Galápagos, la mejor clase de ciencias en vivo
Fotografía de Macario Eastwood

Galápagos, la mejor clase de ciencias en vivo

Quien crea que está exento de pasarse las vacaciones tomando fotos de animales y presumiéndolas, que lo demuestre en un viaje a las Islas Galápagos, en Ecuador, en uno de los pocos sitios capaces de revivir la más cándida curiosidad por la naturaleza.
El joven Charles Darwin, con 26 años, recorría el Pacífico a bordo del HMS Beagle un octubre de 1835. Se encontraba en las costas del archipiélago de las Galápagos, en la línea ecuatorial, recolectando los especímenes que años más tarde le darían la clave para escribir El origen de las especies. En estas islas sólo pasó cinco semanas.

Por las mismas fechas, pero 170 años después, yo me embarcaba en el M/Y Letty, un velero motorizado para 20 pasajeros, que partía de la isla de San Cristóbal, en el Parque Nacional Galápagos. No sabía qué esperar del viaje; sin embargo, tenía el presentimiento de que este lugar poco había cambiado desde la travesía de Darwin.

Hasta ese momento me imaginaba las Galápagos como un mundo raro, habitado como en los cuentos infantiles por seres fantásticos: iguanas que podían nadar, las tortugas más grandes del mundo, aves que habían olvidado cómo volar pero buceaban a la perfección y otros bichos que no le temían a nada ni a nadie.

A diferencia de la mayoría de las zonas ecuatoriales, las Galápagos no tienen un clima cálido y húmedo; de hecho el paisaje suele ser árido y rocoso, sin rastro de agua dulce salvo en la temporada de lluvias —con chaparrones tan fuertes como breves—, vegetación escasa y clima fresco. Sabía que cada una de las especies había llegado hasta ellas por razones misteriosas, si no es que milagrosas, y que su capacidad para adaptarse les había merecido una mención en la clase de ciencias de prácticamente todas las escuelas del mundo. En el cuadro de honor de las especies endémicas más luchadoras figuraban las iguanas marinas, las tortugas Galápagos, los pinzones de Darwin, los cormoranes no voladores y los pingüinos de Galápagos.

Una vez instalados en el yate y con el motor en marcha, los 20 pasajeros recibimos nuestra primera lección de Bolívar y Karina, los guías: las Galápagos están formadas por 19 islas mayores y 200 islotes ubicados sobre la línea del ecuador y ocupan en conjunto un área aproximada de 70 mil kilómetros cuadrados. Nos encontrábamos a mil kilómetros del continente y por ningún motivo podríamos fumar, salirnos de las veredas, comer, tomar fotos con flash, tirar basura, ir al baño o tocar a los animales en las islas, so pena de pagar una multa de mil dólares que ellos sin falta harían efectiva en su categoría de guardaparques. Esto no sólo evidenciaba la fragilidad del ecosistema, también que las precauciones permitían a los animales vivir tan campantes, aun con el hombre a su alrededor.

Bolívar y Karina nos presentaron con la tripulación —el chico que se hizo cargo de la limpieza de los camarotes se llamaba Darwin, por cierto— y nos explicaron que 97% de la superficie terrestre del archipiélago forma parte del Parque Nacional —también clasificado como Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera, incluyendo la Reserva Marina— y que el Homo sapiens sapiens sólo tenía acceso al 3% restante; eso incluía los 70 puntos en los que es posible desembarcar y las veredas que limitan cada uno de los recorridos. Para evitar un mayor impacto en las islas, únicamente pasaríamos un par de horas al día en tierra firme y el resto estaríamos nadando como pingüinos, o a bordo, comiendo como ballenas o dormitando como lobos marinos.

Prácticas de campo
Si en la escuela me hubieran enseñado las ciencias como a bordo del M/Y Letty, probablemente habría elegido la carrera de biología antes que el periodismo. Y es que la pasión, simpatía y dominio que mostraron nuestros guías durante todo el recorrido nos hizo preguntar tantas cosas y tantas veces como si hubiésemos vuelto a tener cinco años.

Todas las noches, justo antes de la cena, Karina y Bolívar nos reunían en la sala del yate para explicarnos qué veríamos al día siguiente. Acompañados de una cerveza o una copa de vino, nos sentábamos a escuchar sus exposiciones, con imágenes de los animales y las islas, mapas del archipiélago y diagramas que mostraban las corrientes marinas; conforme fuimos tomando confianza, la sesión se precedía por los álbumes digitales que capturábamos día a día, y que nos permitían descubrir las obsesiones y debilidades de cada fotógrafo amateur. Al final de la travesía existía el club de la iguana marina, las defensoras de los lobos marinos y los misteriosos observadores de aves que llegaron a acumular, cada uno, más de mil imágenes. Estas sesiones se convirtieron en el segundo mejor momento del día —el primero, por razones obvias, eran las caminatas y los paseos—, y es que de forma sorprendentemente amena fuimos aprendiendo de geología, biología, conservación, ornitología, física, geografía, navegación, botánica e hidrología. Había respuestas para todas las preguntas y sorpresas para cada desembarco.

