Londres Shoreditch
En Shoreditch, el look boho, o bohemio a ultranza, dejó de ser la norma cuando se impuso en el resto de Londres. Elegido por los artistas después de haber sido el barrio más temido, sus calles bullen de interesantes cafés, bares, tiendas; gente del barrio.
Un tipo de 50 años está sentado en la banqueta. Ojos azules de acero, camiseta blanca sin mangas, ruidosa joyería de plata. A ambos lados se apoyan sus esqueléticos protectores. “Sí. Ven para acá”, vocifera por teléfono. Sus ojos se distraen un momento para ver a las jovencitas que pasan de prisa en estampados florales muy boho, como se le llama a lo bohemio en Londres.
Shoreditch, el hijo consentido del Londres cool, es una sección intermedia de la metrópolis. En sus calles se reúne algo del crimen del East End, un poco de la escena artística del norte de Londres y el dinero sucio del distrito financiero, pero todo junto se reinventa como el distrito de moda.
Justo en el centro del triángulo formado por Old Street, Great Eastern Street y Shoreditch High Street, su espíritu se derrama en las áreas aledañas: Hoxton al norte, y Spitalfields y Brick Lane hacia el sur. Todas comparten un paisaje industrial: sus fábricas victorianas y georgianas abandonadas han sido dotadas de un desaliñado pero exótico glamour cortesía de los artistas e inmigrantes que han hecho de este lugar su casa.
En tiempos lejanos, en la Edad Media para ser exactos, la mayor parte de Spitalfields pertenecía a los monjes, mientras que Brick Lane, como indica su nombre, era territorio productor de materiales de construcción. Conforme Londres creció gracias a la nueva riqueza que trajo la Revolución Industrial, este rincón del noreste se convirtió en un centro productor de metales, telas y cerveza —y de muchísimo dinero para unos cuantos ricos.
Eventualmente se mudaron, dejando atrás sus mansiones georgianas, pero la expansión continuó. Hugonotes refugiados tomaron su lugar, convirtiendo el área de Spitalfields en un centro de tejido. Fue entonces cuando se construyeron las fábricas y almacenes victorianos que son hoy la materia prima de los lujosos departamentos tipo loft. Pero con el siglo xx llegó la pobreza y el área se volvió una barriada intransitable.
Abundaban el crimen y la prostitución. Los que no estaban enfermos o en peligro de muerte tenían que esquivar las bombas de la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes intentaban tomar los puertos del este de Londres. Invencibles, los descarados tipos del East End aprovecharon la oportunidad para crear un mercado negro masivo que abastecía de casi cualquier cosa a quienes podían pagarla.
Después de la guerra, el área degeneró en algo mucho más desagradable. Llegaron los gángsters y el barrio se transformó en un campo de batalla, los Kray y los Richardson se mataban y mutilaban en una permanente lucha por el territorio. Ningún inglés blanco de clase media que se respetara a sí mismo quería siquiera acercarse a Shoreditch, por eso le dejaron el lugar a los inmigrantes (en especial los de Bangladesh asentados en Brick Lane, el mejor lugar de Londres para comer un curry) que llegaron para llenar la escasez de mano de obra durante todo el siglo xx y desafiar a la violencia.
Así permaneció hasta principios de los noventa, cuando los artistas dieron con el decaído lugar en su búsqueda de estudios baratos. Y no eran niños ricos jugando a ser pobres por uno o dos años antes de aceptar su primer trabajo como consultores administrativos, sino los apasionados representantes del movimiento Brit Art —como Tracy Emin y Gary Hume— que más tarde sacudieron al mundo del arte con la Sensation Exhibition de Saatchi a mediados de los noventa.
LOS PIONEROS
Si uno hubiera recorrido el área en 1993, en la esquina de Charlotte Road y Rivington Street habría visto al empresario artístico Joshua Compston montar su Fete Worse than Death (“una fiesta peor que la muerte”), en la que Damien Hirst —el hombre que se hizo famoso por poner animales en formol— alquilaba una especie de máquina de pintura giratoria por una libra para que cualquiera pudiese crear su propia obra de arte, misma que él firmaría. Tracy también estaba ahí, leyendo las manos, y Gary Hume se disfrazaba de bandido mexicano y vendía tequilas.
Al lado de Gary Hume vivía el entonces pobre diseñador de modas Alexander McQueen. Otros arquitectos, cineastas y artistas los siguieron. La película Lock, Stock and Two Smoking Barrels se agregó al atractivo gangsteril de la zona y pronto llegaron pretenciosos publicistas y creativos de las orillas de la ciudad, convirtiendo las viejas fábricas victorianas en glamorosos lofts.
Al caer la tarde, los artistas se reunían en Bricklayers’ Arms (63 Charlotte Road; T. 44 (207) 739 5245; www.thebricklayersarmspub.com), que Vicki Pengilley compró en los ochenta cuando el área todavía era algo así como el territorio de Jack “El Destripador”. Pronto el bar Cantaloupe (35 Charlotte Road; T. 44 (207) 613 4411; www.cantaloupe.co.uk) abrió en 1995, y el Electricity Showroom y el Hoxton Bar & Kitchen (2-4 Hoxton Square; T. 44 (207) 613 0709) en 1998. Todos estos bares se rebelaron contra la opulenta moda del West End y en cambio aprovecharon su indecencia urbana, haciendo énfasis en sus pisos de concreto y sus inhóspitos paisajes.
Hoy, a estos pioneros se ha unido Cocomo (323 Old Street; T. 44 (207) 613 0315), un bar minúsculo pero súper alternativo en las orillas de Shoreditch, con paredes color tierra quemada estilo marroquí y baratijas orientales colgadas por todas partes. Durante la semana parece un bar oculto fuera de la ciudad por su acogedor ambiente, las buenas bebidas y la excelente música, pero los fines de semana deja de ser secreto y uno apenas puede moverse.
