Córcega se deja pueblear
Buena parte de los 8 680 kilómetros cuadrados de Córcega están protegidos como reserva natural. Sin embargo, el reducido territorio, que
no llega a duplicar el del Estado de Morelos, esconde prácticamente todas las variantes del paisaje mediterráneo: desde el desierto, causado por el hombre, hasta la vegetación natural del “maquis” (monte bajo), el bosque de castañas y el de lárices (alerces); este último, se podría decir, una versión endémica del bosque alpino.
Sin grandes ciudades, poca infraestructura turística y prácticamente cero industria —salvo la alimenticia artesanal—, Córcega tiene una naturaleza privilegiada que aún recuerda el carácter rural de la Europa preindustrial. Es una isla de sólo 260 mil habitantes —concentrados en dos ciudades principales: Ajaccio y Bastia—, que pareciera haber sido diseñada para descanso de los turistas. Aquí uno descubre que Europa, rural y agreste, también está hecha para pueblear.
Cultural e históricamente ligada a Italia, Córcega es ahora la región más aislada de Francia, a la cual se vuela más barato desde París o Niza, pero a la que conviene llegar por ferry desde el continente, tras conseguir un buen carro compacto. Es una montaña, un bloque de basalto rojo desprendido
de la costa provenzal que boga a la deriva para acercarse más y más a Italia, que la reclama. Es una extensión de los Alpes, plegada una y otra vez como acordeón, cuyos picos nevados de casi tres mil metros generan poderosos ventarrones, esconden gargantas de basalto, docenas de lagos glaciares y cerca de veinte dialectos del idioma corso, probablemente la lengua romance con menor número de hablantes. A los pilotos de pruebas y amantes de las carreteras accidentadas les resulta fácil enamorarse de Córcega.
“Hay que verla en primavera”, fue la recomendación de Michele, una amiga neoyorquina que sueña con retirarse en Córcega, alejada del “bullicio” de su pueblo natal, uno de los más aislados de Provenza. “Vas a admirar la isla que mejor conserva el carácter original del Mediterráneo.” Supe por ella que Córcega seguía siendo una zona turística relativamente barata, a pesar del euro, ya que la infraestructura está muy poco desarrollada fuera de las ciudades portuarias y las playas llanas de la costa este. Incluso a partir de mayo, cuando empiezan las excursiones, se consiguen muy buenos precios, sobre todo en plan de campamento playero o trekking mochilero. Pero como lo mío son los manteles largos, estudié minuciosamente mis mapas topográficos, los atlas de carreteras y apreté mi itinerario en un puñado de días para entregarme de lleno a una aventura hedonista.
EL RECORRIDO
Córcega se alcanza a ver desde Niza al romper el alba, le coquetea a los curiosos por unos minutos antes de que los primeros rayos del sol desprendan del mar una temprana calimilla (bruma), que la oculta como un velo hasta que llega la noche. Desde la proa del barco, en los días claros, se ofrece descaradamente, tan pronto desaparecen en la popa los picos más altos de los Alpes Marítimos, cuando el horizonte ahoga la Costa Azul. Su belleza es un espectáculo. Un descarado muestrario. Sus picos blancos surgen del mar y agregan, poco a poco, al azul marino todos los colores del Mediterráneo.
Desembarqué en L’Île Rousse y me fui costeando hasta la ciudadela de Calvi, donde según los locales, nació Cristóbal Colón, segundo en el panteón de los corsos ilustres, sólo después de Napoleón. Ahí saboreé mi primer café, espreso, contemplando desde la marina los picos nevados a 15 kilómetros del mar. Esta primera vista me pareció más majestuosa que la de los Alpes Marítimos despeñándose verticalmente en las aguas entre Mónaco y Niza, y me cuestioné las que habría pasado el genovés para atreverse a abandonarla.
