Arquitecto: Germán del Sol
©Cortesía Explora

Arquitecto: Germán del Sol

German garantiza camas extramullidas en dos hoteles ultrarremotos de Chile, los ya legendarios Explora de la Patagonia y el Desierto de Atacama.
Germán del Sol nació en Chile, estudió en España y vivió en Estados Unidos antes de proyectar uno de los mejores hoteles del planeta: el Explora de Torres del Paine, un edificio instalado en medio de la Patagonia chilena que, como su arquitecto, exuda innovación y buen gusto.

No debe haber arquitecto, estudiante de arquitectura ni diseñador que no ubique a Del Sol, uno de los mentores del pabellón chileno en la Expo Sevilla 92. Era una enorme estructura de madera, cálida en sus colores pero antártica en su temperatura: a media luz cobijaba un gigantesco iceberg polar, y eso, en una ciudad con 50 grados y sol de castigo, dejó a todo mundo apantallado.

Germán del Sol no había concebido todavía los hoteles Explora, que junto al mismo socio de siempre —el arquitecto José Cruz— lo sitúan en la galaxia de los profesionales consagrados, pero ya estaba mostrando una de sus facetas como refinado innovador. Sucede que en el caso de Sevilla, como en el de los hoteles y recientemente en el de las Termas Geométricas, el hombre de 56 años elevó a categoría artística un tema que le preocupa desde siempre. Uno que, como él mismo define, consiste en “poner en contacto la ciudad con los territorios remotos”.

Concretamente, se trata de concebir los hoteles con todas las comdidades que el citadino más ortodoxo exigiría, sólo que en plena naturaleza. Y mientras más distante, mejor. Así se entiende que los Explora se ubiquen en los extremos más desolados de Chile, la Patagonia y Atacama, y que cuenten con camas extramullidas, albercas techadas y otras delicias.

Como muchas veces les sucede a los artistas, Del Sol aplica su concepción estética a su vida privada, sus gestos cotidianos, incluso sus rutinas son en sí mismas casi una obra de arte. Pongamos por caso su vida de estudiante de arquitectura en la Universidad Católica de Chile. Trabajo tras trabajo, sus profesores lo evaluaban estupendamente. Siempre era lo mismo: “Muy bien, Del Sol”, le palmoteaban el hombro. Hasta que se aburrió de la complacencia, fundamentalmente por desconfianza, y partió a terminar sus estudios en el Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. Se casó con su novia chilena de siempre, se asoció con un catalán y comenzó una carrera exitosa que lo mantendría en Cataluña por los siguientes diez años.

Mientras sus edificios se construían como contra reloj, Del Sol recorrió las ciudades más lindas de Europa. En París, por ejemplo, llevaba la vida de un flâneur, ese paseante libre y sin rumbo que a veces son los poetas y que este chileno personificaba caminando por el Jardín de las Tullerías. O instalándose una tarde entera en una sala del Louvre. O vagando sin dirección hasta deleitarse con un pato cocinado según antiguas recetas francesas en el restaurante Allard.

En esos años adquirió la costumbre de comprarse zapatos de cuero en Londres y camisas en España. También se distanció del diseño italiano, por excesivo y “amariconado”, y de tanto disfrutar y tanto conocer sintió que le había llegado el momento de volver a Chile.

EL CIELO Y LA TIERRA
Pensemos en el primer hotel que proyectó Del Sol y de nuevo aparecerá su espíritu de ruptura. Estaba en California, donde vivió una temporada mientras un hijo se trataba un cáncer, cuando su socio estadounidense lo invitó a proyectar un hotel “español”. Ni fue español ni fue uno: el arquitecto convenció al socio y a los inversionistas de construir un hotel con materiales, como pizarra y mármol, y muebles de España, pero de estilo y carácter propio. Al final fueron dos: uno en Palo Alto y otro en Monterey, California.

Podemos detenernos en sus viajes y mirar: Del Sol se siente como una oveja adentro de los aviones. Nada le gusta del trance inevitable a la hora de viajar. Ni el tiempo de espera en los aeropuertos ni menos que le impidan ponerse de pie cuando se le da la gana. “Es indigno. El viaje en carreta de hace un siglo era más elegante que el avión”, dice, sin ninguna ironía.

Por supuesto que detesta los aviones porque se ha subido a ellos muchas veces. De hecho, cuando regresó a Chile y lo contrataron para rediseñar las oficinas de una línea aérea, pasaba más tiempo volando que en tierra. Así fue como un día, a bordo de un bimotor de última estofa, divisó las magníficas Torres del Paine y, en el acto, valiéndose de lápiz y papel, concibió las bases de lo que después sería el primer hotel Explora.
Es decir, imaginó el hotel que la revista Condé Nast Traveler acaba de elegir como el mejor del mundo en cuanto a ubicación. El Explora marcó un hito a nivel chileno, por cuanto puso en el mapa mundial un paisaje que hasta ese momento era visitado casi exclusivamente por viajeros de bajo presupuesto. Y a él lo terminó de consagrar.

Antes, eso sí, tuvo que lidiar con los resquemores de las autoridades locales y las habladurías de sus colegas. Los unos desconfiaban de un hotel cinco estrellas en medio de un parque nacional (las Torres del Paine, además de zona protegida, son reserva de la biosfera desde 1978). Los otros no entendieron su apuesta por el color blanco. Si tanto le gustaba la naturaleza, murmuraban algunos arquitectos, debía haber proyectado un edificio que se confundiera con el entorno, y no una mole de dos pisos de llamativo color blanco.

