
©Cortesía Morgan's Rock
Morgan's Rock, lujo a pies descalzos
Sitios para olvidarse de agendas y teléfonos celulares, los hay al por mayor. Pero en este hotel de la costa nicaragüense, erigido por una familia francesa fervientemente comprometida con la reforestación y la conservación, uno llega a preguntarse si en serio los volverá a necesitar. Al menos mientras duran las vacaciones.
La camioneta se aleja de San Juan del Sur, una pequeña bahía de pescadores al sur del Pacífico de Nicaragua, por caminos que zigzaguean bosque adentro. Vamos camino a Playa Ocotal, rumbo a la Hacienda & Ecolodge Morgan’s Rock, inaugurada hace dos años como el primer hotel de lujo en Nicaragua que se combina además con un proyecto de agroturismo y desarrollo sostenible. Pero “lujo” aquí no significa sábanas Frette, mayordomo personal ni gadgets tecnológicos, sino estar inmerso en la naturaleza.
Un simple cartel de madera anuncia que llegamos: 1800 hectáreas albergan a este privadísimo ecoresort al cual sólo puede accederse previa reservación. Adentro siguen los caminos serpenteantes, pero el verde es más profundo y se suceden, a los costados, un establo, un pequeño taller de maderas, sembradíos, árboles de reforestación en perfectas hileras, el aullido de un mono congo, vacas, mucho bosque. Ni rastros de un “hotel”.
Pero quince minutos más, bosque adentro, llegamos, justo cuando la espesura se abre en una bahía, con arena blanquísima y olas suaves y azules, que se ven desde el amplio espacio abierto al mar que hace las veces de recepción y de sala de descanso. En las paredes, mapas antiguos cuentan la particular historia de esta zona: a fines de siglo xix, el senador estadounidense John Morgan (1824-1907) propuso que pasara por aquí el canal interoceánico que finalmente se construyó en Panamá.
Morgan’s Rock está construido en desniveles; del lobby al restaurante, del restaurante a la piscina, de la piscina a la playa, en una misma gama de colores y materiales: piedra, palma, cerámica y, sobre todo, maderas preciosas del bosque tropical, provenientes de plantaciones certificadas. Almendro en los pisos, caoba en las decoraciones, cedro y eucalipto para los postes, laurel y nogal para la estructura, teca para los muebles.
El diseño corrió a cargo de los Ponçon, la familia francesa que concibió el lodge, y del arquitecto inglés Matthew Falkiner, todos residentes en Nicaragua desde hace muchos años. “Nicaragua está bendecida con materiales naturales increíbles, y Morgan’s Rock es una celebración de eso”, dice Falkiner. Durante dos años hicieron entre todos un relevo topográfico de la finca para decidir cómo y dónde construir un hotel que fuera “un espectador, escondido entre la bahía, el estero y el bosque, un lodge con cien hectáreas de vida silvestre a sus espaldas y con una mínima intrusión en el paisaje”.
Jugando con el tiempo, trabajando con la naturaleza es el lema del hotel. Un puente de 90 metros de largo cuelga sobre un cañón y comunica el lobby y el restaurante con los quince bungalows, construidos de cara al océano, con el bosque tropical seco cubriéndoles las espaldas. No hay minibar, ni aire acondicionado. Tampoco teléfono, ni relojes, ni televisión. Lo que hay es una habitación hermosa en su austeridad, con cinco clases de maderas y paredes de cedazo, para permitir la ventilación natural. Un mural pintado sobre corteza vegetal por el artista Antonio Silva retrata con estilo precolombino la fauna que nos rodea: tortugas, ranas, pájaros, insectos. Hay una cama colgante perfecta para la siesta o la vista del atardecer. En pocas palabras: un sitio para disfrutar de un barefoot luxury (lujo a pies descalzos), como define la gerente el estilo despojado que propone el lodge. Para exuberancias, pienso, basta el paisaje que nos envuelve.
De regreso al edificio principal, de cara al océano, con un té de jamaica helado, es fácil creer que uno es el único huésped, aun si el hotel tiene la mitad de los bungalows ocupados. Algunos estarán en la playa, otros en el yoga deck o en la piscina infinita —sin cloro ni conservantes: se usa sal marina para preservar el agua—. Un par tal vez habrán ido a pescar langostas o bucear en busca de delfines y mantarrayas a bordo de El Argonauta —un yate de unos 15 metros, también hecho con maderas típicas de la zona—. Alguien estará acampando en la casa del observatorio, en el punto más alto de la finca, desde donde se ven los volcanes de la isla de Ometepe emergiendo del Lago de Nicaragua y toda la inmensidad del Pacífico. O haciendo su propio queso o su propio ron en un tour de agroturismo por la finca: hay 800 hectáreas de reserva privada para explorar y un catálogo de excursiones completísimo.
