Música religiosa en la ciudad colgante de Cuenca
Entre procesiones, iglesias y cavas como las que abundan en esta impactante ciudad de La Mancha, cualquier concierto podría resultar conmovedor. Pero lejos de dormirse en su historia, la Semana de Música Religiosa de Cuenca tiene como imperativos no sólo una calidad rigurosa, sino también la sorpresa y la innovación.
En España dos semanas santas atraen multitudes. Una es la lujosa, melodramática y barroca Pascua de Sevilla, llena de rojos y dorados. La otra es la de Cuenca, intensa, austera, medieval, de capuchas negras y cayados de madera que golpean con ritmo sobrecogedor sobre las calles empedradas de la villa que cuelga sobre un acantilado.
Cuenca está en el centro de Castilla-La Mancha, unos 150 kilómetros al oeste de Madrid, pero las fiestas de la Pasión la ubican en otro planeta, no tocado por los vientos de modernidad y cosmopolitismo que empezaron a soplar desde Europa en el siglo xviii. Las procesiones y el conjunto monumental de Cuenca son para muchos españoles un viaje a su propio pasado remoto, a los abismos de su identidad colectiva, forjada en el yunque oscuro y fanático de zla Contrarreforma.
La vieja ciudad amurallada de Cuenca —Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1996— tiene una riquísima historia: fundada por los romanos, prosperó con los árabes y desde 1177 fue un importante centro militar, comercial y religioso durante cuatro siglos. A lo largo de esos años se construyeron iglesias, conventos, plazas y palacios en lo alto de una muralla empotrada en las dramáticas piedras que caen sobre la hoz del río Huécar. La pobreza de Castilla y el escaso interés de los especuladores inmobiliarios en los años cincuenta y sesenta salvaron la parte antigua de Cuenca de la plaga de destrucción de lo viejo y la construcción de grandes mamotretos que caracterizó al desarrollismo de los últimos años de la dictadura franquista.
Y si bien fue saqueada durante las guerras contra Napoleón y todo lo quemable fue quemado en las iglesias y conventos durante la Guerra Civil, la vieja ciudad de piedra se mantiene viva e impresionante. “En Cuenca no hay monumentos, toda la ciudad es un conjunto monumental”, define el orgulloso conquense e historiador aficionado de su ciudad Pedro Mombiedro.
Mombiedro presentará esta Semana Santa su libro Una mirada al Festival de Música Religiosa, en el que cuenta la interesante historia de uno de los festivales más originales de Europa, que ha puesto a Cuenca en el mapa de investigadores, intérpretes, compositores y amantes de la música clásica, usando de una manera muy moderna el tesoro patrimonial de Cuenca y la maravilla de su Semana Santa. Por si la singularidad de la arquitectura conquense, sus paisajes de ensueño y lo impresionante de su Semana Santa no bastaran, cada vez más melómanos de España y el mundo acuden a la ciudad para una exquisita celebración anual de los oídos y el espíritu.
Conmoción musical para Semana Santa
La Semana de Música Religiosa de Cuenca fue creada en 1962 por el amante del arte español Antonio Iglesias. “Iglesias lo consideró un sitio ideal para un festival de música del Siglo de Oro español, porque Cuenca conservaba el sabor de esa época”, dice Mombiedro. “En los sesenta, España estaba cerrada, imperaba el nacional-catolicismo de Franco, y el hecho de que fuera un festival de música religiosa en un lugar apartado de las grandes ciudades le permitió a Iglesias hacer cosas que no le habrían autorizado”. Entre otras, traer a España a exiliados políticos, como el gran compositor Cristóbal Halffter, refugiado en México tras la Guerra Civil; programar música de la gran tradición protestante; y juntar a los músicos asfixiados por la mediocridad del régimen con los grandes musicólogos e intérpretes europeos, que estaban empezando a recuperar el enorme legado de la música antigua y barroca española.
Las líneas maestras del festival siguen tal y como las trazó Iglesias, quien lo dirigió desde su inicio hasta 1981. Cada año coincide con las celebraciones de Semana Santa, se desarrolla en pequeñas y grandes iglesias de la ciudad, en conventos y salones palaciegos transformados en espacios para el arte —y desde su construcción en 1994, en el moderno Auditorio de la ciudad—. Desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Pascua, quienes asisten al festival pueden combinar procesiones y la visita a la ciudad, y a unos alrededores llenos de bosques y formaciones rocosas con la asistencia a conciertos de música vocal e instrumental, que van desde el siglo xiv hasta encargos especiales compuestos el mismo año de su interpretación.
Sin ir más lejos, el año pasado la compositora y soprano española Pilar Jurado estrenó en el festival un Sabat Mater desgarrador, donde mezcló la tradicional letanía en latín de la Virgen María por su hijo muerto con fragmentos del emotivo discurso que cuatro meses antes había pronunciado Pilar Manjón, la presidenta de la Asociación de Familiares de Víctimas del 11 de Marzo de 2004 y madre de un adolescente muerto en uno de los trenes donde explotaron las bombas de Al Qaeda. Ese Sabat Mater dolorosamente contemporáneo terminaba con un llamado de la madre joven surcada de arrugas del más cruel dolor: “Con la autoridad moral que ostentamos, la que jamás nos podrán usurpar, les exigimos que no nos manipulen”.
