Myanmar, todavía en solitario

Aterricé en Yangon, la capital de Myanmar —también conocido como Birmania o Burma—, junto a un equipo de cuatro personas con el propósito de grabar un documental para la televisión chilena. La frontera birmana que en cada viaje por Asia había soñado cruzar estaba frente a mí. Y probablemente, si no hubiera sido por esta misión específica, la habría seguido rondando, como a una presa imposible de cazar, debido al fuerte llamado internacional a no viajar por esta tierra en señal de protesta contra una dictadura socialista que, con diferentes títulos, lleva más de 40 años en el poder. Pronto mi ensoñación se transformó en temor de que confiscaran las cámaras, no sellaran nuestras visas o detuvieran la vista por más tiempo del normal en la hoja del pasaporte que nos delataba como periodistas. Por suerte, las pesadillas imaginadas se esfumaron rápidamente ante la sonrisa esplendorosa con que nos recibió el policía de inmigración, quien selló encantado todos nuestros papeles después de obligarnos a cambiar 200 dólares a un precio mil veces —realmente “mil veces”— mayor que el de la calle, y en una moneda llamada FEC (Foreign Exchange Currency), cuyos billetes no sirven más que para pagar hoteles. Para beneficio de futuros viajeros, esta absurda política fue abolida hace algunos meses. Bienvenido a Yangon O Rangún, que es lo mismo. Una ciudad de cuatro millones de habitantes ubicada en el fértil delta del río Yangon, a unos 30 kilómetros del Océano Índico. Ciudad puerto que en 1886 se transformó en la capital de un país recién anexado a la colonia inglesa de la India. Un puerto por el que en 1927 un joven poeta chileno, llamado Pablo Neruda, llegaba para asumir el puesto de cónsul, más que por el trabajo, por un deseo imparable de conocer el mundo. “Por todas partes están las estatuas de Buda, de Lord Buda … las severas, verticales, carcomidas estatuas, con un dorado como de resplandor animal, con una disolución como si el aire las desgastara”, escribió Neruda asombrado. Yangon es una ciudad insólita, sin luces, sin bombas de bencina, con excepción de las que son parte del mercado negro que todos aprueban. Una urbe dominada por la deslumbrante pagoda de Shwedagon, también llamada “Corazón de Birmania”, la estupa más sagrada del país, donde se dice que guardan ocho cabellos de Buda. Su primera data es de hace dos mil años, aunque fue reconstruida en el siglo xviii. Mide 99 metros de alto, está cubierta de oro y adornada con rubíes, topacios, esmeraldas, zafiros e incrustaciones de diamantes. Para tener una idea, sólo el oro tiene un valor calculado de 90 millones de dólares. Desde muy temprano y hasta altas horas de la noche los fieles la circunvalan rezando mantras y encendiendo velas en sus altares. En los alrededores hay numerosos templos donde se arrodillan devotos envueltos en humo de inciensos. Algunos, verdaderamente insólitos, poseen estatuas del buda iluminadas con luces de colores que se prenden y apagan formando una aureola sobre su cabeza. La entrada a Shwedagon cuesta unos 4 dólares y es recomendable visitarla al atardecer, o en una sagrada noche de luna llena, cuando la envuelve un particular ambiente de misticismo y oración. Cerca de la Pagoda de Shwedagon se encuentra el lago Kandawgyi, o Lago Real, en cuyas villas están las casas de la elite política y militar. Allí también se encuentra la casa de la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, en el 54 University Road, un imperdible para muchos. Por lo general, la policía impide acercarse al lugar donde ha vivido bajo arresto domiciliario desde 1988, pero no siempre es así. Aung San es fundadora y líder de la opositora Liga Nacional para la Democracia, que en las elecciones de 1990 obtuvo una increíble victoria con el 80 por ciento de los votos. Pese a ello, la junta militar se negó a soltar el poder. El eje comercial de Rangún es el inmenso mercado Bogyoke Aung San, inaugurado en 