Pero yo me quedo aquí, bajo la palma de La Bastide, el restaurante del resort, mientras Clemente Ponçon, ingeniero ambiental y alma pater del lugar, me cuenta la historia que comenzó cuando él y su familia compraron lo que había sido una finca ganadera, saqueada de toda su riqueza natural, y plantaron un millón y medio de árboles maderables y frutales. Así, desde el principio, todo en Morgan’s Rock remitió a principios conservacionistas. El mobiliario de las habitaciones fue hecho con las sobras de la construcción de los bungalows. Los caminos, con madera dañada durante la construcción. Las lámparas y grifería, con restos de cobre y metal del puente; la basura se recicla, las duchas funcionan con energía solar, el agua se filtra y se reutiliza para irrigación… Y la cocina merece un capítulo aparte.
Desde la leche y el queso hasta los camarones, pasando por las frutas, los huevos, el arroz, el pollo, los vegetales y hasta el cordero que se sirve en La
Bastide, se producen en la hacienda orgánica. Según Ponçon, sin contar el pescado, que “lo regala todos los días la bahía”, hoy por hoy la cocina se abastece en más del 50% con producción de la hacienda. El menú cambia todos los días y es una fusión de cocina francesa con productos nicaragüenses, más algunos toques de inspiración asiática, todo diseñado por el chef francés Jean Campagne, asesor culinario de Morgan’s Rock.
En la playa, el hotel instaló tiendas de palma con hamacas, sillones, almohadones y agua fresca, muy cerca de donde unas maderas clavadas en la arena indican los nidos de las tortugas Baula que se acercan cada año a Ocotal a desovar —eventualmente, también puede verse la tortuga Paslama, un gigante marino que puede llegar a pesar 300 kilos— . Entre agosto y noviembre, uno puede pedir que lo despierten a medianoche justo para ver la llegada de las tortugas o el bautismo de las nuevas tortuguitas en el mar. Otros animales muy comunes en los alrededores son varias especies de monos, iguanas, perezosos, y más de 70 clases de pájaros. Desde la reforestación, la propiedad alberga casi tanta variedad de fauna y flora como en el cercano Parque Nacional La Flor.
En un jeep recorremos parte de la finca: los establos, la granja orgánica, los campos de reforestación, y mientras me cuentan parte de la historia de este rincón del mundo, pienso que involucrarse en la cultura y la naturaleza de un lugar podría ser la nueva definición de la palabra “lujo”, tal y como aquí se experimenta.
LAPA RÍOS: EL EJEMPLO
A SEGUIR EN COSTA RICA
Si algo convenció a los Ponçon de que un proyecto turístico podía preservar e incluso impulsar el desarrollo conjunto de la naturaleza y la comunidad que la rodea, fue haber conocido antes de construir Morgan’s Rock el trabajo de John y Karen Lewis, una pareja de Minnesota, ex miembros de los Cuerpos de Paz, que crearon en 1993 Lapa Ríos, hoy el ecoresort más importante de Costa Rica, ubicado en el corazón de una reserva privada de 400 hectáreas en la remota Península de la Osa, en el Pacífico sur del país.
Son 16 bungalows de techo de palma, maderas tropicales y muebles de bambú donde uno se duerme inmerso en los sonidos de la selva. Pero la experiencia de estar cerca del Parque Nacional Corcovado no es lo único que distingue a Lapa Ríos: la empresa se guía por los principios conservacionistas de la Asociación Internacional de Ecoturismo. Su medio centenar de empleados son locales, el lodge colabora activamente con la escuela de Playa Carbonera, que ayudaron a crear, y sus esfuerzos conservacionistas merecieron innumerables reconocimientos, incluido el reciente Secretary of State’s Award for Corporate Excellence (ace) 2005, del gobierno de Estados Unidos, “por sus prácticas comerciales ejemplares”. En Costa Rica, es el único hotel que alcanzó la máxima calificación en el Certificado de Sostenibilidad Turística que otorga el Instituto Costarricense de Turismo (ict).
HACIENDA & ECOLODGE
MORGAN’S ROCK
Playa Ocotal, Costa del Pacífico T. y F. 506 (296) 9442 en Costa Rica www.morgansrock.com
Bungalows desde 170 dólares por persona en habitación doble, incluye desayuno, almuerzo y cena en menú de tres tiempos, bebidas naturales, gaseosas y cerveza sin límites, e impuestos.