Otras opciones son Dragon (5 Leonard Street; T. 44 (207) 784 8618), que se rehúsa poner un letrero para atraer clientes de la manera usual —sus bondades son sólo para aquellos que aman ser los únicos que lo conocen—. No es limpio. Más bien, los pisos sucios y pegajosos cuentan tupidas historias nocturnas en las que los djs underground han tocado de todo: desde música de los sesenta hasta hip hop.
Home (100-106 Leonard Street; T. 44 (207) 684 8618) solía marcar la pauta, pero ahora es más como una casa de seguridad para ejecutivos que quieren presumir que pasaron la noche en Shoreditch, pero que prefieren regresar sin quemaduras de cigarro en sus trajes. Eso, por fortuna, los mantiene alejados de Loungelover (1 Whitby Street; T. 44 (207) 012 1234) y Mother Bar (333 Old Street; T. 44 (207) 739 5949). El primero es la gloria de una clientela gay que adora todo lo kitsch: candelabros, cabezas disecadas de hipopótamos, y todo lo que glorifique el mal gusto. Mother es más de susurros que de gritos agudos. Va con el ambiente boho, atestado de muebles de marchito esplendor: viejas sillas sobre un enorme tablero de ajedrez como piso, chaise longues, más candelabros y una bola de espejos.
El 333 (333 Old Street; T. 44 (207) 739 5949) es un club de tres pisos con varios temas; triste, sucio y lleno de jóvenes vestidos estrafalariamente, todos “muuuy Shoreditch”. Por lo general la música es animada y a veces completamente bizarra. No es un lugar para tímidos. Cargo (83 Rivington Street; T. 44 (207) 739 3440; www.cargo-london.com) es más o menos lo mismo pero también tiene un bar y un café, además de que algunas noches hay música en vivo. Sus puestos de comida callejera son muy populares. Suena un poco bobo, pero la comida es deliciosa.
Si lo que quiere es seguirse toda la noche, de sábado a domingo, le costará trabajo hacerlo en Shoreditch, pero mientras ahí todos se van a dormir, la fiesta apenas inicia en el 93 Feet East de Brick Lane (150), cuyo patio exterior es ideal para socializar y beber durante el verano.
En algún momento hará falta comer algo. Brick Lane tiene curries. Café Naz (46-48 Brick Lane; www.cafenaz.co.uk) ofrece una impresionante mezcla de cocina contemporánea y tradicional de la India y Bangladesh. The Real Greek (14-15 Hoxton Market; www.therealgreek.co.uk) es simple y sencillamente el mejor restaurante griego de Londres. Sin embargo, el lugar en el que todos quieren estar es Jamie Oliver’s Fifteen (15 Westland Place), un “negocio” de desarrollo social que tomó a jóvenes de escasos recursos y los convirtió en asombrosos chefs bajo la mirada de las cámaras de televisión. Muchos no creyeron que Jamie pudiera lograrlo, pero ahora no se puede conseguir mesa hasta el próximo año.
A pesar de todo lo que ofrece el área, recientemente ha habido muchas quejas acerca de que Shoreditch ya se pasó de la raya, de que ya no es ningún refugio de los artistas de la contracultura, de que ahora lo define su vida nocturna más que su ética de trabajo. Aquellos que solían salir de fiesta en barrios más convencionales ahora viajan a Shoreditch en hordas.
Muchos residentes de Shoreditch empezaron a usar camisetas con la leyenda “F**k off back to Notting Hill” [“Lárguense de vuelta a Notting Hill”] para ahuyentar a las hordas que venían los fines de semana. Sobra decir que no sirvió de mucho. Otros viejos asiduos de Shoreditch, los Letchford —una pareja artística formada por dos hermanos de nombre Teresa y Nick— comenzaban a sentirse igual de insatisfechos, pero en vez de quejarse, montaron un sitio que capturara el espíritu de Hoxton en sus primeros días, un espacio para pasar el tiempo que ellos y sus amigos realmente disfrutaran.
El lugar se llama Dreambagsjaguarshoes (34-36 Kingsland Road; T. 44 (207) 739 9550; www.dreambagsjaguarshoes.com), un nombre que sólo cobra sentido cuando uno ve el local. Dos típicas tiendas de rebajas en el sótano —Dream Bags y Jaguar Shoes— unidas para crear un bar/galería de arte. Por dentro es todo de bajo presupuesto, con sofás gastados y una sórdida iluminación. Fue un éxito desde la primera noche. Las paredes se vacían cada seis semanas y los artistas, tanto los emergentes como los establecidos, se pelean por la oportunidad de exponer sus obras. Entre los que han logrado colarse están los reconocidos grafiteros Solo One y Snug.
La decisión sobre qué se va a colgar de las paredes no depende, obvio, de lo que está en boga. Nick dice que simplemente eligen lo que ellos consideran bueno, que puede ser cualquier cosa: desde hip-hop hasta ilustraciones infantiles, o incluso, como en el caso de la exhibición “Call of the Wild”, pintar el lugar entero de rosa. No sólo quieren que las paredes sirvan de lienzos, sino que los artistas se sientan inspirados por el espacio, y que sea actual. O, mejor que eso, que sea la próxima tendencia de vanguardia. Como el arte inspirado en Donnie Darko —que incluso incluía la cabeza de conejo original—, expuesto ahí desde antes de que se estrenara la película.
