El Reino Unido del brazo de sus aristócratas acérrimos
La aristocracia de Irlanda y las Islas Británicas, esa que posee grandes palacios en el campo y sale de cacería con elegantes trajes de tweed, es en definitiva un círculo cerrado, hermético. Pero existen modos de compartir su mundo, sus habitaciones y sus hábitos, aunque sea por unos cuantos días.
La riqueza tiene su lado difícil. Uno ya alquiló un yate de muchos millones, ya voló en el Concorde, ya descendió montañas en heli-ski, y probó cocteles en las terrazas de los hoteles más costosos del mundo, pero quiere seguir viajando. Entonces empieza a desear precisamente aquello que el maldito dinero no puede comprar.
Es por eso que mucha gente adinerada se siente inexplicablemente atraída hacia las islas de la Gran Bretaña e Irlanda. Sin duda no se debe al clima. Tampoco se explica por el servicio.
El atractivo está, en cambio, en la seducción de la aristocracia y las clases altas. La intoxicante idea de que le permitan entrar a su íntimo círculo. Pasar el verano con ellos en sus casas solariegas, esas mansiones con terrenos inmensos heredadas de generación en generación, y pasar las tardes hablando de arte o política. Quizá ser invitado en un futuro para disfrutar los pasatiempos caballerescos de la caza, la pesca o un partido de croquet en el césped. Ah, el dulce sueño. Muy al estilo de los personajes del novelista británico Evelyn Waugh.
En la vida real, no obstante, la naturaleza jerárquica del sistema no permite que nadie entre a ese mundo. La mayoría se queda vagando alrededor de sus casas contemplando las cuerdas rojas y los letreros de “privado” que evitan que el vulgo se desvíe del camino en cualquier lugar vagamente interesante.
Como alguna vez dijo un posh inglés (como se llama a los de sangre azul, o a quienes viven como si la tuvieran), los beneficios de pertenecer a la clase alta británica son “gratuitos para quienes pueden pagarlos y muy caros para quienes no”. Pero ni siquiera el dinero garantiza automáticamente el acceso. Como sucede con muchas cosas en la vida, uno tiene que conocer a la gente correcta. Aquí es donde entran en escena John y Jenny Casperson de Connoisseur Travel (York, England; 44 (1904) 790 924; connoisseurtravel@ctyork.com).
Naturalmente posh, sus amigos son ricos del campo; una mezcla de lores, damas, terratenientes, granjeros y jardineros en el norte de Inglaterra y Escocia. Cuando John trabajaba para una organización estadounidense, a Jenny le tocaba mostrarle el campo a los ejecutivos que estaban de visita. Se dio cuenta de que lo que más le entusiasmaba a sus invitados era el acceso a gente que normalmente no conocerían en sus viajes.
En poco tiempo se volvió un negocio. Pero no se preocupe, no un negocio de tours convencionales. Lo más importante para Jenny es que sus clientes “nunca se sientan como turistas”, sino como “invitados”.
Ahora Jenny lleva a sus nuevos conocidos a almorzar con sus viejos conocidos, quienes resulta que poseen sus propias mansiones solariegas. En algunas de las reuniones más íntimas sólo se sientan a la mesa una pareja de viajeros, John y Jenny, y el lord y la dama de la casa. Algunas veces habrá unos cuantos más. Ella se ha pasado más de 26 años cultivando sus contactos, así que no le gusta mencionar nombres para que la competencia no se entere.
Sin embargo, se le sale confesar que “Harewood House (Harewood, Leeds; T. 44 (113) 218 1010; www.harewood.org) es mi casa de campo favorita en Yorkshire. No —se corrige a sí misma—, mi favorita en todo el país”. Construida por Edward Lascelles entre 1759 y 1771 cerca de la ciudad de Leeds, en los valles del norte de Inglaterra, el interior fue diseñado por el famoso arquitecto escocés Robert Adams y todos los muebles se comisionaron a Chippendale. “Una vez nos sentamos a cenar en sus sillas”, añade Jenny.
Cuando va de visita, el conde de Harewood (quien por cierto es primo de la reina) siempre se asegura de estar ahí para recibirla a ella y a sus invitados.?“Simplemente considera que es cuestión de educación”, dice Jenny.
A los cocteles en la terraza —con vista a los jardines confeccionados por el eminente horticulturista inglés Capability Brown— les sigue una cena a la luz de las velas en el comedor. El escenario es fantástico: flores entrelazadas en los vasos y cubiertos, candelabros de plata y pinturas de Tiziano, El Greco y Veronese en las paredes.
Y la cena aún no ha llegado. Cuando eso sucede, la mayoría de las personas la encuentran muy a su gusto. Esto se debe a que es creación del equipo responsable de Pool Court at 42 en Leeds (42 The Calls, Leeds; T. 44 (113) 244 4242; www.poolcourt.com), el restaurante reconocido por la guía Michelin que fundó el renombrado restaurateur Michael Gill en 1966 y que, por cierto, cerrará sus puertas el próximo 31 de diciembre, cuando el chef y su esposa Hanni se retiren a su casa del suroeste de Francia. El equipo, no obstante, seguirá a cargo de la Brasserie Forty 4 (42 The Calls, Leeds; T. 44 (113) 234 3232; www.poolcourt.com/b44), justo al lado, y de estas opulentas cenas privadas.