Año con año se va ampliando la oferta musical —el próximo festival tendrá 22 conciertos— y también se vuelve más abierto el significado de la palabra “religioso”. El actual director, Antonio Moral, considera que para que conserve su identidad y siga teniendo sentido en esa ciudad y esa época singular, la Semana de Música Religiosa debe centrarse en la producción europea de raíz cristiana, pero ha ido incorporando desde 2001 piezas instrumentales que resuman espiritualidad, como las suites para violoncello solo o, este año, las sonatas y partitas para violín, ambas de Johann Sebastian Bach.
Buscando en Cuenca una experiencia similar a la que encuentran otros en los grandes festivales de rock o de jazz, el joven físico madrileño Óscar del Canto se subió a su coche en la capital española un sábado de 2001 con un grupo de amigos. “Era el primer año de Moral, y daban una Pasión según San Mateo, de Bach, con un director que en principio no me entusiasmaba mucho, el británico Roger Norrington, y la Orquesta del Siglo de las Luces”. Pero Óscar y sus amigos apuraron las tres horas hasta Cuenca y entraron al auditorio a lo que se acabaría convirtiendo en “una de las experiencias más maravillosas de mi vida”.
“Desde el primer acorde, la interpretación era tan inspirada que me parecía que escuchaba la música por primera vez. Salimos del auditorio en estado de gracia, y fuimos a comer a un pequeño restaurante donde tomamos —todos menos el conductor— uno de los exquisitos vinos que sirven en los buenos lugares de Cuenca. Llegamos de vuelta a Madrid a las 3 de la mañana, se relame Óscar.
Yo tuve una experiencia similar el año pasado, en mi primera peregrinación a Cuenca y al festival. De hecho, fueron dos: al mediodía del Miércoles Santo, subiendo por las escaleras de piedra hasta el último piso del antiguo Convento de las Carmelitas, hoy Fundación Antonio Pérez, con una vista sobrecogedora al Huécar y los prados cultivados en las laderas más allá, un concierto del prodigioso clavecinista francés Pierre Hantaï, que plasmó una versión profunda y vertiginosa de las Variaciones Goldberg de Bach. Y dos días más tarde, el joven director italiano especializado en rescates del barroco Antonio Florio con su Capella de la Pietá de Turchini interpretaron el Sabat Mater de Pergolesi con una belleza y una capacidad de comunicar el patetismo de la obra que me caló hasta los huesos. Al terminar, pasaron unos segundos de silencio total hasta que se desataron, casi en unísono, los atronadores aplausos.
Congelemos la escena en el auditorio, y déjenme que les describa lo que se ve desde mi asiento, para que entiendan mejor de lo que estoy hablando: sobre el escenario, los músicos son casi todos jóvenes, y llevan el uniforme de estos conciertos: camisa negra abierta en los caballeros, modestos vestidos largos para la mayoría de las damas. En la sala apenas se ve una corbata; hay más barbas blancas que en una convención de Santa Closes, pero también proliferan los jóvenes blandiendo partituras gastadas, entremezclados con curas y melómanos de Cuenca que aprovechan sobre todo los numerosos conciertos gratuitos. A primera vista este público se parece más al del buen jazz que a los oropeles que suelen lucirse en la platea de los teatros de ópera.
Muchos de estos locos de Cuenca son como Óscar del Canto: apasionados de la música clásica como experiencia cercana a lo místico que viajan a Salzburgo a ver las grandes óperas de Mozart o Verdi, o peregrinan a Bayreuth, donde cada verano se dan las mismas diez obras de Wagner con los mejores cantantes del planeta. Pero también confluyen en los conciertos visitantes que acuden a Cuenca principalmente para pasear por las callecitas de la ciudad, comer de maravilla y alucinar con las multitudinarias procesiones, y sobre todo con la increíble procesión de las Turbas.
Procesiones y otros paisajes abstractos
Imagínense la escena: a las cinco de la mañana —y en marzo hace un frío que pela— seis mil personas se agolpan en la entrada de la catedral y por las calles de la ciudad antigua y de la nueva, del otro lado del Huécar. Los devotos, bajo sus capuchas y túnicas moradas, llevan en hombros una gigantesca plataforma con la estatua de un enorme Jesús caído, con la Verónica enjugándole las lágrimas sangrientas. Los siguen centenares de penitentes con más túnicas y capuchas, con tambores monótonos, con frío y con sueño. Pero a su encuentro sale de las tabernas y antros profanos una anti-procesión de “turbos” enfiestados. Son conquenses creyentes que desde el principio de los tiempos escenifican la mofa de los romanos y los judíos hacia el Mesías crucificado. Los turbos gritan, blasfeman, imitan sonidos indignos, soplan cornetas destempladas, toman sin mesura de rebosantes botas de vino y vuelven cada año a escenificar el descontrol báquico que era parte del control medieval.
Es de esos espectáculos difíciles de creer si uno no los ha visto: desde las cinco de la mañana del Viernes Santo y por las siguientes ocho horas, miles de vecinos de la ciudad más católica de España y tal vez del mundo, gritan, cantan y hacen sonar destemplados cuernos y ruidosas matracas para “burlarse” de Jesús en un extraño y único espectáculo, que representa al pueblo que dio la espalda al Salvador, pero también se percibe como un rugido de alivio entre tanto cura, rezo, capucha y culto al dolor.
Y al día siguiente, todos a misa.
Pedro Mombiedro, el historiador aficionado, afirma que el embrujo de Cuenca está en esa unión de lo devoto y lo profano, lo viejo de la ciudad alta y lo nuevo de los edificios en el llano, cruzando la dramática hoz del río. El primer impacto, y el más fuerte, es el mazazo visual de encontrarse frente a una ciudad con casas colgadas que parece brotada de la imaginación de algún Tolkien hispánico.
