Necker Island: las islas desiertas ya no son como antes

Necker Island: las islas desiertas ya no son como antes

¿Habré escogido el libro adecuado? ¿Traeré suficiente pasta de dientes? Este tipo de preocupaciones, legítimas en casi cualquier isla desierta, resultan irrelevantes cuando se trata de la isla privada de sir Richard Branson, fundador de Virgen Atlantic. En Necker, parte de la Antillas Menores, todos los detalles están garantizados por un magnífico personal listo para atender a grupos exclusivos de náufragos voluntarios.
Por Alonso Vera Cantú | febrero 2006 | Tags: , , , ,
En 1719, Daniel Defoe nos regaló el relato de las aventuras de un hombre que, abandonado en una isla desierta que hoy día ubicamos en las costas chilenas del archipiélago Juan Fernández, consigue remediar todas sus necesidades y crearse una felicidad relativa. Más que un relato es una sugerente visión, un contexto en torno al cual, aún casi tres siglos más tarde, no hemos dejado de especular. Qué y qué no te llevarías a una isla desierta. Con quién te gustaría estar. Qué harías, qué música, qué ropa, qué libro. La imagen nos remite a la selección máxima de cuanto compone nuestras vidas. Nos hace reflexionar sobre lo que verdaderamente valoramos de nosotros, de nuestras relaciones y posesiones.

Pero ¿qué pensaría Robinson Crusoe si se enterara de que la aspiración ahora es obtener una isla propia, y no buscar la forma de dejarla? No lo sé. Lo que sí sé es que la telefonía satelital y las construcciones prefabricadas junto con la energía solar y los avances en la desalinización del agua nos han abierto los ojos a un mundo hasta hace poco desconocido: el de las islas privadas. Más que un símbolo de estatus es un sueño que reside en el inconsciente colectivo, una elección por demás sofisticada para satisfacer los más hipotéticos sueños de romanticismo.

La idea de realizar mi siguiente viaje a una isla me abrumaba. Porque lo exótico retomaría allí el fundamento de su vocablo y lo desnudaría: no se trataba de exotismo, sino de erotismo. Mientras más recóndito y más privado, más sexy.

Sobre eso divagaba al abordar una avioneta en el aeropuerto de San Juan, Puerto Rico, que me llevaría a pasar una semana con mi mujer en una isla “desierta”. ¿Habré escogido el libro adecuado? ¿Traeré suficiente pasta de dientes? El asunto de la música estaba resuelto con mi iPod, pero aun así quedaban tantas cuestiones intrascendentes dispuestas al capricho del destino, que opté por dedicarme a observar en lugar de pensar. De haber sabido que aquél iba a ser el último momento en muchos días en el que echaría a andar mi sistema nervioso central por cuestiones de tipo racional, habría pensado en algo mejor. Pero no lo hice y, afortunadamente, de ahora en adelante tan sólo me dedicaría a sentir.

Volando hacia el este, presenciando los paisajes de las Indias Occidentales Británicas desde los aires torneados por nubes algodonadas, y al internarnos a la región del Canal de Francis Drake, advertí lo dramático del contexto: un paisaje tornasolado de atolones y arrecifes de coral en torno a pequeñas islas donde la población se limita a unos cuantos cocoteros, cactáceas, iguanas e historias de bucaneros del siglo xvii.

Esta región del Caribe “descubierta” por Colón en 1493 es en verdad el epítome del paraíso moderno, al menos desde el punto de vista aéreo de un citadino. Dormité el resto del breve trayecto hasta la isla de Tortola, o pasando por Beef Island, como llamaron los británicos a otra de las islas tras dedicarla a la producción de ganado. Ellos mismos anexaron este grupo de 40 islas, 16 de las cuales están habitadas, a su imperio en 1672. Pero se dice que antes los arawak, y luego los fieros caribes, habitaron algunas de las que ahora se conocen como Islas Vírgenes Británicas, hasta que en 1648 los marinos neerlandeses se las apropiaron, introduciendo nuevos habitantes con la desgraciada trata negrera, y las cedieron luego a los británicos.

