Retorno a la modestia de Nueva York
Seguridad y modestia se han impuesto como los nuevos requisitos de la arquitectura neoyorquina. La ciudad vuelve a ser objeto de ambiciosos proyectos que aseguran esa sublime estética minimalista que es señal de nuestros tiempos.
El Flatiron, el Lipstick, las Torres Gemelas. En Nueva York los rascacielos llevan sobrenombres cariñosos, como si se tratara de hijos de los que cada neoyorquino se siente responsable. Los nombres de Richard Meier, Rafael Viñoly o Frank Gehry van y vienen en boca no sólo de los entendidos sino de los transeúntes que no se resignan a no ser parte del espectáculo de una ciudad que no se cansa de sorprenderse a sí misma. Y para estos arquitectos de prestigio es siempre un desafío construir en una ciudad donde hay poco espacio, muchas regulaciones urbanísticas y la necesidad de hacer rentable hasta el último centímetro cuadrado.
Pero después de ver que sus ansias monumentales tenían precio, que se pagaban en sangre, fuego y cenizas, a Nueva York le ha costado volver a la fiebre de los proyectos y las construcciones monumentales con que solía sorprender al mundo antes del 11 de septiembre. Sin embargo, no se ha dejado, ni mucho menos, de construir en la Gran Manzana. Sólo la escala ha cambiado. Ya no parece haber espacio para grandes edificios preocupados sólo por ser altos y vistosos sin importar lo que pasa a sus pies. Lo mejor de la creatividad arquitectónica neoyorquina se ha volcado a la rehabilitación de espacios urbanos, y a la creación de nuevos hitos que fortalezcan la identidad de sus barrios y sean para los transeúntes fáciles de querer e incorporar a sus vidas.
El delirio de los años ochenta y noventa ya es obsoleto, un bache de mal gusto que el dinero y la ambición desmedidos dejaron en el panorama urbano. El comienzo del siglo xxi parece estar marcado por un regreso a las siluetas rectilíneas, depuradas, diáfanas y minimalistas. Como si los grandes nombres de la arquitectura se hubiesen puesto de acuerdo en buscar la transparencia, el equilibrio y la armonía, para que la ciudad que nunca duerme pueda al fin descansar.
El miedo y la libertad
Es justamente esta modestia lo que más se le ha criticado a la Freedom Tower, el proyecto ideado por Daniel Libeskind y David Childs para llenar el solar de 6 y media hectáreas donde antes estaban las Torres Gemelas, en la cuadra delimitada por las calles Church, West, Liberty y Vesey.
El arquitecto Libeskind, americano de origen polaco, había diseñado una torre en forma de faro, privilegiando los símbolos sobre la eficiencia. No en vano fue el arquitecto del Museo Judío de Berlín, un edificio que es en sí mismo, en sus formas, un homenaje a los millones de judíos exterminados por los nazis.
Así, en el diseño original de Libeskind, la Freedom Tower estaría ubicada de tal modo que su sombra cubriera, cada 11 de septiembre —a la hora exacta en que el primer avión se estrelló contra la primera torre— siempre el mismo rincón del Jardín de los Héroes.
Simbólica era también la altura del edificio: 1?776 pies (541 metros) en homenaje a la fecha —el año— en que se declaró la Independencia de los Estados Unidos. Simbólica, por último, la forma exterior, con sus curvaturas en la cima y la delgada malla metálica que le daba una textura semejante a la de una llama, reflejo de la que lleva la Estatua de la Libertad sólo a unos cientos de metros de ahí.
Este simbolismo, el gran espacio reservado en la torre en homenaje a las victimas del 11-S, y la forma alargada y elegante del edificio, le hicieron ganar la aceptación del público (que tuvo derecho a votar cuál de todos los proyectos presentados prefería) y los votos del gobernador del estado de Nueva York, George Pataki, y el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, a favor de ser el que reemplazaría a las desaparecidas Torres Gemelas.
Pero Libeskind sería testigo de cómo en Nueva York no basta con ganar para ser el ganador. El inversionista y encargado de construir el proyecto, Larry Silverstein, presionó al arquitecto para modificar el proyecto. Al no quedar satisfecho con los cambios que propuso Libeskind, encargó al arquitecto David Childs, el responsable del nuevo —y según muchos, espantoso— edificio de Time Warner en Columbus Circle, la tarea de hacer que la Freedom Tower fuese más segura y más rentable.
Así se redujo el número de pisos a 77, se quitó la malla metálica que la cubría, se sacrificó la turbina de viento que iba a producir 20 por ciento de la energía del edificio, y se eliminó gran parte del jardín vertical que iba a servir de homenaje a las víctimas del 11-S.
Los problemas de la contrahecha pareja de arquitectos no tardaron en hacerse públicos. Una y otra vez Libeskind amenazó con dejar el proyecto, y una y otra vez volvió para ver cómo otra de sus ideas originales era sacrificada en aras de la seguridad.
Porque ante todo la Torre de la Libertad será una fortaleza preparada para cualquier tipo de desastres. Con sus pisos especiales para bomberos, sus filtros químicos y biológicos, sus ascensores secretos, sus vidrios ultra sensibles. La altura misma del edificio (que no puede competir con sus similares de Chicago, Taipei o Dubai) es el tributo que ha tenido que pagarle la ambición al miedo. Larry Silverstein, que aún no ha logrado alquilar ninguna de las oficinas, advirtió a los arquitectos que no quería construir un imán para terroristas.
De hecho, hasta el vetusto Empire State Bulding, con 102 pisos, tiene más que la Freedom Tower. Ha sido justamente esta altura y su relativa modestia lo que más se le ha criticado al proyecto. Una torre donde había dos, menos espacio de oficina, menos altura y menos ambición. Como Donald Trump (que propuso volver a construir las Torres Gemelas), no pocos arquitectos y críticos de arquitectura han visto en la Freedom Tower una humillante rendición, antes que un símbolo de la resistencia de la ciudad ante el miedo. Así, el sardónico crítico de la revista New York, Joseph Giovanni, ha lamentado que el galardonado Libeskind se haya convertido en el mero ejecutor de los deseos y aprensiones del dueño del proyecto y de la policía.
