De historias, geografías y placeres en Malta
Templo monolítico de Hagar Qim Fotografía de Alonso Vera Cantú, Paulina G. Vallejo

De historias, geografías y placeres en Malta

Malta atrae lo mismo a los gustosos de la historia y la arqueología que a los amantes de la naturleza y los deportes acuáticos. Los hedonistas podrán degustar estofados de pulpo y de conejo con vista a sus acantilados, o husmear por los locales de antigüedades, de filigrana de plata, de vidrio soplado o de finos bordados de seda y algodón.
Más que un mar, el Mediterráneo es un estilo de vida. Un estilo de vida, por cierto, bastante choteado. Ahora resulta que todo es “mediterráneo”: la dieta, el bar de moda, el color del tapiz.

Pero el archipiélago maltés ciertamente ha sido impregnado por todos los que han navegado, contendido, comerciado y amado este mar. Y lo manifiesta al visitante, entre muchas otras cosas, con un descaro de arquitecturas y cocinas, de siestas, cenas “al fresco” y largas jornadas de beber café o vino a la sombra de olivos y fortines, con el aroma del jazmín y el arrullo de las olas.

Su sol de león lo revela todo: los delfines, los dioses, las olas rotas, el canto de sirenas. Y como a mí de pequeño me enseñaron a leer primero el final del libro para dominar el ansia del desenlace y disfrutar el trayecto más que su culminación, entonces también visité Malta.

VALE UN COMINO
A pesar de que ahora habla por celular, el pescador maltés prepara en los restos de una torre medieval su pez salado como almuerzo, tal y como se ha preparado desde que las flotas de Roma y Cartago se batieran cerca de allí por el dominio del mundo.

Su piel cobriza y enorme barriga me delatan su afán por los placeres costeros, mientras que sus dientes, o la falta de casi todos, denotan los estragos de los seis meses del año que allí pasan celebrando a los santos patronos. Bajtra —un dulce licor que fermentan del fruto del nopal—, algodones de azúcar y el apenas comestible turrón que allí adoran y llaman nougat, parecen ser el móvil tácito de sacar a pasear, una a una de diciembre a junio, las estatuas sacras que luego decoran sus cuantiosas catedrales hasta el año siguiente.

Con su inglés quebrado de árabe y otras tantas lenguas que por allí han pasado me invitó a platicar. Comino, su isla, sale del mar como copete de un risco sumergido que hace siglos separaba dos grandes lagos entre Europa y África. La separación continental, explicada en los mitos griegos con los “Pilares” que apartó Hércules —las rocas de Gibraltar y Ceuta—, permitió la incursión del Atlántico a estos lagos fraguando lo que hoy día llamamos Mar Mediterráneo.

Comino es de poca importancia para el mundo. Aunque se halla en el centro, la isla es desconocida inclusive por muchos de los habitantes de la región. Tal vez por eso decimos “me vale un comino”. Pero eso no lo sé de cierto. Lo que sí sé es que los mapas registran tan sólo una salpicadura de tierra 90 kilómetros al sur de Sicilia. Es casi un islote revestido de flores salvajes en primavera que se camina en media hora, alborotado únicamente por la brisa, las aves marinas y los buzos y bañistas que se dan cita en las aguas cristalinas de su Laguna Azul.

Aquí, entre las dos islas “grandes” —Malta y Gozo— y dos pequeños escollos que completan el archipiélago, donde suele descansar luego de echar las redes desde temprano, vive junto con un policía, otros seis vecinos censados y un cura que, según me dijo, murió hace poco. Hay también un hostal que ofrece albergue a quien opta por tener el mar y el cielo para él solo.

EL AUTOBAHN DE LA EDAD DE PIEDRA
A Comino llegué cruzando en barca desde Gozo, un sitio donde tampoco les llegan las prisas de los cruceros y sus esquizofrénicos pasajeros. Por ello es idóneo para quien busca la atmósfera maltesa suspendida en un tiempo que acontece a un ritmo preferente.

