Vicos, de la mano de sus campesinos
Papas humeantes recien salidas del agujero donde las cocinaron Fotografía de Yayo López

Vicos, de la mano de sus campesinos

Un viaje a la comunidad campesina de Vicos, al pie de la Cordillera Blanca de Perú, no es apto para quienes busquen salir a descansar. Aquí se viene a trabajar según el modo de vida de un pueblo que vive de la agricultura. Y sí, Vicos está rodeado de lagunas, glaciares, ruinas preincas y bosques, pero todo ello se disfruta previas jornadas en los sembradíos de trigo, papa, quinua o cebada.
Septiembre de 2002. Es un mes cálido, de cielos despejados y periodos de cosecha. También es mi primera vez en Vicos, este pueblo del Callejón de Huaylas donde en medio de un mar dorado de trigo recién cortado y trillado que nos llega hasta las rodillas, Abito y Manuel claman mirando al cielo: “¡Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo!”. La respuesta es un silencio apabullante, interrumpido apenas por una brisa casi imperceptible. Entonces gritan, ahora sí, más fuerte: “¡¡Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo, Lorenzoooo…!!”. A todo pulmón, con los brazos abiertos, mirando a los imponentes apus —las montañas sagradas— para que les ayuden a culminar su faena. Repentinamente, como por arte de magia, los vientos empiezan a resoplar con fuerza, para luego azotar con furia andina. Entonces Abito y Manuel se apuran en recoger a manos llenas las espigas de trigo y lanzarlas al aire, acción seguida por una docena de turistas gringos y quien escribe, imitando entre divertidos y asombrados, la técnica de estos dos campesinos curtidos en estas lides. El viento, poderoso aliado, hace su trabajo —separar la paja del trigo— desde hace siglos. Razón tuvieron en bautizar a este pueblo wikos, “viento fuerte” en quechua.

Abito es mi anfitrión. Me siento junto a él mientras tomamos refresco de quinua bajo la sombra de un árbol. La faena ha concluido. Me quedo en su casa, en una habitación contigua a la cocina, donde un puma viejo y disecado, que aún pretende asustarme enseñando sus colmillos, cuelga de una de las paredes. Su abuelo lo mató de un escopetazo cuando el animalejo se comió una oveja suya, hace medio siglo. Los demás viajeros de este grupo han sido distribuidos en distintas casas construidas con cimientos de piedra, paredes de adobe y techos de teja, donde dormirán y comerán a la luz de un fogón junto a las familias que la comunidad les ha asignado como anfitriones. La luz eléctrica aún no llega a estas alturas.

“Me llamo Abito Meza Pascual. Tengo 44 años. Mi esposa se llama Margarita Sánchez Coleto y tiene 38 años. Tenemos cuatro hijos: dos mujeres y dos hombres. El mayor tiene 18. La menor nueve años. Me dedico a la agricultura y tengo tierras, arriba del cerro, pasando la acequia, en el sector Cachipachán, donde cultivo papas, trigo, quinua, cebada, ollucos y ocas —estos dos últimos, tubérculos locales—. También tengo mis vacas, mis chanchos y mis gallinas, pero no como antes. Nací en Vicos. He vivido aquí desde niño. Esta casa fue construida por mi abuelo hace 80 años. En 1999 fui elegido presidente de la comunidad por una asamblea general. Hice obras para mejorar la escuela y los baños termales de Chancos, más abajo de Vicos. Construimos siete kilómetros de desagüe para el pueblo. Ahora soy candidato a concejal por la provincia de Carhuaz, pero vivo de mis tierras y mis animales porque soy campesino. Con mi familia trabajo el campo. Mi hijo Johnny ha terminado el colegio y quiere estudiar turismo, eso dice que le gusta. El problema es el dinero, los gastos que hay que hacer si va a Huaraz a estudiar...”