LAPA RÍOS
12 millas al sur de Puerto Jiménez T. 506 (735) 5130 F. 506 (735) 5179 www.laparios.com
Desde 195 dólares por persona en ocupación doble, con todas las comidas, bebidas no alcohólicas, impuestos y viaje Puerto Jiménez/Lapa Ríos/Puerto Jiménez. La mejor época es la estación seca, de diciembre a mayo.
Un simple cartel de madera anuncia que llegamos: 1800 hectáreas albergan a este privadísimo ecoresort al cual sólo puede accederse previa reservación. Adentro siguen los caminos serpenteantes, pero el verde es más profundo y se suceden, a los costados, un establo, un pequeño taller de maderas, sembradíos, árboles de reforestación en perfectas hileras, el aullido de un mono congo, vacas, mucho bosque. Ni rastros de un “hotel”.
Pero quince minutos más, bosque adentro, llegamos, justo cuando la espesura se abre en una bahía, con arena blanquísima y olas suaves y azules, que se ven desde el amplio espacio abierto al mar que hace las veces de recepción y de sala de descanso. En las paredes, mapas antiguos cuentan la particular historia de esta zona: a fines de siglo xix, el senador estadounidense John Morgan (1824-1907) propuso que pasara por aquí el canal interoceánico que finalmente se construyó en Panamá.
Morgan’s Rock está construido en desniveles; del lobby al restaurante, del restaurante a la piscina, de la piscina a la playa, en una misma gama de colores y materiales: piedra, palma, cerámica y, sobre todo, maderas preciosas del bosque tropical, provenientes de plantaciones certificadas. Almendro en los pisos, caoba en las decoraciones, cedro y eucalipto para los postes, laurel y nogal para la estructura, teca para los muebles.
El diseño corrió a cargo de los Ponçon, la familia francesa que concibió el lodge, y del arquitecto inglés Matthew Falkiner, todos residentes en Nicaragua desde hace muchos años. “Nicaragua está bendecida con materiales naturales increíbles, y Morgan’s Rock es una celebración de eso”, dice Falkiner. Durante dos años hicieron entre todos un relevo topográfico de la finca para decidir cómo y dónde construir un hotel que fuera “un espectador, escondido entre la bahía, el estero y el bosque, un lodge con cien hectáreas de vida silvestre a sus espaldas y con una mínima intrusión en el paisaje”.
Jugando con el tiempo, trabajando con la naturaleza es el lema del hotel. Un puente de 90 metros de largo cuelga sobre un cañón y comunica el lobby y el restaurante con los quince bungalows, construidos de cara al océano, con el bosque tropical seco cubriéndoles las espaldas. No hay minibar, ni aire acondicionado. Tampoco teléfono, ni relojes, ni televisión. Lo que hay es una habitación hermosa en su austeridad, con cinco clases de maderas y paredes de cedazo, para permitir la ventilación natural. Un mural pintado sobre corteza vegetal por el artista Antonio Silva retrata con estilo precolombino la fauna que nos rodea: tortugas, ranas, pájaros, insectos. Hay una cama colgante perfecta para la siesta o la vista del atardecer. En pocas palabras: un sitio para disfrutar de un barefoot luxury (lujo a pies descalzos), como define la gerente el estilo despojado que propone el lodge. Para exuberancias, pienso, basta el paisaje que nos envuelve.
De regreso al edificio principal, de cara al océano, con un té de jamaica helado, es fácil creer que uno es el único huésped, aun si el hotel tiene la mitad de los bungalows ocupados. Algunos estarán en la playa, otros en el yoga deck o en la piscina infinita —sin cloro ni conservantes: se usa sal marina para preservar el agua—. Un par tal vez habrán ido a pescar langostas o bucear en busca de delfines y mantarrayas a bordo de El Argonauta —un yate de unos 15 metros, también hecho con maderas típicas de la zona—. Alguien estará acampando en la casa del observatorio, en el punto más alto de la finca, desde donde se ven los volcanes de la isla de Ometepe emergiendo del Lago de Nicaragua y toda la inmensidad del Pacífico. O haciendo su propio queso o su propio ron en un tour de agroturismo por la finca: hay 800 hectáreas de reserva privada para explorar y un catálogo de excursiones completísimo.