Del Sol lo tenía todo calculado: contrató como guías turísticos a jóvenes de la zona para satisfacer a unos y pintó el hotel color rojo para provocar a los demás. Los gritos se oyeron hasta en Santiago. ¡Rojo! ¿Qué tiene que ver el color rojo con la Patagonia? Del Sol negoció y finalmente accedió a pintar de blanco los muros exteriores. Es decir, consiguió lo que se había propuesto desde un comienzo. Ja, ja.

“El hotel está conectado con el ambiente general y conecta el suelo con el cielo. Tienes las nubes blancas, la nieve de las montañas que es blanca y en medio el hotel blanco. No puedes mirar sólo los pastos que hay al lado”, explica, haciendo gala de otro ejercicio estético que maneja exquisitamente y que parece olvidado: el de la conversación.

VIAJE AL JARDÍN
Estamos en su taller, en un barrio de Santiago donde la ciudad se mira en perspectiva y donde los árboles apenas dejan ver las mansiones. Del Sol vive muy cerca, en una casa que él mismo proyectó, pero le gusta trabajar junto a sus ayudantes en este espacio de madera y ventanas que huele a incienso y que es de un gusto exquisito: salvo unas vasijas prehispánicas, que deben costar bastante dinero, y algunos alebrijes que se ha traído de México, el taller es bastante monacal.

Aquí el arquitecto tiene todo bajo estricto control. Le preguntamos por París y abre uno de sus ordenados anaqueles para mostrar la carpeta de recortes sobre una de sus ciudades preferidas. Al lado hay una que dice “Mali”, con reseñas en inglés y francés sobre el país africano. Y sobre la mesa, cuatro guías Lonely Planet que le acaban de llegar por correo. Del Sol está estudiando la arquitectura dogon del África negra. No pretende trabajar con barro, como ellos, pero sí aprender cómo logran hacer las perforaciones para las ventanas y cómo trabajan la luz.

Estudioso y tal vez obsesivo, el hombre puede tomarse la molestia de guardar la cuenta de uno de los hoteles que más le gustan para no olvidar su nombre (el Maya Tulum de la Riviera Maya), tanto como gastar la noche mirando planos de sesudas revistas de arquitectura. A la vez, y seguramente por lo mismo, Del Sol evoca la poesía cuando refiere los viajes:

—El primer viaje es el que hace uno al jardín de su casa, un viaje hacia lo externo, como diría Jorge Tellier (un muy buen poeta chileno), donde no estás preocupado de lo que te pasa a ti, sino de lo que pasa afuera.
—¿A eso aspiras cuando viajas? ¿A olvidarte de ti mismo?
—Ése es el ideal. Olvidarse de uno mismo por un rato. Cuando viajas, puede pasar que ni siquiera sepas cómo te llamas. Tengo la agenda llena de cosas por hacer. Me subo al avión y todavía voy pensando en la agenda. Cuando aterrizo, se me olvida. Ése es el verdadero lujo: no necesitar agenda, no llevar reloj, dejar el celular en casa —alcanza a decir antes de que suene el teléfono.

El arquitecto recibe varias llamadas mientras dura la entrevista. Aunque no las atiende todas, se disculpa para hablar sobre su nuevo proyecto hotelero: algo así como una versión económica del Explora ubicado en Puerto Natales, que asesora incluso en sus más mínimos detalles (lo llaman para preguntarle por copas y manteles).

Paralelamente, en estos días va y viene a Madrid afinando los planos de un edificio que está construyendo en el barrio Valleca, después de haber ganado una bienal iberoamericana. Y todavía saca cuentas alegres de las Termas Geométricas, un conjunto de 17 piscinas ubicadas estratégicamente en una bajada de agua termal, con plantas y árboles cayéndoles encima, de modo que disfrutando de una no se ven ni se oyen las demás.

En las termas, al igual que en los hoteles Explora, uno de los mayores lujos es el silencio. Y la quietud. “Para tener algo bueno, un buen hotel, un buen espacio, unas buenas vacaciones, a veces necesitas agregar cosas, pero muchas otras veces lo que necesitas es quitárselas”, resume.

Por eso podemos comprender que Del Sol deteste Disneylandia, que se entristezca cada vez que regresa a Santorini y comprueba que la isla es hoy un mercado de baratijas y que se congratule porque París, su tan querido París, tenga ahora menos automóviles en las calles que hace treinta años.
Entendemos también que Del Sol sueñe con refaccionar el hotel que está frente a las ruinas de Machu Picchu (su destino preferido en América) y que cuando viaja no renuncie ni a los buenos hoteles ni a la buena comida, que por cierto no asocia a los restaurantes de diseño ni a los experimentos del tipo Ferrán Adrià (“snob”, a su entender). Entendemos todavía más que este arquitecto del fin del mundo se realice en su casa de campo, cabalgando sobre pastizales infinitos y cuidando las plantas. Es ahí, entre enredaderas y flores, cuando Germán del Sol consigue una disculpa para salir de sí mismo; es decir, la excusa que necesita para viajar.

GERMÁN DEL SOL
En Chile existen dos hoteles Explora: el Salto Chico, en el Parque Nacional Torres el Paine, y el Hotel de Larache, en las afueras de San Pedro de Atacama. Fuera de eso, desde enero funcionan dos casas refaccionadas al estilo Explora en la Isla de Pascua. Los paquetes de cuatro noches cuestan desde 1866 dólares por persona en el Salto Chico, 2060 en el Hotel de Larache y 1640 en la Isla de Pascua, incluyendo todas las comidas, las bebidas, las excursiones y los traslados desde y hacia los aeropuertos respectivos (Américo Vespucio Sur 80, piso 5, Santiago, Chile; T. 56 (2) 206 6060; F. 56 (2) 228 4655; www.explora.com; reservexplora@explora.com).
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