A pesar de las burlas y las críticas, la Freedom Tower es un proyecto sobrio pero imponente. En muchos sentidos, más armónico que las tan lloradas —pero en su tiempo duramente criticadas— Torres Gemelas.
Alas y transparencia
La seguridad —que encarece los costos de construcción y complica los procedimientos— fue también la razón que obligó al arquitecto valenciano Santiago Calatrava a modificar los planos de la nueva estación de metro y tren suburbano sobre el sitio del actual Ground Zero.
Gran parte de los grandes ventanales que habían sido diseñados para que la luz y el aire circularan en completa libertad han tenido que ser recubiertos de metal, y el gigantesco hall ha sido interrumpido por un muro de contención.
Sigue en pie la extraña estructura móvil de metal blanco en el techo, que hace que la estación parezca el esqueleto de un dinosaurio extinto. En primavera y verano se supone que la estructura se abrirá y la estación dejará de tener techo para permitir que entre la luz del sol. También, cada 11 de septiembre y en palabras de Calatrava, la estación “abrirá las alas al nuevo mundo, la nueva vida y la esperanza”, convirtiéndose no sólo en el nudo de conexión entre metro y tren suburbano más grande de la ciudad, sino en un verdadero monumento a los miles de personas que encontraron, en este exacto lugar, la muerte.
Espacios, transparencia, luz, discreción y alta tecnología son también los lemas detrás del nuevo edificio que Renzo Piano —el mítico arquitecto de la Potsdammer Platz de Berlín y del museo George Pompidou de París— ha diseñado para el New York Times en la calle 40 con la Octava Avenida.
Al ver los planos de este edificio, lo que más se destaca es la transparencia, en parte símbolo de su destino como casa matriz del diario más importante del país, en parte para ofrecer un contraste con el torbellino de neones, ruidos, y los edificios chillones y poco armónicos que lo rodean. Así, el nuevo edificio de New York Times quiere ser un punto de luz y elegancia en medio del tráfico, la cercana estación de autobuses, los puestos de papas fritas y las tiendas de electrónica barata. Ante ese panorama, aportará una nota de neutralidad, luz, paz, reflexión y espera. Sus formas son puras y simples, simétricas. Una torre de 52 pisos, contenida en una armazón de cilindros a la vista, adosada a una plaza recubierta de cristal.
Los tubos cerámicos que recubren la fachada cambiarán de color según la luz que en ellos se refleje. Así el edificio será un rincón de cielo en medio de los neones de Times Square. Su vestíbulo, amplio y luminoso, alojará un anfiteatro, restaurantes y un jardín interior, dándole a esta parte de la ciudad más bien desalmada un espacio cultural del que actualmente carece.
La redacción del diario, que se extenderá desde el segundo hasta el séptimo piso, estará iluminada todo el tiempo, convirtiéndose “en una gigantesca linterna mágica permanentemente activa y constantemente iluminada”, según su creador Renzo Piano. Dos jardines, uno en la cima del vestíbulo y otro en la cima del edificio, completan el ambicioso plan.
Así, con su silueta sutil y diáfana, la torre de Renzo Piano —una de las personalidades más prominentes de la arquitectura contemporánea— no quiere ser un rascacielos más, sino uno menos. Su propuesta invisible pero a la vez suntuosa inicia un cambio cualitativo en la vida de este barrio anodino, que hasta ahora nadie quiere detenerse a mirar, tal vez logrando así su tan añorada gentrification.
Gentrification
Gentrification es un concepto intraducible, propio de la idiosincrasia misma del neoyorquino. Consiste en la transformación lenta pero implacable de un barrio popular, marginal o peligroso en un barrio de moda en el que los valores de las propiedades duplican o triplican su precio.
Todo suele empezar con los artistas que buscan arriendos baratos. Una vez instalados, vienen los restaurantes, los talleres de diseño, y finalmente los turistas. Así ha ocurrido con SoHo, Tribeca, East Village y Chelsea, todos ex barrios de mala muerte en los que nadie que quisiera preservar la vida o la inocencia se atrevía a pasear, y hoy vecindarios de lujo desde los que el estilo y la moda irradian al resto de la ciudad.
El Meatpacking District, viejo mercado mayorista de carne, milagrosamente enclavado entre el Village y Chelsea, tarde o temprano tenía que sucumbir a la gentrification. Así sus calles de pavimento graso en las que crece la maleza vieron llegar restaurantes franceses como el Pastis (9 Ninth Ave. y Little W. 12th St.; T. (212) 929 4844; www.pastisny.com; diario de 9 a 2 horas, lunes de 9 a 24 horas; alrededor de 35 dólares), bares de moda como el Rhone (63 Gansevoort St.; T. (212) 367 8440; www.rhonenyc.com; de lunes a viernes de 17 a 4 horas, sábados y domingos de 13:30 a 4 horas; alrededor de 35 dólares), el lujoso —aunque arquitectónicamente banal— hotel Gansevoort (18 Ninth Ave.; T. (212) 206 6700; F. (212) 255 5858; www.hotelgansevoort.com; habitaciones desde 435 dólares) y tiendas como la de Stella McCartney (www.stellamccartney.com) o Calypso (654 Hudson St.; T. (646) 638 3000; calypso.nyws.com).
El lugar también vio fracasar, gracias a la protesta de los vecinos, el proyecto más ambicioso del francés Jean Nouvel —uno de los arquitectos más caprichosos e inspirados del momento y autor de la torre Agar en Barcelona—, una serie de edificios de departamentos de lujo, de treinta pisos cada uno.
Ahora son las vías de tren en desuso que sobrevuelan el barrio el centro de todo tipo de especulaciones arquitectónicas. Sobre esas vías, en plena calle Washington con la calle Little West 12th, el DIA Center, la más vanguardista de las fundaciones artísticas de la ciudad, piensa instalar su nuevo museo.
Pero una vez más es la modestia la principal característica del proyecto, diseñado por el arquitecto Roger Duffy, autor del muy vanguardista museo Skyscraper en Battery Park, cuyos suelos de vidrio trasparentes recuerdan una película de ciencia ficción.