Al aterrizar en la isla capital de Tortola bebimos una cerveza antes de cumplir el último tramo a bordo de un helicóptero. Diez minutos después la vislumbramos: serena, ante las miradas absortas de mi mujer, el capitán y su servidor, estaba Necker Island. “Nunca me canso de verla”, me contó el capitán con un dejo de nostalgia, o envidia. No pude elucidar qué fue. Yo seguro sentiría algo similar si mi razón de ser allí fuera tan sólo consignar huéspedes. Pero no. En este caso nos correspondía disfrutar el jardín de las delicias del visionario Sir Richard Branson.

Como propietario y creador, el multimillonario fundador de Virgin Atlantic Airways y otras 200 compañías, no reparó en gastos cuando diseñó y construyó su escape quimérico en este escollo de casi 30 hectáreas, previamente habitado por unas cuantas cabras relegadas por bucaneros, rodeado enteramente por arrecifes de coral y algunas de las playas más hermosas de la región. El empresario honrado por la reina asegura que pensó en Necker como un destino donde pasar sus vacaciones con la familia y amigos.

Sin embargo, cuando el proyecto se completó en 1984, y con las reacciones de sus primeros huéspedes, le pareció un desperdicio que se utilizase tan sólo unas cuantas semanas al año, y decidió alquilarla completa cuando no la ocupase, un grupo a la vez; situación que resultó ser por demás atractiva para las celebridades de Hollywood y los aristócratas europeos que ahora la frecuentan. Sin embargo, desde hace poco, se organizan allí las “Semanas de Celebración”, cuatro veces al año, en donde las parejas pueden reservar una sola villa. Es caro, pero duplicar el cielo en la tierra también lo es.

Que no falte nada: ni telas
indonesas ni maderas de Brasil

El cantinero de la isla, y las otras 41 personas que conforman el staff con entrenamiento británico, esperaba ansioso la llegada de sus futuros clientes frecuentes. Habíamos aterrizado en la isla de las fantasías modernas, y los adjetivos melosos comenzaban a brotar como sarpullido. El gerente de la isla, Martijn Brouwer, y su esposa, orquestaban nuestra bienvenida con una ronda de cocteles tropicales con sombrilla y una banda de calipso que reverberaba sus alegres metales compasados por el oleaje. Pocas cosas se escuchan tan bien al unísono.

Todos nos sonreían esperando el momento de estrecharnos la mano y ponerse a nuestro servicio. Fue la última vez que vi a muchos de ellos hasta nuestra partida, ya que la isla funciona como un artilugio perfecto, donde las toallas frescas junto a la alberca y la botella de champaña dispuesta en la terraza del jacuzzi antes del atardecer aparecen como por arte de magia, y todas las necesidades similares son satisfechas antes siquiera de serlo.

Nos condujeron primero a la cima de la “Colina del diablo”, el punto más alto de la isla, desde donde apreciamos el trabajo del escocés Bob Lamza y del norteamericano John Albert, ambos reconocidos paisajistas. Han trabajado agudamente desde que la familia Branson adquirió la isla en 1982 para concederle su aspecto exuberante, natural y relativamente informal. Y es que si de por sí las islas de la región son reconocidas por sus paisajes semidesérticos dominados por bellas formaciones rocosas que contrastan con el azul del Caribe, Necker sufrió los estragos de un experimento.

Se cuenta que a fines de los años sesenta el famoso fotógrafo de guerra Don McMullin, y su amigo Andrew Alexander, fueron abandonados en la isla sin agua ni comida como una prueba de supervivencia. Duraron 14 días, en los cuales derribaron las pocas plantas endémicas, dejando tan sólo estragos como prueba de su aventura. Sin embargo, hoy día la historia es otra. Luego de dos años de desarrollarla, atender el balance con el delicado ecosistema, y de reintroducir cocoteros, flores y arbustos, han vuelto los pelícanos, tórtolas y colibríes, y de hecho parte de la isla ha sido designada como santuario de aves.

