Por la India como maharajá
“Trata a tu huésped como si fuese Dios mismo”, reza una conocida frase en sánscrito, y por toda la India, anfitriones obedientes la practican en monasterios y palacios construidos con calma y muchas manos, ahora convertidos en algunos de los hoteles más lujosos del mundo.
Por
Alonso Vera Cantú |
diciembre 2005-enero 2006
|
Tags:
india, lujo, monasterios, palacios, hoteles
India y su caótico universo tienen suficientes realidades como para entretener a sus visitantes vida tras vida. Intrigó a Alejandro Magno por sus elefantes en el siglo iv a.C., y a Marco Polo por su música y sus creencias varios siglos más adelante. La primera impresión de este singular rincón del mundo arrebata el aliento y exprime los adjetivos, aún no habilitados para expresar lo que sucede entre sus regios desiertos, montañas y costas, donde vive 16 por ciento de la población mundial, donde las vacas rumian campantes por avenidas arboladas y donde el fervor y la tradición siguen rigiendo la cotidianeidad.
Pero en este caso decidimos descubrir la India exclusivamente desde el privilegiado punto de vista de los maharajás o “grandes príncipes”, que si bien osaban cruzar la muralla que resguardaba sus jardines y palacios, lo hacían para ir de caza entre mimos al oasis de las colinas de Aravalli, o a cabalgar sobre un corcel marwari.
Los contextos urbanos de Delhi o Bombay (también conocida como Mumbay) pueden ser un buen comienzo. Ambas ciudades fusionan una particular concepción de las modas de Occidente con las propias, resultando en fabulosos hoteles y restaurantes. Pero también hay que recorrer bazares y monumentos y, por supuesto, visitar los estados de Uttar Pradesh y Rajastán. Ahí quedó plasmada la magnificencia de los clanes rajput y del último imperio islámico en la India, el mogol, en solemnes templos y palacios, ahora convertidos en hoteles donde la tradicional frase sánscrita “Atithi Devo Bhava” (“Trata a tu huésped como si fuese Dios mismo”) se practica en cada momento.
Ahí donde los maharajás y emperadores pasaran las tardes refrescándose en terrazas de mármol labrado, entre fuentes y jardines con pavos reales a orillas de lagos que reflejaban fuertes de piedra rojiza, mientras las dunas del desierto se desdibujaban por las caravanas en el horizonte, ahora uno puede ser recibido con etiqueta inglesa y sonrisa hindi, con ofrendas de flores y eventualmente de incienso. Los mayordomos se mantienen como duendes invisibles que refrescan las toallas, camas y botellas; danza y música animan las noches, y a veces hasta fuegos artificiales.
Compartamos, pues, un simple vistazo a la India dedicada a los miembros más exigentes del jet set internacional.
El glamour “fusión” de Delhi
Desparramada en los bancos del río Yamuna, la capital y nervio político de la India es, en sí, una sucesión de capitales —ocho en total— erigidas en diversas locaciones por varias civilizaciones a lo largo de los siglos. Cuenta la leyenda que se fundó alrededor de 1500 a.C., en la época en que se escribió la épica del Mahabharata, muy cerca del actual Fuerte Rojo. Y desde entonces, hasta la apertura de su primer McDonald´s en 1996, cualquier cantidad de historias le han acontecido. Por ello resguarda más de mil monumentos que testifican su importancia y atracción para los hindúes, los musulmanes y los británicos.
Además, en Delhi se concentran algunos de los mejores hoteles, boutiques y restaurantes del mundo. Por ende, es el inicio de nuestro viaje, accesible desde Europa por cualquier aerolínea.
La oferta de hoteles de Delhi es abrumadora, pero The Taj Mahal es sin duda el de mayor alcurnia, la opción ideal para quienes busquen suntuosidad y serenidad al mismo tiempo. Cerca del distrito de compras y negocios, su lobby recibe con una fuente de mármol e impresionantes cerámicas rajastanis bajo techos abovedados. Valiosas antigüedades y litografías decoran sus 296 cuartos de estilo occidental con acentos mogoles. Sus 27 suites son especialmente elegantes, atendidas por mayordomos y con hermosas vistas de la ciudad, pero la reciente Grand Presidential Suite satisface cualquier ilusión. El hotel ofrece también un spa con tratamientos ayurvédicos, piscina y acceso al cercano Delhi Club Golf.
Luego de instalarse y beber el té en su Emperor’s Lounge, puede ir a cenar al Dum Pukht, uno de los mejores restaurantes de comida hindú en el país, con ventanales que dejan mirar la cascada al exterior. En persa, dum significa “aliento” y pukht significa “cocinar”. Así, las hierbas aromáticas y especias quedan selladas en cada platillo, cocinado a fuego lento para retener su sabor, como lo retienen los camarones y vegetales al clavo, azafrán o canela.
La otra opción es quedarse en el hotel, cenar en el legendario House of Ming y descansar para las visitas del día siguiente. Sus paredes están cubiertas de azul pálido y seda cruda color verde, y el menú de platillos cantoneses y szechuan incluye costillas de cordero glaseadas con miel y camarones gigantes fritos con chile, que se sirven en mesas de maderas finas laqueadas, bajo un techo en forma de pagoda.
Delhi no es una ciudad para visitarse en un par de días, por lo que concentraremos el interés en los alrededores de Shahjahanabad, o Viejo Delhi. Si el Taj Mahal es reconocido símbolo de la arquitectura musulmana, Shahjahanabad es sin duda la máxima expresión del sobresaliente imperio mogol que decoró el norte del país con algunos de los más hermosos palacios y templos del mundo. La nueva capital para el emperador Shah Yahan fue aun más hermosa que la octava y última ciudad imperial en Delhi, la Nueva Delhi de Lutyens, uno de los más grandes arquitectos ingleses.
Para disfrutar sus obras hay que iniciar en el Lal Qila o Fuerte Rojo, donde la India proclamó su independencia en 1947. Allí encontramos el Chatta Chowk, un antiguo bazar que fungió como distrito comercial real. Ahora concentra divertidos puestos de especias, telas y artesanías entre vacas, transeúntes y turistas. La plaza donde se anunciaba la llegada de las personalidades lleva a la sala de audiencias públicas. Tan sólo los más favorecidos proseguían hasta los palacios interiores, como el Mumtaz Mahal (que lleva el nombre de la esposa de Shah Yahan), que ahora resguarda el museo del sitio, y el Khas Mahal, donde moraba Shah Yahan, el “Gobernante del Mundo”.
Luego de salir por la puerta Lahora, frecuentada por elefantes guiados por sus mahouts, llegamos entre mansiones o havelis a la mezquita Jama Masjid (“Mezquita del Viernes”), la más grande e importante del país, terminada en 1656 por cinco mil constructores que trabajaron seis años moldeando su granito rojizo, su bronce y su mármol. Fue el último templo del Shah Yahan, y sigue el estilo clásico mogol con domos en forma de cebolla y gruesos minaretes donde se aprecian bellas vistas de la antigua capital.
