Gerona: crónica de un viaje imposiblemente romántico
Lo romántico, en el sentido corriente del término, es subjetivo y depende del contexto. Pero los paisajes y pueblos de la Costa Brava, bañada por el Mediterráneo español, tienden a quedarse grabados en la memoria de un modo muy especial.
Esta es la crónica de una imposibilidad. En un viaje romántico, el lugar se subordina a la compañía, la estación del año o de la vida. Sentado ante mi computadora, en Mataró, a treinta kilómetros de donde comienza la Costa Brava, recuerdo una pasarela que se adentra en el Mar de Cortés (La Paz, México), un paseo solitario por Cusco, el atardecer en Cable Beach (Australia), París entera, Marraquech ocrerrosada, un enamoramiento simultáneo (una mujer, unas calles) en la uruguaya Colonia del Sacramento. Algunas de las caras de mi aleph romántico y particular.
De la memoria al mapa: ahí está la provincia de Gerona, con su costa recortada y acantilada —una de las más famosas y bellas del mundo—, de playas minúsculas y pueblos de pescadores. La Costa Brava, la llamamos, porque el Pirineo lleva su abrupta geología hasta el mero mar Mediterráneo; porque el viento conocido como la Tramuntana azota los pinos, los tuerce y los inclina hacia el este. Gerona, la capital, es no sólo pintoresca, diseñada para el paseo, sino también real, vibrante.
Llegamos a mediodía. La luz es nítida, como de ala de ángel. Invita a caminar por la orilla del río Onyar, que atraviesa el centro histórico de la ciudad. Las fachadas de las célebres Casas del Onyar constituyen uno de los murales urbanos más bellos que conozco. Parecen un collage de Paul Klee. Son casas casi colgantes, inicialmente erigidas sobre la propia muralla, en el siglo xviii. En 1983 fueron rehabilitadas, con fidelidad a su peculiar colorido. Aunque cada edificio se apoya en sus propias vigas de madera y defiende su propio color en contraste con persianas, mosaicos, balcones, galerías o ropa tendida, es la sinfonía abigarrada de pardos, ocres, naranjas y rojizos lo que otorga la extraña unidad del conjunto. Los puentes ofrecen las mejores perspectivas de esas fachadas, sobre las cuales asoma la Catedral y las construcciones medievales que la circundan. El metálico Pont de les Peixateries, diseñado por Eiffel, es una jaula en suspenso; el resto de pasarelas son mucho más grávidas: las parejas que las atraviesan pierden peso, cogidas de la mano, caminando en cámara lenta.
En los locales de la Plaça Independència se puede tomar un “chocolate deshecho” o un gin-tonic mientras se contempla el panorama. La opción más clásica es la cafetería y restaurante Boira, en una de las esquinas (número. 17; T. 34 (972) 203 096; de lunes a domingos de 13 a 16 y de 20:30 a 23 horas). Con el tiempo, se han abierto ya seis de estos restaurantes en Gerona. Los dos últimos, de diseño minimalista y contemporáneo, están muy cerca, y también dan al río. La Riba ofrece cocina de mar en un amplio salón de tonos blanco y metal (Plaça Independència 12; T. 34 (872) 081 490; de lunes a domingos de 13 a 16 y de 20:30 a 23 horas), quizás es la mejor opción para el almuerzo. A su lado, el Cafè de la Riba es un sushi bar con terraza, ideal para una cena ligera en un marco envidiable (Plaça Independència 12; T. 34 (872) 081 490; mismo horario).
El pasado medieval de Gerona
Cruzar cualquiera de los puentes significa dar un salto: de la ciudad moderna a la ciudad antigua. En cuanto se abandona la Rambla de la Llibertat y el Carrer Argenteria, con su ajetreada vida comercial, el casco medieval se revela con toda su calma. Callejones, escaleras de piedra, arcos, estructuras que recuerdan que Gerona fue una importante ciudad durante el Medioevo. En los siglos xiii y xiv, fue la capital mundial de la cábala judía. La comunidad hebrea fue muy relevante, como se puede observar en el museo del Centre Bonastruc Ça Porta (C/Força 8; T. 34 (972) 216 761; www.ajuntament.gi/call; de lunes a sábados de 10 a 20 (en verano) y de 10 a 18 (en invierno) y domingos de 10 a 15 horas; entrada: 2 euros).
Desde el año pasado, la opción de alojamiento más romántica en Gerona es el Hotel Històric, de cuatro estrellas (C/Bellmirall 4A; T. 34 (972) 223 583; F. 34 (972) 200 932; www.hotelhistoric.com). Ubicado en pleno centro histórico, a tiro de piedra de la Catedral, dispone de seis habitaciones dobles, una suite junior (150 euros la noche) y una gran suite (300 euros). La junior posee una terracita agradable, ideal para cenar a la luz de las velas. La grande, de cincuenta metros cuadrados, disfruta de un cuarto de baño cuyo mosaico ha sido diseñado a partir de teselas de oro de ocho quilates. Todas las habitaciones están insonorizadas, de modo que la tentación de pasarse las horas en el sofá, la cama o la bañera circular es difícil de superar. Lienzos del pintor gerundense José Niebla o lámparas forjadas en hierro por el padre de Xavi Morera, el gerente, dan a cada espacio del hotel un aire singular, de pieza única. El arquitecto fue Miguel Ángel García Balcarce; la esposa de Xavi, Alba Puig, le ayudó a pensar el interiorismo, y el resultado es el hotel que el centro de Gerona se merecía.
