Mallorca: la isla y sus metáforas
Port Sóller Fotografía de Leonardo Faccio

Mallorca: la isla y sus metáforas

La ensaimada mallorquina, esa pasta enrollada y azucarada que resulta de las tradiciones árabe y judía, y que muta hasta convertirse en cristiana, resume mucho de lo que es Mallorca, la capital de las Islas Baleares. Pero no todo. Están también los visitantes alemanes, los jóvenes yuppies y los retirados ingleses que retacan sus playas, campos de golf y pistas de baile; y los pueblos, bodegas y mercados apacibles que de eso ni siquiera se enteran.
Por Jorge Carrión | julio 2006 | Tags: , , ,
Litoral e interior. La Sierra de la Tramuntana y la comarca del Pla. Hay quien se obstina en polarizar la isla de Mallorca. La playa y la montaña. La costa y la llanura. El turismo masivo y el minoritario. Las zonas monopolizadas por alemanes y las que siguen siendo de mallorquines... Sin embargo, no hay más que seguir el curso de la brisa marina para darse cuenta de que aquí dominan los tránsitos y los puentes. Esa brisa que se gesta en el Mediterráneo, que asciende la sierra o que atraviesa los prados verdes hasta alcanzar el Pla: sus viñedos de vino raro, insular, catalogado en las denominaciones de origen de Binissalem y de Pla i Llevant. Los vinos de Binissalem están documentados desde el siglo xv, pero se tiene noticia de los vinos mallorquines desde el siglo ii a.C. Cuenta la leyenda que en el primer año de nuestra era, los probó Julio César, quien decidió que debían conocerse en Roma. Su secreto está en esa brisa que une el llano con el mar.

Las costas acantiladas, con sus playas de extensión variada, son internacionalmente conocidas, al menos, desde los años sesenta; el Pla y el Raiguer, en cambio, las dos comarcas sin litoral, se están presentando en este cambio de siglo. Desde el café C’an Moix (Guillermo Timoné 1; T. 34 (971) 580 002), que hace las veces de casino tradicional del pueblo de Felanitx (con futbolito, diarios, mesas de mármol con patas de máquina de coser Singer), con el mapa desplegado, se multiplican —a ojos del viajero— los vínculos que unen las diversas Mallorcas. Aquí nació Guillem Sagrera, el arquitecto de la Lonja y de parte de la Catedral de Palma. También es de aquí el artista plástico Miquel Barceló, quien ahora interviene en la misma catedral, después de ilustrar la etiqueta de la botella de Ànima Negra, un vino de las bodegas locales de Son Negre.

Gran fondo submarino, un enorme collage de Barceló que se expone en la Fundación Juan March de Palma, con sus algas y sus verdes y sus rotos papeles de diario, podría servir también como metáfora de esos puentes (físicos y simbólicos) que interconectan la isla. Del levantino pueblo de Felanitx, entre trigales, almendros y viñedos, hasta el fondo del mar, pasando por uno de los museos más interesantes de Mallorca.

Parecería que ese collage marítimo fue un ensayo del proyecto faraónico que el artista está llevando a cabo en la catedral. “El avión de piedra” —como la llamó el joven Borges— se ha convertido en un hidroavión pétreo: un paisaje submarino ha sido instalado en una de sus capillas. La de San Pedro, ahora, está totalmente cubierta por una piel de cerámica. A la espera de una inauguración que se demora por motivos políticos, se puede admirar la obra gracias al reportaje fotográfico que ha documentado el proyecto, La catedral bajo el mar (editado por Galaxia Gutenberg). Ciento cincuenta mil kilos de arcilla para una cerámica que acoge peces, pulpos, ánforas: ecosistema artístico y subacuático.

Gracias a esa obra megalómana de Barceló, el Mediterráneo ha tomado el interior catedralicio. Erigida en el siglo xiii sobre los restos de una mezquita; concluida en el xvi; reformada por Gaudí —el más orientalista de los arquitectos españoles—, sólo le faltaban frutos de mar escultóricos a la Catedral de Palma para devenir en un palimpsesto del Mediterráneo.

La popular ensaimada —de ese rollo de pasta que suele servirse azucarado— puede verse también como una posible metáfora. Según me explica Jaume Llull en el sótano de su pastelería, el Forn Fondo, el origen árabe-judío de la ensaimada, unido a su lazo con la sobrasada (crema roja de cerdo y, por ende, cristiana), la convierte en una espiral en que se dan cita las tres culturas. En carnaval, los escaparates de las pastelerías se llenan de ensaimadas de sobrasada y calabaza dulce, pero el producto es mutante: el verano la rellena de albaricoque; la Navidad, de turrón; el año entero, de cabello de ángel.

