Copenhague: arquitectura de egos en una escandinava armonía
La Casa de la Ópera Fotografía de Angélica Hidalgo

Copenhague: arquitectura de egos en una escandinava armonía

Ya por causa de los caprichos de reyes, nobles y empresarios o por terribles incendios o bombardeos, Copenhague, la capital danesa, ha pasado sus últimos 500 años en constante renovación arquitectónica.
Ya por causa de los caprichos de reyes, nobles y empresarios o por terribles incendios o bombardeos, Copenhague, la capital danesa, ha pasado sus últimos 500 años en constante renovación arquitectónica. Hoy, esta ciudad de millón y medio de habitantes, la más populosa de Escandinavia, es un mosaico ecléctico de construcciones que impacta por su mezcla nada convencional de estilos.

Un breve paseo por Cristianhavn, el barrio central, y descubrirá castillos renacentistas de ladrillo rojo y cúpulas verdes de cobre patinado junto a iglesias neoclásicas de mármol blanco; más allá, a las orillas del malecón del Frederiskholms Kanal, la línea de casas coloridas de techos de dos aguas abre paso a un edificio de departamentos de concreto que por su fachada (un piso blanco y otro amarillo) es conocido como Lagkagenuset (pastel de capas), aunque en 1930 inauguró la época modernista de la ciudad. Y eso nada más en las primeras seis cuadras.

En Copenhague uno tarda en acostumbrarse a los contrastes, pero, aún a riesgo de ser atropellado por alguna bicicleta, hay que detenerse en plena calle, observar bien, tallarse los ojos para alejar el espejismo. ¿Cómo pueden hacerlo? ¿Es que estos daneses no tienen respeto por el pasado?, me preguntaba sin cesar, ahí parada en la placita frontal de la antigua Biblioteca Real, obra de los mejores ladrilleros y artesanos madereros del siglo xix, pues a su alargada nave de ladrillo rojo se agregó en 1999 una extensión moderna, un monolito de acero y vidrio recubierto de granito negro traído de África que ahora es conocido como Den Sorte Diamand (El Diamante Negro).

Con sus ocho pisos, fachada de vidrio, pisos de madera de arce, muebles de piel y plástico negro, este nuevo edificio destinado a ser librería, sala de exposiciones, restaurante, sala de lectura y “un homenaje a la herencia cultural del país” es considerado actualmente “la joya de la corona de la arquitectura danesa”, no sólo porque fue diseñado por el despacho Schmitd, Hammer & Lassen, que desde mediados de los años ochenta le ha dado forma al estilo posmoderno de la ciudad (por ejemplo, con el Museo de Arte de Arhus), tanto más porque su impresionante fusión de tiempo y espacio se ha convertido en el paradigma de la vanguardia constructiva danesa.

El mismo armonioso contraste se observa en Ny Carlsberg Glyptotek (Dantes Plads 7; T. (45) 3341 8141; www.glyptoteket.dk; de martes a domingos de 10 a 16 horas; entrada: 3 dólares), el museo de arte que guarda las colecciones de pintura impresionista y esculturas romanas, griegas, egipcias, etruscas, chinas y francesas del cervecero danés Carl Jacobsen. Este edificio de inspiración neoclásica construido en 1906, con columnas de mármol por doquier y un hermoso Jardín de Invierno bajo cuya cúpula de cristal crecen plantas subtropicales, de pronto se transforma: nuevamente el acero, los amplios ventanales a manera de techo y los pisos de mármol blanco son el envoltorio de la sorpresa. “¿Cómo llegué aquí?”, se pregunta uno confundido. Y entonces, rodeado de las esculturas de Rodin y las pinturas de Gauguin, Manet, Degas y Pissarro, se comprende el sutil logro de Henning Larsen, el arquitecto estrella de la arquitectura funcional danesa y artífice de esta ampliación de la gliptoteca en 1996.

Si estos ejemplos pueden ser suficientes para decir que Copenhague tiene una extravagante manía constructiva con cierta irreverencia, la revisión histórica no ayuda mucho a cambiar esa concepción. Todo en esta ciudad se ha erigido a causa de verdaderas excentricidades personales, como la del obispo Absalón, un cruzado insigne que previendo la ubicación estratégica en el estrecho fronterizo con Suecia construyó en 1167 una fortaleza al lado de un pequeño puerto de pescadores, propiciando así su crecimiento e indirectamente su transformación en el principal puerto comercial de Escandinavia.

