Reykjavik 101
Durante el verano atardece a las 24 hrs. Fotografía de Alfredo Martínez

Reykjavik 101

En la capital islandesa las noches de verano no se reconocen por la oscuridad, sino por la vida que bulle en el Distrito 101. Y cuando llega el frío, las aguas termales atraen a todas las almas que tienen ganas de hablar y divertirse y se niegan a acostarse a dormir.
Por Ángela Posada-Swafford | septiembre 2005 | Tags: , ,
Áslaug navega calle abajo un viernes por las aceras de Laugavegur en Reykjavík, bajo la lechosa luminosidad de las 12 am en el verano ártico. A su paso, un mar de islandeses y turistas en diversos estados de ebriedad le ceden el camino como si fuese una diosa escandinava enfundada en pieles blancas. Alta y ligera, con ojos más azules que el cielo polar, cabello color del sol, piel cremosa como la vainilla francesa y una sonrisa que derretiría un glaciar, la visión se dirige hacia NASA, una disco-bar del tamaño de una cancha de básquetbol con música en vivo donde, en lugar de lanzar cohetes al espacio, se baila, se salta, se grita y se bebe como si no hubiera mañana, al ritmo de una popular banda neoyorquina. No muy lejos de allí, en Thorvaldsen, otra disco de moda con diseño escandinavo y algo minimalista de madera, cuero y vidrio, los clientes vestidos de fiesta hacen una larga cola dispuestos a esperar 45 minutos para entrar al santuario donde se presenta Jarvis Cocker, el cantante principal de Pulp.

“¿Hay algún festival?”, le pregunto a un chico con el pelo lleno de picos engomados y un arete de metal en las cejas, y esperando quizá ver entrar a Björk, la cantante que literalmente puso a Islandia en el mapa mundial. “No, es así todos los viernes. Es lo que llamamos el runtur, o simplemente: viernes por la noche en Reykjavík. El festival Airwaves es en octubre y entonces las colas son el doble de largas. Pero aquí en el 101 la diversión es permanente, y es en serio”, responde señalando con la cabeza detrás suyo una plaza rodeada de edificios antiguos, bares y cafés al aire libre, todos igual de atestados.

Llamado así por su código postal (estar en el 101 es como tener el código de 33139 de South Beach), el Distrito 101 es lo in en Reykjavík y últimamente en el resto de Europa. Es un área de 20 cuadras en el centro, donde los bares, los mejores restaurantes, las tiendas, los teatros, los museos y las galerías de arte están agrupados en calles bien iluminadas y fácilmente caminables las 24 horas. Eso de “la ciudad que nunca duerme” le pertenece con más justicia a Reykjavík que a Nueva York. Después de todo, durante el verano, cuando el sol simplemente se niega a morir y la noche es un remedo permanente de atardecer, hay que hacer un verdadero esfuerzo por cerrar los ojos —con todo y jet lag.

Mi primera impresión de Reykjavík, la capital más al norte del planeta, es que es una ciudad pequeña asentada sobre un trozo de lava desolado, cubierto de musgos verde oliva y aparentemente inhóspito, barrido por las tormentas y esculpido por glaciares, en medio del gélido Atlántico Norte. Gracias a la contínua actividad volcánica y tectónica —Islandia es un país que aún se está formando, un enfant terrible de la geología— la isla no es exactamente terra firma.

Las casas cercanas al centro están pegadas unas con otras, ostentan todos los colores del arco iris y muchas tienen paredes de concreto o metal corrugado para aguantar el insulto constante del clima. Algunas casas coloniales encantadoras contrastan con estructuras que recuerdan hangares de aviones o grandes bodegas y edificios modernos con un sabor definitivamente europeo, pero sin mucha pimienta en cuanto a su estilo. En otras palabras, la arquitectura es algo aburrida, salvo la interesante iglesia luterana de Hallgrímskirkja, que descuella sobre Reykjavík como una catedral gótica cruzada por una montaña volcánica de concreto. Por dentro tiene un órgano descomunal. Y afuera, la estatua de Leifur Eríksson, el primer vikingo en llegar a América, mira noblemente hacia delante, porque como es natural los islandeses se adhieren a la teoría de que fue Leifur, y no Colón, el verdadero descubridor del Nuevo Continente.

