Mineral de Pozos: los encantos de un pueblo fantasma
Fotografía de Jorge Romero

Mineral de Pozos: los encantos de un pueblo fantasma

Apenas a 45 minutos de San Miguel de Allende, Mineral de Pozos tiene el encanto de un auténtico pueblo minero abandonado y gracias a un escaso pero exigente grupo de admiradores, ofrece buenísimas instalaciones para dormir y comer en plena tranquilidad.
Viajamos en una pickup traqueteada, pesada como un elefante y roja como la sangre. Mi compañero de aventura es un tejano que me lleva dos años y treinta kilos, con las pestañas blancas sobre un bronceado bien asentado. Exuda confianza y torrentes de información, y no disimula el orgullo que siente por su estupendo español. Philip es de esos tipos que saluda y le dice alguna cosa a absolutamente todos. Y, por supuesto, sobre la polvorienta carretera que sale de San Miguel de Allende hacia Dolores Hidalgo, pasando el instituto artístico color yema de huevo, le hace una seña a otro vehículo.

San Miguel es notorio en México por su enorme comunidad de extranjeros, principalmente norteamericanos retirados o semiretirados, que por casi medio siglo han dotado a la ciudad de un carácter distintivo: ahora es ordenada y carísima, y deja detrás suyo una estela de extraña filantropía. Pues bien, no lejos de ahí está Pozos —un auténtico pueblo minero de piedra blanca fundado en 1576, y cuya última mina cerró en 1927—, un sitio que complementa perfectamente a la demasiado emperifollada sociedad de San Miguel.

Sus profundas minas se abren abrupta y peligrosamente en el matorral del desierto junto a un hospital abandonado que aguarda bajo el intenso sol. Un “cuidador” sin palabras llamado Don Raymundo se pasea por la mina de Santa Brígida como un profeta bíblico enloquecido mientras caídas cavernosas revelan dramáticos movimientos en la roca amarilla; una intrincada y violenta historia que nadie conoce realmente.

Y Philip —que se está entrenando como guía de turistas— fue el acompañante perfecto en esta tierra de nadie, con sus ojos azules entre centelleantes, acuosos y perdidos. Su imagen torturada de sí mismo, de gringo que no se mezcla con el resto de su tropa porque no es como ellos, en combinación con su mucha información, se convirtió en el alma perfecta para espiar en el pasado anguloso y delicado de Pozos.

La fantasía de los pueblos fantasma

A los pueblos fantasma “te vas a vivir después de haber matado a tu padre y embarazado a tu hermana”, me comentó alguna vez el Dr. Jaime Zarzoza, un patólogo potosino, hablando sobre Real de Catorce, un sitio que desapareció del mapa después de un periodo en que producía más de 3 millones de plata al año.

La ocurrencia me recuerda una cita del Bodie Daily Free Press de junio de 1881, utilizada como introducción a un artículo sobre pueblos fantasma en Estados Unidos: “Bodie se está convirtiendo en un tranquilo resort de verano: nadie fue asesinado aquí la semana pasada”.

Quienes han desarrollado un gusto por las delicias del desierto, las minas y los pueblos fantasma, encuentran que los de México son los más interesantes por su autenticidad y por permanecer relativamente intactos y misteriosos. La mayor parte de ellos está en el centro del país, en una cordillera que se extiende desde el estado de Hidalgo en el sur hasta Real de Catorce en el estado de San Luis Potosí, en el norte, donde la actividad volcánica produjo ricos depósitos minerales. Sus raíces económicas e históricas derivan del descubrimiento de la plata en el siglo xvi, pero su actividad productiva alcanzó su cúspide hasta el siglo XIX.

El atractivo de estos pueblos arenosos y melancólicos tiene también raíces más antiguas, que evocan una sensación sagrada de caminar en el mundo de nuestros ancestros desaparecidos, un mundo que subyace a nuestra propia temporalidad y nos enseña que somos sólo fantasmas vivientes.
Y si bien la industria turística de México está rezagada en este aspecto si se le compara con Nevada, Arizona, Colorado, Montana y California —que alguna vez pertenecieron a México—, Pozos es la excepción de la regla.

Los espeluznantes misterios de Pozos
Como en todo pueblo fantasma, en Pozos se oyen todo tipo de historias. Por ejemplo, se dice que su reputación está subiendo a nivel mundial y pronto será el nuevo San Miguel de Allende. También hay teorías de la conspiración según las cuales el apoyo federal hacia el turismo es escaso porque existen planes ocultos con compañías canadienses para extraer el oro y la plata que aún residen 90 metros bajo suelo.

Algunas versiones dicen que Pozos tuvo una población de 70 mil habitantes durante el auge minero de fines del siglo XIX, otras dicen que fueron 300 mil. Pero todos concuerdan en que ésta se desplomó, ya sea a 4 mil o a sólo 300 en cuestión de semanas. Para unos la explicación es la Revolución, y otros aluden a la perforación accidental de una roca acuífera después de que se nacionalizaron las minas, lo que resultó en una inundación desastrosa y la trágica muerte de entre 11 y 13 mil hombres.

Sea como sea, los túneles de viento esculpidos en la mina de Santa Brígida, agrietados por el calor y reforzados con enormes rocas, componen un paisaje cautivador que —predeciblemente— ha sido utilizado como foro para numerosas películas. La belleza y el peligro del lugar son realmente alucinantes. Santa Brígida, con excavaciones de 400 metros bostezando en el desierto sembrado de minerales, está llena de agujeros sin un solo pedazo de reja ni letrero de advertencia a la vista.

