Valencia se arregla de cara al mar
Escultura La soprano Fotografía de Juan Carlos Rojas

Valencia se arregla de cara al mar

Valencia saltó al escenario de la arquitectura gracias a Santiago Calatrava, su hijo prodigo y el principal artífice de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Su segunda gran renovación está en curso gracias al evento deportivo más antiguo del mundo, la regata Copa América.
Me encontraba en medio de la Plaza del Ayuntamiento, observando las palmeras que rodean esa plancha de concreto que parece una isla en medio de calles y viejos edificios de bancos, comercios, restaurantes y departamentos habitacionales. Me distraje un rato mirando la vivaz fuente de la cuadra contigua. La pobre lucía solitaria, desdeñada por los valencianos que comenzaban a llenar las aceras; de seguro ya había concluido su jornada laboral y se dirigían a sus casas, algunos, mientras otros comenzaban a llenar las cafeterías, las terrazas y los bares.

Estaba esperando a dos amigos con los que iría a recorrer las calles del centro de Valencia. Como el tiempo en solitario se prolongaba, comencé a observar de modo más detallado el Palacio de Ayuntamiento. Parecía una gran catedral con sus cúpulas laterales y su torre central espigada, sólo que ésta en vez de campanario tenía un reloj.

Por encima de las edificaciones se asomaban enormes plumas de construcción, signo inequívoco de que me encontraba en una ciudad en remodelación. Recordé el Berlín de principios de los noventa y pensé también en las ciudades en vías de celebrar unas Olimpiadas o una copa mundial de futbol.

Crucé la calle para comprarme un café y el diario El País, en el que encontré un amplio reportaje con el título “Los grandes arquitectos se disputan Valencia”, firmado por Miquel Alberola. Me senté en una banca, cubierto por la sombra de un árbol generoso, y comencé la lectura del texto. Ahí se decía que Valencia estaba embelleciéndose para mostrar su mejor cara en 2007, año en el que este sitio será sede de la Copa del América, una competencia de regata que constituye el evento deportivo más antiguo del mundo y que, se espera, generará una derrama económica impresionante. Además supe que las autoridades valencianas llevaban un par de años en el empeño de consolidarse como el tercer destino turístico de España, luego de Madrid y Barcelona.

Y vaya que lo están logrando. En julio pasado batieron récord histórico en el número de visitantes registrados en hoteles valencianos. Casi 50 mil eran extranjeros, lo que duplica el número de turistas del mismo mes en 2004. También me enteré de que no era el único mexicano interesado en conocer esta ciudad: unos 8 mil mexicanos la visitaron el año pasado, mientras que en 1998 menos de 2 mil connacionales se animaron a cruzar el océano para probar la paella más deliciosa del mundo.

Terminé de leer el artículo cuando llegaron mis amigos, quienes me condujeron por calles angostas, repletas de caminantes, hasta que topamos con un placita desierta, invadida por palomas. Ahí nos tomamos unas fotos, descansamos, y luego nos propusimos ir a buscar una terraza tranquila para tomarnos unas copas de vino tinto y algunas tapas.

El furor por los arquitectos
Durante la “marcha” trabamos amistad con valencianos orgullosos de su ciudad, quienes a la menor provocación hablaban de las remodelaciones a la Catedral Metropolitana, ubicada en la Ciudad Vieja, y de las edificaciones modernas, que están en las grandes avenidas de la Ciudad Nueva.

La inauguración del Museo de las Artes y las Ciencias, en 1998, empujó el fervor arquitectónico de Valencia, pues a partir de entonces comenzaron a levantarse nuevos edificios —hoteles Gran Turismo, principalmente— y se sucedieron constantes remodelaciones a antiguas construcciones. La obra de Santiago Calatrava también generó mayor interés por Valencia. Calatrava nació en 1951 en Benimamet, Valencia, y es uno de los arquitectos más reconocidos de las últimas décadas; estudió arquitectura en su ciudad natal e ingeniería en Zurich, Suiza, donde abrió su primer estudio en 1981. En 1988 recibió el premio de Arte de Barcelona por la proyección del Puente de Bach de Roda. Muchos de sus diseños se basan en el cuerpo humano para darles movimiento y crear la sensación de que están vivos, como el gran ojo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Pero los nuevos avances, a decir de los valencianos, son por obra y gracia de haber obtenido la venia para organizar la Copa del América.

