Clef D'Or: Dwight Owsle
Fotografía de Mauricio Carrera

Clef D'Or: Dwight Owsle

Cumplir caprichos es la labor de Dwight Owsle. El Senior Concierge del Carlyle se mueve por Nueva York con la soltura de quien ha desentrañado sus secretos.
Por Diego Gómez-Pickering | agosto 2005 | Tags: ,
“If I can make it there, I’ll make it anywhere, it’s up to you, New York, New York”, canta un ronco e inconfundible Frank Sinatra con respecto a la capital del mundo. Una ciudad que se coloca al frente de la lista de cualquiera, a la que todo mundo conoce incluso sin haber puesto nunca pie en ella. De ahí que atraiga a tanta gente, quien, embelesada por el multifacético Central Park, por una Quinta Avenida con rango de primera y por su aún punzante Ground Zero, llega de los cuatro rincones del planeta y desde los puntos más recónditos del mundo para buscar un futuro mejor, para buscarse a sí misma, aunque a la postre termine más perdida.

Tal fue el caso de Dwight Owsle, tejano de origen y actual Senior Concierge del hotel Carlyle, afincado desde hace casi tres décadas en la gran manzana. Al señor Owsle, al igual que a todo aquel que haya tenido la fortuna de vivir en Nueva York, la voz de Sinatra entonando aquellas estrofas iniciales le eriza la piel, quizás en su caso con mucha mayor razón, dado que su historia parece verse reflejada en la letra de la melodía. Tras trabajar durante algunos años como asistente en un periódico, Owsle obtuvo la oportunidad de colaborar dentro de una galería de arte en su natal Texas. Hoy resulta difícil creer que este hombre, de indudable porte y discretamente bien parecido, comparta lugar de nacimiento con el actual presidente estadounidense, todo rastro de esta coincidencia parece haber sido borrado; su acento ha desaparecido por completo y sus eres y tes son más perfectas que las de cualquiera que se jacte de ser nativo de Manhattan.

En fin, fue precisamente mientras trabajaba en aquella galería de arte cuando conoció a Lamar Brie, uno de los artistas cuya obra se comercializaba ahí. Resultó que Brie era cliente asiduo del Carlyle, y fue de su boca de donde Dwight escuchó por vez primera acerca del mítico hotel de la calle 76 y la avenida Madison. Para aquel entonces, la idea de mudarse a la costa este y ser parte del sueño neoyorquino llevaba rondado su cabeza por largo rato, por ello cuando la mujer del señor Brie, Nancy, le comentó que conocía al gerente del Carlyle, Dwight no dudo un minuto más, hizo sus maletas, metiendo en cada una las pocas pertenencias que pudo llevarse consigo, y tomó el primer autobús con dirección a Nueva York. Recién desempacado y tras larguísimas horas de viaje pero con una emoción que al día de hoy le brinda un brillo diferente a su mirada, Dwight se entrevistó con Giorgio Mazzini, gerente en turno del Carlyle, por recomendación directa de Nancy Brie. Aquella mañana primaveral recibió por respuesta un clásico “yo te llamo”, pero cuán grande fue su sorpresa cuando esa frase se materializó en una propuesta de trabajo. Así empezó su relación con el Carlyle, con su historia, con sus celebridades, con su estilo, con Nueva York.

Desde sus primeros años como capitán del departamento de room service, pasando por su estadía como jefe del bar, hasta su internacionalmente reconocido rol como Clef d’Or —título que se le da únicamente a una diminuta cúpula de entre los mejores concierges del mundo, y que no se otorga a más de tres individuos cada año—, Dwight ha presenciado en los últimos 25 años circunstancias, personas y momentos cruciales en la historia de la ciudad.