Como entrada puede haber un plato de salmón ahumado con caviar Beluga y pepinillos dulces. Luego un granite de champaña seguido del tradicional platillo inglés de carne de res Wellington con una espesa salsa a base de vino de Madeira. Enseguida pueden venir los quesos de Yorkshire y quizás un postre de chocolate amargo con un dulce de caramelo de cereza. Si en este punto todavía puede levantarse de la silla, Jenny le dará un recorrido privado por la casa.
Puede que las formas lo aburran, o tenga algo distinto en mente. La buena noticia es que John y Jenny se destacan en la personalización de los viajes. ¿Quiere conocer a un verdadero granjero inglés? Lo llevarán a los pastizales para que hable sobre el precio de los puercos con uno de sus amigos mientras su perro ovejero conduce el descenso de un rebaño por los picos más altos.
Una vez llevaron a un abogado para que presenciara un caso presidido por un juez que conocen, y arreglaron un encuentro tête-à-tête entre los dos después. También organizaron un recorrido para un hombre que había viajado con ellos antes de quedarse ciego de la noche a la mañana. Regresó a sus acogedores brazos y disfrutó de un viaje lleno de deleites para el resto de sus sentidos: “Muchas cataratas”, dice Jenny, e incluso un golpe de la mitra y el manto del obispo de Durham.
Según explica Jenny, “cualquiera puede rentar un jet o subirse a un helicóptero”, lo que no se puede comprar son “los contactos”. Un viaje como éste de cinco días y cuatro noches en Yorkshire le costará 2?760 libras por persona, incluyendo bastantes visitas privadas a casas solariegas y museos.
De cacería con
todas las de la ley
Si uno desea quedarse un poco más de tiempo codeándose con la aristocracia terrateniente, la región de los moors en el norte de Yorkshire es el lugar para hacerlo, y la temporada comienza con el más exclusivo de los pasatiempos campiranos: el inicio de la caza del urogallo el “glorioso 12” (de agosto, aunque es preciso reservar con varios meses de antelación).
De acuerdo con Simon Clarke, vocero de la British Association for Shooting and Conservation (Asociación Británica para la Caza y la Conservación), es el caviar de la cacería. En gran parte por la naturaleza salvaje de las aves, que —a diferencia de otros tipos de caza— no pueden criarse en cautiverio. Existen dos maneras de practicar la cacería de urogallos. La opción de los pobres, que cuesta alrededor de mil libras por día, consiste en un grupo de cerca de diez personas que merodean por un páramo con perros de caza, acercándose (el término en inglés es “walking up”) a los urogallos para que salgan volando.
La alternativa es “driven grouse”, en el que “the guns” (es decir, la gente que va de cacería; recuerde estos términos para impresionar) se esconden detrás de la hierba o de alguna pared de piedra y las aves son guiadas hacia ellos por los beaters o batidores (unos humildes sujetos a quienes no les importa caminar entre los arbustos de zarzas).
Esto cuesta entre 2 y 10 mil libras por día, e incluye el alquiler del terreno, los batidores y, por supuesto, algo para botanear que no sea un urogallo muerto y crudo.
En todo caso, aquí es donde empieza la verdadera diversión. Considerada por muchos la mejor cacería de todos los tiempos, y contrario a las expectativas, “driven grouse” (que en la caza española se conoce como “caza al ojeo”) es mucho menos predecible que la variedad “walked up” (o “caza en mano”).
Imagínese a sí mismo agachándose levemente, con el horizonte a menos de 15 metros de distancia. De la nada, sale una parvada de unos cien pájaros, todos revoloteando y lanzándose en picada en pleno viento invernal, acelerando a unos 80 kilómetros por hora (120 si el viento está detrás de ellos), a sólo un metro del suelo, volando justo hacia usted. El arma se dispara. Bang, bang, bang. Ahora debe intentar recordar en dónde cayeron todos. ¿Existe algo más emocionante?
La aristocracia británica y los ricos de la ciudad piensan que no, por eso acuden en bandada a las silvestres colinas del norte de Inglaterra y Escocia durante los meses de agosto, septiembre y octubre.
Y si está en Escocia, tampoco puede perderse la caza de venado. Para este placer se requiere de un “ghillie” (un diestro sujeto rural que mira burlonamente sus intentos por adaptarse) que lo acompañe a uno al páramo, en donde ambos quedarán extremadamente mojados y enlodados, luego de caminar durante seis o más horas detrás de un grupo de venados, perfectamente conscientes de su presencia, que se apartarán ligeramente cada vez que se les acerquen lo suficiente para poder disparar.
Pero aunque el objetivo es obviamente tirarle a una de esas hermosas criaturas, a menudo sucede que ya en la montaña su irritante pequeño ghillie brincará y la matará él solo, mientras usted resuella bajo un árbol distante. De todos modos, si usted se las arregla para lograr dispararle a la bestia sólo lo verá el ghillie, lo cual no es ni la mitad de gratificante que la idea de que toda una multitud lo vea a uno derribar una docena de urogallos.
