impacto ambiental sea mínimo, por lo que baños y regaderas se encuentran aparte —para tratar el agua—. Además de temazcal hay un bellísimo nipapaqui (bañera de agua mineral), y se ofrecen mascarillas y limpias con el chamán. El lago y sus islas de fantasía Una vez resuelto el alojamiento, todos directito al lago. Para recorrerlo en el malecón se toma una lancha colectiva (50 pesos por persona) o una particular (hasta seis personas, 350 pesos). Por supuesto, dependiendo de la afluencia turística, el tiempo de recorrido y las habilidades regateadoras del cliente, el precio sube o baja. De la docena de islas del lago, los niños no pueden perderse la de las Garzas, donde se refugian parvadas de distintas especies, y la de los Monos, donde habita una colonia de macacos rabones traídos de Tailandia en 1979, como parte de un proyecto de conservación de la Universidad Veracruzana. Lleve binoculares para ver mejor y aguas con los sociables changos, que se roban todo lo que pueden. Tampoco olvide pedir que lo lleven a nadar a cualquiera de las dos playas: Azul y Hermosa, así como a Nanciyaga. Cuenta la leyenda que Nanciyaga era la princesa más bonita de los alrededores. Hoy su nombre lo lleva a pulso una reserva privada en la ribera norte del lago (vía terrestre se accede por el camino a Coyame) donde se ofrece un sencillo recorrido guiado por la selva (30 pesos por persona; de 8 a 17 horas), a lo largo de una vereda empedrada, cuya principal atracción infantil la conforman el puente colgante y el criadero de cocodrilos. También se rentan kayaks y lanchas de remo. Para los huéspedes (quienes disfrutan más del lugar en la tarde que ya no hay visitantes), todo lo anterior es gratis. Para comer lo mejor son los productos del lago y de las costas cercanas. La lista de pescados incluye mojarra, lisa, robalo, lebrancha, jurel y chucumite, que se preparan a las brasas, al mojo de ajo, en caldo o en chilpachole (fritos y luego en caldosa salsa). Hay también jaibas, camarón blanco, tegololos (caracoles) y la famosa carne de chango, que no es más que cerdo ahumado, cocinado con hojas de guayabo, de aguacates y en leña verde. De postre hay toda clase de frutas cristalizadas, en almíbar o curtidas y los más sublimes platanitos rellenos de queso. Hay decenas de restaurantes a lo largo del malecón, pero los dos más recomendables se encuentran casi lado al lado: Tierra de Tucanes (T. (294) 943 1100) y La Changada (T. (294) 943 0813), a un costado del Hotel Playa Cristal. Los platos fuertes comienzan en 65 pesos. Una laguna alternativa Sontecompapan es un sitio ideal para las familias que quieran huir del caos turístico y relacionarse más con los locales. O acampar. Se trata de otra laguna a 20 kilómetros de Catemaco que, aunque más pequeña, tiene miles de rinconcitos a explorar. Desde el 2000, algunos pobladores iniciaron un proyecto de conservación, por lo que en vez de trepar a los turistas en lancha de motor, los llevan en embarcaciones de remos, lo que vuelve a la expedición más divertida e intrépida —y menos dañina para el ambiente. El trayecto inicia a pie, desde el pueblo hasta la zona de acampada, un kilómetro adelante. La veredita serpentea por entre la vegetación fluvial y tiene como atracción central una torre de observación de aves (para verlas mejor, vaya al amanecer). En el campamento —quienes pernocten tendrán estrellas garantizadas— se trepa uno a las barcas y, cual Indiana Jones, la libra apenas entre los manglares, para minutos después llegar a la inmensidad de la laguna de Sonte. Ahí hay muchos lados por dónde coger. Los más pequeños gustan de visitar la isla de las aves, tanto por los bichos —pelícanos, patos, gaviotas, águilas, garzas— como porque está bajito para nadar y aprender a manejar la barca. De ahí se continúa por alguno de los 12 ríos para detectar iguanas, y finalmente se desemboca en la singular Poza de los Enanos, cristalina a más no poder, de poca profundidad y con lianas colgantes para aventarse cual Tarzán. Mejor alberca no existe en los alrededores. Aunque al atardecer más vale emigrar, porque con la noche llegan los chaneques o, aun peor, los mosquitos, y esos sí se comen a los niños a mordidas y sin piedad. Cómo llegar Catemaco está 170 kilómetros al sur del puerto de Veracruz por la carretera 180. Del DF y Puebla se toma la autopista 150 y en La Tinaja se sigue la 145 hasta topar con la carretera federal 179 que lleva a Santiago Tuxtla y de ahí a Catemaco.
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