De allí proseguimos al sur de Delhi, la nueva zona residencial con algunas de las más finas residencias y boutiques de la India. Pero de paso se puede visitar el Raj Ghat, donde fuese cremado Mahatma Gandhi, a un lado del museo dedicado a su historia. En las inmediaciones se encuentra el Oberoi Maidens Hotel, construido en 1900, que es ideal para comer o refrescarse con una bebida en sus jardines. Fue allí donde vivió Sir Edwin Lutyens mientras se construía su Nueva Delhi.
Enseguida arribamos al Palika Bazar, cerca de Connaught Place, un emporio bajo tierra climatizado donde hallamos finas telas y joyas. El mejor lugar para sedas es el Banaras House, mientras que el Jewel Mine se especializa en joyas antiguas y piezas hechas a la medida en unos pocos días. Para visitar boutiques de diseñadores locales e internacionales lo mejor es el cercano Santushi Shopping Complex, un elegante centro comercial. Y ya que uno sucumbe al tema de las compras, otras dos tiendas a considerar son Lal Bahari Tandon, que tiene hermosos linos, sedas y bordados a mano para hacerse un traje tradicional a la medida, y Museum Arts, la casa privada del artista Zaffir, que vende lana de cachemira, incluyendo los paisleys hechos famosos por Josefina, la esposa de Napoleón.
Proseguimos al este de la ciudad para visitar la Tumba de Humayun, erigida por su esposa en el siglo xvi. Entre jardines, esta construcción muestra el inicio de la fusión de estilos mogol y Fatehpur Sikri que culminó con el Taj Mahal. Luego hay que visitar la tumba del líder de los sufis Hazrat Nizamuddin Aulia, un bello complejo con tres sagrados mausoleos sonde se puede presenciar música y danza sufi en vivo al atardecer.
Para culminar el día, nada como un paseo a un lado del templo Bahai, completado con forma de flor de loto en 1986 por el arquitecto Fariborz Sahba, canadiense nacido en Irán. Es un elegante origami de mármol y concreto azulado iluminado de noche junto con sus juegos de agua.
La cena puede ser en el novísimo restaurante Travertino, dirigido por el chef italiano Tommaso Maddalena. Sus modernos interiores con paneles iluminados fueron diseñados por los británicos Virgile y Stone. Además de suculentas pastas frescas y polentas, ofrece una Enoteca con una gran selección de vinos importados y un lounge para beber cócteles acompañados de la crema y nata de la sociedad local el resto de la noche.
Para continuar con la visita se puede alquilar un helicóptero con Air Charters India o, mejor aún, contratar un jet privado Falcon 2000 con la compañía Taj Air, que tiene la flota de jets privados más lujosos y modernos en el país. Así uno puede transportarse a discreción. Otra opción es abordar el tren de lujo Palace on Wheels, la contraparte asiática del Orient Express, que ofrece rutas de una semana por Rajastán saliendo de Delhi a bordo de regios carros compilados en los distintos principados. Esa opción es ideal para abarcar mucho en poco tiempo. También se puede volar con aerolíneas locales o arreglar desde el hotel transporte en automóvil con un guía o chofer.
Antes y después del Taj Mahal
Antes de visitar el estado de Rajastán, es una buena idea seguir el cauce del río Yamuna rumbo a la ciudad de Agra por el camino establecido entre los siglos xvi y xvii, cuando las capitales del imperio Mogol se alternaban entre ésta y Delhi. Agra es un testamento a la poesía y la opulencia del Imperio Islámico Mogol, el sitio donde florecieron el arte, la arquitectura y la cultura musulmanas en la India, el legado del emperador Akbar y sus sucesores Yahangir y Shah Yahan.
Luego de la desintegración del imperio en el siglo xviii, la ciudad sucumbió a diversos invasores, incluyendo los británicos, quienes la ocuparon a principios del siglo xix y la restauraron después. Pero a pesar de que hoy día Agra es sucia y abrumadora, resguarda atractivos que evidencian un glorioso periodo en la historia de la India. Puede visitarse en un día desde Delhi, sin embargo bien amerita pasar al menos una noche. Para ello la mejor opción es hospedarse en el soberbio hotel The Oberoi Amarvilâs, a 600 metros del Taj Mahal. Todas sus habitaciones y suites ofrecen vistas de este glorioso monumento al amor. Cuentan con baños de mármol y servicio de mayordomo, así como terrazas en jardines para cenas al fresco, entre arcos, domos y fuentes de estilo mogol. Además de sauna y alberca, el hotel ofrece tratamientos de ayurveda y visitas guiadas por la ciudad en autos clásicos.
No hay nada que pueda preparar la vista ni la razón para realizar la comunión necesaria que implica digerir la primera visión del cliché arquitectónico, la encarnación lítica de gracia y romance, balance y simetría. El icono de una nación reverenciado por más de tres siglos como la edificación más bella del mundo, erigida por órdenes del Shah Yahan, “Gobernante del Mundo”, luego de que en junio de 1631 muriera su esposa predilecta dando a luz a su décimo cuarto hijo.
Para realizar el divino mausoleo, eligió como arquitecto al maestro Ustad Isa Khan Effendi, un persa de Shiraz, a su pupilo Ustad Ahmed para los detalles y a Ismail Khan para el domo. Los juegos de agua, los jardines, la mezquita y la casa de huéspedes complementan el marco de paz perfecto, y cuando uno se aleja, simbolizando la partida del paraíso, y atraviesa los muros con versos coránicos labrados, apenas comienza a comprender que, efectivamente, lo que se acaba de mirar es el producto de 17 años y 20 mil trabajadores. Éste es el Taj Mahal. Es recomendable visitarlo primero, para deshacerse del ansia y las expectativas, y sólo después ir hacia el Fuerte de Agra. Con su forma semitriangular, resguarda en el interior decenas de hermosos palacios con salones de audiencias y jardines, abrazados por una muralla de casi tres kilómetros de diámetro.
Para cenar está el Moghul Room, donde se disfrutan platillos indios acompañados por ghazals, o canciones islámicas románticas, a la luz de las velas. Y si hay tiempo se recomienda visitar la ciudad cercana de Fatehpur Sikri, ahora una sublime ciudad fantasma concebida por el emperador Akbar como la capital ideal, y Khajuraho, una ciudad que permaneció aislada de las invasiones. Creada por la dinastía Chandela —clan rajput que resistió a los musulmanes— entre los siglos x y xii, Khajuraho es un monumento de templos que celebran la unión entre Shiva y Parvati, un verdadero centro de energía sexual.
Rajastán: todo lo que un rajá pueda desear
Éste es el rincón de la India que satisface los más exóticos sueños, con el colorido de los saris de sus bellas mujeres, todas de ojos inmensos, todas enjoyadas como princesas; con las colinas donde se elevan fuertes que recuerdan gestas heroicas, y los palacios donde hasta hace poco vivían en un lujo inconmensurable los maharajás. Y ahora nosotros.
Alguna vez llamado Rajputana, “territorio de monarcas”, el segundo estado más grande de la India mantuvo 22 principados, cada uno con su rajá, o príncipe, y fronteras tan cambiantes como las dunas de su desierto.