Guardería Genovesa
A las siete de la mañana, la voz de Bolívar nos despertaba suavemente por el altavoz; al igual que el servicio meteorológico, nos informaba sobre el estado del tiempo —siempre diferente— y el tipo de desembarco que realizaríamos, ya fuera en agua o en tierra firme. Luego de una rápida ducha —el cuidado del agua es vital en un lugar donde no existe—, nos vestíamos y calzábamos para la ocasión: tenis o sandalias, pantalones o bermudas, sombrero, rompevientos, lentes oscuros, bloqueador y mucha agua para evitar la deshidratación. Tras el desayuno subíamos a las pangas (lanchas motorizadas) para llegar después de unos minutos a nuestro destino.

Octubre es un mes fantástico para visitar este archipiélago; centenares de crías de distintas especies están naciendo y anidando —especialmente en las islas del hemisferio norte— y para otras, es la época de cortejo. La corriente de Humboldt, que sube con sus aguas heladas desde la Antártica, es en parte la responsable. Además de traer consigo un fuerte oleaje (que se percibe claramente por las noches, cuando uno intenta dormir mientras se aferra a la cama), abunda el alimento.

Genovesa, por ejemplo, es uno de los hot spots de las Galápagos que entre junio y diciembre se convierte en una guardería ornitológica donde centenares de aves —fragatas; piqueros de Nazca, de patas azules y de patas rojas; gaviotas de lava; los bellísimos pájaros tropicales; gaviotas de cola bifurcada y palomas de Galápagos, entre otros— están cuidando a sus crías. Desde que uno desembarca en lo que fue la boca de un volcán —la bahía de Darwin— debe tener cuidado de no pisar el nido de un piquero, pues incluso ponen sus huevos en la estrecha vereda por la que está permitido caminar. Pero estas islas son su territorio y en Genovesa, sobre todo, las aves mandan.

Divididos en dos grupos —el parque controla el número de embarcaciones que pueden acceder a cada isla y no permite a más de 16 personas por guía— tomamos distintos senderos. Bastaron 10 minutos para que nos engolosináramos con la cámara fotográfica. La isla parecía nuestra —no vimos otro grupo a la redonda— y conforme caminábamos Karina nos explicaba las particularidades de cada especie: la edad a la que llegan a vivir los piqueros, las características de su cortejo, la velocidad que alcanza volando en picada una fragata, el número de huevos que pone tal o cual especie, las diferencias entre los distintos tipos de piqueros, las particularidades de las iguanas marinas de esta isla... Lo increíble era que tanta información en lugar de abrumarnos nos entusiasmaba, y es que mientras nuestros guías respondían pacientemente todas las preguntas, nosotros descubríamos una fragata regurgitando un calamar en el pico de su cría, un pequeño y curioso piquero caminando detrás de nosotros, una inmensa iguana durmiendo la siesta debajo de un árbol de palo santo o una fragata adulta inflando la bolsa roja debajo de su pico para conquistar a las chicas. El viaje resultaba mejor que un reality de Animal Planet o que el programa estrella del biólogo Jeff Corwin.

Todos al agua
La vida terrestre de estas islas no se entiende mas que ligada a la vida marina. Y venir a las Galápagos sin haber esnorqueleado o buceado es prácticamente como no haberlas conocido. Si los animales no se intimidan con la presencia humana es porque se les respeta, pero también porque los depredadores escasean y porque la comida pulula en el agua y nadie tiene que pelearse por ella.

A mí el agua fría me amedrenta y en algunos puntos de las Galápagos está en el grado exacto para acobardarse (16 a 23 grados centígrados). Yo soy gente del trópico, insistía, pero los guías me dejaron bien claro que si no nadaba, aunque fueran cinco minutos, me perdería de escenas increíbles.

La Reserva Marina de las Galápagos es Patrimonio de la Humanidad desde 2001 e incluye una interesante combinación de ecosistemas tropicales y subantárticos; además cuenta con una gran cantidad de especies únicas y sufre fuertes contrastes en su fauna a causa de las corrientes marinas y de fenómenos como El Niño y La Niña —con los que aumenta de forma general la temperatura de la superficie del mar—; aun así, se calcula que existen más de 2 900 especies de organismos marinos de los cuales casi 20% es endémico, es decir, que son propias y exclusivas de este lugar.

