El poder de brillar en Puerto Rico
Fotografía de José Jiménez Tirado

El poder de brillar en Puerto Rico

En las aguas de una bahía de la encantadora isla puertorriqueña de Vieques, 10 kilómetros al sureste de Isla Grande, un microorganismo conocido como “torbellino de fuego” hace que uno brille como luciérnaga. O meteorito. O una pelota submarina en llamas. Para los niños, la experiencia es indeleble. Para los adultos, también.
La pequeña avioneta que transportaba a nueve personas despegó del Aeropuerto Diego Jiménez Torres, en el pueblo de Fajardo (al extremo este de Puerto Rico), se balanceó en el aire y dejó que adivináramos, desde lo alto, los arrecifes coralinos en el fondo del mar Caribe, en un divertido trayecto que duró unos diez minutos.

Al llegar a la isla sólo se escuchaba el rumor de la vida de los pobladores y, por las playas septentrionales, el clamoreo de las pequeñas olas que llegan a morir en la orilla. El sosiego que se vive en esta isla no tiene que ver con la zona metropolitana puertorriqueña, cargada de ruido, tráfico y mentadas de madre.

Vieques, de 33 kilómetros de largo por 7 de ancho, es una isla municipio del archipiélago de Puerto Rico. Ese extraño país latinoamericano que se llama Estado Libre Asociado, pero que al mismo tiempo representa un territorio estadounidense. Cuidado: para ingresar hay que cumplir con todos los requisitos que se necesitan para entrar a Estados Unidos. Y llevar dinero como si fuese uno a gastar en ese país del norte.

El reciente movimiento pacifista de la isla se apuntó una importante victoria al lograr que en 2003 saliera la Marina de Guerra de Estados Unidos, que por más de 60 años había utilizado esta tierra para practicar maniobras bélicas. Gran parte de los terrenos que antes estaban en manos de las fuerzas armadas ahora son reservas con playas abiertas a toda la familia. Hay vientos favorables para quienes deseen explorarlas. La mejor manera de hacerlo: alquilar un jeep y clavar el pie en el acelerador para recorrer las rutas pavimentadas y sin pavimentar que conducen a los recovecos de esta tierra.

Rara tranquilidad en el Caribe
Los niños Tan y Lucas se revuelcan en la orilla de la Playa Caracas (también conocida como Red Beach). Está limpia, rodeada de mucha vegetación y libre de esas masas de turistas que suelen concentrarse en las bellas playas del Caribe. Es un espacio perfecto para nadar, tomar el sol y relajarse.

Los chicos, ya morenos por el sol, utilizan ramitas de árboles para hacer garabatos indescifrables en la arena.

—¿Qué es lo más que te gusta de esta playa?
—El mar —responde Tan.
—¿Y por qué?
—Porque puedes meterte en el agua.
—¿Y qué es lo menos que te gusta?
—Salirme del mar.

Lucas está de acuerdo con la apreciación lógica de su colega. Sólo que ahora prefiere tumbarse de pecho en la arena para cavar huecos, y jugar a que se le desaparece el brazo derecho en un túnel que ha abierto. Luego excava tan hondo que descubre el agua, y alardea de haber construido su propia piscina.

Su madre, Isabel, suelta una carcajada. “Lo mejor de Vieques es la energía. Los niños la sienten y están felices. Puedes verlo. Este mundo virgen es todo para ellos.” Y confiesa haber sucumbido más de 10 veces a las seducciones del lugar.

A los niños les encanta, de igual modo, la playa Media Luna, al sur de Vieques, a la que se accede por un camino aledaño a la playa Sombe. Se ubica en un espacio de tierra que parece eso mismo, una media luna, y que está rodeado de palmeras. Lo mejor es que no hay piedras, ni corrientes y es bastante llana: uno puede caminar hasta 25 metros mar adentro, y el agua le llegará apenas hasta el pecho.

El jeep se adentra por la carretera 200, rumbo al oeste de la isla, y se abre un camino sin pavimentar. Los manglares se multiplican a ambos lados de la ruta, poblada de diversas especies de animales. Los cangrejos violinistas corretean en el suelo o agitan la pinza enorme, para encantar a las hembras. Una familia de turistas procedente de Nueva York se ha detenido en la vera de la vía para observarlos. Un niño de tres años gobierna el panorama montado en los hombros de su papá.

“No tenemos estos animales en casa, y pensamos que al niño le iba a gustar venir a verlos”, cuenta la madre, Amy Dryer. “Vieques es un buen sitio para enseñar a los niños a ver y a escuchar, porque hay muchos animales llamativos y el sonido de muchos pájaros. Y además es bien seguro.”