Para cualquiera de estas aventuras, conociendo el clima británico, quizá se le ocurra que algo impermeable de gortex, pantalones y botas de hule serán la vestimenta apropiada. Está muy equivocado. Estos deportes se han heredado casi inmutables desde tiempos eduardianos, cuando un hombre podía ser despedido de una cacería por usar calcetines del color equivocado.
Para impresionar de verdad a sus compañeros de caza y hacerlos dudar si usted también tiene la sangre azul y pertenece a la aristocracia británica —sin duda la única posible razón para soportar tanto frío y humedad—, es preferible ponerse plus-twos o plus-fours (el nombre indica por cuántas pulgadas rebasan los pantalones a la rodilla) y una chaqueta que haga juego con una gorra de doble ala o deerstalker cap, como la de Sherlock Holmes. De acuerdo con la British Association for Shooting and Conservation, todo debe ser de “los habituales colores pardos”.
Un chaleco completa el atuendo. Y para una caza formal, cuello y corbata son imprescindibles. El resultado es la apariencia de un profesor de geografía un poco loco, de los tiempos de nuestros abuelos. Lo ideal es un buen conjunto de “estate tweeds” (diseños de lana tradicionales). Considerados los precursores del camuflaje militar británico, cada diseño está hecho para encajar armoniosamente con el entorno.
Por ejemplo, la mezcla Lovat se acopla a los colores de la lejana orilla de Loch Morar: arena, brezos, helechos, campanillas y abedules. Para crearla, lord Lovat mandó a lo alto de la colina a ocho guardias vestidos en diferentes tonalidades del mismo diseño, mientras tomaba whisky en el porche de su casa. Los “estate tweeds” se harían con el color del traje del hombre que una vez arriba de la colina fuera menos visible.
Bajo ningún motivo debe usarse ropa de camuflaje. No importa lo efectiva que sea, sencillamente no es lo propio. Y, si nadie pudiera verlo, bueno, honestamente, ¿de qué serviría todo entonces?
Por fortuna los tweeds verdaderamente pesados ya no están de moda. Mandarse a hacer un traje ligero a la medida (con forro de gortex), que será de utilidad tanto a la intemperie como de regreso en la casa a la hora de comer scones frente al fuego, le costará alrededor de 2 700 libras. Savile Row Sporting (16 Savile Row, London; T. 44 (20) 7437 0829; www.savilerowsporting.co.uk) se asegurará de que cuando usted entre al bosque quizá no sea el mejor tirador pero posiblemente sí el mejor vestido.
¿Todo emperifollado y nada para matar? Holland and Holland (31-33 Bruton St., Londres; T. 44 (20) 7499 4411; www.hollandandholland.com) ofrece un lujoso paquete en el Kinveachey Lodge en Inverness-shire que incluye dos días de caza de urogallo “al ojeo”, un día de acecho y también un par de días extra de pesca de salmón en el río Spey. El precio es de 4 mil libras.
Castillos y otras extravagancias irlandesas
No todos quieren pasarse los días llenos de lodo. Algunos prefieren darse la buena vida, hospedarse en castillos y pasearse en autos de lujo. Para tales placeres la elección del momento es Irlanda. Russell Crowe, Sharon Stone y Brad Pitt han pasado la noche en el castillo Ashford en County Mayo, obviamente no al mismo tiempo. Pierce Brosnan inclusive se casó allí.
Pero mientras unas celebridades se regodean en el lujo, otras simplemente desean pretender que son gente común y corriente haciendo lo que la gente común y corriente hace, razón por la cual el libro de invitados de Moran’s Oyster Cottage (The Weir; Kilcogan, Co. Galway; T. 44 (353) 9179 6113; www.moransoystercottage) en County Galway se lee como si fueran las presentaciones de un programa de televisión.
Es una sencilla casa de campo de piedra de un solo piso, con paredes blancas y techo de paja, en donde se sirven pescado fresco y ostras a los vacacionistas irlandeses locales y a gente como Woody Allen, Julia Roberts y el emperador de Japón, que, desde luego, llega en helicóptero.
¿Demasiado evidente? ¿Muy exhibicionista? Los especialistas en viajes de lujo de Adams & Butler (T. 44 (353) 1660 7975; www.irishluxury.com) lo entienden, por eso ofrecen un tour de cuatro días en el que con toda serenidad se conduce a los invitados por el campo en un Rolls-Royce antiguo, con un Mercedes S Class a su disposición para hacer las diligencias en el pueblo.
El alojamiento lo proporciona el elegante hotel Merrion de Dublin (Upper Merrion St., Dublín; T. 44 (353) 1603 0600; F. 44 (353) 1603 0700; www.merrionhotel.com) en una suite con dos cuartos y dos baños y servicio de mayordomo las 24 horas.
Tal y como sucede con Connoisseur Travel, lo que hace especial a Adams & Butler son los pequeños extras: viajes privados a museos con los directores y los curadores, un recorrido por el parlamento irlandés con un ministro de gobierno, almuerzo en una mansión georgiana con la crema y nata de la sociedad irlandesa; un partido de golf en la tarde o veladas en exclusivos clubes de caballeros.