Esta zona de la ciudad da para horas de vagabundeo: plazas, cafés, terrazas, rincones. En estancias de varios días, a la visita a la Catedral barroca y las otras pequeñas ermitas e iglesias, se le puede añadir el Museo del Cine (Sequia 1; T. 34 (972) 412 777; www.museudelcinema.org; de martes a domingos de 10 a 20 horas; entrada: 3 euros). El paseo que discurre por lo alto de la muralla permite concluir la visita —o empezarla— mediante una visión de conjunto. Más allá se impone una vuelta por el Romántico (en el sentido estricto, pues es del siglo xviii) parque de la Devesa, con sus glorietas y sus dos mil quinientos plataneros de hoja caduca. Después, quizás, un baño reparador en la suite del Hotel Històric. O la huida a algún hotel costeño.
En auto por la costa
Aunque he estado muchas veces por estas tierras, esta ocasión es radicalmente distinta. Tengo que mirar para que otros —entre ellos, usted— miren. Y tengo que hacerlo románticamente, aunque viaje con un fotógrafo y la mujer que amo esté a doce mil kilómetros de distancia. No es fácil. Nuestro recorrido por la costa de Gerona va a ser de norte a sur y va a tener en el Cap de Creus su punto inicial. Alquile un automóvil en Gerona para tal proyecto (www.atesa.es). El cabo, que como todos los cabos recuerda al fin del mundo, merece, por su dramática ubicación, una primera aproximación. El Monasterio de Sant Pere de Rodes la brinda, desde el mirador que rodea al complejo arquitectónico de estilo románico (Camí del Monestir s/n; T. 34 (972) 387 559; www.mhcat.net; de octubre a mayo de 10 a 17, de junio a septiembre de 10 a 19:30 horas; cerrado los lunes de diciembre a mayo; entrada: 3.60 euros). La carretera hasta Cadaqués es ligeramente montañosa, con las curvas que caracterizan a la Costa Brava, y discurre por el parque natural que protege el cabo.
En Cadaqués nos desviamos hacia Portlligat, sede de la onírica casa de Salvador Dalí. Una mujer de unos cuarenta años, delgada, el cabello corto, inglesa, nos pide que la llevemos hasta la punta. De camino, nos cuenta que ha descubierto que es posible alojarse en la planta alta del restaurante al que nos dirigimos:
—Me lo recomendó una amiga —nos dice cuando ya nos estamos estacionando—, al parecer viene aquí cada vez que tiene un nuevo amante con quién disfrutarlo.
Lo primero que se ve es la roca caótica, que se labra a sí misma, con predominancia de pizarra, los desniveles, el mar que todo lo abarca, en uno de los paisajes más bellos de España. En lo alto, un faro recuerda que la domesticación de la naturaleza es relativamente reciente. El restaurante se llama Cap de Creus y es cálido, de cocina tradicional combinada con sabores indios (Cap de Creus s/n; T. 34 (972) 199 005; diario en temporada alta y los fines de semana en temporada baja). En la planta alta tiene cinco departamentos para dos o cuatro personas que se alquilan por 75 euros la noche. Además del restaurante y, sobre todo, de su paisaje hipnótico y atormentado, el cabo ofrece un café y un pequeño museo histórico y científico, en los bajos del faro, llamado Espacio Cap de Creus (T. 34 (972) 258 315; diario de 10 a 18 horas en julio y agosto; entrada: 1 euro). El café tiene un diseño sobrio, con un gran portón corredizo de metal aparentemente oxidado, en perfecta sintonía con el viejo cabo en que se incrusta (Bar San Freu: mismo horario que el museo).
El atardecer hay que vivirlo ahí. El anochecer, en cambio, que lo sorprenda por las calles de Cadaqués. Gracias a que está rodeado por un parque natural, el viejo pueblo de pescadores no ha crecido como el resto. Conserva intacto su encanto de paredes blancas, torres de vigilancia y miradores sobre la bahía. No es difícil adivinar por qué artistas como Pablo Picasso, Marcel Duchamp, Luis Buñuel, Paul Eluard, Gala y, sobre todo Salvador Dalí, eligieron este lugar. La arquitectura tradicional y rústica de cualquier pueblo de pescadores se combina con edificios modernistas; no hay grandes supermercados ni hoteles monstruosos. El Casino, aunque reformado, continúa albergando por igual a jubilados que juegan a los naipes y a turistas anglosajones en busca de paz.