“Llull (el apellido) no creo que venga de Ramon Llull, el sabio medieval, el intelectual más importante e internacional que ha dado esta isla”, me dice el pastelero, con la masa hecha una soga que se desenrolla de su antebrazo para enrodillarse, en forma de turbante, sobre el mármol; y cambia de tema: “esto se tiene que oler, sentir, querer incluso, desde pequeño: lo aprendí de mi padre, se lo enseñé a mi hijo. No hay que tener prisa, como mínimo la masa debe reposar doce horas, claro que hay formas químicas de acelerar ese proceso, pero aquí no las usamos... hasta el cabello de ángel —el dulce español de chayote y almíbar— debe ser puesto con lentitud y cariño”.

Esta isla fue uno de los centros culturales del mundo hebreo; xuetes se llaman los judíos mallorquines, que fueron objeto de persecución durante el Medioevo. Cresques Abraham y su hijo Jafudá cultivaron con excelencia el arte de la brújula, de la relojería y del miniaturismo y han pasado a la historia por un mapamundi de finales del siglo xiv que muestra el Viejo Mundo desde el Atlántico hasta China. Sus 2?300 topónimos están escritos en catalán: la costa mediterránea es un hormiguero de nombres.

El comercio tradicional, herencia de generaciones, es uno de los rasgos distintivos del centro de la capital de las Islas Baleares. Sombrererías, cafés, joyerías, anticuarios, tiendas de muebles o de juguetes, panaderías, confiterías: en un puñado de calles del centro histórico se reúnen locales cuya antigüedad sumaría algunos milenios. El más antiguo alberga la confitería El Frasquet, en el número 4 de la calle Orfila. Hay que imaginarse el interior de un joyero de cristal. Tubos de vidrio llenos de peladillas (almendras cubiertas de azúcar); bandejas con bombones y trozos de turrón; frascos llenos de caramelo; “quartos embetunats”. Al morder uno de éstos, se deshace el baño de chocolate, el merengue llega al paladar, y la lengua enseguida detecta la yema que se esconde en el bizcocho. Como un baño antitético: agua, ola, espuma: sal.

El merengue es de una suavidad extrema. Según cuenta la dependienta, para lograr ese nivel de calidad el merengue debe ser batido durante horas, con paciencia extrema: “los jóvenes lo quieren hacer más rápido y, claro, se les quema”.

EL TREN A SÓLLER
La línea de ferrocarril Palma-Sóller atraviesa la Sierra de la Tramuntana desde 1912. El primer tramo, hasta llegar a las montañas, discurre entre huertos de naranjos y possessions, las tradicionales casas de campo de la isla. Después, se interna en un paisaje de picos y nieves invernales, que permite entender por qué durante siglos los pueblos del norte de Mallorca tuvieron más relación con el sur de Francia que con la capital propia.

El pintor Joan Miró, que nació en Barcelona y tenía un abuelo mallorquín, se casó en esta isla y volvió a ella una vez comenzó la Segunda Guerra Mundial, con la intención de mantenerse al margen de la política castradora de Franco. En Son Abrines —que entonces era un campo bucólico de almendros frente al mar y hoy es un barrio más de Palma— estableció su estudio; pero vivió temporalmente también en Sóller. “Pinto la tierra”, repetía. Se entiende, al contemplar las montañas que envuelven este pueblo: su roca, que parece haberse labrado a miles de kilómetros del mar, está, sin embargo, a diez minutos de él en tranvía.

