África en Colombia: tamborazos de libertad en San Basilio de Palenque
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África en Colombia: tamborazos de libertad en San Basilio de Palenque

A espaldas casi de la coqueta Cartagena, el pueblo de Palenque sigue celebrando su origen cimarrón a fuerza de percusiones, concursos de trenzas y mucha fiesta: no todos pueden jactarse de ser el primer pueblo fundado por esclavos en fuga.
Con los ojos desorbitados por el ron, Laureano Tejedor, percusionista de la agrupación Las Alegres Ambulancias, propone un brindis entre ecos de tambor: “Por el primer pueblo libre de América”. Con todo lo poco que tiene y todo lo mucho que es, Palenque, el pueblo africano de Colombia declarado Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, celebra cada año en octubre el Festival de Tambores y Expresiones Culturales de Palenque de San Basilio. Durante tres días, su arsenal de instrumentos, cantos y baile colma al público con un despliegue musical que empuja a la felicidad. Las tiendas del pueblo se abastecen con aguardiente, whisky, cerveza, ron y ñeque —un aperitivo dulce— porque sin trago el tamborero no da show. Las casas de paredes de barro y techos de palma se disponen a hacerle lugar en las noches a los visitantes de otras ciudades y países. En los salones del colegio se instalan esteras de paja para recibir una legión de más de 150 músicos, cantadores y bailarines afrodescendientes que vienen a lucirse y a hacerle honor al tambor, instrumento que impera en ritmos como la cumbia, el mapalé, el bullerengue, la puya, la chalupa, el lumbalú, el son negro, el son palenquero y la chalusonga, una variación de la chalupa considerado por algunos el antepasado inmediato de la ya popular champeta.

En la plaza central del pueblo hay dos tarimas, una para los grupos musicales y otra donde la música cobra expresión en un baile que no se aprende. El visitante lo contempla, lo intenta y sólo le queda envidiarlo, pues no hablamos solamente de movimientos armónicos o de cadencia; hablamos de hombres y mujeres cuyo sentido más afinado es el oído, de pieles oscuras cuyo afrodisíaco es el sudor del baile, de cuerpos hechos a mano para ondear la melodía de las gaitas, y de un esqueleto privilegiado que vino al mundo con el cromosoma de cadera que no heredó el hombre occidental.

Palenque tiene 6500 habitantes y se encuentra a 60 kilómetros de Cartagena, una de las ciudades más turísticas y románticas de Colombia. Palenque no es turístico ni romántico. En cambio, cuenta con el orgullo propio que sus habitantes mantienen invicto desde los tiempos de la esclavitud.

Al poner los pies en esta tierra, se siente que el mundo está lejos y que se trata de una tribu aparte, sin contaminación de aire ni mercado. Al visitante lo reciben bien, algún joven de la corporación que organiza el festival se le acercará para saludarlo, presentarse y darle una sincera bienvenida. Y así, cuando pierda el miedo de saberse en un lugar donde se habla una lengua con acento de hipo, podrá proceder a dejar en un sitio recomendado el equipaje y disponerse a comer algo antes de entrar en el ambiente.

No espere encontrar en Palenque un plato mitad comida, mitad adorno chic comestible, allí el menú es tan casero como saludable. En las tiendas y en algunos hogares se ofrecen platos por 2 dólares. Pescado frito, pescado guisado, carne de res o de cerdo asada, arroz con bledo —el guisante de la sazón de Palenque—, arroz con coco, sopa de pescado, ensalada de col, yuca, plátano, ñame, batata, mazamorra. Para la sed, jugos de guayaba, zapote, mango, ahuyama (una fruta local), yuca, anón (parecido a la guanábana), tamarindo y naranja. Todo crecido en los campos del pueblo, sin pesticidas, sólo con abonos naturales (boñiga), y con el cuidado milenario de haber sido sembrados de acuerdo al ciclo lunar. Los postres son símbolo de Palenque: cocadas —dulces de coco— con leche, con piña, con panela, con guayaba; cabellitos de ángel, un postre al que se le adivinan el sabor y la textura resbalosa de la papaya; turrones de cacahuate y de ajonjolí; y alegría, una bola del tamaño de una pelota de tenis hecha de millo, miel de coco y anís. Hay que chuparse los dedos porque es prima hermana de la melcocha, un dulce hecho a base de panela.