En este atardecer eterno, algo frío y nublado, no hay muchos turistas paseando frente al imponente vikingo de hierro. Pero en el 101 hay gente por todas partes. A la vuelta de la esquina del Thorvaldsen, en el Rex Bar, otra disco de alto vuelo, la concurrencia es mayor y con más dinero para gastar. “El sitio no está mal si no quieres escuchar la música estridente y alternativa de los jóvenes”, dice una mujer enfundada en jeans decorados con chaquiras de cristal y botas negras de tacones altos, una pinta popular en Reykjavík. El lugar es pequeño pero lujoso, y bajo un candelabro de cristal algunas parejas enjoyadas no mayores de cuarenta bailan tonadas de Michael Jackson. En cambio, calle arriba en Pravda, la acción está que arde, con tres bandas grunge en vivo y un dj que grita exaltadamente desde uno de los muchos balcones que dan sobre la pista de baile. “Tenemos algunas de las mejores discos del mundo”, dice una rubia recién llegada de estudiar en Europa, levantando un vaso de cerveza Kronenbourg de 10 dólares. “Y si te interesa la fiesta, puedes hallarla las 24 horas.”

En un pub llamado Prikid, en Laugavegur, la calle principal del Distrito 101, dos meseras que parecen estatuas nórdicas en minifaldas negras cortan limones en rodajas y rellenan vasos con condones. Para nadie es un secreto que la actividad sexual en Islandia es, digamos... muy activa. Según reportes oficiales publicados en la prensa nacional, en este país la gente comienza a tener relaciones a la edad de 15.7 años, dos años antes que el resto del mundo. Y los islandeses son una nación de aventureros sexuales; es un país donde 52% de la gente tiene un vibrador, entre otros varios juguetes. También es el país donde el sexo es más seguro (a diferencia, quién lo creyera, de Noruega y Dinamarca), donde se gasta más dinero público en anticonceptivos y la actitud es más abierta.

ARDE EL INVIERNO
¿Será cuestión de los largos inviernos? Porque el verano con sus días eternos no es la única temporada de acción en esta ciudad. Entre octubre y febrero los cielos de Islandia se tornan azul cobalto y el perfil de las desoladas montañas distantes es negro, haciendo que las constelaciones y el juego de luces de la aurora boreal parezcan alcanzables con la mano. En el frío de este invierno ártico, cuando el sol nunca se eleva más de 45 grados por encima del horizonte y los días se limitan a cuatro horas de luz magra, el calor que emana el Distrito 101 de Reykiavík es aún mayor que en julio o agosto. La capital islandesa —en la que vive 70% de los 300 mil habitantes del país— es ahora uno de los destinos más “locos” para las hordas de discotequeros locales y extranjeros, quienes los fines de semana descienden a prenderle candela a las noches boreales.

Dicen que si construyes algo interesante, la gente vendrá a verlo sin importar desde qué tan lejos. Y la teoría funciona: el año pasado hubo más de 300 mil turistas en Islandia, es decir, más de la población total del país. De esos, según la Junta de Turismo, unos 80 mil fueron estadounidenses. En la década de 1990, el turismo aquí creció en 13 por ciento. Parte del fenómeno es la floreciente economía islandesa, con su excelente infraestructura de alojamiento y restaurantes, y las montañas de cosas que hacer al aire libre. Pero uno de los encantos principales de Reykjavík es anterior a los noventa, y es que venir a la ciudad es algo tan fácil como exótico. Fácil porque el vuelo desde Nueva York sólo toma cinco horas: es más cerca venir hasta Islandia que ir a Los Ángeles. Tome un mapa y verá. Es más: ahora hay vuelos directos desde Orlando, Florida, vía Iceland Air, cuya calidad es impecable. Además casi todo el mundo habla inglés a la perfección. Y exótico porque ésta es una tierra como ninguna otra en el mundo.

Lo que sí no es, es barato. Islandia ostenta el segundo lugar en el mundo según el índice de estándar de vida y tiene la segunda moneda más cara después de Japón. Un dólar es equivalente a 70 coronas islandesas y un plato de atún maravilloso en uno de los mejores restaurantes de Reykjavík no baja de 3 mil coronas. Una botella de agua cuesta 200 coronas; una camiseta con el logo del país, 1?800; una excursión de un día a los alrededores, 7 mil coronas. Y un boleto para ir al cine (los islandeses van al cine un promedio de tres veces por semana, o sea que es la nación más cinéfila del planeta, hasta el punto de que las películas se estrenan primero en Reykjavík que en Londres) cuesta 800 coronas.