Elegir aquí dónde hospedarse no es tarea tan fácil como en Comino, pero opté por el Hotel Ta’Cenc y sus representantes me esperaban en la bahía de Mgarr. Allí cada media hora van y vienen los ferries desde Malta, atracando a la sombra del santuario neogótico de Lourdes, luego de seis kilómetros. O van y vienen desde Gozo, como prefieren decir sus habitantes.

Son sólo treinta mil en la isla, pero manejan como si no estuviesen en peligro de extinción. Así que tuve que dejar para después la apreciación y concentrarme en la transpiración hasta llegar a la propiedad de 160 hectáreas al borde de un acantilado magnífico.

Creadas con caliza local, sus 83 habitaciones están esparcidas frente al mar entre jardines de flores y palmeras. En torno hay dos albercas, una pérgola y un restaurante gourmet nombrado Il Carrubo por su árbol de 350 años, además de un nuevo y comprensivo centro de salud.

Es un deleite salir del bungalow y encontrar también un templo megalítico de la Edad de Bronce, así como el Palazzo Palina, erigido para el Gran Maestre Perellós en el siglo xvi, donde se capturaba el halcón con el que los Caballeros de la Orden de Malta “pagaban” su estancia en las islas a los soberanos de la Corona de Aragón.

Allí se puede caminar sobre algunas de las misteriosas “marcas de carretas” que surcan la isla intrigando a los arqueólogos. Con más de siete mil años de antigüedad, se dice que atraviesan el Mediterráneo desde Sicilia hasta Libia, denotando tal vez un autobahn neolítico. Las marcas conducen hasta un fiordo rocoso de aguas prístinas, espectacular para asolearse, nadar o tomar el aperitivo entre geranios, lavandas y cactus.

A la mañana siguiente manejé con mi mujer a Xlendi, un antiguo asentamiento de pescadores en torno a una elegante bahía estilo St. Tropez, pero sin pretensiones. Veinticinco restaurantes y cafeterías se debaten las vistas del mar y sus formaciones rocosas. No hay mucho más que hacer allí que mirar, beber, leer o platicar. Pero no hay nada más que uno quiera hacer allí.

Como lejos no es una palabra factible, en pocos minutos atravesamos los plantíos de olivos y cítricos surcados por viejos acueductos del valle de Lunzjata, hasta el sitio donde se encuentra la estructura de piedra más antigua del mundo, según la oficina de turismo de Malta y el Guinness Book of Records.

Alzados mil años antes que las pirámides en Giza, los enormes bloques del templo Ggantija llevan 5?600 años emulando la silueta voluptuosa de la diosa neolítica de la fertilidad. Una figurilla de barro de la madre recostada, que se encuentra en el Museo Arqueológico de Malta (Auberge de Provence, Republic Street, Valletta; T. (356) 2122 1623; todo el año de 9 a 17 horas) se descubrió en sus altares grabados con espirales que erizan la piel. Llamada luego Astarte por los fenicios, Afrodita por los griegos y Venus por los romanos, el símbolo del amor y la fertilidad perdió sus grandes pechos y mirada cachonda en la Virgen católica que hoy día se venera en las islas. Hagar Qim y Tarxien, en la vecina isla de Malta, son otros templos Patrimonio de la Humanidad que justifican por sí mismos el viaje.

Luego de circunnavegar el templo nos retiramos, para comprar vinos y hojaldres con queso ricotta y disfrutarlos en el parque de diversiones naturales que es la costa oeste, o Dwejra Point. La zona es dominada por un arco natural conocido como la “Ventana azul” y una bahía aislada por una gran pared de roca llamada el “Mar interior”. De allí parten senderos para explorar cavernas y ruinas medievales, así como expediciones de buceo y barcos de pescadores que uno puede alquilar para beber el vino que allí se produce, con todo el sol y la tierra y la brisa del mar en su clara astringencia.

Despedimos el día presenciando el atardecer escurrirse sobre la ciudadela de Victoria, la capital de la isla, restaurada recientemente para ofrecer un entorno artístico, religioso y cultural meramente medieval. Recibimos luego la noche con una parrillada de mariscos y una sesión de candor gozitano en los restaurantes y bares de la plaza It-Tokk en las faldas de las murallas.

