Ranger: Dean Robinson
Los loddes de súper lujo se multiplican en la sabana africana y todos parecen querer ir a ver leones, cebras o jirafas. Estas son las personas que hacen posible esas visitas.
Cuando llegué a Mateya Lodge, en la reserva de Madikwe, en la frontera de Sudáfrica y Botswana, supe que Dean Robinson sería mi ranger —esta palabra cuyo equivalente español más cercano es “guardabosques”, se refiere en el mundo de los safaris al guía que lleva a los visitantes a explorar la sabana en bandeja de plata.
Dean tiene 26 años y nació en Johannesburgo, donde se graduó del Allenby Campus College con el “Prestige Diploma” en Game Ranging and Lodge Management, uno de los títulos más destacados en Sudáfrica para convertirse en ranger. Pero como su pasión son los animales peligrosos, obtuvo una especialización en la materia por parte de la Field Guides Association of Southern Africa.
Desde niño ha sido fanático de la vida silvestre y su premio mayor era visitar las reservas de Sudáfrica. A los 13 años conoció a un ranger en una de esas reservas, un hombre apasionante, que se dedicaba a contarle hasta el detalle el porqué de los comportamientos y los movimientos de los animales. Desde entonces decidió sin mayor titubeo que ése sería su destino, y no piensa cambiar de trabajo nunca; si acaso, volverse director de una estación de estudios científicos de la vida silvestre o dueño de un lodge. Dean confía en su futuro porque sabe que se encuentra en el lugar correcto, dentro del reino animal, un reino donde se siente a gusto.
Con Dean recorrimos las pistas de la sabana en busca de leones, rinocerontes, elefantes, y pasamos las más encantadoras veladas en el lodge, hablando del famoso bush, esa sabana africana que fascina, hechiza, conquista hasta que uno se vuelve adicto. También estaba el tracker Adolph, que se encarga de encontrar a los animales. Como la mayoría son territoriales, empieza por buscar en ciertas áreas, y luego investiga las huellas. Es increíble la vista que tiene para detectar ramas rotas o, entre los arbustos, advertir un pedazo de oreja o de cola.
“Pienso que los parques nacionales son un terreno extraordinario”, me dice Dean cuando cuestiono la cerca que mantiene a los animales en un territorio limitado.
—Desgraciadamente, en Sudáfrica necesitamos proteger a los animales en zonas de conservación para que no los confundan con atacantes de campos de cultivo o ladrones de cosechas y los maten, pero algunas de ellas son más grandes que países enteros. Cada reserva tiene un registro anual de los animales. Muchas veces tienen problemas con los elefantes, por-que pueden comer una cantidad impresionante de vegetación y son los únicos animales, además del hombre, capaces de transformar su propio hábitat. Puede ser que una especie sea demasiado numerosa, pero tenemos que contar con los cambios climáticos —sequías o inundaciones— que trastornan las condiciones de vida, y entonces ese equilibrio o desequilibrio puede cambiar en unos pocos meses. En cuanto a las grandes reservas, como el Delta del Okavango o el Cráter del Ngorongoro, esas superficies son realmente silvestres, ahí los animales han vivido desde hace siglos, y no existen alambrados para detenerlos. Sus únicos límites son las barreras de los campesinos.
Sabía que la cacería estaba autorizada en algunos parques bajo estricto control, y Dean me describió exactamente cómo funciona: “Si quieres cazar uno de los animales más peligrosos, como el león o el elefante, tienes que pagar una gran cantidad de dinero y no puedes ir solo, te acompaña un cazador profesional designado por los dirigentes del parque. Eso es por razones de seguridad y también para garantizar que no mates al primer animal que encuentres sino al indicado en cuanto a especie, sexo y edad. Cazar gacelas es más fácil, puede hacerse en cualquier sitio con el permiso del propietario y un reporte a las autoridades de control de fauna”.
Siempre me ha preocupado la cacería clandestina que tiene como meta los colmillos de elefantes o rinocerontes, las garras de leones o los dientes de guepardos para fabricar medicinas fantásticas o placebos. Dean me explica cómo cada reserva cuenta con agentes que controlan diariamente los alambrados para ver si no hay hoyos, huellas humanas o cualquier cambio en la actitud de los animales.
Una de las costumbres instauradas por los lodges de lujo como Mateya —donde uno puede relajarse en la alberca privada de la suite o en la terraza, admirando los animales que se acercan a tomar agua— son los bush dinners, cenas montadas en medio de la sabana. Pero cuando el cielo se queda sin estrellas y la oscuridad se vuelve amenazadora, algunos huéspedes realmente llegan a asustarse. “Organizamos una gran fogata que permite espantar a muchos de los animales. Sin embargo, las hienas son insolentes y se acercan, atraídas por el olor de la comida. Una vez pasó una tan cerca de la mesa donde la champaña estaba servida junto con un excelente filete de gacela, que los dos invitados perdieron el control y se subieron sobre las sillas. Sé que pueden ser peligrosas si vienen en grupo, pero no hubo más remedio que continuar la cena con ella al lado.”
