Paricutín, el lado vivo de un pueblo enterrado
Iglesia de Santiago Apóstol Fotografía de Jaime Puebla

Paricutín, el lado vivo de un pueblo enterrado

Si la carta del Tarot que representa La Muerte necesitara un escenario natural, el mar de lava petrificada en San Juan Parangaricutiro dramatizaría sus presagios a la perfección: devastación, furia, caos, hoz de fuego y ceniza que daría fin a toda forma de vida y dejaría estériles, por muchos años, las tierras de este pequeño valle en la meseta purepecha. Pero no para siempre.
Eran las 9 de la mañana y en la entrada del pueblo una polvorienta comitiva de jinetes rodeó y escoltó el auto que manejaba, hasta bien entradas las calles. Sus sonrisas me devolvieron la confianza asaltada por un lapsus de paranoia citadina. “¿Lo llevo a las ruinas?”, “¿Quie’ir hasta el volcán?”, “¿Va ‘querer caballito?”, eran las ofertas en mi ventanilla, al trote de cuacos. Bajé del auto al empedrado de lo que es calle y plaza al mismo tiempo, y hasta ahí, todavía me alcanzó un peloncito a caballo.

—Ándele, se lo dejo barato.
—Primero voy a la iglesia.
—Aquí lo espero, pues —me dijo el chamaquito bajándose del caballo con una sonrisa rompevoluntades.

Sorprendí a la iglesia de Santiago Apóstol, monumento religioso del siglo xvi, en los preparativos para la Semana Santa, mientras la engalanaba un puñado de hombres y mujeres que “cosían” su vestido de panes, plátanos, cocos y sandías, a una enramada de hojas verdes con satín morado. Un retablo de pan, fruta y devoción para el retablo de cantera gótico isabelino —con reminiscencias moriscas— en la fachada de la iglesia. De pronto, nunca vi de dónde salió, una procesión: decenas de mujeres indígenas que avanzaban al paso de sus rodillas y el vaivén de sus torsos, sobre la tierra, sobre el concreto, al fin sobre el piso de la iglesia. Daban gracias al Señor de la Misericordia, con el hipnótico murmullo de un rosario en lengua purepecha.

A la salida ya me esperaba el peloncito con su papá y un hermanito, pelón y sonriente, réplica de él mismo, pero más chiquito. Acepté la guía pero no el caballo; media hora de caminata para llegar a San Juan Quemado no se me hacía gran cosa y buen jinete nunca he sido. De todas maneras lo llevaron, al caballo. “Por si se cansa, señor”. Y qué bueno, porque sí me cansé.

San Juan Quemado, antes San Juan Parangaricutiro, es el pueblo sepultado en lava por el nacimiento y erupción de los volcanes Paricutín que en lengua purepecha quiere decir “Lo que está después de” y su hermanito El Sapichu, o “Niño pequeño”, quien fue realmente el que hizo la gracia de tragarse el pueblo con su exaltación ígnea.

Esto me contaba don Enrique al tiempo que guiaba mis pasos por la orilla del camino boscoso, mientras sus dos hijos, Santiago y Esteban, montaban el cuaco, me miraban, se decían cosas en purepecha y se botaban de la risa. Seguro apostaban a que me iba a cansar. “Camine por la orilla”, me dijo don Enrique, “la hierbita del pino pone dura la tierra”. Y es que la caminata por el centro del camino era una trampa de ceniza volcánica removida por el trote de los caballos, “más o menos como caminar en dunas”, pensé. Pero llegó el momento del “Angahuan” de lava —Angahuan, el nombre del pueblo, en purépecha significa “hasta aquí llegaron”—, en parte quizá por causa de una pared de roca volcánica, negra y afilada, de casi tres metros de altura, en medio del bosque. O no sé qué filo, de qué roca, fue el que me cortó el aliento.