En la cima de la colina reside la Great House, la mansión principal que pareciera crecer de la roca, y que ofrece imponentes vistas del mar a su alrededor. La arquitectura de la villa, de amplias áreas abiertas, es de estilo balinés, ya que Bali es uno de los sitios favoritos de Sir Richard por la forma imaginativa en que se armonizan sus paisajes y su cultura. El arquitecto a cargo de erigir semejante delimitador de espacio tropical fue el inglés Jon Osmon, quien ha estado involucrado en el desarrollo de la isla desde sus inicios, y quien tuvo que viajar y vivir en Bali para abstraer sus encantos. Sin embargo, la intención, como me comentó el manager Martijn Brouwer, no fue recrear un escenario indonés, sino proponer un espacio donde lo mejor de Asia y el Caribe se encontraran. A mi parecer, lo consiguieron.

Antes de pasar a nuestra villa nos sentamos a disfrutar la vista. El gerente se acercó, y así aprendimos que se utilizaron ciertos materiales locales para la construcción, como la piedra caliza de las paredes, pero que también debieron importarse elementos de todo el mundo a bordo de contenedores, como los techos de maderas finas de Brasil, los pisos de Yorkshire y las telas hechas a mano de Indonesia. Jon también trabajó conjuntamente con artesanos indoneses para crear los tejidos de bambú que adornan los techos, y la decoración interior corrió a cargo de Amir Rabik y Linda Garldand, una pareja residente en Bali que logró formular un lujo supremo manteniéndose fiel al estilo balinés. Linda buscó las telas y muebles ideales por años, mientras que muchas de las esculturas y relieves que decoran los espacios fueron hechos a mano por Amir y su grupo de artesanos.

La casa se divide en dos secciones, una con la sala central y el área del comedor principal, y la otra con diez habitaciones. La sala es un gran espacio abierto con tramos del techo abiertos como tragaluces naturales. Al centro, árboles y flores se distribuyen entre las galerías que llevan a cuartos de juegos —con piano y mesa de snooker (una especia de billar británico)—, a la biblioteca, y a lounges que se desparraman a la terraza donde hay una alberca infinita y un gran jacuzzi unidos por una cascada, además de diversos juegos de agua, donde modelos como Heidi Klum y Rebeca Romijn-Stamos gustan de asolearse.

Al otro lado de la terraza están las habitaciones de la villa, todas con su terraza privada, desde donde se observan las islas cercanas. Cada una ha sido diseñada con un tema diferente, expresado en los colores particulares de sus telas, las pinturas haitianas de las paredes y los objetos de arte a base de conchas y corales. Hay en total nueve habitaciones dobles, con baño privado y tina, además de una suite principal que es el aposento de los Branson durante sus estancias, con su techo convertido en terraza con jacuzzi, donde el atardecer se disfruta con champaña y las noches al ritmo de la bóveda celeste.

Las otras opciones de hospedaje son las villas Bali Hi, Bali Lo y Bali Cliff, más íntimas, y esparcidas en torno a la mansión. La primera de ellas tiene una alberca privada, así como una amplia habitación y un cuarto de meditación. Además de un salón de juegos con televisión satelital y sistema de sonido, cuenta con una gran terraza donde se organizan cenas al aire libre.

Bali Lo es la más privada de las tres villas independientes. A pesar de estar ubicada en el centro de la isla, ofrece bellas vistas del mar, sobre todo desde su cuarto de meditación. Tiene alberca privada y una gran habitación principal.

Mi mujer y yo habíamos reservado la villa más romántica para nuestra “Semana de Celebración”, la aclamada Bali Cliff, reconocida como una de las suites más románticas del mundo por diversas revistas especializadas. Es también la más reciente, una espectacular villa acunada sobre un acantilado que desemboca en una playa privada. Llegamos allí en nuestro carrito de golf, encantados por los paisajes y la reclusión.

Flores, frutas tropicales y bebidas en abundancia nos esperaban sobre la mesa de la sala en la habitación principal, donde la inmensa cama con dosel bajo el techo de palma miraba de frente hacia los enormes ventanales de piso a techo, augurando certeras noches de placer. Las olas rompían a nuestros pies, y el baño al exterior con regadera de lluvia maximizaba las vistas y sonidos.

A un lado se encontraba nuestro cuarto de meditación, donde practicaríamos yoga al amanecer, una alberca privada con camastros y una terraza volada con jacuzzi que se convirtió en mi lugar favorito.