Enfundado en un traje de lana gris Oxford, a tenues rayas negras, camisa impecablemente blanca e insignias metálicas en ambas solapas, Dwight afirma, con tesón militar, que su trabajo en ocasiones resulta de fundamental importancia para que la vida del mundo, o mejor dicho de aquellos que controlan el mundo —los ricos y famosos—, pueda correr sin mayor contratiempo. Y lo que es aún más importante, su labor no se limita al hotel ni termina donde la acera empieza, como ilustra aquella ocasión en que recibió directamente a su extensión telefónica la llamada de un monarca europeo que, desesperado, pidió su ayuda para dar con el paradero de su hijo, supuestamente en una isla desierta y con quien no lograba comunicarse. Una investigación que el FBI, la KGB y los servicios secretos cubanos envidiarían llevó a Dwight a localizar al noble junior europeo en un hotel de Dallas, a salvar el cuello del chico y dejar tranquila la conciencia del padre.

O aquella otra ocasión, como cuenta entre risas, cuando una famosa actriz hollywoodense, conocida del vecindario, cuyo nombre no quiso revelarnos, le llamó desde Londres para pedirle que le comprara en Nueva York su vestido de novia y se lo hiciera llegar a la brevedad posible a la capital inglesa, todo lo cual, al parecer, se hizo al pie de la letra.

Las patas de gallo al lado de sus ojos y sus contadas y bien llevadas canas dan fe de que la trayectoria de Dwight por el hotel Carlyle no ha pasado inadvertida. En el corazón del Upper East Side, la zona más nice de todo Manhattan, flanqueado por las dos avenidas con mayor renombre de la ciudad, Madison y Park, la primera por sus boutiques, la segunda por sus domiciliados, el Hotel Carlyle, sofisticado y elegante, es una de las direcciones indispensables en Nueva York. Con el Plaza recién cerrado y el Waldorf Astoria habiendo visto sus mejores momentos, las décadas del Carlyle lo sostienen como la opción más apropiada dentro de las apropiadas. Mahatma Gandhi y Fidel Castro han pasado por sus habitaciones. Y en el emblemático Café Carlyle todos los lunes Woody Allen deleita a la selecta audiencia con su dominio del clarinete. El Carlyle ha sido y seguirá siendo un icono neoyorquino, un icono del que Dwight Owsle se encuentra muy orgulloso de formar parte.

De entre los cientos de miles de rostros que le ha tocado ver se encuentra gente de todos colores, tamaños, religiones, nacionalidades, preferencias sexuales e inclinaciones profesionales, quizá lo único que los une sea el tamaño de su cartera. Entre esta plétora de clientes por supuesto hay latinoamericanos, y mexicanos en particular, de quienes Owsle asegura admirar los modales y el sentido del buen gusto. Pero siempre uno tiene sus favoritos y al responder a esta pregunta Dwight afirma orgulloso que para él siempre serán dos, Jonas Salk, inventor de la vacuna contra la poliomielitis, de quien declara que era encantador, y el director cinematográfico Orson Wells, quien “tenía una voz bellísima por teléfono”, y con quien compartió varios secretos, como la magia, a la que Wells era fiel aficionado. Toda una vida dedicada al servicio, que no lo ha dejado exento de experiencias gratificantes y aterradoras, de grandes sonrisas y de muchos clientes satisfechos, con quienes estableció una complicidad difícil de alcanzar hasta con los mejores amigos.

Para Dwight Owsle la palabra clave es la confianza, mejor entendida como honestidad. Cómo explicarse si no aquella vez en que un huésped, de prisa saliendo del hotel, le dio un portafolio de cuero negro pidiéndole que lo guardase hasta su regreso, con un contenido que superaba los cuatro millones de dólares: una tiara de diamantes.

El Senior Concierge del hotel Carlyle protagoniza una historia más de Nueva York, una ciudad que siempre será el everywhere y donde más de alguna noche regresa a casa tarareando “I want to wake up in the city that never sleeps”.

THE CARLYLE
35 East 76th Street
Nueva York, Nueva York
T. (212) 744 1600
F. (212) 717 4682
www.thecarlyle.com
Habitación doble desde
550 dólares la noche
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