Escuela quiteña: obsesión por el detalle

julio 2005
La palabra no es cautivar, no. La palabra correcta es impresionar. Mirar fijamente los inquisidores ojos de vidrio de una virgen o detenerse a espiar la espalda cubierta de sangre de un cristo sin conmoverse es imposible. Echar un vistazo a las obras creadas por el genio colonial quiteño implica estar dispuesto a hacer muecas —a veces de sorpresa, a veces de horror— y también a saborear la obsesión (tan barroca) por el detalle en exceso. La popular Escuela Quiteña no tiene fecha de nacimiento, lugar de residencia o papeles que certifiquen su pedigrí; eso sí, es rica en leyendas, belleza y virtuosismo. Incluso llamarla Escuela Quiteña, según los entendidos, es impropio, por la ausencia de una definición de sus características desde la historia del arte. Pero bien vale permitirse esta licencia en nombre del encanto del paseo y de la creencia generalizada de los orgullosos quiteños. Guías expertos y principiantes (bilingües o trilingües), curas, abuelas o tíos entendidos en la materia son, por lo general, la fuente de información de todo aquel que decida darse una vuelta por alguna de las muchas iglesias coloniales que pueblan el centro histórico de Quito, el más grande de Latinoamérica. Una vehemente guía del Convento de San Agustín, por ejemplo, me explica vehemente que la característica común de la Escuela Quiteña es —como todos saben— su técnica de encarnado, que da una apariencia más natural a la piel del rostro, por efecto de la frotación con una vejiga de cordero sobre una mezcla de pintura y linaza, tornándola rosada. ¿Otra? El movimiento de los cuerpos, en las esculturas principalmente, que siempre se muestran en actitud serpenteante. Ah, y su periodo de esplendor fue el siglo xviii. Si hay algo más que deba saberse antes de entrar en los fríos e imponentes templos de Quito, es que el trabajo escultórico tiene una personalidad más vigorosa y definida que el pictórico. No hace falta tener un ojo entrenado ni conocimientos especiales para inclinarse de inmediato por la escultura quiteña de tiempos de la Colonia. San Agustín Chile 924 esquina Guayaquil, Centro Histórico; T. 593 (22) 951 001; lunes a viernes de 9 a 12:30 y de 14:30 a 17 horas; sábados de 9 a 13 horas; un dólar adultos y 0.50 niños; el recorrido toma 30 minutos La temperatura cambia abruptamente, también la banda sonora. Del calor y el bullicio de una de las esquinas más movidas del centro quiteño, se pasa a una especie de congelador y a un silencio total garantizado por las gruesísimas paredes del convento agustino, levantado hace 400 años. Sólo cruzar la enorme puerta que separa la colecturía del patio central y comienza lo interesante. Lo primero que llama la atención es la continuidad a lo largo de cuatro corredores con cuadros enormes de un mismo personaje. Pronto la guía anuncia que estamos ante una de las obras cumbre del famoso Miguel de Santiago, exponente mayor de la pintura en la Escuela Quiteña y uno de los más destacados en el Nuevo Mundo. Es Vida y milagros de San Agustín. Y si bien la vida del santo africano no contiene la intriga o la velocidad necesarias para interesar a un hijo de la posmodernidad, es difícil no fijarse en los cuadros. La serie pintada entre 1656 y 1659 por Miguel de Santiago y sus discípulos desarrolla con maestría las técnicas de luz y sombra que dan vida al claroscuro. Cansada de leer agradezco la invitación a pasar a la Sala Capitular, donde los agustinos elegían a sus autoridades y donde los criollos quiteños pusieron fecha y firmas a su independencia. Intactas permanecen la silla y la mesa que sirvieron para que el 16 de agosto de 1809 un puñado de notables firmasen el acta que un año después les costaría la vida y los convertiría en mártires. Enfrente yace un retablo muy al estilo Escuela Quiteña con su fondo rojo y su relieve en pan de oro, que alberga a Jesús, María y Juan Bautista, “un calvario perfecto”, dice la guía. Excepto porque falta la Magdalena. Todas las piezas de la Sala Capitular pertenecen a la escuela de arte de Quito, trabajadas a lo largo del xvii y xviii: la sillería, el artesonado mudéjar, hasta el magnífico y sufridísimo cristo del retablo de José Olmos, más conocido como Pampite. Ya lejos de la sala y el silencio, es obligado acercarse al altar para ver de cerca otra de las obras capitales de la Escuela: La Regla o el Cuadro de los mil rostros, pintado por Miguel de Santiago. Según dicen quienes han visto de cerca sus ocho metros de alto por seis de ancho, ni una sola de las caras que aparecen en el lienzo se repite. San Francisco Benalcázar, entre Bolívar y Sucre, Centro Histórico; T. 593 (22) 952 911; lunes a viernes de 9 a 13 y de 14 a 18 