De inmediato nos enfundamos en los sarongs balineses que nos habían provisto, diseñados en las más finas telas y teñidos a mano, los cuales vestimos cada día, como —nos confesó el gerente—, suelen hacerlo por tradición sus huéspedes frecuentes. Robert de Niro y Peter Gabriel nunca son vistos sin el suyo durante su estancia, y es tan común vestirlos como que ningún huésped utilice zapatos.

Si este sitio no nos ponía en ambiente para amar, es que algo andaba realmente mal. Tan sólo digamos que un alto porcentaje del diminuto número de personas que ha logrado hospedarse en Necker, ha decidido casarse de improviso. Los Branson lo hicieron, y las imágenes de sir Richard colgado de un helicóptero antes de presentarse al altar frente al mar le dieron la vuel- ta al mundo, confirmando su gusto por lo extremo. Para ello está todo dispuesto, ya que no es una sorpresa que, pasados no más de dos días en este lugar rodeado por el mar más azul turquesa que ojos humanos hayan logrado avistar, las parejas estén dispuestas a unirse por cualquier rito conocido o por conocer.

Estábamos en verdad inmersos en un espacio nunca narrado en gestas heroicas, ni desgastado por folletos turísticos. Sólo por eso me atrevo a compartir la primera entrada de mi diario, redactada al digerir nuestro día inicial en Necker Island. Imagínenme sumergido en el jacuzzi de mi terraza, bebiendo un suculento whisky bajo la luna en cuarto creciente, con mi mujer sujeta de la mano que no sostiene la pluma. La temperatura exterior es tan deliciosa como la del agua, y el ambiente es perfumado no sólo por incienso, sino por jazmines y el acento salino de la costa: “Hay aquí, sumergidos en los encantos de la reclusión premeditada, un aliento compuesto por el rubor de los atardeceres tropicales, el susurro del viento jugando con las palmas, las epopeyas de los maestros muertos y las alas de querubines, que incendia la sangre y te arrebata el aliento todo. Las velas desdibujan nuestras siluetas, y una orquesta de grillos y ranas nos brindan una serenata sublime. El azul del mar fue tan azul que nos dieron ganas de lamerlo y, transcurrido un día entero, revivimos la belleza de cada etapa de la peregrinación celeste. Todo en un estado tan natural, pero a la vez tan ajeno, donde el Sol es más consentidor, la Luna es más grande, las estrellas más brillantes y, sobre todo, los placeres parecieran como si fuesen por primera vez de nueva cuenta”. Ésa fue la última vez que me atreví a plasmar en letras lo acontecido, y que me permito escribirles algo tan empalagoso.

Todo es posible, inclusive sólo mirar
En Necker uno puede elegir hacer tanto o tan poco como le plazca, las reglas y los horarios los establece uno mismo, y los límites son tan sólo impuestos por la imaginación. Las comidas se sirven tan formales o informales como uno quiera, en el escenario de su elección, ya sea la terraza de la villa o en el restaurante principal, al fresco, en la mansión o en forma de parrillada en la playa.

Luego del desayuno alguien del staff pregunta qué quiere uno hacer en el día; las opciones son abundantes. La primera mañana decidimos emular a las lagartijas que se asolean en las rocas junto al mar, con una variante; lo hicimos sobre una hamaca. Pero antes de comer nos tentó la flotilla de veleros, kayaks, y windsurf, así que optamos por un breve paseo en torno a la isla en busca de la playa idónea para nadar. Las seis resultaron serlo. Luego de una exquisita parrillada de mariscos con cerveza en el Beach Pavilion nos sentamos en las rocas del bar de su alberca, hasta que se hizo de noche, y nos sentamos en el comedor de la playa, donde nos ofrecieron una cena de seis tiempos ajustada con exquisitos vinos sudafricanos. Seguíamos en traje de baño, no habíamos hecho nada en todo el día, y nos sentíamos increíblemente bien con ello.

A la mañana siguiente optamos por emprender una expedición de buceo. Más de sesenta islas, islotes y cayos alrededor de Necker ofrecen sitios de prestigio internacional para apreciar los arrecifes de coral. Burbujeamos entre miles de peces multicolores, tortugas, tiburones y barcos hundidos, como el RMS Rhone, una embarcación de correo hundido en 1867 durante un huracán; así descubrimos que bucear en pareja puede ser tan placentero como hacer el amor.