—Tampoco hay cine ni novedades editoriales ni demasiadas opciones nocturnas —me comenta Carles, un barcelonés de piel bronceada que cinco años atrás lo dejó todo para abrir un bar aquí—; yo creo que este pueblo es ideal para estar con tu pareja o solo, si estás bien; pero si estás mal...
Y simula que se clava una daga a la altura del corazón. Nos tomamos una copa de vino en el S7t, el pequeño local de Carles, ubicado en un antiguo almacén marítimo, que cuenta tan sólo con cuatro mesitas circulares y una docena de taburetes. La luz, tenue; de fondo, jazz (Riba Pitxot 7; diario de junio a septiembre de 19 a 3 horas; el resto del año sólo fines de semana). El barman (experto en cocteles para después de una buena cena) nos recomienda, si algún día venimos en pareja:
—Podéis cenar en cualquier restaurante, todos son adecuados... Todos son pequeños, íntimos y con velas.
Nos dice, a modo de despedida, y le guiña el ojo a nuestras soledades.
En globo, catamarán
o zapatos de golf
Entre Cadaqués y Tossa, donde termina la Costa Brava, se disparan las opciones. Una de ellas es observar el contraste entre montañas, prados y playas a vista de pájaro. Según la comarca, varía la agencia que organiza excursiones en globo; los datos de contacto de todas ellas, así como sus itinerarios, se encuentran en la página web www.geronaglobus.com. También es posible alquilar veleros y catamaranes, y planear una excursión a la medida hacia las distintas calas y ensenadas, cuyo acceso terrestre es casi imposible (puerto base en el muelle comercial de L’Estartit; oficina en Plaça Forgas 2, Begur; T. 34 (972) 624 095; F. 34 (972) 624 197; www.velersicatamarans.com).
Quien considere que el amor y el golf no son incompatibles, entre los campos de la zona destaca el Empordà Golf Resort (Carretera de Torroella de Montgrí a Pals s/n; T. 34 (972) 760 450; www.emporda golf.com), pero también son recomendables el Golf Serres de Pals (Carretera Torroella de Montgrí a Pals; www.golfserresdepals.com) y el Golf Platja de Pals (Av. Del Golf s/n; T. 34 (972) 667 739; www.golf platjadepals.com). Para los amantes del deporte en pareja, otra buena opción es el Hotel Golf Peralada, en el corazón del campo de golf, con su spa de vino que, aprovechando su ubicación en una zona de producción vinícola, ha desarrollado técnicas que combinan el masaje y el baño con terapias derivadas del vino (Rocabertí s/n; T. 34 (972) 538 830; F. 34 (972) 538 807; www.golfperalada.com).
Cada cual definirá su itinerario, pero éste debería incluir la bellísima Cala Montjoi, en Roses (donde se encuentra el famoso restaurante El Bulli: T. 34 (972) 150 457; http://elbulli.com); la playa de Aiguablava; el centro histórico de Pals y sus vistas al valle del Empordà, con una escapada para probar los estupendos platos del Hotel Sa Punta, que por desidia ha perdido la estrella Michelin que atesoraba (Platja de Pals s/n; T. 34 (972) 636 410; F. 34 (972) 667 315; www.hotelsapunta.com; de 95 a 140 euros la habitación doble); la reserva marítima de las Illes Medes; el yacimiento arqueológico de Sant Martí d’Empúries (T. 34 (972) 770 208; de 10 a 20 en temporada alta y de 10 a 18 horas en temporada baja; entrada: 3 euros y 6 las visitas nocturnas); y Calella de Palafrugell, con sus recitales de habaneras (canciones marítimas teñidas de nostalgia, inspiradas en la experiencia catalana en Cuba) y sus dos caminos de ronda imprescindibles: el que va hacia el Cap Roig y el que comunica con Llafranc.
Llafranc es precisamente uno de los rincones imprescindibles de la Costa Brava, sobre todo en un viaje en pareja, por su exclusividad y por su belleza. Desde el balcón de la habitación o desde la terraza del encantador hotel y restaurante Casamar (dos estrellas; calle Del Nero 3; T. 34 (972) 300 104; F. 34 (972) 610 651; cerrado en enero y febrero; de 63 a 72 euros la habitación doble, con pensión completa), se puede disfrutar de la vista de ese pueblito encajonado en una bahía de aguas turquesas, con su pequeño puerto deportivo y su diminuto núcleo urbano de casas color cal.