El proyecto del nuevo DIA Center consta de dos edificios, de dos pisos cada uno, que intentan perderse en el paisaje melancólico y postindustrial de las orillas de la ciudad mientras sus ventanales miran hacia el vecino río Hudson. El proyecto de Duffy usa las vías de tren elevado como límite y deja espacio para que el mercado de carne siga a orillas del edificio, funcionando como siempre lo ha hecho.
En síntesis, el proyecto del DIA Center es todo un manifiesto anti Guggenheim de Bilbao, o sea, un edificio en el que lo más importante son la colección de pintura y las instalaciones artísticas que alberga, y no los caprichos del arquitecto que lo construyó.
Al mismo tiempo, la pareja dorada de la nueva arquitectura, Diller + Scofidio, que unen el arte conceptual y la arquitectura, autores de instalaciones en el JFK y de un proyecto de galería en Chelsea, han diseñado un parque sobre las vías que esperan empezar a construir en los próximos meses. De respetarse el proyecto a carta cabal, sería uno de los parques más bellos y originales de la ciudad. La pareja —marido y mujer además de socios— han decidido no luchar contra el aspecto melancólico y desolado de estas vías de tren, abandonadas desde hace mucho tiempo, sino sacar partido del él. Las vías quedarán ahí mismo, como la hierba parda y oxidada que ha crecido entre ellas. Bosques de hayas blancas, galerías y espacios de cristal completarán el conjunto.
Debajo de las vías, más muros de cristal crean salas de espectáculos, restaurantes o simples paseos peatonales que convertirán el Meatpacking District en una perfecta fusión entre el pasado portuario e industrial de la ciudad y su futuro vanguardista y turístico.
De frente al Hudson
Unas cuadras más abajo, por la misma calle Washington, en la esquina de Perry Street, Richard Meier, el creador del MACBA de Barcelona, acaba de inaugurar tres edificios. No muy altos ni muy espectaculares, las tres torres son sin embargo parte de uno de los desafíos mayores de la urbanística neoyorquina: hacer que la costanera suroeste de Manhattan deje de ser una sucesión de hangares y paseos siniestros y se convierta en otro nuevo vecindario de moda.
Los edificios son de proporciones discretas y de altura media baja para la escala neoyorquina, y su minimalismo transparente y plateado, con vidrios laminados y paneles de metales blancos, es un auténtico bálsamo visual. Sin embargo, el hecho de que sus seis pisos dominen el pequeño y pintoresco barrio del West Village donde están ubicados es la primera señal de las intenciones de los agentes inmobiliarios que concibieron el proyecto: atraer a este barrio un tipo muy específico de inquilinos: los artistas. Artistas ricos, eso sí, sin hijos, que quieran dividir los espacios amplios y diáfanos entre taller y hogar al mismo tiempo. Y si no son artistas, bastará con que sean ricos con ganas de tener espacio, algo cotizadísimo en esta ciudad. Cada edificio está compuesto de seis departamentos estilo penthouse, cada uno con vista privilegiada hacia el río y la ciudad, y hay dos muelles nuevos, con espacios verdes, bancos, paseos peatonales, ciclovías y sombrillas para enamorados.
El proyecto de una nueva costanera junto al Hudson se completa con una enorme área verde que rodeará toda la orilla occidental de la isla, uniendo así el Riverside Park (de la calle 72 a la 158) con el Battery Park, en el extremo sur.
A esa misma altura pero al otro lado (en el South Street Seaport, un histórico mercado de pescado convertido en zona de gentrification), bordeando el East River, Frank Gehry —el famoso arquitecto del Guggenheim de Bilbao— lleva años tratando de empezar la construcción del nuevo Guggenheim del Lower Manhattan. Se trata de una gigantesca estructura que intenta imitar las curvas de las olas. Nada en él es simétrico o banal, todo es nuevo, inesperado, como si asistiéramos a una pesca milagrosa de peces que se retuercen y bailan ante nuestros ojos. Pero ese mismo vanguardismo ha impedido, hasta ahora, que se concrete. Los vecinos se han quejado de ella. Y el famoso museo neoyorquino de Gehry ha entrado a una etapa de rediseño de la que debería volver a emerger próximamente para empezar a ser realidad.
Harlem vuelve a figurar en el mapa
El edificio Courtyard Marriott de Harlem, diseñado por el arquitecto mexicano Enrique Norten, nace —como tantos otros en la nueva Nueva York— del afán de construir rascacielos con los pies bien anclados en el suelo.
Sus 34 pisos contrastarán irremediablemente con un barrio donde pocos edificios sobrepasan los seis. El lujo y la modernidad de la torre, que albergará tanto un hotel cuatro estrellas como apartamentos de lujo estilo loft, tampoco parecen a primera vista encajar con el gueto lleno de vendedores callejeros y niños escuchando rap a todo volumen sentados en la vereda. Pero son justamente la pobreza y el atraso del barrio lo que han ayudado a Norten, cuyo afán de hacer visible a Harlem —y devolverle un lugar importante dentro de Nueva York— le ha conseguido el apoyo y el entusiasmo de los líderes vecinales y políticos de la zona.
Así, en parte gracias también a que Bill Clinton ha instalado en Harlem sus oficinas, se habla cada vez con más frecuencia de un renacimiento de este barrio del norte de Manhattan y de su integración a la trama de la ciudad.
Situado en la esquina de la calle 125 y Park Avenue, al lado del tren que conecta a los neoyorquinos con los suburbios más lujosos, el edificio de Norten se construye sobre las ruinas de estacionamientos desiertos. Lo rodean, sin embargo, variados edificios de finales del siglo XIX que serán pronto restaurados. Las town houses marrones, de tres pisos, y los departamentos amplios y sólidos, esperan también que la llegada del hotel de lujo los revalorice, tanto como a un barrio que ha conservado intacto el estilo clásico del Nueva York de comienzos del siglo XX.
