Pangkor Laut: una isla hecha resort
Fotografía de Tim Robberts

Pangkor Laut: una isla hecha resort

Escapar a una isla privada es la fantasía más recurrente de casi todas las parejas. Pues bien, las villas del Pangkor Laut Resort, frente a la costa de Malasia, ofrecen eso, sólo que complementado con los más exquisitos lujos orientales.
Por Crystyl Mo | diciembre 2005-enero 2006 | Tags: , , ,
La bañera, profundamente fantástica, está justo afuera de la puerta trasera de la villa. Se trata de una pieza de mármol color crema que más bien parece una escultura, o una piscina miniatura, con sutiles curvas a ambos lados para recargar la espalda mientras uno se sumerge viendo las copas verdes de los árboles y el cielo azul. El agua no sale de la llave, sino de una ranura escarbada en uno de los lados, lo cual transforma el chorro en una cascada natural.

Me siento como si flotara en mi propia isla... y casi tengo razón. El Pangkor Laut Resort ocupa una isla privada frente a la costa oeste de Malasia, donde un máximo de 200 huéspedes pueden disfrutar de una mezcla insólita de lujos de cinco estrellas y naturaleza intacta. Ni sombra del resto del país, de su complejidad ni de sus más de 20 millones de habitantes.

El cantante de ópera Luciano Pavarotti, propietario de una suite en la isla, asegura que casi llora cuando vio lo hermoso que le había quedado a Dios este paraíso. Y en efecto, una selva de dos millones de años cobija las colinas de Pangkor Laut bajo el verde más profundo, mientras que las villas, sostenidas por estacas sobre el océano, son el tipo de viviendas que uno se imagina en un mundo perfecto. Conectadas por pasillos de madera sobre la costa, sus ventanas francesas se abren directo hacia el mar.

Hace más de 20 años, el sultán de este distrito permitió que un individuo le comprara la isla al gobierno, pero, astutamente, dejó ir una cláusula que decretaba que sólo 20% de la isla podía ser desarrollada. Hoy, como resultado, 84% de la isla sigue siendo selva virgen, poblada por aves, víboras y monos macacos. Otro 16% está ocupado por el Pangkor Laut Resort, que ofrece sólo 148 suites dobles y nueve villas para los que busquen escapar de todo. Excepto de la mejor cocina gourmet, el aire acondicionado y un spa extraordinario.

Memorias irrepetibles
Al llegar al muelle nos escoltan hasta el elegante edificio de la recepción. Como todas las estructuras de la isla, está construido al estilo malayo tradicional, lo cual significa maderas oscuras, techos altos y puntiagudos y muchas ventanas muy grandes para gozar la brisa y las vistas en todas direcciones. Los pavos reales haraganean por todas partes sin la menor muestra de timidez.

Ascendemos a la suite, un alojamiento sobre la ladera de la colina, por elevador. Es una de las cuatro que componen una villa de dos pisos rodeada de tupida vegetación. La suite tiene balcón privado, una amplia recámara y un espacioso baño vestidor; discreta, linda, cómoda. Y, cuando uno menos se lo espera, suceden cosas: por la noche aparecen repelentes de mosquitos eléctricos, por las mañanas, champú y cremas de plátano y otras monerías frutales confeccionadas según las propias fórmulas del resort.

No hay televisión. Pero tampoco actividades planeadas ni mucho que hacer. Este sitio fue ideado para languidecer en pareja, o incluso en familia, en alguna de las villas equipadas con chef privado y mayordomo. El personal de servicio, discreto y amable, está disponible cuando uno lo requiere, pero es invisible cuando no.

Una tarde en Pangkor Laut podría significar una caminata por la jungla hasta la playa de enfrente, Emerald Bay, un pedazo de arena blanca tan hermoso que se ha convertido en un destino muy popular para celebrar bodas. O chapotear en una de las tres piscinas de mosaicos azul oscuro a unos metros del océano. También hay canchas de tenis y squash pero, por experiencia propia, pocos son los que logran realizar una actividad estructurada.

Los restaurantes son sencillamente maravillosos. Las cenas en el Fisherman’s Cove, por ejemplo, se sirven en un comedor decorado con velas y manteles blancos, mirando directo al agua. Su ensalada de hojas verdes con piñones está perfectamente aderezada, al igual que su sopa bouillabaisse, con generosos pedazos de pescado y camarones. Ahí probé el pescado más excepcional que comeré jamás: un robalo a la parrilla exquisitamente jugoso con un barniz dulce de salsa teriyaki y una salpicada de wasabe, acompañado de verduras chinas, hongos shiitake y alga japonesa como decoración.

El bufé de desayuno —que puede ser continental o asiático— también se sirve junto al mar, en una estructura al aire libre, donde corren los panes y bizcochos recién horneados y un arco iris de jugos, mangos, papayas y guayabas. El sol de la mañana llega de lado, y los pavos reales arrastran sus colas iridiscentes.

El galardonado Spa Village ofrece un surtido de tratamientos tradicionales malayos, indios y chinos. Es un hermosísimo complejo de villas, caminos de piedra, flores, fuentes, estanques de peces, tinas llenas de flores y —lo mejor de todo— plataformas con techos de madera construidas sobre la playa para que durante el masaje uno sienta que está verdaderamente flotando.

