La música clásica no muerde: viajes con el delantero melómano
El periodista y crítico de música argentino Roberto Herrscher decidió llevar consigo a su hijo José Pablo a ver La flauta mágica de Mozart en Madrid. El relato de su experiencia es la prueba de que la iniciación a la ópera puede ser fantástica, sobre todo si la música termina por asociarse a experiencias de viaje memorables.
Por supuesto, él eligió ventanilla. Nos abrochamos los cinturones, el avión empezó a moverse y supe que sería un viaje especial. Era la primera vez que mi hijo José Pablo y yo viajábamos solos. Llevaba bastante tiempo planificando ese fin de semana en Madrid, donde debía ver como crítico La flauta mágica de Mozart en el Teatro Real. Me daban dos boletos y con toda la ilusión del mundo invité a ese pequeño y movedizo amante del fútbol, los juegos electrónicos y el rap.
Como corresponsal en España de la revista Opera News, de Estados Unidos, me la paso recorriendo los teatros de ópera de la península y comentando producciones tradicionales o rompedoras de las grandes obras de la lírica. Casi siempre viajo solo. Esta aventura sucedió durante el caluroso julio del año pasado, cuando mi hijo tenía 11 años y yo ya estaba seguro de que la ópera le gustaba. En los cinco años anteriores, poco a poco y con temor al rechazo, con aciertos y muchos errores, lo había ido introduciendo en ese arte complejo y grandioso, que muchas veces parece irremediablemente alejado de la estética que los medios de hoy recetan a los niños. Primero le había contado muchos argumentos de óperas en la cama, antes de dormir; después le había pasado fragmentos musicales, relacionándolos a las historias tremendas o divertidas que conocía. Ya habíamos ido a cinco teatros y salas de concierto en Barcelona, donde vivimos. Pero esta vez sería especial: estábamos tomando un avión y nos alojaríamos en un hotel céntrico de Madrid para ver la primera ópera que yo había amado de niño, la que me había acercado a este mundo raro.
Después de dejar la maleta en el hotel, dedicamos el día a pasear por las anchas avenidas bordeadas de caserones señoriales en la capital española, y visitamos juntos —era también su primera vez— el Museo del Prado, donde le presenté a mis Goya favoritos y se quedó extasiado frente a Las meninas de Velázquez y El jardín de las delicias de El Bosco. Era una tarde soleada y ventosa de comienzos del verano, y tanto paseamos que se nos hizo la hora de la ópera y tuvimos que correr por los jardines frente al Palacio Real para llegar a tiempo a la función. En nuestros asientos de la cuarta fila de la platea (privilegio de crítico) vimos apagarse las luces y nos tomamos de la mano cuando el vigoroso y danzarín director francés Marc Minkowski levantó la batuta y sonaron los tres golpes de trompas con los que empieza la obertura de La flauta mágica.
La puesta en escena era del grupo vanguardista catalán La Fura dels Baus. Por sus puestas anteriores —muy dinámicas, con actores-acróbatas rebotando por las paredes y amplio uso de tecnología digital—, yo sabía que no podía esperar una versión de esta ópera con bosques de cartón, templos egipcios y túnicas de sacerdotes antiguos. En el medio del escenario, unos gigantescos colchones inflables de plástico transparente acogían las aventuras y amores de los legendarios príncipes Tamino y Pamina. En las paredes desnudas se proyectaban frases alusivas a la trama y originales imágenes multimedia.
José Pablo, que conocía bien la historia y había visto una versión para niños y la preciosa película de Ingmar Bergman, disfrutaba con la música y con la visión ecléctica y desprejuiciada de los directores teatrales. Sus momentos favoritos fueron los divertidos intentos del cazador de pájaros Papageno para conseguir novia —al final encontraría, por supuesto, una Papagena igual a él— y la primera y fulgurante entrada de la malvada Reina de la Noche, de peluca azul eléctrico y montada en una grúa que la situaba sobre las primeras filas de la platea, lanzando sus excitantes y siniestros gorjeos en una mezcla logradísima de prima donna y mala de Disney.
Terminada la representación, la jefa de prensa nos llevó a los camerinos. José Pablo quería saludar al excelente barítono canadiense que había resuelto con amplias dotes de comediante las travesuras de Papageno.
“¿Te gustó la función? ¿Qué te impresionó más?”, le preguntaba el cantante, ya en traje de calle pero todavía maquillado. Mi niño lo miraba con ojos desorbitados. Era medianoche en los pasillos del teatro de ópera, y de allí nos fuimos los dos a un restaurante argentino, donde nos hartamos de empanadas, chorizos y morcillas y hablamos de la forma en que estos directores de teatro moderno habían presentado la vieja fábula de la lucha del bien (el reino del sabio monarca Sarastro, representante de la razón y la tolerancia) contra el mal (las fuerzas de la enfurecida Reina de la Noche). Al salir, caminamos cuatro calles bajo la luna de Madrid y nos destartalamos felices en las camas del hotel.