Dicho esto, la espectacular isla vecina a Groenlandia tiene un montón de cosas interesantes: el país abolió el analfabetismo hace casi cien años y su tasa de desempelo es menos del dos por ciento; ofrece cuidados de salud para todos y una estructura de servicios sociales como la de Suecia, con mucho menos impuestos; fue el primer país en elegir a una mujer como presidenta en un sistema democrático (Vigdís Finnbogadóttir 1980-1996). Los islandeses son adictos a la alta tecnología, adoran la electrónica y coleccionan todos los iPods, Stawberries, celulares y MP3 que salen al mercado.
Son descendientes directos de los vikingos y su idioma, el islandés, es tan puro —gracias al aislamiento del país— que si uno de sus fieros antepasados despertara de su letargo de mil años, entendería prácticamente todo lo que le dicen. Incluso existe una junta oficial especial dentro del gobierno para decidir qué palabras usar para referirse a objetos nuevos en el idioma.

Y el cliché de la tierra de hielo y fuego es absolutamente real: en casi ninguna otra parte del mundo el magma volcánico se pelea contra las costras de hielo tan fieramente como aquí. En 1996, un volcán subterráneo decidió abrirse camino por entre el kilómetro de hielo del absolutamente magnífico glaciar Vatnajokull, el más grande de toda Europa. El volcán hizo un agujero enorme en medio del glaciar, derritiendo las capas interiores de la gran masa de hielo, que formaron inundaciones masivas, arrasando a su paso con carreteras y poblados. Hoy día es posible ver las heridas del glaciar en un inolvidable paseo en snowmobile, cruzando millas y más millas de hielo suave y uno que otro riachuelo de un azul imposible. Es decir, siempre y cuando el clima colabore. Mi paseo por el glaciar se tornó en una mini tormenta de hielo que los islandeses llaman “la oscuridad blanca”. No podíamos ver a los motociclistas que iban pocos metros delante nuestro, y el cielo y el suelo se fundieron en una sola cosa. Era como estar dentro del huevo de un cisne.

El paisaje nacional no puede describirse con otra palabra que no sea dramático. La geología viviente dispersa por todo el país incluye géisers (del islandés geysír), aguas termales, fumarolas, volcanes, tubos de lava y una grieta de basalto formada por la separación de las placas tectónicas de América y Europa, que todavía se está abriendo a una tasa de un centímetro al año.

El cielo es tan grande como el de la Patagonia argentina y el clima cambia de soleado a espan­tosa­mente tormentoso mientras uno se quita las gafas de sol. Hay días en que los nubarrones se ciernen sobre los volcanes y los campos de lava negra y aquello parecen las puertas del mismísimo infierno. De hecho, Julio Verne se inspiró en el volcán Snaefellsnes para describir la entrada al Centro de la Tierra. Hay otros días y lugares en que las lavas se cubren de musgos más verdes que los de Irlanda o la sabana de Bogotá, y las cascadas turbulentas que brotan de esos acantilados aterciopelados no tienen nada que envidiarle al Salto del Ángel, a Iguazú o a las Cataratas Victoria. Para los islandeses semejantes maravillas son tantas y tan comunes, que ya ni se asombran. Del territorio nacional, 12% está cubierto por glaciares alucinantes. La cuarta parte del país es inhabitable y las plantas deben ser criadas en invernaderos primero para tener cómo sobrevivir las inclemencias. La escasez de árboles es prácticamente total y la flora nativa no pasa de líquenes, pastos y florecillas silvestres.

SEGURO CONTRA PIEDRA PÓMEZ
En este lugar a veces es difícil recordar que uno está sobre el planeta Tierra. ¿En dónde más las compañías de alquiler de autos ofrecen seguros contra la piedra pómez?—debido a la actividad volcánica, éstas pueden caer del cielo. ¿Existe otro país que sirva con orgullo testículos de cordero en vinagre, cabeza de cordero con todo y ojos, o que considere al tiburón podrido un plato gourmet?

Y no me refiero a carne simplemente “pasada”. Vaya usted de paseo al puerto de Reykjavík en verano, y colgando del anzuelo de un buque pesquero, podrá ver la comida del próximo invierno: hákarl, un enorme tiburón de Groenlandia, que comienza a mostrar los bordes amarillos. En febrero, mes del festival de pesadilla Porrablót en Reykjavík, los sándwiches de jamón y las hamburguesas desaparecen para ser reemplazados por estos víveres crudos. “Comerse al tiburón así fresco es espantoso”, dice Kristján Salmannson, capitán del buque pesquero. “Hay que dejarlo pudrir un poquito primero. Con unos cuatro meses queda al punto.” Dicen que “al país donde fueres haz lo que vieres”. Afortunadamente para mí, el invierno está a meses de distancia.