Continuamos al oeste, hasta la laguna Kiani. Caminamos por un sendero de tablas desvencijado, por donde podemos asomarnos al agua y apreciar las diferentes especies de mangle que enriquecen el medio ambiente (mangle rojo, blanco, negro y botón). Más allá se encuentra Punta Arenas, el extremo oeste de la isla, un antiguo puerto por donde hasta el siglo pasado se despachaba la caña que aquí se cosechaba. Hoy es una playa donde los puertorriqueños de Isla Grande vienen con sus yates para pasar el día, que no ha sido bien aprovechado si uno no ha conocido el pueblo.

Los de acá
Quien quiera conocer gente local, y no estar solamente entre turistas, que vaya a Isabel II. En la capital del municipio discurre la vida sencilla de los pobladores y se anima la mayor parte del comercio. Es la sede de la calle principal, la plaza y el correo, y del muelle donde fondean los ferries que llegan desde Puerto Rico, y donde los pescadores venden productos frescos.

Isabel II cobija el Museo Fuerte Conde de Mirasol, construido entre 1845 y 1855, por mandato del gobernador español Rafael de Arístegui y Vélez. Sirvió para albergar a las tropas de la milicia que defendían la isla y encarcelar a los separatistas que luchaban por la independencia. Es un bote salvavidas humilde en esta isla que naufraga en la ausencia de espacios importantes para la cultura, como un cine.

El fuerte despliega ocasionalmente obras de artistas locales y de Isla Grande; en diciembre pasado se exhibieron las imágenes de los fotoperiodistas que habían documentado la vida y la muerte de Filiberto Ojeda Ríos, líder del grupo revolucionario Los Macheteros, quien vivía desde 1990 en la clandestinidad y que murió asesinado en septiembre pasado a manos del fbi. La estructura también ofrece libros sobre la historia y la naturaleza de Vieques y Puerto Rico, y es el espacio perfecto para conseguir algunos recuerdos para llevar a casa.

Pero el valor principal del fuerte reside en que expone permanentemente vasijas, herramientas y otros artículos de las diferentes culturas indígenas que poblaron esta isla. Los entendidos sostienen que Vieques fue una importante tierra de cruce o encuentro de caminos durante la época precolombina. Tal vez por eso aquí se encontraron los restos del famoso Hombre de Puerto Ferro, que debió haber vivido hace unos cuatro mil años, y un cóndor tallado en una piedra de jadeíta, que provino de una cultura que había estado en Los Andes, el ambiente natural de ese pájaro. Eso sí, en lugar de permanecer cuidado en un sitio seguro para el beneficio de todos, este último cuelga del cuello de uno de los cuidadores del museo, como cuelga un guanín —el disco dorado que usaban los jefes de tribus indígenas— sobre el pecho de un cacique.

Mientras en Isabel II pululan los lugareños, en el barrio Esperanza se encuentran el movimiento turístico, el malecón, los hoteles y algunos restaurantes. Los locales gastronómicos pueden llevar nombres criollos, tales como Bilí, una bebida alcohólica riquísima, elaborada a base de pulpa de quenepa (Melicocca bijuga, también conocida como “mamón” o “mamoncillo”) que los viequenses preparan aunque lo prohíba el gobierno. Pero también nombres gringos, como Bananas Guest House Bar & Restaurant, que responden a la fuerte presencia estadounidense, que se explica tanto por la historia de la marina de guerra, como por la afluencia de turistas o inmigrantes del norte que cambiaron la vida fría por las jornadas holgadas en traje de baño y sandalias. Es la libre circulación entre ambos países, cuyos habitantes poseen la misma ciudadanía.

A pasos del malecón se anima una fonda popular, atendida por un personaje que se ha hecho legendario en el pueblo, y cuyo nombre no puede ser más sugestivo: “Tito Bloque”. Antiguo vendedor de bloques de construcción, levantó una fonda en la marquesina de su casa, donde insultar es parte del servicio.

“¿Dónde está ese pendejo?”, pregunta, cuando le indican que quiero conocerlo. Luego se da media vuelta para saludarme con un apretón de manos, mientras se explora las encías con un palillo. Y continúa fastidiando a los comensales. Llega una muchacha con una red en la cabeza, para evitar que le caigan cabellos a los alimentos, y toma la orden con una perfecta expresión de “no sonrío ni aunque me obliguen con una pistola en la cabeza”.

El mal gusto gobierna esta marquesina que, de no ser restaurante, sería el espacio donde se guardan los automóviles. En un lado se exhibe un insípido cráneo de toro y, más allá, una extravagante foto coronada con cuernos falsos. En la imagen aparece un ciervo, con el sexo prendido, penetrando a una cierva. Y es en este entorno donde “Tito Bloque” te insulta aunque no te conozca y aunque estés acompañado de tus propios niños. Pero la gente aguanta tanta poca vergüenza porque las empanadillas de langosta, pescado, caracoles y demás son riquísimas.