O como la del rey Cristián IV, quien, decidido a embellecer su reino, dio rienda suelta a su imaginación —y a su bolsillo— y entre 1588 y 1648 construyó castillos de estilo renacentista, decorados lujosamente con jardines inspirados en el barroco parisino (como el castillo Rosenborg), observatorios astronómicos de ladrillo rojo intercalado por cuyos pasillos subieron después, con todo y carruaje, Pedro el Grande y su emperatriz (la Rundetaarn o Torre Redonda), o edificios comerciales decorados con ornamentos en piedra arenisca y cúpulas de cobre en forma de aguja como si fueran cuatro colas de dragón entrelazadas (La Bolsa de Valores de Copenhague).

Y qué decir de la del empresario naviero y petrolero A.P. Moller, que en 2004 decidió regalarle al pueblo danés un edificio de 2.5 billones de coronas (más de 40 mil millones de dólares) para espectáculos de ópera y ballet. La construcción de la Casa de la Ópera, Operaen (www.operahus.dk), en la isla de Holmen, justo frente a la emblemática estatua de La sirenita y al Amalienborg Slotsplads (la plaza octagonal, centro del barrio rococó y marco de los palacios en los que vive la familia real danesa), es un edificio diseñado por Henning Larsen, con un largo y aplanado techo y, debajo, una redonda rejilla de vidrio y metal que protege el auditorio y el vestíbulo de mármol siciliano. La plaza frontal tiene escaleras que se internan en el canal y son de pavimento de granito chino, tan caprichoso como los apodos con los que los daneses minimizan al edificio: “el tostador” o “la parrilla de auto”.

Utopías firmadas por
los grandes nombres

Copenhague es hoy día un mapa donde los arquitectos nativos y extranjeros más reconocidos han dejado y dejarán su huella. Apenas en 2004 el americano Daniel Libeskind, ahora encargado del proyecto del nuevo World Trade Center en Nueva York, concluyó The Danish Jewish Museum o Mitzvah (Proviantpassagen 6; www.jewmus.dk; en invierno: de martes a domingos de 13 a 16 horas, en verano: de martes a domingos de 10 a 17 horas; entrada: 6.5 dólares), ubicado dentro de un edificio histórico: la Casa Real de Puerto, un arsenal que data del siglo xvii y al que se accede por el patio interior de la vieja Biblioteca Real.

Cuando se construyó la Biblioteca Real en 1906, la Casa Real de Puerto pasó a formar parte de ella, pero cuando se hizo El Diamante Negro, en 1999, se restauró y cambió de uso. Así, inspirado en la particular historia judía de los daneses, en que muchos fueron salvados de la persecución nazi por sus compatriotas, el edifico de ladrillo se transformó para simbolizar este hecho positivo en la forma, la estructura y la iluminación. Se recubrieron las paredes con superficies de madera ligera que lo mismo sirven de vitrinas de exhibición que de soporte para las líneas de luz que guían a los espectadores. Se creó un pasillo con la forma de las letras Mitzvah (que significa “buena acción”) por donde el visitante camina “como si fuera un texto dentro del texto”, y se pusieron pisos inclinados, como si todo adentro resintiera el vaivén del mar escandinavo.

Sir Norman Foster, el inglés maravilla autor de la restauración del Reichstag alemán y premio Pritzker de Arquitectura en 1999, comenzó a construir desde 2003 la nueva Casa del Elefante y las rejas del Zoológico de Copenhague, ubicado a un lado del Frederiksberg Palace. La Casa del Elefante, una estructura de 1914, alberga un grupo de paquidermos de la India, los más famosos de los casi 3 mil animales que tienen los daneses en este parque, pero su nueva casa será, a finales de 2007, una estructura con dos aberturas cubiertas de domos de vidrio y rampas que corren alrededor de los domos para el disfrute de los visitantes.

El singular diseño, que recuerda una colina con ojos de mosca, es el resultado de una investigación de los hábitos de los elefantes libres —a los que les gusta dormir juntos y caminar en línea—, y el objetivo de Foster es restaurar la relación visual del zoológico con el parque, proveyendo espacios de fácil acceso, barreras discretas entre los animales y los espectadores y hasta una alberca que mantenga la estética romántica del paisaje.