Dueña de esta parte del Mediterráneo, Génova controló la isla durante siglos, tras arrebatársela a Pisa en 1284. Cuando la presencia aragonesa y castellana se incrementó en el Mediterráneo, 67 torres fueron erigidas a la orilla del mar con el fin de avisar a toda la población sobre alguna posible incursión. Durante catorce años el dominio genovés dejó de existir, por primera vez la nación corsa fue
independiente, con el apoyo inglés y bajo la dirección de Pascal Paoli. Desconociendo su falta de control y al nuevo gobierno, Génova vendió la isla a Francia en 1768, un año antes del nacimiento en Ajaccio de Napoleón Bonaparte, quien conquistaría Europa.
A mí Córcega me conquistó por el olfato. Un 85% de la isla es como una cocina a cielo abierto, donde la vegetación predominante es la de las hierbas de olor: romero, tomillo, salvia, albahaca y menta crecen desde un palmo hasta más de tres metros como una maraña aguerrida, imposible de desbrozar, salvo con fuego. Su miel despide la fragancia del maquis en flor. Sus albúferas y costas anegadas exudan el gusto de una salmuera marinada. De tal modo que sus parrillas, deliciosas, huelen igual que sus incendios forestales.
Seguí mi camino rumbo al norte para zambullirme en el mar bajo la estricta vigilancia de la torre de Algajola. Es curioso pensar en una isla como en un castillo y en el mar como su foso. Sin embargo, ése fue en efecto el recurso defensivo del pueblo marítimo genovés.
Pues las invasiones mediterráneas son la historia de Córcega. Habitada desde hace nueve mil años por un pueblo pastor y recolector que desarrolló una cultura paleolítica superior hacia el 3 500 a. C., la isla fue invadida sucesivamente por fenicios, griegos y cartagineses, y conquistada por Roma. Tras la caída del imperio, fue evangelizada bajo dominio vándalo, “recuperada” por los bizantinos, y vuelta a “perder” bajo los ostrogodos y, más tarde, los lombardos, para ser liberada de ellos por los francos. La protección papal garantizada por Carlomagno sucumbió ante el advenimiento del Islam, al que hubo conversiones masivas. El feudalismo que llegó con Pisa en 1077 y las expediciones carolingias del siglo vx hicieron poca mella a la presencia sarracena, al extremo de que la insignia nacional aún ostenta a un corso moro.
Con sus radas amuralladas y fortalezas portuarias, iglesias románicas
y renacentistas, 2 500 años de invasiones de tres continentes están registrados a lo largo de una angosta franja costera. Tierra adentro, dicen los corsos, está la esencia del país. Donde el bosque de castaños, el maquis y el
alcornoque aún no ceden al ímpetu de plantas invasivas, tan ajenas al Mediterráneo como lo son la vid persa y el olivo sirio. Hacia allá me dirigí.
Para llegar desde Algajola a Erbalunga hay que atravesar el Desierto de los Agriates en flor, rosa y púrpura, donde Séneca fue exiliado; descender a la Bahía de Saint-Florent, donde lanzar bolas de hierro frente al mar parece ser la principal diversión de su población septuagenaria; pertrecharse de unos vinos rosados a la sombra de la iglesia románica de Patrimonio, principal zona vitivinícola desde tiempos griegos; remontar el espinazo vertical que da forma al angosto Cabo Corso para caer de lleno al puerto viejo de Bastia, cabeza del imperio genovés; y seguir a lo largo de la costa, sombría desde que el sol cruza su cenit, entre los muros bañados de flores y las antiguas casas de pescadores. Lejos de la actividad portuaria de Bastia, entre un pico de 1 307 metros y una torre semiderruida, vi salir el sol sobre el glorioso Mar Tirreno.
Para los amantes de la historia: la fortaleza de Corte fue fundada por los aragoneses, fungió como capital nacional durante Paoli y es sede de la Universidad Corsa. La ciudad a sus pies vio morir a Paoli asesinado y nacer a José Bonaparte, “Pepe Botella”, quien gobernaría España. Para los amantes de la gastronomía: quizá sea el mejor lugar para probar la cocina regional corsa, que me aventuraría a simplificar como una versión muy regional de la italiana, con toques del sur de Francia, enriquecida por varios ingredientes únicos y excepcionales.
