Santiago de Chile: doscientos años después
Biblioteca Nacional de Chile Fotografía de Álvaro Ruíz

Santiago de Chile: doscientos años después

Bodegas convertidas en anfiteatros, estaciones de metro que muestran películas de autor; no cabe duda que la capital chilena ha decidido cumplir 200 años de independencia con una magnífica fachada contemporanea.
Por Carola Vesely | noviembre 2005 | Tags: , ,
Quienes piensan que Santiago es una ciudad de construcciones coloniales, plazas y calles de adoquines, están en lo cierto: uno de sus mayores encantos tiene que ver con la conservación del patrimonio. Pero las cosas cambian después de dos siglos. En 2010 se cumplen 200 años desde la independencia de Chile, y con el afán de recibir esa fecha como una “ciudad de clase mundial”, Santiago renueva su fachada, la parte visible de un cambio social que asume la cultura como eje.

“Queremos llegar al bicentenario con ciudades más bellas, menos contaminadas, más expeditas, dignas, amables y cultas”, señaló en el año 2000 el actual presidente de la República de Chile, Ricardo Lagos. Era entonces el primer paso hacia un país que, sin desconocer su patrimonio histórico, daba un salto a la modernidad. La formación de una comisión especialmente encargada de las obras públicas del bicentenario fue decisiva. Se remodelaron antiguos edificios al tiempo que se construyeron nuevas estructuras que darían origen a una ciudad moderna. Y hoy Chile es testigo de inversiones humanas y económicas a la altura de una gran celebración.

Parte importante de estas obras busca revitalizar el sector poniente de Santiago, que tuvo su época de esplendor hasta mediados del siglo xx y que, desde entonces, fue cayendo en el olvido de los habitantes, quienes poco a poco treparon a la Cordillera de los Andes y dejaron que el centro de Santiago se convirtiese en un área netamente comercial.

La calle Matucana fue sólo una de las arterias que comenzaron a perder su antigua vitalidad. “Adiós calle San Pablo con Matucana, donde toman los huapos en damajuana, sí, ay ay ay”, lamenta una tonada tradicional chilena. Pues el hoy vibrante “barrio” Matucana, que contempla el anillo formado por la calle mencionada, Portales, Chacabuco y Catedral, hasta hace unos cinco años no era más que una vía poco transitada, que sonaba lejana y de difícil acceso. Sólo el gran Parque Quinta Normal, paseo popular obligado de los domingos, y las decenas de talleres mecánicos de la zona aseguraban cierta afluencia de público.

Si en el siglo xix Santiago era un trazado cuadriculado de no más de dos kilómetros de extensión, como cuentan los cronistas de la época, hoy la ciudad abarca 15 mil kilómetros cuadrados, y tiene más de seis millones de habitantes. Si las damas frecuentaban el actual centro con sus trajes de domingo, sobre carretas impulsadas por indígenas, por estos días los santiaguinos transitan por la estación intermodal más grande del país, que conectará el metro subterráneo con trenes y autobuses interurbanos. Si una de las novedades del siglo xix fue el hospital San Juan de Dios, una innovación sin precedentes, hoy a pasos de esta construcción aún en funcionamiento se construyen el Centro Cultural Matucana 100 y la nueva Biblioteca de Santiago. Veamos acá algunas de las novedades que empiezan a vestir de fiesta a Santiago de Chile.

Matucana 100: arquitectura en movimiento
Desde hace unos veinte años, en algunos entusiastas duerme el proyecto que visualiza la ya mencionada calle Matucana como una vía repleta de centros culturales, galerías de arte y cafés literarios; un espacio que funcione como núcleo cultural asentado en la tradición de los varios museos ya existentes del sector. Hasta hace poco, sin embargo, tal proyecto más bien parecía un sueño difícilmente concretable.

Los primeros que decidieron materializar al menos una parte de ese sueño fueron los miembros de la Corporación Matucana 100. Como pioneros, en vista de la escasa infraestructura que había en Santiago para la exhibición de arte contemporáneo, comenzaron a trabajar en 2001.

El lugar era un espacio tan amplio como hostil, antiguamente utilizado como bodegas del Estado. Ocho mil metros cuadrados se convertirían en un anfiteatro, un galpón central que funcionaría como galería de artes visuales, salas de teatro, de fotografía y danza, salas de ensayo, oficinas administrativas, un café–pub y una gran área para exposiciones al aire libre. Así, gracias a la creatividad y tozudez de un grupo humano, hoy respaldado por el gobierno de Chile, el espacio conocido como “el desierto helado” se presentaba como un cálido núcleo de desarrollo artístico.