En realidad Vieques tiene diversas opciones a la hora de seleccionar la gastronomía. Para comida local, hay fondas populares como la de Tito, o el restaurante Bilí, que lleva la comida criolla a niveles más elaborados. Para probar algo nuevo, está el Café Media Luna, en Isabel II, atendido por la chef india Mónica Chitnis y su esposo, Ricardo Betancourt, uno de los fotógrafos puertorriqueños más ejemplares. La novedad radica en que sirven platos internacionales con elementos de oriente, y en que exponen las bellas fotos que Betancourt ha tomado en la India; algo realmente revolucionario en un pueblo donde siempre se ha servido pez frito y empanadillas. Ahí se combinan en un mismo plato lo salado con el dulce, el picante con el agrio, mientras que se usan ingredientes locales, como la piña, la papaya y el aguacate. Y siempre tienen una deliciosa pizza de masa fina, ideal para esos niños cuyos padres no les han enseñado a ampliar el paladar.

Lo mejor de todo: no hay ningún McDonald’s ni negocio de comida rápida multinacional, así que todas las opciones son únicas. Pero el estómago no merece estar lleno si no ha cumplido con el propósito principal del viaje.

Cuerpos encendidos
El “torbellino de fuego” es un microorganismo que, al contacto con algún objeto u otro ser viviente, brilla. Los viajeros se congregan para conocerlo en el local de la compañía de excursiones Island Adventures, en el barrio Esperanza. Los guías explican todos los pormenores de los microorganismos y del viaje, y luego llevan a los visitantes a un autobús que los conduce hasta la bahía. En el camino se puede responder a cualquier tontería: no hay monstruos peligrosos bajo el agua, todo el mundo puede entrar, el chaleco salvavidas sí es obligatorio.

Al llegar encontramos a un grupo de viajeros que también va a conocer a los dinoflagelados pero, en lugar de abordar un bote, lo hace navegando en kayaks, con la compañía Blue Caribe. Quienes abordan estas naves flotantes hacen más ejercicio y aseguran que es más divertido, pero los que viajan en bote no tienen que hundir los pies en la tierra pegajosa cuando entran en la bahía, porque abordan el vehículo subiendo una suerte de puente portátil que los guías han puesto para facilitar el trabajo o evitar las quejas de los “ñoños”. Pero la experiencia de la bioluminiscencia es la misma.

La pequeña embarcación posee un motor eléctrico que hace poco ruido, no contamina y no remueve el fondo del cuerpo acuático —lo que evita que se suspendan partículas que impidan el acceso de luz solar que los microorganismos necesitan durante el día.

¿Y por qué hemos venido a Vieques, si en otros lugares de Puerto Rico se observa el fenómeno? Porque es donde mejor se aprecia, pues hay menos luces de casas y edificios aledaños que empañen el brillo natural de los organismos. Éste es uno de los problemas que enfrenta La Parguera, en el pueblo de Lajas (al sur de Isla Grande), asediada por la contaminación lumínica. Pero la luz artificial no es la única que arruina el viaje. La propia luna puede echarlo todo a perder. Por eso la excursión comienza con la elección de la fecha idónea; o sea, si hay luna nueva, la ocasión es perfecta.

El motor de la embarcación se ejercita y comenzamos a ganar la bahía. La luna creciente influirá un poco en la manera en que observaremos los “torbellinos de fuego”. Pero también hay vientos favorables: las nubes la tapan de repente. Pronto alguien pisotea fuertemente la proa de la embarcación. Los peces huyen espantados hacia adelante, llevándose por medio a los dinoflagelados, que parecen balas encendidas que la embarcación dispara.

¡Ahhh!, exclaman los niños que van encantados en el bote y que no acaban de salir del asombro. Detrás de la popa, una estela de espuma fosforescente entretiene a los viajeros.

El famoso “torbellino de fuego” (Pyrodinium bahamense) es un organismo unicelular microscópico que habita en el trópico y que se reproduce asexualmente. Es mitad animal porque utiliza un flagelo para moverse en el agua, y mitad planta, porque genera su alimento con la luz solar, por medio de la fotosíntesis. Visto en un microscopio, se asemeja a un diamante con rabo.

Al tocarlo, las proteínas luciferina y luciferasa se mezclan y reaccionan produciendo luz. Se trata de un mecanismo de defensa para parecer más grandes cuando se hallan frente a un depredador, pero son totalmente inofensivos.