Amor u odio a la música
Por supuesto, el viaje que un padre inicia con sus hijos pequeños con la idea de compartir la música que lo hace vibrar puede terminar trágica o cómicamente mal. Pocas cosas separan más a las generaciones que la música que las emociona, y no hay nada de malo en ello. Los jóvenes buscan sonidos propios y canciones que los separen de “lo viejo” y los acerquen a sus amigos. Esas diferencias muchas veces duran décadas o para siempre.
¿Cómo terminé yo, con un padre que ponía conciertos de Bach y sinfonías de Beethoven en los largos viajes en auto rumbo a las vacaciones en la Patagonia, sintiéndome hoy lleno y enriquecido con esa misma música? ¿Cómo transmitir a un hijo esa emoción? Tal vez parte del secreto esté en los mismos viajes a los que la música estaba asociada. Yo disfrutaba mucho acampar en lagos solitarios, las fogatas a la luz de las estrellas y las caminatas bordeando arroyos y bosques de alerces hacia refugios nevados en las montañas del Sur. Bach me recuerda aún hoy esas aventuras de cuando el mundo me era nuevo.
Lo de contar historias por la noche me viene un poco de esos fogones del verano. A José Pablo siempre le gustaron los cuentos, y muy pronto se cansó de las típicas fábulas infantiles. Por las noches, en su cuarto apagábamos la luz y se encendían las épicas de los héroes de Wagner, como Lohengrin, que venía en un cisne blanco a salvar a la pobre Elsa de las calumnias de un pretendiente despechado, o las tragedias de Verdi, como la triste historia del bufón maltrecho Rigoletto, que perdió a su hija tratando de vengarse del cruel duque al que servía. El problema era que el niño no se dormía y al día siguiente había colegio, pero esa es otra cuestión.
¿Qué le puede ofrecer la ópera a los niños de hoy? El otro día le hice esa pregunta a Xavier Pujol, el jefe de servicios educativos del Liceu de Barcelona, que este año ofrece 155 funciones para niños en la sala grande del teatro y en dos espacios más pequeños. “Los niños que no conocen la ópera se pierden el espectáculo más complejo de la cultura occidental, que enriquece cultural, histórica y sentimentalmente”, me dijo Pujol. “La ópera educa en lo que ahora se llama inteligencia emocional —nos pone en contacto con la alegría, la tristeza, la melancolía, la añoranza de un pasado mejor, el impulso de crear, la esperanza de cumplir un deseo noble—. Gracias a un espectáculo apabullante como la ópera los niños pueden empezar a entenderse a sí mismos, prepararse para tener sentimientos que aún no han tenido, encontrar la expresión sublime de lo que empiezan a sentir. Si la primera vez que escuchas el final de La Bohème no lloras, es que tienes el alma de cartón.”
Con ese criterio y esa convicción, el Liceu fue el primer teatro español en volcar grandes recursos y esfuerzos en educar al público infantil, lo cual, por supuesto, también es una apuesta por la supervivencia de los propios teatros y de un género que tiene un público de una edad promedio de 60 años. En 1994 este teatro emblemático de Barcelona se quemó y el esfuerzo por reconstruirlo en cinco años implicó una inversión de casi 100 millones de euros (120 millones de dólares) de dinero público. Pero el dinero de los impuestos no debía usarse para fomentar un arte elitista del que disfrutaban sólo los ricos. Por eso, el nuevo Liceu debía demostrar que la gente que nunca había pisado sus mullidas alfombras rojas también era dueña del impresionante templo de la música, y tenía derecho a descubrir un arte que, como todos, hay que conocer y entender para poderlo disfrutar. Al menos en la situación económica actual de España, mucha gente se siente más excluida de los teatros de ópera por los prejuicios de los copetudos y por su propio miedo al ridículo y a “no entender” que por los precios, que son bastante accesibles en los pisos altos (más caro cuesta entrar a un concierto de música pop).
Muchas de las funciones para niños que organiza Xavier Pujol son para colegios, y siempre se llenan. La mayoría de los padres de estos niños nunca fueron a la ópera. Con ésta y otras medidas, el teatro triplicó su venta de abonos, y hoy la edad promedio de su público bajó hasta los 40 años. El primer éxito del “Liceu de los niños” fue una versión corta, traducida y simplificada de La flauta mágica, donde un Papageno “clownesco” hace de narrador y dialoga con los chicos. Varios teatros españoles ya compraron la producción y están llenando sus teatros de gritos y chupones.
Mi esposa y yo llevamos a José Pablo a los 6 años a ver esa “flautita”, y se divirtió mucho. Al año siguiente vimos una lograda versión infantil de El barbero de Sevilla de Rossini, llamada El superbarbero de Sevilla, adaptada y dirigida por el popular trío cómico Tricicle. La casa del celoso doctor Bartolo, que quiere casar a su pupila con su amigo el viejo Basilio, es una caja que se abre y se cierra, y cada vez que alguien da un portazo, se caen los cuernos de la cabeza de toro sobre el capitel, para regocijo de los pequeños. La acción otra vez está narrada por un simpático bribón, el barbero Fígaro, que ayuda a la pupila del doctor a casarse con su novio y engañar al ridículo Bartolo. Los chicos a mi alrededor aplaudían a rabiar con una historia que respetaba las chaquetas, los miriñaques y el humor del siglo xviii y al mismo tiempo interpelaba a los niños de hoy.