TURISMO “VIVENCIAL”
EN TORNO A LA AGRICULTURA
En 2001, un grupo de familias vicosinas, incluida la de Abito, resolvió participar en una aventura inusual para un grupo de campesinos como ellos. Formarían parte de un proyecto de “turismo vivencial” denominado Cuyaquihuayi, término quechua que significa “casa bonita”. El proyecto sería financiado y dirigido por el Instituto de Montaña, organismo mundial dedicado a la conservación de la flora y fauna, desarrollo sostenible de los recursos naturales y preservación cultural de las comunidades que viven en el entorno geográfico de las cordilleras de los Andes, los Himalayas y los Apalaches.

El proyecto tenía un objetivo muy claro: que turistas y viajeros tuviesen la oportunidad de convivir con familias campesinas de esta localidad: quedarse en sus casas, gozar de su hospitalidad, de su comida típica, aprender sus costumbres y tradiciones, trabajar en el campo y participar de excursiones a lagunas, glaciares, ruinas preincas y bosques cercanos. Sin ingredientes artificiales. No se trataba de que los comuneros abandonasen sus trabajos para convertirse en meros guías turísticos. Ni que ahora se les pidiese que sirvieran desayuno americano a los gringos. La idea era que la comunidad decidiera en conjunto, primeramente, qué familias querían participar del proyecto y de un atractivo incentivo económico por generar estos servicios y seguidamente, que ellos decidieran en qué tiempos podían recibir visitantes en sus casas, sin que dejasen de lado sus faenas agrícolas. Porque por encima de todo, los vicosinos son campesinos y poseen una sabiduría nacida de su íntima relación con la pachamama —la madre tierra— que a nosotros se nos olvidó hace mucho tiempo. Porque estamos ahogados en tanto smog y rodeados de tanto concreto. Porque estamos agobiados con nuestro exceso de estrés, nuestra falta de tiempo y nuestra obsesión por el consumo. En Vicos nadie padece de estos males. Porque en Vicos, el tiempo es infinito.

Situado entre los 3100 y 3400 metros de altura y a unos 40 kilómetros al noreste de la ciudad de Huaraz, Vicos es lo que en Perú se conoce como una comunidad campesina, aunque oficialmente sea un poblado menor con unos 8 mil habitantes. El pueblo está en la quebrada Honda, al pie de los nevados Copa (6?188 msnm) e Ishinca (5?530 msnm) de la Cordillera Blanca.

Las casitas que se esparcen por encima del pueblo, sobre montes y cerros, entre campos de cultivo y riachuelos, parecen un gran nacimiento andino cuando cae el atardecer y el sol se oculta detrás de la Cordillera Negra, la otra cadena de montañas que encierra a un ancho valle andino conocido como el Callejón de Huaylas.

La historia de Vicos se remonta a épocas prehispánicas, cuando las huestes del Imperio Huari (Horizonte Medio, 700–1100 d. C.) ocuparon estas tierras. El conjunto arqueológico de Joncopampa, situado en una gran explanada al pie de la cordillera, da testimonio de ello. Posteriormente, entre 1594 y 1962, Vicos fue parte del sistema de haciendas, heredado de la Colonia, donde, como en gran parte de la región andina, los campesinos fueron sometidos a un trato cruel y abusivo. Pero en 1952, la historia de Vicos dio un giro importante. La Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), inició un programa antropológico en coordinación con el gobierno peruano de aquel entonces, para probar que una reforma agraria y la modernización del campo eran posibles. Los grandes hacendados peruanos vieron con recelo este proyecto. No obstante, en 1962 la comunidad le compró las tierras al estado peruano, marcando un precedente sin igual en todo el país. El hecho antecedió a la torpe y mal llevada reforma agraria que ejecutó la dictadura de Velasco Alvarado (1968–1975). Después de 368 años de haber sembrado, labrado y cosechado la tierra para patrones abusivos, Vicos era finalmente propiedad de sus hijos.