Las posibilidades son infinitas, y surgen de acuerdo a las expectativas particulares de cada viajero. ¿Qué tal irse de compras con Nell Stewart Liberty, una de las dueñas de la famosa tienda Liberty (www.liberty.co.uk) en Londres y de la mejor revista irlandesa de alta sociedad y moda? Ella lo ayudará a elegir algo único de una muestra especial de diseñadores irlandeses como Mairead Whisker, Louise Kennedy, John Rocha y Lainey Keogh.
Los vestidos rondan los 6 mil euros. Seguro necesitará uno, porque cualquier noche el honorable Desmond Guinness celebrará en su honor una cena en su casa del siglo xiii en las afueras de Dublín, el castillo de Leixlip.
“Oh, sir —dirá cuando llegue—, es usted muy amable. ¿Todo esto es para mí?”. Sí, el coro de niños que dan la bienvenida en la entrada, la lluvia de pétalos de rosa al cruzar la puerta, el reparto de Riverdance representando un extracto de su show en el salón de la entrada, todo eso puede ser para usted.
Al día siguiente podrá ir al hipódromo de Lepordstown para conocer a su caballo de carreras; en esta vida de fantasía que lleva es requisito tener un caballo. Esta fina bestia se alquila por el día, compite con sus colores y lleva su nombre en la carrera. Si gana, usted sube al estrado a recoger el premio. Si pierde, no importa, un jockey profesional estará a la mano para asegurarse de que usted le apueste al menos a un caballo ganador.
Como director de Adams & Butler, John Colclough explica que en este tipo de viajes no se trata sólo de lo que cantidades obscenas de dinero pueden comprar, sino de “personalizar el tour de acuerdo con los intereses de los clientes y de llevarlos entre bambalinas, para que sean parte de la acción más que simples observadores”.
Dicho esto, hay que aclarar que sí se trata un poco de lo que obscenas cantidades de dinero pueden comprar, porque le cuesta 380 mil euros. Pero no piense en eso, piense en que podría asistir al Gate Theatre en Dublín (www.gate-theatre.ie) con el director artístico Michael Colgan y luego mezclarse con los actores. Podría ser Ralph Fiennes o el dramaturgo Harold Pinter. Ambos han trabajado ahí.
O el último día, participar en un safari ecológico en las montañas Wicklow, que culminaría con una fête champêtre con comida de uno de los mejores chefs de Irlanda, y un batallón de bufones medievales que lo fascinarían con sus demostraciones de combates entre caballeros, o sus despliegues de cetrería y arquería, dándole así la bien merecida oportunidad de convertirse en el centro de atención.
¿Demasiado caro? ¿Prefiere relajarse con algunos amigos? Adams & Butler tiene llaves de algunas propiedades muy exclusivas, en las que usualmente viven los dueños, pero “cuando el gato sale los ratones hacen fiesta”.
Luggala, clavada en las montañas Wicklow, es una de ellas, hogar de Garech Browne, hijo de lord Oranmore and Browne —el miembro más antiguo de la House of Lords— y Oonagh Guinness, una de las tres “doradas chicas Guinness” que deslumbraron a la sociedad durante los años veinte y treinta con sus ojos azules y sus rubios cortes de pelo. La familia Guinness es esencialmente la primera familia de Irlanda, descendientes de Arthur Guinness, quien fundó la famosa cervecería de Dublín en 1759.
Ahora Luggala sigue en pie como recordatorio de los buenos tiempos, un estrafalario castillo imitación del gótico lleno de dramáticos muebles bohemios y salpicado de las obras de Francis Bacon y Lucian Freud. La tradición de abrir sus puertas a los invitados la comenzó Peter Latouche, un banquero de Dublín que la adquirió en 1790. Además de usarla como lodge para cacería y casa de veraneo, también permitió que la frecuentaran “desconocidos respetables, siempre que, según el espíritu de la hospitalidad irlandesa, hubiera camas y ayudantes”. Todavía los hay por 30 mil euros a la semana (aunque tomando en cuenta que en sus siete recámaras pueden dormir entre 10 y 12 personas, de hecho es menos de 3 mil euros semanales).
En su época dorada, Oonagh y su esposo organizaban sus famosos fines de semana absolutamente estrambóticos para grupos de artistas y escritores, mientras que un chofer borracho paseaba a los invitados por la propiedad en un Rolls-Royce plateado, lo que uno de los afortunados recuerda como “ir de Sodoma a Gomorra”.
Sean O’Casey, Brendan Behan y John Huston fueron recibidos aquí por Oonagh, que también era amiga de Humphrey Bogart. A veces las cosas se salían de control. A nadie le importaba. Un Magritte que aparentemente cayó por casualidad a la chimenea había perdido un poco de su color cuando una camarera usó detergente de cocina para limpiarlo. En fin, siempre podría pintar otro.