La vieja estación ha sido convertida en un pequeño museo donde, para subrayar la relación del pueblo con la pintura contemporánea, se exponen gravados de Miró y cerámicas de Picasso. Merece la pena la visita, para después caminar por las calles del pueblo, tomarse un café en la plaza mayor e irse, finalmente, en el tranvía, hasta el Port de Sóller, cerradísima bahía cuyas aguas tranquilas están flanqueadas por dos faros. No en vano, estamos en tierras que sufrieron durante siglos los asaltos de piratas y que, también desde siempre, se prestaron al tráfico mercantil y al contrabando. Dieta mediterránea por kilo El aceite de oliva, el vino, el pan de trigo, carnes, pescados, mariscos, verduras, frutas... Cualquier mercado mallorquín despliega ese abanico de productos naturales. Si hubiera de elegir dos, comenzaría por el desayuno en el Mercat de S’Olivar, de Palma, con su interior modernísimo y su exterior antiguo, por donde los turistas casi nunca se asoman y donde se le puede tomar el pulso a la mestiza sociedad (desde ingleses jubilados hasta inmigrantes magrebíes o subsaharianos). Y el miércoles hay que ir a Sineu, que durante algunas horas se convierte en un laberinto de tenderetes de fruta, animales enjaulados, puestos de queso o de mieles, clientes de medio mundo dispuestos a probar el jamón o las naranjas que se ofrezcan. A partir de las diez y media, los compradores aprovechan que ya están abiertos los cellars, antiguas bodegas convertidas en restaurantes populares, que desde esa hora ofrecen el “frito” (suculento sofrito de verduras y entrañas desmenuzadas), regado con vino de la casa.

En Sineu se encuentra, por cierto, el Monasterio Concepcionista, que albergó el palacio de los reyes de Mallorca. Las razones, además de históricas, son geográficas: el pueblo está en el corazón de la isla, y desde ahí pueden tenderse puentes en todas direcciones. La etimología es confusa. Podría remitir tanto a un “Sinium” romano como a la árabe “Sixneu”: “la villa primera”. Hay que observar y tocar la roca con que se erigieron las paredes de las casas: es la célebre piedra marés, porosa pero resistente, extraída de canteras a la orilla del mar, sello de identidad de toda la arquitectura mallorquina.

Casi todo lo que hoy llamamos “dieta mediterránea” se producía o se almacenaba en las possessions. Se trata del equivalente a la masia catalana o al lloc menorquín, el tipo de casa de campo local. Esta unidad arquitectónica y económica, además de familiar, se configuró en los siglos xiii y xiv, con su torre y su dimensión de fortaleza. Cuando uno avanza por las carreteras de Inca o de Porreres, las ve entre los campos, con su molino desactivado. Los molinos se están restaurando, como anticipo de que el futuro inmediato de esas viejas viviendas señoriales será el turismo, la exhibición. Ya hay algunas habilitadas con ese fin, como la Possessió Els Calderers, de 1700, que reproduce con maniquíes, pinturas y mesas puestas para la cena el ambiente de la aristocracia rural de la isla.

EL CASTILLO Y LAS PLAYAS
Desde lo alto del Castillo de Bellver, la sierra —eventualmente nevada en febrero, como eco de los almendros en flor— se revela con la potencia de una muralla o frontera natural. Durante siglos significó aislamiento, pero ahora las carreteras recortan curvas, los túneles horadan montañas y la isla es una unidad progresiva. Jaume II, que erigió esta fortaleza estética, más propia de filósofos que de guerreros, defensor de una idea de comunidad catalano-aragonesa que se expandiera por el Mediterráneo, seguramente soñó con esa unificación de la isla. Le faltó la paciencia de seis siglos.

Para disfrutar de la espléndida panorámica de la bahía de Palma, hay que subir por la escalera que nace en la plaza Gomila y bajar, en cambio, por la preciosa callejuela del Polvorí. Plantas bajas de fachadas multicolores y poleas que recuerdan viejos pozos acompañarán al viajero en su descenso. Más tarde, ya a ras de mar, hay que caminar por el Paseo Marítimo, la costanera de la ciudad, que acoge la actividad variopinta de ciclistas, patinadores, madres con carritos, prostitutas que disimulan, maratonianos, vendedores de helados, grupos escolares, jóvenes yuppies de paseo, modelos de fin de semana, turistas alemanes, actores famosos, ciudadanos mallorquines de origen alemán, visitantes de compañía low cost, mallorquines de séptima generación, familias, playboys. De todo. Las veinticuatro horas del día. Siempre.

Conocer gente, ganarse su confianza, compartir vinos e historias son algunas de las cosas que le suceden a quienes pueden pasar unas semanas en Mallorca. Es también lo que se necesita para poder pedir, al cabo, que los locales le descubran a uno su cala favorita. Una amiga me entiende y me habla de las suyas: Cala Blava (en un recóndito acantilado, hay que bajar por escaleras de madera) y Cala Tuent (de camino a la Calobra, en una carretera impresionante de los años 30, en plena Sierra de la Tramuntana). Pronto entiendo que no me va a dar datos geográficos concretos para encontrarlas. Si algo he aprendido aquí es a odiar las prisas.