Tras comer en un negocio familiar de la calle principal (que no tiene más de cinco o seis cuadritas de largo) unos canelones de harina de castaña rellenos de brocciu, el queso crudo de cabra más oloroso que he probado, y jamón de jabalí, animal que ronda la isla alimentándose únicamente de bellotas y hierbas de olor, me dirigí a la zona de pastoreo de la Restonica. El dueño del expendio me dijo: “Éste es de las cabras de mi padre, quien jamás comería un queso de cabras desconocidas”. Tuve que ir a conocerlas.
Más que una cañada alpina, el estrecho valle de la Restonica es una ratonera. A mí no me atrapó por lo angosto de su camino, literalmente labrado en la pared, entre la quebrada y la cima de sus montañas, paralelas y grises, cada vez más altas, sino por su belleza. Coníferas centenarias que nunca había visto en ningún otro lugar de Europa se estiraban para robar un rayo de luz al sol, mientras las bañaba una lluvia de musgo y helechos, creando un paisaje
espectacular que me recordó por su rareza al bosque de la Patagonia argentina. Haciendo gran estruendo por el eco, como quien raja la piedra, se oían caer las aguas de un
pequeño arroyo que nace dos mil metros más arriba, de los lagos glaciares del Monte Rotondo. A sus prados subí y bajé en cosa de tres horas para conocer las cabras.
Salí de la Restonica, pasé de largo los picos nevados de una segunda quebrada paralela y me interné en la tercera tras una maraña incesante de curvas. Iba cuesta arriba, camino a Calacuccia, a unos cincuenta metros sobre el río Golo y a lo largo de su estrecho cañón, cuando éste se angostó tanto que no pude más que pensar que estaba en un túnel de viento, de esos diseñados para probar autos de carreras. Varios kilómetros después, al viento del Oeste que bajaba de las montañas se sumó la turbulencia de los camiones que sólo se detenían para plegar sus espejos y no perderlos en algún percance.
El cañón aloja una cortina hidroeléctrica, en cuyas aguas se refleja el monte Cinto, el más alto de la isla, de
2 711 metros. Camino arriba, el paisaje es netamente boscoso y, salvo por el claro donde los esquiadores tienen su remonte, no hay un solo espacio abierto.
Los colores de la tierra
Lo que vino después jamás lo olvidaré. El camino a Porto serpentea a lo largo de una barranca inmensa hasta bajar unos mil metros. Conforme desciende, el bosque desaparece y es reemplazado por el maquis, cuyo follaje no ofrece ninguna protección contra el fulgurante reflejo del sol, que al atardecer convierte el Mediterráneo en un espejo. El encandilamiento es absoluto y la prisa por llegar antes del anochecer, aún mayor. El resto del camino a Piana, sitio famoso por sus acantilados rojos, a cientos de metros sobre el mar, fue una angustiosa carrera entre sol y sombra, deslumbrante naranja y tenebroso negro, brillo enceguecedor y engañosa oscuridad que guía, vida y muerte. El camino no tiene siquiera una rayita pintada, pero eso sí: no faltan
jabalís que se atraviesen ni las piedritas “de fantasmas”
a la orilla del camino. Pues en lugar de poner postes que brillen en la noche, en Córcega tienen a bien agarrar una piedrita plana, de esas que sobran a la orilla del camino, para colocarla, como mero detalle, justo donde acaba la cinta asfáltica. La medida no previene de ningún peligro ni evita ningún accidente; más bien te avisa que no importa qué hagas, “ya es demasiado tarde”.