Con todo, quizás el poder más valioso que uno puede adquirir es el de detener el tiempo. Cuando los invitados de Adams & Butler vuelan a través del Atlántico hasta Irlanda, si no quieren ajustar sus relojes a la hora local no tienen que hacerlo. John arregla un recorrido de acuerdo a su horario original. Insiste en que pasan momentos memorables paseando por el campo en la oscuridad total y disfrutando de “maravillosas cenas al amanecer”.
Es por eso que mucha gente adinerada se siente inexplicablemente atraída hacia las islas de la Gran Bretaña e Irlanda. Sin duda no se debe al clima. Tampoco se explica por el servicio.
El atractivo está, en cambio, en la seducción de la aristocracia y las clases altas. La intoxicante idea de que le permitan entrar a su íntimo círculo. Pasar el verano con ellos en sus casas solariegas, esas mansiones con terrenos inmensos heredadas de generación en generación, y pasar las tardes hablando de arte o política. Quizá ser invitado en un futuro para disfrutar los pasatiempos caballerescos de la caza, la pesca o un partido de croquet en el césped. Ah, el dulce sueño. Muy al estilo de los personajes del novelista británico Evelyn Waugh.
En la vida real, no obstante, la naturaleza jerárquica del sistema no permite que nadie entre a ese mundo. La mayoría se queda vagando alrededor de sus casas contemplando las cuerdas rojas y los letreros de “privado” que evitan que el vulgo se desvíe del camino en cualquier lugar vagamente interesante.
Como alguna vez dijo un posh inglés (como se llama a los de sangre azul, o a quienes viven como si la tuvieran), los beneficios de pertenecer a la clase alta británica son “gratuitos para quienes pueden pagarlos y muy caros para quienes no”. Pero ni siquiera el dinero garantiza automáticamente el acceso. Como sucede con muchas cosas en la vida, uno tiene que conocer a la gente correcta. Aquí es donde entran en escena John y Jenny Casperson de Connoisseur Travel (York, England; 44 (1904) 790 924; connoisseurtravel@ctyork.com).
Naturalmente posh, sus amigos son ricos del campo; una mezcla de lores, damas, terratenientes, granjeros y jardineros en el norte de Inglaterra y Escocia. Cuando John trabajaba para una organización estadounidense, a Jenny le tocaba mostrarle el campo a los ejecutivos que estaban de visita. Se dio cuenta de que lo que más le entusiasmaba a sus invitados era el acceso a gente que normalmente no conocerían en sus viajes.
En poco tiempo se volvió un negocio. Pero no se preocupe, no un negocio de tours convencionales. Lo más importante para Jenny es que sus clientes “nunca se sientan como turistas”, sino como “invitados”.
Ahora Jenny lleva a sus nuevos conocidos a almorzar con sus viejos conocidos, quienes resulta que poseen sus propias mansiones solariegas. En algunas de las reuniones más íntimas sólo se sientan a la mesa una pareja de viajeros, John y Jenny, y el lord y la dama de la casa. Algunas veces habrá unos cuantos más. Ella se ha pasado más de 26 años cultivando sus contactos, así que no le gusta mencionar nombres para que la competencia no se entere.
Sin embargo, se le sale confesar que “Harewood House (Harewood, Leeds; T. 44 (113) 218 1010; www.harewood.org) es mi casa de campo favorita en Yorkshire. No —se corrige a sí misma—, mi favorita en todo el país”. Construida por Edward Lascelles entre 1759 y 1771 cerca de la ciudad de Leeds, en los valles del norte de Inglaterra, el interior fue diseñado por el famoso arquitecto escocés Robert Adams y todos los muebles se comisionaron a Chippendale. “Una vez nos sentamos a cenar en sus sillas”, añade Jenny.
Cuando va de visita, el conde de Harewood (quien por cierto es primo de la reina) siempre se asegura de estar ahí para recibirla a ella y a sus invitados.?“Simplemente considera que es cuestión de educación”, dice Jenny.
A los cocteles en la terraza —con vista a los jardines confeccionados por el eminente horticulturista inglés Capability Brown— les sigue una cena a la luz de las velas en el comedor. El escenario es fantástico: flores entrelazadas en los vasos y cubiertos, candelabros de plata y pinturas de Tiziano, El Greco y Veronese en las paredes.
Y la cena aún no ha llegado. Cuando eso sucede, la mayoría de las personas la encuentran muy a su gusto. Esto se debe a que es creación del equipo responsable de Pool Court at 42 en Leeds (42 The Calls, Leeds; T. 44 (113) 244 4242; www.poolcourt.com), el restaurante reconocido por la guía Michelin que fundó el renombrado restaurateur Michael Gill en 1966 y que, por cierto, cerrará sus puertas el próximo 31 de diciembre, cuando el chef y su esposa Hanni se retiren a su casa del suroeste de Francia. El equipo, no obstante, seguirá a cargo de la Brasserie Forty 4 (42 The Calls, Leeds; T. 44 (113) 234 3232; www.poolcourt.com/b44), justo al lado, y de estas opulentas cenas privadas.