HOSPITALIDAD AL NATURAL

Un frío helado me despierta abruptamente. Una gallina que empolla a sus futuros hijos me mira insolente porque estoy invadiendo sus dominios. Es abril de 2003 y en esta oportunidad estoy en casa de Pablo, más precisamente en su gallinero, durmiendo en mi cómoda bolsa de dormir confeccionada con plumas de ganso. Quizá por ello la gallina me observa con actitud sospechosa. De nuevo, tengo el “honor” de quedarme dentro de los límites de la propiedad de un vicosino y no en la casita construida para los turistas, unos metros más allá. Un desayuno compuesto de humeante café de cebada, una cremosa sopa de arvejas y pan frito untado con miel de abejas me pone listísimo para empezar el día.

Pablo Tadeo Silio vive junto a su esposa Lucy y sus dos hijos, Bruno y Mayeli, casi al fondo de una quebrada por donde discurren las heladas aguas de una acequia provenientes de la laguna Legiacocha. De aspecto erguido y con unos treinta y tantos años, Pablo no sólo es uno de los comuneros más jóvenes del proyecto, sino el propietario de un criadero de truchas y de ricas tierras de cultivo en el caserío de Ullmay.

Los turistas suelen pasar de dos a cinco días en Vicos. Depende, en gran medida, de cómo les viene vivir de forma austera y si finalmente conectan con su familia anfitriona. La mayoría terminan fascinados por la experiencia aunque algunos terminan dándose cuenta de que no es el tipo de viaje que tenían en mente. Y es que a Vicos no se viene a descansar, a retozar en una hamaca o a beber algo refrescante al borde de una piscina. A Vicos se viene a trabajar y aprender, hombro a hombro con los campesinos.

Así, Manuel Meza Evaristo —vecino de Abito que vive bajando el riachuelo y trepando una loma— nos ofrece llevarnos a su chacra para aprender a remover la tierra de los sembradíos de papas, lo que comúnmente se conoce como aporque. Luego nos lleva a su casa, para aprender a hacer pan en horno de barro. Antulina Sánchez, su esposa, nos ofrece una papakashki —sopa de papas— y una infusión de muña, una planta aromática parecida a la menta y usada en el mundo andino por sus propiedades carminativas y estomacales. En la noche, nos sentamos alrededor de una fogata a que nos cuenten mitos y leyendas de la región, mientras las estrellas iluminan tímidamente el encuentro.

Tammy Leland es una gringa nacida en Montana, tierra del ganado y las montañas. A una edad muy joven se mudó a Seattle, donde fijó residencia y amistades. Ahora vive entre Estados Unidos y Perú, país del que se enamoró hace más de una década. Cuando llegó a Vicos en 2002, cayó rendida ante la belleza del lugar. Pero más aún ante la hospitalidad de la gente. “Lo mejor que me ha podido pasar es conocer Vicos y un modo de vida que hemos perdido y olvidado”, me dice. Desde hace cuatro años Tammy trae a través de Crooked Trails —una organización que promueve el turismo cultural y responsable a países como India, Tailandia, Kenia y Perú— a turistas que desean viajar para algo más que sólo tomarse la típica foto en Machu Picchu. Vicos les ofrece esa oportunidad. Y Tammy es feliz de brindarle la oportunidad a sus clientes. “Los vicosinos no tienen por qué pretender ser quienes no son, eso es lo más fantástico; la autenticidad en la que viven es justamente lo que cautiva a los viajeros.”

En suma, Crooked Trails impulsó en 2005 el proyecto que había iniciado el Instituto de Montaña en 2001, con la apertura de un centro de interpretación en Huaraz, administrado en conjunto por miembros de tres comunidades (Vicos, Humacchuco y Huaripampa). El centro se llama Yachaqui Wayi, que en quechua significa “casa del saber”, donde existen habitaciones para hospedarse, amplia información para los turistas sobre los lugares adonde se dirigen y una muestra permanente de los productos artesanales que cada comunidad elabora. El centro es importante para que los campesinos aprendan, a través de talleres, a manejar el proyecto turístico. Para ello llegan permanentemente voluntarios de distintas partes del mundo, especializados en diversas profesiones y oficios, que ayudan a entrenar a esta gente. A fin de cuentas, la idea es que en un mediano plazo, el Instituto de Montaña y Crooked Trails, se retiren y que tanto Vicos como las demás comunidades se hagan cargo íntegramente del proyecto de turismo vivencial.