Entusiasmada por su éxito, la pareja montó un café y una tienda en la acera de enfrente con el nombre de No: one (1 Kingsland Road; T. 44 (207) 613 5314). Ambos son cool sin esforzarse en ello y están atiborrados de chicos harapientos vestidos con ropa vintage, esforzándose por lograr su próxima brillante idea. Los Letchford ya la tienen. Como los dos vienen del lado creativo de la industria de revistas, su idea consiste en montar una serie de locales que funcionen como revistas de la vida real para la gente que ambiciona el mismo estilo de vida que ellos: un poco de arte de vanguardia, otro tanto de vida nocturna y algo de moda. Y ahora tienen una galería/centro de eventos con cupo para más de 300 personas: Space 17.
LOOK SHOREDITCH PARA LLEVAR
Ya no hay marcha atrás. Shoreditch ha cambiado. La forma de vestirse que alguna vez fue casi un uniforme en las calles —deliberadamente cutre: joyería de plástico y botas de duende para las mujeres complementadas por mullets (estilo los bukis) o cortes tipo mohicano de los hombres— ya no se ve en el área. La explicación: el look se ha reproducido por todo Londres, e incluso se expandió por el mundo.
Pero sigue siendo el lugar para los adictos a la moda. El mercado de Brick Lane (Underground Liverpool Street) ofrece una enorme cantidad de baratijas, así como prendas básicas indispensables, mientras que en las orillas los desesperados venden todo lo que tienen. Pueden ser sus propias creaciones: camisetas, faldas, sudaderas o sólo el pedal roto de una bicicleta. Toda una instalación de arte en sí misma. El mercado se pone los domingos y suele atascarse. En medio de la ropa barata también hay frutas y verduras, y las glorietas están llenas de cafés. Pero adonde hay que ir para saborear de verdad el East End es a las tiendas de bagels al final de la calle (incluida la Beigel Bake, abierta las 24 horas en el 159 de Brick Lane), donde los domingos se forman largas colas de personas —unas ultramodernas, otras paupérrimas— ansiosas por comprar sus bagels recién horneados rellenos de carne salada o salmón ahumado y queso crema con una dosis de realidad por menos de 1.50 libras.
En el recién renovado mercado de Spitalfields (Underground Liverpool Street), los artesanos producen su propia ropa: camisas de algodón, bolsas retro de piel color verde musgo o rojo lipstick de abuelita junto a bolsas tejidas a mano y blusas bordadas. Es un mercado muy clasemediero, pero resulta fantástico curiosear.
De acuerdo con el verdadero estilo Shoreditch la palabra de moda es “retro”, como puede verse en la adorada Hoxton Boutique (2 Hoxton Street; www.hoxtonboutique.co.uk), repleta de glamour en ruinas. Es una mezcla de diseñadores consolidados y jóvenes prometedores recién graduados más las piezas de las dueñas de la tienda, Jane Murray (ex diseñadora de Nicole Farhi) y Alison Whalley (quien trabajó para Alexander McQueen), que se venden simplemente con el nombre de Hoxton Boutique. Con su ropa es posible obtener credibilidad en el mundo de la moda global, pues se vende en la tienda Selfridges y es lo último en Japón.
Con la misma tijera se corta Beyond Retro (110-112 Cheshire Street; www.beyondretro.com), amada por los diseñadores de imagen de toda la ciudad gracias a su surtido de más de 10 mil artículos vintage en un almacén de unos 5 mil metros cuadrados. “Ya sea cool de los cincuenta, psicodélico de los sesenta, adolescente rockero de los setenta o basura decadente de los ochenta, lo encontrarás en Beyond Retro”, afirma su página web. Y no miente. Cada vez que uno visita el lugar hay más cosas, cientos de piezas se añaden diariamente, sacadas de los bolsillos de lo viejo y cool de Estados Unidos y Europa. Además los dependientes de la tienda son genuinamente serviciales. Y lo mejor, en una ciudad donde lo de segunda mano ya no significa barato, BR vende sus tesoros a precios de mayoreo al público general.
Diseñadoras como Louise Pring, quien se estableció en Shoreditch desde 1999, lleva esta idea un poco más lejos. Su ropa es muy East/North, pegada y andrógina; diseñada, según dice, en parte porque nunca podía encontrar la clase de prendas que quería en las tiendas convencionales. La editora de Vogue, Anna Wintour, ya pasó por ahí, y sus diseños pueden encontrarse en tiendas de renombre como Selfridges (400 Oxford Street; www.selfridges.co.uk) y Liberty (Regent Street; www.liberty.co.uk).
Para comprar al estilo Shoreditch, una gran parada es la boutique de Antoni+Alison (oficialmente está en Clerkenwell, pero en fin), que en realidad se llama The Factory of Lights and Experiment (43 Rosebery Avenue). Conocida por ser inglesa por excelencia, sus diseños están sazonados de un humor y un ingenio lacónicos. En definitiva, no pertenecen a la corriente establecida e incluso sus colecciones ready-to-wear, aunque más serias, suelen ser estrafalarias y subversivas.
La fabulosa tienda Start (59 Rivington Street; www.start-london.com), en cambio, ofrece moda más callejera, constantemente alabada por las revistas. Se especializa en ropa urbana contemporánea elegida por un equipo de esposos, Philip Start y Brix Smith-Start (ex guitarrista de la banda de culto The Fall). El interior es divino (fíjese en la pared bordada a mano del sótano) y el devoto pug de Brix está allí para dar consejos sobre cómo destacarse entre la multitud. Rokit (101-107 Brick Lane; www.rokit.co.uk) también merece una mención, sólo por ser un favorito de los locales. Una vez más, es totalmente vintage, desde atuendos para secretarias de los cincuenta hasta líderes militares del siglo pasado: satisfaga al fascista que lleva dentro.
EN CUANTO AL ARTE
A menos que la hayan hecho en grande, a los artistas ya no les alcanza para vivir aquí, pero las galerías siguen floreciendo. Cercana a la zona de los adinerados banqueros, el área de Hoxton/Shoreditch es perfecta para que las obras de los artistas sean apreciadas por la gente correcta.