EL NOMBRE LE SIENTA BIEN
Son pocos los sitios en este mar que no hayan ensalzado los griegos con sus mitos. Una gran fortuna, sin duda, para sus gobiernos y agentes de viaje. Y Gozo, la también llamada “Isla Calipso”, guarda su mito griego al norte, en las afueras del pueblo de Xaghra, sobre la playa de arena rojiza de ir-Ramla I Hamra.

Allí se encuentra la caverna donde la ninfa Calipso mantuvo embelesado a Ulises durante siete años, y donde la sonriente viejita Anne mantiene el monopolio del “alquiler” de velas para internarse en la penumbra apológica. Su esposo Joe Cramona, quien me regaló un retrato y su recuerdo adolescente de cuando un bombardero nazi se estrelló en una colina que apuntaba incesante con su índice, me recomendó apagar la vela una vez dentro.

Lo mejor es visitar temprano la caverna, a bordo de una carroza, el transporte por excelencia en la isla. Sólo así se recorren luego las calles de Xaghra, epítome del pueblo tradicional maltés. Diseñadas angostas para fomentar la sombra durante el verano, están bordeadas por cafeterías y mercadillos de verduras, molinos de trigo y casas con admirables balcones labrados; el orgullo y pique de las amas de casa gozitanas.

Cada casa muestra también una placa de cerámica con su nombre, desde santos y vírgenes hasta plantas y artistas pop. En sus coloridas puertas lucen manijas de bronce estilizadas a manera de hipocampos, delfines, leones o lo que la imaginación discurra. En algunas aún restan las repisas donde se colocaban flores para indicar que allí vivía una joven soltera. En otras hay hornos comunes, talleres de vidrio soplado o de finos tejidos en seda y algodón. Sin importar la ruta que se elija, eventualmente se llegará a la plaza central con su catedral, donde gatos gordos y palomas aún más gordas son atendidos como santos patronos por los viejitos, rechonchos todos también, que apenas terminaron de rezar su rosario.

Manejar luego al vecino pueblo de Marsalforn, donde desde tiempos romanos se labra la costa a manera de terrazas para cultivar el mar, es buena idea. Cuando la marea sube durante la noche la luna se refleja en un centenar de pozas inundadas dispuestas como panal. Conforme el sol se instaura, la marea relega finas capas de agua que luego del medio día se evaporan, permitiendo al granjero atiborrar sus costales de gruesos cristales que luego sazonan los platillos malteses.

Lo ideal sería culminar con un café frente a la bahía de Marsalforn antes de cenar en el restaurante mediterráneo Ta’Frenc, el más prestigiado de la isla, y visitar bares y clubes de moda como La Grotta para reafirmar lo que es la vida en Gozo. El nombre, sin duda alguna, le sienta bien.

EL HALCÓN MALTÉS Y OTRAS HISTORIAS
A Malta la conocen los marineros, los amantes de la historia, el millón de turistas europeos que triplica su población cada verano y quienes nos quedamos a ver los créditos al final de las películas.

Fue en los años setenta cuando los productores de Popeye construyeron el pueblo del marino al norte de la isla que nombra al país, Malta, que se presentó al mundo moderno como una república recién emancipada de Inglaterra. Deseosos de construir una economía a base del cine y el turismo, luego de miles de años de ocupaciones que mermaron sus recursos naturales, los malteses se reconocieron como anfitriones natos y sus paisajes como escenografía para filmes como Gladiador, Troya, Alejandro Magno y, la más reciente, Munich.

Pero la isla mayor seduce al lente y al visitante no sólo con sus paisajes que algunos locales reconocen como de “Salmo Responsorial”, sino por su opulencia histórica. Mentados los templos neolíticos y la estancia de todas las civilizaciones mediterráneas de la antigüedad, faltaría hablar del cimiento de su cotidianeidad y la causa de sus adjetivos rebuscados: el cristianismo, que les vino de San Pablo.

