Chicago Wicker Park
La transformación de un barrio es cosa delicada. Si bien se agradecen los buenos servicios, el buen cuidado de los parques e incluso la apertura de un buen restaurante. Nadie sabe lo que pasará a fin de cuentas con Wicker Park, lo cierto es que ahora está en un gran momento de transición.
Cuentan que el viejo Juanito se pasaba el día en Six Corners, posiblemente la estrella urbana más famosa de Chicago. Seis esquinas llenas de bares de música y centros artísticos, en pleno barrio de Wicker Park. Dicen quienes lo vieron que increpaba a los automóviles. No a sus conductores, sino a los propios coches, como si en sus carrocerías y sus ruedas anidara algún tipo de culpa que el resto de los humanos no supiera apreciar. Juanito, que había emigrado desde México muchos años atrás, gritaba en una mezcla de español e inglés ininteligible, que hoy es recordada con el cariño que suscitan las desapariciones.
En esta ciudad, cruzar una avenida puede significar retroceder una década. Humboldt Park, al otro lado de la Western Avenue, es aún como era Wicker Park a principios de los noventa: pequeñas tiendas de abarrotes, fachadas quejumbrosas, gente de todas partes por la calle o en los bares (polacos o mexicanos), pandillas rivales, ancianos charlando de pie en las esquinas. Nada de eso existe ya más acá de la avenida: las tiendas de ultramarinos se han convertido en peluquerías caninas; los bares de barrio, en vinerías y locales de sushi; y la mezcolanza de razas se va diluyendo en un blanco de clase media. Evidentemente, con su predominancia han desaparecido las pandillas, integradas sobre todo por latinos y negros. Ya no hay aquí persecuciones ni tiroteos.
La transformación, aunque paralela a la de tantos otros barrios de nuestro mapa global, no deja de ser sorprendente. Hace quince años, no había ni siquiera un alumbrado público en condiciones. Posiblemente lo único que ha sobrevivido como tal es el parque que da nombre al barrio, con sus instalaciones deportivas y su centro cultural en el centro, su fuente entre jardines, sus pistas de baloncesto, su espacio de softball; pero su césped nunca había lucido tan cuidado ni había tulipanes que anunciaran el fin definitivo del invierno. Porque la suciedad y el desaliño campaban a sus anchas. Porque la prolijidad y el orden y la manutención y los tulipanes son exclusivos de los barrios elegantes: blancos.
Si uno se sienta en alguno de los bancos del parque puede alcanzar a imaginar el latido antiguo de ese lugar. Sobre todo cuando el sol calienta aún, antes de que comience el ciclo hibernal, que ocupa medio año. Las pelotas de baloncesto botan y rebotan sobre el suelo alquitranado, el bat choca contra la pelota de softball, el bastón contra el pavimento, una mano saluda al posarse sobre un hombro; el latido coral del barrio. Del viejo barrio que ya no es.
EL IMPERIO DE LO NUEVO
Porque en Wicker Park impera lo nuevo. Aunque haya señoriales edificios de inspiración victoriana, como la mansión de la esquina de Hoyne y Schiller, con sus columnas y sus cristales decorados según las intuiciones de Frank Lloyd Wright, en este barrio abundan sobre todo las casas divididas en tres departamentos y, progresivamente, los condominios. Se trata de un proceso de modernización imparable, consecuencia de que desde hace ya algunos años éste es el barrio de moda de Chicago. La ciudad, como el mundo, se divide en un norte rico y un sur de guetos. Wicker Park está en el noroeste, a cinco paradas de metro de Downtown, a seis del lago Michigan. A finales del siglo xix fue un enclave de inmigrantes alemanes y escandinavos, pero pronto, como el vecino Humboldt Park, fue conocida como una zona eminentemente polaca. La Polish Gold Coast, le llamaban. De hecho, aún limita con el Ukranian Village, otro asentamiento con raíces en la Europa Oriental.
Las dos tiendas de ropa que dieron el banderazo de salida del ascenso —económico, social, artístico— de este barrio fueron Tangerine (1719 Damen Ave.; T. (773) 772 0505) y P.45 (1643 N. Damen Ave.; T. (773) 862 4523; www.p45.com), una a pocos metros de la otra en la calle Damen, cerca de la parada de metro de Six Corners. Ambas abrieron en 1997, cuando el barrio mejoraba de aspecto pero aún no estaba de moda. Ambos locales son de línea minimalista y ofrecen piezas únicas de diseñadores locales, independientes, internacionales. Ocho años después, conservan el espíritu fundacional.
Ahora, también es posible encontrar tiendas como Stitch (1723 N. Damen Ave.; T. (773) 782 1570; www.stitchchicago.com) o Lille (1923 W. North Ave.; T. (773) 342 0563; www.lilleashop.com), que ofrecen desde vasos o bolsos para mujer hasta charolas y futones.