INCIERTO PORVENIR
Julio 2005. Han transcurrido algunos años y ya son varias visitas que he realizado al pueblo de Vicos. Abito Meza Pascual, el mismo que gritaba al viento “¡Lorenzo!” hace algunos años, ahora tiene 47. Margarita, su esposa, tiene 41. Ambos siguen viviendo en Vicos, pero ya no en su casa arriba del cerro, pasando la acequia, sino a pocas cuadras de la plaza del pueblo.

Abito y Margarita son parte del séquito que nos ofrece un festín en nuestro último día en la comunidad. Una pachamanca: banquete en honor a la madre tierra, la pachamama, que nos cobija, cocinada en sus tibias entrañas. Lleva carne de res, pollo, cordero y alpaca, tubérculos como la oca, diversos tipos de papa y hasta camotes, junto a habas, maíz de inmensos y tiernos granos llamados “choclos” y muchas hierbas aromáticas. Abito mira el futuro con cierta expectativa. Su hijo Johnny terminó estudios de turismo y ahora busca un porvenir, quizá lejos de su familia. Abito no ganó las elecciones a las que se postuló como concejal, pero eso ya no importa. Porque él es campesino y, a fin de cuentas, vive de su tierra. Ahora hay luz eléctrica en la comunidad, lo cual trae televisión, internet y esas cosas llamadas “progreso” y “modernidad”. ¿Se transformará la vida de los habitantes de Vicos?, se pregunta Abito. Los nevados imponentes que vigilan en silencio, y aquel viento que separa la paja del trigo, serán los mudos testigos de aquel cambio.

LOS ANFITRIONES Y EL HOSPEDAJE
Por lo general, los viajeros se quedan en las casas de hospedaje construidas en las propiedades de Abito Meza, Julio Evaristo, Pablo Tadeo, Julián Evaristo, Eugenio Dextre, Manuel Meza o Andrés Gutierrez, todas situadas en distintos sectores de Vicos y a las que se llega caminando. La decisión de quiénes se quedan en qué casa recae en los miembros de la comunidad, debido a que se turnan en hospedar a los viajeros para que todos puedan gozar de los beneficios económicos. Los hospedajes cuentan con una chimenea, dos habitaciones (dos camas en cada una) y un baño tipo silo que se mantiene limpio con una caja llena de cenizas. Las casas no tienen luz eléctrica y por ende, no cuentan con agua caliente. Las comidas son servidas en la casa de los anfitriones —muy próxima al hospedaje— y son preparadas por las esposas de los comuneros. Sus hijos pueden ser, eventualmente, guías durante las actividades o excursiones programadas durante su visita. Si bien todos hablan español con sus huéspedes, muchos de los pobladores hablan quechua (la variedad de Huay- las) entre ellos.

EL MAR DE ALTURA
En Perú se le denomina soroche y si usted sufre de mal de altura, es recomendable que consulte con su médico antes de viajar. El soroche se produce por la disminución del oxígeno en la sangre y se manifiesta a través de mareos, dolores de cabeza e inclusive vómitos en los casos más agudos. La mejor manera de prevenirlo es con dieta ligera, nada de bebidas alcohólicas y descansando razonablemente durante las siguientes ocho horas al llegar a un lugar de altura considerable (a partir de los 2?300 msnm). Es altamente recomendable quedarse una noche en Huaraz para aclimatarse, antes de partir a Vicos o cualquier otra excursión. Se sugiere ingerir mate de coca, muy común en toda la región andina de Perú.