No siempre los esfuerzos por iniciar a los niños en la música clásica tienen esa calidad y ese éxito. El mismo año del superbarbero fuimos al Auditorio de Barcelona, sede de la Orquesta Sinfónica de la ciudad, a escuchar la Guía orquestal para la juventud, unas sencillas y encantadoras variaciones de Benjamin Britten que muestran, por separado y en conjunto, los sonidos y posibilidades de las distintas secciones de la orquesta. Se apagaron las luces y un payaso comenzó a saltar entre los asientos mientras declamaba, con la voz impostada y chillona con la que muchos adultos traumatizan a los bebés, un texto banal y condescendiente con los niños, que son cortitos pero no estúpidos. José Pablo salió indignado, pero por suerte no era su primer contacto con la música clásica.
¡Por qué no se calla ese niño!
El día que se reinauguró el Liceu, en octubre de 1999, me tocó cubrir el evento para cinco medios. Me llevé a José Pablo y en la puerta del teatro se bajó de un coche negro, rodeado de custodias, un señor macizo de espalda tiesa que el niño de cinco años reconoció de la televisión. Lo saludó alegre y espontáneo con la mano y el señor le sonrió y le contestó el saludo con un movimiento igual de la mano. Cuando al día siguiente contó en el jardín que lo había saludado el rey su maestra fingió creerle, pero sus compañeritos no.
Subimos a nuestros asientos en el cuarto piso, y los oropeles y el bullicio lo tenían con la boca abierta. El problema comenzó cuando se abrió el telón bordó y apareció el decorado de palacio chino con leones y columnas doradas del primer acto de Turandot. Los críticos maliciosos luego dirían que el decorado parecía el de un restaurante de comida china, pero a José Pablo lo dejó pasmado y, lógicamente, se puso a comentar su entusiasmo conmigo. Después me preguntó que por qué le cortaban la cabeza al pretendiente de la princesa de hielo. Después que cómo era posible que ese gordo de falda fuera el audaz príncipe Calaf. Después… después los vecinos de asiento, los de adelante y también los de atrás empezaron a chistar y mandar al párvulo a la cama con una rudeza que sólo he visto en los fanáticos de la ópera cuando alguien hace ruido en una función. A los 15 minutos estábamos en la calle, y en el quiosco de la Rambla frente al teatro me pidió que le comprara un video de los Teletubbies, con el que esa misma noche se durmió feliz. Era evidentemente demasiado pequeño para ir a la ópera.
Pero creció muy rápido. Unos años más tarde, de viaje en Costa Rica, lo llevé con sus primos al Teatro Nacional, un edificio coqueto y bien conservado en el centro de San José que data de principios del siglo xx, cuando la aristocracia cafetalera del país centroamericano quiso tener un genuino teatro europeo. Nos sentamos con los chicos en la primera fila para escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi en la interpretación vibrante de un conjunto de jóvenes especializados en el barroco, y José Pablo, ya totalmente cómodo con eso de no hablar mientras la música suena, repartía sonrisas y señas en los momentos que más le gustaban. La mayor parte del tiempo estaba inmóvil, siguiendo las convulsiones del violinista, el fraseo rítmico de la cellista y la vertiginosa digitación de la ejecutante del clavicémbalo. Después de numerosos conciertos y óperas, se movía en el teatro con la elegante seguridad con la que otros chicos acomodan su refresco y sus palomitas de maíz en un cine.
Por supuesto que, como cualquier niño de su edad, prefiere el cine y no se pierde los estrenos de sus sagas favoritas: Harry Potter, El Señor de los Anillos y La guerra de las galaxias. En la tele sus preferidos son Los Simpson y los manga japoneses, y se pelea con nosotros por el control de esta computadora donde estoy escribiendo el artículo. Los fines de semana se la pasa instalando aquí juegos donde lucha por el dominio del universo o de los circuitos de Fórmula 1, según el humor del día. Pero sin duda su pasión máxima es el fútbol. Juega de extremo izquierdo, y cada sábado lo llevamos por los suburbios y barrios alejados de Barcelona donde corre como el viento. A veces termina por los suelos y otras mete grandes centros y goles que nos hacen saltar del asiento. En resumen, es un preadolescente perfectamente normal, sólo que le gusta también la ópera.
¡Pa’, estos están todos locos!