1997: su dieciocho de septiembre el legendario club Double Door (1572 N. Milwaukee Ave.; T. (773) 489 3160; www.doubledoor.com; precios según el espectáculo) albergó un concierto que también debe ser considerado como premonición del éxito de estas calles. Por siete dólares, el precio habitual, cuatrocientas personas tuvieron acceso a una actuación en directo de los Rolling Stones. Aquella noche ya ha pasado a la memoria colectiva.
—Esto ha sido una locura.
Y se acaricia el cabello desde el otro lado del mostrador Tricia Tunstall, una de las dueñas de P.45, y añade, los ojos azules, el aspecto sencillo:
—Tienes que imaginarte una calle muy diferente, sin todos estos bares y comercios, sin terrazas ni Starbucks. Hace diez años aquí no había ni luz. Y aunque nosotros abrimos hace siete, no fue sino hasta el 2002 cuando tuvo lugar el auténtico boom.
El Double Door está muy cerca, al lado de la parada de metro Damen, a cuatro pasos de Six Corners, no lejos del bar Pontiac y del rincón adonde Juanito insultaba a los coches. En pleno triángulo donde se concentra la vanguardia: las avenidas Damen, Milwaukee y North. En él está la tienda de discos de John Cusak en High Fidelity, película filmada aquí. Aquellos fotogramas sobre amores y amistades de barrio, ambientados en una decadente tienda de música, se convirtieron en los embajadores internacionales de Wicker Park. El Double Door aún continúa ofreciendo conciertos a la sombra de las vías del tren. La tienda de discos, en cambio, desapareció: es una esquina muerta.
LO VIEJO, CON OJOS NUEVOS
Si uno se aleja un poco de los epicentros de moda, pueden encontrarse por aquí, a pocos metros, baños rusos tradicionales y sofisticados spas, supermercados ecológicos y licorerías añejas, centros de yoga y de meditación y canchas de baloncesto callejeras. La modernidad no es tal cuando aniquila. Sólo en el diálogo con lo anterior debe entenderse lo nuevo.
En un extremo del espectro, perviven en Wicker Park bares con carteles de cervezas europeas o locales emblemáticos como el Rainbo Club (1150 N. Damen Ave.; T. (773) 489 5999; no cover), a cuya puerta se concentran las bicicletas hasta las dos de la mañana y en cuyo fotomatón las caras, alegradas por la cerveza, son inmortalizadas hasta que se pierdan las fotografías tamaño credencial en una mudanza o una borrachera; ese tipo de bares en que las huellas de grasa se han acumulado sobre la barra durante décadas y el bote de ketchup sin marca se ha convertido en heráldica, donde es fácil encontrar conversación y música en vivo.
En el otro extremo del espectro están los restaurantes famosos por el alto nivel de su cocina, como el Mas (1670 W. Division; T. (773) 276 8700; www.masrestaurant.com; alrededor de 30 dólares por persona), de nueva cocina latina, o el Mirai Sushi (2020 W. Division; T. (773) 862 8500; entre 2 y 4 dólares la pieza), uno de los mejores locales de Chicago, que podrían estar en cualquier otro barrio de Occidente, porque su diseño minimalista y la absoluta remodelación han borrado las huellas del territorio anterior a su apertura.
Lo interesante está, como casi siempre, en algún punto intermedio. Por ejemplo, la panadería L’Alliance (1736 Division; T. (773) 278 0366; www.alliance-bakery.com), que tanto recuerda a las de la Europa del Este, con más de ochenta años de historia, acaba de abrir, en un local anexo, un espacio con sofás, sillones y mesas de mármol, adonde un brownie o un croissant pueden acompañar el tecleo en la computadora portátil. En Pizza Metro (1707 W. Divison; T. (773) 278 1753; www.pizzametro.com; alrededor de 15 dólares por persona), la mejor pizzería popular del barrio, justo en la acera de enfrente, también se puede degustar el menú mientras se hace uso del internet inalámbrico.
Y no deje de buscar al dj Jesse de la Peña, que entre giras internacionales vuelve al barrio una y otra vez desde finales de los noventa y se presenta en lugares como Salud (1471 N. Milwaukee Ave.; T. (773) 235 5577; www.saludlounge.com), un restaurante y bar especializado en tequilas y destilados de agave con cocina mexicano-americana.
Entre canalla y cuidadosamente alternativo, otro ejemplo de ese difícil equilibrio es el Pontiac Café & Bar (1531 N. Damen Ave.; T. (773) 252 7767; alrededor de 15 dólares por persona), cuya terraza perfectamente orientada se llena siempre que luce el sol. En el interior, las paredes están forradas con cartones de vino, para amortiguar el ruido de sus conciertos nocturnos. En el barrio se recuerda con una sonrisa el anuncio que, algunos años atrás, puso el Pontiac en la prensa para convocar a nuevas meseras. Era en forma de cómic. Llegaba una jovencita rubia, de sonrisa y curvas perfectas y vestido convencional: rechazada. Llegaba otra con piercings, tatuajes e indumentaria extravagante: justo lo que estaban buscando. Y efectivamente: las camareras de este bar inclasificable visten vestidos de flores encima de pantalones de oficina, calzan calcetines de colores y tamaños diversos, y tienen en espaldas, brazos y pantorrillas toda la fauna (desde dragones hasta osos panda) que se pueda imaginar.