Desde la ciudad rosa de Jaipur hasta Jaisalmer, la joya del desierto de Thar, se suceden uno tras otro templos con decoraciones exquisitas, bazares repletos de tesoros y todo el romanticismo cotidiano de los clanes de guerreros marciales. Inclusive en sus áreas exclusivas de caza, transformadas en santuarios de vida silvestre para tigres y leopardos, antílopes y gacelas, hay campamentos de finas telas donde apreciar el espectáculo celeste luego de cabalgar sobre un noble corcel marwari o un fétido camello, el barco del desierto. Acostumbrados a las riquezas provenientes del comercio, a recibir con pompa al visitante y celebrar con júbilo el monzón, sus ciudades son fácilmente accesibles en avión, tren o automóvil, y cada una ofrece diversas particularidades regionales.
Jaipur: vida color de rosa real
La “Ciudad Rosa” y capital de estado, erigida en 1727 como la nueva capital del maharajá Jai Singh II, un ávido científico, arquitecto y astrónomo que heredó el trono a los 11 años, es donde las fantasías del placer toman la forma de antiguos palacios. Considerada una de las joyas indias por sus murallas medievales, impresionantes fuertes encaramados en las montañas y la “corte de los milagros” —encantadores, músicos y mercaderes que animan sus calles rectilíneas flanqueadas por mansiones—, la ciudad fortificada fue pintada de rosa para la visita del príncipe de Gales en 1876.
Siendo una ciudad de palacios, hay que elegir el más soberbio de todos para alojarse, en este caso el Rambagh Palace, morada del maharajá hasta su reencarnación como hotel de lujo en 1957. Es elegante hasta en los pavos reales que viven en sus exquisitos jardines de 19 hectáreas alrededor de dos alas, donde se acomodan 90 habitaciones temáticas y 20 suntuosas suites, incluida la Kamal Mahal, con muebles originales, paredes decoradas con flores de loto y el estilo del clan Shekhawati, el más poderoso y sofisticado del estado.
Dos suculentos restaurantes de comida regional y continental, acompañados por un bar, piscina interior, spa y canchas de tenis, complementan la experiencia en esta propiedad a orillas del campo de polo en el extremo sur de la ciudad.
Las visitas pueden iniciar en el complejo real del Palacio de la Ciudad, erigido por Jai Singh II y continuado por los maharajás posteriores. Es un museo con patios de mármol y salones de intricados diseños que resguardan una gran colección de armas, pinturas e inclusive autos miniatura que narran la historia y grandeza del clan Shekhawati. Luego habrá que caminar al famoso Hawa Mahal, o “Palacio de los Vientos”, que destaca por su adornada fachada ocre con 593 ventanas, desde donde las mujeres de la corte presenciaban las procesiones.
Otra idea es arrendar un elefante para pasear por la ciudad y visitar el precioso observatorio de Jai Singh II, o la cercana Amer, donde se encuentra un imponente fuerte que fungió como capital de los rajás Shekhawati, beneficiado por el estilo mogol gracias a las alianzas matrimoniales reales.
Después podrá regresar para cenar en el restaurante Panghat de su palacio, ubicado en los jardines de la propiedad y animado por danza y música tradicional rajastani. Sus platillos tradicionales de carnes y vegetales se sirven en esos platos pequeños de acero conocidos como thali.
Para las compras están las aclamadas tiendas de M.I. Road, como Gem Palace, donde lo mismo se encuentra una simpática joya de 3 dólares que una pieza única de 3 millones; o P.M. Allah Buksh and Son, que desde el siglo xix ofrece preciosas sedas de todo el país a la realeza europea, pero también a la local, pues los maharajás actuales, aunque sin tanto poder político, aún tienen el culto de sus “súbditos”.
Afuera de Jaipur: oasis,
tigres y el lago de la eterna juventud
Para una experiencia más exclusiva que la de Jaipur, lo ideal es trasladarse en helicóptero o en carro privado al fascinante resort Amanbagh, un oasis en el que acampaba el maharajá durante sus expediciones de caza. Erigido en las colinas Aravalli, cerca de Alwar, donde el monzón recrea un lago en medio del desierto, es el resort más lujoso de la India, diseñado por el arquitecto Ed Tuttle y comandado por el legendario hotelero Adrian Zecha de Amanresorts.
El moderno palacio rescata las artes y tradiciones de la región, y ofrece 16 havelis o mansiones entre jardines y piscinas, con terraza privada y servicio de mayordomo, así como 16 villas con jardín y piscina privada en torno al palacio central. Cada una ofrece regias habitaciones con espaciosos baños de mármol. El resort tiene una gran piscina, spa con tratamientos tradicionales y dos áreas de restaurante junto con una comprensiva biblioteca y boutique.
Desde ahí pueden visitarse con sapientes guías y en total exclusividad las ciudades de Bhangarh y Neelkanth, con sus primorosos templos, o el lago Mansarover, para bañarse en sus aguas de la eterna juventud acarreadas, según dice la leyenda, por el dios Shiva.
Para continuar la experiencia hay que dirigirse —de nuevo en helicóptero— a los linderos del famoso Parque Nacional Ranthambhor, un santuario de 400 kilómetros cuadrados donde se encuentra el sofisticado resort Aman-I-Khás. Abierto ocho meses al año, este lujoso campamento con tan sólo diez tiendas climatizadas sobre plataformas de concreto y caoba, ofrece camas king size, tinas de mármol y regaderas de lluvia, con agua caliente por supuesto.
Rodeadas por árboles nativos y ruinas mogoles, hay tres tiendas más: una con el spa donde ofrecen tratamientos ayurvédicos, otra es la biblioteca y una más el restaurante del chef Jonathan Phillip, que sirve cordero al curry con budín de zanahorias y cardamomo, entre otras delicias. El campamento ofrece dos safaris diarios en Jeep, a pie, caballo o camello, para observar especies nativas: leopardos, venados y por supuesto tigres. Terrazas con fogata para presenciar la procesión celeste y, desde hace poco, una piscina, esperan al regresar.
Jodhpur: una fortaleza
de espaldas al desierto
En la base de un risco dorado defendido por una de las fortalezas más imponentes de Rajastán, Jodhpur fue la capital del reino Marwar por cinco siglos. Fue nombrada en honor de su fundador Rao Jodha, jefe del clan que traza su linaje hasta Rama, el héroe épico hindú del Ramayana. Una muralla de 9 kilómetros protege sus divinos templos, bazares y palacios de las tormentas del vecino desierto de Thar.
El sitio para hospedarse es otro de los palacios más legendarios del país, el aclamado Umaid Bhawan, diseñado por encargo del maharajá Umaid Singh al británico H.V. Lancaster y construido entre 1929 y 1942 por 3 mil obreros. La decoración combina los estilos beaux-arts y art déco con cierto sabor raj, y se compone de tres alas: un museo, la residencia del maharajá actual y el hotel con 75 suites de hasta 350 metros cuadrados, cada una con ambiente y decoración original particular —eduardiana o victoriana.