Cuentan Los hechos de los apóstoles que cuando el Santo era conducido a Roma en el año 60 para ser juzgado, la nave naufragó en lo que hoy se conoce como St. Paul’s Bay. Halló refugio en una caverna no tan cercana y, antes de partir, convirtió al gobernador romano Publio y a muchos de sus nativos conformando una de las primeras sociedades cristianas. Las pruebas arqueológicas las hallamos en catacumbas decoradas con frescos cerca de la ciudadela de Mdina. Las otras, a cada esquina. Pero no fue la piedad cristiana la que cerró el horizonte maltés con torres y campanarios, sino la llegada de una orden militar.

La banda de monjes-soldados fundada en Palestina en el siglo xi para atender y proteger a peregrinos y cruzados, también conocida como la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan, se trasladó a la isla de Rodas cuando Saladino se apoderó de Jerusalén en 1187. Allí se convirtió en una potencia naval, y Rodas en una fortaleza donde se mediaba el empuje de los turcos por el Mediterráneo hacia las naciones cristianas.

Sin embargo, cinco asedios más tarde, Solimán “El Magnífico” los echó en 1522 y la Orden estuvo de nuevo sin hogar hasta que el rey Carlos V les cedió las islas de Malta, Gozo y Comino a cambio de un halcón al año y la promesa de nunca pelear contra ningún cristiano. El primer halcón fue de oro —de ahí la inspiración para El halcón maltés, la novela de Dashiell Hammet—, y la promesa les saldría muy cara después.

Así fue como la ahora llamada Orden de Malta, regentada por un Gran Maestre de título vitalicio y entonces dividida en ocho naciones, desembarcó el otoño de 1530 y se instaló en Mdina.

Suspendidos sobre una campiña repleta de viñedos, tunales y cipreses, los cimientos de este asentamiento fenicio y luego árabe se convirtieron en su primera capital. Con acceso a vistas de la isla entera, de inmediato la fortificaron y alzaron en sus estrechas calles iglesias y palacios, de los cuales sobresale el que hoy día es el hotel Xara Palace Relais & Chateaux, donde quien pueda debe hospedarse durante su visita.

Cobijado por las murallas blancuzcas de la ciudad, el palacio es uno de los sitios más románticos de Malta. Durante los 268 años en que la Orden reinó, fue habitado por la familia noble Moscati Parisio, y durante la ocupación inglesa, por altos oficiales. Abandonado en 1949, no fue sino hasta 1995 cuando la familia Zammit Tabona dedicó cuatro años a su restauración e inauguró como resultado el único hotel familiar en la isla, con 17 regias habitaciones en un edificio donde aún se celebran las sesiones de privilegios de la nobleza maltesa.

Lejos de los megaresorts que pululan en el resto de Malta, cada suite fue decorada y amueblada individualmente, con piezas de época y baños de mármol, así como balcones y terrazas y una formidable pérgola en la azotea donde se sirve el desayuno y la cena. Tiene además el galardonado restaurante de Mondion, que nos ofreció la mejor experiencia culinaria en el país. Los capelletti rellenos con mousse de salmón y la pancetta acompañada de atún sellado con hierbas y emulsión de porcini fueron tan sólo el preámbulo de una memorable velada de seis tiempos, vinos y velas.

LA GESTA HEROICA Y SU SOBREVIVIENTE
Visto desde la terraza, del horizonte maltés despuntan pueblos en torno a catedrales erigidas sin miedo a que se desparramen de la costa; sus reliquias artísticas y óseas resguardadas bajo bóvedas que bien podrían acomodar un zeppelín. Y la del pueblo de Mosta, con una de las cúpulas sin soportes más grandes del mundo, es la que prepondera.

En esa cúpula con pueblo, donde venden buenos hojaldres y accesorios de plata, me contaron que durante la misa de las 16 horas del 9 de abril de 1942 una bomba del tamaño de un delfín, que ahora exhiben en la sacristía, perforó el domo sin explotar y rodó milagrosamente entre la congregación de trescientos.

De ahí visitamos el cercano y aristócrata pueblo de Balzan, para pasear por los jardines botánicos de San Aton antes de comer un rico filete de lampuki, el pez autóctono, en el elegante salón del Corinthia Palace Hotel. Restauradas las fuerzas nos dirigimos al que para el visitante promedio resulta el clímax: La Valletta.