White Cube (48 Hoxton Square; www.whitecube.com) probablemente siga siendo la mejor galería del barrio. Montada por Jay Jopling —extraordinario comerciante internacional de arte, educado en Eton y en la Universidad de Edimburgo, casado con la artista Sam Taylor Wood, y responsable del revuelo que ha causado el arte británico contemporáneo—, White Cube se encontraba originalmente en el West End de Londres y luego se mudó a Hoxton, donde muchos de sus artistas ya formaban parte de la comunidad. Jopling asegura que es “descaradamente un espacio para artistas en la escala de una galería de Nueva York” y le complace expandirse en el área que “se está convirtiendo en la más vibrante culturalmente en Londres”.
Puede que sus exhibiciones sean a veces incomprensibles, pero nunca formales. Todo parece emanar del amor a la vida de Jopling. Es más que un vendedor de obras de arte, es un amigo de los artistas y un célebre fanático de la vida nocturna. Primero conoció a Damien Hirst en un pub a finales de los ochenta y de inmediato se puso a ayudarlo a buscar un tiburón para su innovadora obra The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living.
Conoció a Tracy Emin en una fiesta en 1993. Se suponía que era una artista, pero muy pocos la conocían. “Dame un billete de diez libras”, le dijo infamemente a Jopling, “y te escribiré algunas cartas”. Él lo hizo. Ella cumplió. Su flujo de confesiones sobre sí misma contenían detalles íntimos acerca de sus abortos y los temas que le torturaban la mente, y se convirtieron en la base de su exhibición en el White Cube. Luego continuó con My Bed, que estuvo poco tiempo en la lista del Turner Prize de 1999; literalmente su cama revuelta con calzones manchados de sangre y condones usados. Antes, su Everyone I ever slept with también se adentraba en su vida privada, pues bordó los nombres de todas sus parejas sexuales en el interior de una casa de campaña. Cuando la exposición se inauguró en el White Cube en 2001 causó tal conmoción que era literalmente imposible entrar a Hoxton Square.
Actualmente, Mr. Jopling continúa protegiendo a su pequeña banda de cerca de 40 artistas, entre los que se incluye Anthony Gormley —el escultor responsable del Angel of the North—, y la galería es un escaparate fuera de serie para el nuevo talento, en donde sólo se le permite a cada artista exponer una vez. Algunos se quejan de que en realidad no se trata de arte sino de dinero. Jay Jopling nunca lo ha negado: hacer dinero es lo que lo emociona. Un propósito por el que está dispuesto a llegar a alturas peligrosas. Cuando obtuvo un trabajo como vendedor de extinguidores luego de terminar la universidad, pronto se dio cuenta de que prenderse fuego a sí mismo era la mejor manera de demostrar las cualidades de los equipos. Sea como sea, no hay aún nadie que lo reemplace en el mundo del comercio de arte y sus exposiciones siguen siendo las más emocionantes y las más propensas a atraer la atención de los medios.
Lejos del sonido de las máquinas registradoras, otra galería, The Foundry (antes en Old Street, ahora en 1 Wardour Street; www.thefoundry.co.uk), atiende más a las artes comunitarias y les da la bienvenida a todos los nuevos artistas que quieren formar parte de la escena de Shoreditch. Con base en un viejo banco, tiene galerías en las bóvedas de concreto de alta densidad y también organiza presentaciones de poesía, letras, arte en video, rituales y todo lo que pueda causar revuelo. The Libertines era la banda de la casa hasta que recientemente los crecientes episodios con la ley y las sustancias ilegales de uno de sus miembros, Pete Doherty, propiciaron su separación y él se convirtió en el rey del cool junto a su novia-reina, la supermodelo Kate Moss.
Para algo un poco menos exigente, está el inmortal Whirligig, una fiesta para todo público que se lleva a cabo en el Shoreditch Town Hall (380 Old Street; www.shoreditchtownhall.org.uk) y que es casi un evento artístico en sí misma, llena de adictos a la vida nocturna, viejos hippies, chicos y gente pintada de todos los colores. Es famosa por su ambiente amigable y de amplio criterio. Igual de divertido es el Bingo Gay dirigido por Satanica Pandamonia —creo que se lo imaginan— en el Tea Building (56 Shoreditch High Street) cada domingo.
La gente puede quejarse y decir que Shoreditch ya vio sus mejores días —como hacen siempre algunos después de que más de veinte personas conocen el lugar—, pero sigue siendo el espacio de Londres que mejor combina la vida nocturna, la moda y el arte de vanguardia.
LO QUE VIENE
Áreas emergentes abundan en Londres. Los agentes de bienes raíces están siempre a la caza de barrios tomados por las pulgas y el crimen, pero con uno que otro edificio antiguo, para convertirlos en el nuevo Shoreditch, Camden o Notting Hill. Tanto Camden como Notting Hill fueron antros intransitables y ahora son tan caros que las tribus de artistas que les dieron su ambiente quedaron excluidas. Y en Shoreditch, como Alexander McQueen dijo en su ya famosa frase: “Un día nos asomamos por la ventana y vimos mucha gente con corte mohicano. Al día siguiente el casero nos dobló la renta y tuvimos que mudarnos”.
No se sabe dónde estará el nuevo Shoreditch. El este de Londres ha estado asociado durante mucho tiempo a los artistas, y los que saben dicen que hay una plétora de posibilidades con respecto al East London Line. New Cross también está en boca de muchos. Otro prospecto es el sitio al que se ha trasladado la escena de los clubs: actualmente Vauxhall está enloqueciendo, especialmente en la escena gay. Y está el hecho de que a los megacool lo que más les gusta es tomar un lugar que parezca irredimible y convertirlo en el lugar. Lo cual sitúa en el mapa a muchos sitios del sur de Londres: Deptford y las áreas todavía sucias alrededor de Crystal Palace. Lo sabremos de cierto cuando madure la escena nocturna, y un montón de estudiantes de moda y arte comiencen a habitar espaciosas casas antiguas en las que los desarrolladores aún no hayan puesto sus manos sucias.