No lograba entender que una competencia de regata propiciara tal impulso al desarrollo de esta ciudad. En los días siguientes comprendí que tras la designación de Valencia surgió la oportunidad de culminar un proyecto urbanístico en espera. La inminencia de este evento deportivo provocó que el gobierno y un buen número de empresarios destinaran los recursos suficientes para la renovación de la dársena interior del Puerto de Valencia, para recuperar la fachada litoral y darle más que una manita de gato a edificaciones medievales, como las Torres Quart, además de motivar la construcción de edificios vanguardistas —que albergan importantes empresas— a las orillas de las avenidas principales de la Ciudad Nueva.

A los lugareños les agradó que la alcaldesa Rita Barberá dijera recientemente que “Valencia se convertirá en la primera ciudad líder en arquitectura del mundo”. El primer proyecto urbanístico fue presentado por la propia alcaldesa y por el presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, ambos del Partido Popular. Éste consiste en tres edificios diseñados por Calatrava, con lo que se pretende completar la Ciudad de las Artes y las Ciencias, la cual, por si fuera poco, acaba de estrenar su Palacio de las Artes, firmado también “Calatrava”.

El próximo proyecto consiste en tres torres de formas esbeltas, inspiradas en las columnas de la famosa Lonja de Mercaderes de Valencia del siglo xv, de 308, 266 y 220 metros de altura, sobre láminas de agua, y un ágora de 70 metros de altura. Las torres se llamarán Valencia, Castelló y Alicante, y costarán unos 400 millones de euros; albergarán una parte residencial y otra para hotel, además de comercios y oficinas. Se calcula que la obra podría estar lista en el año 2010. No obstante, el edificio del Ágora (una gran plaza comercial) que Calatrava ha incluido en el proyecto estará probablemente terminado en 2007, para la Copa del América. Por todo esto, Calatrava acaba de trasladar a Valencia su estudio —que antes estaba en París— y desde aquí atenderá todos sus proyectos europeos.

Entre los muchos otros proyectos está el de un tren rápido que irá del puerto, donde se realizará la Copa del América, al aeropuerto, o un Balcón al Mar, que incluirá un complejo comercial, restaurantes, albercas y una torre mirador. Actualmente están a la espera de que les aprueben planes una docena de prestigiados arquitectos europeos, tales como Ieoh Ming Pei, autor de la pirámide del Museo del Louvre, en París; el madrileño Alejandro Zaera, con su proyecto de El Grau; o el holandés Rem Koolhaas, creador de Euralille, una ciudad comercial y de negocios en torno a la estación del tren de alta velocidad en Lille, Francia.

Por lo pronto, es imposible estar en Valencia sin sentir el furor por dotar a esta ciudad de grandes construcciones. Los diarios lo refieren, la gente habla de ello y, sobre todo, se ve una ciudad arreglándose, contenta, deseosa de ligarse al mundo en la gran fiesta, la de 2007.

Jorobas de ballena y aletas de tiburón
Mucha gente me había dicho que la Ciudad de las Artes y las Ciencias era una delicia visual y que por ningún motivo podía excluir de mi itinerario la visita al Museo de las Artes y las Ciencias de Calatrava. Pero la verdad es que la euforia de mis nuevos amigos valencianos, quienes desde mi perspectiva presumían demasiado su ciudad, me hizo pensar que no encontraría nada extraordinario en la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Estaba equivocado. Cuando llegué al sitio me encontré con un mar calmo del que salían jorobas de ballena, espaldas de delfín y aletas de tiburón. Pero nada era amenazante, acaso dominaba la impresión de que estaba viendo una gigantesca nave espacial que extrañamente se integraba a los mamíferos acuáticos, y que me invitaban a dejarme devorar.