1926. Está ubicado en el centro de la ciudad y en sus 1 650 locales se venden alimentos y ropa, pero también oro, plata, rubíes y jade extraídos de las minas del país. Está abierto de martes a domingos desde las ocho de mañana hasta las seis de la tarde. Frente a éste se despliega el desordenado barrio indio, donde hasta el cemento parece estar vivo y masticando tabaco con hojas de betel. En el Hotel Strand, en cambio, se revive la otra parte de la historia, pues todo ahí es un recuerdo de los colonos ingleses que desde la India llegaron a Myanmar. Construido en 1901 y recientemente renovado con el fin de replicar los años veinte, es un hotel de esos donde el té se sigue tomando a la usanza británica todas las tardes. Los ingleses abandonaron Birmania en 1948, y dejaron atrás un mundo donde los hombres en vez de pantalones usan un sarong amarrado a la cintura y las mujeres se pintan bellos motivos en la cara, haciendo uso de una pasta amarilla obtenida al moler corteza del árbol de tanaka (lima ácida) y mezclarla con agua. Un lugar donde cada día, a alguna hora, una tormenta de lluvia y viento se agolpa en el eterno aire caliente. La ruta permitida Yangon es el punto de partida de un recorrido que tiene algunas prohibiciones, como el rebelde estado Karen (Kayah), en la montañosa región del sur, que colinda con Tailandia y cuya principal ciudad es Loikaw. Además del estado Chin, ubicado en el oeste y frontera con la India. Allí se promueve la independencia de la región y los grupos guerrilleros están ligados con la producción de opio (Myanmar es el segundo productor de opio en el mundo). El área abierta para los extranjeros es la que se levanta en los alrededores de la ribera del Ayeryawady, cuyas aguas atraviesan el país. Sus principales atracciones son la joven y septentrional ciudad de Mandalay, la mística Bagan (o Pagan) con sus miles de estupas, el hermoso lago Inle y el escultural monte Popa, pero quienes tienen más tiempo pueden visitar también las cuevas de Pindaya, viajar al pueblo de Kalaw y hacer un trekking o ir a ciertas playas del extremo sur. El resto del país requiere de permisos especiales. Pero pese a las restricciones, éste es un momento ideal para visitar Myanmar y tener una aventura en solitario. Algunos años atrás, quienes viajaban hasta aquí estaban obligados a contratar los servicios de una empresa que dependía del gobierno dictatorial (Myanmar Travel & Tours), pero hoy existen muchas otras opciones. De hecho, la privatización de la industria hotelera en 1993 trajo consigo una explosiva construcción de hoteles y casas de huéspedes, que no tienen nada que ver con el gobierno. Eso sí, para recorrer esta tierra hay que asumir que no todo es como estamos acostumbrados: aquí sólo 12% de los caminos está pavimentado, lo que no quiere decir en buen estado. Durante el viaje se vivirá prácticamente desconectado del mundo, ya que hay sólo un servidor de internet y apenas 10 mil usuarios autorizados, en su mayoría personas del gobierno y de empresas de turismo. Una llamada telefónica internacional cuesta como mínimo 7 dólares por minuto y está prohibido usar teléfonos móviles internacionales. Pero las dificultades logísticas se sobrellevan fácilmente junto a la población más risueña de Asia. A veces basta un simple saludo para que todo un mercado estalle en risas contagiosas e imparables. Birmania es también un país de exóticas creencias, donde los apellidos denotan la fecha de nacimiento de las personas, ya que se cree que éste marca el futuro. Así, los nacidos en domingo se casan con los nacidos en viernes, los de martes con los de jueves y los de miércoles con los de sábados, pero jamás un miércoles con un domingo, ni un viernes con un lunes. Camino a Mandalay Una famosa canción, que cualquier birmano entonará encantado, sin importarle en absoluto si tiene o no voz para ello, se titula On the road to Mandalay, y habla del solitario camino de un enamorado hacia la