En uno de los barrios emergentes de la ciudad, el francés Jean Nouvel, creador de la Ópera de Lyon en 1993, terminará en 2008 la nueva Sala Sinfónica de Copenhague, un proyecto de más de 72 millones de dólares para la National Broadcasting Company: “un misterioso paralelepípedo” que cambia de ambientes con la luz del sol y la noche y que tendrá vida nocturna con proyecciones de imágenes en sus fachadas de filtros diáfanos.

Como un homenaje discreto a los ar- quitectos Theodor Lauritzen y Hans Scharoun, cuya arquitectura, considera Nouvel, “no debe nunca olvidarse”, la Sala Sinfónica tendrá un mundo interior, literalmente: una plaza central cubierta con una línea de tiendas, restaurante y bar justo debajo de la sala de conciertos. Con un foro para 1,800 personas, además de sala de grabaciones y estudios, la sala de conciertos será una estructura con cascadas de plataformas de madera que contrasten y sorprendan por su combinación, como el mundo de los músicos, con patios y terrazas de vegetación. Para Nouvel la arquitectura es como la música, hecha para mover y deleitarnos, y su obra, no sólo por misteriosa, es de las más esperadas por la comunidad.

También la iraquí-inglesa Zaha Hadid, Premio Pritzker 2004 dejará su huella en la ciudad. La arquitecta, cuyo estilo se centra en volúmenes delgados, proyectados, puntiagudos que giran alrededor de centros excéntricos o con espirales, tendrá lista para finales de este año la sorprendente nueva ala del Museo de Arte Ordrupgaard (www.ordrupgaard.dk), al norte de Copenhague. Lo que ha descrito como una oportunidad para explorar la relación formal entre el paisaje y la arquitectura, se ha convertido en un edificio de líneas abstractas de concreto negro que sigue la traza irregular del terreno y cuyas fachadas de cristal se van degradando en transparencia para integrar un jardín que se encuentra alrededor, las salas de exhibición parecen contenedores que se ensamblan por partes pero que en el interior siguen unidos por rampas de circulación.

Todo parece indicar que un nuevo panorama constructivo dominará el futuro danés orientando sus propuestas hacia el terreno de la utopía. Acostumbradas a la autosuficiencia creativa, las nuevas tendencias de la arquitectura exploran ya opciones que repiensen el país y den soluciones ambientales a los problemas ecológicos del puerto, o a la baja natalidad, o a la demanda de casas baratas para los jóvenes profesionistas, e incluso al inevitable envejecimiento poblacional. Estos fueron los temas de la exposición “Too perfect: Seven New Denmarks” (www.tooperfect.dk), mostrada en el Dansk Design Center (HC Andersens Boulevard 27; T. (45) 3369 3369; www.ddc.dk; de lunes a viernes de 10 a 17 horas, miércoles hasta las 21 horas, sábados y domingos hasta las 16 horas) e ideada por el influyente diseñador Bruce Mau, que ha dejado onda huella en el ánimo de los daneses.

Los pasos de Hans
La Copenhague que hace dos siglos impactó profundamente al joven Hans Christian Andersen en cierta forma sigue ahí. Apenas aterrizar, uno se siente como aquel muchacho de 14 años que se embarcó desde su natal Odense para buscar fortuna en los escenarios del bullicioso puerto.

Fue tal la impresión que le causó el ajetreo de barcos, cargueros y pequeñas embarcaciones que las plasmó en su cuento La gota de agua, donde el hechicero Crible–Crable, tras examinar una gota de agua a través de una lupa, se da cuenta de la existencia de un sinfín de animalitos yendo de un lado a otro, saltando, brincando y devorándose mutuamente. “Es Copenhague o cualquier otra gran ciudad, todas son iguales, es una gran ciudad la que sea”, reía Crible–Crable.

Pero ya no es como cualquiera. Hoy arribar a la ciudad de Copenhague sigue siendo una experiencia impresionante no por el vocerío del puerto sino por todo lo contrario. El aeropuerto es en sí mismo una bienvenida al estilo simple y funcional de los daneses y un sitio para ensayar sus armoniosos contrastes, por ejemplo, el arte y la luz como una constante de sus espacios. Henning Larsen y Vilhem Lauritzen dejaron en 1998 su huella arquitectónica moderna y práctica, basada en estructuras de acero, vidrio, aluminio y granito. La terminal 3 (de vuelos internacionales) fue inspirada en una ala de avión y consiste en dos dobles y curveados triángulos a cada lado de una cinta de tragaluces que corre a lo largo del edificio. El rasgo distintivo son dos columnas de 22 metros que soportan el techo y permiten que el interior se llene de luz.