Shoreditch, el hijo consentido del Londres cool, es una sección intermedia de la metrópolis. En sus calles se reúne algo del crimen del East End, un poco de la escena artística del norte de Londres y el dinero sucio del distrito financiero, pero todo junto se reinventa como el distrito de moda.
Justo en el centro del triángulo formado por Old Street, Great Eastern Street y Shoreditch High Street, su espíritu se derrama en las áreas aledañas: Hoxton al norte, y Spitalfields y Brick Lane hacia el sur. Todas comparten un paisaje industrial: sus fábricas victorianas y georgianas abandonadas han sido dotadas de un desaliñado pero exótico glamour cortesía de los artistas e inmigrantes que han hecho de este lugar su casa.
En tiempos lejanos, en la Edad Media para ser exactos, la mayor parte de Spitalfields pertenecía a los monjes, mientras que Brick Lane, como indica su nombre, era territorio productor de materiales de construcción. Conforme Londres creció gracias a la nueva riqueza que trajo la Revolución Industrial, este rincón del noreste se convirtió en un centro productor de metales, telas y cerveza —y de muchísimo dinero para unos cuantos ricos.
Eventualmente se mudaron, dejando atrás sus mansiones georgianas, pero la expansión continuó. Hugonotes refugiados tomaron su lugar, convirtiendo el área de Spitalfields en un centro de tejido. Fue entonces cuando se construyeron las fábricas y almacenes victorianos que son hoy la materia prima de los lujosos departamentos tipo loft. Pero con el siglo xx llegó la pobreza y el área se volvió una barriada intransitable.
Abundaban el crimen y la prostitución. Los que no estaban enfermos o en peligro de muerte tenían que esquivar las bombas de la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes intentaban tomar los puertos del este de Londres. Invencibles, los descarados tipos del East End aprovecharon la oportunidad para crear un mercado negro masivo que abastecía de casi cualquier cosa a quienes podían pagarla.
Después de la guerra, el área degeneró en algo mucho más desagradable. Llegaron los gángsters y el barrio se transformó en un campo de batalla, los Kray y los Richardson se mataban y mutilaban en una permanente lucha por el territorio. Ningún inglés blanco de clase media que se respetara a sí mismo quería siquiera acercarse a Shoreditch, por eso le dejaron el lugar a los inmigrantes (en especial los de Bangladesh asentados en Brick Lane, el mejor lugar de Londres para comer un curry) que llegaron para llenar la escasez de mano de obra durante todo el siglo xx y desafiar a la violencia.
Así permaneció hasta principios de los noventa, cuando los artistas dieron con el decaído lugar en su búsqueda de estudios baratos. Y no eran niños ricos jugando a ser pobres por uno o dos años antes de aceptar su primer trabajo como consultores administrativos, sino los apasionados representantes del movimiento Brit Art —como Tracy Emin y Gary Hume— que más tarde sacudieron al mundo del arte con la Sensation Exhibition de Saatchi a mediados de los noventa.
LOS PIONEROS
Si uno hubiera recorrido el área en 1993, en la esquina de Charlotte Road y Rivington Street habría visto al empresario artístico Joshua Compston montar su Fete Worse than Death (“una fiesta peor que la muerte”), en la que Damien Hirst —el hombre que se hizo famoso por poner animales en formol— alquilaba una especie de máquina de pintura giratoria por una libra para que cualquiera pudiese crear su propia obra de arte, misma que él firmaría. Tracy también estaba ahí, leyendo las manos, y Gary Hume se disfrazaba de bandido mexicano y vendía tequilas.
Al lado de Gary Hume vivía el entonces pobre diseñador de modas Alexander McQueen. Otros arquitectos, cineastas y artistas los siguieron. La película Lock, Stock and Two Smoking Barrels se agregó al atractivo gangsteril de la zona y pronto llegaron pretenciosos publicistas y creativos de las orillas de la ciudad, convirtiendo las viejas fábricas victorianas en glamorosos lofts.
Al caer la tarde, los artistas se reunían en Bricklayers’ Arms (63 Charlotte Road; T. 44 (207) 739 5245; www.thebricklayersarmspub.com), que Vicki Pengilley compró en los ochenta cuando el área todavía era algo así como el territorio de Jack “El Destripador”. Pronto el bar Cantaloupe (35 Charlotte Road; T. 44 (207) 613 4411; www.cantaloupe.co.uk) abrió en 1995, y el Electricity Showroom y el Hoxton Bar & Kitchen (2-4 Hoxton Square; T. 44 (207) 613 0709) en 1998. Todos estos bares se rebelaron contra la opulenta moda del West End y en cambio aprovecharon su indecencia urbana, haciendo énfasis en sus pisos de concreto y sus inhóspitos paisajes.
Hoy, a estos pioneros se ha unido Cocomo (323 Old Street; T. 44 (207) 613 0315), un bar minúsculo pero súper alternativo en las orillas de Shoreditch, con paredes color tierra quemada estilo marroquí y baratijas orientales colgadas por todas partes. Durante la semana parece un bar oculto fuera de la ciudad por su acogedor ambiente, las buenas bebidas y la excelente música, pero los fines de semana deja de ser secreto y uno apenas puede moverse.
Otras opciones son Dragon (5 Leonard Street; T. 44 (207) 784 8618), que se rehúsa poner un letrero para atraer clientes de la manera usual —sus bondades son sólo para aquellos que aman ser los únicos que lo conocen—. No es limpio. Más bien, los pisos sucios y pegajosos cuentan tupidas historias nocturnas en las que los djs underground han tocado de todo: desde música de los sesenta hasta hip hop.