segunda ciudad más grande de Myanmar, que posee medio millón de habitantes y es el centro cultural y bohemio del país. La manera más barata y cómoda de llegar desde Yangon es tomar el tren nocturno, que cuesta 55 dólares. La otra opción es volar. Dependiendo del mes, el precio del boleto oscila entre los 90 y los 105 dólares. Una antigua profecía decía que en este lugar debía nacer una ciudad que honrara los 2 400 años del budismo. Por eso, Mandalay no se desarrolló a partir de un pequeño asentamiento, como Rangún, sino que fue fundada con el fin de ser la capital en 1857, la última capital antes de la llegada de los ingleses. Las atracciones imperdibles son el palacio de oro Kyaung Shwenandaw, que hoy es monasterio, y la pagoda Mahamuni, con un buda en bronce de cuatro metros de alto y recubierta de oro. Dicen que es una de las cinco imágenes realizadas mientras él aún vivía. Otra visita obligada es la pagoda Kuthodaw, donde se guarda el libro más grande del mundo, que contiene las enseñanzas budistas. Y la colina de Mandalay, de 230 metros, donde Buda predijo la construcción de la ciudad. Llegar a la cima toma 35 minutos, por lo menos, ya que hay que subir 1 729 peldaños. Por último, en los alrededores hay cuatro ciudades imperiales que valen una visita. Sin embargo, lo más increíble que me tocó presenciar en esta ciudad no tiene nada que ver con estas majestuosas edificaciones, sino con la gente y su cultura. Pese a lo budista y “pagodero” que es Birmania, en Mandalay estaba por celebrarse la más grande fiesta espiritista del país. Durante una semana vimos peregrinos arribar en destartalados y atestados vehículos para practicar un credo mucho más antiguo que el Buda, y que ha sido imposible de erradicar pese a los históricos esfuerzos de reyes y monjes: el culto a los nats o espíritus. Los 37 nats en cuestión tienen nombre, traje y leyenda, son gente que tuvo muertes sin paz y que vive en un mundo intermedio. Algunos son buenos, pero la mayoría son malos y, para evitar su enojo, se les ofrecen bacanales. Las ceremonias espiritistas estaban a cargo de médiums, en su mayoría homosexuales con estrafalarias vestimentas. La gente se les acercaba y les regalaba dinero, alcohol y cigarros. Ellos, a cambio, entraban en trance con una fuerte música en vivo y lanzaban premoniciones a sus fieles. Estos médiums (unos diez mil en todo el país) han contraído matrimonio espiritual con uno o dos espíritus y, según cuentan, en el trance se comunican con ellos. Lo insólito es la facilidad con que los birmanos viven esta esquizofrenia religiosa, y pasan sin mayores problemas de la meditación budista a la ofrenda espiritista, de circunvalar una pagoda a rendir culto a un nat. De hecho Bagan (nuestro siguiente destino) tiene más de dos mil pagodas, las que, se cuenta, fueron construidas sobre templos dedicados a los nats. Escenas cotidianas en Bagan, Popa y el lago Inle Para llegar a Bagan, a 193 kilómetros de Mandalay, hay que tomar un barco local que cuesta 20 dólares y zarpa todos los días a las seis de la mañana. El viaje por el río Ayeyarwady tarda entre seis y nueve relajadas horas durante las cuales se puede tomar el sol en cubierta, leer un libro o conversar con otros viajeros; casi no hay birmanos que viajen en este bote. Bagan es conocida como la ciudad de los cuatro millones de pagodas, aunque en realidad sólo tiene 2 300. El rey Anawratha la fundó capital en 1044, con la intención de unificar a Birmania bajo el budismo y erradicar las prácticas paganas. Y fue uno de sus más cumplidos objetivos, pues no quedó rastro de los innumerables templos levantados a los nats. Durante tres siglos sus sucesores llenaron la ciudad de estupas, pagodas y monumentos que glorificaban a Buda, hasta 1287, cuando la capital fue ocupada por los ejércitos mongoles. Pero las pagodas de Bagan no son simples museos de ruinas al aire libre, sino lugares de oración visitados por miles de peregrinos. Especialmente la