Pero además, las paredes, pisos, techos, restaurantes, tiendas y hasta las salas de documentación y de abordaje se llenan con esculturas de vidrio de palomas congeladas en pleno vuelo (The master of the air, Gate D2, Pier D), muebles diseñados ex profeso para hacer juego con la luz y los espacios del aeropuerto (Twin chair por The Partout Café Furniture Series), estatuas de caballos y centauros hechas de vidrio (Arcadia, Pier West, Terminal 2), mosaicos abstractos como si fueran laberintos de granito negro en el piso y esculturas de bronce de muchachas disfrutando la vista desde el balcón (Girls at the airport, Terminal 3).

Suficiente para relajarse tras un vuelo de 14 horas, pero no para los daneses. A la salida del aeropuerto una construcción menos exótica en su origen aunque igualmente monumental recibe a los azorados viajeros: el Puente de Öresund, una obra de 16 kilómetros de largo con una línea de tren debajo que desde hace cinco años une el aeropuerto de Copenhague con Malmo —la tercera ciudad de Suecia y actual centro comercial de Escandinavia—, es el más reciente ejemplo de la transformación paulatina que experimenta el país y que ha acuñado un lenguaje propio dentro de la corriente neomodernista mundial.

Ya que los gobiernos de Dinamarca y Suecia han centrado su interés en la región de Öresund —considerada el Sillicon Valley de la industria farmacéutica mundial, pero con poco atractivo popular—, hay mucha expectativa sobre el desarrollo de nuevos “hábitats” en la región. Mientras tanto, un poco porque en este año todo el país se encuentra inmerso en los festejos por el bicentenario del nacimiento del escritor de cuentos infantiles más famoso de todos los tiempos, resulta imposible no sentirse identificado con él.

Los ojos con los que el viajero mira siempre encuentran algo fantástico, como en esa gota de agua del brujo Crible–Crable. Así, en este país de cinco millones de habitantes, que entre sus anales de curiosidades cuenta la anécdota de haber interrumpido la revolución por causa de la lluvia; donde 40 por ciento de sus pobladores creen vivir en la sociedad perfecta (según una encuesta realizada para la integración europea); donde la bicicleta es el transporte más popular y los niños crecen rodeados de las sillas-huevo de Arne Jacobsen (famosas porque decoraron los sets futuristas de la película Odisea del espacio), los arquitectos y diseñadores son venerados como estrellas de cine.

Tanto que hasta puede decirse que el idioma del diseño de interiores contemporáneo es el danés. Desde las sillas con formas de huevo o cisne, hasta lámparas de precisión en la dispersión de la luz o cafeteras de filtrado manual, los daneses han acuñado un estilo que funde lo práctico con lo elegante y el arte con lo funcional. En palabras de un orgulloso danés se describiría así: simplicidad sin tiempo, calidad de materiales y funcionalidad.

La añeja tradición danesa del diseño industrial de armarios, muebles, vitrinas y piezas de cerámica y vidrio ha influenciado la escena internacional con sus productos desde los años sesenta, por ejemplo atrayendo al entonces joven director de cine Stanley Kubrick, pero también a los modernos entusiastas de la innovación de espacios, que con recorrer la calle comercial Ströget pueden llevar un poco de ello consigo. Incluso han creado un premio (INDEX) para diseñadores en categorías como Cuerpo, Casa, Trabajo, Juegos y Comunidad, avalado como “la arena mundial para el diseño futuro”.

El nuevo puerto
Detrás de la ventanilla del auto los ciclistas atrapan la mirada. Abuelas, mujeres embarazadas, jovencitas en traje o con tacones y minifalda usan la bicicleta sin pudores, seguros de su prioridad de paso ante los autos. En un día soleado del verano, todos los daneses salen en busca del bronceado perfecto, y el paisaje citadino, lleno de jardines con lagos y patos nadadores, fuentes y rosales, se transforma en un gran asoleadero donde se puede beber y comer sin problemas.

Como si fuera un imán, el puerto de Copenhague ejerce su propio atractivo. La larga y descuidada línea de almacenes, casas viejas (algunas de 1600) y muelles que hasta hace unas dos décadas eran comunes, han sido restaurados con nuevos usos. Un cierto aire bohemio se ha apoderado de los muelles, donde cafés de decoración minimalista, bares con exaltaciones vikingas y otros lugares para disfrutar la música son ya mayoría, aunque los daneses prefieren las orillas de los canales o las cubiertas de sus propias embarcaciones, donde puede vérseles recostados en sillas reclinables, asando salchichas o bebiendo. Tal vez por eso al Nyhavn (puerto nuevo) le llaman “el bar más largo de Europa”, pero eso también se dice de otros puertos ingleses.