Nunca hay que subestimar la inteligencia, la sensibilidad y la capacidad para tener ideas propias de un niño. Hace dos años llevé a José Pablo a ver una exquisita versión del director argentino Jorge Lavelli de El niño y los sortilegios de Ravel. En la operita, con libreto de Colette, un niño malcriado rompe los muebles y maltrata a los animales, y en su sueño los bichos y las cosas se rebelan para enseñarle la lección de la cortesía y la empatía con los desprotegidos. La exquisita orquestación de Ravel dota a los muebles y los animales de colores, timbres y ritmos diversos en un caleidoscopio de invención musical permanente.
El programa era doble, y antes de la obra que confiaba que le gustaría, había una dura y compleja ópera coral del compositor catalán contemporáneo Xavier Montsalvatge: Babel 46. En un deprimente campo de prisioneros donde personajes de ocho países esperan su repatriación después de la Segunda Guerra Mundial, una joven italiana persigue a un adusto compatriota como gata en celo, hasta que finalmente se mete en la casucha donde él refugia su soledad y desesperación. Cuando vienen los jeeps aliados a llevárselos, ella lo rechaza: ya puede volver a su esposo y a su vida normal. Él se mata al son de las disonancias dramáticas de una orquesta que pinta con precisión un desasosiego sin melodías. Yo esperaba que no se aburriera demasiado con el dramón adulto y tuviera buen ánimo para disfrutar el cuento de hadas de los genios franceses.
Pues bien: a José Pablo le impactó Babel 46 y le pareció boba y moralista El niño y los sortilegios. Yo no había sabido ver el atractivo que para un casi preadolescente sometido a impulsos e incentivos permanentes podría tener el mensaje exento de sentimentalismos de Montsalvatge.
Curiosamente, este año el Teatro Real de Madrid abrió su propio programa de cuatro óperas para niños con El gato con botas, del compositor catalán contemporáneo Xavier Montsalvatge. Según el director del teatro, Antonio Moral, es una apuesta por un arte complejo, actual y de alta calidad para incorporar a los niños en el mundo de la ópera sin menosprecios ni baratijas. “Nos tomamos muy en serio nuestro papel educativo”, comenta Moral.
El programa del Real este año es insólito para un teatro de ópera: tres de los cuatro títulos son de la segunda mitad del siglo xx (además de El gato con botas, El pequeño deshollinador de Britten y un espectáculo con música de Leonard Bernstein), y el último es un estreno: Dulcinea, del joven compositor español Mauricio Sotelo. Éste es un proyecto inédito, coproducido por seis teatros de ópera de España (Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Oviedo y Valencia) y se programará en todos.
En el Liceu, que tiene una tradición más larga en esta materia, los títulos este año son siete, e incluyen los éxitos de los últimos años, como La pequeña flauta mágica y El superbarbero de Sevilla, para disfrute de nuevas horneadas de niños con las orejas abiertas. Además de clásicos como El carnaval de los animales de Saint-Saëns, Pedro y el lobo de Prokófiev y Hansel y Gretel de Humperdinck, la programación infantil del Liceu también incluye una pieza moderna: la versión de dibujos animados de La zorrita astuta, de Leos Janácek. Todos estos espectáculos están preparados especialmente para el público infantil, y duran un máximo de una hora y cuarto, que es lo que los pedagogos consideran el límite de la capacidad de atención de los infantes en una sala teatral.
Pero también los teatros y las orquestas sinfónicas de España han comenzado en los últimos años programas para acercar el gran repertorio de la música clásica a los niños. La Orquesta y Coro de Radio Televisión Española (rtve), por ejemplo, invita a los colegios a ensayos abiertos de los conciertos que luego dará para el público general, y la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (obc) creó un abono familiar de precio reducido donde los niños pagan sólo 25 por ciento del precio de los boletos.
Algunos niños, claro está, la pasan fatal y no hay descuento que los compense. Creo que lo mejor es dejarlos en paz y buscar acercarlos a esta música de otra forma, en algún otro momento. Cada tanto me toca compartir fila en una función de ópera, un concierto o una obra de teatro con chicos que se aburren soberanamente. Nadie los preparó para encontrar la puerta que relacione la sensibilidad artística del pasado con sus propios sentimientos y preocupaciones. Me pasó este año con la divertida y punzante puesta en escena de Darío Fo de la recientemente rescatada comedia bufa La gazzetta, de Rossini. Fui solo a ver el primer elenco, y en un palco cercano había una chica de unos 13 años. Cada cinco minutos le hacía saber a su padre que estaba podrida por tener que estar ahí sentada mientras unos viejos en trajes ridículos corrían de aquí para allá y maullaban en un idioma incomprensible.
Una semana más tarde me dieron dos boletos para ver el segundo elenco y fui con José Pablo. Se metió desde el principio en el juego de equivocaciones de Commedia dell’ arte de parejas que engañan a los padres para verse con sus enamorados, galanes que se disfrazan de turcos o de cuáqueros y decorados que giran, hablan y acompañan la acción vertiginosa de la farsa. Se le perdió algo del mensaje ácido sobre los medios y la actual cultura de las apariencias que el iconoclasta Fo superpone al mensaje risueño del viejo Rossini, pero se la pasó de maravilla con la comedia de trazo grueso, los vestidos y los decorados de vivos colores. Al final del primer acto, cuando se van sumando las voces en el característico y excitante crescendo rossiniano hasta el paroxismo musical, y todos salen corriendo y cae el telón sobre la escena congelada, me dijo algo que entendí como muestra máxima de aprobación y diversión en un chico de 11 años: “¡Pa’, estos están todos locos!”.