Cuando todavía no es de noche y el sol comparte cielo con la luna, terminan las pruebas de sonido con la canción de Joe Arroyo, La rebelión, y el público disperso modula en voz baja el coro de libertad, “no le pegue a la negra”. Siguen llegando comitivas de palenqueros que se han ido a vivir a Cartagena, Barranquilla y otras ciudades pero que vuelven por mandato cuando hay fiesta, o cuando alguien de su Kuagro, su grupo familiar y de amigos, fallece. Entre los visitantes están Mateo, de 28, y su novia Boris, de 26, ambos blancos como los dientes, diseñadores gráficos de profesión pero con la particular motivación de aprender a tocar tambor. En avión, autobús y “mototaxi” llegaron desde Ucrania para encontrar a los mejores maestros que caminan ligeros, sin el peso de la fama, por la calles de su natal Palenque en tiempos de festival.

Tambores y cabezas
trenzadas para celebrar

Además del tambor, el festival exalta otras marcas indelebles de la cultura de Palenque, como su lengua, en cuyo honor se hizo el lanzamiento del Diccionario de la Lengua Afropalenquera, un trabajo de Solmery Cáceres Estrada, que incluye algunos dichos del pueblo, entre ellos una forma de la Ley de Murphy: Ma kusa ke bo kelé pasa nú lo ke se pasa, “lo que tú no deseas que pase, es lo que suele suceder”. Y otras leyes universales como: Kuando a muje ase reja omble ngalalo e pokke a ngutalo, “cuando la mujer se deja tocar de un hombre es porque le gusta”. También destacan los personajes más famosos del pueblo, como Evaristo Márquez, que actuó al lado de Marlon Brando en la película Quemada, filmada en Cartagena en 1968; y Antonio Salgado, “Kid Pambelé”, ex campeón mundial de boxeo en la categoría Welter Junior.

En el festival brota todo Palenque y con él los peinados de trenzas miniatura que son su artesanía más linda. Cada mujer lleva uno distinto. Josefa Hernández, una esbelta joven (todas las mujeres de Palenque son esbeltas) de 23 años lleva la cabeza adornada por un diseño de trenzas que ella misma inventó. Josefa ve figuras de peinados en sueños, se acuesta pensando en trenzas, sobre todo cuando hay ocasiones especiales. Una semana antes del festival, el colegio del pueblo celebra un concurso para premiar entre las niñas el peinado más bonito y original. Ésta es una de las razones por las cuales la mayoría de las cabelleras femeninas enseñan altivas un atuendo especial. La mayoría están hechos con trenzas meñiques, muy finas, que van apretadas contra el cráneo. Uno de los más comunes es el de las tres carrilejas palenqueras. Hay otro llamado Tres Pétalos, logra que la cabeza luzca como una rosa vista desde arriba. La Piña Madura imita el diseño natural de la fruta incluyendo su corona de hojas tiesas, representadas por un mechón despelucado. Y el Punto, muy especial para matrimonios, consiste en múltiples trenzas que salen desde un mismo punto.

“No sólo heredamos el físico, también el pensamiento y los sentimientos”, dice Enrique Márquez, uno de los organizadores del festival, hablando de la riqueza y la tradición que éste concentra y en el que notablemente la música es lo esencial. En la cultura de Palenque todo está asociado a ella: donde no hay música no hay ritos fúnebres ni cultivos, ni juegos, ni comidas, ni dulces, ni peinados, ni matrimonios, ni cumpleaños, ni nacimientos. La identidad del festival está dada por el tambor, es requisito para los 25 grupos provenientes de distintas regiones de Colombia que su música tenga tambor. No se trata de una competencia, “nadie pierde”, dice Enrique, que además de ser organizador, pertenece a una de las agrupaciones presentes en el festival: Los hijos de Benkos, que recoge el legado musical de Palenque y le hace honor a su fundador.

