Lacandonia: inmersión chic al Amazonas mexicano
Fotografía de Gunnar Wagner

Lacandonia: inmersión chic al Amazonas mexicano

Lacandonia, un hotelito ecochic enclavado en el corazón de la selva chiapaneca, en el sureste mexicano, es la base para realizar caminatas, paseos en lancha a lo largo de torrentes color turquesa, y expediciones nocturnas en busca de cocodrilos.
Por Érika Sastré | Abril 2006 | Tags: , , ,
A bordo de una Cessna Grand Caravan, avioneta con capacidad para catorce pasajeros, es la nueva forma de llegar a este selvático paraje. Digo nueva porque Lacandonia, creado tres años atrás al más puro estilo Crusoe, ha sido recientemente bautizado como la “Aldea Lacandona” de Río y Montaña, empresa mexicana líder en expediciones de aventura.

La ubicación del estado mexicano de Chiapas es estratégica puesto que aloja a las vertientes de los ríos más caudalosos y largos del país (Grijalva, Usumacinta y Suchiate), y sus montañas forman vistosas mesetas, cañadas y valles. Además, debido a su remota localización, aún conserva vivas muchas de sus tradiciones prehispánicas y su hábitat natural. Y la selva Lacandona es refugio de numerosas especies amenazadas o en peligro de extinción, entre ellas el tapir, el pecarí, el ocelote, los monos araña y saraguato, y la tortuga blanca.

Llegar por carretera es la alternativa recomendada para verdaderos amantes del volante y para aquellos viajeros con un itinerario relajado. Desde el sitio arqueológico de Palenque es preciso conducir casi 400 kilómetros a lo largo de la carretera 307, abrazada por una vegetación alucinante, y por pueblitos de donde emergen niños sonrientes vendiendo mangos y naranjas.

El pequeño Amazonas
Lacandonia está erguido al borde del majestuoso río Lacantún, dentro de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, la segunda más importante en Latinoamérica después del Amazonas, y zona limítrofe entre México y Guatemala. Esta área protegida, la más grande en extensión y diversidad de fauna en territorio mexicano, comprende 321?200 hectáreas habitadas por 300 especies de aves, 109 especies de reptiles y anfibios, y una inmensa población de mamíferos terrestres, entre ellos el jaguar.

Al hotel lo integran seis cabañas construidas sobre palafitos con maderas de la región: caoba, granadillo y caña brava, esta última hermana del bambú. Las vistas desde el interior de las espaciosas habitaciones y las amplias terrazas lo obligan a uno a hacer contacto con una selva prácticamente intacta, la cual le revela sus secretos a todo quien se acerca.

El único espacio que no está tomado por la selva es el interior de los baños, pues éstos fueron diseñados con ventanas muy altas y pequeñas con el objetivo de ofrecer privacidad. Sin embargo, este detalle se olvida en el momento en el que uno abre la ducha y empieza a correr, a toda presión, agua de un manantial cuyas propiedades y temperatura revitalizan al instante.

A falta de luz eléctrica el lugar se abastece de energía a través de trece paneles solares. Así, cuando se pone el sol, todos los espacios exteriores son iluminados con velas, antorchas y lámparas de aceite. La energía generada durante el día se reserva exclusivamente para las habitaciones, alumbradas hasta eso de las nueve de la noche, cuando es preciso dejar de leer e irse a la cama, o bien disfrutar de una caminata nocturna musicalizada por los monos saraguatos.

Los días y las noches están llenos de acción, y por lo tanto las jornadas empiezan con un sustancioso desayuno acompañado de tortillas de maíz hechas a mano. Desde las seis de la mañana las cocineras se encuentran a la disposición de algún observador de aves que requiera estar en medio de la selva cuando éstas despierten. El resto de los huéspedes aprovecha sus desayunos para disfrutar del panorama, pues el restaurante, ubicado en la parte más alta de la propiedad, ofrece una vista espectacular del río.

Pero aun más espectaculares resultan las actividades que ahí ofrece Lacandonia, a bordo de una lancha con motor conducida por José o Vidal, ambos experimentados lancheros empleados por el hotel desde sus inicios, y con la compañía de un guía encargado de ilustrar a los paseantes sobre la flora y fauna características de la reserva.

Las excursiones favoritas de los pequeños son el descenso en canoa y las “cocodrileadas” nocturnas, gracias a las cuales han sido marcados cincuenta y ocho reptiles con el objetivo de cuantificar a la especie y, en un futuro cercano, proponer una estrategia de conservación. Los grandes optan por la pesca deportiva, las visitas a un sitio arqueológico edificado en medio de la selva y la observación de aves. Aunque también existe la posibilidad de pasar el día leyendo en una colorida hamaca y saciando la sed con una refrescante agua de limón mandarina, un jugoso cítrico crecido en los jardines del lugar.