Sus enormes puertas de bronce conducen al domo central que, a 65 metros, ampara los diversos salones entre escaleras y pisos de mármol belga tallado a mano. Su terraza, frente a los jardines reales y la piscina, es el sitio ideal para los cocteles o el té de la tarde, mientras que en su restaurante Marwar Hall, un hermoso salón con candelabros pendidos del techo abovedado y vistas a los jardines, se sirven platillos continentales e indios como la dosa —crepa rellena de queso o nueces de la India, pollo cocinado en mantequilla con especias y un curry de tomate— o el kabuli —arroz con frutas secas y vegetales—. Una curiosidad a considerar: su cancha de squash está hecha completamente de mármol.
Aquí debemos visitar el fuerte de Meherangarh, construido en 1459 cuando la capital se reubicó desde Mandore. Dentro hay tres delicados palacios decorados con finos vitrales, pinturas y tallados jali (celosías) del piso a techo que semejan lazos, con vistas completas de los jardines reales y de la ciudad a sus pies. Pero también el bazar Sardar, con artesanías de bronce y plata, así como pinturas y finos textiles. Cerca de la ciudad se encuentran los jardines Mandore y la fabulosa Jaisalmer, ciudad amurallada con ocho prodigiosos templos jainíes dentro del misterioso desierto de Thar. Se puede andar a camello por las dunas, una experiencia memorable e histórica, ya que por allí llegaban los mercaderes árabes, africanos y europeos, y descansaban en elegantes mansiones y caravasares que, aunque se encuentren básicamente en ruinas, recuerdan las viejas proezas.
Udaipur, entre lagos artificiales
y flores de loto
Antes de finalizar la exquisita travesía hay que parar en la ciudad más romántica de la India. Udaipur, iluminada por una gentil luz dorada que refleja lagos artificiales creados por los maharajás entre verdes colinas y fuertes, es un laberinto de templos y palacios adosados y superpuestos que, desde su fundación en el siglo xvi, otorgan un caleidoscopio de estilos y decorados fantasiosos, un suspiro del clan mewar que tan fieramente luchó contra el Imperio Islámico Mogol para defender su territorio.
Aquí, el hotel Taj Lake Palace, antes llamado Jag Niwas, es célebre por ocupar una isla en medio del lago Pichola y por su aparición en el filme Octopussy de Bond. Esta maravilla de mármol con 250 años de historia fue construida como residencia de verano por el maharajá Jagat Singh. Sus 65 habitaciones y 18 suites de estilo contemporáneo con decoración rajastani y vistas al lago y los jardines con estanques de lotos son fastuosas, tanto como su terraza con restaurante al interior y al fresco. Para cenar está el tradicional palacio Shiv Niwas, en forma de luna en cuarto creciente en torno a la piscina, que fue alguna vez la casa real de los invitados y ahora es también un lujoso hotel.
Caminando por las estrechas calles de Udaipur, entre las casas de pórticos cubiertas de dioses y animales pintados, se llega al Jardín de las Doncellas (Sahelion ki Bari), con sus pabellones de mármol negro y sus estanques surtidores —grandes pilas de agua con canales que surten fuentes, estanques menores y en ocasiones hacen juegos de agua en patios o jardines— adornados con buganvilias y alhelíes.
La atmósfera es auténticamente medieval, mientras se visita el fuerte Sajjangarh o el Palacio de Udaipur, que se alza orgulloso sobre las orillas del lago. Así se llega al Moti Mahal, o Palacio de la Perla, cubierto de perlas y espejos, donde presenciar el atardecer es un vistazo al más allá; o al Mor Chowk, con sus mosaicos esmaltados de pavos reales y pinturas de escenas de amor y cacerías de tigres a lomo de elefante.
Luego de un regio crucero por el lago y de beber un coctel en la terraza del palacio-isla de Jagmandir, se puede tomar la cena en el aclamado Gallery Restaurant, dentro del complejo del Palacio de Udaipur, que sirve comida continental en mesas, sillas y vajillas de cristal de Birmingham de hace 200 años a la luz de las velas, con vistas del lago, los palacios y las colinas.
Final urbano: la inacabable Bombay
Para concluir la travesía es preciso volar a Bombay, donde igual acontecen festivales religiosos que partidas de críquet, desfiles de moda y estrenos cinematográficos. Ahí el lugar para hospedarse es el Taj Mahal Palace, y para cenar, los aclamados Wasabi o Zodiac Grill, luego de disfrutar un crucero en yate por la bahía, visitar el National Center for the Performing Arts y realizar las últimas compras en las boutiques de Bandra y Juhu Beach. Charagh Din es la mejor para finas camisas y blusas de seda; y Ensemble es adonde suelen recurrir las mujeres para adquirir kurtas (camisas sin cuello), saris, joyas y prendas de estilo occidental, todo por los más famosos diseñadores del país. Su única obligación a estas alturas será no confundirse: las verdaderas sedas de calidad, las que vienen bordadas con hilos de oro y plata, son las de Banarasi —no Varanasi—; digna preocupación de un viajero “neo maharajá”.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
The Taj Mahal Hotel
1 Mansingh Road, Nueva Delhi T. 91 (11) 2302 6162 F. 91 (11) 2302 6070 www.tajhotels.com
Desde 350 hasta 2 200 dólares por habitación
The Oberoi AmarvilÂs
Taj East Gate Road, Agra T. 91 (562) 223 1515 F. 91 (562) 223 1516 www.oberoiamarvilas.com
Desde 530 hasta 3 mil dólares por habitación
Rambagh Palace
Bhawani Singh Road, Jaipur T. 91 (141) 221 1919 F. 91 (141) 238 5098 www.tajhotels.com
Desde 290 hasta 1 550 dólares por habitación
Amanbagh
Ajabgarh, Alwar T. 91 (1465) 223 333 F. 91 (1465) 223 335 www.amanresorts.com
Desde 550 hasta 900 dólares por habitación
Aman-i-Khás
Ranthambhore, Rajastán T. 91 (7462) 252 052 F. 91 (7462) 252 178 www.amanresorts.com
700 dólares por habitación, 2 300 dólares por cuatro noches con comida incluida
Umaid Bhawan Palace
Jodhpur, Rajastán T. 91 (291) 251 0101 F. 91 (291) 251 0100 www.tajhotels.com
Desde 255 hasta 1 355 dólares por habitación
Taj Lake Palace
Lago Pichola, Udaipur T. 91 (294) 252 8800 F. 91 (294) 252 8700 www.tajhotels.com
Desde 460 hasta 1 940 dólares por habitación
The Taj Mahal Palace
Apollo Bunder, Bombay T. 91 (22) 5665 3366 F. 91 (22) 5665 0323 www.tajhotels.com
Desde 300 hasta 2 mil dólares por habitación
CÓMO LLEGAR
La mejor opción para arrendar jets privados de hasta ocho personas y trasladarse entre Delhi y el estado de Rajastán, terminando ya sea en Bombay o en Delhi, es Taj Air, que cobra desde 20 mil dólares por tramo (www.tajaironline.com). Pero otra buena opción para arrendar helicópteros privados y trasladarse a discreción, con una flotilla de aeronaves para dos y hasta ocho personas, es Air Charters India (www.airchartersindia.net).
