Al borde del abismo: en tren por las Barrancas del Cobre
Fotografía de Adam Critchley

Al borde del abismo: en tren por las Barrancas del Cobre

El viaje en tren a través de las Barrancas del Cobre es uno de los más espectaculares del mundo. Los dramáticos paisajes causan tanto asombro como la vía misma, una impresionante estructura que tardó más de cincuenta años en terminarse.
Por Adam Critchley | febrero 2006 | Tags: , , ,
La magna obra de ingeniería que enlaza la ciudad de Chihuahua con la costa de Sinaloa, con una longitud total de 700 kilómetros, es el resultado del sueño que tuvo un norteamericano hace más de un siglo. Albert K. Owen llegó al puerto de Topolobampo en 1872 con la intención de establecer un colectivo de agricultores, aprovechando la fertilidad del suelo sinaloense, alimentado por once ríos. Al darse cuenta de que el puerto cuenta con la tercera bahía más profunda del mundo (después de las de Sidney y San Francisco), concibió construir un ferrocarril hasta la ciudad de Kansas, para así acelerar el traslado de mercancías entre el estado de Texas y la costa oeste de México.

El gobierno mexicano inició las obras del ferrocarril en 1907, mismas que fueron interrumpidas por la Revolución y por falta de recursos, y no fue sino hasta 1961 cuando se inauguró el tramo completo. El enlace ferroviario abrió por primera vez el acceso a las Barrancas del Cobre, bautizadas así por el color verdoso del liquen que crece sobre las rocas. Hasta entonces, habían sido dominio prácticamente exclusivo de los indios tarahumara o rarámuri, aquellos de “pies ligeros”, una de las etnias de México que más ha conservado sus tradiciones y forma de vida, debido precisamente al aislamiento de su entorno.

Es un viaje lento, dado que la vía del tren no puede inclinarse más de dos grados y debe dar múltiples vueltas para sortear la subida desde el nivel del mar hasta los 2?400 metros. “Tan lento que parece que nos están empujando”, me comenta un turista norteamericano, parado en uno de los vestíbulos que se encuentra a cada extremo de los vagones, en donde una puerta tipo establo, de dos partes, le permite a los viajeros asomarse y tomar fotos. Dicha lentitud es parte del encanto, permite observar cascadas, ríos de gran caudal, insólitas formas geológicas, la flora y fauna, los pueblos y sus habitantes, que repentinamente aparecen enclavados entre las montañas.

También permite apreciar (y agradecer) el asombroso trabajo que fue dinamitar y excavar los 86 túneles y construir los 37 puentes, desde los cuales el tren parece volar por encima de los ríos y brechas. Antes de que existieran, los pueblos sierra adentro no tenían acceso a medios de transporte, y para llegar a cualquier sitio era preciso caminar días enteros.

Suena el silbido
Alrededor de las nueve de la mañana unos cuantos pasajeros esperan la llegada del tren en la pequeña estación. Algunos se agachan para colocar su oreja en la vía, como hacían los indios que esperaban asaltar el tren en las películas del Oeste. A diferencia del difunto —y muy extrañado— servicio de tren de pasajeros en México, el Chepe de Ferromex es puntual. Se vislumbra su faro a lo lejos, y poco a poco los pasajeros, una mezcla de turistas extranjeros, tanto jóvenes mochileros como americanos jubilados, recogen sus pertenencias y se alistan.

Estamos en El Fuerte, Sinaloa, un tranquilo pueblo colonial a 90 minutos de Los Mochis por carretera. Fundado en 1564 en la ribera del río, fungía como la capital de Sinaloa, Sonora y Arizona. Goza de un clima tropical, un parque que ostenta hermosas especies de palmeras, tanto endémicas como de Cuba y California, y elegantes edificios coloniales, como el Palacio de Gobierno, cuyo interior está decorado con murales. El pueblo lo domina el imponente fuerte de gruesos muros y costados de 100 metros de largo, construido para proteger el asentamiento tras encuentros no muy exitosos con los nativos. Ahora alberga un museo (abierto martes a domingos, de 9 a 21 horas; entrada libre). A poca distancia se encuentran una serie de petroglifos de aproximadamente 1 500 años de edad; expresión artística de unos antepasados asombrados por su entorno.