Paradigma de ese diálogo entre lo nuevo y lo tradicional es el restaurante Spring (2039 W. North Ave.; T. (773) 395 7100; www.springrestaurant.net; alrededor de 40 dólares por persona), ubicado en el viejo edifico de los baños de la North Avenue, la Luxor Bathhouse, erigida en 1923. El comedor, de hecho, está por debajo del nivel del suelo, en el lugar que ocupaba la piscina. De Europa hay en los platos la sabiduría de la cocina francesa; del siglo xxi, la fusión con los sabores tailandeses. El resultado es exquisito, obra de Shawn McClain y su equipo de chefs.
Green Zebra (1460 W. Chicago Ave.; T. (312) 243 7100; www.greenzebrachicago.com; alrededor de 20 dólares por persona), de los mismos propietarios, es de la misma escuela de Spring, pero su apuesta es por lo verde. Está decorado con palmeras y es vegetariano. Cada plato es una pequeña obra de arte: cuadros abstractos en miniatura en los que los colores y texturas son el prólogo del olfato y el paladar. El espacio, enmarcado por un frío cristal que convive con la calidez de maderas y vegetales, se inserta perfectamente en la planta baja de un edificio del siglo pasado, con una torre con galerías, en el que aún se puede perseguir el rastro de los inquilinos recién llegados de Polonia. Ahora es un restaurante, pero antes fue una zapatería. Eternas formas de migración.
EL RELEVO
“Este barrio está dejando de ser divertido”, me comenta Rob, mi vecino, que ocupa el mismo departamento de la calle Evergreen desde antes del boom de Wicker Park. A finales de los noventa había música y movimiento en la calle hasta muy tarde, la mayoría de locales no tenían licencia de bebidas alcohólicas, de modo que podías comprar tus botellas en el supermercado y bebértelas en ellos, además casi todos los que vivíamos aquí éramos solteros, estudiantes o jóvenes profesionales, por eso abundaban las fiestas en los jardines o en el parque.
Pero el barrio se puso demasiado de moda. Aumentó la demanda inmobiliaria. Subieron los precios. Los restaurantes adquirieron licencias. Empezaron a edificarse condominios. Llegaron parejas con intenciones de tener hijos. La seguridad, el gran valor de nuestra época. Menos alcohol, menos vagancia, más luz, más higiene, menos música, menos ruido, más policía, menos solteros, menos artistas: proscripción de la gente de vida desordenada.
En ese proceso de ir a menos se encuentra Wicker Park. Aún continúa siendo el núcleo de la moda, pero la vanguardia está acolchada por un contexto menos salvaje, menos arriesgado. Más tranquilo.
¿Y qué barrio le seguirá los pasos? Pilsen, la vieja área de los inmigrantes mexicanos, donde aún suenan disparos de madrugada y no hay sushi de diseño. Hace ya algunos años que los artistas de Chicago comenzaron a abrir sus talleres en Pilsen, pero de momento esto no ha venido acompañado de una apertura masiva de cafeterías con wireless y de la consiguiente alza de precios y de especulación. La razón es sencilla, aunque infrecuente en la actualidad: la comunidad mexicana tiene la suficiente conciencia de identidad y el arrojo necesario para defender su territorio. Quizá por esa razón el diseño de objetos y de platos y de músicas esté apostando actualmente por el Fulton Market District: sus almacenes y sus mataderos abandonados son meros inmuebles, sin cerebros ni memorias personales que recuerden ni defiendan.
Mientras tanto, Wicker Park continúa en la cresta de la ola, en lo alto del cuello del cisne. Pero es consciente —como el surfista que se deja embargar por el éxtasis de estar cabalgando la espuma última— de que el canto fúnebre sube por el cuello, de que toda esa belleza preludia el descenso. Es despedida.
ARTISTAS AL DÍA
Sólo en nuestra época un lapso de dos años puede generar nostalgia. Victoria aún no ha cumplido los treinta y ha asistido, como impulsora de los urban navigators de Unscene (www.unscene.com), una página con mapas y guías de los barrios con los principales centros de moda, a la transformación de Wicker Park.
—Todo empezó hace siete años, que es cuando abrió esta boutique y aquella otra. El boom fue hace como tres, cuando Six Corners se pusieron de moda, abrieron dos Starbucks, el bar Louie, muchos de esos locales que ves en esta parte de Damen. Dos años atrás yo me reunía en ese bar con otros amigos artistas, tomábamos café, charlábamos durante horas sobre el próximo happening o la próxima inauguración, siempre pasaba algo…
Me señala su interior. Hay unas veinte personas. Ninguna pasa de los treinta. No hay conversación alguna en marcha, porque han venido con un libro o, sobre todo, con su computadora portátil. Wireless. Sillones, sofás, mesitas de mármol o de madera: ningún mueble responde al mismo diseño, las paredes están cuidadosamente despintadas. —Las computadoras portátiles eran muy caras, además pesaban demasiado como para llevártelas al bar.