Era la primera vez en ochenta y tres años que en Chile se construía un teatro de envergadura, un dato nada menor. La estructura del anfiteatro de Matucana 100 se diseñó únicamente a partir de los cuatro muros de una bodega, que sobrevivieron al incendio de 1989. Pese a la insistencia de derribar las ruinas de ladrillo, la corporación se opuso. “Si había algo capaz de identificar esto a futuro, eso era el valor patrimonial de las bodegas”, explica Ernesto Ottone, director del Centro Cultural Matucana 100. La oficina Martín Hurtado Arquitectos Asociados dio forma al llamativo injerto circunvalado por un pasillo cuyo exterior son los antiguos muros de una bodega. Hurtado continúa así su marcado estilo, que se manifiesta también en el diseño de la gran bodega de Almaviva, el primer vino premium chileno.

En un espacio de 2500 metros cuadrados de ruinas, se insertó la estructura de este nuevo anfiteatro acondicionado para alojar espectáculos de diversas disciplinas. De estilo plenamente contemporáneo, compuesto de madera y concreto, redondeado y con techumbre curva, el anfiteatro ya está en funcionamiento desde 2003.

Adentro, el visitante se encuentra con la escalera que conduce a una sala de exposiciones subterránea: estratégicamente, el paseo por la galería es obligatorio para quienes quieran utilizar los servicios higiénicos. El café de rigor está instalado junto a los amplios ventanales de la entrada.

Aún quedan espacios sin intervenir. Si bien se está utilizando un gran galpón (en calidad de bodega) para muestras de artes visuales, el objetivo es transformarlo en una galería de arte. Como es patrimonio nacional, el diseño respetará la construcción antigua y, desde ahí, se reforzará la estructura incluyendo elementos contemporáneos en consonancia con el estilo a base de latón, ladrillo y adobe.

A un lado del galpón que, sin intervenirse, ya ha servido como espacio de exposiciones de artistas de alto nivel, se extiende una sala de menor tamaño que está proyectada como una planta libre para muestras de danza o teatro, luego del acondicionamiento previo que consistirá, entre otros factores, en la extracción de los pilares que se levantan por toda la sala.

El trabajo arquitectónico en el “desierto helado” de Matucana se ha realizado en etapas, lo que permite al visitante ser testigo y parte del proceso. Mientras se construía el teatro, continuaban las exposiciones, los ciclos de cine y el teatro en los salones aún no intervenidos, de modo que los espectadores “han vivido junto con nosotros el proceso de revitalización de Matucana 100”, cuenta Ottone. Precisamente, la integración de la arquitectura a la actividad cultural ha transformado a Matucana 100 (T. 56 (2) 682 4502; www.m100.cl) en un referente a escala internacional.

Estación Quinta Normal:
alta cultura en el andén

Una vez en marcha el proyecto Matucana 100, otras ideas preexistentes comenzaron a hacerle compañía. Varias universidades se asentaron por esos lados, se dio inicio a la construcción de la imponente Biblioteca de Santiago, y se construyó la Estación Quinta Normal que, tras una inversión de 25 millones de dólares, además de constituirse como una obra de arte en sí misma, tiene como objetivo facilitar el acceso a Matucana.

Las dos enormes estructuras de cristal que parecen marcar el acceso al tradicional parque Quinta Normal no son precisamente la entrada al parque. Estos inmensos volúmenes de vidrio que, de noche e iluminados, semejan dos faros y que, en un gesto arquitectónico, tienen más altura de la necesaria para su función, corresponden a las puertas de entrada y salida de la estación de metro subterráneo más grande de Santiago: la Estación Intermodal Quinta Normal.

Se levantó en un lugar hasta hace unos años impensable por la escasa afluencia de público. En vísperas del Bicentenario, sin embargo, su construcción se transformó en una necesidad. Pero no podía tratarse de una estación común. No si el atractivo del sector serían la cultura y las artes.

La Estación Quinta Normal, en funcionamiento desde principios de 2004, es la primera diseñada desde sus orígenes como intermodal, es decir, como un espacio de confluencia tanto de trenes subterráneos (el metro), como de trenes y autobuses interurbanos. Otra de sus innovaciones estuvo dada por un requerimiento principal: no bloquear el tránsito de la arteria mientras se realizaban los trabajos de construcción. Con ese pie forzado se inició el diseño de la estación, que se construiría completamente bajo tierra. Bajo la laguna, los museos y las áreas verdes de la Quinta Normal iban tomando forma los tres enormes niveles de la estación, como modernísimas ruinas sepultadas bajo la tierra.