El nuevo hotel quiere poner a Harlem en el mapa. Sus sorprendentes curvas harán que el Harlem Park se distinga de los otros rascacielos no sólo por ser el único al norte de la calle 110, sino por su perfil arriesgado, inusitado y novedoso, el perfecto símbolo del espíritu de Harlem, que ha sido el escenario de tanta revolución musical, desde el jazz hasta el soul, el rap y el hip-hop.
La base de la torre será un gran volumen de cristal transparente, 17 kilómetros cuadrados de espacio comercial en la primera y la segunda plantas, y una terraza con sala de banquetes. Norten y su equipo han querido darle color a ese gran volumen, rodeándolo de cristales verdes, naranjas y azules.
El volumen de 5 niveles de oficinas y espacios comerciales se desplaza hacia un nivel destinado a los eventos públicos, que albergará una variedad de servicios, como restaurantes, spa, centros de convenciones y piscina con terraza.
El Marriot Courtyard Hotel, de 220 habitaciones, sólo ocupa la parte baja de la torre, mientras arriba se extiende un bloque habitacional, amplias unidades de lofts que transforman al edificio en sí, con sus nuevos habitantes —venidos de todas partes de la ciudad, del país y del mundo—, en un foco de transformación del barrio que, de ser un reducto afro, pasará a ser parte de la mezcla abigarrada de todo Nueva York.
En las fronteras del Village
El Bowery, en la frontera entre el SoHo y el East Village, no necesita de gentrification. Ha dejado hace décadas de ser una de las zonas más peligrosas y sucias de la ciudad para convertirse en el hogar de toda suerte de artistas e intelectuales que aguantan las pésimas instalaciones del barrio a cambio de su indudable encanto.
Si el alma del Bowery ha cambiado, su apariencia sigue siendo la misma que en los años 40. Galpones desvencijados comparten el espacio con estacionamientos vacíos, restaurantes chinos, mercados de pescados semipodridos, edificios en ruinas y veredas destartaladas.
Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa han instalado en la peor parte del sector, un poco más arriba del barrio chino, el proyecto del Nuevo Museo de Arte Moderno de la ciudad.
Ahí, en Bowery 235 (esquina con Prince), entre fábricas de ollas asiáticas y mercados de baratijas, la pareja nipona erigirá una estructura blanca, impecablemente luminosa, que busca devolverle al sur de Manhattan el papel de polo cultural de la ciudad.
Sejima y Nishizawa, autores del Zollverein School en Essen, Alemania, cansados de construir espacios trasparentes, han diseñado un edificio rectangular, de muros blancos, roto por ejes y cuñas de zinc y acero, que van en distintas direcciones quebrando una a una las líneas rectas del edificio. Su trabajo recibió el premio al mejor proyecto presentado en la ciudad el año pasado.
Un poco más arriba, en Cooper Place y la calle 7, Morphosis (una oficina de arquitectos que prefieren esconder sus nombres y rostros) está construyendo una nueva sede para la Union Cooper, la más prestigiosa escuela de diseño y arquitectura de la ciudad.
El edificio, como la escuela, quiere estar a la vanguardia del pensamiento arquitectónico. Por fuera parecerá sólo un rectángulo de cristal roto que se abre en su centro; por dentro, un mundo de formas curvas inundadas por la luz en todos los rincones. Un pedazo de futuro enclavado en el centro mismo del Nueva York de siempre.
Los nuevos antiguos edificios
En Nueva York las novedades no duran nada. Los edificios que han sido construidos hace sólo un año o dos, son ya antiguos. Muchos de ellos, de todos modos, no dejan de ser hitos imperdibles de la nueva Nueva York.
El American Folk Art Museum (45 West 53rd St.; T. (212) 265 1040; www.folkartmuseum.org; de martes a domingos de 10:30 a 17:30 horas, viernes hasta las 19:30 horas; entrada: 9 dólares) que diseñaron Tod Williams y Billie Tsien es profundamente innovador. Consiste en un rectángulo de metal forjado y martillado, a primera vista tan elemental como la tumba del jefe de una tribu primitiva, pero es un milagro de diseño sutilmente revolucionario. A pesar de carecer de ventanas, su interior recibe abundante luz natural, y el pequeño espacio que ocupa está organizado de tal modo que las amplias salas y los espacios abiertos tienen sitio para desplegarse.
La creatividad mezclada con la modestia de proporciones y de presupuesto con las que lidió el museo son un necesario contraste para su vecino, el MoMa (en el número 11 de la misma calle 53), enorme y costoso pero sobrio y de diseño más conservador, aun después de su última remodelación.
Otro milagro de ingenio es el nuevo edificio del Austrian Cultural Forum (11 East 52 St.; T. (212) 319 5300; www.acfny.org; de lunes a sábados de 10 a 18 horas; entrada: gratuita). El espacio exiguo que se le asignó al centro obligó al arquitecto austriaco Raimund Abraham a no desaprovechar ni un solo centímetro. Resultó de ello un edificio en el que todo es vertical. Una delgada estructura adosada al resto de los edificios de la cuadra, con complejos balcones cuadrados que forman una especie de ideograma. La luz exterior es aprovechada al máximo y un laberinto de escaleras da paso a espacios milagrosamente amplios.
Ver, comer y dormir
El Maritime Hotel (363 West 16th St.; T. (212) 242 4300; F. (212) 242 1188; www.themaritimehotel.com; 350 dólares la noche), un viejo edificio de la marina americana rehabilitado hace cinco años, es un perfecto ejemplo de Gentrification, por su efecto transformador en un barrio de viviendas sociales e industrias. Sus habitaciones tienen el aspecto de un trasatlántico. Queda milagrosamente enclavado entre Chelsea y el Meatpacking District, y a sus pies está el restaurante italiano La Bottiga y el restaurante japonés Matsuri.