Para asomarse a los magníficos restaurantes del 101, en cambio, lo único que se necesita es un buen presupuesto. En Apótek hay que pedir el atún o el arenque que hace menos de cinco horas nadaban en las frías aguas costeras. Simple y sofisticada a la vez, sin alardes de salsas raras pero con sabor hasta la médula, la alta cocina es sorprendente. Mi atún estaba casi crudo, como debe ser, y el limón se había infiltrado hasta el centro del tiernísimo pescado, como el agua de lluvia en la tierra. Eso sí: aparte del cordero, y de unas excelentes salchichas que venden a altas horas de la madrugada en algunos quioscos centrales del 101, en Islandia, 70% de la comida proviene de algún punto debajo de las olas, o vuela a ras de ellas.
Como el lundi o frailecillo, una pintoresca ave ártica que anida por millones en los acantilados de las isletas vecinas, y que es la respuesta ártica al pingüino. Los que la han probado afirman que se ve y sabe como hígado de ternera. El otro plato que da mucho de qué hablar es la ballena. Trozos de carne de minke, fin, sei y otros rorcuales se sirven crudos con jengibre y wasabi, como el sashimi máximo. El tema de los islandeses y la cacería de ballenas es espinoso. Sí, éste es uno de esos países donde se caza y se come ballena. Siempre ha sido así. Hasta 1989, Islandia mataba 90 cetáceos al año con “motivos científicos”, y la carne se vendía a restaurantes japoneses e islandeses, o se molía y se convertía en comida para ganado. La presión internacional y la acción directa de los grupos conservacionistas acabaron con la cacería. No obstante, en agosto de 2003, Islandia anunció su intención de volver a cazar 500 ballenas fin, minke y sei durante los próximos dos años. Quienes defienden la cacería argumentan que las poblaciones de cetáceos necesitan control, mientras que los antiballeneros temen que se esté haciendo daño a la industria de avistamiento de ballenas, que aporta 16 millones de dólares anuales a la economía islandesa (Islandia es quizás el mejor lugar del planeta para ver ballenas, y los barcos salen diariamente desde el puerto de Reykjavík). Muchos grupos han protestado formalmente contra la cacería, pero cada vez que el gobierno estadounidense intenta interceder, los islandeses amenazan con cerrar la estratégica base de la OTAN que hay al lado del aeropuerto de Keflavík, y que es manejada por Estados Unidos.

Una especialidad islandesa que no tiene ninguna controversia es el skyr, una especie de leche agria que sabe mil veces mejor que el yogur. La sirven con frutas y helado, y entonces se convierte en un postre memorable. Otra institución en Islandia que me tomó por sorpresa fue el café. No puedo decir que haya probado un mal kaffi en esta tierra de vikingos.

De regreso al Distrito 101, me hallo en la Plaza del Parlamento, frente al modesto edificio de piedra del parlamento islandés y al hotel más respetado, el Borg, una acogedora construcción art déco. Ambos dan a una zona verde donde cada 17 de junio se congregan más de 80 mil islandeses para celebrar su independencia de los daneses, hace 71 años. Descubro que, a diferencia de casi el resto del mundo, la historia humana de Islandia está escrita en papel desde el primer día. Desde la migración del primer vikingo, Ingólfur Arnarson, quien en el año 874 atracó en un lugar al que bautizó como Reykjavík, o Bahía Humenate, por sus aguas termales.

Nuevamente en la calle Laugavegur, paso frente a la residencia del Primer Ministro, un modesto edificio de dos pisos que no tiene rejas ni guardias de seguridad. “Islandia es el único país que conozco donde el nombre del Primer Ministro está en la guía telefónica”, me dice un turista inglés sentado en un café. Ya es muy tarde para tomar una excursión para ver a las ballenas, y los museos están cerrados, pero escucho que no hay que perderse el Museo Nacional ni la Galería Nacional, con lo más antiguo y lo más moderno, respectivamente, del arte y la cultura nórdicas.

EL AFFAIR CON EL AGUA CALIENTE
Entonces no me queda otro recurso que hacer lo que hacen todos los islandeses a altas horas de la madrugada un fin de semana: meterse a una piscina de aguas termales.