EL LENTO NAUFRAGIO

La pista de la legendaria discoteca Titos, en marcha desde 1923, está llena de gente guapa y agitada y sudorosa y descarada y bronceada. Sus ascensores son miradores móviles a la bahía de Palma. Abajo yacen los arcos góticos del Patio de Armas del Castillo de Bellver, la arcada de medio punto de la Plaza Mayor y de la avenida Jaume III. El olor, el ritmo del mar, el Paseo Marítimo. Es sabido que el modernismo fue (es) azul. Las galerías, en relieve sobre las fachadas, parecen de pronto acuarios. Joan Miró dejó en la isla murales y esculturas de contornos redondeados como olas.

Al recordar las cadencias marinas de aquella novela de José Saramago en que la Península Ibérica se desprende de Europa y vaga por el océano como una balsa de piedra, y al observar que los nombres de las calles están duplicados, y que las placas antiguas se sitúan bastante por debajo de las nuevas; al darme cuenta de que todos los que vivieron en esta ciudad hace más de cuarenta años recuerdan que la playa comenzaba cien metros más cerca; desde la vidriera de la discoteca, imagino que la isla se está hundiendo, milimétricamente, cada año, muy lentamente, tanto que habrá tiempo para que los mallorquines se adapten —mutantes como las ensaimadas— al nuevo ecosistema: una ciudad cada vez más bañada por, cada vez más inmersa en, cada vez más dentro del Mar Mediterráneo. La biología tal vez les brinde a los mallorquines aletas y agallas. Y, quizá, dentro de milenios, en otro idioma, burbujeante, recordarán que Miquel Barceló ya los había preparado para su vida submarina enseñándoles lo que verían a través del vidrio del acuario: sus ventanas que daban al fondo del mar.

EN EL OTRO EXTREMO
De una pequeña cala en el noreste de la isla, cerca del pueblo de Canyamel, es posible trepar el acantilado por una escalera que llega hasta el edificio de piedra que en las primeras décadas del siglo xix fue erigido para un eclesiástico a quien se le recetaron curas de baños de mar. Ahora esa edificación, junto con la de Can Nofre, compone el espectacular Hotel Can Simoneta (Carretera de Artá a Canyamel Km 8, Finca Torre Canyamel; T. 34 (971) 816 110; F. 34 (971) 816 111; www.cansimoneta.com; habitación doble desde 245 euros). Alejado del bullicio de Palma, pero rodeado a cambio de tranquilos pueblos que han cambiado poco en los últimos tiempos, tiene también muy cerca cuatro campos de golf, y espacios infinitos para montar a caballo, hacer caminatas y todos los deportes acuáticos imaginables.


GUÍA PRÁCTICA

DÓNDE DORMIR
HOTEL LEÓN CARRER DELS BOUS
129, Sineu
T. 34 (971) 520 211
F. 34 (971) 855 058
Habitación doble con desayuno en 115 euros

Esta casa del siglo xv tiene ocho habitaciones y un encantador jardín con piscina. En consonancia con los cellars del pueblo, ofrece una suculenta cocina casera.

GRAN HOTEL SÓLLER
Romaguera 18, Sóller
T. 34 (971) 638 686
F. 34 (971) 631 476
www.granhotelsoller.com
Habitación doble desde 310 euros,
suite presidencial desde 575 euros

El cinco estrellas de Sóller es una enorme mansión del siglo xix con amplios jardines, piscina exterior y servicio de spa. En dos minutos está uno en el centro del pueblo; a diez, en tranvía, se llega al mar.

PALACIO CA SA GALESA
Miramar 8, Palma de Mallorca
T. 34 (971) 715 400
F. 34 (971) 721 579
www.palaciocasagalesa.com
Habitación doble desde 301 euros

En pleno casco histórico de la capital, esta antigua casa señorial fue convertida recientemente en hotel cinco estrellas.

LA RESIDENCIA
Son Canais s/n
T. 34 (971) 639 011
F. 34 (971) 639 370
www.hotellaresidencia.com
Habitaciones dobles desde 285 euros

La Residencia ocupa dos edificios de los siglos xvi y xvii enclavados entre la Sierra Tramontana y el mar, en el poblado de Deià, a treinta minutos de Palma. La propiedad es una de las más exclusivas de la isla, y recientemente pasó de manos del magnate Richard Branson a la cadena Orient Express. Sus habitaciones y suites están cuidadosamente amuebladas con antigüedades y blanca lencería mallorquina.