Los chefs Marcus Samuelsson y Johan Svensson, famosos por su cocina escandinava en Aquavit, ahora sirven alta cocina japonesa en Riingo (250 East 45th St.; T. (212) 867 4200; www.riingo.com; de lunes a viernes de 7 a 11 y de 12 a 14:30 horas, sábados y domingos de 7 a 15 horas, diario de 17:30 a 22:30 horas; alrededor de 25 dólares), el restaurante del hotel Alex, diseñado por David Rockwell, la cabeza del grupo de diseñadores del Nobu y docenas de otros restaurantes en Nueva York. En su interior se combinan los pisos de bambú netamente japoneses con una escalera de mármol y detalles de madera de ébano. Sus piezas de sushi oscilan entre los 5 y los 10 dólares, incluidas la de foie gras y la de kobe, esa carne de vaca consentida de los japoneses.
Pero después de ver que sus ansias monumentales tenían precio, que se pagaban en sangre, fuego y cenizas, a Nueva York le ha costado volver a la fiebre de los proyectos y las construcciones monumentales con que solía sorprender al mundo antes del 11 de septiembre. Sin embargo, no se ha dejado, ni mucho menos, de construir en la Gran Manzana. Sólo la escala ha cambiado. Ya no parece haber espacio para grandes edificios preocupados sólo por ser altos y vistosos sin importar lo que pasa a sus pies. Lo mejor de la creatividad arquitectónica neoyorquina se ha volcado a la rehabilitación de espacios urbanos, y a la creación de nuevos hitos que fortalezcan la identidad de sus barrios y sean para los transeúntes fáciles de querer e incorporar a sus vidas.
El delirio de los años ochenta y noventa ya es obsoleto, un bache de mal gusto que el dinero y la ambición desmedidos dejaron en el panorama urbano. El comienzo del siglo xxi parece estar marcado por un regreso a las siluetas rectilíneas, depuradas, diáfanas y minimalistas. Como si los grandes nombres de la arquitectura se hubiesen puesto de acuerdo en buscar la transparencia, el equilibrio y la armonía, para que la ciudad que nunca duerme pueda al fin descansar.
El miedo y la libertad
Es justamente esta modestia lo que más se le ha criticado a la Freedom Tower, el proyecto ideado por Daniel Libeskind y David Childs para llenar el solar de 6 y media hectáreas donde antes estaban las Torres Gemelas, en la cuadra delimitada por las calles Church, West, Liberty y Vesey.
El arquitecto Libeskind, americano de origen polaco, había diseñado una torre en forma de faro, privilegiando los símbolos sobre la eficiencia. No en vano fue el arquitecto del Museo Judío de Berlín, un edificio que es en sí mismo, en sus formas, un homenaje a los millones de judíos exterminados por los nazis.
Así, en el diseño original de Libeskind, la Freedom Tower estaría ubicada de tal modo que su sombra cubriera, cada 11 de septiembre —a la hora exacta en que el primer avión se estrelló contra la primera torre— siempre el mismo rincón del Jardín de los Héroes.
Simbólica era también la altura del edificio: 1?776 pies (541 metros) en homenaje a la fecha —el año— en que se declaró la Independencia de los Estados Unidos. Simbólica, por último, la forma exterior, con sus curvaturas en la cima y la delgada malla metálica que le daba una textura semejante a la de una llama, reflejo de la que lleva la Estatua de la Libertad sólo a unos cientos de metros de ahí.
Este simbolismo, el gran espacio reservado en la torre en homenaje a las victimas del 11-S, y la forma alargada y elegante del edificio, le hicieron ganar la aceptación del público (que tuvo derecho a votar cuál de todos los proyectos presentados prefería) y los votos del gobernador del estado de Nueva York, George Pataki, y el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, a favor de ser el que reemplazaría a las desaparecidas Torres Gemelas.
Pero Libeskind sería testigo de cómo en Nueva York no basta con ganar para ser el ganador. El inversionista y encargado de construir el proyecto, Larry Silverstein, presionó al arquitecto para modificar el proyecto. Al no quedar satisfecho con los cambios que propuso Libeskind, encargó al arquitecto David Childs, el responsable del nuevo —y según muchos, espantoso— edificio de Time Warner en Columbus Circle, la tarea de hacer que la Freedom Tower fuese más segura y más rentable.
Así se redujo el número de pisos a 77, se quitó la malla metálica que la cubría, se sacrificó la turbina de viento que iba a producir 20 por ciento de la energía del edificio, y se eliminó gran parte del jardín vertical que iba a servir de homenaje a las víctimas del 11-S.
Los problemas de la contrahecha pareja de arquitectos no tardaron en hacerse públicos. Una y otra vez Libeskind amenazó con dejar el proyecto, y una y otra vez volvió para ver cómo otra de sus ideas originales era sacrificada en aras de la seguridad.
Porque ante todo la Torre de la Libertad será una fortaleza preparada para cualquier tipo de desastres. Con sus pisos especiales para bomberos, sus filtros químicos y biológicos, sus ascensores secretos, sus vidrios ultra sensibles. La altura misma del edificio (que no puede competir con sus similares de Chicago, Taipei o Dubai) es el tributo que ha tenido que pagarle la ambición al miedo. Larry Silverstein, que aún no ha logrado alquilar ninguna de las oficinas, advirtió a los arquitectos que no quería construir un imán para terroristas.
De hecho, hasta el vetusto Empire State Bulding, con 102 pisos, tiene más que la Freedom Tower. Ha sido justamente esta altura y su relativa modestia lo que más se le ha criticado al proyecto. Una torre donde había dos, menos espacio de oficina, menos altura y menos ambición. Como Donald Trump (que propuso volver a construir las Torres Gemelas), no pocos arquitectos y críticos de arquitectura han visto en la Freedom Tower una humillante rendición, antes que un símbolo de la resistencia de la ciudad ante el miedo. Así, el sardónico crítico de la revista New York, Joseph Giovanni, ha lamentado que el galardonado Libeskind se haya convertido en el mero ejecutor de los deseos y aprensiones del dueño del proyecto y de la policía.
A pesar de las burlas y las críticas, la Freedom Tower es un proyecto sobrio pero imponente. En muchos sentidos, más armónico que las tan lloradas —pero en su tiempo duramente criticadas— Torres Gemelas.
Alas y transparencia
La seguridad —que encarece los costos de construcción y complica los procedimientos— fue también la razón que obligó al arquitecto valenciano Santiago Calatrava a modificar los planos de la nueva estación de metro y tren suburbano sobre el sitio del actual Ground Zero.
