
Mapa musical del metro de París
Para tocar en los túneles subterráneos de París hace falta pasar audiciones periódicas, y demostrar una clara voluntad de innovar. Lo notarán quienes decidan detenerse a escuchar en serio, y más aún quienes logren seguirle la pista a sus músicos favoritos, ya que del metro han salido figuras que hemos escuchado en discos y escenarios de todo el mundo.
Los músicos que tocan en los pasillos subterráneos del metro parisino dan vida a los vetustos y mal iluminados corredores y animan el trayecto de los transeúntes. “Cuando me gusta lo que tocan suelo darles un euro, pues lo considero un servicio”, dice Pascale, tras dejar una moneda en una canastita dispuesta para tal efecto frente a un grupo de música andina. Sin embargo, la gran parte de los 4 millones y medio de usuarios de esta red de transporte, la más densa del mundo, rara vez se detiene a escuchar a los músicos y muy pocos les dejan monedas. “Ellos no lo hacen por dinero, aunque a algunos no les va nada mal”, afirma Antoine Naso, agente de los artistas de la RATP (red de transporte a la que pertenece el metro). Es sobre todo un escenario para darse a conocer y hacer contactos, muchos obtienen contratos para tocar en fiestas, bodas, eventos municipales.
Algunos han llegado a la fama, como los cantantes Alain Souchon y Lââm, el saxofonista camerunés Manu Dibango, creador del género makossa, o el guitarrista de origen nigeriano Keziah Jones, entre muchos otros. El senegalés Chérif M’Baw, por ejemplo, le debe al metro hasta a su esposa, una admiradora que venía a escucharlo con frecuencia; un muy buen día un productor musical se fijó en él, grabó ya un disco con Sony y se ha presentado en el Olympia de París, una sala de conciertos adonde llegan sólo los consagrados.
Permiso para tocar
No cualquiera puede ostentar el título de músico del metro parisino. Para ello, es necesario haberse presentado a una de las dos audiciones anuales —primavera u otoño—, pasar el examen de admisión y pagar 16 euros por el expediente para tener una credencial que autoriza a amenizar a los viajeros. Más de mil aspirantes se presentan al concurso, organizado por una oficina creada en 1997 llamada Espace Métro Accords (EMA). El jurado está compuesto por los propios empleados de la ratp y sólo se otorgan 350 permisos. “Se evalúa la calidad musical, la presentación y la motivación del artista, y quienes ya están autorizados pasan a audición cada seis meses para renovar su permiso, con el fin de que renueven su repertorio”, dice Antoine Naso, fundador y responsable de esta entidad, quien se presenta como un guitarrista sin pretensiones: “Si yo mismo me presentara a una audición de las que organizo, no figuraría ni entre los finalistas”.
“Cuando nos lo solicitan directamente, ponemos en contacto a los músicos con quienes se interesan en contratarlos; la RATP no es una agencia de artistas intermitentes pero nos ocupamos de nuestra célula artística de manera seria y gratuita”, asegura Naso. El modelo funciona tan bien que otros metros del mundo —Rotterdam, Londres, Tokio y recientemente Madrid—, han solicitado la experiencia de ema para aplicarlo.
En los pasillos subterráneos se encuentran sobre todo solistas (65%), seguidos por grupos (22%) y por último dúos y tríos (13%). “Quienes más dinero reciben son los grupos, pero tienen que distribuirlo entre todos”, explica el responsable de ema. La ganancia diaria puede ir de 15 a 100 euros por unas tres horas de tocada pero todos los entrevistados insistieron con una sonrisa más bien pícara en que eso no es lo importante… no sea que el fisco francés lea este reportaje.
La mayoría de ellos son extranjeros (54.3%), gran parte vienen de Sudamérica, Europa del Este, África y Norteamérica, “pero últimamente hemos tenido muchas solicitudes de chinos y japoneses, será porque muchos medios extranjeros han hablado de este fenómeno artístico”, anota Antoine Naso, quien agrega que uno de los estilos más en boga es el rock. Sin embargo, en el metro hay de todo y en un pasillo lo mismo se escucha a un saxofonista que tres más allá un conjunto de cámara, y no es raro encontrar marionetistas, bailarines, payasos, magos… ésta es la gran riqueza de algunas de las estaciones más concurridas.
La sorpresa es otro atributo de estos espectáculos subterráneos. Ningún artista tiene lugar, día ni horario fijos. Aunque los días que más artistas se instalan en el metro son los martes, miércoles y viernes, entre las 15:30 y las 20 horas, y sólo los grupos suelen conquistar un territorio más o menos establecido.