Una vez dentro de cualquiera de las dos moles de vidrio, mediante largas escaleras mecánicas, se accede al primer nivel, el de distribución, en el que se ubican las taquillas, los torniquetes de entrada a los andenes, y lo que constituye otra innovación de la estación: las salas culturales. El director de la Corporación Cultural MetroArte (http://cultura.metrosan tiago.cl), Javier Pinto, señala que “es la primera vez en la historia del metro de Santiago que se hace infraestructura exclusivamente para cultura”.

Ciertamente resulta atractivo llegar a la estación como pasajero, comprar un boleto, y encontrarse frente a frente con una inmensa sala de madera y luces de neón en que una pantalla gigante, rodeada por varias gradas de madera, proyecta una película de Lars Von Trier. Este anfiteatro lleva el nombre de Sala Pablo Neruda, y funciona como sede para charlas de escritores, instalaciones de arte contemporáneo, música, obras de teatro, ciclos de cine y otras expresiones artísticas.

Pero los atractivos de la Estación Quinta Normal no se detienen ahí. Una escalera conduce a la galería de arte, bajo el anfiteatro, en la que otra inmensa pantalla exhibe ininterrumpidamente todo tipo de documentales, y funciona en otras ocasiones como espacio de exhibición de artes visuales.

En el primer nivel, que funge como plaza pública bajo la tierra, si el viajero decide por unos momentos mirar el suelo, verá que está caminando sobre largas vitrinas que exhiben fotografías de los restos incas descubiertos en el proceso de excavación. Guardando el concepto de tumba, el Metro de Santiago decidió conservar el hallazgo en forma de luminosas fotografías sepultadas.

A esas alturas, y todo un lujo tratándose de una construcción subterránea, la luz es completamente natural. Las estructuras de cristal que se levantan sobre la tierra permiten la entrada triunfal de la luz solar a varios metros bajo tierra. La luz artificial se presenta igualmente natural y homogénea, y se proyecta desde las vigas de concreto a la vista, que se transforman en perfectas lámparas.

En el segundo nivel la luminosidad se debilita. La sensación muy underground que a ratos se produce en el viajero no es azarosa, sino agudamente intencional. En el nivel de los andenes la luz se torna artificial, con la intensidad justa para los desplazamientos y cambios de línea. Los muros se presentan recubiertos por cerámicas que semejan piedra, cuando no por piedras propiamente tales. Los pilares, más gruesos mientras más se desciende, continúan con su hormigón a la vista, abrazados por armazones de acero, y coronados por un foco. Resultado: un tono teatral, cobrizo, que contrasta con los grises del resto de la construcción.

En toda la estación se trabajó una estética de contrastes. Lo brutal e imponente de los faros exteriores se complementa con lo noble de la piedra y el hormigón de los niveles inferiores, materiales que a su vez contrastan con la madera de las salas culturales. ¿Los culpables? En la primera fase trabajó la oficina Gubbins Asociados, con el arquitecto Víctor Gubbins a la cabeza, quien es integrante de la mencionada Comisión Bicentenario. Ya en la etapa de ingeniería de detalles, el diseño es responsabilidad de Burmeister Arquitectos Consultores, a cargo del arquitecto Enrique Burmeister. Estas dos oficinas son las responsables de varias estaciones del metro de Santiago, en una fuerte expansión por estos días.

Los trenes urbanos pasarán por el tercer nivel de la estación, el de más abajo. Si bien ya está construido, aún no se habilita, por lo que se mantiene en el más absoluto misterio. Motivo suficiente para hacer un paseo cultural y funcional por una estación transitada por once mil pasajeros diarios, cuyo destino, en muchos casos, será la visita a las instalaciones culturales que comienzan a llenar Matucana, incluso bajo la tierra.

Nueva Biblioteca:
el pulso del Santiago actual

“Al presentarse un extranjero en el país que le es desconocido, forma la idea de su ilustración por las bibliotecas”, publicaba en 1813 el periódico chileno Monitor Araucano. Se fundaba entonces la Biblioteca Nacional de Chile, un espacio que aún sigue en pie, aunque por estos días, en una acción de relevo, cumplirá la función patrimonial de consulta de archivos. Pues en vísperas del Bicentenario de Chile, tal como en 1813, “la preocupación fundamental es posibilitar el acceso de la gente a la cultura”, explica el ministro de Obras Públicas chileno, Jorge Estévez. Así, un enorme centro cultural como el de Matucana, en el que interactúan museos, universidades y galerías de arte no podía dejar de tener una biblioteca. Por eso fue Matucana la elegida para construir la Biblioteca de Santiago, la más grande y moderna de Chile.