Cuenta la historia de Malta, y lo recuerda el nombre de su mejor cerveza, que en 1565 el sultán otomano Solimán los asedió con casi toda su flota. Refugiados en sus cuarteles militares del Fuerte San Ángelo en la ciudad de Birgu —hoy Vittoriosa—, los recién llegados caballeros organizaron con los nativos una nueva defensa contra el sultán, y soportaron seis meses hasta el rescate de la flota aragonesa. La crueldad de ambos bandos es tan legendaria como vergonzosa: se dice que los otomanos crucificaban a los cristianos capturados y los enviaban flotando, mientras que los cristianos respondían disparando cañonazos con cabezas de turcos.

Aquel evento, que figura en los anales del Mediterráneo como una de las gestas más “heroicas” y perentorias, provocó que el entonces Gran Maestre Jean Parisot de la Valette hiciera fundar sobre la península desde la que habían sido hostigados una ciudadela diseñada por Francesco Laparelli da Cartona, el ingeniero militar más sobresaliente de los Medici.

Fortificada sin escatimar y recorrida por centenares de monumentos y edificios gubernamentales y religiosos, es mucho lo que hay que ver en la capital y corazón comercial del país. La Valletta es “una ciudad construida por caballeros para caballeros”, como dijo Sir Walter Scott, y su arteria principal es la Republic Street. Sus cafeterías y dulcerías a la sombra de balcones labrados, sus veinticinco imponentes iglesias, palacios y albergues de hidalgos convertidos en museos, son las coordenadas de los turistas que suben y bajan por sus calles.

Al recorrerla se deduce su designación como Patrimonio de la Humanidad. Desde la catedral barroca de San Juan con su piso de mármol policromo y obras de Caravaggio, hasta el Palacio de los Grandes Maestres y sus salones engalanados con tapices y armaduras, es todo glamour histórico y artístico. Y desde la Puerta Principal hasta la Sacra Enfermería, pasando por el Teatro Manuel —el segundo más antiguo de Europa en funcionamiento— y hasta los jardines Barracca donde se aprecian las mejores vistas de la Gran Bahía, es toda cultura y sociedad envuelta en trampas de roca que la hacen inaccesible desde el mar. Pero “tenemos en el centro del Mediterráneo el lugar más fuerte de Europa”, exclamó Napoleón luego de capturarla, dejando de nuevo sin territorio a los Caballeros de la Orden de Malta y relegándolos a su posición actual de sociedad benéfico-religiosa basada en Roma con embajadas en más de 90 países. “No podíamos defendernos, porque ellos también eran cristianos”, me dijo Fra Cretien, caballero que resguarda el Fuerte de San Ángelo, el único territorio redimido a la Orden por el gobierno maltés.

El hermano Cretien me invitó a tomar el té y a escuchar la historia y el lugar que tiene su Orden en el mundo moderno. Vive sólo, como un fantasma olvidado entre rocas derruidas, consagrado a su fe y cometido a restaurar el fuerte donde se defendieron contra Solimán. Afuera venden con orgullo la gesta, pero adentro, entre libros viejos, escudos de armas y retratos de grandes maestres, es sólo un noble recuerdo que me compartió mientras miraba con nostalgia aquel decorado lítico colosal al otro lado de la bahía que se perdió por mantener el honor.

FRACTAL MARÍTIMO
En la bahía que comparten las históricas ciudades de Vittoriosa, Senglea y Conspicua —la Cotonera— retozan coloridos barcos pesqueros que portan el Oculus en proa, en una especie de reto a los yates y cruceros que las pasan por alto para desembarcar en los nuevos asentamientos de St. Julian’s y Sliema, repletos de resorts, cines, centros comerciales, casinos y todo lo que el turista masivo exige.

El Oculus, allí llamado luzzi, es una herencia egipcia heredada por los fenicios para guiar y salvaguardar la navegación, talismanes sin los cuales nadie osaría surcar el Mediterráneo. Pronto aprendí que si uno quiere intercambiar miradas con ellos no hay como pasear por la Cotonera conformada por las tres ciudades, o por el mercado de Marsaslok que se celebraba el día en que llegamos a Malta.