Como corresponsal en España de la revista Opera News, de Estados Unidos, me la paso recorriendo los teatros de ópera de la península y comentando producciones tradicionales o rompedoras de las grandes obras de la lírica. Casi siempre viajo solo. Esta aventura sucedió durante el caluroso julio del año pasado, cuando mi hijo tenía 11 años y yo ya estaba seguro de que la ópera le gustaba. En los cinco años anteriores, poco a poco y con temor al rechazo, con aciertos y muchos errores, lo había ido introduciendo en ese arte complejo y grandioso, que muchas veces parece irremediablemente alejado de la estética que los medios de hoy recetan a los niños. Primero le había contado muchos argumentos de óperas en la cama, antes de dormir; después le había pasado fragmentos musicales, relacionándolos a las historias tremendas o divertidas que conocía. Ya habíamos ido a cinco teatros y salas de concierto en Barcelona, donde vivimos. Pero esta vez sería especial: estábamos tomando un avión y nos alojaríamos en un hotel céntrico de Madrid para ver la primera ópera que yo había amado de niño, la que me había acercado a este mundo raro.
Después de dejar la maleta en el hotel, dedicamos el día a pasear por las anchas avenidas bordeadas de caserones señoriales en la capital española, y visitamos juntos —era también su primera vez— el Museo del Prado, donde le presenté a mis Goya favoritos y se quedó extasiado frente a Las meninas de Velázquez y El jardín de las delicias de El Bosco. Era una tarde soleada y ventosa de comienzos del verano, y tanto paseamos que se nos hizo la hora de la ópera y tuvimos que correr por los jardines frente al Palacio Real para llegar a tiempo a la función. En nuestros asientos de la cuarta fila de la platea (privilegio de crítico) vimos apagarse las luces y nos tomamos de la mano cuando el vigoroso y danzarín director francés Marc Minkowski levantó la batuta y sonaron los tres golpes de trompas con los que empieza la obertura de La flauta mágica.
La puesta en escena era del grupo vanguardista catalán La Fura dels Baus. Por sus puestas anteriores —muy dinámicas, con actores-acróbatas rebotando por las paredes y amplio uso de tecnología digital—, yo sabía que no podía esperar una versión de esta ópera con bosques de cartón, templos egipcios y túnicas de sacerdotes antiguos. En el medio del escenario, unos gigantescos colchones inflables de plástico transparente acogían las aventuras y amores de los legendarios príncipes Tamino y Pamina. En las paredes desnudas se proyectaban frases alusivas a la trama y originales imágenes multimedia.
José Pablo, que conocía bien la historia y había visto una versión para niños y la preciosa película de Ingmar Bergman, disfrutaba con la música y con la visión ecléctica y desprejuiciada de los directores teatrales. Sus momentos favoritos fueron los divertidos intentos del cazador de pájaros Papageno para conseguir novia —al final encontraría, por supuesto, una Papagena igual a él— y la primera y fulgurante entrada de la malvada Reina de la Noche, de peluca azul eléctrico y montada en una grúa que la situaba sobre las primeras filas de la platea, lanzando sus excitantes y siniestros gorjeos en una mezcla logradísima de prima donna y mala de Disney.
Terminada la representación, la jefa de prensa nos llevó a los camerinos. José Pablo quería saludar al excelente barítono canadiense que había resuelto con amplias dotes de comediante las travesuras de Papageno.
“¿Te gustó la función? ¿Qué te impresionó más?”, le preguntaba el cantante, ya en traje de calle pero todavía maquillado. Mi niño lo miraba con ojos desorbitados. Era medianoche en los pasillos del teatro de ópera, y de allí nos fuimos los dos a un restaurante argentino, donde nos hartamos de empanadas, chorizos y morcillas y hablamos de la forma en que estos directores de teatro moderno habían presentado la vieja fábula de la lucha del bien (el reino del sabio monarca Sarastro, representante de la razón y la tolerancia) contra el mal (las fuerzas de la enfurecida Reina de la Noche). Al salir, caminamos cuatro calles bajo la luna de Madrid y nos destartalamos felices en las camas del hotel.
Amor u odio a la música
Por supuesto, el viaje que un padre inicia con sus hijos pequeños con la idea de compartir la música que lo hace vibrar puede terminar trágica o cómicamente mal. Pocas cosas separan más a las generaciones que la música que las emociona, y no hay nada de malo en ello. Los jóvenes buscan sonidos propios y canciones que los separen de “lo viejo” y los acerquen a sus amigos. Esas diferencias muchas veces duran décadas o para siempre.