Músicos a rastrear
El ritmo de la música latinoamericana que interpreta el Grupo Cenizas, así como el buen sitio que han escogido para tocar —un espacio amplio, con escaleras, por donde cruzan varias líneas en la estación Châtelet— les permite retener a un buen número de transeúntes que se sientan en las escaleras para escucharlos. En primera fila, un grupo de clochards borrachines de canas largas y narices rojas, a quienes las autoridades toleran en las estaciones del metro durante el invierno, son los más entusiastas para aplaudir cada vez que termina una pieza, ovación que Lorenzo Montoya, jefe de los músicos, corresponde con una mueca de desencanto.
“Ésta es una buena escuela para los músicos”, dice en cambio Bolero, originario de las Islas Comores, quien toca en la estación Bastille de las 15 a las 19 horas. “La acústica es genial y si el público se detiene es porque tu música le gusta, pues no está aquí porque haya venido a verte.” El compositor e intérprete aprovecha este escenario subterráneo mientras se prepara para presentarse a un concurso el próximo mes de abril, convocado por Radio France Internacional, para grabar un disco. “Mis canciones las compongo con todos los que pasan, lo que canto me sale del corazón. Que alguien se detenga a sólo dos metros para escucharme me permite estar en estrecho contacto con el público, un mínimo gesto me basta y percibo su sinceridad, ¿qué más puede pedir un músico?”
Carl toca el saxofón en el metro Châtelet desde hace año y medio y el día que lo encuentro está parado en una esquina de esta estación, probablemente la más concurrida de las 380 que forman la red, acompañado de un cachorro que espera dormitando a su lado, con una pata delatora fuera de un maletín. En general prefiere la estación de Concorde, pero dice que los rincones para instalarse ahí están muy peleados y un solista tiene poca oportunidad de imponerse. Carl se gana la vida tocando en bares de jazz pero viene a ensayar a los pasillos del subterráneo, cuya acústica le parece ideal.
Los músicos de Lviv: Bohdan, Vasyl, Mykola, Volodymir, Oleg, Ighor, Yaroslav, Ivan, todos ucranianos, interpretan en las estaciones de Trocadéro o Concorde un florilegio de música y canciones de la tradición eslava, y compensan con su alegre ritmo todo lo que tendrían que decirme, pues no hablan francés. Mientras que Daniel Krenicki canta en las estaciones Bastille o Gare de Lyon los lunes, martes y jueves de 16:30 a 19 horas, un repertorio de clásicos de la canción francesa (Piaf, Georges Bressens, Jacques Brel) que no tienen pierde. “Prefiero interpretar algo que la gente reconozca, pues esto la atrae más, aunque también tengo mis propias composiciones.” A diferencia de otros músicos que consideran al metro como una simple pasarela, a Daniel le molesta la indiferencia de quienes se pasan de largo frente a él, más atentos a los letreros de la dirección que tienen que seguir para tomar el siguiente metro. Bueno o malo, eso es lo de menos, “lo importante es practicar: si no canto, me muero”.
André Lartigue mira con el rabillo del ojo a los que pasan a su lado en la estación Franklin Roosevelt y se divierte acercándose de un salto, con un acorde dramático, a una chica que camina ensimismada, quien brinca de la sorpresa y le responde con una sonrisa. Él ameniza la red del metro con su acordeón desde hace 25 años y asegura que gracias a este escenario urbano trabaja en numerosos eventos particulares.
Un grupo que hace el trayecto subterráneo placentero es el de Vanupie, en la estación République, cuatro jóvenes equipados con contrabajo, guitarra, violón y saxofón que ponen gran ambiente al ritmo de un género que ellos llaman “canción francesa en fondo de jazz con connotación gitana”. No sé si todo eso van a poner en la portada del disco que anuncian ya para septiembre; por ahora prueban suerte, empiezan a darse a conocer y se muestran muy contentos con la respuesta del público. En cuanto a la ganancia al final de la jornada, Jean Christophe me cuenta que les va muy bien cuando están los cuatro: “la gente nos toma más en serio, ‘ah, estos sí son músicos’, se dicen; en cambio, cuando sólo venimos uno o dos es variable, a veces sacamos 50 euros, otras ni tres. De todas formas no hacemos esto por ganar dinero sino para darnos a conocer; de hecho, muy pocos músicos en el metro tocan para comer”.