Acompañado por unos italianos que bajaron los mismos mil metros en kayak, cené una bouillabaisse al estilo corso, con vista al mar y a la orilla del camino que cruza con
Piana. A la mañana siguiente, me bañé en la ensenada de Ficajola, tras bajar los 400 metros que en caída vertical separan a Piana del mar. Enmarcada por kilómetros y kilómetros de acantilados verdaderamente colorados de hasta 600 metros, y coronada por los picos nevados más altos de la isla, la profunda y extensa Bahía de Porto es el paraje natural más celebrado de Córcega; y no es para menos.
Desde ahí hasta Bonifacio, la recortada costa corsa cuenta con docenas de bahías, ensenadas y caletas, cada vez menos abruptas y más pequeñas, separadas entre sí por las estribaciones más bajas del amasijo principal de montañas, plegadas como acordeón que conforman la isla, y siempre rematadas con una torre vigía. Entre las columnas basálticas de Piana y los batolitos de la colonia ortodoxa griega de Sagone, destiné media hora al camino y una hora más a la playa. Pasé de largo Ajaccio, adonde volvería unos días después para visitar la casa natal de Napoleón y alcanzar, contra mi voluntad, el ferry de regreso.
Catalogado como uno de los principales centros paleolíticos de Europa, Filitosa no tiene las dimensiones de Carnac, en Bretaña, ni es tan avasalladora como Stonehenge, en la Gran Bretaña, pero está ubicada en un lugar mucho más placentero. Caminar entre sus menhires recompensó el valioso tiempo invertido en recorrer los alcornoques y olivares por los que pasa la desviación que va del camino principal a Porto–Vecchio.
Los pueblos colgantes de Provenza, Sartène y Olmeto fueron construidos uno frente al otro, pensando en su defensa, dominando el valle a sus pies y algún posible desembarco en el Golfo de Valinco, donde está Propriano. Diminuta y estrecha, Olmeto no es más que un pueblo de paso con una gran vista. Fortificada y hasta señorial, la ciudadela medieval de Sartène además acuña una de las principales denominaciones de origen vitivinícolas de la isla. Como los de Patrimonio, sus mejores rosados no tendrán la fama ni la distribución de los provenzales de Bandol, pero sí valen el viaje.
El camino a Porto–Vecchio se acerca a la costa, cruzando pliegues del material calcáreo que aflora del mar cada vez más bajos y más cercanos entre sí, con todo y las gigantescas rocas blancas que aún muestran la erosión de las olas. Pasando el aeropuerto de Figari, dobla a la izquierda con rumbo norte. Me hospedé no muy lejos de la marina, dentro de la ciudadela amurallada, a una cuadra de la plaza principal, en el piso más alto de un pequeño hotel, desde donde pude contemplar el movimiento de los barcos pesqueros al amanecer. La cena no pudo ser mejor: jabalí marinado en vino tinto, brandy y yerbas de olor, guisado con castañas y enebro.
Al amanecer contemplé las salinas de la bahía al sureste y, al lado opuesto, el bosque del Ospédale. Éste último sirvió a Prosper Mérimée como escenario para su historia Mateo Falcone, que junto con Columba, ilustra la importancia del honor y las vendettas —revanchas que tienen
lugar para saldar una deuda de honor familiar— en la sociedad corsa. Poco más al norte, a sólo unos centímetros en el mapa, pero a más de tres horas al volante, está el pueblo de Zonza, donde viviera exiliado en 1953 el sultán marroquí Mohammed V.
Zonza es el puerto de entrada a la zona montañosa más elevada del sur de Córcega, que, a diferencia de la del norte, no está consolidada en un quebrado macizo principal sino en una serie contigua de paredes verticales, también sobre los dos mil metros, que representa un mayor obstáculo para la comunicación. Desde los albores del turismo en el siglo xix, el atractivo principal de Zonza ha sido el panorama majestuoso y vertical de la Col de Bavella, como lo documentan las pinturas y grabados de los pocos privilegiados que acudieron hasta ahí con el solo propósito de pintarla. El pueblo vale su vista en oro.