“De hecho, la música no es lo central en Cuenca, sino la pintura. Fueron los pintores y escultores vanguardistas quienes a mediados del siglo xx eligieron Cuenca para instalarse y pintar”. La estación preferida de Mombiedro es el otoño, con sus infinitos tonos de amarillos y ocres, pero los paisajes lucen también en la época del festival, el comienzo de la primavera. Cuando fui para el festival del año pasado, que cayó en marzo, los árboles estaban estrenando hojas de un verde intenso, los campos desperezaban flores amarillas y a media hora de Cuenca, sólo se escuchaban las canciones del arroyo y de los pájaros. Fui con mi hijo de 11 años a cabalgar bordeando el Huécar, y por una hora me pareció como si la Revolución Industrial nunca hubiera ocurrido.
En los descansos del festival alcanzamos también a visitar dos ciudades romanas bien preservadas: Segóbriga y Valeria, cuyas ruinas monumentales fueron saqueadas para extraer piedra para construcción pero no se les construyó ninguna ciudad encima. Otro día, realizamos un divertido recorrido cervantino por cuatro sitios con molinos de viento —los mejor conservados están a una o dos horas de Cuenca— y por tabernas, posadas y castillos como los que fueron testigos de las hazañas del ingenioso hidalgo. Si va con niños, tampoco debe perderse la Ciudad Encantada, una juguetona formación natural de piedras horadadas por el agua y el viento a poco más de 20 minutos de Cuenca.
Tal vez estos paisajes sean el motivo por el cual se instalaron en Cuenca pintores y escultores abstractos como Antoni Tapies Fernando Zobel y Manuel Millares, entre otros. El mismo año en que nació la Semana de Música Religiosa, abrió sus puertas el único Museo de Arte Abstracto de España en la más famosa casa colgante de la ciudad, el viejo palacio de Alfonso VIII asomado al promontorio que cae al río frente al magnífico convento que es ahora Parador Nacional (hotel y restaurante de lujo). En el edificio del museo —de áspera piedra, como todo Cuenca— las paredes muestran lo mejor de la pintura no figurativa española y cada tanto interrumpen la sucesión de lienzos unas ventanas pequeñas que abren la vista al abismo.
Así es Cuenca, donde lo viejo es bien viejo y lo nuevo es muy nuevo. No han intentado una mezcla de los dos sino que conviven y siguen dejando al visitante perplejo con esa yuxtaposición. La ciudad tallada en la roca fue denostada por los modernos de antes de la Guerra Civil como el símbolo de la España rancia y medieval que querían dejar atrás. Y hoy ése es precisamente su encanto. No es antigua de diseño como Barcelona ni moderna a punta de chequera como Valencia: es vieja de solemnidad, con olor a incienso mezclado con aroma de sopa espesa de la abuela.
“¡Sorpréndenos, Antonio!”
Óscar del Canto, el melómano madrileño, no siente ninguna vergüenza al manifestar que le apasionan por igual la música y la cocina manchega. Su plato favorito es el ajoarriero, una mezcla de bacalao, papa y ajo, pero rechaza los restaurantes “modernos que todo lo muelen y lo mezclan en una máquina y lo hacen puré”. En su añorada Posada de San José, en el centro del viejo Cuenca, los dueños Jennifer y Antonio “lo cortan todo a mano y uno va comiendo y se encuentra con los pedacitos del bacalao, de la papa, es delicioso...”?.
En Cuenca hay que probar también el morteruelo, un plato de carnes de caza maceradas con especies y canela. Junto con el ajoarriero es el plato estrella de la cocina de esta región.
Otro de los platos favoritos de Óscar es el arroz con bogavante que sirven en el Mirador del Huécar, cuya carta de vinos también recomienda. El físico madrileño y sus amigos tratan al dueño del Mirador, Alfonso, como si fuera de la familia. Al llegar casi de medianoche, empapados de música celestial, lanzan un desafío que debe dejar helado de terror al cocinero: “¡Sorpréndenos, Alfonso!”
La frase también se podría aplicar al hombretón barbudo y con cara de sabio tranquilo que es Antonio Moral. El público regular del festival es conocedor y exigente, y cada año parecen pedirle: “¡Sorpréndenos, Antonio!”. Tras 45 Semanas conquenses, podría parecer que la mayoría de las obras valiosas del repertorio clásico religioso ya pasaron por el festival. Y sin embargo, los cuatro directores que ha tenido hasta ahora se han afanado en traer siempre nuevas obras, nuevos intérpretes, nuevas versiones a los oídos expertos.
Una de las apuestas fuertes de cada año son los estrenos. En Cuenca han estrenado obras Joaquín Rodrigo, Frederic Mompou, Cristóbal Halffter y prácticamente todos los compositores españoles de cierta importancia de la segunda mitad del siglo.
Hace tres años, Antonio Moral comenzó a encargar obras también a reputados compositores internacionales. El año pasado, el compositor místico inglés Sir John Tavener, convertido a la iglesia ortodoxa oriental, estrenó en Cuenca su complejo y fulgurante Cantus Mysticus para soprano, clarinete y orquesta. Joan Enric Lluna, el mejor clarinetista español, y la soprano filipina Patricia Rosario, intérprete habitual en las grabaciones de Tavener, se lucieron en la obra, que combina una profunda religiosidad con una saludable dosis de humor. Este año el Cuarteto de Tokio, uno de los tres o cuatro más apreciados por la crítica especializada, estrenará el Cuarteto número 3 Primera Luz, de la compositora norteamericana Lera Auerbach. “Es una compositora joven, con una obra de un fuerte carácter místico”, apunta Moral, “y creo que hará una buena ‘pareja’ con el compositor español Eduardo Rincón, de 81 años”, cuya Sinfonía bíblica para soprano, barítono, coro y orquesta tocará la Orquesta y el Coro Nacionales de España en el concierto inaugural. Quitar si no cabe.
