Ama de llaves: Jacqui Davis
Fotografía de Gianni Muratore

Ama de llaves: Jacqui Davis

El ama de llaves del gran hotel boutique de Londres no sólo anticipa los gustos y mañas de sus huéspedes famosos. Cuando esta de viaje, se sorprende a sí misma moviendo objetos, ordenando estantes y doblando toallas al estilo Blakes.
Algo le molesta a Jacqui Davis. Mientras hablamos, sus ojos se dirigen continuamente hacia —lo que parece— una mesa inmaculadamente arreglada en el centro de una de las habitaciones para huéspedes. “

¿No te das cuenta?”, dice un poco en broma, pero escandalizada. “Es espantoso.” Luego ya no puede más. Se levanta rápido y mueve el mantel de terciopelo dos pulgadas hacia la derecha. La habitación adquiere un equilibrio perfecto y, ya tranquila, Jacqui regresa al sofá. “No puedo creer que la camarera no lo haya visto. Pero hay tantas cosas en una habitación que a veces se pierde la capacidad de verlas.”

Es difícil imaginar a la perspicaz mujer de 40 años de edad afligirse de esa manera. Luego de 22 años en el Blakes, se ha vuelto una experta en crear la atmósfera de los cuartos. El hotel, dirigido por su propia dueña, la ex “chica Bond” (por su actuación en Al servicio de su majestad, de 1969) y diseñadora internacional Anouska Hempel (Lady Weinberg), está situado en una frondosa esquina de los jardines de South Kensington y es célebre por ser uno de los primeros hoteles boutique del mundo, aún considerado por muchos el mejor.

Amado por las celebridades desde que abrió en 1981, ha atraído a gente como el realizador Francis Ford Coppola y la cantante Kylie Minogue gracias a su estrafalaria y aristocrática elegancia, su actitud práctica y su absoluto compromiso con proteger a sus huéspedes de los paparazzi.

A los 18 años, Jacqui, hija de un decorador del East End que trabajó para Anouska, tomó un trabajó de verano como camarera. “Era el lugar más fabuloso que había pisado en mi vida. Y no he salido desde entonces.” Pero descarta haberse dejado deslumbrar por las estrellas. “Cuando tenía 18 años conocí a Keith Richards, aquí en el hotel. Era la única persona que había querido conocer y no necesito volverlo a ver.”

Más que sus ocupantes, las habitaciones son su verdadera obsesión. Y jura que nunca dejará de trabajar, a menos que le amputen las dos piernas, al tiempo que corretea por los 47 extraordinarios salones del hotel impulsada por una alta dosis de coca cola, cigarros y café.

—Soy una ambientadora —declara con genuina emoción—. Mañana alguien muy famoso estará alojándose en este cuarto. Yo vendré a arreglar las flores, las velas y la iluminación para que quede realmente seductor.

También pensará en quién es esa persona y qué toques especiales podrían gustarle, tomando ideas de entrevistas en televisión o películas en las que haya aparecido. Sólo espero hacerlo bien. Normalmente lo hago. Es lo que la gente espera del Blakes.

A veces, el trabajo de Jacqui es una oportunidad para participar en los eventos más importantes de la vida de las personas. “En una ocasión un chico me dio muchas rosas y pétalos blancos y me enteré en la recepción de que pensaba proponerle matrimonio a su novia. Diseñé el cuarto, luego acomodé a todas mis camareras en el pasillo y abrí la puerta.” Como todas suspiraron de asombro y placer, supo que lo había hecho bien. La dama en cuestión reaccionó de la misma manera: inmediatamente aceptó y la pareja se casó.

Una jornada de Jaqui incluye de todo, y nada de lo que pueda ocurrir la hace sentir que se está desviando de su camino. Ni siquiera las peticiones más extrañas, como la de un señor de 80 años que insistía en que se pusieran toallas en el suelo porque no podía caminar sobre la alfombra.

—Ahora ya no tenemos tantas peticiones raras —dice, vagamente decepcionada—. Hace años éste era un hotel más pachanguero. Ahora las estrellas jóvenes no beben, no fuman, comen sanamente y se van a dormir temprano. Se están volviendo más aburridas.

Muy ocasionalmente las cosas se salen de las manos, y Jacqui tolera cualquier cosa excepto las faltas de respeto a las habitaciones. “Me enoja mucho, porque las veo como si fueran mías”.

—La cosa es que —continúa— cuando vas a un hotel y pagas por el cuarto, crees que te pertenece. Algunas personas piensan que sí. Pero sólo lo están rentando por una noche. Si se aloja en nuestra habitación blanca y quiere beber vino tinto, tenga cuidado. O beba vino blanco.

Durante sus vacaciones —las más recientes a Sudáfrica— Jacqui predica con el ejemplo. “Nunca hago destrozos en el cuarto. Nunca soy desordenada y —me ve como con cara de niña traviesa—, ¿sabes qué más hago? Entro al baño y doblo todas las toallas como lo hacemos aquí.”
Sintiendo que imparte un poco del toque distintivo del Blakes por el mundo, también cambia las cosas de lugar “pensando que estarán mejor así o asado. En la mañana todo está de regreso en su lugar”. Y nada la detiene.

—Es natural. Cuando estoy en un restaurante y veo una repisa, simplemente le paso el dedo para ver si tiene polvo. Incluso lo hago en casa de mi madre. Ella sólo me pega en la cabeza. Hasta en los supermercados trato de ordenar los estantes.

Más allá de su fijación con los estándares, es una persona increíblemente cálida y divertida, apasionada y llena de vida. “Soy la huésped más agradable —afirma con orgullo—, doy muy buenas propinas y soy muy agradecida.”

Por su experiencia en ambos extremos, ella cree que la mejor manera de obtener un buen servicio es evitar quejarse, a menos que sea absolutamente necesario. Y entonces hacerlo bien. “Si algo está muy mal o si un miembro del staff es realmente grosero, sí hay que quejarse”, aconseja Jacqui. “Yo lo hago. Pero si uno sólo se fija en pequeñeces nunca va a sacar lo mejor del staff.”

Es difícil imaginar que haya muchas quejas con respecto a la atmósfera de los cuartos supervisados por Jacqui, pero uno se pregunta si alguna vez ve con envidia a los ricos y famosos para los que hace el aseo y si desearía estar en el lugar de ellos, sólo por un día.

—Nunca. Santo cielo. Odiaría ser famosa. Estoy satisfecha con lo que tengo. Nunca he deseado ser otra persona. Tal vez más joven pero nada más. Soy feliz. Tengo muy buenos amigos y una vida maravillosa. Hago lo que me gusta hacer y, ¿qué significa tener más dinero? ¿Que puedo comprar más bolsas, más zapatos y una casa más grande? ¿Tener que limpiar una casa más grande? —dice con la mirada llena de horror.

Con toda esa fama y riqueza imaginarias, le sugiero que podría contratar a alguien para ayudarla. “No, creo que nunca dejaría que alguien más me hiciera el aseo. No podría confiar. Después tendría que revisar su trabajo”.

BLAKES HOTEL
33 Roland Gardens, Londres
T. 44 (20) 7370 6701
F. 44 (20) 7373 0442
www.blakeshotels.com
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