Home (100-106 Leonard Street; T. 44 (207) 684 8618) solía marcar la pauta, pero ahora es más como una casa de seguridad para ejecutivos que quieren presumir que pasaron la noche en Shoreditch, pero que prefieren regresar sin quemaduras de cigarro en sus trajes. Eso, por fortuna, los mantiene alejados de Loungelover (1 Whitby Street; T. 44 (207) 012 1234) y Mother Bar (333 Old Street; T. 44 (207) 739 5949). El primero es la gloria de una clientela gay que adora todo lo kitsch: candelabros, cabezas disecadas de hipopótamos, y todo lo que glorifique el mal gusto. Mother es más de susurros que de gritos agudos. Va con el ambiente boho, atestado de muebles de marchito esplendor: viejas sillas sobre un enorme tablero de ajedrez como piso, chaise longues, más candelabros y una bola de espejos.
El 333 (333 Old Street; T. 44 (207) 739 5949) es un club de tres pisos con varios temas; triste, sucio y lleno de jóvenes vestidos estrafalariamente, todos “muuuy Shoreditch”. Por lo general la música es animada y a veces completamente bizarra. No es un lugar para tímidos. Cargo (83 Rivington Street; T. 44 (207) 739 3440; www.cargo-london.com) es más o menos lo mismo pero también tiene un bar y un café, además de que algunas noches hay música en vivo. Sus puestos de comida callejera son muy populares. Suena un poco bobo, pero la comida es deliciosa.
Si lo que quiere es seguirse toda la noche, de sábado a domingo, le costará trabajo hacerlo en Shoreditch, pero mientras ahí todos se van a dormir, la fiesta apenas inicia en el 93 Feet East de Brick Lane (150), cuyo patio exterior es ideal para socializar y beber durante el verano.
En algún momento hará falta comer algo. Brick Lane tiene curries. Café Naz (46-48 Brick Lane; www.cafenaz.co.uk) ofrece una impresionante mezcla de cocina contemporánea y tradicional de la India y Bangladesh. The Real Greek (14-15 Hoxton Market; www.therealgreek.co.uk) es simple y sencillamente el mejor restaurante griego de Londres. Sin embargo, el lugar en el que todos quieren estar es Jamie Oliver’s Fifteen (15 Westland Place), un “negocio” de desarrollo social que tomó a jóvenes de escasos recursos y los convirtió en asombrosos chefs bajo la mirada de las cámaras de televisión. Muchos no creyeron que Jamie pudiera lograrlo, pero ahora no se puede conseguir mesa hasta el próximo año.
A pesar de todo lo que ofrece el área, recientemente ha habido muchas quejas acerca de que Shoreditch ya se pasó de la raya, de que ya no es ningún refugio de los artistas de la contracultura, de que ahora lo define su vida nocturna más que su ética de trabajo. Aquellos que solían salir de fiesta en barrios más convencionales ahora viajan a Shoreditch en hordas.
Muchos residentes de Shoreditch empezaron a usar camisetas con la leyenda “F**k off back to Notting Hill” [“Lárguense de vuelta a Notting Hill”] para ahuyentar a las hordas que venían los fines de semana. Sobra decir que no sirvió de mucho. Otros viejos asiduos de Shoreditch, los Letchford —una pareja artística formada por dos hermanos de nombre Teresa y Nick— comenzaban a sentirse igual de insatisfechos, pero en vez de quejarse, montaron un sitio que capturara el espíritu de Hoxton en sus primeros días, un espacio para pasar el tiempo que ellos y sus amigos realmente disfrutaran.
El lugar se llama Dreambagsjaguarshoes (34-36 Kingsland Road; T. 44 (207) 739 9550; www.dreambagsjaguarshoes.com), un nombre que sólo cobra sentido cuando uno ve el local. Dos típicas tiendas de rebajas en el sótano —Dream Bags y Jaguar Shoes— unidas para crear un bar/galería de arte. Por dentro es todo de bajo presupuesto, con sofás gastados y una sórdida iluminación. Fue un éxito desde la primera noche. Las paredes se vacían cada seis semanas y los artistas, tanto los emergentes como los establecidos, se pelean por la oportunidad de exponer sus obras. Entre los que han logrado colarse están los reconocidos grafiteros Solo One y Snug.
La decisión sobre qué se va a colgar de las paredes no depende, obvio, de lo que está en boga. Nick dice que simplemente eligen lo que ellos consideran bueno, que puede ser cualquier cosa: desde hip-hop hasta ilustraciones infantiles, o incluso, como en el caso de la exhibición “Call of the Wild”, pintar el lugar entero de rosa. No sólo quieren que las paredes sirvan de lienzos, sino que los artistas se sientan inspirados por el espacio, y que sea actual. O, mejor que eso, que sea la próxima tendencia de vanguardia. Como el arte inspirado en Donnie Darko —que incluso incluía la cabeza de conejo original—, expuesto ahí desde antes de que se estrenara la película.
Entusiasmada por su éxito, la pareja montó un café y una tienda en la acera de enfrente con el nombre de No: one (1 Kingsland Road; T. 44 (207) 613 5314). Ambos son cool sin esforzarse en ello y están atiborrados de chicos harapientos vestidos con ropa vintage, esforzándose por lograr su próxima brillante idea. Los Letchford ya la tienen. Como los dos vienen del lado creativo de la industria de revistas, su idea consiste en montar una serie de locales que funcionen como revistas de la vida real para la gente que ambiciona el mismo estilo de vida que ellos: un poco de arte de vanguardia, otro tanto de vida nocturna y algo de moda. Y ahora tienen una galería/centro de eventos con cupo para más de 300 personas: Space 17.