¿Cómo terminé yo, con un padre que ponía conciertos de Bach y sinfonías de Beethoven en los largos viajes en auto rumbo a las vacaciones en la Patagonia, sintiéndome hoy lleno y enriquecido con esa misma música? ¿Cómo transmitir a un hijo esa emoción? Tal vez parte del secreto esté en los mismos viajes a los que la música estaba asociada. Yo disfrutaba mucho acampar en lagos solitarios, las fogatas a la luz de las estrellas y las caminatas bordeando arroyos y bosques de alerces hacia refugios nevados en las montañas del Sur. Bach me recuerda aún hoy esas aventuras de cuando el mundo me era nuevo.
Lo de contar historias por la noche me viene un poco de esos fogones del verano. A José Pablo siempre le gustaron los cuentos, y muy pronto se cansó de las típicas fábulas infantiles. Por las noches, en su cuarto apagábamos la luz y se encendían las épicas de los héroes de Wagner, como Lohengrin, que venía en un cisne blanco a salvar a la pobre Elsa de las calumnias de un pretendiente despechado, o las tragedias de Verdi, como la triste historia del bufón maltrecho Rigoletto, que perdió a su hija tratando de vengarse del cruel duque al que servía. El problema era que el niño no se dormía y al día siguiente había colegio, pero esa es otra cuestión.
¿Qué le puede ofrecer la ópera a los niños de hoy? El otro día le hice esa pregunta a Xavier Pujol, el jefe de servicios educativos del Liceu de Barcelona, que este año ofrece 155 funciones para niños en la sala grande del teatro y en dos espacios más pequeños. “Los niños que no conocen la ópera se pierden el espectáculo más complejo de la cultura occidental, que enriquece cultural, histórica y sentimentalmente”, me dijo Pujol. “La ópera educa en lo que ahora se llama inteligencia emocional —nos pone en contacto con la alegría, la tristeza, la melancolía, la añoranza de un pasado mejor, el impulso de crear, la esperanza de cumplir un deseo noble—. Gracias a un espectáculo apabullante como la ópera los niños pueden empezar a entenderse a sí mismos, prepararse para tener sentimientos que aún no han tenido, encontrar la expresión sublime de lo que empiezan a sentir. Si la primera vez que escuchas el final de La Bohème no lloras, es que tienes el alma de cartón.”
Con ese criterio y esa convicción, el Liceu fue el primer teatro español en volcar grandes recursos y esfuerzos en educar al público infantil, lo cual, por supuesto, también es una apuesta por la supervivencia de los propios teatros y de un género que tiene un público de una edad promedio de 60 años. En 1994 este teatro emblemático de Barcelona se quemó y el esfuerzo por reconstruirlo en cinco años implicó una inversión de casi 100 millones de euros (120 millones de dólares) de dinero público. Pero el dinero de los impuestos no debía usarse para fomentar un arte elitista del que disfrutaban sólo los ricos. Por eso, el nuevo Liceu debía demostrar que la gente que nunca había pisado sus mullidas alfombras rojas también era dueña del impresionante templo de la música, y tenía derecho a descubrir un arte que, como todos, hay que conocer y entender para poderlo disfrutar. Al menos en la situación económica actual de España, mucha gente se siente más excluida de los teatros de ópera por los prejuicios de los copetudos y por su propio miedo al ridículo y a “no entender” que por los precios, que son bastante accesibles en los pisos altos (más caro cuesta entrar a un concierto de música pop).
Muchas de las funciones para niños que organiza Xavier Pujol son para colegios, y siempre se llenan. La mayoría de los padres de estos niños nunca fueron a la ópera. Con ésta y otras medidas, el teatro triplicó su venta de abonos, y hoy la edad promedio de su público bajó hasta los 40 años. El primer éxito del “Liceu de los niños” fue una versión corta, traducida y simplificada de La flauta mágica, donde un Papageno “clownesco” hace de narrador y dialoga con los chicos. Varios teatros españoles ya compraron la producción y están llenando sus teatros de gritos y chupones.
Mi esposa y yo llevamos a José Pablo a los 6 años a ver esa “flautita”, y se divirtió mucho. Al año siguiente vimos una lograda versión infantil de El barbero de Sevilla de Rossini, llamada El superbarbero de Sevilla, adaptada y dirigida por el popular trío cómico Tricicle. La casa del celoso doctor Bartolo, que quiere casar a su pupila con su amigo el viejo Basilio, es una caja que se abre y se cierra, y cada vez que alguien da un portazo, se caen los cuernos de la cabeza de toro sobre el capitel, para regocijo de los pequeños. La acción otra vez está narrada por un simpático bribón, el barbero Fígaro, que ayuda a la pupila del doctor a casarse con su novio y engañar al ridículo Bartolo. Los chicos a mi alrededor aplaudían a rabiar con una historia que respetaba las chaquetas, los miriñaques y el humor del siglo xviii y al mismo tiempo interpelaba a los niños de hoy.