—A veces —se ríe Dean—, me pregunto dónde estudió la gente, ¡les falta tanto conocimiento de la vida silvestre! En ocasiones pienso que bromean. Cuando explico que los machos se montan para espantar a la competencia, siempre me hace mucha gracia que la gente me pregunte si son gays. Simplemente, las jirafas macho tienen tendencia a pelear con frecuencia, y el que monta al otro es reconocido como el jefe. Los otros machos, o lo respetan o se van.
Y es que las clases de Dean sí fueron de otra naturaleza. Me contó con entusiasmo cómo además de sus clases de administración de lodges y reservas privadas, recibía clases de anatomía y biología animal, pero lo que más le apasionaba eran los cursos de comportamiento animal. En ellas todo se volvía lógico: el león tiene esa mirada tranquila mientras observa a sus posibles presas para conservar su energía sin aumentar su estrés; algunas pequeñas gacelas marcan los límites de su territorio con excremento pero nunca defecan adentro. También tenía clases de nutrición, donde le enseñaban cómo alimentar a un animal huérfano en caso de que fuese necesario acogerlo. Las clases de botánica le permitieron reconocer las plantas comestibles, las venenosas y las que tienen agua potable. Sus clases sobre los animales peligrosos estaban estructuradas con base en anécdotas, películas y datos científicos. Y otra clase versaba sobre cómo reaccionar con el comportamiento de los huéspedes, cómo dar los primeros auxilios en caso de emergencia.
—La mayoría de los lodges no tienen alambrados y los animales suelen acercarse. Una tarde, me encontré un huésped petrificado, incapaz de caminar hacia adelante o hacia atrás, en el camino entre su suite y la biblioteca. Había un elefante en el jardín. Le expliqué que no debía moverse y me fui hacia el elefante, haciendo extraños ruidos y palmeando, otro ranger me apoyaba pero nada parecía servir; el paquidermo perdió la paciencia y empezó a perseguirnos. Tuvimos que correr, el huésped aprovechó para refugiarse en su suite y no se me ocurrió otra cosa que esconderme detrás de una columna de madera que sostenía el techo de la terraza para no incitar al elefante a meterse más adentro del lodge. Estaba tan enfurecido que empujó la columna con la cabeza y sus colmillos pasaban de cada lado. Finalmente se cansó y se retiró, con mucho ruido.
”Con todo, la gente siempre me dice que tengo un trabajo maravilloso, y es cierto. Tengo el privilegio de despertarme diario en una oficina de 76 mil hectáreas, con maravillosas vistas y extraordinarios encuentros. Cada día es diferente y no quisiera cambiar mi vida por nada en el mundo.”
MATEYA SAFARI LODGE
Madikwe Game Reserve, Sudáfrica
T. 27 (14) 778 9200
F. 27 (14) 778 9201
www.mateyasafari.com
Dean tiene 26 años y nació en Johannesburgo, donde se graduó del Allenby Campus College con el “Prestige Diploma” en Game Ranging and Lodge Management, uno de los títulos más destacados en Sudáfrica para convertirse en ranger. Pero como su pasión son los animales peligrosos, obtuvo una especialización en la materia por parte de la Field Guides Association of Southern Africa.
Desde niño ha sido fanático de la vida silvestre y su premio mayor era visitar las reservas de Sudáfrica. A los 13 años conoció a un ranger en una de esas reservas, un hombre apasionante, que se dedicaba a contarle hasta el detalle el porqué de los comportamientos y los movimientos de los animales. Desde entonces decidió sin mayor titubeo que ése sería su destino, y no piensa cambiar de trabajo nunca; si acaso, volverse director de una estación de estudios científicos de la vida silvestre o dueño de un lodge. Dean confía en su futuro porque sabe que se encuentra en el lugar correcto, dentro del reino animal, un reino donde se siente a gusto.
Con Dean recorrimos las pistas de la sabana en busca de leones, rinocerontes, elefantes, y pasamos las más encantadoras veladas en el lodge, hablando del famoso bush, esa sabana africana que fascina, hechiza, conquista hasta que uno se vuelve adicto. También estaba el tracker Adolph, que se encarga de encontrar a los animales. Como la mayoría son territoriales, empieza por buscar en ciertas áreas, y luego investiga las huellas. Es increíble la vista que tiene para detectar ramas rotas o, entre los arbustos, advertir un pedazo de oreja o de cola.
“Pienso que los parques nacionales son un terreno extraordinario”, me dice Dean cuando cuestiono la cerca que mantiene a los animales en un territorio limitado.
—Desgraciadamente, en Sudáfrica necesitamos proteger a los animales en zonas de conservación para que no los confundan con atacantes de campos de cultivo o ladrones de cosechas y los maten, pero algunas de ellas son más grandes que países enteros. Cada reserva tiene un registro anual de los animales. Muchas veces tienen problemas con los elefantes, por-que pueden comer una cantidad impresionante de vegetación y son los únicos animales, además del hombre, capaces de transformar su propio hábitat. Puede ser que una especie sea demasiado numerosa, pero tenemos que contar con los cambios climáticos —sequías o inundaciones— que trastornan las condiciones de vida, y entonces ese equilibrio o desequilibrio puede cambiar en unos pocos meses. En cuanto a las grandes reservas, como el Delta del Okavango o el Cráter del Ngorongoro, esas superficies son realmente silvestres, ahí los animales han vivido desde hace siglos, y no existen alambrados para detenerlos. Sus únicos límites son las barreras de los campesinos.