de Shwezigon, que simboliza la fuerza y está completamente bañada en oro. Entre pagoda y pagoda hay pequeños pueblos, que subsisten de la agricultura, la ganadería, los desechos y los dulces de coco. Las viviendas son extremamente básicas, al igual que sus condiciones de vida, donde la gente gana poco más de un dólar al día. Pese a ello, algunos poseen en sus jardines hasta tres pagodas de más de un milenio de antigüedad. Se cree que estos templos fueron diseñados por Buda unos 500 años antes de Cristo. Su forma simboliza el Dhamma (Dharma), o sagrada enseñanza, que muestra el camino para la liberación del sufrimiento, el término del ciclo de las existencias y el logro de la iluminación. Uno de los más impresionantes es el templo Ananda, construido en 1090, el cual por dentro posee dos corredores concéntricos y cuatro budas de casi diez metros de altura. La ruta continúa 67 kilómetros al sudeste de Bagan, donde se encuentra el monte Popa, que en realidad es el centro de un volcán erosionado. Tiene 1 500 metros de altura y se ha venerado desde el principio de los tiempos como la morada de los espíritus. Las escalinatas para llegar a la cima son empinadas y están habitadas por monos que exigen se les dé algo de comer. La vista desde la punta es hermosa, pero no tanto como apreciar este monte desde la distancia. Desde Popa viajamos a Nyaung Shwe, frente al lago Inle, que posee 22 kilómetros de largo y se encuentra a 900 metros sobre el nivel del mar. En Inle hay 17 pueblos y unas 150 mil personas. Nadie sabe exactamente de dónde ni cuándo llegaron los inthas o “hijos del lago”, pero se cree que probablemente venían escapando de los enfrentamientos entre tailandeses y birmanos al sur del país. Los inthas viven en casas de estilo palafito y la parte de abajo la usan como granero. Son la única etnia en el mundo que tiene la extraña y difícil costumbre de remar con un pie, manteniendo un sorprendente equilibrio con el otro, sobre una angosta canoa. Mientras reman, lentamente, van vigilando las burbujas que delatan la presencia de peces. Y, para pescarlos, bajan una red ensamblada en forma de cono al fondo poco profundo del lago. Por lo general, pescan lo necesario para comer. Pero si tienen un día de suerte estos hombres pueden ganar hasta cuatro dólares vendiendo sus presas. Otra de las excentricidades de los inthas son los huertos flotantes. Con esta sorprendente técnica han cultivado miles de hectáreas, en una obra que sin duda ha tardado siglos. Para hacer cada isla recolectan los pastos que crecen en el lago y tejen largas hileras flotantes. Luego, apilan el fango del lecho en la superficie y lo mezclan con el jacinto. Finalmente sujetan los huertos flotantes al fondo del lago con largas varas de bambú para que no se los lleven las corrientes. Así cosechan tomates, berenjenas, col, pepino, chícharo y alubias. Como en todo Myanmar, en el Inle hay muchos monasterios y pagodas, pero ninguno con la reputación del Nga Phe Kyaung, más conocido como el Monasterio del Gato Saltarín. En un heroico acto de meditación, o quizá de ocio, los monjes entrenaron a los innumerables gatos que habitan los alrededores y cada par de horas, cuando se junta suficiente público, los hacen saltar a través de pequeños aros. Con las donaciones que obtienen por esta gracia mantienen el hermoso monasterio. Tsunami en el Andaman Las costas birmanas del Mar Andaman se vieron afectadas por el maremoto del 26 de diciembre pasado, provocado por un terremoto submarino a 100 kilómetros de distancia. Murieron alrededor de 90 personas, un número menor en comparación con el de las víctimas de Tailandia. Por eso se considera que es posible visitar el país sin riesgos de epidemias o futuros desastres. Tierra de jirafas: visita clandestina a una cultura por extinguirse Una de las zonas prohibidas en Myanmar es el estado Karen, donde habitan los karen y los padaung (una tribu mongola asimilada a la etnia de los karen), cuya