Aún está lleno de talleres el Flat Iron Building, angular: uno de los edificios emblemáticos de Six Corners. Pero antes había muchos más artistas jóvenes, viviendo al día, con apenas lo mínimo indispensable, utilizando sus talleres como galerías, como dormitorios y como sedes de fiestas improvisadas. Y el festival Around the Coyote (www.aroun dthecoyote.org) congregaba más gente y tenía más magia. Otros tiempos.
La gente charlaba. Algunos artistas aún se resistían a mudarse a Pilsen. El parque continuaba igual. No había peluquerías para perros. No era el barrio de moda. Si cruzabas una avenida no retrocedías una década. Otros tiempos, ya se sabe: el fenómeno es universal. Juanito estaba en alguno de los vértices de la estrella que forman las esquinas más célebres de Chicago y gritaba y gritaba y nadie le entendía. Tal vez porque hablaba un idioma distinto. No sólo una mezcla de español e inglés, ni siquiera de mexicano y estadounidense, no, una lengua completamente distinta, de otro ritmo fonético y semántico, lento, oral, sin acelerones, en sentido contrario al de la modernidad.
LA MEMORIA
Dos años atrás Juanito desapareció. Nadie me ha sabido decir qué le pasó. La leyenda cuenta que lo que gritaba y nadie entendía era el nombre de su hija, que había muerto atropellada muchos años atrás. Ese relato se solapa con el del concierto de los Rolling Stones o con el de los que vieron el rodaje de High Fidelity, muchas más de las quinientas personas que cabían en el Double Door, gente que llegó al barrio después del 2000. Ahora es un saxofonista quien ocupa a veces la glorieta de Six Corners. Su música es como el olvido: se expande por el aire, recubre las fachadas de los Starbucks y de los bares de diseño, penetra hasta el cerebro de los transeúntes —ciudadanos, personas.
Victoria camina ensimismada, perdida en aquella época remota (dos años: dos) en que la gente conversaba en los cafés. Yo sonrío al ver un libro del desaparecido (hace mucho menos de dos años) Hunter S. Thompson en el escaparate de Myopic Books (1564 N. Milwaukee; T. (773) 862 4882; www.myopicbookstore.com), la mejor librería de viejo del barrio. La portada de un libro puede ser una esquela. Entre mi sonrisa y la portada, de pronto, se refleja una silueta conocida. Nos volvemos, sincronizados, porque a nuestro lado está caminando, acompañado por una mujer de mediana edad, de ondulado cabello castaño y falda ocre, un actor que hemos visto desde que nacimos en películas inolvidables, un actor a quien admiramos y a quien hemos reconocido ipso facto, aunque lleve un gorro de lana y luzca pálido, casi enfermo, a no ser por la energía de su paso y sobre todo de su mirada, una mirada que tropieza con la nuestra y que duda, durante un momento, sobre nuestra actitud: “¿van a saludarme, chicos?, no lo hagan, saben que no tiene sentido”. Una mirada inteligente. Alerta. Aunque quizá cansada de tanta experiencia.
No, no lo saludamos, sería ridículo. Pero supongo que dentro de muchos años al ver alguna película en la que él aparezca, le contaremos a la persona más cercana que un día de principios de siglo nos cruzamos con John Malkovich en Wicker Park. Sé que es un recuerdo privado, intrascendente. Pero no voy a olvidarlo.
LO QUE VIENE: FULTON MARKET DISTRICT
Aunque Pilsen parecía el candidato para convertirse en el nuevo barrio cool de Chicago, las acciones de la comunidad de inmigrantes mexicanos, dispuesta a defender los precios accesibles y su ritmo de vida, han hecho que el Fulton Market District esté ganando puntos para ocupar ese puesto. Colindante con Downtown, se trata de una zona de almacenes, galpones y comercios al por mayor, donde aún se encuentran rastros de aquella Chicago —ya desparecida— de los mataderos industriales, que ha sido reconvertida gracias sobre todo a las galerías de arte que los han reemplazado (www.explorefultonmarket.com). Aún se pueden encontrar locales donde comprar carne, pescado y mariscos a buen precio. Los mismos que hacen el suministro de los restaurantes de la metrópolis.
Entre los restaurantes de moda en el propio Meatpacking District está el Moto (945 W. Fulton Market; T. (312) 491 0058; www.motorestaurant.com; 65 dólares el menú de 5 tiempos), del chef Homaru Cantu, que quiere ser El Bulli del Midwest, con su interacción entre sabores provocativos y experiencias estéticas. En las cercanías está el Fulton Lounge (955 W. Fulton; T. (312) 942 9500; www.fultonlonge.com; alrededor de 25 dólares por persona), un bar de copas sumamente agradable.