Pero no era eso que digo, porque la playa de Valencia está a varios kilómetros de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Lo que tenía frente a mis ojos en realidad era un conjunto arquitectónico que evoca aquello. El mar calmo era una gran alberca, y las partes de animales acuáticos eran los edificios de Calatrava. Luego de tomar algunas fotos —aún no entiendo por qué los turistas cuando vemos algo impresionante primero tomamos fotos y luego miramos bien, acaso es porque creemos que lo visto habrá de desaparecer—, caminé por un pasillo angosto, quebré a la izquierda y me topé con un bloque de concreto en forma de media esfera, pero a mí me pareció la boca de un tiburón seductor. Me dejé tragar. Era L’Hemispheric, donde está el planetario y la pantalla gigante, una especie de media esfera en la que exhibían una película sobre las luchas tribales en América luego de la Conquista.

Saliendo de ahí ingresé en el famoso museo interactivo, en el que hay un aparato para saltar en una rampa de metal: de inmediato, en una pantalla aparece la altitud del brinco. En otro artefacto uno puede lanzarse para averiguar la longitud del propio salto, y hay una báscula que mide la cantidad de agua que tiene uno en el organismo. También entré en la reproducción de una nave espacial igualita, dicen, a las que utilizan en la NASA para viajar a la Luna. Se mueve de modo tal que de pronto uno siente estar de cabeza.

Me sorprendió ver a un grupo de sacerdotes, como 20, paseando en visita guiada por el lugar. Los miré contentos en todo momento, incluso cuando pasaron por una sala donde queda clarísimo que la evolución de las especies pasa por anfibios, se entretiene en los primates y llega a los humanos. Me agradó esa imagen, aunque no entendí por qué no pasaron más tiempo en la vitrina en la que los pollitos salen de sus huevos, o en la que los grupos de más de 10 pueden colocarse alrededor de un círculo de lámina para tomarse una foto multidimensional.

Hay que caminar un poco para llegar a Oceanográfico, un zoológico submarino en el que deambulan a lo largo de grandes túneles especies rarísimas, además de tiburones y mantarrayas. Ahí mismo hay pingüinos y focas. Los amantes de los animales no deben perderse esa experiencia, de veras. Es más placentera de lo que dos o más párrafos puedan contar.

Y nadie debe irse de la Ciudad de las Artes y las Ciencias sin comer en el Submarino, un restaurante decorado en tonos oscuros, luz tenue y circundado por una enorme pecera. Los bocadillos de salmón como entrada y el fideuá con mariscos (una especie de paella donde se utilizan fideos en vez de arroz) vienen bien con un vino blanco de la región. El restaurante se presta para una larga sobremesa, y para descansar, pues el recorrido por esta ciudad dentro de la ciudad de Valencia amerita unas tres o cuatro horas andando, observando y curioseando.

Las calles
La Catedral Metropolitana está en pleno centro, frente a un mercado de artesanías y entre calles laberínticas que albergan pequeños cafés, boutiques de vanguardia, antiguos comercios, oficinas gubernamentales y hasta el arzobispado.

Es una construcción gótica con añadidos barrocos y románicos en su interior —en Valencia todo es una armónica interacción de estilos arquitectónicos—, y de hecho hace apenas un par de años se descubrieron los impresionantes frescos renacentistas detrás del altar. Llaman la atención los hermosos confesionarios en madera labrada, pero sobre todo una capilla con una muy sugerente imagen de San José, en la que el esposo de María evoca paternidad. El retablo provoca polémica debido a que la mayoría de los ciudadanos son conservadores, católicos practicantes y, por tanto, votantes del Partido Popular.

A unas cuadras de la catedral puede encontrarse la zona de las horchaterías, sitios de gran tradición local que son visitados por valencianos y extranjeros, y donde pueden disfrutarse riquísimas aguas y bocadillos. Para los turistas, éste es un sitio obligado, principalmente después de caminar por las intrincadas calles del centro.