Mi recomendación es no hacer lo que hice y pasar la noche ahí. Manejé otras tres horas, pasé de largo Porto– Vecchio, y a quince kilómetros me desnudé en la Palombaggia, la playa mediterránea más agradable y más parecida al Caribe que conozco. Sus aguas transparentes, tibias ya en mayo, se extienden decenas de metros mar adentro sin llegar a cubrir siquiera la cintura. La arena, blanca, es un talco. Atrás, queda el mundo y su maquis en flor; delante, un rosario de islas rosas con aspecto de tortugas: las Cerbicales, que lucen tan prometedoras como la del Conde de Monte Cristo, que en el mismo mar queda.
Bonifacio es la ciudad amurallada más original que he visto. Construida sobre una lengua de piedra blanca de unos dos kilómetros de largo, que esconde —como en las historias de corsarios— un puerto secreto, sus muros y casas blancas cuelgan precariamente sobre el mar como si estuvieran en el casco de un barco y no en tierra firme. Socavada por las olas, su cara sur mira a Cerdeña, en el horizonte. Socavada por el hombre, su cara norte aloja cocheras subterráneas, túneles y entradas de acceso a los hoteles y restaurantes que alegran la vida de su cala. El pueblo viejo y el cementerio quedan arriba, adonde se llega caminando por la puerta principal de la fortaleza o, en coche, tras dar la vuelta a toda la muralla, del otro lado de la península. Dormí sobre las olas sueños de tranquilidad bien resguardados.
Me dolió la despedida. Aluciné pensando cuán doloroso pudo haber sido el mismo trámite para los miles de corsos y
corsarios que tuvieron que dejar esta tierra áspera y agreste.
Alternativa para deportistas
Para quienes tienen tiempo, energía y presupuesto limitado, el sistema de veredas conocido como Gran Randonnée 20 atraviesa la isla de noroeste a sureste, entre los mil y dos mil
metros de altura, a lo largo de 140 kilómetros. Dividido en 15 jornadas, sortea los principales picos y ofrece muchas de las mejores vistas (amaneceres sobre Toscana y sobre la Costa Azul), albergues donde pasar la noche cerca de los lagos glaciares y los pueblos más altos de pastores.
Nacionalismo y vino
Córcega es tan campirana y rural, y su industria alimenticia tan rudimentaria —y esto es un cumplido—, que faltarían décadas de industrialización para describirla de otro modo. Sin embargo, algunos cambios sociales que afectan la vida del paisano típico han ocurrido en las últimas décadas. Tras la independencia de Argelia, Túnez y Marruecos, la isla dejó de ser un exportador neto de mano de obra para convertirse en el principal punto de entrada de los repatriados franceses, llamados despectivamente pieds noirs (pies negros). Quienes no se fueron hasta Marsella y se quedaron
a sembrar parrales, siguieron empleando la mano de obra musulmana. Alrededor de los céntricos cafés de Sartène, se puede ver a los inmigrantes en busca de trabajo. La historia no queda ahí. La creación “masificada” de estos nuevos
vinos, de menor calidad, fue la gota que derramó el vaso que contenía el nacionalismo corso, que en 1973 tomó por asalto un lagar de pieds noirs en Aléria, la ex capital romana. Fue el inicio del sueño embriagador de su actual lucha independentista.
CóMO LLEGAR
En avión
British Airways y Air France vuelan todo el año desde París, Marsella y Niza. United Airlines y Delta también vuelan desde Francia, con un horario menos constante. En el verano, British Airways vuela desde varias ciudades de Gran Bretaña. Desde Francia, conviene buscar precios con Nouvelles Frontieres/Corse Air International y Air Lib.
En ferry
Desde Francia, se puede viajar con Ferryterranée de la Societé Nationale Maritime Corse Mediterranée (SNCM) y Compagnie Méridionale de Navigation (CMN). Desde Italia, con Corsica Ferries y Moby Lines.
