Lujo sin culpas en Bali: la orfebrería sustentable
Fotografía de John Brunton

Lujo sin culpas en Bali: la orfebrería sustentable

Las joyas representan la cúspide del derroche y la frivolidad. Pero es innegable que adornarse de metales y piedras preciosas es una práctica milenaria. Ésa es la veta que decidió explotar el diseñador John Hardy al instalar sus talleres en la isla indonesa de Bali, y desarrollar lo que ahora parece una comuna inspirada en una fábula de final feliz.
Por John Brunton | junio 2006 | Tags: , , ,
La exquisita joyería del diseñador canadiense John Hardy puede conseguirse en tiendas de lujo como Neiman Marcus y Saks Fifth Avenue de Nueva York. Madonna ha aparecido en la portada de la revista Elle con las clásicas pulseras de Hardy, y todas las revistas de moda despliegan con frecuencia páginas y páginas con sus colecciones de joyería, gemas y productos para la casa.

Lo que pocos saben, sin embargo, es que estos objetos de lujo, que llegan a costar hasta 600 dólares por un dije o 2 mil por un brazalete, se producen a miles de kilómetros de distancia, en la isla indonesa de Bali. El atrevido proyecto de Hardy combina las habilidades artesanales tradicionales de los balineses con tecnología de punta, y garantiza la preservación del modo de vida de la isla, al tiempo que hace uso de los conocimientos de la mercadotecnia moderna para alcanzar un mercado global. Él lo llama “lujo sustentable”.

John Hardy rara vez concede entrevistas, pero en una reciente visita a sus talleres en el centro de Bali, accedió a hablar largo y tendido sobre su filosofía, su experiencia de vivir ahí durante más de veinticinco años, y sus esperanzas para el futuro del pueblo balinés. “Nuestro primer deber”, dice Hardy, “es ser sustentable. Cuando la gente compra nuestra joyería —que creo que es la más hermosa del mundo— está invirtiendo en algo que puede dejarle a sus hijos y nietos, y que fue hecho por alguien que aprendió su oficio de sus padres y sus abuelos. Hemos tratado de crear aquí un ambiente acogedor y respetuoso, y siempre hay tiempo suficiente para que cada objeto se haga con todo el cuidado del mundo”.

Hardy se ve y actúa como la clásica figura de la contracultura, vestido en un holgado sarong balinés, descalzo, con el cabello plateado enmarañado y sentado en una oficina minimalista que parece un cascarón de huevo. Pero su discurso es una mezcla brillante de ideas creativas y de negocios con principios ecológicos y ambientales. “Empleamos a seiscientas personas aquí”, explica, “una aldea global de hindúes, musulmanes y cristianos, aunque la mayoría son balineses, que viven a menos de diez kilómetros de los talleres”.

Tras haber abandonado los estudios universitarios en su natal Canadá, Hardy se apareció en Bali en 1975, y tras unos años de vida bohemia, descubrió la herencia y la habilidad de los plateros balineses, conoció a su musa y actual esposa, Cynthia, y comenzó a crear su propia joyería. “Desde el momento en que establecí mi compañía, he tenido una visión a largo plazo”, insiste Hardy, “aunque me veo a mí mismo aquí en Bali para toda la vida, también pienso que el concepto de ‘aquí’ es muy transitorio. Esta tierra no es la tierra de la compañía, sólo la estamos usando temporalmente. Si los talleres llegan a cerrar, la construcción —de bambú y yeso de lodo— está diseñada de tal modo que el terreno podría volver a usarse para el cultivo de manera casi inmediata”.

Para Hardy, el bambú y la tecnología de la información son dos de los elementos más importantes para el futuro. “No importa cuántos estragos el hombre pueda hacer aquí —y creo que va a llegar el día de hacer cuentas, porque la gente que posee tierras tiene el deber de cultivar comida y eso simplemente no está sucediendo—, cualquier balinés puede comenzar de nuevo plantando bambú, y convirtiéndose en productor de bambú maderable cinco años después. Acabo de construir la más increíble sala de exhibición para nuestros productos con nada más que bambú y lodo. La llamamos “Kapal Bambu”, tiene casi 15 metros, y da la sensación de ser una catedral. La gente piensa que nos costó un millón de dólares, pero la construimos en una semana con seis mil.”

Curiosamente, ninguna tienda de Bali vende la joyería de John Hardy: el diseñador prefiere que la gente haga el esfuerzo de venir y descubrir sus talleres. Cualquiera puede llamarlo y hacer una cita para visitarlos, escondidos entre idílicos arrozales a unos kilómetros de Ubud, la capital cultural de Bali. Así los clientes que vienen a ver la exclusiva joyería descubren a la vez las condiciones únicas de trabajo que Hardy ha creado para sus trabajadores.