Uno de esos almacenes, Gammel Dok Pakhus, que data de 1882, se ha convertido en el Dansk Arkitektur Center (Strandgade 27-B; T. (45) 3257 1930; www.dac.dk; diario de 10 a 17 horas), un lugar para exhibiciones, conferencias, con restaurante y talleres, que cada domingo del verano ofrece paseos arquitectónicos gratuitos por los alrededores (sólo en danés e inglés). El almacén, situado justo frente al puerto, tiene un techo colosal que contiene tres niveles de áticos y dos balcones de vidrio orientados hacia el canal.

Su historia, caprichosa y sinuosa, es también una de las razones para considerarlo un sitio emblemático, pues desde ahí el rey Cristián IV mandó retrazar la ciudad y ordenar el viejo puerto. Primero le presentaron un proyecto de ocho calles diagonales que salían de la plaza principal, pero como no le gustó, pidió que se hiciera una nueva versión en cuadrícula. Por fin, el Cristianhavn (El puerto de Cristián) permitiría mover mercancías mucho más rápido y pronto fue el centro de un barrio de comerciantes y marinos, donde aún hoy pueden verse las casas más representativas de la época, como la 52 y la 56, que datan de 1688 y pertenecían al mayor Mikel Dibes Gaard, según una inscripción, ya un poco borrosa, en el marco de la entrada.

Si por sí mismos los canales son el orgullo de la ciudad, la bulliciosa vida bohemia que ha comenzado a proliferar a sus orillas sólo puede entenderse a partir de la restauración integral de las mismas. Lo mismo puede uno caminar por los alrededores de los apartamentos del Unicornio (Enhjorningens), en las calles de Overgaden neden Vandet y Wildersgade, ahora muy populares entre los abuelos daneses, y de repente encontrar cloacas y postes de luz diseñados por Henning Larsen en su muy funcional estilo, o descubrir que el pavimento es de granito chino color amarillo y se trajo desde allá para que no desentonara con el original.

El área solía ser un viejo atracadero de barcos pero, a partir de la construcción del edificio de 300 apartamentos en 1999 como parte de la restauración integral del puerto, es una zona de paseo para los nativos y los turistas que no dejan de torcerse el cuello queriendo abarcar la estructura continua blanca sólo interrumpida por sus balcones. Como estos departamentos, muchos otros almacenes a lo largo de Cristianhavn se han restaurado para usos de oficinas y casas, la mayoría con un sofisticado uso de materiales como acero y vidrio, aunque algunos han usado cobre para combinar con el tono verde pátina que destaca a la ciudad. Es el caso de la oficinas centrales de Nordea, justo a la vuelta de los edificios del Unicornio. Un complejo de tres edificios de seis pisos, con grandes ventanales de vidrio negros cubiertos de rejillas de cobre que con el tiempo se harán verdes por su proximidad con el agua salada.

El hecho de que los pasajes peatonales, las fuentes y los asientos con vista al canal estén permanentemente vigilados por videocámaras ha sido la causa de que muchos daneses no se hayan apropiado del sitio, aunque su soledad puede ser una ventaja para los enamorados. “Es que parecen hechos para hacerte sentir pequeño, uno siente que no encaja en este lugar”, le dirán si pregunta con insistencia.

Hoteles a la danesa
Pero si bien esta metamorfosis de cosmopolitismo se enfoca en el puerto, comenzó hace ya varias décadas en sus hoteles. Si el edificio no fue diseñado por algún famoso arquitecto danés, como el céntrico Palace Hotel (www.palace-hotel.dk; habitaciones desde 170 dólares), obra del arquitecto art noveau Anton Rosen o el SAS Royal Hotel, del funcionalista Arne Jacobsen, entonces los interiores fueron creados siguiendo la tradición nacional: la forma sigue a la función.

Es el caso del Hilton (Ellehammersvej 20; T. (45) 3250 1501; F. (45) 3252 8528; www.hilton.com; desde 139 dólares), cerca del aeropuerto, cuyas instalaciones lucen los elegantes muebles y arte danés de los años cincuenta y sesenta, o el Hotel Alexandra (HC Andersens Boulevard 8; T. (45) 3374 4444; F. (45) 3374 4488; www.hotel-alexandra.dk; desde 182 dólares), que tiene cuartos adornados con el estilo personal de artistas y diseñadores como Jacobsen y Finn Juhl.