tribu es más conocida como la tribu de las mujeres jirafa. Días antes de emprender el viaje a Birmania conocimos a las que viven refugiadas en un pueblo del norte de Tailandia, cercano a la frontera, llamado Nai Soi. Ahí ellas exhiben sus cuellos y venden artesanía a los más de diez mil turistas que cada año visitan el lugar. Muchos se refieren a este lugar como un “zoológico humano”. Tan acostumbradas están a los turistas que muchas hablan no sólo castellano, sino francés, italiano y hasta catalán. Algunas incluso usan nombres castellanos, como Mariana, de 47 años. Ella nos contó que apenas llegaron comprendieron que su exótica apariencia atraería a muchos turistas, y quisieron aprovechar esta ventaja para construir una nueva vida. Hoy son 32 las mujeres de cuello largo que viven aquí junto a sus familias. La primera pregunta que responden, cada día, es referente a su largo cuello: no es el cuello lo que crece al usar la espiral de bronce de hasta 25 vueltas, sino que éste empuja hacia abajo los hombros y las costillas. Un proceso doloroso, dicen, y también pesado, pues muchas cargan hasta siete kilos únicamente en adornos. La otra cosa que me intrigaba —como a todos— era si se morían al sacarse la espiral, siendo incapaces de sostener tan largo cuello. Frente a esta inquietud Mariana y sus amigas explotaron en risas. Eso es parte del mito y muchas veces deben sacarse la espiral (el proceso dura cerca de 5 días) para curarse las yagas, muy comunes debido a las picaduras de mosquitos. Uno de los sueños de este viaje era conocer a las padaung birmanas, lo que conseguimos con un permiso especial y viajando acompañados de dos policías vestidos de civiles que nos tomaban fotos en cada parada para su informe. Debo confesar que estos personajes eran tan amables como todos en el país y terminaron sacándose fotos con nosotros. El pueblo padaung que visitamos quedaba muy cerca de Loikaw, la capital de este estado. No había pompa turística y las familias vivían desperdigadas entre campos de cultivo, en casas extremadamente básicas. No hablaban otra cosa que su dialecto y gracias a un traductor les contamos la vida que llevaban sus hermanas en Tailandia. Les costó trabajo creerlo. Ellas hablaron de los espíritus de la tierra, de lo poco que trabajan debido al peso de sus adornos y nos invitaron a comer y a tomar. Son siete mil los padaung de Myanmar. Quizá la única similitud con las refugiadas en Tailandia, es su gusto por masticar tabaco con betel, lo que les ha puesto los dientes negros, también su placer por cantar y su inquebrantable buen humor. Las mujeres jirafa constituyen una reliquia histórica viviente. Las jóvenes se rebelan y no quieren usar los cuellos. Dentro de algunos años quedarán solo recuerdos. dÓnde dormir En Yangon Hotel Strand Icono del colonialismo, este hotel hay que visitarlo aunque sea para tomar una taza de té a la usanza inglesa (92 Strand Road; T. 95 (1) 243 377; F. 95 (1) 243 393; www.ghmhotels. com/thestrand; desde 400 dólares las habitaciones dobles). Hotel Pansea Ubicado en una tranquila área residencial, donde se encuentran las embajadas y a unos pasos de la dorada pagoda Shwedagon, este hotel es uno de los más hermosos de Myanmar. Tiene 45 habitaciones, dos suites, piscina, librería y un excelente restaurante de comida mediterránea (35 Taw Win Road; T. 95 (1) 229 860; F. 95 (1) 228 260; www.pansea.com; desde 140 dólares las habitaciones dobles). Hotel Kandawgyi Palace Este hotel ecológicamente amigable está ubicado en las verdes orillas del lago Kandawgyi, o Lago Real (Kan Yeik Tha Road; T. 95 (1) 249 255; F. 95 (1) 280 412; www.kandawgyipalace.com; desde 80 dólares las habitaciones dobles). Garden Guest House Está ubicada frente a la pagoda Sule, donde abundan los tarotistas; una hermosa locación para una casa de huéspedes simple pero cómoda (115/117 Sule Paya Road; T. 95 (1) 283 599; mayshan@mptmail.net.mm; entre 13 y 18 dólares). En Mandalay Sedona Hotel