De espaldas al turismo
Muchos de los pueblos de la Costa Brava han crecido desordenadamente, y han sido parcialmente invadidos por superficies comerciales y hoteles en serie, que se han robado parte del entorno. Tal es el caso de Sant Feliu de Guíxols o de Palamós. Por eso hay que escaparse algunos kilómetros para encontrar rincones más tranquilos y estéticamente armónicos. Entre Castell d’Aro y Sant Feliu de Guíxols, por ejemplo, se encuentra uno de esos rincones: S’Agaró. En su playa, desde los años veinte del siglo pasado, se instalan casetas de baño, signo de identidad de un balneario con pedigrí, con afluencia de turismo sobre todo nacional. Desde 1936, las casetas son gestionadas desde la Taverna del Mar. Edificio de estructura arqueada, abierto completamente al mar, hoy día es un excelente restaurante regentado por el matrimonio Mercè y Joan Pellicer (T. 34 (972) 323 800; www.latavernadelmar.com; diario julio y agosto, resto del año, cerrado lunes y martes; vacaciones en diciembre y enero). En alguna de las mesas a diez metros de las aguas mediterráneas, regados por frío vino blanco, se pueden degustar los excelentes mariscos locales, como los erizos de mar (16 euros), los camarones de Palamós a la plancha (50 euros) o las ostras gratinadas a la crema de espinacas. También es posible encontrar rincones interesantes en pleno centro de Palamós. La Menta (Tauler i Servià 1; T. 34 (972) 314 709; de 13 a 16 y de 20 a 23 horas, en verano, fiesta semanal los miércoles al mediodía, en invierno todo el día y domingos por la noche; cerrado en noviembre) es romántico tanto por dentro como por fuera: los portones de color verde y el interior escalonado remiten a los tiempos en que el local fue la peluquería de la abuela del actual cocinero. Lluís Planas recuerda que, de niño, le llegó el rumor de que allí se hacían las primeras depilaciones del pueblo. Tras muchas temporadas de prácticas en restaurantes como El Bulli o el Arzak, Lluís ha definido una cocina de alta calidad, basada en los platos que aprendió en casa, en los fogones de su madre y de su abuela, con el pescado y el marisco que su abuelo traía en su barca.
Con un amigo cubano, Juan, nos acompañan en dirección norte, desviándonos en la primera glorieta a mano derecha, por una pista forestal, hasta la Cala Castell. A la mayoría de los centenares de pequeñas playas que hay en la Costa Brava sólo se puede llegar en barco o a pie, pero a ésta se accede en coche. Se trata de uno de los pocos rincones casi vírgenes del litoral catalán: apenas dos ranchos y un par de casas antiguas interrumpen la armonía de la arena y la piedra. Más allá se practica el nudismo. Mientras Sergio toma fotografías, le pregunto a Juan cuánto lleva aquí.
—Un año y medio, hermano, no sabes lo que añoro a mis hijos y a mi mujer.
Con el mar y las olas al fondo, de pronto me acuerdo del gesto de Carles en su bar de Cadaqués: un puñal imaginario: el corazón. Más tarde, cuando visitemos la Cala Fosca, otra playa sin aglomeraciones turísticas en las afueras de Palamós, se me meterá en la cabeza el nombre. Playa Oscura. Playa Oscura. Playa Oscura. Como una maldición, inexplicable.
Fin del viaje
Los domingos por la mañana y todas las tardes, el paseo marítimo de Sant Feliu de Guíxols, construido a mediados del siglo xix, es el centro nervioso del pueblo. El Casino, como el de todos los pueblos catalanes, conserva todavía la atmósfera tradicional (los juegos de azar, los carajillos —cafés con anís o coñac—, el humo de puro), al tiempo que se hibrida con las costumbres de los inmigrados y de los turistas. De Sant Feliu a Tossa serpentea una de las carreteras menos rectas del país. Como en el resto de la Costa Brava, conviene detenerse en cada mirador que le llame con una corazonada.
El fin del viaje hay que oficiarlo en el recinto amurallado de Tossa. Éste coincide con una colina que se alza al lado del mar. En lo alto, una torre, con sus cañones, se enfrentaba a la amenaza de los piratas. Como Cadaqués —en el extremo norte de este recorrido—, este pueblo también atrajo a artistas con su estética de piedra y arena: el pintor Chagall, y el propio Salvador Dalí pasaron aquí largas temporadas. Frank Sinatra y Ava Gardner también se enamoraron de su bahía en forma de luna creciente vacía. Como homenaje a esa época, merece la pena alojarse en el Hotel Diana, en la casa modernista Sans Moré (Plaza de España 6; T. 34 (972) 341 886; F. 34 (972) 341 103; www.diana-hotel.com; habitación doble con vistas al mar de 93 a 133 euros).
Aquí comenzó mi lenta aproximación a la costa de Gerona, hace ya diez años. Ahora me doy cuenta. Descubrí tardíamente estos paisajes, durante los años en la universidad. Recuerdo un auto convertible, las curvas que separan Sant Feliu de Tossa de Mar, cuatro amigos compartiendo una botella de cava en un bar llamado La Lluna. Recuerdo una terraza, una mirada en que mirar el reflejo de la bahía. Recuerdo los arcos de Calella de Palafrugell. Recuerdo el camino de ronda que, desde Cadaqués, lleva a la casa enloquecida de Dalí. Recuerdo la primera vez que me detuve en un puente de Gerona para ver sus fachadas desdobladas en el río, aquel cuadro de Paul Klee. Recuerdo el paseo (aunque aún no lo haya dado) por su barrio gótico con una mujer que descubrí en las calles uruguayas de Colonia del Sacramento. No sé qué es el romanticismo. Pero sí sé que las oraciones de este párrafo son fragmentos de mi aleph romántico y particular.