Luego de reposar un rato, vale la pena darse una vuelta por el Instituto Valenciano de Arte Moderno, que está a las orillas de la ciudad vieja, a un paso de brincar a la Valencia moderna, y el cual ganó un reconocimiento en la Bienal de Venecia por la restauración y extensión de los arquitectos japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa. La obra del escultor vasco Eduardo Chillida es lo que más llama la atención de la colección de este museo, pero también hay instalaciones interesantes, como un librero cuyos libros están esculpidos en madera, además de colecciones del escultor Julio González, los artistas plásticos Antoni Tàpies y Antonio Saura.

El museo se encuentra frente a lo que fue el río Turia, que ahora es un espacio recreativo de 300 mil metros cuadrados en el que sobresalen áreas verdes y en el que se practican el ciclismo y otros deportes al aire libre. Diversos arquitectos están interesados en hacerle añadidos a este río sin agua que atraviesa la ciudad, entre ellos el español Alejandro Zaera, los alemanes Meinhard von Gerkan y Volkwin Marg, y el valenciano Carlos Meri.

No lejos de ahí están las Torres Quart, de mediados del siglo xv, que fueron las puertas de entrada a la ciudad durante cientos de años. Los restos de la muralla que resguardó a Valencia de sus enemigos aún conservan las huellas de las balas de cañón y recuerdan que ésta, como otras ciudades europeas, ha logrado integrar lo viejo del antiguo mundo con el nuevo desarrollo urbanístico.

El estilo gótico de la Lonja de Mercaderes, situada frente al mercado municipal, sorprende por la crucería de la bóveda y sus columnas helicoidales. Ahí la guía le explicaba a unos niños divertidísimos que una pequeña puerta —de un metro de altura— servía para encerrar a los comerciantes que no querían pagar impuestos a los poderosos dirigentes del gremio. Sobre la puerta se levanta una torre que ni el hombre araña hubiese podido escalar, si hubiese querido escapar por la abertura de la parte superior.

La riqueza visual de las casas del centro no permiten hablar de una estética característica, ya que los estilos barroco, renacentista, gótico y mudéjar conviven a lo largo de las angostas calles. Lo que sí es constante es la serie de balcones con herrería y grabados de plantas que siempre van subiendo, albergando cítricos y una que otra nuez o avellana. Los guías de turistas le dirán que ello corrobora que Valencia vive de espaldas al mar, preocupada por sus sembradíos más que por la explotación de sus mares. Y lo dicen como queja, aunque suelen comentar que la nueva actitud valenciana pasa por su reconciliación con el puerto, razón por la cual la regata de 2007 se ha convertido en algo más que un evento deportivo. Es la oportunidad de integrar su costa con una ciudad moderna, con industrias, comercios, turismo y, digamos, una identidad propia que busca mostrarse.

Para beberse Valencia
La calle de Caballeros, en el centro, es una de las zonas de la fiesta. La otra, más local, es la Plaza del Negrito, en el cercano barrio de El Carmen. En ambas los bares se suceden de modo interminable, por lo que hay que tener buen ojo para elegir la ruta de la marcha. Mi método fue entrar en los sitios que, aunque concurridos, permitieran encontrar una mesa disponible, y creo que resultó bien.

Los cantineros y los meseros que conocí fueron amables, aunque no en extremo, recordemos que estamos en España, donde la rudeza del lenguaje no debe interpretarse como descortesía. Además, los valencianos y turistas —50/50— que llenan los lugares están dispuestos a divertirse, a conversar en grupos pequeños, pero también a interactuar con desconocidos, de modo tal que uno puede sentirse en una ciudad cálida, como lo son casi todas las comunidades costeñas.

Y aunque Valencia tiene fama de ser una región que vive mirando sus sembradíos de naranjas, limones, toronjas y mandarinas, en lugar de integrarse al mar, los lugareños están en los últimos tiempos con un ánimo similar al del anfitrión costeño, dispuesto a complacer a sus visitantes.