Casi comiéndose el micrófono, Manuel Pérez anuncia la instalación oficial con el himno de Palenque, que se entona y se baila. Su letra es una declamación sentida y la primera estrofa suena alto: “Palenque fue fundado, fundado por Benkos Biohó”. Lo fundó en 1603 y murió ahorcado en la plaza central de Cartagena en 1621, cuando ya más daño no le podía hacer al régimen español: puso de moda los palenques, aquellos poblados donde se refugiaban los cimarrones y a donde llegar era sinónimo de libertad. Palenque de San Basilio es el único que queda en América. Después de cuatro siglos, su supervivencia sigue asociada al tambor, por eso tantos honores.

El pechiche, un tambor enorme de aproximadamente un metro y medio de largo que es el instrumento más importante del lumbalú, el ritmo de los rituales fúnebres de Palenque, era utilizado para enviar mensajes de alerta. Así se prevenía de las tropas españolas que se atrevieran a perseguirlos entre ciénagas de mosquitos y fango con sanguijuelas. Hoy los tambores siguen transmitiendo mensajes codificados como: “hay difunto” o “mañana hay fiesta”. El tambor habla y con una ráfaga de sus palmas sobre el cuero del alegre, otro tipo de tambor, el más destacado tamborero dice: “¡Dame un trago, dame un trago, dame un trago!”. La forma de mantener vivo al tamborero es ofreciéndole un trago porque “no puede ser que todos se diviertan mientras a él no le dan nada”, dice Tomás Teherán Salgado, precursor del grupo Batata y Anné (“Batata y ellos”).

Derecho a la baqueta:
dinastías en torno al tambor

Tras la muerte de Paulino Salgado, Batata III, Tomás, que era el más reconocido tamborero de Colombia, heredó el comprometedor título de Batata iv. Los Batata son una dinastía familiar que representa el legado del tambor. Para ser Batata no sólo hay que tener la sangre de la familia Salgado Valdez sino poder dejar brotar el don salvaje de cantar, tocar, bailar y componer sin salirse de sí mismo. Tomás, sobrino de Paulino, no sabe cómo explicarlo “es un no sé qué en un no sé dónde”. Cuenta que hay momentos en los que tocar tambor lo lleva a un estado de trance que le produce ganas de llorar. “Cuando entro en contacto con mis antepasados nadie me para, me escucho y siento que no soy yo el que está tocando”. Él es Batata porque en sus manos cualquier tambor adquiere el poder de comunicar al pie de la letra lo que siente. Ese don único mantiene elevada la motivación del resto de tamboreros.

Además de Tomás, son muchos los hijos musicales ilustres de Palenque: José Valdés Simancas, “Simancongo”, fue el mejor ejecutor de marímbula —una caja de madera con unos gruesos dientes metálicos que producen sonidos similares a los de un bajo— que ha dado Palenque; Graciela Salgado es hermana de Batata III y cantadora junto con Dolores Salinas de la agrupación Las Alegres Ambulancias; Rafael Cassiani Cassiani es cantante y actual director del Sexteto Tabalá, la más famosa agrupación de Palenque; y están también Leonel Torres y su agrupación Las Estrellas del Caribe; Viviano Torres, primo lejano de Leonel, y su grupo de champeta Anne Swing, y Justo Valdez, que preside el grupo Son Palenque. La mayoría tienen discos grabados y han sido invitados para presentarse en Europa y Estados Unidos. Aunque no todos suben al escenario, sí están presentes y eso es lo mejor del festival. Frente a la oportunidad de sentarse a hablar con ellos, un autógrafo o una foto se quedan cortos. Basta con presentarse, “mucho gusto”, y brindar, “salud”.

Entre los palenqueros siempre hay uno que toque muy bien un instrumento, que cante o que componga. Es raro encontrar alguien que no baile. Todos son amables. Tomás Teherán se ríe con los ojos al confesar que le es difícil ser profesor de tambor cuando sus alumnas tienen la belleza de la mujer costeña. Rafael Cassiani habla con juegos de palabras y dice que su edad es “tres de veinte y uno de once”. Leonel Torres se autoproclama el inventor de la champeta y cuenta su historia. Viviano Torres es auténtico desde la motivación de su música hasta sus atuendos de color. Laureano Tejedor cuenta que aprendió a tocar haciendo de cuenta que el tambor era un cántaro de agua y que copió, “pero sólo un poquito”, de los trucos de su abuelo en el pechiche. Máximo Torres, de 76 años, tiene que aguantarse las ganas de bailar porque su corazón está advertido por los médicos. Cuenta que tuvo su época de oro a mitad de siglo bailando y siendo aplaudido en Washington.