El tren se detiene tan sólo unos minutos. Arranca mientras llego al asiento designado en el boleto, indicado por uno de los amables controladores en uniforme de chaleco y gorra azul. Tras menos de una hora, tiempo para desayunar unos picosos huevos con chilorio del restaurante, que sirve distintos platillos regionales caseros, empieza el paisaje montañoso. También la subida. Las vías atraviesan el río Fuerte sobre el puente más largo del trayecto, de 498 metros. Después de pasar la estación de Agua Caliente cruzamos el puente más alto, de 108 metros sobre el río. Hacia el lado derecho se observa un puente colgante para peatones, y unos 20 kilómetros más adelante, uno de los campos de cultivo de maíz más empinados del mundo.

Del lado derecho de cada túnel, un letrero anuncia su número y longitud. En algunos tramos el tren frenaba hasta llegar a una velocidad mínima, al pasar por un túnel en reparación, donde valientes trabajadores le aplicaban cemento al techo para evitar derrumbes.

El pueblo de Témoris, que lleva el nombre de una etnia de la región, se encuentra en lo alto de la montaña, arriba de la estación de tren. Para lograr la empinada subida, las vías dan tres vueltas alrededor de la roca maciza. Desde abajo y arriba se observan los tres niveles. Al enderezarse de nuevo, la vía pasa por un enorme letrero, construido con rieles, que conmemora la inauguración de la ruta y documenta la cantidad de fondos invertidos.

La víbora y el gallego
La siguiente parada es Bahuichivo. Decidimos bajar, lo cual equivale a pasar la noche, pues el tren pasa una sola vez al día. Cruza las vías una fila de camionetas, con hombres sombrerudos sentados en la batea, bebiendo cerveza en lata rumbo a la feria, desde donde se escucha un altavoz anunciar el premio en el rodeo: unas botas de lagarto para el que logre quedarse más tiempo sobre el lomo del toro. El paso de los pesados vehículos levanta una cortina de polvo, y en la polvorienta ventana trasera de un auto alguien ha escrito “Dios hace milagros, pero no lava carros”.

De aquí son unos 15 kilómetros por terracería hasta Cerocahui, un pueblo de agricultores en un verdoso valle rodeado de bosques. En el camino, una ambulancia yacía volcada en una curva. Tome nota, viajero, son caminos peligrosos. Desde el hotel emprendemos una caminata hacia una cascada, adentrándonos en la brecha entre las montañas, pasamos casas de madera con chimeneas humeantes. La cascada cae a un pozo cristalino, y se antoja nadar, romper su superficie de espejo, a pesar del frío del invierno. De regreso hacia el pueblo, una víbora de color rojo con amarillo se desliza a través del sendero, lentamente, segura de sí misma, como si mi presencia le fuese indiferente. En la noche, sentado frente a la gran chimenea en el acogedor salón del hotel, le pregunto a Martín, el gerente, qué tipo de víbora habría sido. Me dice que un coralillo, y que qué bueno que no me picó, o no estaría aquí para contárselo. Pedirle un trago fuerte al mesero me parece la reacción más adecuada.

Frente al hotel se encuentra la pequeña Misión de San Francisco, fundada por los jesuitas, quienes cultivaron la vid e iniciaron la producción vinícola antes de su expulsión de la Nueva España. Es así como el Hotel Misión cuenta con un pequeño viñedo, y su restaurante ofrece un vino que se anuncia como producción propia. Sobre la misma calle se encuentra un internado para niñas tarahumara, financiado por empresarios chihuahenses, en donde hay una pequeña tienda de artesanías.

Desde Cerocahui son 90 minutos de empinada subida en camioneta hasta el Cerro Gallegos, el mirador hacia el Cañón de Urique. El pueblo minero yace 2280 metros hacia abajo, al lado de un río que serpentea como la larga y plateada huella de un caracol.

El observador de aves
Abordamos en la tarde para seguir por una hora y media hasta la estación Posada, pasando entre huertas de manzanas, y por el pueblo de Cuiteco, con sus casas de piedra. A una altura de 2 286 metros, aquí se logran, igual que en Divisadero, unos kilómetros más adelante, las mejores vistas de las barrancas. El Hotel Mirador se agarra de la orilla del abismo, con una gran terraza con telescopio desde donde admirar el inmenso paisaje que se extiende hacia el horizonte, las barrancas que se acumulan como las arrugas en la piel de un elefante.