Ubicada en el número 151 de Matucana, justo frente al Centro Cultural, esta construcción que se inaugurará el 11 de noviembre es el resultado de la completa remodelación de un edificio de 1927, destinado antiguamente a la Dirección de Aprovisionamiento del Estado.

El edificio de estilo art déco, cuya fachada es patrimonio nacional, fue rescatado de su triste estado ruinoso en el año 2001 por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos del gobierno de Chile (Dibam). En adelante, ha visto pasar una inversión total de siete millones de dólares, maquinaria pesada y el trabajo obsesivo de Carlos Ugarte y Arturo Cox (de Cox y Ugarte Arquitectos Asociados, a cargo también de los trabajos de remodelación de la antigua Biblioteca Nacional, que en ningún caso pasará al olvido).

Se botó la casa, se derrumbó la reja que limitaba el acceso al amplio parque, y el espacio comprendido como patio se transformó en la Plaza Central, que se comunica a través de un puente con el edificio oriente, destinado al área de extensión cultural. A un lado de la plaza, se habilitó un anfiteatro y, bajo la misma, se abrió un extenso subterráneo utilizado como galería de arte y estacionamientos.

Sobre la fachada del edificio oriente, que se conserva tal como la de 1927 gracias al fuerte trabajo de restauración, se añadió una enorme capa de vidrio con tipografías impresas en tonos muy suaves, a través de la cual se transparenta la fachada original. La incorporación de este elemento brinda al edificio un fuerte estilo contemporáneo que no desconoce su origen patrimonial.

Este edificio cumple la función de centro cultural, y ofrece en sus cinco niveles un museo de la radio, una fonoteca, laboratorios de nuevas tecnologías, una cafetería, un restaurante, salas de eventos, salas de exposiciones, y demás servicios que, dicho sea de paso, serán compartidos por el Centro Cultural Matucana 100.

En el interior de los edificios que componen la biblioteca se derrumbaron decenas de muros para dar origen a las múltiples salas. En ellas, se insertaron modernos volúmenes de vidrio que atraviesan los tres pisos de la construcción y que brindan al otrora oscuro edificio la luminosidad requerida para los fines de una biblioteca. Además de la luz natural, se generó una iluminación artificial suave, que en la entrada al edificio sur (donde se encuentran las salas de lectura), es de tonos azules, rodeados por luces amarillas.

Y es que, además de la madera, que brinda calidez, y el hormigón, que se utilizó para continuar con los mismos materiales del edificio antiguo, el colorido es uno de los elementos más atractivos de la nueva Biblioteca de Santiago (Matucana 151; www.bndechile.cl).

La sala infantil es uno de los espacios más atractivos. En un colorido espacio se insertó la estructura que se convertiría en un hito de la Biblioteca de Santiago, conocido entre los funcionarios como “el huevo”. Se trata de una estructura circular, de madera, que aparece en medio de la sala y está suspendida unos 50 centímetros sobre el suelo. El interior del huevo es un anfiteatro para pequeños, al que se accede por medio de una escalera.

A la sala juvenil, ubicada en el segundo piso, se incorporó tecnología de punta, acceso gratuito a internet, y pantallas touch screen en las que el visitante puede escoger su película favorita, sentado sobre cómodos sillones blancos, negros y rojos que, como mucho del mobiliario de la biblioteca, fueron importados desde Barcelona.

Ya en el tercer piso, la biblioteca, que se inaugura con 155 mil volúmenes, y que para el Bicentenario contará con 365 mil, contiene una sala de colecciones generales y grandes terrazas que proporcionan una amplísima vista al poniente de Santiago, y algo que constituye una novedad en el mundo: una sala para mayores de 18 años, en la que se exhibirá material no apto para niños. Detrás de esta iniciativa está la estratégica intención de que un ciudadano usualmente desvinculado de las letras, guiado por la curiosidad, entre y se tope con Anaïs Nin o con el Marqués de Sade, y dé un paso decisivo en su acercamiento a la literatura universal.

Quienes no estén aquí para leer, pueden sentarse cómodamente a ver los últimos estrenos cinematográficos o escuchar a su banda preferida; dirigirse a la cafetería o a cualquiera de las exposiciones que se presentan sin interrupción, o simplemente sentarse en las terrazas a mirar cómo cae la tarde sobre Santiago.