Otro de los puntos fuertes del festival son las recuperaciones, que muchas veces implican un serio trabajo de investigación musicológica. Este año quienes acudan a Cuenca podrán trasladarse a 1715 y escuchar el oratorio sacro La gloria de los santos, de Pere Rabassa, y una selección de motetes, antífonas y responsorios de olvidados compositores del siglo xvii, como Carlos Patiño, Cristóbal Galán o Sebastián López de Velasco. En ambos casos, será la primera vez que se escuchen estas obras desde la época de su composición.
Una excelente apuesta del festival es la inclusión en los últimos años de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), compuesta por selectos estudiantes de los mejores conservatorios del país. El año pasado la dividieron en dos, y una parte tocó obras clásicas, románticas y contemporáneas bajo la dirección del maestro italiano Riccardo Frizza. Dos días antes, me tocó sentarme en la misma fila del Auditorio con estos músicos adolescentes mientras alentaban a sus compañeros del segundo grupo. Éstos interpretaron un programa barroco bajo la dirección del multipremiado e iconoclasta director Fabio Biondi. Allí pude constatar la importancia de esta apuesta por la educación musical. Algunos de los chicos no habían salido nunca de su provincia sin sus padres, y me decían que sus días en Cuenca les estaban cambiando la vida. Y este año la apuesta es —musicalmente— aún mayor: La jonde tocará una de las más importantes obras religiosas de los últimos 30 años, la Pasión según San Lucas, del polaco Krzysztof Penderecki, bajo la dirección y con la inapreciable guía del mismo compositor.
Óscar del Canto ya sabe qué obra no se perderá este año: la Novena Sinfonía de Gustav Mahler interpretada por la Orquesta Sinfónica de Berlín dirigida por Eliahu Inbal. “Es la última, con un pie casi en la tumba, y es la única de sus sinfonías que no tiene una referencia religiosa en el título”, comenta Moral, “pero siempre me pareció una obra de una hondura espiritual tremenda”.
Y en el Año Mozart (250 años de su nacimiento), el director artístico ha programado casi todas sus grandes misas y obras religiosas junto con un regalo raro y que casi no se interpreta: la versión que Mozart hizo de El mesías de Haendel. “Al ‘mozartizarlo’ lo transformó en otra obra, con otro pulso y otro sabor”, asegura Antonio Moral. Habrá que oírlo.
Por la arquitectura escarpada de Cuenca, por el romántico encanto de sus bosques y remansos fluviales, por su exquisita gastronomía, por el Museo de Arte Abstracto, por las tradicionales procesiones con las sorprendentes Turbas y —cómo no— por un Festival de Música Religiosa ambicioso y de altísimo nivel, los melómanos de España y de una docena de países de Europa y América peregrinarán esta Semana Santa a la ciudad amurallada que cuelga del acantilado sobre las aguas del Huécar. Antigua y siempre renovada, maleable pero capaz de horadar la piedra, como el agua de este río es la música mística y eterna que cada año un puñado de artistas enamorados de su arte esparce por Cuenca.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
PARADOR DE CUENCA
Paseo Hoz Del Huécar s/n, Convento San Pablo T. 34 (969) 232 320 F. 34 (969) 232 534 www.cuenca@parador.es
Habitación doble durante Semana Santa: 135 euros En plena hoz del Huécar y frente a las casas colgadas de Cuenca, este antiguo convento del siglo xvi ahora funge como hotel y restaurante. Se hizo famoso hace dos años, cuando los príncipes de Asturias pasaron aquí una de las noches de su luna de miel.
PARADOR DE ALARCÓN
Avenida Amigos del los Castillos 3 T. 34 (969) 330 315 F. 34 (969) 330 303 www.alarcon@parador.es
Habitación doble durante Semana Santa: 164 euros En un pueblo de apenas 182 habitantes (llegó a tener 12 mil en la Edad Media) este castillo del siglo viii fue fortaleza árabe y posteriormente símbolo del poderío del marquesado de Villena. Ahora ofrece 10 encantadoras habitaciones entre sus múltiples puertas, torres, atalayas y puentes medievales.
POSADA DE SAN JOSÉ
Julián Romero 4 T. 34 (969) 211 300 F. 34 (969) 230 365 www.posadasanjose.com
Habitación doble de 67 a 77 euros Es un edificio del siglo xvii en el casco antiguo de Cuenca, cuenta con 22 habitaciones, algunas con terraza y la mayoría con vista sobre la Hoz de Huécar.
DÓNDE COMER
MESÓN CASAS COLGADAS
Canónigos s/n T. 34 (969) 223 509 www.mesoncasascolgadas.com
Menú de degustación 30 euros Éste es un buen sitio para degustar platillos típicos de la zona: ajoarriero, venado a las hierbas aromáticas, cordero (excelente), liebre, perdiz, truchas, gazpachos.