Como entrada puede haber un plato de salmón ahumado con caviar Beluga y pepinillos dulces. Luego un granite de champaña seguido del tradicional platillo inglés de carne de res Wellington con una espesa salsa a base de vino de Madeira. Enseguida pueden venir los quesos de Yorkshire y quizás un postre de chocolate amargo con un dulce de caramelo de cereza. Si en este punto todavía puede levantarse de la silla, Jenny le dará un recorrido privado por la casa.
Puede que las formas lo aburran, o tenga algo distinto en mente. La buena noticia es que John y Jenny se destacan en la personalización de los viajes. ¿Quiere conocer a un verdadero granjero inglés? Lo llevarán a los pastizales para que hable sobre el precio de los puercos con uno de sus amigos mientras su perro ovejero conduce el descenso de un rebaño por los picos más altos.
Una vez llevaron a un abogado para que presenciara un caso presidido por un juez que conocen, y arreglaron un encuentro tête-à-tête entre los dos después. También organizaron un recorrido para un hombre que había viajado con ellos antes de quedarse ciego de la noche a la mañana. Regresó a sus acogedores brazos y disfrutó de un viaje lleno de deleites para el resto de sus sentidos: “Muchas cataratas”, dice Jenny, e incluso un golpe de la mitra y el manto del obispo de Durham.
Según explica Jenny, “cualquiera puede rentar un jet o subirse a un helicóptero”, lo que no se puede comprar son “los contactos”. Un viaje como éste de cinco días y cuatro noches en Yorkshire le costará 2?760 libras por persona, incluyendo bastantes visitas privadas a casas solariegas y museos.
De cacería con
todas las de la ley
Si uno desea quedarse un poco más de tiempo codeándose con la aristocracia terrateniente, la región de los moors en el norte de Yorkshire es el lugar para hacerlo, y la temporada comienza con el más exclusivo de los pasatiempos campiranos: el inicio de la caza del urogallo el “glorioso 12” (de agosto, aunque es preciso reservar con varios meses de antelación).
De acuerdo con Simon Clarke, vocero de la British Association for Shooting and Conservation (Asociación Británica para la Caza y la Conservación), es el caviar de la cacería. En gran parte por la naturaleza salvaje de las aves, que —a diferencia de otros tipos de caza— no pueden criarse en cautiverio. Existen dos maneras de practicar la cacería de urogallos. La opción de los pobres, que cuesta alrededor de mil libras por día, consiste en un grupo de cerca de diez personas que merodean por un páramo con perros de caza, acercándose (el término en inglés es “walking up”) a los urogallos para que salgan volando.
La alternativa es “driven grouse”, en el que “the guns” (es decir, la gente que va de cacería; recuerde estos términos para impresionar) se esconden detrás de la hierba o de alguna pared de piedra y las aves son guiadas hacia ellos por los beaters o batidores (unos humildes sujetos a quienes no les importa caminar entre los arbustos de zarzas).
Esto cuesta entre 2 y 10 mil libras por día, e incluye el alquiler del terreno, los batidores y, por supuesto, algo para botanear que no sea un urogallo muerto y crudo.
En todo caso, aquí es donde empieza la verdadera diversión. Considerada por muchos la mejor cacería de todos los tiempos, y contrario a las expectativas, “driven grouse” (que en la caza española se conoce como “caza al ojeo”) es mucho menos predecible que la variedad “walked up” (o “caza en mano”).
Imagínese a sí mismo agachándose levemente, con el horizonte a menos de 15 metros de distancia. De la nada, sale una parvada de unos cien pájaros, todos revoloteando y lanzándose en picada en pleno viento invernal, acelerando a unos 80 kilómetros por hora (120 si el viento está detrás de ellos), a sólo un metro del suelo, volando justo hacia usted. El arma se dispara. Bang, bang, bang. Ahora debe intentar recordar en dónde cayeron todos. ¿Existe algo más emocionante?
La aristocracia británica y los ricos de la ciudad piensan que no, por eso acuden en bandada a las silvestres colinas del norte de Inglaterra y Escocia durante los meses de agosto, septiembre y octubre.
Y si está en Escocia, tampoco puede perderse la caza de venado. Para este placer se requiere de un “ghillie” (un diestro sujeto rural que mira burlonamente sus intentos por adaptarse) que lo acompañe a uno al páramo, en donde ambos quedarán extremadamente mojados y enlodados, luego de caminar durante seis o más horas detrás de un grupo de venados, perfectamente conscientes de su presencia, que se apartarán ligeramente cada vez que se les acerquen lo suficiente para poder disparar.
Pero aunque el objetivo es obviamente tirarle a una de esas hermosas criaturas, a menudo sucede que ya en la montaña su irritante pequeño ghillie brincará y la matará él solo, mientras usted resuella bajo un árbol distante. De todos modos, si usted se las arregla para lograr dispararle a la bestia sólo lo verá el ghillie, lo cual no es ni la mitad de gratificante que la idea de que toda una multitud lo vea a uno derribar una docena de urogallos.
Para cualquiera de estas aventuras, conociendo el clima británico, quizá se le ocurra que algo impermeable de gortex, pantalones y botas de hule serán la vestimenta apropiada. Está muy equivocado. Estos deportes se han heredado casi inmutables desde tiempos eduardianos, cuando un hombre podía ser despedido de una cacería por usar calcetines del color equivocado.