Cactus, un grupo de música tradicional andina que se presenta ahora en Montparnasse de martes a sábados de 15 a 19 horas, es uno de los más antiguos, con más de 20 años en el escenario del metro parisino. Cuenta entre sus intérpretes con peruanos, bolivianos, chilenos, ecuatorianos, mexicanos y hasta franceses. “Somos más de treinta y nos turnamos en función de los días y compromisos que tenemos que cumplir”, dice Lucho Deza, quien se presenta orgullosamente como “el más viejo del grupo”, es decir, que está desde el 85. “Tocar en el metro forma parte de nuestros ensayos diarios y el que salgan contactos es aleatorio, en un mes podemos no tener ninguno y en un solo día hasta tres.” Quenas, charangos, guitarras, zampoñas, antaras y percusiones son los instrumentos típicos que acompañan sus cantos en español, quechua y aymará. “Lo que hemos hecho ha sido resultado de una lucha, y muchos de los que ahora están aquí no se dan cuenta de lo que hemos pasado.” Don Lucho relata que en un tiempo estuvo prohibido tocar en el metro y conquistar este espacio implicó un gran movimiento social. “Artistas de la talla de Renaud y Johnny Hallyday apoyaron nuestra lucha por el derecho de esta expresión artística.”
Entre los cincuenta mejores músicos del metro está sin duda la orquesta de cámara Prélude de París, formada por jóvenes provenientes del mundo entero, algunos profesionales, otros estudiantes, que toca los martes, miércoles y domingos en la estación Châtelet, los jueves y viernes en Gare de Lyon, y los sábados en Trocadero. El colombiano Arturo Ocarte se presenta como el responsable artístico y niega con modestia casi nerviosa el título de “director” de la orquesta. Tal vez le parezca un cargo demasiado pomposo para un escenario como el metro, sin embargo, es uno de los grupos que más público suele tener y según afirma el mismo Ocarte, tocar aquí les ha valido contratos para presentarse en otros continentes. El repertorio de estos músicos es barroco, clásico y romántico, piezas muy conocidas y fáciles. “Éste no es un sitio para venir a escuchar música intelectual, es para que la gente se inicie” y me hace notar lo variado del público que se ha detenido: una señora con una maleta de viaje, un elegante señor en traje y corbata, un clochard, muchos jóvenes y gente con sus bolsas de las compras. “Gente que nunca estaría concernida por el mismo tema se reúne en torno a la música, la cual no puede atraparse, es subversiva por naturaleza.”.
Correspondencias, el primer
disco de los músicos del Metro
14 músicos del metro parisino —tantos como líneas tiene la red— grabaron en 2003 un disco que refleja la riqueza multiétnica y la calidad de los conciertos de estos pasajes subterráneos: África, América del Sur, Europa del Este y desde luego la canción francesa están presentes en este compacto. El jurado estuvo formado por músicos como Albert Algoud, Ménélik, Georges Moustaki y Alain Poulanges, por mencionar sólo a algunos. El CD puede adquirirse en Francia en las tiendas de discos y libros Virgin y Fnac, así como en las tiendas de la RATP. Es posible escuchar extractos del contenido y hasta telecargarlo en la siguiente dirección: www.ratp.fr/kiosque/une/1525.shtml
Algunos han llegado a la fama, como los cantantes Alain Souchon y Lââm, el saxofonista camerunés Manu Dibango, creador del género makossa, o el guitarrista de origen nigeriano Keziah Jones, entre muchos otros. El senegalés Chérif M’Baw, por ejemplo, le debe al metro hasta a su esposa, una admiradora que venía a escucharlo con frecuencia; un muy buen día un productor musical se fijó en él, grabó ya un disco con Sony y se ha presentado en el Olympia de París, una sala de conciertos adonde llegan sólo los consagrados.
Permiso para tocar
No cualquiera puede ostentar el título de músico del metro parisino. Para ello, es necesario haberse presentado a una de las dos audiciones anuales —primavera u otoño—, pasar el examen de admisión y pagar 16 euros por el expediente para tener una credencial que autoriza a amenizar a los viajeros. Más de mil aspirantes se presentan al concurso, organizado por una oficina creada en 1997 llamada Espace Métro Accords (EMA). El jurado está compuesto por los propios empleados de la ratp y sólo se otorgan 350 permisos. “Se evalúa la calidad musical, la presentación y la motivación del artista, y quienes ya están autorizados pasan a audición cada seis meses para renovar su permiso, con el fin de que renueven su repertorio”, dice Antoine Naso, fundador y responsable de esta entidad, quien se presenta como un guitarrista sin pretensiones: “Si yo mismo me presentara a una audición de las que organizo, no figuraría ni entre los finalistas”.