Pero yo me quedo aquí, bajo la palma de La Bastide, el restaurante del resort, mientras Clemente Ponçon, ingeniero ambiental y alma pater del lugar, me cuenta la historia que comenzó cuando él y su familia compraron lo que había sido una finca ganadera, saqueada de toda su riqueza natural, y plantaron un millón y medio de árboles maderables y frutales. Así, desde el principio, todo en Morgan’s Rock remitió a principios conservacionistas. El mobiliario de las habitaciones fue hecho con las sobras de la construcción de los bungalows. Los caminos, con madera dañada durante la construcción. Las lámparas y grifería, con restos de cobre y metal del puente; la basura se recicla, las duchas funcionan con energía solar, el agua se filtra y se reutiliza para irrigación… Y la cocina merece un capítulo aparte.
Desde la leche y el queso hasta los camarones, pasando por las frutas, los huevos, el arroz, el pollo, los vegetales y hasta el cordero que se sirve en La
Bastide, se producen en la hacienda orgánica. Según Ponçon, sin contar el pescado, que “lo regala todos los días la bahía”, hoy por hoy la cocina se abastece en más del 50% con producción de la hacienda. El menú cambia todos los días y es una fusión de cocina francesa con productos nicaragüenses, más algunos toques de inspiración asiática, todo diseñado por el chef francés Jean Campagne, asesor culinario de Morgan’s Rock.
En la playa, el hotel instaló tiendas de palma con hamacas, sillones, almohadones y agua fresca, muy cerca de donde unas maderas clavadas en la arena indican los nidos de las tortugas Baula que se acercan cada año a Ocotal a desovar —eventualmente, también puede verse la tortuga Paslama, un gigante marino que puede llegar a pesar 300 kilos— . Entre agosto y noviembre, uno puede pedir que lo despierten a medianoche justo para ver la llegada de las tortugas o el bautismo de las nuevas tortuguitas en el mar. Otros animales muy comunes en los alrededores son varias especies de monos, iguanas, perezosos, y más de 70 clases de pájaros. Desde la reforestación, la propiedad alberga casi tanta variedad de fauna y flora como en el cercano Parque Nacional La Flor.
En un jeep recorremos parte de la finca: los establos, la granja orgánica, los campos de reforestación, y mientras me cuentan parte de la historia de este rincón del mundo, pienso que involucrarse en la cultura y la naturaleza de un lugar podría ser la nueva definición de la palabra “lujo”, tal y como aquí se experimenta.
LAPA RÍOS: EL EJEMPLO
A SEGUIR EN COSTA RICA
Si algo convenció a los Ponçon de que un proyecto turístico podía preservar e incluso impulsar el desarrollo conjunto de la naturaleza y la comunidad que la rodea, fue haber conocido antes de construir Morgan’s Rock el trabajo de John y Karen Lewis, una pareja de Minnesota, ex miembros de los Cuerpos de Paz, que crearon en 1993 Lapa Ríos, hoy el ecoresort más importante de Costa Rica, ubicado en el corazón de una reserva privada de 400 hectáreas en la remota Península de la Osa, en el Pacífico sur del país.
Son 16 bungalows de techo de palma, maderas tropicales y muebles de bambú donde uno se duerme inmerso en los sonidos de la selva. Pero la experiencia de estar cerca del Parque Nacional Corcovado no es lo único que distingue a Lapa Ríos: la empresa se guía por los principios conservacionistas de la Asociación Internacional de Ecoturismo. Su medio centenar de empleados son locales, el lodge colabora activamente con la escuela de Playa Carbonera, que ayudaron a crear, y sus esfuerzos conservacionistas merecieron innumerables reconocimientos, incluido el reciente Secretary of State’s Award for Corporate Excellence (ace) 2005, del gobierno de Estados Unidos, “por sus prácticas comerciales ejemplares”. En Costa Rica, es el único hotel que alcanzó la máxima calificación en el Certificado de Sostenibilidad Turística que otorga el Instituto Costarricense de Turismo (ict).
HACIENDA & ECOLODGE
MORGAN’S ROCK
Playa Ocotal, Costa del Pacífico T. y F. 506 (296) 9442 en Costa Rica www.morgansrock.com
Bungalows desde 170 dólares por persona en habitación doble, incluye desayuno, almuerzo y cena en menú de tres tiempos, bebidas naturales, gaseosas y cerveza sin límites, e impuestos.
LAPA RÍOS
12 millas al sur de Puerto Jiménez T. 506 (735) 5130 F. 506 (735) 5179 www.laparios.com
Desde 195 dólares por persona en ocupación doble, con todas las comidas, bebidas no alcohólicas, impuestos y viaje Puerto Jiménez/Lapa Ríos/Puerto Jiménez. La mejor época es la estación seca, de diciembre a mayo.