EL MIRADOR DE HUÉCAR
Alfonso VIII 81 T. 34 (969) 232 927 miradordelhuecar.restaurantesok.com
De martes a sábados de 13:30 a 16 y de 20:45 a 23 horas, cierran los domingos por la tarde y los lunes Menú de degustación 20 euros Las especialidades de este solicitado establecimiento son el foie gras (de elaboración propia), el ajoarriero, el arroz con bogavante y el rollo ibérico. Alardean también de sus postres de elaboración propia y artesanal como, la tarta de plátano, la Cuajada (receta búlgara) o la leche frita, y de las 25 denominaciones de origen de los vinos de su amplia bodega.
Cuenca está en el centro de Castilla-La Mancha, unos 150 kilómetros al oeste de Madrid, pero las fiestas de la Pasión la ubican en otro planeta, no tocado por los vientos de modernidad y cosmopolitismo que empezaron a soplar desde Europa en el siglo xviii. Las procesiones y el conjunto monumental de Cuenca son para muchos españoles un viaje a su propio pasado remoto, a los abismos de su identidad colectiva, forjada en el yunque oscuro y fanático de zla Contrarreforma.
La vieja ciudad amurallada de Cuenca —Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1996— tiene una riquísima historia: fundada por los romanos, prosperó con los árabes y desde 1177 fue un importante centro militar, comercial y religioso durante cuatro siglos. A lo largo de esos años se construyeron iglesias, conventos, plazas y palacios en lo alto de una muralla empotrada en las dramáticas piedras que caen sobre la hoz del río Huécar. La pobreza de Castilla y el escaso interés de los especuladores inmobiliarios en los años cincuenta y sesenta salvaron la parte antigua de Cuenca de la plaga de destrucción de lo viejo y la construcción de grandes mamotretos que caracterizó al desarrollismo de los últimos años de la dictadura franquista.
Y si bien fue saqueada durante las guerras contra Napoleón y todo lo quemable fue quemado en las iglesias y conventos durante la Guerra Civil, la vieja ciudad de piedra se mantiene viva e impresionante. “En Cuenca no hay monumentos, toda la ciudad es un conjunto monumental”, define el orgulloso conquense e historiador aficionado de su ciudad Pedro Mombiedro.
Mombiedro presentará esta Semana Santa su libro Una mirada al Festival de Música Religiosa, en el que cuenta la interesante historia de uno de los festivales más originales de Europa, que ha puesto a Cuenca en el mapa de investigadores, intérpretes, compositores y amantes de la música clásica, usando de una manera muy moderna el tesoro patrimonial de Cuenca y la maravilla de su Semana Santa. Por si la singularidad de la arquitectura conquense, sus paisajes de ensueño y lo impresionante de su Semana Santa no bastaran, cada vez más melómanos de España y el mundo acuden a la ciudad para una exquisita celebración anual de los oídos y el espíritu.
Conmoción musical para Semana Santa
La Semana de Música Religiosa de Cuenca fue creada en 1962 por el amante del arte español Antonio Iglesias. “Iglesias lo consideró un sitio ideal para un festival de música del Siglo de Oro español, porque Cuenca conservaba el sabor de esa época”, dice Mombiedro. “En los sesenta, España estaba cerrada, imperaba el nacional-catolicismo de Franco, y el hecho de que fuera un festival de música religiosa en un lugar apartado de las grandes ciudades le permitió a Iglesias hacer cosas que no le habrían autorizado”. Entre otras, traer a España a exiliados políticos, como el gran compositor Cristóbal Halffter, refugiado en México tras la Guerra Civil; programar música de la gran tradición protestante; y juntar a los músicos asfixiados por la mediocridad del régimen con los grandes musicólogos e intérpretes europeos, que estaban empezando a recuperar el enorme legado de la música antigua y barroca española.
Las líneas maestras del festival siguen tal y como las trazó Iglesias, quien lo dirigió desde su inicio hasta 1981. Cada año coincide con las celebraciones de Semana Santa, se desarrolla en pequeñas y grandes iglesias de la ciudad, en conventos y salones palaciegos transformados en espacios para el arte —y desde su construcción en 1994, en el moderno Auditorio de la ciudad—. Desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Pascua, quienes asisten al festival pueden combinar procesiones y la visita a la ciudad, y a unos alrededores llenos de bosques y formaciones rocosas con la asistencia a conciertos de música vocal e instrumental, que van desde el siglo xiv hasta encargos especiales compuestos el mismo año de su interpretación.
Sin ir más lejos, el año pasado la compositora y soprano española Pilar Jurado estrenó en el festival un Sabat Mater desgarrador, donde mezcló la tradicional letanía en latín de la Virgen María por su hijo muerto con fragmentos del emotivo discurso que cuatro meses antes había pronunciado Pilar Manjón, la presidenta de la Asociación de Familiares de Víctimas del 11 de Marzo de 2004 y madre de un adolescente muerto en uno de los trenes donde explotaron las bombas de Al Qaeda. Ese Sabat Mater dolorosamente contemporáneo terminaba con un llamado de la madre joven surcada de arrugas del más cruel dolor: “Con la autoridad moral que ostentamos, la que jamás nos podrán usurpar, les exigimos que no nos manipulen”.
Año con año se va ampliando la oferta musical —el próximo festival tendrá 22 conciertos— y también se vuelve más abierto el significado de la palabra “religioso”. El actual director, Antonio Moral, considera que para que conserve su identidad y siga teniendo sentido en esa ciudad y esa época singular, la Semana de Música Religiosa debe centrarse en la producción europea de raíz cristiana, pero ha ido incorporando desde 2001 piezas instrumentales que resuman espiritualidad, como las suites para violoncello solo o, este año, las sonatas y partitas para violín, ambas de Johann Sebastian Bach.