Para impresionar de verdad a sus compañeros de caza y hacerlos dudar si usted también tiene la sangre azul y pertenece a la aristocracia británica —sin duda la única posible razón para soportar tanto frío y humedad—, es preferible ponerse plus-twos o plus-fours (el nombre indica por cuántas pulgadas rebasan los pantalones a la rodilla) y una chaqueta que haga juego con una gorra de doble ala o deerstalker cap, como la de Sherlock Holmes. De acuerdo con la British Association for Shooting and Conservation, todo debe ser de “los habituales colores pardos”.
Un chaleco completa el atuendo. Y para una caza formal, cuello y corbata son imprescindibles. El resultado es la apariencia de un profesor de geografía un poco loco, de los tiempos de nuestros abuelos. Lo ideal es un buen conjunto de “estate tweeds” (diseños de lana tradicionales). Considerados los precursores del camuflaje militar británico, cada diseño está hecho para encajar armoniosamente con el entorno.
Por ejemplo, la mezcla Lovat se acopla a los colores de la lejana orilla de Loch Morar: arena, brezos, helechos, campanillas y abedules. Para crearla, lord Lovat mandó a lo alto de la colina a ocho guardias vestidos en diferentes tonalidades del mismo diseño, mientras tomaba whisky en el porche de su casa. Los “estate tweeds” se harían con el color del traje del hombre que una vez arriba de la colina fuera menos visible.
Bajo ningún motivo debe usarse ropa de camuflaje. No importa lo efectiva que sea, sencillamente no es lo propio. Y, si nadie pudiera verlo, bueno, honestamente, ¿de qué serviría todo entonces?
Por fortuna los tweeds verdaderamente pesados ya no están de moda. Mandarse a hacer un traje ligero a la medida (con forro de gortex), que será de utilidad tanto a la intemperie como de regreso en la casa a la hora de comer scones frente al fuego, le costará alrededor de 2 700 libras. Savile Row Sporting (16 Savile Row, London; T. 44 (20) 7437 0829; www.savilerowsporting.co.uk) se asegurará de que cuando usted entre al bosque quizá no sea el mejor tirador pero posiblemente sí el mejor vestido.
¿Todo emperifollado y nada para matar? Holland and Holland (31-33 Bruton St., Londres; T. 44 (20) 7499 4411; www.hollandandholland.com) ofrece un lujoso paquete en el Kinveachey Lodge en Inverness-shire que incluye dos días de caza de urogallo “al ojeo”, un día de acecho y también un par de días extra de pesca de salmón en el río Spey. El precio es de 4 mil libras.
Castillos y otras extravagancias irlandesas
No todos quieren pasarse los días llenos de lodo. Algunos prefieren darse la buena vida, hospedarse en castillos y pasearse en autos de lujo. Para tales placeres la elección del momento es Irlanda. Russell Crowe, Sharon Stone y Brad Pitt han pasado la noche en el castillo Ashford en County Mayo, obviamente no al mismo tiempo. Pierce Brosnan inclusive se casó allí.
Pero mientras unas celebridades se regodean en el lujo, otras simplemente desean pretender que son gente común y corriente haciendo lo que la gente común y corriente hace, razón por la cual el libro de invitados de Moran’s Oyster Cottage (The Weir; Kilcogan, Co. Galway; T. 44 (353) 9179 6113; www.moransoystercottage) en County Galway se lee como si fueran las presentaciones de un programa de televisión.
Es una sencilla casa de campo de piedra de un solo piso, con paredes blancas y techo de paja, en donde se sirven pescado fresco y ostras a los vacacionistas irlandeses locales y a gente como Woody Allen, Julia Roberts y el emperador de Japón, que, desde luego, llega en helicóptero.
¿Demasiado evidente? ¿Muy exhibicionista? Los especialistas en viajes de lujo de Adams & Butler (T. 44 (353) 1660 7975; www.irishluxury.com) lo entienden, por eso ofrecen un tour de cuatro días en el que con toda serenidad se conduce a los invitados por el campo en un Rolls-Royce antiguo, con un Mercedes S Class a su disposición para hacer las diligencias en el pueblo.
El alojamiento lo proporciona el elegante hotel Merrion de Dublin (Upper Merrion St., Dublín; T. 44 (353) 1603 0600; F. 44 (353) 1603 0700; www.merrionhotel.com) en una suite con dos cuartos y dos baños y servicio de mayordomo las 24 horas.
Tal y como sucede con Connoisseur Travel, lo que hace especial a Adams & Butler son los pequeños extras: viajes privados a museos con los directores y los curadores, un recorrido por el parlamento irlandés con un ministro de gobierno, almuerzo en una mansión georgiana con la crema y nata de la sociedad irlandesa; un partido de golf en la tarde o veladas en exclusivos clubes de caballeros.