En la terraza un hombre tomaba fotos, armado con numerosas cámaras, lentes telescópicos y binoculares. Fotógrafo y realizador de documentales, me contó que andaba tras la pista del pitorreal, un pájaro carpintero de grandes dimensiones que, según “una fuente muy confiable”, había sido visto por la zona. El ave está considerada extinta, y quería ser la primera persona en el mundo en captarla con su lente. En el bar, en la noche, un guía de turistas y ornitólogo mexicano dijo lamentar informarle que ahí no vería a su presa. Esa ave necesita de árboles más grandes, y aquí no los hay, le dijo al decepcionado fotógrafo, aconsejándole viajar más hacia el sur. Desanimado, agradeció la nueva pista y juró seguirla.

Hay varios miradores cercanos, como la escalera, por la cual los lugareños van y vienen desde sus casas, para vistas de distintos ángulos, mientras la piedra volada es una roca gigante que se balancea encima de otra, y se tambalea bajo los pies cuando uno se asoma a la orilla. En Divisadero, unos kilómetros más adelante, el tren hace una escala de media hora para visitar el mercado de artesanías.

El final del camino
Pequeño pueblo maderero fundado con la creación de su estación de tren, Creel yace entre bosques e insólitas columnas de rocas erosionadas por el viento que se asoman entre los árboles de las afueras del pueblo en forma de hongos y monjes. Desde aquí se pueden hacer varias excursiones interesantes, ya sea a lomo de caballo, a pie, en bicicleta, o bien en camioneta para visitar los sitios en los alrededores, como el lago de Arakeco y las cascadas de Cusárare, señaladas sobre la carretera. Hay tres entradas de terracería, algunas de las cuales se vuelven inaccesibles en el verano, cuando crecen los ríos. De unos 30 metros de altura e igual de ancho, la cascada estaba congelada, largas gotas de hielo colgaban del acantilado como estalactitas.

Varias familias de tarahumaras habitan en cuevas cerca de Creel. Abundan las tiendas de artesanías, el único cajero a lo largo de la ruta y el pequeño Museo Paleontológico (López Mateos s/n; de martes a domingos; entrada libre), que muestra algunos fósiles de dinosaurios encontrados en la región. De aquí el tren sigue a San Juanito; a 2?438 metros de altura, es el pueblo más frío de México. Poco a poco los bosques de pinos le dan su lugar a enormes campos de trigo y maíz, y las huertas y campos menonitas de Cuauhtémoc, antes de que el tren llegue a la ciudad de Chi- huahua, su destino final.

Cómo hacerlo
Salen dos trenes de Chihuahua y dos de Los Mochis en cada dirección todos los días, el de Primera Clase a las 6 horas y de Clase Económica a las 7. El primero llega a su destino final (Chihuahua o Los Mochis) a las 22 horas y el segundo a las 23.

El precio de Primera Clase por el viaje entero de ida es de 1?319 pesos, y el de Clase Económica, 660 pesos. Mientras el tren de primera cuenta con un bar y comedor, con comida casera a la carta (el comedor abre de 7:30 a 20:30 horas y servicio de bar de 10 a 20 horas) el de segunda cuenta con una cafetería que vende frituras y botanas. Se pueden comprar boletos —por el viaje completo o por tramos— en la estación, el mismo día o con antelación, o bien, del cobrador abordo.

DÓNDE DORMIR
EL FUERTE
Hotel Posada del Hidalgo Hidalgo
101, Centro T. (698) 893 0242 T. (698) 893 1194 www.hotelposadadelhidalgo.com
Habitaciones desde 1228 pesos por noche, sin desayuno
Una mansión de 1890 con jardines, patios interiores, muebles antiguos y amplias habitaciones de techos altos con vistas a la calle, a una cuadra del fuerte.

CEROCAHUI
Hotel Misión
T. (668) 818 7046 F. (668) 812 0046 www.hotelmision.com
Habitaciones por 2447 pesos, con 3 alimentos incluidos (cena, desayuno y almuerzo), y traslado a y desde la estación del tren
Ubicado frente a la Misión, es austero y acogedor, con una gran chimenea en el comedor, calentadores de leña en las habitaciones y alberca.

POSADA
Posada Barrancas Mirador Hotel
T. (668) 818 7046 F. (668) 812 0046 www.mirador.mexicoscoppercanyon.com
Desde 2447 pesos por habitación, con tres alimentos y traslado a y desde la estación del tren
En uno de los puntos más elevados, ofrece habitaciones con balcón privado frente a los cañones. Cuenta con restaurante con chimenea y una terraza con vista panorámica.
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