Buscando en Cuenca una experiencia similar a la que encuentran otros en los grandes festivales de rock o de jazz, el joven físico madrileño Óscar del Canto se subió a su coche en la capital española un sábado de 2001 con un grupo de amigos. “Era el primer año de Moral, y daban una Pasión según San Mateo, de Bach, con un director que en principio no me entusiasmaba mucho, el británico Roger Norrington, y la Orquesta del Siglo de las Luces”. Pero Óscar y sus amigos apuraron las tres horas hasta Cuenca y entraron al auditorio a lo que se acabaría convirtiendo en “una de las experiencias más maravillosas de mi vida”.
“Desde el primer acorde, la interpretación era tan inspirada que me parecía que escuchaba la música por primera vez. Salimos del auditorio en estado de gracia, y fuimos a comer a un pequeño restaurante donde tomamos —todos menos el conductor— uno de los exquisitos vinos que sirven en los buenos lugares de Cuenca. Llegamos de vuelta a Madrid a las 3 de la mañana, se relame Óscar.
Yo tuve una experiencia similar el año pasado, en mi primera peregrinación a Cuenca y al festival. De hecho, fueron dos: al mediodía del Miércoles Santo, subiendo por las escaleras de piedra hasta el último piso del antiguo Convento de las Carmelitas, hoy Fundación Antonio Pérez, con una vista sobrecogedora al Huécar y los prados cultivados en las laderas más allá, un concierto del prodigioso clavecinista francés Pierre Hantaï, que plasmó una versión profunda y vertiginosa de las Variaciones Goldberg de Bach. Y dos días más tarde, el joven director italiano especializado en rescates del barroco Antonio Florio con su Capella de la Pietá de Turchini interpretaron el Sabat Mater de Pergolesi con una belleza y una capacidad de comunicar el patetismo de la obra que me caló hasta los huesos. Al terminar, pasaron unos segundos de silencio total hasta que se desataron, casi en unísono, los atronadores aplausos.
Congelemos la escena en el auditorio, y déjenme que les describa lo que se ve desde mi asiento, para que entiendan mejor de lo que estoy hablando: sobre el escenario, los músicos son casi todos jóvenes, y llevan el uniforme de estos conciertos: camisa negra abierta en los caballeros, modestos vestidos largos para la mayoría de las damas. En la sala apenas se ve una corbata; hay más barbas blancas que en una convención de Santa Closes, pero también proliferan los jóvenes blandiendo partituras gastadas, entremezclados con curas y melómanos de Cuenca que aprovechan sobre todo los numerosos conciertos gratuitos. A primera vista este público se parece más al del buen jazz que a los oropeles que suelen lucirse en la platea de los teatros de ópera.
Muchos de estos locos de Cuenca son como Óscar del Canto: apasionados de la música clásica como experiencia cercana a lo místico que viajan a Salzburgo a ver las grandes óperas de Mozart o Verdi, o peregrinan a Bayreuth, donde cada verano se dan las mismas diez obras de Wagner con los mejores cantantes del planeta. Pero también confluyen en los conciertos visitantes que acuden a Cuenca principalmente para pasear por las callecitas de la ciudad, comer de maravilla y alucinar con las multitudinarias procesiones, y sobre todo con la increíble procesión de las Turbas.
Procesiones y otros paisajes abstractos
Imagínense la escena: a las cinco de la mañana —y en marzo hace un frío que pela— seis mil personas se agolpan en la entrada de la catedral y por las calles de la ciudad antigua y de la nueva, del otro lado del Huécar. Los devotos, bajo sus capuchas y túnicas moradas, llevan en hombros una gigantesca plataforma con la estatua de un enorme Jesús caído, con la Verónica enjugándole las lágrimas sangrientas. Los siguen centenares de penitentes con más túnicas y capuchas, con tambores monótonos, con frío y con sueño. Pero a su encuentro sale de las tabernas y antros profanos una anti-procesión de “turbos” enfiestados. Son conquenses creyentes que desde el principio de los tiempos escenifican la mofa de los romanos y los judíos hacia el Mesías crucificado. Los turbos gritan, blasfeman, imitan sonidos indignos, soplan cornetas destempladas, toman sin mesura de rebosantes botas de vino y vuelven cada año a escenificar el descontrol báquico que era parte del control medieval.
Es de esos espectáculos difíciles de creer si uno no los ha visto: desde las cinco de la mañana del Viernes Santo y por las siguientes ocho horas, miles de vecinos de la ciudad más católica de España y tal vez del mundo, gritan, cantan y hacen sonar destemplados cuernos y ruidosas matracas para “burlarse” de Jesús en un extraño y único espectáculo, que representa al pueblo que dio la espalda al Salvador, pero también se percibe como un rugido de alivio entre tanto cura, rezo, capucha y culto al dolor.
Y al día siguiente, todos a misa.
Pedro Mombiedro, el historiador aficionado, afirma que el embrujo de Cuenca está en esa unión de lo devoto y lo profano, lo viejo de la ciudad alta y lo nuevo de los edificios en el llano, cruzando la dramática hoz del río. El primer impacto, y el más fuerte, es el mazazo visual de encontrarse frente a una ciudad con casas colgadas que parece brotada de la imaginación de algún Tolkien hispánico.