De la memoria al mapa: ahí está la provincia de Gerona, con su costa recortada y acantilada —una de las más famosas y bellas del mundo—, de playas minúsculas y pueblos de pescadores. La Costa Brava, la llamamos, porque el Pirineo lleva su abrupta geología hasta el mero mar Mediterráneo; porque el viento conocido como la Tramuntana azota los pinos, los tuerce y los inclina hacia el este. Gerona, la capital, es no sólo pintoresca, diseñada para el paseo, sino también real, vibrante.
Llegamos a mediodía. La luz es nítida, como de ala de ángel. Invita a caminar por la orilla del río Onyar, que atraviesa el centro histórico de la ciudad. Las fachadas de las célebres Casas del Onyar constituyen uno de los murales urbanos más bellos que conozco. Parecen un collage de Paul Klee. Son casas casi colgantes, inicialmente erigidas sobre la propia muralla, en el siglo xviii. En 1983 fueron rehabilitadas, con fidelidad a su peculiar colorido. Aunque cada edificio se apoya en sus propias vigas de madera y defiende su propio color en contraste con persianas, mosaicos, balcones, galerías o ropa tendida, es la sinfonía abigarrada de pardos, ocres, naranjas y rojizos lo que otorga la extraña unidad del conjunto. Los puentes ofrecen las mejores perspectivas de esas fachadas, sobre las cuales asoma la Catedral y las construcciones medievales que la circundan. El metálico Pont de les Peixateries, diseñado por Eiffel, es una jaula en suspenso; el resto de pasarelas son mucho más grávidas: las parejas que las atraviesan pierden peso, cogidas de la mano, caminando en cámara lenta.
En los locales de la Plaça Independència se puede tomar un “chocolate deshecho” o un gin-tonic mientras se contempla el panorama. La opción más clásica es la cafetería y restaurante Boira, en una de las esquinas (número. 17; T. 34 (972) 203 096; de lunes a domingos de 13 a 16 y de 20:30 a 23 horas). Con el tiempo, se han abierto ya seis de estos restaurantes en Gerona. Los dos últimos, de diseño minimalista y contemporáneo, están muy cerca, y también dan al río. La Riba ofrece cocina de mar en un amplio salón de tonos blanco y metal (Plaça Independència 12; T. 34 (872) 081 490; de lunes a domingos de 13 a 16 y de 20:30 a 23 horas), quizás es la mejor opción para el almuerzo. A su lado, el Cafè de la Riba es un sushi bar con terraza, ideal para una cena ligera en un marco envidiable (Plaça Independència 12; T. 34 (872) 081 490; mismo horario).
El pasado medieval de Gerona
Cruzar cualquiera de los puentes significa dar un salto: de la ciudad moderna a la ciudad antigua. En cuanto se abandona la Rambla de la Llibertat y el Carrer Argenteria, con su ajetreada vida comercial, el casco medieval se revela con toda su calma. Callejones, escaleras de piedra, arcos, estructuras que recuerdan que Gerona fue una importante ciudad durante el Medioevo. En los siglos xiii y xiv, fue la capital mundial de la cábala judía. La comunidad hebrea fue muy relevante, como se puede observar en el museo del Centre Bonastruc Ça Porta (C/Força 8; T. 34 (972) 216 761; www.ajuntament.gi/call; de lunes a sábados de 10 a 20 (en verano) y de 10 a 18 (en invierno) y domingos de 10 a 15 horas; entrada: 2 euros).
Desde el año pasado, la opción de alojamiento más romántica en Gerona es el Hotel Històric, de cuatro estrellas (C/Bellmirall 4A; T. 34 (972) 223 583; F. 34 (972) 200 932; www.hotelhistoric.com). Ubicado en pleno centro histórico, a tiro de piedra de la Catedral, dispone de seis habitaciones dobles, una suite junior (150 euros la noche) y una gran suite (300 euros). La junior posee una terracita agradable, ideal para cenar a la luz de las velas. La grande, de cincuenta metros cuadrados, disfruta de un cuarto de baño cuyo mosaico ha sido diseñado a partir de teselas de oro de ocho quilates. Todas las habitaciones están insonorizadas, de modo que la tentación de pasarse las horas en el sofá, la cama o la bañera circular es difícil de superar. Lienzos del pintor gerundense José Niebla o lámparas forjadas en hierro por el padre de Xavi Morera, el gerente, dan a cada espacio del hotel un aire singular, de pieza única. El arquitecto fue Miguel Ángel García Balcarce; la esposa de Xavi, Alba Puig, le ayudó a pensar el interiorismo, y el resultado es el hotel que el centro de Gerona se merecía.
