Colima: playa, palmeras... ¿y Pedro Páramo? Ni sus luces
El tercer estado más pequeño de la república es un destino ideal para pasar unos días relajantes, gracias a sus reveladores paisajes naturales, su historia y sus vestigios del pasado. Tapizado de palmeras, muchas de las cuales fueron importadas desde Filipinas durante la colonia; dotado con el volcán más peligroso de México —rodeado de lagunas en cráteres—, encantadores pueblos, limpias playas e interesantes zonas arqueológicas, Colima ofrece sitios muy diversos separados por distancias muy cortas.
Antiguo asentamiento de la cultura prehispánica occidental después de la conquista, la importancia actual de Colima se debe al puerto de Manzanillo, la principal entrada al territorio de mercancías provenientes de Asia. Paralelamente se ha desarrollado como un resort turístico, aunque las mejores playas del estado se encuentran más al sur, rumbo a Tecomán, la región de mayor producción limonera del mundo.
La ciudad de las palmeras
Tras el temblor que la sacudió a principios del 2003 y que dañó muchos edificios, la ciudad de Colima ha sido sometida a una remodelación profunda y ahora constituye una de las capitales de estado más tranquilas y agradables del país. Su epicentro es el Jardín de la Libertad, adornado con altas palmeras y rodeado de elegantes edificios con portales. Frente al jardín está la Basílica Menor, la catedral, y a su lado el Palacio de Gobierno, cuyos murales interiores rinden homenaje al prócer de la Independencia Miguel Hidalgo y Costilla, párroco de Colima en 1792, realizados por Jorge Chávez Carrillo. También alberga exposiciones temporales de artistas locales, que adornan los pasillos y el pequeño patio avivado por numerosas palmeras y una abundante vegetación.
El edificio que ocupa el Portal Morelos número 1 es el Museo Universitario Regional de Historia (T. (312) 312 9228; de martes a sábados de 9 a 18 horas, domingos de 17 a 20 horas), con su colección de artefactos prehispánicos de la cultura capacha, considerada la más antigua del occidente mexicano, que floreció entre 1800 y 1500 a. C. La exposición muestra esculturas en barro de figurillas humanas con caras muy expresivas, así como los famosos perros colimeños, de cuerpo relleno y patas cortas, que acompañaban a los muertos como guardianes en su viaje al más allá. Una sala recrea la tradicional tumba de tiro, la técnica de entierro de los antiguos pobladores, mientras otra sala muestra las aportaciones de los filipinos a la cultura local, como la técnica de pescar con grandes redes sostenidas por boyas de vidrio soplado. Las salas de la planta alta cuentan la historia de México.
Los portales alrededor del jardín resguardan cafés y restaurantes, con una buena selección de botanas y antojitos, pero también cebiches y pescados, o bien cafés, postres, helados. Son locales muy concurridos, sobre todo en las tardes, y quedan abiertos hasta muy noche. El más elegante es el que pertenece al Hotel Ceballos, el más opulento de la ciudad, cuya terraza con alberca ofrece una vista panorámica desde la azotea.
Entre los vendedores itinerantes que deambulan entre las mesas de los portales, uno suele toparse con el “tubero”: aquel que balancea dos jarras pendidas de un palo que sostiene sobre los hombros. Las jarras contienen “tuba”, una bebida hecha con la savia de la palmera de coco. Para sustraer la sustancia, el tubero debe vencer el vértigo y trepar por el tronco de las palmeras hasta la cima. Al líquido se le agrega jugo de betabel o almendra y manzana, con pequeños pedazos de cacahuates: ideal para refrescarse durante los calurosos días.
Para comprar artesanías, el Andador Constitución, a un costado de la catedral, es una pequeña calle peatonal forrada de tiendas y talleres de cerámica, sarapes y otros artículos de la región. Colima es también famosa por sus trabajos en cuero, por lo que aquí se pueden comprar excelentes huaraches, sombreros y, si se da el caso, artículos de charrería.
Zonas arqueológicas
Seis kilómetros al norte de la capital se encuentra El Chanal, el
sitio más grande del estado, un centro ceremonial que data de
1 100 a 1 400 d. C. Se observan varias pirámides, restos de pequeños templos y el trazo de lo que fuera una cancha para el juego de pelota. Las construcciones son parecidas a las de la ciudad tarasca de Tzintzuntzan, en Michoacán. El sitio contaba con un sistema de drenaje pluvial, además de calles y canales, y se supone que la ciudad fue levantada como un gesto inspirado en el culto al dios de la lluvia. Tal suposición se respalda con una leyenda que le da nombre al sitio, en la que se habla de chanos, seres imaginarios que habitaban los arroyos. Se llega al sitio por un camino empedrado, en el cual desemboca la calle Venustiano Carranza.
Cerca de Villa de Álvarez —pueblo natal de la primera gobernadora del estado y primera mandataria estatal en la historia del país—, a mitad de camino entre Colima y Comala, se encuentra el sitio arqueológico de La Campana. Los temblores que afligen a la región no son sólo cosa del presente; los científicos han propuesto que quizá la civilización que se asentó en este sitio desapareció a causa de un fuerte movimiento telúrico. Los vestigios hoy visibles representan sólo una parte de lo que alguna vez fuera un importante centro cívico y ceremonial, desmantelado en parte por los españoles, quienes utilizaron los materiales para la construcción de edificios tales como el templo de San Francisco de Almoloyan.