De todos ellos el SAS Royal Hotel (Hammerichgade 1; T. (45) 3342 6000; F. (45) 3342 6100; www.radissonsas.com; habitaciones desde 260 dólares), construido en 1960, merece mención aparte, no sólo por su autor, sino porque fue el primer hotel del mundo pensado en torno al diseño. Este edifico, con vidrio polarizado en azul y acero en estructura, tiene las famosas sillas Jacobsen en forma de huevo o cisne por todas las habitaciones pues de las originalmente diseñadas han comprado 450 copias adicionales. Cada habitación sencilla tiene una silla de huevo y las dobles un par de las mismas. El lobby tiene también estos muebles, pero tapizadas con piel roja brillante o negra. El restaurante gourmet del piso 20, Albert K, es ya una leyenda que combina sutilmente la comida italiana y la danesa, pero la gema del hotel es la habitación 606, en el sexto piso, que recientemente ha sido restaurada para deleite de los entusiastas del diseño que quieren experimentar un viaje a los años sesenta. Para los menos afortunados hay postales del cuarto y hermosas fotografías que podrían consolarlos, pero no están a la venta, sino sólo disponibles para los ocupantes.

El niño nuevo de la hotelería de diseño es el Hotel Fox (Jarmers Plads 3, 1551; T. (45) 3313 3000; F. (45) 3314 3033; www.hotel-fox.dk; desde 154 dólares), abierto en abril de este año con la participación de 61 artistas —desde grafiteros y diseñadores hasta ilustradores—. A pesar de que la idea se ha ensayado en otros sitios, es un mosaico de los más diversos estilos urbanos para un turismo joven basado en la movilidad y precios accesibles.

Más allá del smorrebrod
En la parte gastronómica también puede decirse que está ocurriendo una mutación, en parte debida a la fusión de las cocinas italiana y francesa que han extendido el repertorio danés. Además del smorrebrod —un sándwich abierto y decorado con pepinos y pimiento—, los quesos y la tabla de pescados y carnes frías o la variedad de comida vegetariana, ahora sorprende encontrarse por toda la ciudad restaurantes pakistaníes, indios, iraníes, franceses, italianos, turcos y hasta mexicanos, aunque esta clasificación sólo se deba a algunos condimentos picosos.

En Dinamarca se come a las 8 de la noche, así que el desayuno tiene una importancia vital. Hay una variedad importante alrededor de la calle del canal Hojbro Plads y Gammel Strand, pero la especialidad es la comida de mar, mientras que en la parte central de Kongens Nytrov encontrará los cafés de moda. En Nyhavn tendrá a su disposición las pintorescas tabernas ahora convertidas en restaurantes y bares, como el restaurante y café Zeleste (Store Strandstræde 6; T. (45) 3316 0606; www.zeleste.dk; de lunes a sábados de 10:30 a 1 horas, domingos hasta las 24 horas; menú de 3 tiempos: 53 dólares), donde podrá encontrar los típicos desayunos o almuerzos daneses, con tiras de salmón, huevo y salchichas.

Uno de los más genuinos restaurantes daneses para disfrutar los smorrebrod es el Huset Med Det Gronne Trae (Gammeltorv 20; T. (45) 3312 8786), ubicado en una casa de 1796 en pleno centro de Copenhague. En Ida Davidsen, en cambio, el pan de centeno viene coronado de langostinos y una gran variedad de manjares del mar (Store Kongensgade 70; T. (45) 3391 3655; www.idadavidsen.dk; de lunes a viernes de 10 a 16 horas; un smorrebrod cuesta entre 8 y 20 dólares). Pero también está Floras Kaffe Bar (Blaagaardsgade 27; T. (45) 3539 0018) en el área de Nörrebro, un barrio donde viven muchos inmigrantes y daneses progresivos que en pocos años han transformado la zona en un corredor de restaurantes “étnicos” que vale la pena visitar. Y para comer estupendamente en una de las mueblerías de diseño más importantes de Copenhague —con piezas Vitra y Fritz Hansen—, está Paustian, imperdible (Kalkbraenderilöbskaj 2; T. (45) 3918 5501; www.restaurantpaustian.dk; de lunes a sábados de 12 a 15 y de 18 a 24 horas; alrededor de 50 dólares).
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