Las posibilidades son infinitas, y surgen de acuerdo a las expectativas particulares de cada viajero. ¿Qué tal irse de compras con Nell Stewart Liberty, una de las dueñas de la famosa tienda Liberty (www.liberty.co.uk) en Londres y de la mejor revista irlandesa de alta sociedad y moda? Ella lo ayudará a elegir algo único de una muestra especial de diseñadores irlandeses como Mairead Whisker, Louise Kennedy, John Rocha y Lainey Keogh.
Los vestidos rondan los 6 mil euros. Seguro necesitará uno, porque cualquier noche el honorable Desmond Guinness celebrará en su honor una cena en su casa del siglo xiii en las afueras de Dublín, el castillo de Leixlip.
“Oh, sir —dirá cuando llegue—, es usted muy amable. ¿Todo esto es para mí?”. Sí, el coro de niños que dan la bienvenida en la entrada, la lluvia de pétalos de rosa al cruzar la puerta, el reparto de Riverdance representando un extracto de su show en el salón de la entrada, todo eso puede ser para usted.
Al día siguiente podrá ir al hipódromo de Lepordstown para conocer a su caballo de carreras; en esta vida de fantasía que lleva es requisito tener un caballo. Esta fina bestia se alquila por el día, compite con sus colores y lleva su nombre en la carrera. Si gana, usted sube al estrado a recoger el premio. Si pierde, no importa, un jockey profesional estará a la mano para asegurarse de que usted le apueste al menos a un caballo ganador.
Como director de Adams & Butler, John Colclough explica que en este tipo de viajes no se trata sólo de lo que cantidades obscenas de dinero pueden comprar, sino de “personalizar el tour de acuerdo con los intereses de los clientes y de llevarlos entre bambalinas, para que sean parte de la acción más que simples observadores”.
Dicho esto, hay que aclarar que sí se trata un poco de lo que obscenas cantidades de dinero pueden comprar, porque le cuesta 380 mil euros. Pero no piense en eso, piense en que podría asistir al Gate Theatre en Dublín (www.gate-theatre.ie) con el director artístico Michael Colgan y luego mezclarse con los actores. Podría ser Ralph Fiennes o el dramaturgo Harold Pinter. Ambos han trabajado ahí.
O el último día, participar en un safari ecológico en las montañas Wicklow, que culminaría con una fête champêtre con comida de uno de los mejores chefs de Irlanda, y un batallón de bufones medievales que lo fascinarían con sus demostraciones de combates entre caballeros, o sus despliegues de cetrería y arquería, dándole así la bien merecida oportunidad de convertirse en el centro de atención.
¿Demasiado caro? ¿Prefiere relajarse con algunos amigos? Adams & Butler tiene llaves de algunas propiedades muy exclusivas, en las que usualmente viven los dueños, pero “cuando el gato sale los ratones hacen fiesta”.
Luggala, clavada en las montañas Wicklow, es una de ellas, hogar de Garech Browne, hijo de lord Oranmore and Browne —el miembro más antiguo de la House of Lords— y Oonagh Guinness, una de las tres “doradas chicas Guinness” que deslumbraron a la sociedad durante los años veinte y treinta con sus ojos azules y sus rubios cortes de pelo. La familia Guinness es esencialmente la primera familia de Irlanda, descendientes de Arthur Guinness, quien fundó la famosa cervecería de Dublín en 1759.
Ahora Luggala sigue en pie como recordatorio de los buenos tiempos, un estrafalario castillo imitación del gótico lleno de dramáticos muebles bohemios y salpicado de las obras de Francis Bacon y Lucian Freud. La tradición de abrir sus puertas a los invitados la comenzó Peter Latouche, un banquero de Dublín que la adquirió en 1790. Además de usarla como lodge para cacería y casa de veraneo, también permitió que la frecuentaran “desconocidos respetables, siempre que, según el espíritu de la hospitalidad irlandesa, hubiera camas y ayudantes”. Todavía los hay por 30 mil euros a la semana (aunque tomando en cuenta que en sus siete recámaras pueden dormir entre 10 y 12 personas, de hecho es menos de 3 mil euros semanales).
En su época dorada, Oonagh y su esposo organizaban sus famosos fines de semana absolutamente estrambóticos para grupos de artistas y escritores, mientras que un chofer borracho paseaba a los invitados por la propiedad en un Rolls-Royce plateado, lo que uno de los afortunados recuerda como “ir de Sodoma a Gomorra”.
Sean O’Casey, Brendan Behan y John Huston fueron recibidos aquí por Oonagh, que también era amiga de Humphrey Bogart. A veces las cosas se salían de control. A nadie le importaba. Un Magritte que aparentemente cayó por casualidad a la chimenea había perdido un poco de su color cuando una camarera usó detergente de cocina para limpiarlo. En fin, siempre podría pintar otro.
Con todo, quizás el poder más valioso que uno puede adquirir es el de detener el tiempo. Cuando los invitados de Adams & Butler vuelan a través del Atlántico hasta Irlanda, si no quieren ajustar sus relojes a la hora local no tienen que hacerlo. John arregla un recorrido de acuerdo a su horario original. Insiste en que pasan momentos memorables paseando por el campo en la oscuridad total y disfrutando de “maravillosas cenas al amanecer”.
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