“Cuando nos lo solicitan directamente, ponemos en contacto a los músicos con quienes se interesan en contratarlos; la RATP no es una agencia de artistas intermitentes pero nos ocupamos de nuestra célula artística de manera seria y gratuita”, asegura Naso. El modelo funciona tan bien que otros metros del mundo —Rotterdam, Londres, Tokio y recientemente Madrid—, han solicitado la experiencia de ema para aplicarlo.
En los pasillos subterráneos se encuentran sobre todo solistas (65%), seguidos por grupos (22%) y por último dúos y tríos (13%). “Quienes más dinero reciben son los grupos, pero tienen que distribuirlo entre todos”, explica el responsable de ema. La ganancia diaria puede ir de 15 a 100 euros por unas tres horas de tocada pero todos los entrevistados insistieron con una sonrisa más bien pícara en que eso no es lo importante… no sea que el fisco francés lea este reportaje.
La mayoría de ellos son extranjeros (54.3%), gran parte vienen de Sudamérica, Europa del Este, África y Norteamérica, “pero últimamente hemos tenido muchas solicitudes de chinos y japoneses, será porque muchos medios extranjeros han hablado de este fenómeno artístico”, anota Antoine Naso, quien agrega que uno de los estilos más en boga es el rock. Sin embargo, en el metro hay de todo y en un pasillo lo mismo se escucha a un saxofonista que tres más allá un conjunto de cámara, y no es raro encontrar marionetistas, bailarines, payasos, magos… ésta es la gran riqueza de algunas de las estaciones más concurridas.
La sorpresa es otro atributo de estos espectáculos subterráneos. Ningún artista tiene lugar, día ni horario fijos. Aunque los días que más artistas se instalan en el metro son los martes, miércoles y viernes, entre las 15:30 y las 20 horas, y sólo los grupos suelen conquistar un territorio más o menos establecido.
Músicos a rastrear
El ritmo de la música latinoamericana que interpreta el Grupo Cenizas, así como el buen sitio que han escogido para tocar —un espacio amplio, con escaleras, por donde cruzan varias líneas en la estación Châtelet— les permite retener a un buen número de transeúntes que se sientan en las escaleras para escucharlos. En primera fila, un grupo de clochards borrachines de canas largas y narices rojas, a quienes las autoridades toleran en las estaciones del metro durante el invierno, son los más entusiastas para aplaudir cada vez que termina una pieza, ovación que Lorenzo Montoya, jefe de los músicos, corresponde con una mueca de desencanto.
“Ésta es una buena escuela para los músicos”, dice en cambio Bolero, originario de las Islas Comores, quien toca en la estación Bastille de las 15 a las 19 horas. “La acústica es genial y si el público se detiene es porque tu música le gusta, pues no está aquí porque haya venido a verte.” El compositor e intérprete aprovecha este escenario subterráneo mientras se prepara para presentarse a un concurso el próximo mes de abril, convocado por Radio France Internacional, para grabar un disco. “Mis canciones las compongo con todos los que pasan, lo que canto me sale del corazón. Que alguien se detenga a sólo dos metros para escucharme me permite estar en estrecho contacto con el público, un mínimo gesto me basta y percibo su sinceridad, ¿qué más puede pedir un músico?”
Carl toca el saxofón en el metro Châtelet desde hace año y medio y el día que lo encuentro está parado en una esquina de esta estación, probablemente la más concurrida de las 380 que forman la red, acompañado de un cachorro que espera dormitando a su lado, con una pata delatora fuera de un maletín. En general prefiere la estación de Concorde, pero dice que los rincones para instalarse ahí están muy peleados y un solista tiene poca oportunidad de imponerse. Carl se gana la vida tocando en bares de jazz pero viene a ensayar a los pasillos del subterráneo, cuya acústica le parece ideal.
Los músicos de Lviv: Bohdan, Vasyl, Mykola, Volodymir, Oleg, Ighor, Yaroslav, Ivan, todos ucranianos, interpretan en las estaciones de Trocadéro o Concorde un florilegio de música y canciones de la tradición eslava, y compensan con su alegre ritmo todo lo que tendrían que decirme, pues no hablan francés. Mientras que Daniel Krenicki canta en las estaciones Bastille o Gare de Lyon los lunes, martes y jueves de 16:30 a 19 horas, un repertorio de clásicos de la canción francesa (Piaf, Georges Bressens, Jacques Brel) que no tienen pierde. “Prefiero interpretar algo que la gente reconozca, pues esto la atrae más, aunque también tengo mis propias composiciones.” A diferencia de otros músicos que consideran al metro como una simple pasarela, a Daniel le molesta la indiferencia de quienes se pasan de largo frente a él, más atentos a los letreros de la dirección que tienen que seguir para tomar el siguiente metro. Bueno o malo, eso es lo de menos, “lo importante es practicar: si no canto, me muero”.