Hacia las siete de la noche de la vigésima edición del festival, la única luz que alumbra el rostro adolorido del monumento a Benkos Biohó, el fundador, es por segundos la de los rayos de una tormenta que deja al pueblo sin energía. Los niños y las niñas están felices, se divierten bailando bajo la lluvia, y más cuando nadie los ve. Los mayores no se afanan, con o sin luz, con o sin sueño, la música sigue hasta el amanecer.

Despertar cantando
A las 4 de la mañana los integrantes de los grupos se reúnen en la plaza central del pueblo para darle inicio a uno de los momentos más especiales del festival. La Alborada recorre las calles despertando a son de tambor y melodías de gaita a todo el pueblo. Pasan los tamboreros calentando el cuero de sus tambores; las cumbiamberas caminan con un bailecito suave, van ofreciendo su generosa falda a los hombres que las cortejan insistentes con sombrero en mano. La Alborada está hecha para que puedan verse todos los grupos al mismo tiempo, y es el mejor momento para apreciar instrumentos como las gaitas, sin las cuales no hay cumbia o porro, un ritmo donde hay instrumentos de viento. Ellas mantienen una melodía improvisada que requiere del mejor entendimiento musical entre quienes las interpretan. La gaita hembra, de cinco orificios, marca la melodía, y la gaita macho, de dos, la sigue. Los gaiteros recorren el pueblo vestidos de blanco, con sombrero vueltiao y con una pañoleta roja amarrada al cuello; avanzan con gracia, la música que interpretan brota como la risa interna que se les adivina en la mirada.

Junto con las gaitas se puede apreciar la numerosa familia de los tambores: el llamador, un tambor pequeño que es siempre el primero en hablar cuando hay toque de bullerengue o mapalé; el alegre, de casi un metro de alto y el que ha usado Tomás para gritar “¡dame un trago, dame un trago, dame un trago!”; la tambora, que como un bombo se toca por ambos costados; y la timba, un tambor más largo y delgado que el alegre, pero con una protuberancia hacia la mitad que lo hace parecer un flaco panzón.

Los tambores son más que instrumentos, en Palenque se aprende que están vivos. La madera de la cual se hacen debe ser de árboles maduros de coco, balsa o banco, y debe ser cortada cuando la luna está “madura” o llena. Si el tambor se hace de la madera de un árbol joven, dice Tomás, no va a durar más de tres años, en cambio si se hace con la madera fuerte de un árbol maduro “te dura hasta un siglo”. Para el heredero de la vena musical de Batata III, si el tambor no tuviera vida, él no sería capaz de expresar sentimientos como la incertidumbre o la nostalgia. La piel del tambor es sensible, lo fue la chiva o la venada. “El animal hembra es el que tiene el tumbao bacano”. Un tumbao que, junto con la melodía de las gaitas, genera un poder que recuerda la magia del Flautista de Hamelin, pues arrastran tras de sí a todos los presentes hasta que el ritual termina en un baño comunal. Bajo las nubes rojizas del amanecer, cuando el aire es tan puro que da la sensación de tener poderes curativos, hombres y mujeres se bañan en prendas interiores en el arroyo de Palenque, que no es nudista y tiene un sector definido tanto para las mujeres como para los hombres. A eso de las 6:30 de la mañana el olor a rancho de los fogones de madera anuncia un generoso desayuno: hay huevos pericos —revueltos con cebolla y tomate—, yuca, arepa de maíz, plátano macho, cerdo, res, pescado y café con leche.