Un futuro posible de esta zona se puede quizá visualizar en el Meatpacking District de New York. Tiendas carísimas y restaurantes donde se congregan modelos, abogadas y presentadores de televisión a la hora del brunch. Y si sales del circuito convencional: el olor penetrante, por doquier, de la carne.
En esta ciudad, cruzar una avenida puede significar retroceder una década. Humboldt Park, al otro lado de la Western Avenue, es aún como era Wicker Park a principios de los noventa: pequeñas tiendas de abarrotes, fachadas quejumbrosas, gente de todas partes por la calle o en los bares (polacos o mexicanos), pandillas rivales, ancianos charlando de pie en las esquinas. Nada de eso existe ya más acá de la avenida: las tiendas de ultramarinos se han convertido en peluquerías caninas; los bares de barrio, en vinerías y locales de sushi; y la mezcolanza de razas se va diluyendo en un blanco de clase media. Evidentemente, con su predominancia han desaparecido las pandillas, integradas sobre todo por latinos y negros. Ya no hay aquí persecuciones ni tiroteos.
La transformación, aunque paralela a la de tantos otros barrios de nuestro mapa global, no deja de ser sorprendente. Hace quince años, no había ni siquiera un alumbrado público en condiciones. Posiblemente lo único que ha sobrevivido como tal es el parque que da nombre al barrio, con sus instalaciones deportivas y su centro cultural en el centro, su fuente entre jardines, sus pistas de baloncesto, su espacio de softball; pero su césped nunca había lucido tan cuidado ni había tulipanes que anunciaran el fin definitivo del invierno. Porque la suciedad y el desaliño campaban a sus anchas. Porque la prolijidad y el orden y la manutención y los tulipanes son exclusivos de los barrios elegantes: blancos.
Si uno se sienta en alguno de los bancos del parque puede alcanzar a imaginar el latido antiguo de ese lugar. Sobre todo cuando el sol calienta aún, antes de que comience el ciclo hibernal, que ocupa medio año. Las pelotas de baloncesto botan y rebotan sobre el suelo alquitranado, el bat choca contra la pelota de softball, el bastón contra el pavimento, una mano saluda al posarse sobre un hombro; el latido coral del barrio. Del viejo barrio que ya no es.
EL IMPERIO DE LO NUEVO
Porque en Wicker Park impera lo nuevo. Aunque haya señoriales edificios de inspiración victoriana, como la mansión de la esquina de Hoyne y Schiller, con sus columnas y sus cristales decorados según las intuiciones de Frank Lloyd Wright, en este barrio abundan sobre todo las casas divididas en tres departamentos y, progresivamente, los condominios. Se trata de un proceso de modernización imparable, consecuencia de que desde hace ya algunos años éste es el barrio de moda de Chicago. La ciudad, como el mundo, se divide en un norte rico y un sur de guetos. Wicker Park está en el noroeste, a cinco paradas de metro de Downtown, a seis del lago Michigan. A finales del siglo xix fue un enclave de inmigrantes alemanes y escandinavos, pero pronto, como el vecino Humboldt Park, fue conocida como una zona eminentemente polaca. La Polish Gold Coast, le llamaban. De hecho, aún limita con el Ukranian Village, otro asentamiento con raíces en la Europa Oriental.
Las dos tiendas de ropa que dieron el banderazo de salida del ascenso —económico, social, artístico— de este barrio fueron Tangerine (1719 Damen Ave.; T. (773) 772 0505) y P.45 (1643 N. Damen Ave.; T. (773) 862 4523; www.p45.com), una a pocos metros de la otra en la calle Damen, cerca de la parada de metro de Six Corners. Ambas abrieron en 1997, cuando el barrio mejoraba de aspecto pero aún no estaba de moda. Ambos locales son de línea minimalista y ofrecen piezas únicas de diseñadores locales, independientes, internacionales. Ocho años después, conservan el espíritu fundacional.
Ahora, también es posible encontrar tiendas como Stitch (1723 N. Damen Ave.; T. (773) 782 1570; www.stitchchicago.com) o Lille (1923 W. North Ave.; T. (773) 342 0563; www.lilleashop.com), que ofrecen desde vasos o bolsos para mujer hasta charolas y futones.
1997: su dieciocho de septiembre el legendario club Double Door (1572 N. Milwaukee Ave.; T. (773) 489 3160; www.doubledoor.com; precios según el espectáculo) albergó un concierto que también debe ser considerado como premonición del éxito de estas calles. Por siete dólares, el precio habitual, cuatrocientas personas tuvieron acceso a una actuación en directo de los Rolling Stones. Aquella noche ya ha pasado a la memoria colectiva.
—Esto ha sido una locura.