horas, sábados de 9 a 18 y domingos de 9 a 13; 2 dólares adultos, un dólar estudiantes y 0.50 niños; el recorrido demora 45 minutos A quien no le gusten las palomas que cruce la plaza de San Francisco volando, porque un ejército emplumado tapiza el centenario empedrado que hace de antesala del convento. Hay que tener claro cuál es la fila para bendecir el agua y cuál la que conduce al museo Fray Pedro Gocial, llamado así en honor a un franciscano flamenco muy talentoso —conocido como El Pintor— que en el siglo xvi llegó a lo que hoy es Quito y que entonces apenas era un caserío al pie de un volcán. Entre los frailes Pedro Gocial y Jodoco Ricke —ambos belgas— levantaron la que se considera la edificación religiosa de mayor extensión en la región: San Francisco, y fundaron la Escuela de Oficios San Andrés, lugar donde mestizos e indígenas se iniciaron en el tallado, la albañilería, la pintura y la escultura. Muchos dicen que es la cuna de la Escuela Quiteña. Sea como fuere, hoy el convento atesora cientos de piezas de los siglos xvi, xvii y xviii, las más importantes distribuidas en las salas de Bernardo de Legarda, de Manuel Chili, conocido como Caspicara, o de Miguel de Santiago. El recorrido empieza en el coro, desde donde la vista de la nave central es espectacular. De nuevo en tierra firme, el recorrido es algo laberíntico, puertas grandes y pequeñas que dan paso a universos insospechados de dolor, color y movimiento, siempre matizados por un frío intenso. Y ahí están las vírgenes bailarinas de Legarda (uno de los más prolíficos representantes del barroco quiteño en el xviii). Diez pasos y un breve giro bastan para encontrarse de frente con un cristo pequeño que ostenta un orificio en su torso. Le veo las costillas y prefiero no imaginar lo que está dentro. Es un cristo típico de Pampite, escalofriante. Sigo avanzando por los anchos corredores y entre decenas de piezas anónimas me detengo a mirar esa especie de pedazos de frescos que irrumpen en el blanco inmaculado de las paredes. Son fragmentos de los estudios o bocetos de las monumentales obras que cientos de indígenas y mestizos realizaban, como un encargo de cuadros al por mayor. La Escuela Quiteña produjo y exportó mucho al resto del continente; ése es un mérito irrefutable. Menos sufrimiento, más diversión La Escuela Quiteña también se puede disfrutar sin que la experiencia sea necesariamente dolorosa. Para eso están el Museo de la Ciudad —un enorme ex hospital convertido a las funciones turísticas— y el Café de la Peña; sin contar con las innumerables iglesias, que permiten trazar un peculiar mapa por el Quito antiguo. Para llegar al Museo de la Ciudad (García Moreno 572 esquina Rocafuerte, Centro Histórico; T. 593 (22) 283 882; martes a domingos de 9:30 a 17:30 horas; 1.50 dólares adultos, un dólar estudiantes, 0.50 niños, 3 dólares extranjeros) primero hay que pasar debajo del Arco de la Reina y dejar atrás por lo menos seis de las siete cruces que se apostan a lo largo de la calle García Moreno. La museografía es digna de elogio, muy pensada para introducir al visitante en lo que fue la ciudad antes y después de la colonización española; todo en detalle hasta los tiempos actuales. Cuando el recorrido por la sala del xvii está por terminar, entra en escena un estudio en penumbra con un lienzo en blanco sobre el cual un audiovisual dibuja, poco a poco, las siluetas que finalmente conformarán un cuadro. Aunque se sabe poco sobre la vida de Miguel de Santiago, uno sale del sitio con una idea de la importancia de su obra para la Escuela Quiteña. En la sala del xvii, una serie de esculturas a medio tallar y mucha viruta regada por el piso confirman que estamos frente a la recreación del taller de Bernardo de Legarda, para muchos la “crema y nata” del barroco quiteño, creador de la apocalíptica virgen quiteña. Otra opción es visitar el Café de la Peña (García Moreno 1713 y Galápagos; T. 593 (22) 284 179; jueves a sábados desde las 19 horas), una encantadora casa colonial que usa a su favor la leyenda de que en ella habitó Miguel de Santiago. Cierto o no, el sitio y sus cocteles —de nombres y sabores singulares— son recomendables y no deje de pedir las papitas “cuchi”. Los sábados, un grupo de jóvenes teatraliza las leyendas más populares de la ciudad (comienza a las 22:30 horas y el cover es de 4 dólares). Otros recomendados • Museo Fray Pedro Bedón, en el convento de Santo Domingo (Flores 150 entre Bolívar y Rocafuerte, Centro Histórico; T. 593 (22) 28 1720). • Fundación Guayasamín (José Bosmediano 543, Barrio Bellavista; T. 593 (22) 44 6455). • Iglesia La Compañía (Esquina García Moreno y Sucre, Centro Histórico).
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