En algunas ocasiones, pues, me enfundé en mi wetsuit y me arrojé al agua. Y el esfuerzo valió la pena. En Genovesa mi grupo vio un tiburón martillo y jugó con un par de jóvenes lobos marinos; en Fernandina nos cruzamos con tortugas y pingüinos, mientras que en Bartolomé, en un paseo de 15 minutos, conté dos lobos marinos y dos pingüinos buceando, una decena de estrellas de mar, dos cardúmenes de peces de colores y floté por encima de una gran tortuga verde. A pesar del castañeo de mis dientes me sentí gratificada, más aun cuando al llegar al yate, Jorge, nuestro camarero, nos recibió con una taza de chocolate caliente.

Selección natural y no tanto
Al cabo de unos días de navegar, de ver bucear y dar de comer algas a las iguanas marinas de Fernandina, de observar a los cormoranes de alas cortas y ojos turquesa anidando, de encontrar a los centenares de lobos marinos durmiendo en las playas mientras sus crías se amamantan, de ver volar a los albatros en el aire y a las rayas en el agua, de desviarnos para seguir a un grupo de ballenas, de ser correteados en la panga por una joven foca peletera y de escuchar el griterío de un centenar de aves al atardecer, fuimos haciéndonos conscientes de la riqueza y fragilidad de este ecosistema.

En Puerto Ayora, la capital de las Galápagos, ubicada en la isla de Santa Cruz, visitamos la Estación Científica Charles Darwin, donde se lleva a cabo un programa de reproducción de tortugas, una de las especies gravemente amenazadas. Se estima que la población actual no supera los 15 mil ejemplares y aunque en tiempos de Darwin debieron existir 14 especies, hoy sólo hay seis. La merma se debió principalmente a la depredación por parte del hombre que durante siglos las utilizó para alimentarse, y a la introducción de especies como chivos, perros y cerdos que compitieron con ellas por el alimento. Pero se espera que el programa dé frutos en un par de años, cuando las primeras crías nacidas en cautiverio alcancen la madurez reproductiva (cuando tengan 20 o 30 años) y vivan nuevamente en sus islas de origen.

Al igual que las tortugas, los pingüinos son otra de las especies en peligro de extinción, aunque por causas diferentes. Fenómenos como El Niño han acabado poco a poco con ellos al incrementar la temperatura del agua, disminuir la cantidad de alimento y traer fuertes tormentas consigo. La población actual es sólo de 800 ejemplares y la función de los científicos es observarlos hasta que se reproduzcan con éxito o bien, hasta que presencien su extinción. Ellos, al igual que Darwin, siguen creyendo en la selección natural y la supervivencia de los más fuertes en condiciones naturales.

Ése es otro de los atractivos de este archipiélago. El hombre se ha convertido en la mayoría de los casos en un mero observador de la vida silvestre y tanto la gente de la Estación Científica como la del Parque Nacional están trabajando para que la presencia de nuestra especie sea lo menos invasiva posible. En algunas islas como Santiago y próximamente en Isabela, incluso se han llevado a cabo proyectos para erradicar con mucho éxito a las plagas de animales domésticos que han causado severos daños a la naturaleza. El objetivo de quienes cuidan de las Galápagos es preservarlas como siempre han sido.

Luego de siete días desembarqué en San Cristóbal lista para volver. La respuesta a la pregunta inminente: aunque me fascinan los animales, ¿había cubierto mi cuota de lobos marinos, iguanas, piqueros y fragatas? Al menos por un tiempo.

En mi maleta llevaba los únicos recuerdos que puedo conservar de estas islas: fotografías, un par de correos electrónicos y la grata satisfacción de saber que el lugar que Darwin conoció hace 170 años sigue luciendo como un reino fantástico.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo elegir barco
El viaje por las Galápagos no es para todo el mundo: es indispensable ser aficionado a los animales y estar dispuesto a pasar algunas incomodidades. Dicho eso, vale la pena y mucho.

La mejor forma de recorrerlas es a bordo de un yate, velero, crucero o catamarán por varias razones: los itinerarios son significativamente más completos que cuando uno se desplaza desde los puertos, se pueden visitar muchas islas que de otro modo serían inaccesibles y uno está acompañado permanentemente por guías certificados que enriquecen la experiencia del viaje. Para elegir cualquier embarcación, tome en cuenta las siguientes recomendaciones:

Precio
Para proteger a las especies que habitan en el Parque Nacional Galápagos, se impide que los visitantes permanezcan muchas horas en las islas; no estarán más de siete horas al día en tierra firme. Si la embarcación es vieja, demasiado pequeña o está en mal estado, el viaje puede convertirse en una pesadilla. Las categorías de los barcos no son la mejor referencia para elegirlos, mejor oriéntese por el precio. Cualquiera arriba de los 1500 dólares por persona será, por lo general, una buena opción.