Para viajes de una semana por los principados del estado de Rajastán, iniciando en Delhi y Agra, y terminando en Bombay, tren Palace on Wheels (www. palaceonwheels.net) tiene paquetes desde 300 hasta 500 dólares por persona, por día, con hospedaje en cabina doble y alimentos incluidos.
Pero en este caso decidimos descubrir la India exclusivamente desde el privilegiado punto de vista de los maharajás o “grandes príncipes”, que si bien osaban cruzar la muralla que resguardaba sus jardines y palacios, lo hacían para ir de caza entre mimos al oasis de las colinas de Aravalli, o a cabalgar sobre un corcel marwari.
Los contextos urbanos de Delhi o Bombay (también conocida como Mumbay) pueden ser un buen comienzo. Ambas ciudades fusionan una particular concepción de las modas de Occidente con las propias, resultando en fabulosos hoteles y restaurantes. Pero también hay que recorrer bazares y monumentos y, por supuesto, visitar los estados de Uttar Pradesh y Rajastán. Ahí quedó plasmada la magnificencia de los clanes rajput y del último imperio islámico en la India, el mogol, en solemnes templos y palacios, ahora convertidos en hoteles donde la tradicional frase sánscrita “Atithi Devo Bhava” (“Trata a tu huésped como si fuese Dios mismo”) se practica en cada momento.
Ahí donde los maharajás y emperadores pasaran las tardes refrescándose en terrazas de mármol labrado, entre fuentes y jardines con pavos reales a orillas de lagos que reflejaban fuertes de piedra rojiza, mientras las dunas del desierto se desdibujaban por las caravanas en el horizonte, ahora uno puede ser recibido con etiqueta inglesa y sonrisa hindi, con ofrendas de flores y eventualmente de incienso. Los mayordomos se mantienen como duendes invisibles que refrescan las toallas, camas y botellas; danza y música animan las noches, y a veces hasta fuegos artificiales.
Compartamos, pues, un simple vistazo a la India dedicada a los miembros más exigentes del jet set internacional.
El glamour “fusión” de Delhi
Desparramada en los bancos del río Yamuna, la capital y nervio político de la India es, en sí, una sucesión de capitales —ocho en total— erigidas en diversas locaciones por varias civilizaciones a lo largo de los siglos. Cuenta la leyenda que se fundó alrededor de 1500 a.C., en la época en que se escribió la épica del Mahabharata, muy cerca del actual Fuerte Rojo. Y desde entonces, hasta la apertura de su primer McDonald´s en 1996, cualquier cantidad de historias le han acontecido. Por ello resguarda más de mil monumentos que testifican su importancia y atracción para los hindúes, los musulmanes y los británicos.
Además, en Delhi se concentran algunos de los mejores hoteles, boutiques y restaurantes del mundo. Por ende, es el inicio de nuestro viaje, accesible desde Europa por cualquier aerolínea.
La oferta de hoteles de Delhi es abrumadora, pero The Taj Mahal es sin duda el de mayor alcurnia, la opción ideal para quienes busquen suntuosidad y serenidad al mismo tiempo. Cerca del distrito de compras y negocios, su lobby recibe con una fuente de mármol e impresionantes cerámicas rajastanis bajo techos abovedados. Valiosas antigüedades y litografías decoran sus 296 cuartos de estilo occidental con acentos mogoles. Sus 27 suites son especialmente elegantes, atendidas por mayordomos y con hermosas vistas de la ciudad, pero la reciente Grand Presidential Suite satisface cualquier ilusión. El hotel ofrece también un spa con tratamientos ayurvédicos, piscina y acceso al cercano Delhi Club Golf.
Luego de instalarse y beber el té en su Emperor’s Lounge, puede ir a cenar al Dum Pukht, uno de los mejores restaurantes de comida hindú en el país, con ventanales que dejan mirar la cascada al exterior. En persa, dum significa “aliento” y pukht significa “cocinar”. Así, las hierbas aromáticas y especias quedan selladas en cada platillo, cocinado a fuego lento para retener su sabor, como lo retienen los camarones y vegetales al clavo, azafrán o canela.
La otra opción es quedarse en el hotel, cenar en el legendario House of Ming y descansar para las visitas del día siguiente. Sus paredes están cubiertas de azul pálido y seda cruda color verde, y el menú de platillos cantoneses y szechuan incluye costillas de cordero glaseadas con miel y camarones gigantes fritos con chile, que se sirven en mesas de maderas finas laqueadas, bajo un techo en forma de pagoda.
Delhi no es una ciudad para visitarse en un par de días, por lo que concentraremos el interés en los alrededores de Shahjahanabad, o Viejo Delhi. Si el Taj Mahal es reconocido símbolo de la arquitectura musulmana, Shahjahanabad es sin duda la máxima expresión del sobresaliente imperio mogol que decoró el norte del país con algunos de los más hermosos palacios y templos del mundo. La nueva capital para el emperador Shah Yahan fue aun más hermosa que la octava y última ciudad imperial en Delhi, la Nueva Delhi de Lutyens, uno de los más grandes arquitectos ingleses.
Para disfrutar sus obras hay que iniciar en el Lal Qila o Fuerte Rojo, donde la India proclamó su independencia en 1947. Allí encontramos el Chatta Chowk, un antiguo bazar que fungió como distrito comercial real. Ahora concentra divertidos puestos de especias, telas y artesanías entre vacas, transeúntes y turistas. La plaza donde se anunciaba la llegada de las personalidades lleva a la sala de audiencias públicas. Tan sólo los más favorecidos proseguían hasta los palacios interiores, como el Mumtaz Mahal (que lleva el nombre de la esposa de Shah Yahan), que ahora resguarda el museo del sitio, y el Khas Mahal, donde moraba Shah Yahan, el “Gobernante del Mundo”.
Luego de salir por la puerta Lahora, frecuentada por elefantes guiados por sus mahouts, llegamos entre mansiones o havelis a la mezquita Jama Masjid (“Mezquita del Viernes”), la más grande e importante del país, terminada en 1656 por cinco mil constructores que trabajaron seis años moldeando su granito rojizo, su bronce y su mármol. Fue el último templo del Shah Yahan, y sigue el estilo clásico mogol con domos en forma de cebolla y gruesos minaretes donde se aprecian bellas vistas de la antigua capital.
De allí proseguimos al sur de Delhi, la nueva zona residencial con algunas de las más finas residencias y boutiques de la India. Pero de paso se puede visitar el Raj Ghat, donde fuese cremado Mahatma Gandhi, a un lado del museo dedicado a su historia. En las inmediaciones se encuentra el Oberoi Maidens Hotel, construido en 1900, que es ideal para comer o refrescarse con una bebida en sus jardines. Fue allí donde vivió Sir Edwin Lutyens mientras se construía su Nueva Delhi.