No siempre los esfuerzos por iniciar a los niños en la música clásica tienen esa calidad y ese éxito. El mismo año del superbarbero fuimos al Auditorio de Barcelona, sede de la Orquesta Sinfónica de la ciudad, a escuchar la Guía orquestal para la juventud, unas sencillas y encantadoras variaciones de Benjamin Britten que muestran, por separado y en conjunto, los sonidos y posibilidades de las distintas secciones de la orquesta. Se apagaron las luces y un payaso comenzó a saltar entre los asientos mientras declamaba, con la voz impostada y chillona con la que muchos adultos traumatizan a los bebés, un texto banal y condescendiente con los niños, que son cortitos pero no estúpidos. José Pablo salió indignado, pero por suerte no era su primer contacto con la música clásica.
¡Por qué no se calla ese niño!
El día que se reinauguró el Liceu, en octubre de 1999, me tocó cubrir el evento para cinco medios. Me llevé a José Pablo y en la puerta del teatro se bajó de un coche negro, rodeado de custodias, un señor macizo de espalda tiesa que el niño de cinco años reconoció de la televisión. Lo saludó alegre y espontáneo con la mano y el señor le sonrió y le contestó el saludo con un movimiento igual de la mano. Cuando al día siguiente contó en el jardín que lo había saludado el rey su maestra fingió creerle, pero sus compañeritos no.
Subimos a nuestros asientos en el cuarto piso, y los oropeles y el bullicio lo tenían con la boca abierta. El problema comenzó cuando se abrió el telón bordó y apareció el decorado de palacio chino con leones y columnas doradas del primer acto de Turandot. Los críticos maliciosos luego dirían que el decorado parecía el de un restaurante de comida china, pero a José Pablo lo dejó pasmado y, lógicamente, se puso a comentar su entusiasmo conmigo. Después me preguntó que por qué le cortaban la cabeza al pretendiente de la princesa de hielo. Después que cómo era posible que ese gordo de falda fuera el audaz príncipe Calaf. Después… después los vecinos de asiento, los de adelante y también los de atrás empezaron a chistar y mandar al párvulo a la cama con una rudeza que sólo he visto en los fanáticos de la ópera cuando alguien hace ruido en una función. A los 15 minutos estábamos en la calle, y en el quiosco de la Rambla frente al teatro me pidió que le comprara un video de los Teletubbies, con el que esa misma noche se durmió feliz. Era evidentemente demasiado pequeño para ir a la ópera.
Pero creció muy rápido. Unos años más tarde, de viaje en Costa Rica, lo llevé con sus primos al Teatro Nacional, un edificio coqueto y bien conservado en el centro de San José que data de principios del siglo xx, cuando la aristocracia cafetalera del país centroamericano quiso tener un genuino teatro europeo. Nos sentamos con los chicos en la primera fila para escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi en la interpretación vibrante de un conjunto de jóvenes especializados en el barroco, y José Pablo, ya totalmente cómodo con eso de no hablar mientras la música suena, repartía sonrisas y señas en los momentos que más le gustaban. La mayor parte del tiempo estaba inmóvil, siguiendo las convulsiones del violinista, el fraseo rítmico de la cellista y la vertiginosa digitación de la ejecutante del clavicémbalo. Después de numerosos conciertos y óperas, se movía en el teatro con la elegante seguridad con la que otros chicos acomodan su refresco y sus palomitas de maíz en un cine.
Por supuesto que, como cualquier niño de su edad, prefiere el cine y no se pierde los estrenos de sus sagas favoritas: Harry Potter, El Señor de los Anillos y La guerra de las galaxias. En la tele sus preferidos son Los Simpson y los manga japoneses, y se pelea con nosotros por el control de esta computadora donde estoy escribiendo el artículo. Los fines de semana se la pasa instalando aquí juegos donde lucha por el dominio del universo o de los circuitos de Fórmula 1, según el humor del día. Pero sin duda su pasión máxima es el fútbol. Juega de extremo izquierdo, y cada sábado lo llevamos por los suburbios y barrios alejados de Barcelona donde corre como el viento. A veces termina por los suelos y otras mete grandes centros y goles que nos hacen saltar del asiento. En resumen, es un preadolescente perfectamente normal, sólo que le gusta también la ópera.
¡Pa’, estos están todos locos!
Nunca hay que subestimar la inteligencia, la sensibilidad y la capacidad para tener ideas propias de un niño. Hace dos años llevé a José Pablo a ver una exquisita versión del director argentino Jorge Lavelli de El niño y los sortilegios de Ravel. En la operita, con libreto de Colette, un niño malcriado rompe los muebles y maltrata a los animales, y en su sueño los bichos y las cosas se rebelan para enseñarle la lección de la cortesía y la empatía con los desprotegidos. La exquisita orquestación de Ravel dota a los muebles y los animales de colores, timbres y ritmos diversos en un caleidoscopio de invención musical permanente.