Las noches de Valencia son una buena oportunidad para disfrutar y entender el ánimo de esta ciudad. Y los precios son accesibles, pues una cerveza puede costar 3 dólares, un vodka 5 y un whisky 6 dólares. Un generoso plato de carnes frías, jamón serrano incluido, no rebasa los 5 dólares. Y con uno o dos dólares puede uno adquirir tortilla española, una orden de aceitunas o perdiz, un ave de consumo local.

El aeropuerto de Valencia, por último, es otra prueba del espectacular crecimiento en el tráfico aéreo. Ha puesto en marcha un ambicioso plan de inversiones, que servirán para la prolongación de la pista de aterrizaje, la ampliación de la plataforma de estacionamiento de aeronaves, la construcción de un edificio de estacionamiento de vehículos, la ampliación del edificio de pasajeros, la construcción de un centro de carga aérea y la integración de una estación de metrobús que comunicará directamente con el puerto, donde se llevará a cabo la competencia de regata de 2007; en definitiva, Valencia está poniéndose guapa.

GUÍA PRÁCTICA

MUSEOS
Ciudad de las Artes y las Ciencias
Avenida Autopista del Saler números 1, 3, 5 y 7 T. 34 (902) 100 031 www.cac.es
Diario a partir de las 10 horas Entrada al Museo de las Artes y las Ciencias: 7.20 euros, a L’Hemospheric: 7.20 euros, al Oceanográfico: 21.20 euros, a los tres: 28.80 euros (válido por dos días)

Instituto Valenciano de Arte Moderno
Guillem de Castro 118 T. 34 (963) 863 000 www.ivam.es
De martes a domingos de 10 a 20 horas Entrada: 2 euros (entrada gratuita los domingos)

Lonja de Mercaderes
Plaza del Mercado s/n T. 34 (963) 525 478
De martes a sábados de 10 a 14 y de 16:30 a 20:30 horas, domingos hasta las 15 horas


DÓNDE COMER
Les Graelles
Arquitecto Mora 2 T. 34 (963) 604 700
De lunes a sábados de 13 a 15:30 y de 21 a 24 horas, domingos hasta las 15:30 Paella de langosta: 18 euros
Tiene fama de servir una de las mejores paellas de la ciudad y otros platillos regionales en un gran comedor decorado con artesanías, cerámicas y textiles locales.

La Lola
Subida del Toledano 8 T. 34 (963) 918 045
Diario de 20 a 2:30 horas Menú de cuatro tiempos: 36 euros
A unos pasos de la catedral, este peculiar restaurante es el sitio para encontrarse a los jóvenes enterados de Valencia, quienes comen innovaciones vascas en un comedor retro decorado únicamente con motivos geométricos rojos, blancos y negros, y de jueves a sábados los mejores DJs de la ciudad se hacen cargo de la música a partir de las 12:30 horas.

Riff
Conde Altea 18 T. 34 (963) 335 353 www.restaurante-riff.com
De martes a sábados de 13:30 a 15:30 y de 21 a 23:30 horas Menús de 20 euros a mediodía y 40 euros en la noche
Éste es otro de los restaurantes de moda, sólo que aquí el estilo es sobrio y elegante y la comida mediterránea —entradas griegas, pescados perfectos, una gran cava—, y a cada mesa se le garantiza absoluta privacidad mediante una atinada cortina.


DÓNDE DORMIR
Neptuno
Paseo de Neptuno 2 T. 34 (963) 567 777 F. 34 (963) 560 430 www.hotelneptunovalencia.com
Habitación doble con desayuno incluido desde 100 euros
Este pequeño hotel boutique es la muestra de que Valencia se ha reconciliado con el mar. Sus interiores, sobrios y modernos, están volcados todos a la terraza y el paseo sobre la playa y el puerto deportivo.

Puerta Valencia
Cardenal Belloch 28 T. 34 (963) 936 395 F. 34 (933) 249 185 www.hotelpuertavalencia.com
Habitación doble desde 75 euros
Si el objetivo es estar cerca de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, ésta es una gran opción. La fachada —un gran muro de vidrio cubierto de dibujos abstractos— fue obra del diseñador español Javier Mariscal, y los cuartos y salones mantienen esa estética contemporánea.
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