Y se acaricia el cabello desde el otro lado del mostrador Tricia Tunstall, una de las dueñas de P.45, y añade, los ojos azules, el aspecto sencillo:
—Tienes que imaginarte una calle muy diferente, sin todos estos bares y comercios, sin terrazas ni Starbucks. Hace diez años aquí no había ni luz. Y aunque nosotros abrimos hace siete, no fue sino hasta el 2002 cuando tuvo lugar el auténtico boom.
El Double Door está muy cerca, al lado de la parada de metro Damen, a cuatro pasos de Six Corners, no lejos del bar Pontiac y del rincón adonde Juanito insultaba a los coches. En pleno triángulo donde se concentra la vanguardia: las avenidas Damen, Milwaukee y North. En él está la tienda de discos de John Cusak en High Fidelity, película filmada aquí. Aquellos fotogramas sobre amores y amistades de barrio, ambientados en una decadente tienda de música, se convirtieron en los embajadores internacionales de Wicker Park. El Double Door aún continúa ofreciendo conciertos a la sombra de las vías del tren. La tienda de discos, en cambio, desapareció: es una esquina muerta.
LO VIEJO, CON OJOS NUEVOS
Si uno se aleja un poco de los epicentros de moda, pueden encontrarse por aquí, a pocos metros, baños rusos tradicionales y sofisticados spas, supermercados ecológicos y licorerías añejas, centros de yoga y de meditación y canchas de baloncesto callejeras. La modernidad no es tal cuando aniquila. Sólo en el diálogo con lo anterior debe entenderse lo nuevo.
En un extremo del espectro, perviven en Wicker Park bares con carteles de cervezas europeas o locales emblemáticos como el Rainbo Club (1150 N. Damen Ave.; T. (773) 489 5999; no cover), a cuya puerta se concentran las bicicletas hasta las dos de la mañana y en cuyo fotomatón las caras, alegradas por la cerveza, son inmortalizadas hasta que se pierdan las fotografías tamaño credencial en una mudanza o una borrachera; ese tipo de bares en que las huellas de grasa se han acumulado sobre la barra durante décadas y el bote de ketchup sin marca se ha convertido en heráldica, donde es fácil encontrar conversación y música en vivo.
En el otro extremo del espectro están los restaurantes famosos por el alto nivel de su cocina, como el Mas (1670 W. Division; T. (773) 276 8700; www.masrestaurant.com; alrededor de 30 dólares por persona), de nueva cocina latina, o el Mirai Sushi (2020 W. Division; T. (773) 862 8500; entre 2 y 4 dólares la pieza), uno de los mejores locales de Chicago, que podrían estar en cualquier otro barrio de Occidente, porque su diseño minimalista y la absoluta remodelación han borrado las huellas del territorio anterior a su apertura.
Lo interesante está, como casi siempre, en algún punto intermedio. Por ejemplo, la panadería L’Alliance (1736 Division; T. (773) 278 0366; www.alliance-bakery.com), que tanto recuerda a las de la Europa del Este, con más de ochenta años de historia, acaba de abrir, en un local anexo, un espacio con sofás, sillones y mesas de mármol, adonde un brownie o un croissant pueden acompañar el tecleo en la computadora portátil. En Pizza Metro (1707 W. Divison; T. (773) 278 1753; www.pizzametro.com; alrededor de 15 dólares por persona), la mejor pizzería popular del barrio, justo en la acera de enfrente, también se puede degustar el menú mientras se hace uso del internet inalámbrico.
Y no deje de buscar al dj Jesse de la Peña, que entre giras internacionales vuelve al barrio una y otra vez desde finales de los noventa y se presenta en lugares como Salud (1471 N. Milwaukee Ave.; T. (773) 235 5577; www.saludlounge.com), un restaurante y bar especializado en tequilas y destilados de agave con cocina mexicano-americana.
Entre canalla y cuidadosamente alternativo, otro ejemplo de ese difícil equilibrio es el Pontiac Café & Bar (1531 N. Damen Ave.; T. (773) 252 7767; alrededor de 15 dólares por persona), cuya terraza perfectamente orientada se llena siempre que luce el sol. En el interior, las paredes están forradas con cartones de vino, para amortiguar el ruido de sus conciertos nocturnos. En el barrio se recuerda con una sonrisa el anuncio que, algunos años atrás, puso el Pontiac en la prensa para convocar a nuevas meseras. Era en forma de cómic. Llegaba una jovencita rubia, de sonrisa y curvas perfectas y vestido convencional: rechazada. Llegaba otra con piercings, tatuajes e indumentaria extravagante: justo lo que estaban buscando. Y efectivamente: las camareras de este bar inclasificable visten vestidos de flores encima de pantalones de oficina, calzan calcetines de colores y tamaños diversos, y tienen en espaldas, brazos y pantorrillas toda la fauna (desde dragones hasta osos panda) que se pueda imaginar.