Gran parte de los grandes ventanales que habían sido diseñados para que la luz y el aire circularan en completa libertad han tenido que ser recubiertos de metal, y el gigantesco hall ha sido interrumpido por un muro de contención.
Sigue en pie la extraña estructura móvil de metal blanco en el techo, que hace que la estación parezca el esqueleto de un dinosaurio extinto. En primavera y verano se supone que la estructura se abrirá y la estación dejará de tener techo para permitir que entre la luz del sol. También, cada 11 de septiembre y en palabras de Calatrava, la estación “abrirá las alas al nuevo mundo, la nueva vida y la esperanza”, convirtiéndose no sólo en el nudo de conexión entre metro y tren suburbano más grande de la ciudad, sino en un verdadero monumento a los miles de personas que encontraron, en este exacto lugar, la muerte.
Espacios, transparencia, luz, discreción y alta tecnología son también los lemas detrás del nuevo edificio que Renzo Piano —el mítico arquitecto de la Potsdammer Platz de Berlín y del museo George Pompidou de París— ha diseñado para el New York Times en la calle 40 con la Octava Avenida.
Al ver los planos de este edificio, lo que más se destaca es la transparencia, en parte símbolo de su destino como casa matriz del diario más importante del país, en parte para ofrecer un contraste con el torbellino de neones, ruidos, y los edificios chillones y poco armónicos que lo rodean. Así, el nuevo edificio de New York Times quiere ser un punto de luz y elegancia en medio del tráfico, la cercana estación de autobuses, los puestos de papas fritas y las tiendas de electrónica barata. Ante ese panorama, aportará una nota de neutralidad, luz, paz, reflexión y espera. Sus formas son puras y simples, simétricas. Una torre de 52 pisos, contenida en una armazón de cilindros a la vista, adosada a una plaza recubierta de cristal.
Los tubos cerámicos que recubren la fachada cambiarán de color según la luz que en ellos se refleje. Así el edificio será un rincón de cielo en medio de los neones de Times Square. Su vestíbulo, amplio y luminoso, alojará un anfiteatro, restaurantes y un jardín interior, dándole a esta parte de la ciudad más bien desalmada un espacio cultural del que actualmente carece.
La redacción del diario, que se extenderá desde el segundo hasta el séptimo piso, estará iluminada todo el tiempo, convirtiéndose “en una gigantesca linterna mágica permanentemente activa y constantemente iluminada”, según su creador Renzo Piano. Dos jardines, uno en la cima del vestíbulo y otro en la cima del edificio, completan el ambicioso plan.
Así, con su silueta sutil y diáfana, la torre de Renzo Piano —una de las personalidades más prominentes de la arquitectura contemporánea— no quiere ser un rascacielos más, sino uno menos. Su propuesta invisible pero a la vez suntuosa inicia un cambio cualitativo en la vida de este barrio anodino, que hasta ahora nadie quiere detenerse a mirar, tal vez logrando así su tan añorada gentrification.
Gentrification
Gentrification es un concepto intraducible, propio de la idiosincrasia misma del neoyorquino. Consiste en la transformación lenta pero implacable de un barrio popular, marginal o peligroso en un barrio de moda en el que los valores de las propiedades duplican o triplican su precio.
Todo suele empezar con los artistas que buscan arriendos baratos. Una vez instalados, vienen los restaurantes, los talleres de diseño, y finalmente los turistas. Así ha ocurrido con SoHo, Tribeca, East Village y Chelsea, todos ex barrios de mala muerte en los que nadie que quisiera preservar la vida o la inocencia se atrevía a pasear, y hoy vecindarios de lujo desde los que el estilo y la moda irradian al resto de la ciudad.
El Meatpacking District, viejo mercado mayorista de carne, milagrosamente enclavado entre el Village y Chelsea, tarde o temprano tenía que sucumbir a la gentrification. Así sus calles de pavimento graso en las que crece la maleza vieron llegar restaurantes franceses como el Pastis (9 Ninth Ave. y Little W. 12th St.; T. (212) 929 4844; www.pastisny.com; diario de 9 a 2 horas, lunes de 9 a 24 horas; alrededor de 35 dólares), bares de moda como el Rhone (63 Gansevoort St.; T. (212) 367 8440; www.rhonenyc.com; de lunes a viernes de 17 a 4 horas, sábados y domingos de 13:30 a 4 horas; alrededor de 35 dólares), el lujoso —aunque arquitectónicamente banal— hotel Gansevoort (18 Ninth Ave.; T. (212) 206 6700; F. (212) 255 5858; www.hotelgansevoort.com; habitaciones desde 435 dólares) y tiendas como la de Stella McCartney (www.stellamccartney.com) o Calypso (654 Hudson St.; T. (646) 638 3000; calypso.nyws.com).
El lugar también vio fracasar, gracias a la protesta de los vecinos, el proyecto más ambicioso del francés Jean Nouvel —uno de los arquitectos más caprichosos e inspirados del momento y autor de la torre Agar en Barcelona—, una serie de edificios de departamentos de lujo, de treinta pisos cada uno.
Ahora son las vías de tren en desuso que sobrevuelan el barrio el centro de todo tipo de especulaciones arquitectónicas. Sobre esas vías, en plena calle Washington con la calle Little West 12th, el DIA Center, la más vanguardista de las fundaciones artísticas de la ciudad, piensa instalar su nuevo museo.
Pero una vez más es la modestia la principal característica del proyecto, diseñado por el arquitecto Roger Duffy, autor del muy vanguardista museo Skyscraper en Battery Park, cuyos suelos de vidrio trasparentes recuerdan una película de ciencia ficción.
El proyecto del nuevo DIA Center consta de dos edificios, de dos pisos cada uno, que intentan perderse en el paisaje melancólico y postindustrial de las orillas de la ciudad mientras sus ventanales miran hacia el vecino río Hudson. El proyecto de Duffy usa las vías de tren elevado como límite y deja espacio para que el mercado de carne siga a orillas del edificio, funcionando como siempre lo ha hecho.