QUÉ VISITAR
MUSEO DE ARTE ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO
Fundación Juan March Sant Miquel 11,
Palma de Mallorca
T. 34 (971) 713 515
www.march.es/museupalma

De lunes a viernes de 10 a 18:30 horas, sábados de 10:30 a 14 horas, domingos cerrado. Entrada gratuita

CATEDRAL DE PALMA
Plaza Almoina s/n
T. 34 (971) 723 130
www.catedralmallorca.org
Abierta de 10 a 17:15 horas de abril a octubre
(en julio y agosto, hasta las 18:15)
y de 10 a 15:15 de noviembre a marzo.
Sábados de 10 a 14:15.
Domingos sólo culto.
Entrada: 4 euros


CASTILLO DE BELLVER
Camilo José Cela
T. 34 (971) 730 657
Abierto de 8 a 17:30 horas de noviembre a marzo,
y de 8 a 19:30 el resto del año,
domingos sólo está abierto el Patio de Armas.
Entrada: 2 euros, domingos entrada libre


CONFITERÍA EL FRASQUET
Orfila 4, Palma de Mallorca
T. 34 (971) 721 354
Abierto todos los días de 9 a 20 horas; sábados en la tarde y domingos cerrado.


FORN FONDO
Unió 15, Palma de Mallorca
T. 34 (971) 711 634
Abierto todos los días de 8 a 20:30 horas,
domingos hasta las 14.


FERROCARRIL DE SÓLLER 
Estación en Plaza España de Palma de Mallorca
T. 34 (971) 752 051
http://trendesoller.com
Cinco trenes por día, de 8 de la mañana a 7 de la tarde.
9 euros la ida; 15 euros la ida y vuelta


POSSESSIÓ ELS CALDERERS
Ctra. de Palma a Manacor, km. 37
T. 34 (971) 526 069, previa cita
Abril a octubre de 10 a 18 horas
y noviembre a marzo de 10 a 17 horas.
Entrada: 7 euros


DÓNDE COMER
CA’N CARLOS S’AIGUA
5 Trav. Jaume III,
Palma de Mallorca
T. 34 (971) 713 869
Abierto de 13 a 16 horas y de 20 a 23;
domingos y festivos cerrado.

Sus platos logran el perfecto equilibrio entre las viejas recetas y las nuevas técnicas y presentaciones. Gracias a la maestría del joven chef Lucas Pujol, se pueden degustar exquisiteces como la sepia con salsa de sobrasada (11 euros) o el mero a la col (19 euros).

CELLER ES GROP
Major 18, Sineu
T. 34 (971) 520 187
Cerrado domingos por la noche
y lunes, excepto días festivos.

Típico celler del interior de la isla. Por 20 euros por persona se almuerza o cena lengua con alcaparras, caracoles, “frito” y alguna carne o pescado, con vino de la casa, café y de postre gató (bizcocho de almendra) con helado de almendra.

RESTAURANT LUA
Santa Catalina 1, Sóller
T. 34) (971) 634 745
http://lua.restaurantesok.com
De 12:15 a 16 horas y de 19 a 23:30 horas,
cerrado los lunes.

De este sitio con preciosas vistas a la bahía, no hay que perderse las gambas de Sóller (25 euros) ni la selección de vinos de Binissalem (entre 15 y 19 euros).

DE COPAS
GIBSON 
Plaça del Mercat 18,
Palma de Mallorca
T. 34 (971) 716 404
Diario de 8 a 2:30 horas.
Cafetería de día, coctelería y local de copas de noche en pleno centro.


BONS VINS
San Felio 7, Palma de Mallorca
T. 34 (971) 727 185
www.vinotecabonsvins.com
De 19 a 24 horas, domingos cerrado.
Pequeña enoteca donde disfrutar de quesos y fiambres regados con buen vino.

ABRAXAS
Paseo Marítimo 42,
Palma de Mallorca
T. 34 (971) 455 908
www.abraxasmallorca.com
La antigua Pachá, reconvertida para el siglo xxi. Junto con Titos, sigue siendo uno de los locales nocturnos de referencia de la isla.


TITOS  
Paseo Marítimo s/n
T. 34 (971) 730 017
www.titosmallorca.com
De lunes a viernes de 22:30 a 6 horas,
sábados de 23:30 a 6 y domingos
de 23 a 6 horas durante el verano
europeo (de junio a agosto).
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