“De hecho, la música no es lo central en Cuenca, sino la pintura. Fueron los pintores y escultores vanguardistas quienes a mediados del siglo xx eligieron Cuenca para instalarse y pintar”. La estación preferida de Mombiedro es el otoño, con sus infinitos tonos de amarillos y ocres, pero los paisajes lucen también en la época del festival, el comienzo de la primavera. Cuando fui para el festival del año pasado, que cayó en marzo, los árboles estaban estrenando hojas de un verde intenso, los campos desperezaban flores amarillas y a media hora de Cuenca, sólo se escuchaban las canciones del arroyo y de los pájaros. Fui con mi hijo de 11 años a cabalgar bordeando el Huécar, y por una hora me pareció como si la Revolución Industrial nunca hubiera ocurrido.
En los descansos del festival alcanzamos también a visitar dos ciudades romanas bien preservadas: Segóbriga y Valeria, cuyas ruinas monumentales fueron saqueadas para extraer piedra para construcción pero no se les construyó ninguna ciudad encima. Otro día, realizamos un divertido recorrido cervantino por cuatro sitios con molinos de viento —los mejor conservados están a una o dos horas de Cuenca— y por tabernas, posadas y castillos como los que fueron testigos de las hazañas del ingenioso hidalgo. Si va con niños, tampoco debe perderse la Ciudad Encantada, una juguetona formación natural de piedras horadadas por el agua y el viento a poco más de 20 minutos de Cuenca.
Tal vez estos paisajes sean el motivo por el cual se instalaron en Cuenca pintores y escultores abstractos como Antoni Tapies Fernando Zobel y Manuel Millares, entre otros. El mismo año en que nació la Semana de Música Religiosa, abrió sus puertas el único Museo de Arte Abstracto de España en la más famosa casa colgante de la ciudad, el viejo palacio de Alfonso VIII asomado al promontorio que cae al río frente al magnífico convento que es ahora Parador Nacional (hotel y restaurante de lujo). En el edificio del museo —de áspera piedra, como todo Cuenca— las paredes muestran lo mejor de la pintura no figurativa española y cada tanto interrumpen la sucesión de lienzos unas ventanas pequeñas que abren la vista al abismo.
Así es Cuenca, donde lo viejo es bien viejo y lo nuevo es muy nuevo. No han intentado una mezcla de los dos sino que conviven y siguen dejando al visitante perplejo con esa yuxtaposición. La ciudad tallada en la roca fue denostada por los modernos de antes de la Guerra Civil como el símbolo de la España rancia y medieval que querían dejar atrás. Y hoy ése es precisamente su encanto. No es antigua de diseño como Barcelona ni moderna a punta de chequera como Valencia: es vieja de solemnidad, con olor a incienso mezclado con aroma de sopa espesa de la abuela.
“¡Sorpréndenos, Antonio!”
Óscar del Canto, el melómano madrileño, no siente ninguna vergüenza al manifestar que le apasionan por igual la música y la cocina manchega. Su plato favorito es el ajoarriero, una mezcla de bacalao, papa y ajo, pero rechaza los restaurantes “modernos que todo lo muelen y lo mezclan en una máquina y lo hacen puré”. En su añorada Posada de San José, en el centro del viejo Cuenca, los dueños Jennifer y Antonio “lo cortan todo a mano y uno va comiendo y se encuentra con los pedacitos del bacalao, de la papa, es delicioso...”?.
En Cuenca hay que probar también el morteruelo, un plato de carnes de caza maceradas con especies y canela. Junto con el ajoarriero es el plato estrella de la cocina de esta región.
Otro de los platos favoritos de Óscar es el arroz con bogavante que sirven en el Mirador del Huécar, cuya carta de vinos también recomienda. El físico madrileño y sus amigos tratan al dueño del Mirador, Alfonso, como si fuera de la familia. Al llegar casi de medianoche, empapados de música celestial, lanzan un desafío que debe dejar helado de terror al cocinero: “¡Sorpréndenos, Alfonso!”
La frase también se podría aplicar al hombretón barbudo y con cara de sabio tranquilo que es Antonio Moral. El público regular del festival es conocedor y exigente, y cada año parecen pedirle: “¡Sorpréndenos, Antonio!”. Tras 45 Semanas conquenses, podría parecer que la mayoría de las obras valiosas del repertorio clásico religioso ya pasaron por el festival. Y sin embargo, los cuatro directores que ha tenido hasta ahora se han afanado en traer siempre nuevas obras, nuevos intérpretes, nuevas versiones a los oídos expertos.
Una de las apuestas fuertes de cada año son los estrenos. En Cuenca han estrenado obras Joaquín Rodrigo, Frederic Mompou, Cristóbal Halffter y prácticamente todos los compositores españoles de cierta importancia de la segunda mitad del siglo.
Hace tres años, Antonio Moral comenzó a encargar obras también a reputados compositores internacionales. El año pasado, el compositor místico inglés Sir John Tavener, convertido a la iglesia ortodoxa oriental, estrenó en Cuenca su complejo y fulgurante Cantus Mysticus para soprano, clarinete y orquesta. Joan Enric Lluna, el mejor clarinetista español, y la soprano filipina Patricia Rosario, intérprete habitual en las grabaciones de Tavener, se lucieron en la obra, que combina una profunda religiosidad con una saludable dosis de humor. Este año el Cuarteto de Tokio, uno de los tres o cuatro más apreciados por la crítica especializada, estrenará el Cuarteto número 3 Primera Luz, de la compositora norteamericana Lera Auerbach. “Es una compositora joven, con una obra de un fuerte carácter místico”, apunta Moral, “y creo que hará una buena ‘pareja’ con el compositor español Eduardo Rincón, de 81 años”, cuya Sinfonía bíblica para soprano, barítono, coro y orquesta tocará la Orquesta y el Coro Nacionales de España en el concierto inaugural. Quitar si no cabe.