En síntesis, el proyecto del DIA Center es todo un manifiesto anti Guggenheim de Bilbao, o sea, un edificio en el que lo más importante son la colección de pintura y las instalaciones artísticas que alberga, y no los caprichos del arquitecto que lo construyó.
Al mismo tiempo, la pareja dorada de la nueva arquitectura, Diller + Scofidio, que unen el arte conceptual y la arquitectura, autores de instalaciones en el JFK y de un proyecto de galería en Chelsea, han diseñado un parque sobre las vías que esperan empezar a construir en los próximos meses. De respetarse el proyecto a carta cabal, sería uno de los parques más bellos y originales de la ciudad. La pareja —marido y mujer además de socios— han decidido no luchar contra el aspecto melancólico y desolado de estas vías de tren, abandonadas desde hace mucho tiempo, sino sacar partido del él. Las vías quedarán ahí mismo, como la hierba parda y oxidada que ha crecido entre ellas. Bosques de hayas blancas, galerías y espacios de cristal completarán el conjunto.
Debajo de las vías, más muros de cristal crean salas de espectáculos, restaurantes o simples paseos peatonales que convertirán el Meatpacking District en una perfecta fusión entre el pasado portuario e industrial de la ciudad y su futuro vanguardista y turístico.
De frente al Hudson
Unas cuadras más abajo, por la misma calle Washington, en la esquina de Perry Street, Richard Meier, el creador del MACBA de Barcelona, acaba de inaugurar tres edificios. No muy altos ni muy espectaculares, las tres torres son sin embargo parte de uno de los desafíos mayores de la urbanística neoyorquina: hacer que la costanera suroeste de Manhattan deje de ser una sucesión de hangares y paseos siniestros y se convierta en otro nuevo vecindario de moda.
Los edificios son de proporciones discretas y de altura media baja para la escala neoyorquina, y su minimalismo transparente y plateado, con vidrios laminados y paneles de metales blancos, es un auténtico bálsamo visual. Sin embargo, el hecho de que sus seis pisos dominen el pequeño y pintoresco barrio del West Village donde están ubicados es la primera señal de las intenciones de los agentes inmobiliarios que concibieron el proyecto: atraer a este barrio un tipo muy específico de inquilinos: los artistas. Artistas ricos, eso sí, sin hijos, que quieran dividir los espacios amplios y diáfanos entre taller y hogar al mismo tiempo. Y si no son artistas, bastará con que sean ricos con ganas de tener espacio, algo cotizadísimo en esta ciudad. Cada edificio está compuesto de seis departamentos estilo penthouse, cada uno con vista privilegiada hacia el río y la ciudad, y hay dos muelles nuevos, con espacios verdes, bancos, paseos peatonales, ciclovías y sombrillas para enamorados.
El proyecto de una nueva costanera junto al Hudson se completa con una enorme área verde que rodeará toda la orilla occidental de la isla, uniendo así el Riverside Park (de la calle 72 a la 158) con el Battery Park, en el extremo sur.
A esa misma altura pero al otro lado (en el South Street Seaport, un histórico mercado de pescado convertido en zona de gentrification), bordeando el East River, Frank Gehry —el famoso arquitecto del Guggenheim de Bilbao— lleva años tratando de empezar la construcción del nuevo Guggenheim del Lower Manhattan. Se trata de una gigantesca estructura que intenta imitar las curvas de las olas. Nada en él es simétrico o banal, todo es nuevo, inesperado, como si asistiéramos a una pesca milagrosa de peces que se retuercen y bailan ante nuestros ojos. Pero ese mismo vanguardismo ha impedido, hasta ahora, que se concrete. Los vecinos se han quejado de ella. Y el famoso museo neoyorquino de Gehry ha entrado a una etapa de rediseño de la que debería volver a emerger próximamente para empezar a ser realidad.
Harlem vuelve a figurar en el mapa
El edificio Courtyard Marriott de Harlem, diseñado por el arquitecto mexicano Enrique Norten, nace —como tantos otros en la nueva Nueva York— del afán de construir rascacielos con los pies bien anclados en el suelo.
Sus 34 pisos contrastarán irremediablemente con un barrio donde pocos edificios sobrepasan los seis. El lujo y la modernidad de la torre, que albergará tanto un hotel cuatro estrellas como apartamentos de lujo estilo loft, tampoco parecen a primera vista encajar con el gueto lleno de vendedores callejeros y niños escuchando rap a todo volumen sentados en la vereda. Pero son justamente la pobreza y el atraso del barrio lo que han ayudado a Norten, cuyo afán de hacer visible a Harlem —y devolverle un lugar importante dentro de Nueva York— le ha conseguido el apoyo y el entusiasmo de los líderes vecinales y políticos de la zona.
Así, en parte gracias también a que Bill Clinton ha instalado en Harlem sus oficinas, se habla cada vez con más frecuencia de un renacimiento de este barrio del norte de Manhattan y de su integración a la trama de la ciudad.
Situado en la esquina de la calle 125 y Park Avenue, al lado del tren que conecta a los neoyorquinos con los suburbios más lujosos, el edificio de Norten se construye sobre las ruinas de estacionamientos desiertos. Lo rodean, sin embargo, variados edificios de finales del siglo XIX que serán pronto restaurados. Las town houses marrones, de tres pisos, y los departamentos amplios y sólidos, esperan también que la llegada del hotel de lujo los revalorice, tanto como a un barrio que ha conservado intacto el estilo clásico del Nueva York de comienzos del siglo XX.
El nuevo hotel quiere poner a Harlem en el mapa. Sus sorprendentes curvas harán que el Harlem Park se distinga de los otros rascacielos no sólo por ser el único al norte de la calle 110, sino por su perfil arriesgado, inusitado y novedoso, el perfecto símbolo del espíritu de Harlem, que ha sido el escenario de tanta revolución musical, desde el jazz hasta el soul, el rap y el hip-hop.
La base de la torre será un gran volumen de cristal transparente, 17 kilómetros cuadrados de espacio comercial en la primera y la segunda plantas, y una terraza con sala de banquetes. Norten y su equipo han querido darle color a ese gran volumen, rodeándolo de cristales verdes, naranjas y azules.