Enseguida arribamos al Palika Bazar, cerca de Connaught Place, un emporio bajo tierra climatizado donde hallamos finas telas y joyas. El mejor lugar para sedas es el Banaras House, mientras que el Jewel Mine se especializa en joyas antiguas y piezas hechas a la medida en unos pocos días. Para visitar boutiques de diseñadores locales e internacionales lo mejor es el cercano Santushi Shopping Complex, un elegante centro comercial. Y ya que uno sucumbe al tema de las compras, otras dos tiendas a considerar son Lal Bahari Tandon, que tiene hermosos linos, sedas y bordados a mano para hacerse un traje tradicional a la medida, y Museum Arts, la casa privada del artista Zaffir, que vende lana de cachemira, incluyendo los paisleys hechos famosos por Josefina, la esposa de Napoleón.
Proseguimos al este de la ciudad para visitar la Tumba de Humayun, erigida por su esposa en el siglo xvi. Entre jardines, esta construcción muestra el inicio de la fusión de estilos mogol y Fatehpur Sikri que culminó con el Taj Mahal. Luego hay que visitar la tumba del líder de los sufis Hazrat Nizamuddin Aulia, un bello complejo con tres sagrados mausoleos sonde se puede presenciar música y danza sufi en vivo al atardecer.
Para culminar el día, nada como un paseo a un lado del templo Bahai, completado con forma de flor de loto en 1986 por el arquitecto Fariborz Sahba, canadiense nacido en Irán. Es un elegante origami de mármol y concreto azulado iluminado de noche junto con sus juegos de agua.
La cena puede ser en el novísimo restaurante Travertino, dirigido por el chef italiano Tommaso Maddalena. Sus modernos interiores con paneles iluminados fueron diseñados por los británicos Virgile y Stone. Además de suculentas pastas frescas y polentas, ofrece una Enoteca con una gran selección de vinos importados y un lounge para beber cócteles acompañados de la crema y nata de la sociedad local el resto de la noche.
Para continuar con la visita se puede alquilar un helicóptero con Air Charters India o, mejor aún, contratar un jet privado Falcon 2000 con la compañía Taj Air, que tiene la flota de jets privados más lujosos y modernos en el país. Así uno puede transportarse a discreción. Otra opción es abordar el tren de lujo Palace on Wheels, la contraparte asiática del Orient Express, que ofrece rutas de una semana por Rajastán saliendo de Delhi a bordo de regios carros compilados en los distintos principados. Esa opción es ideal para abarcar mucho en poco tiempo. También se puede volar con aerolíneas locales o arreglar desde el hotel transporte en automóvil con un guía o chofer.
Antes y después del Taj Mahal
Antes de visitar el estado de Rajastán, es una buena idea seguir el cauce del río Yamuna rumbo a la ciudad de Agra por el camino establecido entre los siglos xvi y xvii, cuando las capitales del imperio Mogol se alternaban entre ésta y Delhi. Agra es un testamento a la poesía y la opulencia del Imperio Islámico Mogol, el sitio donde florecieron el arte, la arquitectura y la cultura musulmanas en la India, el legado del emperador Akbar y sus sucesores Yahangir y Shah Yahan.
Luego de la desintegración del imperio en el siglo xviii, la ciudad sucumbió a diversos invasores, incluyendo los británicos, quienes la ocuparon a principios del siglo xix y la restauraron después. Pero a pesar de que hoy día Agra es sucia y abrumadora, resguarda atractivos que evidencian un glorioso periodo en la historia de la India. Puede visitarse en un día desde Delhi, sin embargo bien amerita pasar al menos una noche. Para ello la mejor opción es hospedarse en el soberbio hotel The Oberoi Amarvilâs, a 600 metros del Taj Mahal. Todas sus habitaciones y suites ofrecen vistas de este glorioso monumento al amor. Cuentan con baños de mármol y servicio de mayordomo, así como terrazas en jardines para cenas al fresco, entre arcos, domos y fuentes de estilo mogol. Además de sauna y alberca, el hotel ofrece tratamientos de ayurveda y visitas guiadas por la ciudad en autos clásicos.
No hay nada que pueda preparar la vista ni la razón para realizar la comunión necesaria que implica digerir la primera visión del cliché arquitectónico, la encarnación lítica de gracia y romance, balance y simetría. El icono de una nación reverenciado por más de tres siglos como la edificación más bella del mundo, erigida por órdenes del Shah Yahan, “Gobernante del Mundo”, luego de que en junio de 1631 muriera su esposa predilecta dando a luz a su décimo cuarto hijo.
Para realizar el divino mausoleo, eligió como arquitecto al maestro Ustad Isa Khan Effendi, un persa de Shiraz, a su pupilo Ustad Ahmed para los detalles y a Ismail Khan para el domo. Los juegos de agua, los jardines, la mezquita y la casa de huéspedes complementan el marco de paz perfecto, y cuando uno se aleja, simbolizando la partida del paraíso, y atraviesa los muros con versos coránicos labrados, apenas comienza a comprender que, efectivamente, lo que se acaba de mirar es el producto de 17 años y 20 mil trabajadores. Éste es el Taj Mahal. Es recomendable visitarlo primero, para deshacerse del ansia y las expectativas, y sólo después ir hacia el Fuerte de Agra. Con su forma semitriangular, resguarda en el interior decenas de hermosos palacios con salones de audiencias y jardines, abrazados por una muralla de casi tres kilómetros de diámetro.
Para cenar está el Moghul Room, donde se disfrutan platillos indios acompañados por ghazals, o canciones islámicas románticas, a la luz de las velas. Y si hay tiempo se recomienda visitar la ciudad cercana de Fatehpur Sikri, ahora una sublime ciudad fantasma concebida por el emperador Akbar como la capital ideal, y Khajuraho, una ciudad que permaneció aislada de las invasiones. Creada por la dinastía Chandela —clan rajput que resistió a los musulmanes— entre los siglos x y xii, Khajuraho es un monumento de templos que celebran la unión entre Shiva y Parvati, un verdadero centro de energía sexual.
Rajastán: todo lo que un rajá pueda desear
Éste es el rincón de la India que satisface los más exóticos sueños, con el colorido de los saris de sus bellas mujeres, todas de ojos inmensos, todas enjoyadas como princesas; con las colinas donde se elevan fuertes que recuerdan gestas heroicas, y los palacios donde hasta hace poco vivían en un lujo inconmensurable los maharajás. Y ahora nosotros.
Alguna vez llamado Rajputana, “territorio de monarcas”, el segundo estado más grande de la India mantuvo 22 principados, cada uno con su rajá, o príncipe, y fronteras tan cambiantes como las dunas de su desierto.
Desde la ciudad rosa de Jaipur hasta Jaisalmer, la joya del desierto de Thar, se suceden uno tras otro templos con decoraciones exquisitas, bazares repletos de tesoros y todo el romanticismo cotidiano de los clanes de guerreros marciales. Inclusive en sus áreas exclusivas de caza, transformadas en santuarios de vida silvestre para tigres y leopardos, antílopes y gacelas, hay campamentos de finas telas donde apreciar el espectáculo celeste luego de cabalgar sobre un noble corcel marwari o un fétido camello, el barco del desierto. Acostumbrados a las riquezas provenientes del comercio, a recibir con pompa al visitante y celebrar con júbilo el monzón, sus ciudades son fácilmente accesibles en avión, tren o automóvil, y cada una ofrece diversas particularidades regionales.