Cien años no es nada:
el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago

En Matucana 464, a pocos pasos de la Estación Quinta Normal, un edificio neoclásico le da la bienvenida a la sede transitoria del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Santiago, espacio que concentra expositores nacionales y extranjeros en constante rotación, así como una contundente colección de arte chileno contemporáneo.

El MAC Espacio Quinta Normal es una sede temporal que sustituye al MAC original, ubicado en el céntrico Parque Forestal, mientras se terminan los trabajos de restauración en el edificio original, que ya cumple cien años.

El MAC Parque Forestal comparte con el Museo de Bellas Artes un gran edificio neoclásico fundado para el centenario de la República. El incendio de 1969 y el terremoto de 1985 dejaron sus dependencias en precarias condiciones, que hoy se revierten gracias a la inversión de tres millones de dólares proporcionados por el gobierno de Chile.

¿El resultado? No sólo la restauración, sino la refundación del antiguo edificio, que para marzo del próximo año contará con una superficie de siete mil metros cuadrados repartidos en cuatro niveles. La recuperación de su gran cúpula belga, la renovación de sus instalaciones sanitarias y eléctricas, y la completa reorganización de los espacios y accesos, siempre conservando la fachada patrimonial, son sólo parte de los trabajos que transformarán el edificio de 1910 en un monumento del bicentenario de Chile.

Ya sea en su versión Espacio Quinta Normal o Parque Forestal, el MAC (T. 56 (2) 639 6488; www.mac.uchile.cl; martes a sábados de 11 a 17 horas; entrada: un dólar) promete interesantes muestras artísticas, entre las que se destacan la VII Bienal de Video y Nuevos Medios de Santiago (del 18 al 28 de noviembre) y la exposición colectiva de artistas suizos, “Attitudes”, que ocupará todo el museo con obras contemporáneas (de 9 de diciembre de 2005 al 22 de enero de 2006).

En Marbella, Chile: ocho arquitectos al cubo
A 140 kilómetros de Santiago, en el exclusivo balneario de Marbella, se genera un innovador fenómeno arquitectónico sin precedentes en Chile. Impulsado por la iniciativa privada, el proyecto convocó a ocho de los mejores arquitectos chilenos para dar forma a ocho casas diseñadas con total libertad, cuyo único objetivo es “formar un enclave arquitectónico con diseños de grandes arquitectos que sea un referente para el mundo”, explica Alfonso Barroilhet Costabal, arquitecto Coordinador General del proyecto Ocho al Cubo (www.ochoalcubo.cl).

Así, frente al campo de golf del resort Marbella, a pocos pasos de los hoteles y el spa, hoy ya están construidas las cuatro primeras casas, cada una de las cuales responde al diseño de los arquitectos chilenos Mathias Klotz, Christian de Groote, Smiljan Radic y José Cruz. Tres ya están vendidas a dos extranjeros y un chileno.

“El proyecto Ocho al Cubo busca que cada arquitecto entregue lo mejor de sí en el desarrollo de una vivienda que es parte de un conjunto”, señala Barroilhet. A esto se debe que las casas, aunque evidencian el adn de cada profesional, respondan a patrones comunes, como el hormigón blanco, y un espacio común a cargo de un renombrado paisajista chileno.

GUÍA PRÁCTICA

DÓNDE COMER
Zully
Concha y Toro 34, Centro (metro República); T. 56 (2) 696 1378; de lunes a domingos de 19 a 24 horas; alrededor de 30 dólares por persona.
Ubicado en el antiguo y exclusivo barrio Concha y Toro, a diez minutos en metro de Matucana, se levanta la casona de cuatro pisos que hoy alberga uno de los restaurantes más espectaculares de Santiago. Un trabajo arquitectónico que conservó la estética original se complementa con el diseño contemporáneo de los varios ambientes que componen el restaurante, desde la vajilla hasta las paredes, con ilustraciones ampliadas de Jordi Labanda, mobiliario art déco y mucho color. Desde la terraza del cuarto piso se tiene una vista panorámica de la Plaza Libertad de Prensa, en la que confluyen varias calles peatonales de adoquines. La cava, en el subterráneo, es otra de las atracciones del Zully.