La naturaleza como casa
Los seis empleados de Lacandonia lo reciben a uno como si fuese un viejo amigo; todos han sido instruidos con el ejemplo, la mejor estrategia de entrenamiento, aunque los hoteles de lujo rara vez la empleen. Y el ejemplo es Carlos Aguirre, un veterinario convertido en biólogo, quien le dio vida al lugar al adquirir la propiedad mientras trabajaba como director de la Estación Chajul (ubicada justo del otro lado del río), sede de los trabajos de investigación realizados por la asociación civil Espacios Naturales y Desarrollo Sustentable (www.endesu.org.mx).

Aunque el dueño no radica permanentemente en Lacandonia, cuando está conduce un recorrido por Tzendales, otro río cuya vegetación alberga guacamayas rojas, tucanes, monos y tortugas; ayudado por José, su brazo derecho y el encargado de pescar los robalos servidos en la cena, monta un toldo en medio del Lacantún bajo el cual los huéspedes saborean quesos, carnes frías y vino tinto; comparte con los pequeñitos que a menudo visitan el lugar su pasión por las tarántulas; y tras un ajetreado día se sienta a la mesa para escuchar las aventuras vividas por clientes que se van convertidos en amigos.

Seis familias chiapanecas se benefician directamente de la existencia de Lacandonia; otras tantas se benefician indirectamente al prestar sus servicios al hotel: lavan ropa, venden refrescos, arriendan lanchas. Esta ayuda es también para la selva ya que cada vez menos gente se dedica a la depredación de especies y a la tala de árboles. Sin embargo, la selva aún tiene un enemigo latente: la gran pobreza que azota a esta zona campesina en donde los ingresos no rebasan los cincuenta pesos diarios, y que orilla a los habitantes del área a introducirse ilícitamente dentro de la reserva en busca de alguna especie exótica o madera preciosa que puesta en el mercado les permite mandar a sus hijos a la escuela. Por una guacamaya llegan a recibir 7 mil pesos, y por una ceiba de casi 200 años de edad cuyos gruesos fustes son convertidos en triplay, reciben más de 35 mil pesos.

Los empleados de Lacandonia ganan el doble de lo que ganarían por una jornada en el campo, y al mismo tiempo son parte de una población local cada día más consciente de la importancia de conservar su entorno, actitud impensable diez años atrás. Y el hotel siembra también una inmensa conciencia en cada uno de sus huéspedes, quienes regresan a casa con la cámara digital cargada de imágenes selváticas y convencidos de la importancia de vivir en armonía con la Tierra.

QUIÉN TE LLEVA
Río y Montaña (T. 5292 5032; www.rioymontana.com) ofrece paquetes exclusivamente para grupos. Éstos incluyen un vuelo Toluca–Comitán–Toluca, estancia, comidas y actividades. Un paquete de cinco días y cuatro noches cuesta 17756 pesos por persona, en un grupo integrado entre 6 y 8 personas (los precios por persona disminuyen si el grupo es más grande, pero hay un máximo de 12 personas por grupo).

También es posible contactar al hotel directamente (www.lacandonia.com.mx). La noche cuesta 1500 pesos por persona en ocupación doble e incluye tres alimentos (niños menores de 12 años pagan la mitad). Las actividades tienen un costo adicional por persona. La “cocodrileada” nocturna: 350 pesos, Lacantún en canoa: 650 pesos y la expedición a Tzendales: 950 pesos. Lacandonia ofrece traslados desde Villahermosa, Tabasco y desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (800 pesos por persona en grupos de 4 o más integrantes).

CUÁNDO IR
La mejor época es de diciembre a junio, temporada en la cual no llueve, hay pocos moscos, y es mucho más probable ver animales al borde del río debido a la sequía.

CÓMO LLEGAR
Por aire, a bordo de las Alas de Río y Montaña. Por tierra, existen dos alternativas: desde Palenque se conduce hacia el sur por la carretera 307, y en el kilómetro 293 se toma la desviación hasta el poblado de Chajul, en donde está ubicado el hotel. Desde Comitán se conduce al sur por la carretera 190, y en el poblado La Trinitaria se toma la carretera 307 hasta llegar también al kilómetro 293.

QUÉ LLEVAR
Repelente, impermeable, botas o tenis para caminar en el río, y sombrero o gorra.
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