Paradigma de ese diálogo entre lo nuevo y lo tradicional es el restaurante Spring (2039 W. North Ave.; T. (773) 395 7100; www.springrestaurant.net; alrededor de 40 dólares por persona), ubicado en el viejo edifico de los baños de la North Avenue, la Luxor Bathhouse, erigida en 1923. El comedor, de hecho, está por debajo del nivel del suelo, en el lugar que ocupaba la piscina. De Europa hay en los platos la sabiduría de la cocina francesa; del siglo xxi, la fusión con los sabores tailandeses. El resultado es exquisito, obra de Shawn McClain y su equipo de chefs.
Green Zebra (1460 W. Chicago Ave.; T. (312) 243 7100; www.greenzebrachicago.com; alrededor de 20 dólares por persona), de los mismos propietarios, es de la misma escuela de Spring, pero su apuesta es por lo verde. Está decorado con palmeras y es vegetariano. Cada plato es una pequeña obra de arte: cuadros abstractos en miniatura en los que los colores y texturas son el prólogo del olfato y el paladar. El espacio, enmarcado por un frío cristal que convive con la calidez de maderas y vegetales, se inserta perfectamente en la planta baja de un edificio del siglo pasado, con una torre con galerías, en el que aún se puede perseguir el rastro de los inquilinos recién llegados de Polonia. Ahora es un restaurante, pero antes fue una zapatería. Eternas formas de migración.
EL RELEVO
“Este barrio está dejando de ser divertido”, me comenta Rob, mi vecino, que ocupa el mismo departamento de la calle Evergreen desde antes del boom de Wicker Park. A finales de los noventa había música y movimiento en la calle hasta muy tarde, la mayoría de locales no tenían licencia de bebidas alcohólicas, de modo que podías comprar tus botellas en el supermercado y bebértelas en ellos, además casi todos los que vivíamos aquí éramos solteros, estudiantes o jóvenes profesionales, por eso abundaban las fiestas en los jardines o en el parque.
Pero el barrio se puso demasiado de moda. Aumentó la demanda inmobiliaria. Subieron los precios. Los restaurantes adquirieron licencias. Empezaron a edificarse condominios. Llegaron parejas con intenciones de tener hijos. La seguridad, el gran valor de nuestra época. Menos alcohol, menos vagancia, más luz, más higiene, menos música, menos ruido, más policía, menos solteros, menos artistas: proscripción de la gente de vida desordenada.
En ese proceso de ir a menos se encuentra Wicker Park. Aún continúa siendo el núcleo de la moda, pero la vanguardia está acolchada por un contexto menos salvaje, menos arriesgado. Más tranquilo.
¿Y qué barrio le seguirá los pasos? Pilsen, la vieja área de los inmigrantes mexicanos, donde aún suenan disparos de madrugada y no hay sushi de diseño. Hace ya algunos años que los artistas de Chicago comenzaron a abrir sus talleres en Pilsen, pero de momento esto no ha venido acompañado de una apertura masiva de cafeterías con wireless y de la consiguiente alza de precios y de especulación. La razón es sencilla, aunque infrecuente en la actualidad: la comunidad mexicana tiene la suficiente conciencia de identidad y el arrojo necesario para defender su territorio. Quizá por esa razón el diseño de objetos y de platos y de músicas esté apostando actualmente por el Fulton Market District: sus almacenes y sus mataderos abandonados son meros inmuebles, sin cerebros ni memorias personales que recuerden ni defiendan.
Mientras tanto, Wicker Park continúa en la cresta de la ola, en lo alto del cuello del cisne. Pero es consciente —como el surfista que se deja embargar por el éxtasis de estar cabalgando la espuma última— de que el canto fúnebre sube por el cuello, de que toda esa belleza preludia el descenso. Es despedida.
ARTISTAS AL DÍA
Sólo en nuestra época un lapso de dos años puede generar nostalgia. Victoria aún no ha cumplido los treinta y ha asistido, como impulsora de los urban navigators de Unscene (www.unscene.com), una página con mapas y guías de los barrios con los principales centros de moda, a la transformación de Wicker Park.
—Todo empezó hace siete años, que es cuando abrió esta boutique y aquella otra. El boom fue hace como tres, cuando Six Corners se pusieron de moda, abrieron dos Starbucks, el bar Louie, muchos de esos locales que ves en esta parte de Damen. Dos años atrás yo me reunía en ese bar con otros amigos artistas, tomábamos café, charlábamos durante horas sobre el próximo happening o la próxima inauguración, siempre pasaba algo…
Me señala su interior. Hay unas veinte personas. Ninguna pasa de los treinta. No hay conversación alguna en marcha, porque han venido con un libro o, sobre todo, con su computadora portátil. Wireless. Sillones, sofás, mesitas de mármol o de madera: ningún mueble responde al mismo diseño, las paredes están cuidadosamente despintadas. —Las computadoras portátiles eran muy caras, además pesaban demasiado como para llevártelas al bar.