El volumen de 5 niveles de oficinas y espacios comerciales se desplaza hacia un nivel destinado a los eventos públicos, que albergará una variedad de servicios, como restaurantes, spa, centros de convenciones y piscina con terraza.
El Marriot Courtyard Hotel, de 220 habitaciones, sólo ocupa la parte baja de la torre, mientras arriba se extiende un bloque habitacional, amplias unidades de lofts que transforman al edificio en sí, con sus nuevos habitantes —venidos de todas partes de la ciudad, del país y del mundo—, en un foco de transformación del barrio que, de ser un reducto afro, pasará a ser parte de la mezcla abigarrada de todo Nueva York.
En las fronteras del Village
El Bowery, en la frontera entre el SoHo y el East Village, no necesita de gentrification. Ha dejado hace décadas de ser una de las zonas más peligrosas y sucias de la ciudad para convertirse en el hogar de toda suerte de artistas e intelectuales que aguantan las pésimas instalaciones del barrio a cambio de su indudable encanto.
Si el alma del Bowery ha cambiado, su apariencia sigue siendo la misma que en los años 40. Galpones desvencijados comparten el espacio con estacionamientos vacíos, restaurantes chinos, mercados de pescados semipodridos, edificios en ruinas y veredas destartaladas.
Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa han instalado en la peor parte del sector, un poco más arriba del barrio chino, el proyecto del Nuevo Museo de Arte Moderno de la ciudad.
Ahí, en Bowery 235 (esquina con Prince), entre fábricas de ollas asiáticas y mercados de baratijas, la pareja nipona erigirá una estructura blanca, impecablemente luminosa, que busca devolverle al sur de Manhattan el papel de polo cultural de la ciudad.
Sejima y Nishizawa, autores del Zollverein School en Essen, Alemania, cansados de construir espacios trasparentes, han diseñado un edificio rectangular, de muros blancos, roto por ejes y cuñas de zinc y acero, que van en distintas direcciones quebrando una a una las líneas rectas del edificio. Su trabajo recibió el premio al mejor proyecto presentado en la ciudad el año pasado.
Un poco más arriba, en Cooper Place y la calle 7, Morphosis (una oficina de arquitectos que prefieren esconder sus nombres y rostros) está construyendo una nueva sede para la Union Cooper, la más prestigiosa escuela de diseño y arquitectura de la ciudad.
El edificio, como la escuela, quiere estar a la vanguardia del pensamiento arquitectónico. Por fuera parecerá sólo un rectángulo de cristal roto que se abre en su centro; por dentro, un mundo de formas curvas inundadas por la luz en todos los rincones. Un pedazo de futuro enclavado en el centro mismo del Nueva York de siempre.
Los nuevos antiguos edificios
En Nueva York las novedades no duran nada. Los edificios que han sido construidos hace sólo un año o dos, son ya antiguos. Muchos de ellos, de todos modos, no dejan de ser hitos imperdibles de la nueva Nueva York.
El American Folk Art Museum (45 West 53rd St.; T. (212) 265 1040; www.folkartmuseum.org; de martes a domingos de 10:30 a 17:30 horas, viernes hasta las 19:30 horas; entrada: 9 dólares) que diseñaron Tod Williams y Billie Tsien es profundamente innovador. Consiste en un rectángulo de metal forjado y martillado, a primera vista tan elemental como la tumba del jefe de una tribu primitiva, pero es un milagro de diseño sutilmente revolucionario. A pesar de carecer de ventanas, su interior recibe abundante luz natural, y el pequeño espacio que ocupa está organizado de tal modo que las amplias salas y los espacios abiertos tienen sitio para desplegarse.
La creatividad mezclada con la modestia de proporciones y de presupuesto con las que lidió el museo son un necesario contraste para su vecino, el MoMa (en el número 11 de la misma calle 53), enorme y costoso pero sobrio y de diseño más conservador, aun después de su última remodelación.
Otro milagro de ingenio es el nuevo edificio del Austrian Cultural Forum (11 East 52 St.; T. (212) 319 5300; www.acfny.org; de lunes a sábados de 10 a 18 horas; entrada: gratuita). El espacio exiguo que se le asignó al centro obligó al arquitecto austriaco Raimund Abraham a no desaprovechar ni un solo centímetro. Resultó de ello un edificio en el que todo es vertical. Una delgada estructura adosada al resto de los edificios de la cuadra, con complejos balcones cuadrados que forman una especie de ideograma. La luz exterior es aprovechada al máximo y un laberinto de escaleras da paso a espacios milagrosamente amplios.
Ver, comer y dormir
El Maritime Hotel (363 West 16th St.; T. (212) 242 4300; F. (212) 242 1188; www.themaritimehotel.com; 350 dólares la noche), un viejo edificio de la marina americana rehabilitado hace cinco años, es un perfecto ejemplo de Gentrification, por su efecto transformador en un barrio de viviendas sociales e industrias. Sus habitaciones tienen el aspecto de un trasatlántico. Queda milagrosamente enclavado entre Chelsea y el Meatpacking District, y a sus pies está el restaurante italiano La Bottiga y el restaurante japonés Matsuri.
Los chefs Marcus Samuelsson y Johan Svensson, famosos por su cocina escandinava en Aquavit, ahora sirven alta cocina japonesa en Riingo (250 East 45th St.; T. (212) 867 4200; www.riingo.com; de lunes a viernes de 7 a 11 y de 12 a 14:30 horas, sábados y domingos de 7 a 15 horas, diario de 17:30 a 22:30 horas; alrededor de 25 dólares), el restaurante del hotel Alex, diseñado por David Rockwell, la cabeza del grupo de diseñadores del Nobu y docenas de otros restaurantes en Nueva York. En su interior se combinan los pisos de bambú netamente japoneses con una escalera de mármol y detalles de madera de ébano. Sus piezas de sushi oscilan entre los 5 y los 10 dólares, incluidas la de foie gras y la de kobe, esa carne de vaca consentida de los japoneses.
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