“Ésta es una caída de 600 metros”, me dijo Philip, aventando una roca a su boca cavernosa. Cuando oímos el eco sordo al fondo, parecía que había pasado una eternidad.

El emblema de Santa Brígida son tres chimeneas solitarias y un puñado de edificios que incluyen un hospital color blanco y marrón que aún conserva la mayor parte de sus cuatro muros. Puede que don Raymundo, el sabio anciano que se encontrará tambaleando entre las plantas, le cuente “la tragedia” si se gana su confianza. O puede que sólo lo ignore.

Aunque pueden visitarse varias de las minas, Los Cinco Señores es la única que puede comparársele a Santa Brígida. Operada entre controversias por un ejido local, fue bautizada en honor de sus cinco dueños españoles, y valen la pena las vistas desde su torre.

Las cisternas y sistemas para enfriar el agua aún pueden verse en la entrada y los visitantes pueden gatear por uno de los caminos con Jesús Velázquez, el guía local, alias “El Chino”. Eso sí, el paseo es apto sólo para quienes no sufren de claustrofobia: tras caminar 30 metros hacia el fondo de la tierra, hay que gatear (“El Chino” provee de cascos con luces) por unos 100 metros antes de poder caminar como un kilómetro bajo tierra.
Tomamos una de las vueltas a la derecha y llegamos a otra caída repentina. “A este lugar le hacen falta urgentemente barandales”, ríe el guía solitario tirando una segunda piedra. Esta vez oímos un rugido: había agua allá abajo.

La emoción que ofrecen estas minas es iniciática, una mezcla de viaje a través del tiempo —pueden verse los sitios donde se sacudía a los trabajadores antes de irse, en caso de que hubiesen escondido un pedazo de mineral en sus bolsas— y una sensación de reverencia por la magnificencia y el peligro de la naturaleza.

“Tan maravilloso, y sin futuro aparente”, dice Philip de Pozos, con una sonrisa que delata su obvia resignación, mientras nos volvemos parpadeando en medio del polvo y el sol.

Hospitalidad en el desierto
Aunque el presidente José López Portillo declaró a Mineral de Pozos como Tesoro Histórico Nacional en 1982, casi nadie lo conoce, excepto algunos artistas extranjeros. Cuenta con un lindo y a menudo vacío zócalo, algunos fabricantes semiconscientes de instrumentos musicales prehispánicos y un espacio para tianguis completamente desierto. Pero esa apabullante conciencia de su potencial es parte de lo que hace tan poderosa una visita a Pozos.

Los dos mejores hoteles están pegados al zócalo: la acogedora Casa Mexicana (Jardín Principal 2; T. (442) 293 0014; www.casamexicanahotel.com; 750 pesos en ocupación doble con desayuno incluido), de dueños mexicanos, y la elegante Casa Montana (Jardín Principal 4; T. (442) 293 0032; www.casamontanahotel.com; 1150 pesos en ocupación doble con desayuno incluido), foco de chisme e información de la comunidad de extranjeros, ideal para perderse en el desierto.

Casa Mexicana ofrece unos curiosos cuartos mágicos que parecen salidos de un cuento de niños, uno de ellos con un enorme árbol creciendo en su interior, otro en forma de torre con diferentes pisos. Casa Montana, en cambio, da la sensación de un hotel boutique, con cuartos elegantes, baños suntuosos y un jardín perfecto.

Estos estándares de servicio, mucho más altos de lo que uno esperaría, sugieren que Pozos está por despertar de un hechizo de somnolencia. Actualmente los turistas suelen ser tejanos millonarios en busca de algo salvaje y escondido que deciden que éste es el lugar para escaparse del mundo, o amantes del jet set sanmiguelense que huyen a la tranquilidad ciega del desierto para sus citas ilícitas.

En Pozos también está el Museo de Instrumentos Prehispánicos (T. (442) 293 0058; de 11 a 17 horas). Marcelino, un músico local, está casi siempre disponible para mostrar cómo funciona el atecocoli —un tipo de trompeta hecha de un guaje—, el teponaxtli —una especie de tambor de dos tonos— o el cuicátetl, que significa “piedras que cantan”, y recuerda al xilófono.

Camino al mejor restaurante del pueblo, el Café des Artistes —su cocina es accesible y deliciosa: gazpachos, creativas ensaladas o el filete de salmón al vapor con costra de ajonjolí (de 10:30 a 20 horas; alrededor de 200 pesos por persona)— de Casa Mexicana, paramos en la tienda de instrumentos prehispánicos de José Luis Navarro y compramos un silbato llorón por 40 pesos. Sus tambores o huéhuetls son buscados por músicos de todo el país y se venden entre 2?500 y 5 mil pesos, dependiendo del tamaño y los grabados en la madera.

GUÍA PRÁCTICA
El pueblo cuenta con cinco restaurantes, seis galerías e incontables historias. Para información sobre los servicios y un útil mapa, consultar la página de Bill Lieberman (www.mineraldepozos.com), dueño del restaurante Los Famosos de Pozos (Hidalgo 10-B; de miércoles a lunes de 11 a 20 horas) e investigador de la historia del pueblo.

Desde San Miguel, se puede visitar Pozos con PMC Tours (T. (415) 152 0121; www.pmexc.com; 600 pesos por 7 horas). Ya en Pozos, vale la pena contactar a Fernando García (T. (442) 293 0123; de 2 a 4 horas por 300 pesos), que también alquila bicicletas y carritos de golf.
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