André Lartigue mira con el rabillo del ojo a los que pasan a su lado en la estación Franklin Roosevelt y se divierte acercándose de un salto, con un acorde dramático, a una chica que camina ensimismada, quien brinca de la sorpresa y le responde con una sonrisa. Él ameniza la red del metro con su acordeón desde hace 25 años y asegura que gracias a este escenario urbano trabaja en numerosos eventos particulares.
Un grupo que hace el trayecto subterráneo placentero es el de Vanupie, en la estación République, cuatro jóvenes equipados con contrabajo, guitarra, violón y saxofón que ponen gran ambiente al ritmo de un género que ellos llaman “canción francesa en fondo de jazz con connotación gitana”. No sé si todo eso van a poner en la portada del disco que anuncian ya para septiembre; por ahora prueban suerte, empiezan a darse a conocer y se muestran muy contentos con la respuesta del público. En cuanto a la ganancia al final de la jornada, Jean Christophe me cuenta que les va muy bien cuando están los cuatro: “la gente nos toma más en serio, ‘ah, estos sí son músicos’, se dicen; en cambio, cuando sólo venimos uno o dos es variable, a veces sacamos 50 euros, otras ni tres. De todas formas no hacemos esto por ganar dinero sino para darnos a conocer; de hecho, muy pocos músicos en el metro tocan para comer”.
Cactus, un grupo de música tradicional andina que se presenta ahora en Montparnasse de martes a sábados de 15 a 19 horas, es uno de los más antiguos, con más de 20 años en el escenario del metro parisino. Cuenta entre sus intérpretes con peruanos, bolivianos, chilenos, ecuatorianos, mexicanos y hasta franceses. “Somos más de treinta y nos turnamos en función de los días y compromisos que tenemos que cumplir”, dice Lucho Deza, quien se presenta orgullosamente como “el más viejo del grupo”, es decir, que está desde el 85. “Tocar en el metro forma parte de nuestros ensayos diarios y el que salgan contactos es aleatorio, en un mes podemos no tener ninguno y en un solo día hasta tres.” Quenas, charangos, guitarras, zampoñas, antaras y percusiones son los instrumentos típicos que acompañan sus cantos en español, quechua y aymará. “Lo que hemos hecho ha sido resultado de una lucha, y muchos de los que ahora están aquí no se dan cuenta de lo que hemos pasado.” Don Lucho relata que en un tiempo estuvo prohibido tocar en el metro y conquistar este espacio implicó un gran movimiento social. “Artistas de la talla de Renaud y Johnny Hallyday apoyaron nuestra lucha por el derecho de esta expresión artística.”
Entre los cincuenta mejores músicos del metro está sin duda la orquesta de cámara Prélude de París, formada por jóvenes provenientes del mundo entero, algunos profesionales, otros estudiantes, que toca los martes, miércoles y domingos en la estación Châtelet, los jueves y viernes en Gare de Lyon, y los sábados en Trocadero. El colombiano Arturo Ocarte se presenta como el responsable artístico y niega con modestia casi nerviosa el título de “director” de la orquesta. Tal vez le parezca un cargo demasiado pomposo para un escenario como el metro, sin embargo, es uno de los grupos que más público suele tener y según afirma el mismo Ocarte, tocar aquí les ha valido contratos para presentarse en otros continentes. El repertorio de estos músicos es barroco, clásico y romántico, piezas muy conocidas y fáciles. “Éste no es un sitio para venir a escuchar música intelectual, es para que la gente se inicie” y me hace notar lo variado del público que se ha detenido: una señora con una maleta de viaje, un elegante señor en traje y corbata, un clochard, muchos jóvenes y gente con sus bolsas de las compras. “Gente que nunca estaría concernida por el mismo tema se reúne en torno a la música, la cual no puede atraparse, es subversiva por naturaleza.”.
Correspondencias, el primer
disco de los músicos del Metro
14 músicos del metro parisino —tantos como líneas tiene la red— grabaron en 2003 un disco que refleja la riqueza multiétnica y la calidad de los conciertos de estos pasajes subterráneos: África, América del Sur, Europa del Este y desde luego la canción francesa están presentes en este compacto. El jurado estuvo formado por músicos como Albert Algoud, Ménélik, Georges Moustaki y Alain Poulanges, por mencionar sólo a algunos. El CD puede adquirirse en Francia en las tiendas de discos y libros Virgin y Fnac, así como en las tiendas de la RATP. Es posible escuchar extractos del contenido y hasta telecargarlo en la siguiente dirección: www.ratp.fr/kiosque/une/1525.shtml
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