La carta trabaja la cocina fusión y de autor, y destaca la entrada de ostiones asados sobre puré de coliflor, caramelo de oporto, aceite de perejil y rúcula, seguida por “África”, un plato que consiste en un filete de avestruz con salsa de almendras servido con arroz florentino. Como postre, el chef Charles Becar recomienda el parfait de cilantro con semillas de ajonjolí, o el pastel de coco servido con salsa de cilantro y sorbete de maracuyá y naranja.

Frederick’s
Almirante Gotuzzo 102, local 101, Centro (metro Moneda); T. 56 (2) 699 8399; de lunes a viernes de 8 a 21 horas; alrededor de 25 dólares.
Con vista a La Moneda, el palacio presidencial chileno, se levanta Frederick’s, un moderno restaurante que es la diversión de su dueño, un inglés que decidió emigrar a Chile luego de dirigir durante treinta años los banquetes de la familia real en el Palacio de Buckingham.

La moderna infraestructura del restaurante inaugurado a principios de este año complementa la estética urbana del centro de Santiago, con muebles livianos y abundante iluminación natural. Los muros blancos lucen enormes fotografías bajo los sutiles verdes del techo.

De su extensa carta internacional se destaca la entrada de croquetas de jaiba con salsa de yogur y menta, y las costillas de cordero con ratatouille como plato fuerte. La oferta contempla una amplia carta de vinos, así como platos y postres especiales para la tradicional hora del té.

Boulevard Lavaud
Compañía 2789, Centro (metro Quinta Normal); T. 56 (2) 682 5243; de lunes a miércoles de 9 a 1 horas, de jueves a sábados hasta las 3 horas; alrededor de 20 dólares.
Ubicado en el barrio Yungay, a pocas cuadras de la estación de metro Quinta Normal, se instaló este restaurante-bar en un edificio de 1900. La legendaria Peluquería Francesa, fundada hace cien años por Emilio Lavaud, fue revitalizada por su nieto, y el bar se levanta a un costado de ésta y de una tienda de antigüedades. El mobiliario y la decoración consisten en antigüedades rescatadas del edificio en ruinas. Todo está a la venta, desde las lámparas de pie hasta los antiguos sillones.

Los tragos sour son la especialidad de la casa, en sus versiones whisky, amaretto, pisco e incluso chocolate. Para comer se ofrecen, por ejemplo, dados de filete en salsa de frutos secos, así como diferentes tablas para picar.

Bar Lts.
Compañía 2201, Centro (metro Cumming); T. 56 (2) 466 3863; de martes a sábados de 18 a 3 horas, domingos de 15 a 1 horas; alrededor de 25 dólares.
El gran atractivo de este sitio a sólo una estación del metro Quinta Normal, son los dispensadores de cerveza sobre las mesas, que permiten un auto servicio tan entretenido como peligroso. El cuentalitros, eso sí, ayuda para no abusar de la novedad. Se trata de un pequeño local, ubicado en la interesante Plaza Brasil, cuyos muros de cemento se combinan con el fuerte colorido del mobiliario y la cocina a la vista. El punto central de la carta es la cerveza, aunque también se ofrecen diversas tablas, fondue y una variedad de sándwiches.


DÓNDE DORMIR
Hotel Galerías
San Antonio 65, Centro (metro Santa Lucía); T. 56 (2) 361 1911; www.hotelgalerias.cl; habitaciones dobles desde 180 dólares.
Luego de 26 años de existencia, el año pasado se presentó la nueva cara del Hotel Galerías, tras un trabajo de remodelación que tomó dos años y que dio como resultado un hotel que se plantea como muestra del arte y la cultura chilenos. Además de la renovación estructural, se incorporaron piezas históricas, objetos de las etnias y culturas de todo Chile, incluidas piezas auténticas de la Isla de Pascua.
Las 162 habitaciones repartidas en seis pisos privilegian el fierro y la madera como elementos principales. Un servicio de lujo se complementa con alta gastronomía, piscina y un centro de relajación.

Hotel Plaza San Francisco
Alameda 816, Centro (metro Universidad de Chile); T. 56 (2) 639 3832; www.plazasanfrancisco.cl; habitaciones dobles desde 119 dólares.
Un alto edificio construido en 1989, en constante proceso de remodelación, da vida al hotel cinco estrellas más nuevo del centro de Santiago. Maderas nobles, exclusivos tapices y muebles de estilo dan el sello cálido a las 155 habitaciones. El restaurante Bristol le ha valido al hotel varios premios, y cuenta con una galería de arte, perteneciente a la prestigiosa galería internacional Praxis International Art, en la que permanentemente se exponen y venden obras de artistas chilenos e internacionales.
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