Los principales puertos de llegada son Bastia (desde Marsella,
Niza, Toulon, Génova, La Spezia, Liborno y Piombino), Ajaccio (desde Marsella, Niza, Toulon, Génova y Porto Torres, en Cerdeña) y Bonifacio (sólo desde Cerdeña). En el verano, también hay conexión con Calvi, L’Île
Rousse y Porto–Vecchio.
Para asegurar espacio para el automóvil conviene reservar el ferry con mucha anticipación, sobre todo en verano. El auto, de preferencia, debe ser compacto, y el alquiler es mucho más accesible en Francia que en Italia.
El pasaje individual llega a bajar hasta cinco euros en el invierno, lo malo es que es difícil encontrar en la isla un automóvil práctico y compacto; y las exigencias del camino son muchas.
Dónde DORMIR
Con excepción de Bonifacio, es fácil encontrar hoteles baratos en toda la isla.
Le Splendid
Rue Comte Valéry, L’Île Rousse
T. 33 (0495) 600 024
F. 33 (0495) 600 457
www.le-splendid-hotel.com
Desde 36 euros
BVJ Corsotel
43 Avenue de la République, Calvi
T. 33 (0495) 651 415
F. 33 (0495) 653 372
www.bvjhotel.com
Desde 22 euros
U Liamone
Route de Treperi, Saint Florent
T. 33 (0495) 371 281
www.hotel-u-liamone.com
Desde 50 euros
Les Voyageurs
9 Avenue Maréchal Sebastiani, Bastia
T. 33 (0495) 349 080
F. 33 (0495) 340 065
www.hotel-lesvoyageurs.com
Desde 70 euros
Castel Brando
Cap Corse, Erbalunga
T. 33 (0495) 301 030
F. 33 (0495) 339 818
www.castelbrando.com
Desde 96 euros
De la Paix
Ave. Général de Gaulle, Corte
T. 33 (0495) 460 672
F. 33 (0495) 462 384
Desde 46 euros
Stella di Mare
Route des Sanguinaires,
Ajaccio
T. 33 (0495) 520 107
F. 33 (0495) 520 869
www.hotel-stelladimare.com
Desde 48 euros
L’Aiglon
Zonza
T. 33 (0495) 786 779
F. 33 (0495) 786 362
www.aiglonhotel.com
Desde 49 euros
San Giovanni
Route d’Arca, Porto–Vecchio
T. 33 (0495) 702 225
F. 33 (0495) 702 011
www.hotel-san-giovanni.com
Desde 55 euros
Genovese
Haute Ville, Bonifacio
T. 33 (0495) 731 234
F. 33 (0495) 730 903
www.hotel-genovese.com
Desde 110 euros
Dónde comer
Como en Francia, es más conveniente pedir el menú (formule) de precio fijo de los restaurantes que matar el hambre con embutidos y quesos. Sobre todo a la hora de la comida. La idea bohemia de la baguette bajo el brazo y el vino bajo el puente se acabó con el euro. Más barato aún es comer en las pizzerías corsas. Córcega es notablemente más accesible que la Francia continental y un gran lugar para gozar en el camino los productos locales que se van comprando en cada pueblo. Es importante viajar con suficiente efectivo, pues los cajeros automáticos no abundan en los pueblos pequeños y muchos de los hoteles y restaurantes son negocios familiares, que prefieren el pago en efectivo.
Los horarios son los mismos que en tierra firme: el desayuno, muy temprano, consta de un café (espresso) y un croissant. En los hoteles, empieza a las siete y se acaba a las diez. Y, por su precio, no conviene tomarlo. El almuerzo empieza a mediodía y acaba a las dos o a las tres, según el restaurante. La cena por lo general empieza a servirse a partir de las ocho y se extiende más allá de las once en las zonas más turísticas de las grandes ciudades, como Ajaccio, pero nunca más allá de las diez en los pequeños pueblos, como Piana, donde empiezan a servir inmediatamente después de que el sol se pone.
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