Esta zona de la ciudad da para horas de vagabundeo: plazas, cafés, terrazas, rincones. En estancias de varios días, a la visita a la Catedral barroca y las otras pequeñas ermitas e iglesias, se le puede añadir el Museo del Cine (Sequia 1; T. 34 (972) 412 777; www.museudelcinema.org; de martes a domingos de 10 a 20 horas; entrada: 3 euros). El paseo que discurre por lo alto de la muralla permite concluir la visita —o empezarla— mediante una visión de conjunto. Más allá se impone una vuelta por el Romántico (en el sentido estricto, pues es del siglo xviii) parque de la Devesa, con sus glorietas y sus dos mil quinientos plataneros de hoja caduca. Después, quizás, un baño reparador en la suite del Hotel Històric. O la huida a algún hotel costeño.
En auto por la costa
Aunque he estado muchas veces por estas tierras, esta ocasión es radicalmente distinta. Tengo que mirar para que otros —entre ellos, usted— miren. Y tengo que hacerlo románticamente, aunque viaje con un fotógrafo y la mujer que amo esté a doce mil kilómetros de distancia. No es fácil. Nuestro recorrido por la costa de Gerona va a ser de norte a sur y va a tener en el Cap de Creus su punto inicial. Alquile un automóvil en Gerona para tal proyecto (www.atesa.es). El cabo, que como todos los cabos recuerda al fin del mundo, merece, por su dramática ubicación, una primera aproximación. El Monasterio de Sant Pere de Rodes la brinda, desde el mirador que rodea al complejo arquitectónico de estilo románico (Camí del Monestir s/n; T. 34 (972) 387 559; www.mhcat.net; de octubre a mayo de 10 a 17, de junio a septiembre de 10 a 19:30 horas; cerrado los lunes de diciembre a mayo; entrada: 3.60 euros). La carretera hasta Cadaqués es ligeramente montañosa, con las curvas que caracterizan a la Costa Brava, y discurre por el parque natural que protege el cabo.
En Cadaqués nos desviamos hacia Portlligat, sede de la onírica casa de Salvador Dalí. Una mujer de unos cuarenta años, delgada, el cabello corto, inglesa, nos pide que la llevemos hasta la punta. De camino, nos cuenta que ha descubierto que es posible alojarse en la planta alta del restaurante al que nos dirigimos:
—Me lo recomendó una amiga —nos dice cuando ya nos estamos estacionando—, al parecer viene aquí cada vez que tiene un nuevo amante con quién disfrutarlo.
Lo primero que se ve es la roca caótica, que se labra a sí misma, con predominancia de pizarra, los desniveles, el mar que todo lo abarca, en uno de los paisajes más bellos de España. En lo alto, un faro recuerda que la domesticación de la naturaleza es relativamente reciente. El restaurante se llama Cap de Creus y es cálido, de cocina tradicional combinada con sabores indios (Cap de Creus s/n; T. 34 (972) 199 005; diario en temporada alta y los fines de semana en temporada baja). En la planta alta tiene cinco departamentos para dos o cuatro personas que se alquilan por 75 euros la noche. Además del restaurante y, sobre todo, de su paisaje hipnótico y atormentado, el cabo ofrece un café y un pequeño museo histórico y científico, en los bajos del faro, llamado Espacio Cap de Creus (T. 34 (972) 258 315; diario de 10 a 18 horas en julio y agosto; entrada: 1 euro). El café tiene un diseño sobrio, con un gran portón corredizo de metal aparentemente oxidado, en perfecta sintonía con el viejo cabo en que se incrusta (Bar San Freu: mismo horario que el museo).
El atardecer hay que vivirlo ahí. El anochecer, en cambio, que lo sorprenda por las calles de Cadaqués. Gracias a que está rodeado por un parque natural, el viejo pueblo de pescadores no ha crecido como el resto. Conserva intacto su encanto de paredes blancas, torres de vigilancia y miradores sobre la bahía. No es difícil adivinar por qué artistas como Pablo Picasso, Marcel Duchamp, Luis Buñuel, Paul Eluard, Gala y, sobre todo Salvador Dalí, eligieron este lugar. La arquitectura tradicional y rústica de cualquier pueblo de pescadores se combina con edificios modernistas; no hay grandes supermercados ni hoteles monstruosos. El Casino, aunque reformado, continúa albergando por igual a jubilados que juegan a los naipes y a turistas anglosajones en busca de paz.
—Tampoco hay cine ni novedades editoriales ni demasiadas opciones nocturnas —me comenta Carles, un barcelonés de piel bronceada que cinco años atrás lo dejó todo para abrir un bar aquí—; yo creo que este pueblo es ideal para estar con tu pareja o solo, si estás bien; pero si estás mal...