LOOK SHOREDITCH PARA LLEVAR
Ya no hay marcha atrás. Shoreditch ha cambiado. La forma de vestirse que alguna vez fue casi un uniforme en las calles —deliberadamente cutre: joyería de plástico y botas de duende para las mujeres complementadas por mullets (estilo los bukis) o cortes tipo mohicano de los hombres— ya no se ve en el área. La explicación: el look se ha reproducido por todo Londres, e incluso se expandió por el mundo.
Pero sigue siendo el lugar para los adictos a la moda. El mercado de Brick Lane (Underground Liverpool Street) ofrece una enorme cantidad de baratijas, así como prendas básicas indispensables, mientras que en las orillas los desesperados venden todo lo que tienen. Pueden ser sus propias creaciones: camisetas, faldas, sudaderas o sólo el pedal roto de una bicicleta. Toda una instalación de arte en sí misma. El mercado se pone los domingos y suele atascarse. En medio de la ropa barata también hay frutas y verduras, y las glorietas están llenas de cafés. Pero adonde hay que ir para saborear de verdad el East End es a las tiendas de bagels al final de la calle (incluida la Beigel Bake, abierta las 24 horas en el 159 de Brick Lane), donde los domingos se forman largas colas de personas —unas ultramodernas, otras paupérrimas— ansiosas por comprar sus bagels recién horneados rellenos de carne salada o salmón ahumado y queso crema con una dosis de realidad por menos de 1.50 libras.
En el recién renovado mercado de Spitalfields (Underground Liverpool Street), los artesanos producen su propia ropa: camisas de algodón, bolsas retro de piel color verde musgo o rojo lipstick de abuelita junto a bolsas tejidas a mano y blusas bordadas. Es un mercado muy clasemediero, pero resulta fantástico curiosear.
De acuerdo con el verdadero estilo Shoreditch la palabra de moda es “retro”, como puede verse en la adorada Hoxton Boutique (2 Hoxton Street; www.hoxtonboutique.co.uk), repleta de glamour en ruinas. Es una mezcla de diseñadores consolidados y jóvenes prometedores recién graduados más las piezas de las dueñas de la tienda, Jane Murray (ex diseñadora de Nicole Farhi) y Alison Whalley (quien trabajó para Alexander McQueen), que se venden simplemente con el nombre de Hoxton Boutique. Con su ropa es posible obtener credibilidad en el mundo de la moda global, pues se vende en la tienda Selfridges y es lo último en Japón.
Con la misma tijera se corta Beyond Retro (110-112 Cheshire Street; www.beyondretro.com), amada por los diseñadores de imagen de toda la ciudad gracias a su surtido de más de 10 mil artículos vintage en un almacén de unos 5 mil metros cuadrados. “Ya sea cool de los cincuenta, psicodélico de los sesenta, adolescente rockero de los setenta o basura decadente de los ochenta, lo encontrarás en Beyond Retro”, afirma su página web. Y no miente. Cada vez que uno visita el lugar hay más cosas, cientos de piezas se añaden diariamente, sacadas de los bolsillos de lo viejo y cool de Estados Unidos y Europa. Además los dependientes de la tienda son genuinamente serviciales. Y lo mejor, en una ciudad donde lo de segunda mano ya no significa barato, BR vende sus tesoros a precios de mayoreo al público general.
Diseñadoras como Louise Pring, quien se estableció en Shoreditch desde 1999, lleva esta idea un poco más lejos. Su ropa es muy East/North, pegada y andrógina; diseñada, según dice, en parte porque nunca podía encontrar la clase de prendas que quería en las tiendas convencionales. La editora de Vogue, Anna Wintour, ya pasó por ahí, y sus diseños pueden encontrarse en tiendas de renombre como Selfridges (400 Oxford Street; www.selfridges.co.uk) y Liberty (Regent Street; www.liberty.co.uk).
Para comprar al estilo Shoreditch, una gran parada es la boutique de Antoni+Alison (oficialmente está en Clerkenwell, pero en fin), que en realidad se llama The Factory of Lights and Experiment (43 Rosebery Avenue). Conocida por ser inglesa por excelencia, sus diseños están sazonados de un humor y un ingenio lacónicos. En definitiva, no pertenecen a la corriente establecida e incluso sus colecciones ready-to-wear, aunque más serias, suelen ser estrafalarias y subversivas.
La fabulosa tienda Start (59 Rivington Street; www.start-london.com), en cambio, ofrece moda más callejera, constantemente alabada por las revistas. Se especializa en ropa urbana contemporánea elegida por un equipo de esposos, Philip Start y Brix Smith-Start (ex guitarrista de la banda de culto The Fall). El interior es divino (fíjese en la pared bordada a mano del sótano) y el devoto pug de Brix está allí para dar consejos sobre cómo destacarse entre la multitud. Rokit (101-107 Brick Lane; www.rokit.co.uk) también merece una mención, sólo por ser un favorito de los locales. Una vez más, es totalmente vintage, desde atuendos para secretarias de los cincuenta hasta líderes militares del siglo pasado: satisfaga al fascista que lleva dentro.
EN CUANTO AL ARTE
A menos que la hayan hecho en grande, a los artistas ya no les alcanza para vivir aquí, pero las galerías siguen floreciendo. Cercana a la zona de los adinerados banqueros, el área de Hoxton/Shoreditch es perfecta para que las obras de los artistas sean apreciadas por la gente correcta.