Cada domingo se reúnen en el pueblo sureño pescadores y compradores a mirar las maravillas del mar antes de paladearlas en sus diversos restaurantes. Está el infalible atún, así como el “Viejo de Mar” con su barba de tenedor, los pulpos que atrapan los jóvenes utilizando su brazo como anzuelo y uno que otro tiburón. Es un mito de gerentes de hotel y agentes de viaje que en este mar no los hay, pero las ráfagas que en su costa discurren invitan a disfrutar uno de los mejores sitios de windsurf en el mundo, sin importar nada más. Bañarse en esas aguas espumosas como la leche para luego pasear por el malecón animado con música más allá de la media noche y hasta el amanecer, cuando el rocío se quiebra liberando un dulce acento de jazmín, es otra delicia para el recién llegado.

Mirando cactus, cítricos, olivos, eucaliptos y toda aquella vegetación que nos resulta típicamente Mediterránea, recordé que el paisaje dista mucho del que mirasen los antiguos. Me sentía en una especie de fractal. Capa sobre capa desdoblaba con estética matemática la herencia de cada civilización que ha visto la luz en el Mediterráneo hasta nuestros días y nos invitaba a recordar que, mucho antes del siglo xix, hubo otros siglos, otros hombres y otras vistas.


GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR
El archipiélago que comprende la República de Malta se encuentra en el centro del Mediterráneo, 90 kilómetros al sur de Sicilia, y hay vuelos directos diarios desde las capitales de Europa Occidental y del norte de África a su aeropuerto en la isla de Malta. Es miembro de la Unión Europea y su lira maltesa será sustituida por el euro el año entrante.

CÓMO MOVERSE
Lo mejor es alquilar un coche, aunque allí se maneja por la izquierda y no todas las carreteras están bien señalizadas. Los taxis son muy caros, pero el sistema de autobuses es eficiente y barato. Hay transbordadores desde el amanecer hasta el atardecer entre Malta y Gozo. A Comino se llega en barcos turísticos o privados.

CUÁNDO IR
Los veranos son calurosos, llegando a los 50 grados centígrados, y resulta difícil conseguir habitación. Durante el invierno hay fuertes vientos y muchos establecimientos permanecen cerrados. La primavera y el otoño son ideales, además de que se realizan eventos como el Festival de Jazz de Valletta y el Festival de las Ciudades Históricas. Durante cualquier época del año, sobre todo si se coincide con alguna festividad católica, se pueden apreciar las diversas manifestaciones de la fe maltesa en procesiones que culminan en convites.

DÓNDE DORMIR
HOTEL TA’CENC & WELNESS SPA
Kulpara Lane, Sanat, Gozo
T. (356) 2155 6819
F. (356) 2155 8199
www.vjborg.
100 hasta 300 euros por noche

KEMPINSKI SAN LAWRENZ RESORT & SPA
Triq ir-Rokon, San Lawrenz, Gozo
T. (356) 2211 0000
F. (356) 2211 6372
www.kempinski-gozo.com
Desde 117 euros por noche


XARA PALACE RELAIS & CHATEAUX
Misrah Il-Kunsil, Mdina
T. (356) 2145 0560
F. (356) 2145 2612
www.xarapalace.com.mt
Desde 200 hasta 1050 euros por habitación por noche


DÓNDE COMER
RESTAURANTE TA’FRENC
Triq Ghajn Damma, Gozo
T. (356) 2155 3888
www.tafrencrestaurant.com
De 12 a 14 horas y de 19 a 22:30 horas,
excepto los martes
Desde 30 euros por persona


CORINTHIA ROOM RESTAURANT
En el Corinthia Palace Hotel
Avenida de Paule, San Antón, Balzan
T. (356) 2138 8777
www.corinthia.com
Abierto todos los días
Alrededor de 55 euros por persona


RESTAURANTE DE MONDION
Misrah Il-Kunsil, Mdina
T. (356) 2145 0560
www.xarapalace.com.mt
De lunes a sábados de 19:30 a 22:30 horas
50 euros por persona


LA GROTTA DISCOTEQUE
Xlendi Road,
Munxar, Gozo
T. (356) 2155 1149
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