Y simula que se clava una daga a la altura del corazón. Nos tomamos una copa de vino en el S7t, el pequeño local de Carles, ubicado en un antiguo almacén marítimo, que cuenta tan sólo con cuatro mesitas circulares y una docena de taburetes. La luz, tenue; de fondo, jazz (Riba Pitxot 7; diario de junio a septiembre de 19 a 3 horas; el resto del año sólo fines de semana). El barman (experto en cocteles para después de una buena cena) nos recomienda, si algún día venimos en pareja:
—Podéis cenar en cualquier restaurante, todos son adecuados... Todos son pequeños, íntimos y con velas.
Nos dice, a modo de despedida, y le guiña el ojo a nuestras soledades.
En globo, catamarán
o zapatos de golf
Entre Cadaqués y Tossa, donde termina la Costa Brava, se disparan las opciones. Una de ellas es observar el contraste entre montañas, prados y playas a vista de pájaro. Según la comarca, varía la agencia que organiza excursiones en globo; los datos de contacto de todas ellas, así como sus itinerarios, se encuentran en la página web www.geronaglobus.com. También es posible alquilar veleros y catamaranes, y planear una excursión a la medida hacia las distintas calas y ensenadas, cuyo acceso terrestre es casi imposible (puerto base en el muelle comercial de L’Estartit; oficina en Plaça Forgas 2, Begur; T. 34 (972) 624 095; F. 34 (972) 624 197; www.velersicatamarans.com).
Quien considere que el amor y el golf no son incompatibles, entre los campos de la zona destaca el Empordà Golf Resort (Carretera de Torroella de Montgrí a Pals s/n; T. 34 (972) 760 450; www.emporda golf.com), pero también son recomendables el Golf Serres de Pals (Carretera Torroella de Montgrí a Pals; www.golfserresdepals.com) y el Golf Platja de Pals (Av. Del Golf s/n; T. 34 (972) 667 739; www.golf platjadepals.com). Para los amantes del deporte en pareja, otra buena opción es el Hotel Golf Peralada, en el corazón del campo de golf, con su spa de vino que, aprovechando su ubicación en una zona de producción vinícola, ha desarrollado técnicas que combinan el masaje y el baño con terapias derivadas del vino (Rocabertí s/n; T. 34 (972) 538 830; F. 34 (972) 538 807; www.golfperalada.com).
Cada cual definirá su itinerario, pero éste debería incluir la bellísima Cala Montjoi, en Roses (donde se encuentra el famoso restaurante El Bulli: T. 34 (972) 150 457; http://elbulli.com); la playa de Aiguablava; el centro histórico de Pals y sus vistas al valle del Empordà, con una escapada para probar los estupendos platos del Hotel Sa Punta, que por desidia ha perdido la estrella Michelin que atesoraba (Platja de Pals s/n; T. 34 (972) 636 410; F. 34 (972) 667 315; www.hotelsapunta.com; de 95 a 140 euros la habitación doble); la reserva marítima de las Illes Medes; el yacimiento arqueológico de Sant Martí d’Empúries (T. 34 (972) 770 208; de 10 a 20 en temporada alta y de 10 a 18 horas en temporada baja; entrada: 3 euros y 6 las visitas nocturnas); y Calella de Palafrugell, con sus recitales de habaneras (canciones marítimas teñidas de nostalgia, inspiradas en la experiencia catalana en Cuba) y sus dos caminos de ronda imprescindibles: el que va hacia el Cap Roig y el que comunica con Llafranc.
Llafranc es precisamente uno de los rincones imprescindibles de la Costa Brava, sobre todo en un viaje en pareja, por su exclusividad y por su belleza. Desde el balcón de la habitación o desde la terraza del encantador hotel y restaurante Casamar (dos estrellas; calle Del Nero 3; T. 34 (972) 300 104; F. 34 (972) 610 651; cerrado en enero y febrero; de 63 a 72 euros la habitación doble, con pensión completa), se puede disfrutar de la vista de ese pueblito encajonado en una bahía de aguas turquesas, con su pequeño puerto deportivo y su diminuto núcleo urbano de casas color cal.