La Bahía Mosquito propicia grandes concentraciones de estos organismos (medio millón por galón), debido a que el ecosistema es llano y tiene una entrada al mar pequeña, que evita la dispersión de los dinoflagelados. Además está flanqueada por mangles, que la protegen y producen la materia orgánica que necesitan para vivir.

Elizabeth García siempre había venido a introducir la mano en las aguas de la bahía, pero nunca había navegado en ella (un pecado para una isleña). Se ha redimido trayendo a tres niños y a una niña para que conozcan la experiencia de la que ella se había privado.

“A todos los niños les encanta ver las cosas que brillan”, dice Elizabeth. “Y ahora que ven la bahía no quieren irse, quieren experimentar las cosas por su cuenta. Es una de las mejores formas de aprender sobre ecología y sobre la importancia de proteger la naturaleza. ¡Y hay tan pocos sitios como éste!” Pero experimentar las cosas por cuenta propia no significa navegar en kayak o en bote, sino lanzarse al agua tibia.

Uno se desviste, se lanza, y de inmediato se transforma en meteorito de cola larga. Y resurge a la superficie. Empieza a agitar las extremidades. Los brazos y las piernas están en llamas. Si es niño o tiene un corazón lúdico puede jugar a que es un superhéroe a quien le fue dado el poder de lanzar fuego. Cuando saca los brazos del agua, es como si de éstos cayeran millones de diminutas estrellas fugaces.

No tienen por qué arruinar el juego unos pocos destellos de luna, si los hay. Si nada uno hacia el bote y se mete debajo de éste, en un espacio cóncavo, es como si entrara a una oscura cueva submarina. Los dinoflagelados se presentan ahí en todo su apogeo.

Al volver a ganar la bahía, uno se zambulle y llena la boca de agua. Cuando escupe lo hace como un dragón que bota una sustancia mágica verde-amarilla. Y entiende que uno y las luciérnagas marinas se han compenetrado. Han sido la misma cosa. Y por eso en casa, el recuerdo de la bioluminiscencia en Vieques sigue volando en la memoria.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar
El avión es la manera más rápida de acceder a la isla. La única aerolínea local, Vieques Air Link (T. (787) 741 8331; www.vieques-island.com), es la que vuela a más aeropuertos dentro de Puerto Rico y las islas aledañas. Tiene una avioneta disponible las 24 horas, para transportar a las personas a la Isla Grande en caso de emergencia. Los precios dependen de la época y los puertos de salida.

Por mar, el ferry es la mejor opción. En la terminal de Fajardo puede abordar una embarcación que viaja hasta Isabel II. La venta de boletos comienza una hora antes de cada salida, pero se recomienda estar con más tiempo de anticipación, porque las filas suelen ser largas, sobre todo los fines de semana y días festivos. Las horas de salida varían constantemente. Por lo general, salen desde las 9 de la mañana hasta las 8 de la noche, con varias horas de espera entre cada viaje (T. (787) 863 3360; www.travelandsports.com).

DÓNDE DORMIR
Martineau Bay Resort & Spa
Carretera 200, km 3.2
T. (787) 741 4100
F. (787) 741 4171
www.martineaubayresort.com

Los precios por habitación comienzan en 500 dólares en temporada alta (de diciembre a abril), y 150 en temporada baja.
El hotel estará en remodelación hasta diciembre de 2006. De los hoteles que aceptan niños, es el que ofrece mejores servicios, incluido el de niñera si se solicita con anticipación, y excursiones a la bahía bioluminiscente.

La Finca Caribe
Carretera 995, km 1.2
T. (787) 741 0495
www.lafinca.com

La casona principal, de dos pisos, posee seis habitaciones, que comienzan en 80 dólares la noche, y los niños menores de cinco años duermen gratis. Hay dos casas adicionales que se alquilan individualmente. La opción alternativa para quienes quieren preparar sus alimentos y compartir espacios con otros turistas, mientras los niños juegan en un gran patio.

DÓNDE COMER
Bilí, Sabor de Aquí
Flamboyán 144, Esperanza
T. (787) 741 1382

Una cena cuesta alrededor de 40 dólares por persona. Miércoles de 6 a 23 horas y de jueves a domingos, de 11 a 23 horas. Cierra los lunes y los martes. Café Media Luna Calle Antonio G Mellado 351, Isabel II T. (787) 741 2594 Una cena cuesta unos 45 dólares por persona. De miércoles a domingos, de 18 a 22 horas.

EXCURSIONES
Island Adventures Biobay Eco-tours
Carretera 996, km 4.5, Puerto Real
T. (787) 741 0720
www.biobay.com

Adultos: 30 dólares, menores de 12 años: 15 dólares.

Blue Caribe Kayaks
Flamboyán 149, Esperanza
T. (787) 741 2522
www.vieques-island.com

10 dólares por persona.
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