En algunos de los talleres, donde los artesanos tallan intricados diseños sobre las láminas de plata, el tiempo parece haberse detenido por siglos. Pero otros parecen un viaje al futuro, con artesanos vestidos como astronautas que utilizan complejas herramientas láser para grabar, y se sirven de lupas gigantes para asegurar una precisión impecable. Guy Bedarida, el influyente director creativo y diseñador principal de la firma, cuenta que abandonó su puesto en la compañía Van Cleef & Arpels para venir aquí porque no podía negarse a la oportunidad de usar las técnicas vivientes de los siglos xvi, xvii y xviii, soldadas con la alta tecnología del siglo xxi.

ECOLOGÍA EN CHAROLA DE PLATA
A primera vista, la fábrica parece una modesta aldea rural, un laberinto de sencillos edificios de bambú tejido con techos de paja, escondidos detrás de altos muros de lodo cubiertos de fragantes buganvillas y frangipanes. Hay animales por todos lados —una vaca y su becerro, pavos, patos y gallinas—. En medio de la vegetación tropical, una serie de talleres, estudios de diseño y cuartos de computación se conectan con caminos hechos con piedras de río o estrechos puentes de madera que cruzan los estanques —a pesar de que la joyería exhibida en el Kapal Bambu ostenta precios de lujo, éste no es un sitio para llevar tacones ni ropa de diseñador.

Lo que sí vale la pena es venir hambriento, pues la cúspide de la visita sucede a las 13 horas, cuando todo mundo está invitado a la extravagante comida comunal. Hardy piensa que sus trabajadores deben comer bien, y tiene un chef balinés que con un equipo de cocina gigantesco prepara todos los días festines tradicionales de seis o siete tiempos. Todo mundo se sienta bajo la sombra de los árboles y come al aire libre —es un descanso de una hora obligatorio para toda la fábrica, pues a Hardy no le gusta ver a esos ejecutivos que tratan de trabajar en su hora de comida—. Los visitantes están invitados a sentarse a la larga mesa presidida por John y Cynthia quienes, por supuesto, no pierden la oportunidad de utilizar la última línea de Hardy: sus platos, platones y cubiertos de plata.

En los campos que rodean la fábrica, se cultiva la comida y se crían los animales que alimentan a los 600 trabajadores todos los días. El cultivo es orgánico, y por supuesto no se toleran las semillas modificadas genéticamente. Todos los empleados —desde los ayudantes de cocina y orfebres balineses, hasta los técnicos en computación europeos— están involucrados en esta comunidad idealista. De modo que ya no sorprende oír a Hardy decir que para crear un ambiente de equipo, no necesita conseguir una suite en el Hilton más cercano, sino más bien llevarse a todo mundo —obreros y ejecutivos— a trabajar en un campo de arroz. “A cada quien se le asigna un grupo, encargado de cuidar una parte de la terraza. Eventualmente, todos participamos en la cosecha y terminamos en la cocina preparando un enorme festín. ¡Eso es lo que crea el espíritu de equipo!”

Otro de los motivos clave del éxito de John Hardy en Bali es que su compañía participa en las actividades religiosas y sociales de los pueblos vecinos. No es exagerado decir que la vida diaria de todos los balineses se desenvuelve en torno a rituales y festivales religiosos, de modo que los extranjeros que quieran ser aceptados tienen que participar también, sin importar el tiempo que esto implique. Hardy entendió esto muy bien. Explica que “los extranjeros pueden venir aquí y pensar que los balineses son pobres, pero no perciben lo ricos que son desde el punto de vista cultural. Es difícil darse cuenta de lo arraigado que está el hinduismo aquí, y ésa es la gran esperanza de Bali. Si un balinés se gana la lotería, lo primero que hará será construir el templo más grande que pueda, y sólo después considerará una casa o un auto”.

Cuando estallaron las bombas terroristas, por ejemplo, los balineses no querían matar a nadie en venganza, sino que deseaban saber por qué habían desatado la furia de los dioses. La idea de una retribución ni siquiera salió a colación. En cambio, cada isleño hizo una peregrinación y una ofrenda en el templo sagrado de Besakih en el centro de la isla.

Sólo Hardy sabe lo que terminará haciendo con sus ganancias pero, hasta el momento, es claro que algo le ha aprendido a sus coterráneos.

*Traducción de Claudia Itzkowich


Catálogos y ventas
www.johnhardy.com
Visitas privadas en Bali:
T. 62 (361) 469 888
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