El programa era doble, y antes de la obra que confiaba que le gustaría, había una dura y compleja ópera coral del compositor catalán contemporáneo Xavier Montsalvatge: Babel 46. En un deprimente campo de prisioneros donde personajes de ocho países esperan su repatriación después de la Segunda Guerra Mundial, una joven italiana persigue a un adusto compatriota como gata en celo, hasta que finalmente se mete en la casucha donde él refugia su soledad y desesperación. Cuando vienen los jeeps aliados a llevárselos, ella lo rechaza: ya puede volver a su esposo y a su vida normal. Él se mata al son de las disonancias dramáticas de una orquesta que pinta con precisión un desasosiego sin melodías. Yo esperaba que no se aburriera demasiado con el dramón adulto y tuviera buen ánimo para disfrutar el cuento de hadas de los genios franceses.
Pues bien: a José Pablo le impactó Babel 46 y le pareció boba y moralista El niño y los sortilegios. Yo no había sabido ver el atractivo que para un casi preadolescente sometido a impulsos e incentivos permanentes podría tener el mensaje exento de sentimentalismos de Montsalvatge.
Curiosamente, este año el Teatro Real de Madrid abrió su propio programa de cuatro óperas para niños con El gato con botas, del compositor catalán contemporáneo Xavier Montsalvatge. Según el director del teatro, Antonio Moral, es una apuesta por un arte complejo, actual y de alta calidad para incorporar a los niños en el mundo de la ópera sin menosprecios ni baratijas. “Nos tomamos muy en serio nuestro papel educativo”, comenta Moral.
El programa del Real este año es insólito para un teatro de ópera: tres de los cuatro títulos son de la segunda mitad del siglo xx (además de El gato con botas, El pequeño deshollinador de Britten y un espectáculo con música de Leonard Bernstein), y el último es un estreno: Dulcinea, del joven compositor español Mauricio Sotelo. Éste es un proyecto inédito, coproducido por seis teatros de ópera de España (Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Oviedo y Valencia) y se programará en todos.
En el Liceu, que tiene una tradición más larga en esta materia, los títulos este año son siete, e incluyen los éxitos de los últimos años, como La pequeña flauta mágica y El superbarbero de Sevilla, para disfrute de nuevas horneadas de niños con las orejas abiertas. Además de clásicos como El carnaval de los animales de Saint-Saëns, Pedro y el lobo de Prokófiev y Hansel y Gretel de Humperdinck, la programación infantil del Liceu también incluye una pieza moderna: la versión de dibujos animados de La zorrita astuta, de Leos Janácek. Todos estos espectáculos están preparados especialmente para el público infantil, y duran un máximo de una hora y cuarto, que es lo que los pedagogos consideran el límite de la capacidad de atención de los infantes en una sala teatral.
Pero también los teatros y las orquestas sinfónicas de España han comenzado en los últimos años programas para acercar el gran repertorio de la música clásica a los niños. La Orquesta y Coro de Radio Televisión Española (rtve), por ejemplo, invita a los colegios a ensayos abiertos de los conciertos que luego dará para el público general, y la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (obc) creó un abono familiar de precio reducido donde los niños pagan sólo 25 por ciento del precio de los boletos.
Algunos niños, claro está, la pasan fatal y no hay descuento que los compense. Creo que lo mejor es dejarlos en paz y buscar acercarlos a esta música de otra forma, en algún otro momento. Cada tanto me toca compartir fila en una función de ópera, un concierto o una obra de teatro con chicos que se aburren soberanamente. Nadie los preparó para encontrar la puerta que relacione la sensibilidad artística del pasado con sus propios sentimientos y preocupaciones. Me pasó este año con la divertida y punzante puesta en escena de Darío Fo de la recientemente rescatada comedia bufa La gazzetta, de Rossini. Fui solo a ver el primer elenco, y en un palco cercano había una chica de unos 13 años. Cada cinco minutos le hacía saber a su padre que estaba podrida por tener que estar ahí sentada mientras unos viejos en trajes ridículos corrían de aquí para allá y maullaban en un idioma incomprensible.
Una semana más tarde me dieron dos boletos para ver el segundo elenco y fui con José Pablo. Se metió desde el principio en el juego de equivocaciones de Commedia dell’ arte de parejas que engañan a los padres para verse con sus enamorados, galanes que se disfrazan de turcos o de cuáqueros y decorados que giran, hablan y acompañan la acción vertiginosa de la farsa. Se le perdió algo del mensaje ácido sobre los medios y la actual cultura de las apariencias que el iconoclasta Fo superpone al mensaje risueño del viejo Rossini, pero se la pasó de maravilla con la comedia de trazo grueso, los vestidos y los decorados de vivos colores. Al final del primer acto, cuando se van sumando las voces en el característico y excitante crescendo rossiniano hasta el paroxismo musical, y todos salen corriendo y cae el telón sobre la escena congelada, me dijo algo que entendí como muestra máxima de aprobación y diversión en un chico de 11 años: “¡Pa’, estos están todos locos!”.
