Ya asomaba en el camino la cúpula de la iglesia y parte de su nave derruida, únicos vestigios de un pueblo devastado. A partir de ese punto, el camino se abría paso entre la dura lava como si lo hubieran taladrado. “Es el camino del cristo”, me decía don Enrique. Yo pensé que se refería al suplicio para llegar, pero él hablaba de la ruta natural para llegar a las ruinas de la iglesia, donde la lava rodeó sin tocar el altar que resguardaba al cristo, ahora llamado “de los milagros”, que los habitantes originales de San Juan Parangaricutiro rescataron y trasladaron a San Juan Nuevo, pueblo situado del otro lado del volcán —10 minutos en auto desde la ciudad de Uruapan— que albergó a los desplazados por la erupción de 1943 y donde ahora se venera al cristo.

Amarrado el caballo a una sencilla caballeriza levantada sobre una explanada natural entre la lava, que también alberga un tianguis de comida y “recuerditos” del volcán, el recorrido continuó a pie para llegar a las márgenes de la iglesia semienterrada. Turistas en fila, como hormigas. Botas de montaña y tenis no obstante, resbalábamos y avanzábamos a trompicones entre las piedras, al tiempo que veíamos volar las extremidades enhuarachadas de nuestros guías, hasta que al fin llegamos a los pies de la catástrofe: la iglesia del siglo xvi, cual barco náufrago en mar fraguado, con sus dos creadores a la distancia, ya mudos y satisfechos.

El estar en el centro de uno de los eventos geológicos más importantes del mundo, el único volcán que la humanidad vio nacer, crecer, y que pudo documentar en películas y fotografías, me animó a buscar los ángulos donde Diego Rivera y el Dr. Atl se inspiraron para sus cuadros. En eso estaba cuando don Enrique me señaló a un hombrecito, fuerte y macizo, que merodeaba entre las piedras. “Es un sobreviviente de la erupción, tenía seis años cuando fue la desgracia.” Cuando vio que me acercaba, don Juan, que así se llamaba, hizo el gesto y la mirada huidiza de quien se sabe aludido y está próximo a ser abordado. A la distancia pensé que tendría unos cuarenta y tantos años, por lo fuerte y macizo, pero ya frente a él y haciendo cuentas de la fecha de la erupción, supe que tenía casi 70; edad que no traía en el cuerpo, sino en la mirada. “Yo le decía a mi papá, ‘Mira papá, otra vez se enojó Dios’ y mi mamá lloraba y se persignaba, porque los curas decían que estaba siendo el Apocalipsis”. Y es que la ferviente religiosidad de los pueblos purepechas de esa región los llevó a pensar —con justa razón— que un montículo de tierra caliente, con olor azufre, que en un día creció siete metros y cincuenta en una semana… “pos que’ra la joroba del Diablo, ¿qué más iba ‘ser?”, me decía don Juan, con su sonrisa de cuatro dientes.

Después de tres quesadillas, dos de flor con queso, una de huitlacoche, un plato de cecina con nopales, dos cervezas y no más de 60 pesos de cuenta, emprendimos el regreso. Cansado, pero bien montado en mi caballo, escuchaba a don Enrique, que me daba las señas para subir al cráter del Paricutín.

Para empezar, lo menos recomendable es intentar cruzar en línea recta desde las ruinas, pues aunque los volcanes no se ven lejos, están a diez kilómetros de roca volcánica en escarpado, con filos muy peligrosos de sortear. Y eso es sólo para llegar a la base del volcán. Después el camino —si lo encuentra— se convierte en una ascensión combinada de más pedregales y ceniza suelta.

“Nunca falta”, decía don Enrique, “que tengamos que salir a buscar a los que se animan por su cuenta”.

Aventurarse de esta manera es todavía más peligroso en temporada de lluvias, de mayo a octubre, ya que la roca volcánica atrae los rayos; y en particular el clima del volcán se hace impredecible. Por eso es recomendable la ayuda de un guía, ya que hay varias rutas al cono del volcán, algunas incluso no tan pesadas, que personas de edad avanzada con buena condición física, pueden realizar. Otras rutas de caminata o montura pueden llegar a zonas donde todavía corre lava interna, evidenciada por fumarolas a ras de tierra.