Aún se aprecian construcciones de dimensiones considerables, pero quizá lo que le hace a este sitio especial es su vista privilegiada del Volcán de Fuego, que yace cuesta arriba, muchas veces con su cima oculta entre las nubes. Al salir del sitio y dirigirse hacia Comala, pasará la glorieta en cuyo centro está una escultura de dos perros colimeños en actitud de baile.
Comala
Vine a Comala porque me dijeron que por aquí pasó un tal Juan Rulfo. El pueblo inmortalizado en Pedro Páramo, la obra maestra que este año cumple 50 de haberse publicado, no es lo que espera al viajero a pocos kilómetros de Colima. Conocido por estos rumbos como “el pueblo blanco de las Américas”, Comala no es polvorienta ni está poblada por los fantasmas que imaginó el escritor jalisciense, sino más bien es un alegre enclave en donde el eco del golpe de las copas y la cacofonía de la música en vivo sirven de imán a los visitantes; un canto de sirenas que atrae hordas desde los cercanos pueblos y la capital.
Aquí hay poco que hacer, pero lo que se hace es divertido. El pasatiempo número uno es tomar unos tragos y disfrutar de las generosas botanas que se sirven en los bares frente a la plaza principal. La bebida local es el ponche, preparado a base de mezcal y con diversas frutas, como granada, coco, tamarindo y guanábana. Se sirve por copa o, en las vinaterías, en convenientes botellas de plástico, para que sobreviva el viaje a casa, si es que nadie decide rematarlo en el camino.
La zona mágica
Los letreros del camino a Suchitlán le advierten al conductor que está entrando en zona mágica. Lo que parece ser un sitio de aterrizaje para extraterrestres es una ligera pendiente de unos 200 metros que, vista en conjunto con el horizonte, crea una ilusión óptica. Al transitar por la zona, demarcada con rayas pintadas en el pavimento, detenga el auto y, en punto neutro, suelte el freno de mano. Sorprendentemente, el auto avanzará camino arriba. El mismo efecto se puede comprobar al revés, al ver el auto marchar hacia atrás, al parecer cuesta arriba. Al rociar agua en la superficie, también podrá ver cómo el líquido asciende en vez de escurrir. En Suchitlán abundan las cenadurías, por si le queda un hueco después de visitar los centros botaneros de Comala. Otra opción es recorrer los muchos puestos de artesanías.
Al agua
Siga de Suchitlán rumbo al volcán entre las abundantes huertas hasta la Laguna Carrizalillo, un cráter inundado rodeado de colinas. Aquí se pueden rentar lanchas, kayak y caballos, pescar, asar carnes o pescados e incluso acampar. Unos cinco kilómetros más adelante se encuentra la laguna La María, en donde hay un complejo de cabañas que ofrece hospedaje. La zona está inundada por el olor de las gardenias y es ideal para hacer un picnic.
De la ciudad de Colima son 98 kilómetros hasta el puerto de Manzanillo, o 40 minutos a Tecomán, una pequeña ciudad que cuenta con varias playas cercanas, entre ellas El Real, Boca de Pascuales y Paraíso, todas con palapas frente al mar que sirven deliciosos mariscos.
Hacia Manzanillo se encuentra el viejo resort de Cuyutlán, un destino turístico que se desarrolló con la llegada del ferrocarril desde Guadalajara en las primeras décadas del siglo pasado y que ahora ha vuelto a la tranquilidad con el despegue de Manzanillo y Puerto Vallarta, los cuales han sido explotados con lujosos hoteles y aeropuertos internacionales. Lugar de la mítica Ola Verde, un muro de agua que en ciertas fechas azota la costa y le ha dado fama al lugar como uno de los mejores destinos para surfear, Cuyutlán fue golpeado por un tsunami en 1932. La arena negra obliga a usar tablas de madera para llegar al agua desde el malecón pavimentado, debido a las altas temperaturas que alcanza bajo el azote del sol. A tres kilómetros de Cuyutlán está el Tortugario Municipal, un centro criadero y de conservación (de martes a domingos de 10 a 17:30 horas).
Dónde comer
En Colima, el Café de la Plaza del Hotel Ceballos sirve comidas y antojitos bajo los portales, frente a la catedral (diario de 7 a 24 horas; alrededor de 120 pesos por persona). En Comala, el Restaurante Bar Comala (Portal Progreso 7; diario de 9 a 21 horas; alrededor de 150 pesos por persona), un centro botanero bajo los portales. Muy concurrido por sus platillos exquisitos y generosos, como las manitas de cerdo a la vinagreta y los sopes de carne. En Cuyutlán, situado en la planta baja del Hotel San Rafael, en lo que fuera un gran salón de baile con vista al mar, el restaurante y bar 7 Mares (de 8:30 a 18 horas; alrededor de 120 pesos por persona). Su fuerte son los cocteles de mariscos y el pescado zarandeado. Y La Huerta I, en Manzanillo, en una vasta casa de paja con vista a la bahía, sirve excelente langosta y camarones a la diabla blanca (Boulevard Miguel de la Madrid 873, Fraccionamiento Playa Azul; T. (314) 334 0648; diario de 12 a 24 horas; alrededor de 250 pesos por persona). Muy recomendable.
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