Otro de los puntos fuertes del festival son las recuperaciones, que muchas veces implican un serio trabajo de investigación musicológica. Este año quienes acudan a Cuenca podrán trasladarse a 1715 y escuchar el oratorio sacro La gloria de los santos, de Pere Rabassa, y una selección de motetes, antífonas y responsorios de olvidados compositores del siglo xvii, como Carlos Patiño, Cristóbal Galán o Sebastián López de Velasco. En ambos casos, será la primera vez que se escuchen estas obras desde la época de su composición.
Una excelente apuesta del festival es la inclusión en los últimos años de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), compuesta por selectos estudiantes de los mejores conservatorios del país. El año pasado la dividieron en dos, y una parte tocó obras clásicas, románticas y contemporáneas bajo la dirección del maestro italiano Riccardo Frizza. Dos días antes, me tocó sentarme en la misma fila del Auditorio con estos músicos adolescentes mientras alentaban a sus compañeros del segundo grupo. Éstos interpretaron un programa barroco bajo la dirección del multipremiado e iconoclasta director Fabio Biondi. Allí pude constatar la importancia de esta apuesta por la educación musical. Algunos de los chicos no habían salido nunca de su provincia sin sus padres, y me decían que sus días en Cuenca les estaban cambiando la vida. Y este año la apuesta es —musicalmente— aún mayor: La jonde tocará una de las más importantes obras religiosas de los últimos 30 años, la Pasión según San Lucas, del polaco Krzysztof Penderecki, bajo la dirección y con la inapreciable guía del mismo compositor.
Óscar del Canto ya sabe qué obra no se perderá este año: la Novena Sinfonía de Gustav Mahler interpretada por la Orquesta Sinfónica de Berlín dirigida por Eliahu Inbal. “Es la última, con un pie casi en la tumba, y es la única de sus sinfonías que no tiene una referencia religiosa en el título”, comenta Moral, “pero siempre me pareció una obra de una hondura espiritual tremenda”.
Y en el Año Mozart (250 años de su nacimiento), el director artístico ha programado casi todas sus grandes misas y obras religiosas junto con un regalo raro y que casi no se interpreta: la versión que Mozart hizo de El mesías de Haendel. “Al ‘mozartizarlo’ lo transformó en otra obra, con otro pulso y otro sabor”, asegura Antonio Moral. Habrá que oírlo.
Por la arquitectura escarpada de Cuenca, por el romántico encanto de sus bosques y remansos fluviales, por su exquisita gastronomía, por el Museo de Arte Abstracto, por las tradicionales procesiones con las sorprendentes Turbas y —cómo no— por un Festival de Música Religiosa ambicioso y de altísimo nivel, los melómanos de España y de una docena de países de Europa y América peregrinarán esta Semana Santa a la ciudad amurallada que cuelga del acantilado sobre las aguas del Huécar. Antigua y siempre renovada, maleable pero capaz de horadar la piedra, como el agua de este río es la música mística y eterna que cada año un puñado de artistas enamorados de su arte esparce por Cuenca.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
PARADOR DE CUENCA
Paseo Hoz Del Huécar s/n, Convento San Pablo T. 34 (969) 232 320 F. 34 (969) 232 534 www.cuenca@parador.es
Habitación doble durante Semana Santa: 135 euros En plena hoz del Huécar y frente a las casas colgadas de Cuenca, este antiguo convento del siglo xvi ahora funge como hotel y restaurante. Se hizo famoso hace dos años, cuando los príncipes de Asturias pasaron aquí una de las noches de su luna de miel.
PARADOR DE ALARCÓN
Avenida Amigos del los Castillos 3 T. 34 (969) 330 315 F. 34 (969) 330 303 www.alarcon@parador.es
Habitación doble durante Semana Santa: 164 euros En un pueblo de apenas 182 habitantes (llegó a tener 12 mil en la Edad Media) este castillo del siglo viii fue fortaleza árabe y posteriormente símbolo del poderío del marquesado de Villena. Ahora ofrece 10 encantadoras habitaciones entre sus múltiples puertas, torres, atalayas y puentes medievales.
POSADA DE SAN JOSÉ
Julián Romero 4 T. 34 (969) 211 300 F. 34 (969) 230 365 www.posadasanjose.com
Habitación doble de 67 a 77 euros Es un edificio del siglo xvii en el casco antiguo de Cuenca, cuenta con 22 habitaciones, algunas con terraza y la mayoría con vista sobre la Hoz de Huécar.
DÓNDE COMER
MESÓN CASAS COLGADAS
Canónigos s/n T. 34 (969) 223 509 www.mesoncasascolgadas.com
Menú de degustación 30 euros Éste es un buen sitio para degustar platillos típicos de la zona: ajoarriero, venado a las hierbas aromáticas, cordero (excelente), liebre, perdiz, truchas, gazpachos.
EL MIRADOR DE HUÉCAR
Alfonso VIII 81 T. 34 (969) 232 927 miradordelhuecar.restaurantesok.com
De martes a sábados de 13:30 a 16 y de 20:45 a 23 horas, cierran los domingos por la tarde y los lunes Menú de degustación 20 euros Las especialidades de este solicitado establecimiento son el foie gras (de elaboración propia), el ajoarriero, el arroz con bogavante y el rollo ibérico. Alardean también de sus postres de elaboración propia y artesanal como, la tarta de plátano, la Cuajada (receta búlgara) o la leche frita, y de las 25 denominaciones de origen de los vinos de su amplia bodega.
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