LA HOJA DE COCA
En Vicos, al igual que en el resto del mundo andino, la hoja de coca es un elemento de uso cotidiano y de gran valor cultural y espiritual. La satanización de esta planta, Erythroxylum coca —de la que se produce el clorhidrato de cocaína y otras sustancias con alto contenido tóxico—, ha generado una serie de prejuicios y desinformación sobre sus propiedades y beneficios. Lo cierto es que en Vicos se consume hoja de coca de tres maneras distintas: 1. para mates; 2. para leer el futuro y 3. para chacchar (palabra quechua para “mascar”): una costumbre ancestral andina que consiste en masticar un puñado de hojas (que sueltan un sabor amargo), con un poco de cal. Los vicosinos chacchan al hacer pagos a la pachamama, al iniciar faenas agrícolas, al realizar caminatas o excursiones o simplemente como parte de sus diversiones diarias.

LA TOLERANCIA Y EL RESPETO
El acercamiento a una comunidad que aún preserva y vive, día a día, tradiciones ancestrales que desconocemos o con las que podemos no estar de acuerdo, exige una dosis muy alta de tolerancia y respeto por otras culturas. Vicos no sólo es un destino sin igual por los extraordinarios paisajes y las actividades que el viajero puede realizar, sino por la oportunidad para poner a un costado prejuicios y miedos, y aprender de otras personas y costumbres en un ambiente acogedor y amigable. No se sienta obligado a participar de alguna actividad que no desee o degustar algún potaje que no le apetezca. Pero ya que escogió un destino tan poco convencional como Vicos, aventúrese sin reparos ni contemplaciones. No sólo por cortesía, sino por explorar algo más de este amplio y diverso planeta.

GUÍA PRÁCTICA

ACCESO Y TARIFAS

Vicos está 40 kilómetros al noreste de Huaraz (3?052 msnm), ciudad principal del circuito hacia el Callejón de Huaylas, donde existe todo tipo de servicios turísticos (lavanderías, cabinas de internet, buenos hoteles y restaurantes). La comunidad campesina está situada entre los 3100 y 3400 msnm, en la zona de amortiguamiento del Parque Nacional Huascarán.

Cómo llegar por cuenta propia desde Huaraz
Desde el puente Quillcay (al norte de la ciudad), se puede uno mover en pequeñas camionetas llamadas “combis,” que realizan toda la ruta del Callejón hasta Caraz. La “combi” pasa por el pueblo de Marcará, a 23 kilómetros de Huaraz y el costo es de menos de un dólar. De ahí, por medio dólar, existen otras “combis” que van hasta la plaza principal de Vicos (a 8 kilómetros), pasando antes por los baños termales de Chancos (a 3 kilómetros), muy recomendables por cierto.

Para visitar y quedarse en Vicos
Se recomienda contactar al Centro Yachaqui Wayi, el centro de interpretación administrado por miembros de las comunidades de Vicos, Humacchuco y Huaripampa en Huaraz (Avenida Tarapacá 1452; T. 51 (43) 422 362; www.yachaquiwayi.org), que además ofrece hospedaje modesto pero limpio y seguro, en habitaciones dobles, triples y cuádruples, con baños privados y agua caliente a unos 8 dólares la cama. El dinero recaudado es para seguir manteniendo el centro.
El costo de estadía en Vicos oscila desde 25 dólares diarios por persona (para grupos de 5 a 8 viajeros), hasta 33 dólares diarios por persona (para dos viajeros). La tarifa incluye: los guías, hospedaje, las comidas, visitas a los artesanos, músicos, impuestos y una pachamanca el último día de la visita, cuando la estadía es de más de un día. La tarifa no incluye transporte Huaraz-Vicos-Huaraz, ni ningún otro tipo de transporte durante las excursiones en la localidad.
Crooked Trails ofrece visitas a Vicos desde su base en la ciudad de Seattle, Washington (T. (206) 372 4405; www.crookedtrails.com), como parte de un circuito por Lima, Cusco, el Valle de Majes y el Callejón de Huaylas.
Para mayor información sobre los proyectos de turismo vivencial desarrollados en Vicos, Humacchuco y Huaripampa, visite la página del Instituto de Montaña en www.mountain.org/work/andes/tourism/index.cfm. La información está en inglés.
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