La mejor época para ir a Angahuan, visitar las ruinas o subir al volcán, es antes que termine el otoño y empiecen los fríos de diciembre, ya que el bosque conserva todavía el verde esplendor de las últimas lluvias, que animan incluso a las toscas rocas volcánicas a llenarse de matorrales con florecitas. No olvide llevar el calzado adecuado para caminata de montaña, sombrero, bloqueador solar y ropa abrigada, si su paseo es en invierno, o si decide subir al cráter del volcán en cualquier época, ya que en la cima del Paricutín corre un viento helado, a veces con niebla.

De vuelta al albergue, le pregunté a don Enrique si no les daba miedo vivir en una zona rodeada de más de dos mil viejos volcanes y donde puede nacer otro Paricutín en cualquier momento. Don Enrique me respondió que ellos pertencían a ese lugar, como pertenecen los volcanes viejos, el Paricutín y los que vengan “na’más tenemos que saber acomodarnos”. Y es que el Paricutín, cuando les mató todo, les sembró la vida. Después de 60 años, las tierras volvieron a ser fértiles, pues la ceniza volcánica, rica en minerales y lavada por las intensas lluvias de la región, abonaron de nuevo sus tierras. Ellos viven ahora en un bello bosque de coníferas y sus sembradíos son productivos como nunca antes.

Después de esta explicación nos ganó el silencio del bosque. El sol caía vuelto polvo de luz y cernido por la arboleda. De pronto, creí escuchar un murmullo melodioso. No pude precisar el momento en que surgió. Era como si hubiera estado siempre o fuera parte del bosque, como un río lejano, pero también como flauta. Notas altas pero por lo bajo. Tardé bastante en darme cuenta que era Santiago, el peloncito confianzudo que cantaba en purepecha, mientras distraía sus pasos en la hojarasca. Pronto su hermanito lo secundó con más volumen y menos vergüenza. Respiré profundo y no oí, sentí cómo el bosque y el viento comulgaban con esas voces. No quise saber que canción era, ni lo que decía la letra. Preferí quedarme en silencio.

DÓNDE DORMIR
No es recomendable visitar las ruinas de San Juan Quemado y el cono del volcán el mismo día. Si practica el campismo, cargue su equipo y pase la noche en el bosque o a la orilla del cráter. Si no es el caso, una buena opción es pasar la noche en el albergue comunitario que los habitantes de Angahuan han acondicionado con cabañas bastante cómodas y económicas, con una vista inmejorable de los volcanes, zonas para acampar seguras y tiendas de víveres bien surtidas (Centro Turístico de Angahuan; T. (452) 523 3934; el precio de las cabañas es de 660 pesos por noche, 6 personas).

Si busca más comodidad, la oferta de hoteles en Uruapan es vasta y variada en presupuestos; de entre los mejores, destaca el Hotel Mansión del Cupatitzio (Colonia Centro; T. (452) 523 2100; F. (452) 524 6772; www.mansiondelcupatitzio.com; habitaciones dobles desde 1 520 pesos) por sus excelentes instalaciones, pero sobre todo por su estratégica ubicación, a sólo unos metros del manantial Rodilla del Diablo, de donde nace el río Cupatitzio, que corre al interior de este bello Parque Nacional Eduardo Ruiz (acceso por la calzada La Quinta; diario de 6 a 18 horas).

DÓNDE COMER
Aparte de las quesadillas y la cecina que están antes de llegar a las ruinas de San Juan Quemado, el albergue de Angahuan tiene un restaurante que ofrece truchas y mojarras muy bien preparadas, bebidas calientes con delicioso pan casero de huevo y los típicos antojitos que identifican la gastronomía de la meseta purepecha: cofundas y uchepos (variedades de tamales locales), churipo (un caldo similar al mole de olla) y atole de grano.

CÓMO LLEGAR
Desde Uruapan tome la carretera número 37 con rumbo a Paracho, 18 kilómetros antes de Capácuaro, tome la desviación a la derecha para llegar a Angahuan. Si viene de Morelia, capital del estado y sede del aeropuerto internacional más cercano, tiene que llegar a Uruapan tomando la carretera número 14, un agradable viaje de 110 kilómetros que atraviesa la región lacustre de Pátzcuaro y lo eleva gradualmente a la meseta boscosa de la región purepecha. La ciudad de Uruapan tiene un aeropuerto propio, sólo de vuelos nacionales.
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