Jaipur: vida color de rosa real
La “Ciudad Rosa” y capital de estado, erigida en 1727 como la nueva capital del maharajá Jai Singh II, un ávido científico, arquitecto y astrónomo que heredó el trono a los 11 años, es donde las fantasías del placer toman la forma de antiguos palacios. Considerada una de las joyas indias por sus murallas medievales, impresionantes fuertes encaramados en las montañas y la “corte de los milagros” —encantadores, músicos y mercaderes que animan sus calles rectilíneas flanqueadas por mansiones—, la ciudad fortificada fue pintada de rosa para la visita del príncipe de Gales en 1876.
Siendo una ciudad de palacios, hay que elegir el más soberbio de todos para alojarse, en este caso el Rambagh Palace, morada del maharajá hasta su reencarnación como hotel de lujo en 1957. Es elegante hasta en los pavos reales que viven en sus exquisitos jardines de 19 hectáreas alrededor de dos alas, donde se acomodan 90 habitaciones temáticas y 20 suntuosas suites, incluida la Kamal Mahal, con muebles originales, paredes decoradas con flores de loto y el estilo del clan Shekhawati, el más poderoso y sofisticado del estado.
Dos suculentos restaurantes de comida regional y continental, acompañados por un bar, piscina interior, spa y canchas de tenis, complementan la experiencia en esta propiedad a orillas del campo de polo en el extremo sur de la ciudad.
Las visitas pueden iniciar en el complejo real del Palacio de la Ciudad, erigido por Jai Singh II y continuado por los maharajás posteriores. Es un museo con patios de mármol y salones de intricados diseños que resguardan una gran colección de armas, pinturas e inclusive autos miniatura que narran la historia y grandeza del clan Shekhawati. Luego habrá que caminar al famoso Hawa Mahal, o “Palacio de los Vientos”, que destaca por su adornada fachada ocre con 593 ventanas, desde donde las mujeres de la corte presenciaban las procesiones.
Otra idea es arrendar un elefante para pasear por la ciudad y visitar el precioso observatorio de Jai Singh II, o la cercana Amer, donde se encuentra un imponente fuerte que fungió como capital de los rajás Shekhawati, beneficiado por el estilo mogol gracias a las alianzas matrimoniales reales.
Después podrá regresar para cenar en el restaurante Panghat de su palacio, ubicado en los jardines de la propiedad y animado por danza y música tradicional rajastani. Sus platillos tradicionales de carnes y vegetales se sirven en esos platos pequeños de acero conocidos como thali.
Para las compras están las aclamadas tiendas de M.I. Road, como Gem Palace, donde lo mismo se encuentra una simpática joya de 3 dólares que una pieza única de 3 millones; o P.M. Allah Buksh and Son, que desde el siglo xix ofrece preciosas sedas de todo el país a la realeza europea, pero también a la local, pues los maharajás actuales, aunque sin tanto poder político, aún tienen el culto de sus “súbditos”.
Afuera de Jaipur: oasis,
tigres y el lago de la eterna juventud
Para una experiencia más exclusiva que la de Jaipur, lo ideal es trasladarse en helicóptero o en carro privado al fascinante resort Amanbagh, un oasis en el que acampaba el maharajá durante sus expediciones de caza. Erigido en las colinas Aravalli, cerca de Alwar, donde el monzón recrea un lago en medio del desierto, es el resort más lujoso de la India, diseñado por el arquitecto Ed Tuttle y comandado por el legendario hotelero Adrian Zecha de Amanresorts.
El moderno palacio rescata las artes y tradiciones de la región, y ofrece 16 havelis o mansiones entre jardines y piscinas, con terraza privada y servicio de mayordomo, así como 16 villas con jardín y piscina privada en torno al palacio central. Cada una ofrece regias habitaciones con espaciosos baños de mármol. El resort tiene una gran piscina, spa con tratamientos tradicionales y dos áreas de restaurante junto con una comprensiva biblioteca y boutique.
Desde ahí pueden visitarse con sapientes guías y en total exclusividad las ciudades de Bhangarh y Neelkanth, con sus primorosos templos, o el lago Mansarover, para bañarse en sus aguas de la eterna juventud acarreadas, según dice la leyenda, por el dios Shiva.
Para continuar la experiencia hay que dirigirse —de nuevo en helicóptero— a los linderos del famoso Parque Nacional Ranthambhor, un santuario de 400 kilómetros cuadrados donde se encuentra el sofisticado resort Aman-I-Khás. Abierto ocho meses al año, este lujoso campamento con tan sólo diez tiendas climatizadas sobre plataformas de concreto y caoba, ofrece camas king size, tinas de mármol y regaderas de lluvia, con agua caliente por supuesto.
Rodeadas por árboles nativos y ruinas mogoles, hay tres tiendas más: una con el spa donde ofrecen tratamientos ayurvédicos, otra es la biblioteca y una más el restaurante del chef Jonathan Phillip, que sirve cordero al curry con budín de zanahorias y cardamomo, entre otras delicias. El campamento ofrece dos safaris diarios en Jeep, a pie, caballo o camello, para observar especies nativas: leopardos, venados y por supuesto tigres. Terrazas con fogata para presenciar la procesión celeste y, desde hace poco, una piscina, esperan al regresar.
Jodhpur: una fortaleza
de espaldas al desierto
En la base de un risco dorado defendido por una de las fortalezas más imponentes de Rajastán, Jodhpur fue la capital del reino Marwar por cinco siglos. Fue nombrada en honor de su fundador Rao Jodha, jefe del clan que traza su linaje hasta Rama, el héroe épico hindú del Ramayana. Una muralla de 9 kilómetros protege sus divinos templos, bazares y palacios de las tormentas del vecino desierto de Thar.
El sitio para hospedarse es otro de los palacios más legendarios del país, el aclamado Umaid Bhawan, diseñado por encargo del maharajá Umaid Singh al británico H.V. Lancaster y construido entre 1929 y 1942 por 3 mil obreros. La decoración combina los estilos beaux-arts y art déco con cierto sabor raj, y se compone de tres alas: un museo, la residencia del maharajá actual y el hotel con 75 suites de hasta 350 metros cuadrados, cada una con ambiente y decoración original particular —eduardiana o victoriana.
Sus enormes puertas de bronce conducen al domo central que, a 65 metros, ampara los diversos salones entre escaleras y pisos de mármol belga tallado a mano. Su terraza, frente a los jardines reales y la piscina, es el sitio ideal para los cocteles o el té de la tarde, mientras que en su restaurante Marwar Hall, un hermoso salón con candelabros pendidos del techo abovedado y vistas a los jardines, se sirven platillos continentales e indios como la dosa —crepa rellena de queso o nueces de la India, pollo cocinado en mantequilla con especias y un curry de tomate— o el kabuli —arroz con frutas secas y vegetales—. Una curiosidad a considerar: su cancha de squash está hecha completamente de mármol.