De espaldas al turismo
Muchos de los pueblos de la Costa Brava han crecido desordenadamente, y han sido parcialmente invadidos por superficies comerciales y hoteles en serie, que se han robado parte del entorno. Tal es el caso de Sant Feliu de Guíxols o de Palamós. Por eso hay que escaparse algunos kilómetros para encontrar rincones más tranquilos y estéticamente armónicos. Entre Castell d’Aro y Sant Feliu de Guíxols, por ejemplo, se encuentra uno de esos rincones: S’Agaró. En su playa, desde los años veinte del siglo pasado, se instalan casetas de baño, signo de identidad de un balneario con pedigrí, con afluencia de turismo sobre todo nacional. Desde 1936, las casetas son gestionadas desde la Taverna del Mar. Edificio de estructura arqueada, abierto completamente al mar, hoy día es un excelente restaurante regentado por el matrimonio Mercè y Joan Pellicer (T. 34 (972) 323 800; www.latavernadelmar.com; diario julio y agosto, resto del año, cerrado lunes y martes; vacaciones en diciembre y enero). En alguna de las mesas a diez metros de las aguas mediterráneas, regados por frío vino blanco, se pueden degustar los excelentes mariscos locales, como los erizos de mar (16 euros), los camarones de Palamós a la plancha (50 euros) o las ostras gratinadas a la crema de espinacas. También es posible encontrar rincones interesantes en pleno centro de Palamós. La Menta (Tauler i Servià 1; T. 34 (972) 314 709; de 13 a 16 y de 20 a 23 horas, en verano, fiesta semanal los miércoles al mediodía, en invierno todo el día y domingos por la noche; cerrado en noviembre) es romántico tanto por dentro como por fuera: los portones de color verde y el interior escalonado remiten a los tiempos en que el local fue la peluquería de la abuela del actual cocinero. Lluís Planas recuerda que, de niño, le llegó el rumor de que allí se hacían las primeras depilaciones del pueblo. Tras muchas temporadas de prácticas en restaurantes como El Bulli o el Arzak, Lluís ha definido una cocina de alta calidad, basada en los platos que aprendió en casa, en los fogones de su madre y de su abuela, con el pescado y el marisco que su abuelo traía en su barca.
Con un amigo cubano, Juan, nos acompañan en dirección norte, desviándonos en la primera glorieta a mano derecha, por una pista forestal, hasta la Cala Castell. A la mayoría de los centenares de pequeñas playas que hay en la Costa Brava sólo se puede llegar en barco o a pie, pero a ésta se accede en coche. Se trata de uno de los pocos rincones casi vírgenes del litoral catalán: apenas dos ranchos y un par de casas antiguas interrumpen la armonía de la arena y la piedra. Más allá se practica el nudismo. Mientras Sergio toma fotografías, le pregunto a Juan cuánto lleva aquí.
—Un año y medio, hermano, no sabes lo que añoro a mis hijos y a mi mujer.
Con el mar y las olas al fondo, de pronto me acuerdo del gesto de Carles en su bar de Cadaqués: un puñal imaginario: el corazón. Más tarde, cuando visitemos la Cala Fosca, otra playa sin aglomeraciones turísticas en las afueras de Palamós, se me meterá en la cabeza el nombre. Playa Oscura. Playa Oscura. Playa Oscura. Como una maldición, inexplicable.
Fin del viaje
Los domingos por la mañana y todas las tardes, el paseo marítimo de Sant Feliu de Guíxols, construido a mediados del siglo xix, es el centro nervioso del pueblo. El Casino, como el de todos los pueblos catalanes, conserva todavía la atmósfera tradicional (los juegos de azar, los carajillos —cafés con anís o coñac—, el humo de puro), al tiempo que se hibrida con las costumbres de los inmigrados y de los turistas. De Sant Feliu a Tossa serpentea una de las carreteras menos rectas del país. Como en el resto de la Costa Brava, conviene detenerse en cada mirador que le llame con una corazonada.
El fin del viaje hay que oficiarlo en el recinto amurallado de Tossa. Éste coincide con una colina que se alza al lado del mar. En lo alto, una torre, con sus cañones, se enfrentaba a la amenaza de los piratas. Como Cadaqués —en el extremo norte de este recorrido—, este pueblo también atrajo a artistas con su estética de piedra y arena: el pintor Chagall, y el propio Salvador Dalí pasaron aquí largas temporadas. Frank Sinatra y Ava Gardner también se enamoraron de su bahía en forma de luna creciente vacía. Como homenaje a esa época, merece la pena alojarse en el Hotel Diana, en la casa modernista Sans Moré (Plaza de España 6; T. 34 (972) 341 886; F. 34 (972) 341 103; www.diana-hotel.com; habitación doble con vistas al mar de 93 a 133 euros).
Aquí comenzó mi lenta aproximación a la costa de Gerona, hace ya diez años. Ahora me doy cuenta. Descubrí tardíamente estos paisajes, durante los años en la universidad. Recuerdo un auto convertible, las curvas que separan Sant Feliu de Tossa de Mar, cuatro amigos compartiendo una botella de cava en un bar llamado La Lluna. Recuerdo una terraza, una mirada en que mirar el reflejo de la bahía. Recuerdo los arcos de Calella de Palafrugell. Recuerdo el camino de ronda que, desde Cadaqués, lleva a la casa enloquecida de Dalí. Recuerdo la primera vez que me detuve en un puente de Gerona para ver sus fachadas desdobladas en el río, aquel cuadro de Paul Klee. Recuerdo el paseo (aunque aún no lo haya dado) por su barrio gótico con una mujer que descubrí en las calles uruguayas de Colonia del Sacramento. No sé qué es el romanticismo. Pero sí sé que las oraciones de este párrafo son fragmentos de mi aleph romántico y particular.
