Yo opté por el tratamiento tradicional malayo para princesas. Tal cual. Mientras me acomodaba en una mesa en una villa privada, Yaya, mi masajista de maneras sutiles, se untó aceite en las manos y las pasó tres veces por debajo de mi nariz. Enseguida empezó a masajearme la cabeza. Cómo deseé que todos los que alguna vez me han masajeado lo hubiesen hecho con esos movimientos precisos, seguros, firmes, con ese entendimiento de los músculos, los huesos y la dirección de las articulaciones.

Después de una ducha gloriosa bajo una regadera externa y un cielo azul perfecto; descalza, disfrutando la suave textura de la masiva piedra que era el suelo, me sentí realmente renovada.

Al día siguiente probé el tratamiento ayurvédico. En un segundo mi masajista india me desnudó, me amarró un primitivo pareo y me acostó en una mesa de madera como a un preciado ganso. Enseguida me roció con 200 miligramos de aceites medicinales, y lo que siguió fue algo totalmente distinto a las técnicas comunes suecas, tailandesas y chinas. Golpes largos y bruscos bajaron por mis brazos hasta las pantorrillas mientras yo sentía que me transformaba en una mancha de aceite sobre una tabla de madera. A la hora de voltearme, mi masajista me advirtió con sutileza: “cuidado, está resbaloso”. Al parecer corría el riesgo de deslizarme de la mesa como una barra de jabón en la repisa de la regadera. Pero lo más impresionante fue el proceso de enjuague, durante el cual me enyesaron con una pasta de lentejas verdes, al parecer la única manera de deshacerse de los galones de aceite que me habían vertido encima.

Casi limpia, caminé hacia el muelle para tomar el crucero de la puesta del sol. Desde la terraza en el techo del coqueto barco de madera, el sol anaranjado se sentía hermoso y libre sobre la piel, o por lo menos libre de aceite. El color del agua a esa hora era como el verde oscuro del jade, un verde que recuerda la frase china “el oro es valioso, pero el jade no tiene precio”.

En mi última noche, ya tarde, bajo un cielo aterciopelado, y flotando boca arriba, me dejé hipnotizar por las estrellas centelleantes, las siluetas de las palmeras, la sensación del mármol negro de la alberca en la punta de mis dedos. Supe claramente que para disfrutar de eso y del siguiente horizonte, el del océano verde, no necesitaba una isla entera para mí. Ni tampoco las formas tan perfectas en que ésta estaba domada. Pero, quién hablaba de necesidad. Éste era un viaje único, y logré disfrutar cada uno de sus instantes. No por irrepetibles, sino porque no había nada que se impusiera entre mí y lo más hermoso que hay en el mundo, sino todo lo contrario.

Comer y beber
Uncle Lim’s es una maravillosa estructura redonda al aire libre con faroles rojos. El chef (el tío Lim) tiene más de dos décadas en Pangkor Laut y se especializa en nyonya la deliciosa cocina estilo chino que se prepara en Malasia, así como platillos regionales de Hockchew, preparados con pescados y mariscos frescos todas las noches.

En The Samudra se sirven platillos clásicos en un local montado en estacas sobre el mar. Y Fisherman’s Cove, el mejor restaurante de la isla, ofrece comida italiana y china de su cocina abierta frente al océano.

El Oasis Bar, en el muelle, tiene mesas al aire libre para tomar tragos y botanas frente a la alberca. Y el Chapman’s Bar, unos metros por encima de la playa de Emerald Bay, sirve comidas a mediodía, sándwiches y brochetas satay, ensaladas y mariscos. Es ideal para un helado después de una caminata en la selva.

Pangkor Laut Resort
Isla Pangkor Laut, Malasia T. (603) 2145 9000 www.pangkorlautresort.com
El lema de Pangkor Laut es “Una isla, un resort”, de modo que el único sitio para hospedarse es el Pangkor Laut Resort, cuyas Sea Villas están construidas en estacas sobre el mar: 413 dólares la noche. Las Hill Villas están en la selva y tienen vistas a la playa, y las Garden Villas están cerca del restaurante y la alberca, lo cual las hace apropiadas para familias. Ambas cuestan 244 dólares la noche. Por último, las villas junto al spa, algo alejadas del tráfico de la isla, cuestan 460 dólares.
También hay edificios de uno hasta cuatro cuartos con chef y mayordomo privados. Los planes que incluyen comida, lavandería y traslado en barco oscilan entre 8 y 14 mil dólares por tres días.

Cómo llegar
Berjaya Air (www.berjaya-air.com) viaja entre el aeropuerto de Subang en Kuala Lumpur y la isla principal de Pangkor los lunes, miércoles y fines de semana. El vuelo dura 40 minutos y cuesta alrededor de 56 dólares.

Golf
Uno de los más hermosos y difíciles campos de golf del sureste asiático, Damai Laut, queda a 20 minutos en lancha, y las reservaciones pueden hacerse desde la isla. Tiene 6?255 metros cuadrados y 18 hoyos. Entre semana cuesta 32 dólares, y los fines de semana 53 dólares.
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