Son candela pero no queman
En forma de trenza, gaita o tambor, el festival no se limita a las tarimas, sino que ronda como el vaho del ron todas las calles. Sin embargo, hay ciertas expresiones que sólo se pueden ver en las tarimas y que son como un recorrido para principiantes por las escenas costumbristas y las expresiones musicales más representativas del Caribe colombiano. Esperando ansiosos su turno para merecerse un buen aplauso, están los integrantes del grupo folclórico Suto Jende Prieto, del departamento del Magdalena. Untados de aceite, sus cuerpos inflamables brillan bajo el sol del medio día, hacen muecas de belicosidad mostrando unas encías caníbales que asustan a los niños. Dan la sensación de no estarse alistando para la tarima sino para una sangrienta guerra contra una tribu salvaje; tal vez la de un grupo de jóvenes con atuendo y maquillaje felino que se ríen como las hienas, y que a una velocidad que no es humana mueven las nalgas, los hombros, los muslos, y castigan el piso en una danza incontenible a las órdenes del tambor del mapalé. La temperatura baja un poco con la presentación de un grupo de cantadoras que recitan por inercia pero con gracia el tradicional coro cumbiambero de “negrita ven prende la vela”, seguidas de otro grupo de hombres y mujeres vestidos de blanco que representan con su danza la lucha entre dos machos tras la atención exclusiva de una mujer que a ambos les sonríe. Luego, la Escuela de Batata, conformada por jóvenes de Palenque, hace el baile de la culebra: una fila que alterna hombres y mujeres y simula el movimiento con el que se desplazan las culebras. A la cabeza un hombre porta una antorcha encendida y busca con amagues inofensivos los pies de quienes observan. Otro baile conocido de esta agrupación es el Pica-Pica, cuyos movimientos transmiten la sensación de incomodidad; la trama detrás de él es la de un hombre retrechero que no siendo invitado a una fiesta decide amargar la reunión de los convidados echándoles un polvo mágico que les produce comezón por todo el cuerpo.

Por la tarima pasan grupos de Medellín, de Cartagena, de Barranquilla, de Cali, de Barrancabermeja, escogidos previamente. Y es que éste es un festival que no se repite sino allí, en un pueblo que por sus intangibles es Patrimonio de la Humanidad.

Palenque no tiene hospital, sólo “alegres ambulancias”; no tiene alcantarillado, sólo un arroyo primitivo para amanecer cantando; no tiene calles pavimentadas, sólo tres carrilejas palenqueras. No tiene nada sino el Sexteto Tabalá, el orgullo del Batata y un festival en el que Laureano Salgado improvisa en el alegre para que Mateo, el ucraniano que entiende algo de español y otro tanto de percusión, intente seguirle el paso bailando con la piel ardida, bajo el sol del pueblo negro que es libre desde que Benkos se le escapó a la Corona. Palenque no cambia de color, sus tambores están vivos y cada vez que hay ocasión retumban para animar el coro de su himno: “¡África, África, África!”.

GUÍA PRÁCTICA
En 2006, el festival tendrá lugar del 13 al 16 de octubre. La ciudad de Cartagena, a 60 kilómetros, es el mejor lugar para quedarse si sólo se quiere disfrutar el festival por espacio de un día. La manera más cómoda para llegar a Palenque desde ahí es contratar un taxi de ida y vuelta por un valor aproximado de 65 dólares. Pero si su viaje tiene connotación de mochila, puede llegar a Palenque en uno de los autobuses intermunicipales que, de lunes a sábados, parten a las 9 y a las 15 horas desde la terminal de transportes de Cartagena. La ventaja de éstos, además de que cuestan 2 dólares, es que suelen llevar la radio a todo volumen, con lo que el tímpano entra en calor a ritmo de vallenato y reguetón. Debe bajarse del autobús sobre la Troncal de Occidente, a la altura del corregimiento de Malagana. Allí siempre hay conductores de moto (mototaxistas) al acecho, que por menos de un dólar lo transportarán por el tramo de seis kilómetros sin pavimentar que lleva hasta el pueblo de Palenque.

MÚSICA PARA DOCUMENTARSE
Anne Swing, Leyenda viva, Rocha Dick, 2005
Sexteto Tabalá, Les Rois du Son Palenquero, Buda Records, 2001
Las Alegres Ambulancias, Las Alegres Ambulancias con Paulino Salgado, Buda Records / Universal, 2004

CONTACTO
Corporación Festival de Tambores y Expresiones Culturales de Palenque Edificio Comodoro, Matuna, Plazoleta Telecom Cr 10 A 32 A-77, Oficina 408 Cartagena, Colombia

Agradecemos enormemente las fotografías que nos proporcionó para este artículo la reconocida pintora bogotana Ana Mercedes Hoyos, quien ha dedicado una parte importante de su obra a retratar la cultura de Palenque.
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