Sabía que la cacería estaba autorizada en algunos parques bajo estricto control, y Dean me describió exactamente cómo funciona: “Si quieres cazar uno de los animales más peligrosos, como el león o el elefante, tienes que pagar una gran cantidad de dinero y no puedes ir solo, te acompaña un cazador profesional designado por los dirigentes del parque. Eso es por razones de seguridad y también para garantizar que no mates al primer animal que encuentres sino al indicado en cuanto a especie, sexo y edad. Cazar gacelas es más fácil, puede hacerse en cualquier sitio con el permiso del propietario y un reporte a las autoridades de control de fauna”.
Siempre me ha preocupado la cacería clandestina que tiene como meta los colmillos de elefantes o rinocerontes, las garras de leones o los dientes de guepardos para fabricar medicinas fantásticas o placebos. Dean me explica cómo cada reserva cuenta con agentes que controlan diariamente los alambrados para ver si no hay hoyos, huellas humanas o cualquier cambio en la actitud de los animales.
Una de las costumbres instauradas por los lodges de lujo como Mateya —donde uno puede relajarse en la alberca privada de la suite o en la terraza, admirando los animales que se acercan a tomar agua— son los bush dinners, cenas montadas en medio de la sabana. Pero cuando el cielo se queda sin estrellas y la oscuridad se vuelve amenazadora, algunos huéspedes realmente llegan a asustarse. “Organizamos una gran fogata que permite espantar a muchos de los animales. Sin embargo, las hienas son insolentes y se acercan, atraídas por el olor de la comida. Una vez pasó una tan cerca de la mesa donde la champaña estaba servida junto con un excelente filete de gacela, que los dos invitados perdieron el control y se subieron sobre las sillas. Sé que pueden ser peligrosas si vienen en grupo, pero no hubo más remedio que continuar la cena con ella al lado.”
—A veces —se ríe Dean—, me pregunto dónde estudió la gente, ¡les falta tanto conocimiento de la vida silvestre! En ocasiones pienso que bromean. Cuando explico que los machos se montan para espantar a la competencia, siempre me hace mucha gracia que la gente me pregunte si son gays. Simplemente, las jirafas macho tienen tendencia a pelear con frecuencia, y el que monta al otro es reconocido como el jefe. Los otros machos, o lo respetan o se van.
Y es que las clases de Dean sí fueron de otra naturaleza. Me contó con entusiasmo cómo además de sus clases de administración de lodges y reservas privadas, recibía clases de anatomía y biología animal, pero lo que más le apasionaba eran los cursos de comportamiento animal. En ellas todo se volvía lógico: el león tiene esa mirada tranquila mientras observa a sus posibles presas para conservar su energía sin aumentar su estrés; algunas pequeñas gacelas marcan los límites de su territorio con excremento pero nunca defecan adentro. También tenía clases de nutrición, donde le enseñaban cómo alimentar a un animal huérfano en caso de que fuese necesario acogerlo. Las clases de botánica le permitieron reconocer las plantas comestibles, las venenosas y las que tienen agua potable. Sus clases sobre los animales peligrosos estaban estructuradas con base en anécdotas, películas y datos científicos. Y otra clase versaba sobre cómo reaccionar con el comportamiento de los huéspedes, cómo dar los primeros auxilios en caso de emergencia.
—La mayoría de los lodges no tienen alambrados y los animales suelen acercarse. Una tarde, me encontré un huésped petrificado, incapaz de caminar hacia adelante o hacia atrás, en el camino entre su suite y la biblioteca. Había un elefante en el jardín. Le expliqué que no debía moverse y me fui hacia el elefante, haciendo extraños ruidos y palmeando, otro ranger me apoyaba pero nada parecía servir; el paquidermo perdió la paciencia y empezó a perseguirnos. Tuvimos que correr, el huésped aprovechó para refugiarse en su suite y no se me ocurrió otra cosa que esconderme detrás de una columna de madera que sostenía el techo de la terraza para no incitar al elefante a meterse más adentro del lodge. Estaba tan enfurecido que empujó la columna con la cabeza y sus colmillos pasaban de cada lado. Finalmente se cansó y se retiró, con mucho ruido.
”Con todo, la gente siempre me dice que tengo un trabajo maravilloso, y es cierto. Tengo el privilegio de despertarme diario en una oficina de 76 mil hectáreas, con maravillosas vistas y extraordinarios encuentros. Cada día es diferente y no quisiera cambiar mi vida por nada en el mundo.”
MATEYA SAFARI LODGE
Madikwe Game Reserve, Sudáfrica
T. 27 (14) 778 9200
F. 27 (14) 778 9201
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