Es imposible exagerar el significado que el agua caliente tiene en Islandia. Como tienen un horno de volcanes bajo los pies, el país entero funciona a base de calor geotérmico, una forma de energía limpia que sacan de lo más profundo de la tierra. Como consecuencia, Reykiavík es la capital con el aire y el agua más limpios del mundo. Al llegar, es imposible no ver el edificio más grande de la ciudad: dos enormes tanques plateados relucientes, cada uno de los cuales contiene miles de galones de aguas termales. Cada casa y cada oficina es calentada por el agua de estos tanques, que corre por tuberías instaladas bajo las calles y las aceras de la ciudad. Más allá de Reykjavík hay cientos de manantiales calientes que surgen de la tierra y la gente se mete en ellos desde los días de los vikingos. De hecho, el viejo vocablo para referirse a estas piscinas termales, laug, es tan central en la cultura que domingo en islandés, Laugardagur, literalmente significa “día de la piscina”.

Esa conexión con el agua explica las 126 piscinas públicas en un país de 300 mil personas (Nueva York tiene 68 piscinas públicas para 8 millones de residentes). “Si quieres conocer gente de Islandia, métete a un spa o a una piscina por una tarde”, me dice mi amigo Kjartan. “Es lo que hacemos todos.” Y efectivamente, a los diez minutos de estar en el jacuzzi, la conversación con los extraños fluía como el agua caliente olor a azufre.
Puede que no haya un lugar más extraño en la tierra que Reykjavík. Pero al mismo tiempo la gente trae al paisaje una sensación de familiaridad acogedora y calmante. El pequeño Distrito 101 es un lugar maravilloso para perder el sentido del tiempo. Son las cinco de la mañana y la gloriosa luz ártica está en todo su apogeo, con una calidad cristalina que sólo se aprecia arriba del paralelo 60. Envuelta en el grueso cobertor de plumas del hotel, me dejo llevar por el sueño y alcanzo a preguntarme si la diosa Áslaug, la vikinga de los ojos azul-hielo, habrá salido de la disco, o si está empeñada en durar en pie tanto como la luz del verano.

LO QUE VIENE

Dada la popularidad creciente de la ciudad, el Distrito 101 tiende a crecer hacia el puerto histórico, que se ha convertido en un pequeño foco de actividad cultural en los últimos años. La inauguración de un nuevo teatro musical, que comenzará a construirse en 2006, confirmará el estatus de este sector como el nuevo sitio en las artes. Durante los meses de verano hay cada vez más actividades para visitantes; la más popular de ellas es el Festival del Mar, que tiene lugar durante el primer fin de semana de junio. Es una celebracion tradicional del océano, e incluye regatas y otras actividades acuáticas.

GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR
Icelandair (www.icelandair.com) vuela diariamente directo desde Baltimore y Orlando. Los precios en verano pueden alcanzar los 1200 dólares, pero en otras temporadas pueden bajar hasta 300 dólares. También Icelandair vuela desde Nueva York donde el viaje redondo tiene un costo aproximado de 860 dólares. Es posible también encontrar tarifas más baratas vía Londres, aunque el trayecto se alarga tremendamente.

CÓMO MOVERSE
El centro de Reykjavík es completamente caminable y hay autobuses frecuentes. También hay muchos recorridos de un día fuera de la ciudad, que incluyen ver ballenas, equitación, motocicletas sobre glaciares, canotaje, alpinismo sobre glaciares. Y durante el verano es aconsejable alquilar su propio vehículo. Hertz, Avis y otras empresas internacionales están disponibles, al igual que la empresa local, Alp (www.alp.is).

FESTIVALES
Del 2 al 10 de septiembre, el Reykjavík Jazz Festival toma todo el Distrito 101, desde el City Hall hasta la Ópera, y los cafés y hoteles de la zona. Los músicos han incluido a Arni Egilsson, el quinteto Dave Holland y bandas de Reykjavík. Y del 20 al 24 de octubre el Festival Internacional de Música Iceland Airwaves pone a la ciudad de cabeza con un cartel de las bandas más famosas del momento.

DÓNDE DORMIR
Al Hotel Holt (37 Bergstadastraeti; T. (354) 552 5700; F. (354) 562 3025; www.holt.is; 205 dólares por habitación doble) le gusta considerarse como “una colección de arte”, y vale la pena caminar por sus habitaciones y salones para ver las pinturas islandesas de los siglos XIX y XX.