Una mañana opté por emprender una expedición de pesca en alta mar, no para obtener un gran pez vela como aquellos que surcan las aguas alrededor de la isla —en donde se capturó al pez vela más grande jamás visto—, sino para adquirir unos cuantos huachinangos y pedir que nos los preparasen en ceviche para la comida. El detalle fue bien apreciado por mi mujer, y correspondido con una cita para sesión de tratamientos de relajación y belleza en el spa Bali Leha de la isla. Recuerdo que leha leha describe en balinés el estado de relajación derivado del soñar despierto, y fue aquél mi sentimiento al entregarme a los tratamientos con ingredientes naturales, compasados por las vistas y rumores del mar en el pabellón de madera y palma sobre un acantilado de rocas claras. No sabía que soñar despierto fuese tan delicioso.

Los días que optamos por mantener nuestros pies relativamente secos caminamos por los senderos de la isla sin buscar llegar a ninguna parte, y jugamos tenis en una de sus dos canchas iluminadas sin saber hacerlo. Otra buena opción fue abordar un yate para visitar algunas islas cercanas, como Tortola, Jost Van Dyke y Virgin Gorda, para apreciar el atardecer en alta mar de regreso, tendidos sobre cojines en la cubierta. En Tortola hallamos diversas tiendas y boutiques libres de impuestos donde derrochar, mientras que en Virgin Gorda hay una playa llamada The Baths, donde peñascos prehistóricos crean albercas naturales y cuevas idóneas para recluirse luego de comer en el exquisito restaurante del resort Little Dix Bay. Por último, en Jost Van Dyke, descubrimos que la bebida por excelencia del legendario Foxy’s Tamarid Bar —tradicional entre locales y veleristas internacionales—, es el Painkiller, un conglomerado de rones y jugos que efectivamente puede hacer olvidar cualquier pena, y que se sirve desde tenue hasta letal de acuerdo al rostro que uno presente. Creo que el mío fue letal.

Sin embargo, y para asegurar la diversión nocturna en “casa”, los miembros del staff nos organizaron diversos eventos y concursos, mismos que varían de acuerdo a los gustos e intereses de los huéspedes. Hay concursos de cocteles para retar al cantinero o sucumbir en el intento, carreras de cangrejos, noches de casino; cenas temáticas inspiradas en James Bond y noches de sushi, sakes y martinis en la alberca, donde una canoa con hielo decorada con flores sostiene las más deliciosas piezas, y uno come mientras flota compasado por música en vivo. A fin de cuentas la isla es de uno durante la estancia, y cualquier extravagancia que logre idear no sólo es posible, sino un placer.

Así que en lugar de herirse las rodillas intentando desprender moluscos aferrados a las rocas como Crusoe, basta con solicitarle al chef ejecutivo Lee Cowie, altamente influenciado por las cocinas asiáticas y caribeñas, que prepare sus platillos favoritos en el escenario de su elección. Y en vez de pasar las noches bajo un refugio de troncos, lo harán sumergidos en el edredón de su kilométrica cama en una villa climatizada, sobre un acantilado que se funde con las olas en torno a un lienzo satinado de caparazones triturados. Eso es lo que yo llamo una isla desierta, y Crusoe tiene que estar retorciéndose en cada biblioteca del mundo.

SANCTUARE QUINTESSENTIAL
HIDEAWAYS

456 Glenbrook Road Stamford, Connecticut T. (203) 602 0300 F. (203) 602 2265 www.neckerisland.com

CÓMO LLEGAR
Puerto Rico es el Bangkok del Caribe (en términos de conexiones). De ahí hay que ir hasta Beef Island. Otra opción es volar vía Panamá desde México, o vía Venezuela desde Sudamérica.
Está a 5 minutos en helicóptero del norte de Virgin Gorda, Islas Vírgenes Británicas, también conocidas como Antillas Menores o Indias Occidentales Británicas.

PRECIOS
Desde 20 mil hasta 42 mil dólares por noche, isla completa, todo incluido, dependiendo del número de huéspedes (hasta 26) y temporada. Mínimo 5 noches.
“Semanas de Celebración”, cuatro veces al año durante periodos designados, desde 19 mil dólares por pareja, una semana, todo incluido.
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