Aquí debemos visitar el fuerte de Meherangarh, construido en 1459 cuando la capital se reubicó desde Mandore. Dentro hay tres delicados palacios decorados con finos vitrales, pinturas y tallados jali (celosías) del piso a techo que semejan lazos, con vistas completas de los jardines reales y de la ciudad a sus pies. Pero también el bazar Sardar, con artesanías de bronce y plata, así como pinturas y finos textiles. Cerca de la ciudad se encuentran los jardines Mandore y la fabulosa Jaisalmer, ciudad amurallada con ocho prodigiosos templos jainíes dentro del misterioso desierto de Thar. Se puede andar a camello por las dunas, una experiencia memorable e histórica, ya que por allí llegaban los mercaderes árabes, africanos y europeos, y descansaban en elegantes mansiones y caravasares que, aunque se encuentren básicamente en ruinas, recuerdan las viejas proezas.
Udaipur, entre lagos artificiales
y flores de loto
Antes de finalizar la exquisita travesía hay que parar en la ciudad más romántica de la India. Udaipur, iluminada por una gentil luz dorada que refleja lagos artificiales creados por los maharajás entre verdes colinas y fuertes, es un laberinto de templos y palacios adosados y superpuestos que, desde su fundación en el siglo xvi, otorgan un caleidoscopio de estilos y decorados fantasiosos, un suspiro del clan mewar que tan fieramente luchó contra el Imperio Islámico Mogol para defender su territorio.
Aquí, el hotel Taj Lake Palace, antes llamado Jag Niwas, es célebre por ocupar una isla en medio del lago Pichola y por su aparición en el filme Octopussy de Bond. Esta maravilla de mármol con 250 años de historia fue construida como residencia de verano por el maharajá Jagat Singh. Sus 65 habitaciones y 18 suites de estilo contemporáneo con decoración rajastani y vistas al lago y los jardines con estanques de lotos son fastuosas, tanto como su terraza con restaurante al interior y al fresco. Para cenar está el tradicional palacio Shiv Niwas, en forma de luna en cuarto creciente en torno a la piscina, que fue alguna vez la casa real de los invitados y ahora es también un lujoso hotel.
Caminando por las estrechas calles de Udaipur, entre las casas de pórticos cubiertas de dioses y animales pintados, se llega al Jardín de las Doncellas (Sahelion ki Bari), con sus pabellones de mármol negro y sus estanques surtidores —grandes pilas de agua con canales que surten fuentes, estanques menores y en ocasiones hacen juegos de agua en patios o jardines— adornados con buganvilias y alhelíes.
La atmósfera es auténticamente medieval, mientras se visita el fuerte Sajjangarh o el Palacio de Udaipur, que se alza orgulloso sobre las orillas del lago. Así se llega al Moti Mahal, o Palacio de la Perla, cubierto de perlas y espejos, donde presenciar el atardecer es un vistazo al más allá; o al Mor Chowk, con sus mosaicos esmaltados de pavos reales y pinturas de escenas de amor y cacerías de tigres a lomo de elefante.
Luego de un regio crucero por el lago y de beber un coctel en la terraza del palacio-isla de Jagmandir, se puede tomar la cena en el aclamado Gallery Restaurant, dentro del complejo del Palacio de Udaipur, que sirve comida continental en mesas, sillas y vajillas de cristal de Birmingham de hace 200 años a la luz de las velas, con vistas del lago, los palacios y las colinas.
Final urbano: la inacabable Bombay
Para concluir la travesía es preciso volar a Bombay, donde igual acontecen festivales religiosos que partidas de críquet, desfiles de moda y estrenos cinematográficos. Ahí el lugar para hospedarse es el Taj Mahal Palace, y para cenar, los aclamados Wasabi o Zodiac Grill, luego de disfrutar un crucero en yate por la bahía, visitar el National Center for the Performing Arts y realizar las últimas compras en las boutiques de Bandra y Juhu Beach. Charagh Din es la mejor para finas camisas y blusas de seda; y Ensemble es adonde suelen recurrir las mujeres para adquirir kurtas (camisas sin cuello), saris, joyas y prendas de estilo occidental, todo por los más famosos diseñadores del país. Su única obligación a estas alturas será no confundirse: las verdaderas sedas de calidad, las que vienen bordadas con hilos de oro y plata, son las de Banarasi —no Varanasi—; digna preocupación de un viajero “neo maharajá”.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
The Taj Mahal Hotel
1 Mansingh Road, Nueva Delhi T. 91 (11) 2302 6162 F. 91 (11) 2302 6070 www.tajhotels.com
Desde 350 hasta 2 200 dólares por habitación
The Oberoi AmarvilÂs
Taj East Gate Road, Agra T. 91 (562) 223 1515 F. 91 (562) 223 1516 www.oberoiamarvilas.com
Desde 530 hasta 3 mil dólares por habitación
Rambagh Palace
Bhawani Singh Road, Jaipur T. 91 (141) 221 1919 F. 91 (141) 238 5098 www.tajhotels.com
Desde 290 hasta 1 550 dólares por habitación
Amanbagh
Ajabgarh, Alwar T. 91 (1465) 223 333 F. 91 (1465) 223 335 www.amanresorts.com
Desde 550 hasta 900 dólares por habitación
Aman-i-Khás
Ranthambhore, Rajastán T. 91 (7462) 252 052 F. 91 (7462) 252 178 www.amanresorts.com
700 dólares por habitación, 2 300 dólares por cuatro noches con comida incluida
Umaid Bhawan Palace
Jodhpur, Rajastán T. 91 (291) 251 0101 F. 91 (291) 251 0100 www.tajhotels.com
Desde 255 hasta 1 355 dólares por habitación
Taj Lake Palace
Lago Pichola, Udaipur T. 91 (294) 252 8800 F. 91 (294) 252 8700 www.tajhotels.com
Desde 460 hasta 1 940 dólares por habitación
The Taj Mahal Palace
Apollo Bunder, Bombay T. 91 (22) 5665 3366 F. 91 (22) 5665 0323 www.tajhotels.com
Desde 300 hasta 2 mil dólares por habitación
CÓMO LLEGAR
La mejor opción para arrendar jets privados de hasta ocho personas y trasladarse entre Delhi y el estado de Rajastán, terminando ya sea en Bombay o en Delhi, es Taj Air, que cobra desde 20 mil dólares por tramo (www.tajaironline.com). Pero otra buena opción para arrendar helicópteros privados y trasladarse a discreción, con una flotilla de aeronaves para dos y hasta ocho personas, es Air Charters India (www.airchartersindia.net).
Para viajes de una semana por los principados del estado de Rajastán, iniciando en Delhi y Agra, y terminando en Bombay, tren Palace on Wheels (www. palaceonwheels.net) tiene paquetes desde 300 hasta 500 dólares por persona, por día, con hospedaje en cabina doble y alimentos incluidos.
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