Tamaño
Las grandes embarcaciones (40 a 100 pasajeros) son más cómodas y más estables, pero ofrecen menos desembarcos y están menos dispuestas a improvisar si algo interesante se cruza en el camino (por ejemplo, un grupo de ballenas por las que haya que desviarse). Por el contrario, una embarcación más pequeña (12 a 20 pasajeros), es más versátil, aunque seguramente será más ruidosa y se moverá más intensamente.

Paradas obligatorias
Si quiere apreciar a fondo la diversidad de las Galápagos, elija un itinerario corrido de cinco u ocho días. Las compañías cuentan con itinerarios fijos y no todas tienen permiso para desembarcar en todas las islas, así que procure alguno que toque Genovesa, Punta Espinoza, en Fernandina, o Punta Suárez, en Española, considerados por los guías como los sitios que no hay que perderse.

Guías
Si usted cuenta con un buen guía a bordo es prácticamente seguro que la experiencia de viaje será memorable. Ellos están certificados por el Parque Nacional Galápagos y son sus representantes en las islas (de ahí que lo puedan multar). Antes de contratar a cualquier compañía pregunte por el grado de sus guías. Los mejores son aquellos con rango II o III, eso significa que cuentan con más de cuatro años de experiencia y licenciaturas relacionadas con la biología o el turismo.

Itinerarios para niños
El viaje no se recomienda para menores de 7 años; los barcos pueden ser peligrosos y es probable que los chicos se desesperen de pasar tanto tiempo a bordo, especialmente en embarcaciones pequeñas. La mayoría de las navieras están abiertas a recibir niños en sus viajes, aunque muy pocas cuentan con itinerarios diseñados especialmente para ellos. Ecoventura (www.ecoventura.com), una compañía de origen ecuatoriano, es una de ellas. Sus viajes familiares se llevan a cabo durante todo el año, especialmente en junio, julio y agosto. En el menú incluyen hot dogs, chocolate caliente, muffins, pizza, espagueti y dedos de pollo; hay noches de disfraces; películas acompañadas con palomitas; juegos y concursos; fabricación de helados y hasta sesiones de astronomía en el puente de mando para que los niños aprendan algunas cuestiones relacionadas con la navegación.

Los viajes se realizan en yates motorizados para 20 pasajeros, toda su tripulación —incluyendo a los guías— habla perfectamente español y cuentan con wetsuits, equipo para esnorquelear y chalecos salvavidas en medidas infantiles, sin costo adicional. Los niños menores de 11 años reciben 30% de descuento sobre el precio de adulto y de 12 a 14 tienen 20% de descuento (con algunas restricciones). Precios por persona a partir de 1 825 y 2 150 dólares en camarote triple, según la temporada; incluye hospedaje, todas las comidas y botanas, bebidas no alcohólicas, coctel de bienvenida y despedida, guías, excursiones, uso de kayaks de mar y traslados en las islas. No incluye el impuesto de entrada al parque (100 dólares), las propinas ni los traslados aéreos.

GAP Adventures (www.gapadventures.com) también tiene viajes familiares por las islas del sur —Española, San Cristóbal, Bartolomé, Floreana, Santa Fe— en yates motorizados para 16 pasajeros. Aceptan niños desde los 6 años en los viajes familiares y en los regulares, desde los 10. Cuentan con salidas a lo largo de todo el año, aunque la mayoría de los itinerarios familiares se concentran entre junio y agosto, y diciembre. El viaje se vende desde 1 595 dólares e incluye hospedaje a bordo y dos noches en Quito, todas las comidas y las excursiones. No incluye el impuesto de entrada al parque (100 dólares), las propinas ni los traslados aéreos.

CÓMO LLEGAR
Existen vuelos directos desde México hacia Quito y Guayaquil, las ciudades más importantes de Ecuador, o vía Miami. Los vuelos hacia el archipiélago suelen salir a primera hora de la mañana, así que conviene llegar por lo menos la víspera a cualquiera de estas ciudades. Tame (www.tame.com.ec) y AeroGal (www.aerogal.com.ec) cuentan con vuelos regulares a las Galápagos partiendo desde ambas poblaciones.

Páginas útiles
www.galapagospark.org
www.galapagos.org
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Hyatt

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