White Cube (48 Hoxton Square; www.whitecube.com) probablemente siga siendo la mejor galería del barrio. Montada por Jay Jopling —extraordinario comerciante internacional de arte, educado en Eton y en la Universidad de Edimburgo, casado con la artista Sam Taylor Wood, y responsable del revuelo que ha causado el arte británico contemporáneo—, White Cube se encontraba originalmente en el West End de Londres y luego se mudó a Hoxton, donde muchos de sus artistas ya formaban parte de la comunidad. Jopling asegura que es “descaradamente un espacio para artistas en la escala de una galería de Nueva York” y le complace expandirse en el área que “se está convirtiendo en la más vibrante culturalmente en Londres”.
Puede que sus exhibiciones sean a veces incomprensibles, pero nunca formales. Todo parece emanar del amor a la vida de Jopling. Es más que un vendedor de obras de arte, es un amigo de los artistas y un célebre fanático de la vida nocturna. Primero conoció a Damien Hirst en un pub a finales de los ochenta y de inmediato se puso a ayudarlo a buscar un tiburón para su innovadora obra The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living.
Conoció a Tracy Emin en una fiesta en 1993. Se suponía que era una artista, pero muy pocos la conocían. “Dame un billete de diez libras”, le dijo infamemente a Jopling, “y te escribiré algunas cartas”. Él lo hizo. Ella cumplió. Su flujo de confesiones sobre sí misma contenían detalles íntimos acerca de sus abortos y los temas que le torturaban la mente, y se convirtieron en la base de su exhibición en el White Cube. Luego continuó con My Bed, que estuvo poco tiempo en la lista del Turner Prize de 1999; literalmente su cama revuelta con calzones manchados de sangre y condones usados. Antes, su Everyone I ever slept with también se adentraba en su vida privada, pues bordó los nombres de todas sus parejas sexuales en el interior de una casa de campaña. Cuando la exposición se inauguró en el White Cube en 2001 causó tal conmoción que era literalmente imposible entrar a Hoxton Square.
Actualmente, Mr. Jopling continúa protegiendo a su pequeña banda de cerca de 40 artistas, entre los que se incluye Anthony Gormley —el escultor responsable del Angel of the North—, y la galería es un escaparate fuera de serie para el nuevo talento, en donde sólo se le permite a cada artista exponer una vez. Algunos se quejan de que en realidad no se trata de arte sino de dinero. Jay Jopling nunca lo ha negado: hacer dinero es lo que lo emociona. Un propósito por el que está dispuesto a llegar a alturas peligrosas. Cuando obtuvo un trabajo como vendedor de extinguidores luego de terminar la universidad, pronto se dio cuenta de que prenderse fuego a sí mismo era la mejor manera de demostrar las cualidades de los equipos. Sea como sea, no hay aún nadie que lo reemplace en el mundo del comercio de arte y sus exposiciones siguen siendo las más emocionantes y las más propensas a atraer la atención de los medios.
Lejos del sonido de las máquinas registradoras, otra galería, The Foundry (antes en Old Street, ahora en 1 Wardour Street; www.thefoundry.co.uk), atiende más a las artes comunitarias y les da la bienvenida a todos los nuevos artistas que quieren formar parte de la escena de Shoreditch. Con base en un viejo banco, tiene galerías en las bóvedas de concreto de alta densidad y también organiza presentaciones de poesía, letras, arte en video, rituales y todo lo que pueda causar revuelo. The Libertines era la banda de la casa hasta que recientemente los crecientes episodios con la ley y las sustancias ilegales de uno de sus miembros, Pete Doherty, propiciaron su separación y él se convirtió en el rey del cool junto a su novia-reina, la supermodelo Kate Moss.
Para algo un poco menos exigente, está el inmortal Whirligig, una fiesta para todo público que se lleva a cabo en el Shoreditch Town Hall (380 Old Street; www.shoreditchtownhall.org.uk) y que es casi un evento artístico en sí misma, llena de adictos a la vida nocturna, viejos hippies, chicos y gente pintada de todos los colores. Es famosa por su ambiente amigable y de amplio criterio. Igual de divertido es el Bingo Gay dirigido por Satanica Pandamonia —creo que se lo imaginan— en el Tea Building (56 Shoreditch High Street) cada domingo.
La gente puede quejarse y decir que Shoreditch ya vio sus mejores días —como hacen siempre algunos después de que más de veinte personas conocen el lugar—, pero sigue siendo el espacio de Londres que mejor combina la vida nocturna, la moda y el arte de vanguardia.
LO QUE VIENE
Áreas emergentes abundan en Londres. Los agentes de bienes raíces están siempre a la caza de barrios tomados por las pulgas y el crimen, pero con uno que otro edificio antiguo, para convertirlos en el nuevo Shoreditch, Camden o Notting Hill. Tanto Camden como Notting Hill fueron antros intransitables y ahora son tan caros que las tribus de artistas que les dieron su ambiente quedaron excluidas. Y en Shoreditch, como Alexander McQueen dijo en su ya famosa frase: “Un día nos asomamos por la ventana y vimos mucha gente con corte mohicano. Al día siguiente el casero nos dobló la renta y tuvimos que mudarnos”.
No se sabe dónde estará el nuevo Shoreditch. El este de Londres ha estado asociado durante mucho tiempo a los artistas, y los que saben dicen que hay una plétora de posibilidades con respecto al East London Line. New Cross también está en boca de muchos. Otro prospecto es el sitio al que se ha trasladado la escena de los clubs: actualmente Vauxhall está enloqueciendo, especialmente en la escena gay. Y está el hecho de que a los megacool lo que más les gusta es tomar un lugar que parezca irredimible y convertirlo en el lugar. Lo cual sitúa en el mapa a muchos sitios del sur de Londres: Deptford y las áreas todavía sucias alrededor de Crystal Palace. Lo sabremos de cierto cuando madure la escena nocturna, y un montón de estudiantes de moda y arte comiencen a habitar espaciosas casas antiguas en las que los desarrolladores aún no hayan puesto sus manos sucias.
