Aún está lleno de talleres el Flat Iron Building, angular: uno de los edificios emblemáticos de Six Corners. Pero antes había muchos más artistas jóvenes, viviendo al día, con apenas lo mínimo indispensable, utilizando sus talleres como galerías, como dormitorios y como sedes de fiestas improvisadas. Y el festival Around the Coyote (www.aroun dthecoyote.org) congregaba más gente y tenía más magia. Otros tiempos.
La gente charlaba. Algunos artistas aún se resistían a mudarse a Pilsen. El parque continuaba igual. No había peluquerías para perros. No era el barrio de moda. Si cruzabas una avenida no retrocedías una década. Otros tiempos, ya se sabe: el fenómeno es universal. Juanito estaba en alguno de los vértices de la estrella que forman las esquinas más célebres de Chicago y gritaba y gritaba y nadie le entendía. Tal vez porque hablaba un idioma distinto. No sólo una mezcla de español e inglés, ni siquiera de mexicano y estadounidense, no, una lengua completamente distinta, de otro ritmo fonético y semántico, lento, oral, sin acelerones, en sentido contrario al de la modernidad.
LA MEMORIA
Dos años atrás Juanito desapareció. Nadie me ha sabido decir qué le pasó. La leyenda cuenta que lo que gritaba y nadie entendía era el nombre de su hija, que había muerto atropellada muchos años atrás. Ese relato se solapa con el del concierto de los Rolling Stones o con el de los que vieron el rodaje de High Fidelity, muchas más de las quinientas personas que cabían en el Double Door, gente que llegó al barrio después del 2000. Ahora es un saxofonista quien ocupa a veces la glorieta de Six Corners. Su música es como el olvido: se expande por el aire, recubre las fachadas de los Starbucks y de los bares de diseño, penetra hasta el cerebro de los transeúntes —ciudadanos, personas.
Victoria camina ensimismada, perdida en aquella época remota (dos años: dos) en que la gente conversaba en los cafés. Yo sonrío al ver un libro del desaparecido (hace mucho menos de dos años) Hunter S. Thompson en el escaparate de Myopic Books (1564 N. Milwaukee; T. (773) 862 4882; www.myopicbookstore.com), la mejor librería de viejo del barrio. La portada de un libro puede ser una esquela. Entre mi sonrisa y la portada, de pronto, se refleja una silueta conocida. Nos volvemos, sincronizados, porque a nuestro lado está caminando, acompañado por una mujer de mediana edad, de ondulado cabello castaño y falda ocre, un actor que hemos visto desde que nacimos en películas inolvidables, un actor a quien admiramos y a quien hemos reconocido ipso facto, aunque lleve un gorro de lana y luzca pálido, casi enfermo, a no ser por la energía de su paso y sobre todo de su mirada, una mirada que tropieza con la nuestra y que duda, durante un momento, sobre nuestra actitud: “¿van a saludarme, chicos?, no lo hagan, saben que no tiene sentido”. Una mirada inteligente. Alerta. Aunque quizá cansada de tanta experiencia.
No, no lo saludamos, sería ridículo. Pero supongo que dentro de muchos años al ver alguna película en la que él aparezca, le contaremos a la persona más cercana que un día de principios de siglo nos cruzamos con John Malkovich en Wicker Park. Sé que es un recuerdo privado, intrascendente. Pero no voy a olvidarlo.
LO QUE VIENE: FULTON MARKET DISTRICT
Aunque Pilsen parecía el candidato para convertirse en el nuevo barrio cool de Chicago, las acciones de la comunidad de inmigrantes mexicanos, dispuesta a defender los precios accesibles y su ritmo de vida, han hecho que el Fulton Market District esté ganando puntos para ocupar ese puesto. Colindante con Downtown, se trata de una zona de almacenes, galpones y comercios al por mayor, donde aún se encuentran rastros de aquella Chicago —ya desparecida— de los mataderos industriales, que ha sido reconvertida gracias sobre todo a las galerías de arte que los han reemplazado (www.explorefultonmarket.com). Aún se pueden encontrar locales donde comprar carne, pescado y mariscos a buen precio. Los mismos que hacen el suministro de los restaurantes de la metrópolis.
Entre los restaurantes de moda en el propio Meatpacking District está el Moto (945 W. Fulton Market; T. (312) 491 0058; www.motorestaurant.com; 65 dólares el menú de 5 tiempos), del chef Homaru Cantu, que quiere ser El Bulli del Midwest, con su interacción entre sabores provocativos y experiencias estéticas. En las cercanías está el Fulton Lounge (955 W. Fulton; T. (312) 942 9500; www.fultonlonge.com; alrededor de 25 dólares por persona), un bar de copas sumamente agradable.
Un futuro posible de esta zona se puede quizá visualizar en el Meatpacking District de New York. Tiendas carísimas y restaurantes donde se congregan modelos, abogadas y presentadores de televisión a la hora del brunch. Y si sales del circuito convencional: el olor penetrante, por doquier, de la carne.
