El Hotel Borg (9-11 Posthusstraeti; T. (354) 551 1440; F. (354) 551 1420; www.hotelborg.is; 222 dólares por habitación doble con desayuno incluido) da al Austurvollur, la vieja plaza de la ciudad, al lado del Parlamento y la Catedral, y ha sido un lugar famoso desde 1930. Hace poco le restauraron su imagen original art déco. Tiene 50 habitaciones decoradas con muebles de ese periodo.

La casa de huéspedes Guesthouse Anna (16 Smaragata; T. (354) 562 1618; F. (354) 562 1656; www.randburg.com/is/guesthouseanna) se ve desde afuera como un lugar futurista; por dentro está llena de antigüedades familiares de la dueña, la amable Anna Tryggvadottir McDonald. Tiene 12 habitaciones, seis de ellas con baño. Una doble con baño cuesta unos 113 dólares, e incluye un desayuno islandés con pan, carnes frías, queso y fruta.

DÓNDE COMER
Reykjavík tiene varios restaurantes nuevos de mucho estilo; uno de los más interesantes es Tveir Fiskar (9 Geirsgata; T. (354) 511 3474), un comedor calmado y sencillo, con una estación de sushi en el centro. La sopa bullabesa tiene un caldo rico en ajo, y el skyr (una especie de yogur con consistencia de queso crema típico del país) es memorable. Una cena para dos con vino cuesta unos 125 dólares.

Otro lugar maravilloso, localizado en lo que fue una maravillosa farmacia de 1916 es el Apótek (16 Austurstraeti; T. (354) 575 7900), con un hermoso comedor blanco iluminado con lámparas en forma de sombrilla. El atún con jengibre y vegetales es histórico, y las varias clases de crème brulée valen la pena. Cena para dos cuesta 110 dólares. Si le suma una copa de vino, añádale 7.60 dólares a la cuenta.

Y si bien una cena buena y barata es algo difícil de hallar en Reykjavík, el almuerzo es más fácil. En los cafés de los museos se puede comer un pan de parmesano hecho en casa con crema de vegetales, por 9 dólares (Culture House; 15 Hverfisgata; www.thjodmenning.is; diario de 11 a 17 horas; entrada: 5 dólares).

El Primavera (9 Austurstraeti; T. (354) 561 8555), un comedor lleno de columnas dentro de un edificio antiguo, también es una buena opción para algo al mediodía. El menú cambia con regularidad, pero el almuerzo de tres platos, que puede incluir una sopa de pescado cremosa, trucha y un pastel de nueces, le costará 20 dólares.

Un lugar que no es nuevo ni especialmente atractivo es Laekjarbrekka (2 Bankastraeti; T. (354) 551 4430; www.lakjarbrekka), pero es el mejor sitio para probar la cocina islandesa. La pechuga de ave negra con salsa roja cuesta 32 dólares. Laekjarbrekka también ofrece un menú para turistas (dos platos y café) por 23 dólares. Un ejemplo de una comida para turistas es la sopa de pimienta verde con perca marina y verduras.

DÓNDE SALIR EN 101
Los clubes y discos permanecen abiertos hasta que se desocupa la pista de baile durante los fines de semana, es decir, a las 5:30 horas. Cada noche les depara un destino distinto, pero al parecer Hverfisbarinn es la disco del momento, mientras que Prikid atrae a los que no pueden parar de bailar.

NASA:
4 Thorvaldsenstraeti;
T. (354) 511 1313


Thorvaldsen:

8 Austurstraeti;
T. (354) 511 1413


Rex Bar:

9 Austurstraeti;
T. (354) 551 9111


Pravda:
22 Austurstraeti;
T. (354) 552 9222

Vegamot Bistro and Bar:
4 Vegamotastigur;
T. (354) 511 3040


Prikid:

12 Bankastraeti;
T. (354) 551 3366


Hverfisbarinn:

20 Hverfisgotu;
T. (354) 511 6700


Grand Rokk:

6 Smijustigur;
T. (354) 551 5522


Glaumbar:

20 Tryggvagata 20;
T. (354) 552 6868


DÓNDE COMPRAR
Para comprar joyas de diseñadores islandeses hay que ir a Gullsmidja Ola en el Centro Comercial de Smáralind (1 Hagasmári; www.smaralind.is), y a Handverk Og Honnun por cerámica, vidrio y otras piezas de diseño netamente islandés (12 Adalstraeti; www.handverkoghonnun.is).
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