Un tranquilo hotel de 247 habitaciones ubicado en un hermoso parque con vista al palacio y a la colina de Mandalay (esquina de las calles 26 y 66; T. 95 (2) 36488; F. 95 (2) 36499; www.sedonahotels.com.sg; habitaciones dobles desde 80 dólares). Mandalay View Inn Es uno de los hoteles más tranquilos ubicados fuera del distrito central, cerca del Teatro de Marionetas (17B, 66th Street; T. 95 (1) 22347; mandalay. viewinn@mptmail.net.mm; entre 25 y 40 dólares). En Bagan Bagan Hotel Está junto al templo Gawdawpalin, frente al río Ayeryawady, y sus bungalows están construidos con madera de teca tallada (T. 95 (2) 67145; F. 95 (61) 60032;, www. myanmars.net/baganhotel; habitaciones dobles desde 80 dólares). Kumudara Hotel Ubicado entre pagodas y templos, se respira aquí una tranquila atmósfera (esquina de las calles 5 y Daw Na; T. 95 (2) 67080; www.kumudara bagan.com; chalets y habitaciones desde 48 dólares). En el lago Inle Inle Princess Resort Hermosos bungalows estilo palafito con vistas al lago (21/22 Bahosi Complex, suite B3, Bogyoke Aung San Street; T. 95 (1) 211 226; F. 95 (1) 211 226; www.inleprincessresort.com; habitaciones dobles desde 150 dólares). Golden Island Cottage Con una excelente ubicación, este hotel se compone de cabañas tipo palafito hechas en su mayoría de bambú (65 Circular Road; T. 95 (81) 23136; www.myanmar-hotels- discount.com; habitaciones dobles desde 54 dólares). Para obtener más información sobre hoteles y servicios, o para contratar algún tour, visite www.asiantrails.com o www.myanmar-tourism.com Cuándo La mejor época para viajar es entre noviembre y febrero, cuando no llueve mucho ni hace demasiado calor. Sin embargo, Myanmar es más barato y aún menos visitado en mayo, junio y septiembre, donde pese a las lluvias se puede tener una buena aventura. Permisos Para entrar al país se necesita una visa que tarda un máximo de 28 días. Cuesta 20 dólares y se puede obtener en la embajada birmana del propio país o de países vecinos como Tailandia o India. O por internet en www.myanmarvisa.com Dinero Desde hace unos meses dejó de ser obligatorio cambiar 200 dólares en FEC (Foreign Exchange Currency) a la llegada al aeropuerto. Pese a que esta moneda aún se usa en ciertos círculos, lo mejor es cambiar kyats, moneda que sirve para todo. En este momento un dólar equivale a 6.4 kyats. Lo mejor es llevar efectivo en dólares o euros porque ya no se aceptan tarjetas de crédito ni cheques de viajero. Tampoco hay cajeros automáticos. Un buen consejo es llevar billetes nuevos o en buen estado, ya que los demasiado viejos no los cambian en ninguna parte. El aeropuerto es el peor lugar para cambiar dólares, lo mejor es hacerlo en casas de cambio, oficiales o no, y en algunos hoteles. Comida La cocina birmana, fuertemente influenciada por la china y la India, tiene como base de cualquier plato el htamin (arroz). Éste es acompañado por algún curry de pollo, pescado, camarón o cordero. La carne de res es poco usual, pues se considera ofensiva para los hindúes y budistas birmanos. La de cerdo es aún más difícil de encontrar, pues los nats o espíritus la desaprueban. Como en toda Asia, se venden muchas botanas en puestos callejeros: bichos y gusanos fritos, pero también frescas frutas tropicales. Cómo moverse Si sus días en Myanmar están contados, lo más fácil es viajar en avión, puesto que el estado de las carreteras hace de cualquier viaje una eternidad. Recomendamos Air Mandalay (www.air mandalay.com) y Yangon Airways (www.yangonair.com) por su puntualidad y eficiencia. Myanmar Airlines (www.maiair. com) es propiedad del gobierno, de manera que éste lucra cuando se contratan sus servicios, que de todas formas no tienen buena reputación. Si tiene más días y quiere apreciar más el paisaje, recomendamos las líneas privadas de autobuses exprés, que ofrecen mejores servicios y precios que la línea de trenes, propiedad del gobierno.
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