Villa Didon: reverencia minimalista a la costa de Cartago
Siete mil años después el Mediterráneo aún está de moda y es motivo de inspiración para reinventar espacios donde deleitarnos con su desidia característica. Un pabellón trajano ahora es una pérgola para cenar al fresco, un templo dedicado a Dionisio hoy día sirve daiquiris, y en la ciudadela donde nació la civilización cartaginense se inauguró hace poco un excelente hotel boutique con sólo diez habitaciones: el Villa Didon.
Un último sorbo de té. Mi espalda me asegura que el francés Philippe Starck diseñó este camastro para mí. El cielo se escurre como acuarela frente a mi balcón y siento cómo el canto del muecín hace vibrar las entrañas de África, el Continente Madre.
Allá las sobrevaluadas costas europeas. Aquí un aparador de los poderes de la mente: la inteligencia, la imaginación y la espiritualidad. Otras diferencias residen en que al sauna le llaman hammam y es bastante más delicioso; en que al lado de boutiques de diseñadores hay también sacos de especias; y en que el té se toma con piñones mientras se burbujea la narguile al atardecer.
Villa Didon se halla sobre la colina Byrsa, en la costa noreste de Túnez capital, donde en el año 810 a.C. la reina Dido fundó Cartago. Su ciudad llegó a dominar el comercio del Mediterráneo durante siete siglos y a tener más de un millón de habitantes; campesinos que por primera vez industrializaron la agricultura, marinos que inclusive llegaron a Bretaña y las Azores, y guerreros como Aníbal, quien atravesó los Alpes con sus elefantes para darle una pequeña sorpresa a los romanos, sus eternos rivales y eventuales exterminadores.
Es poco el mérito que puedo dar con palabras a esta magnífica civilización de la antigüedad, pero el hotelero Philippe Boissolier erigió este edificio que le hace un justo homenaje.
UN REGISTRO MEMORABLE
Lo primero que llamó mi atención al llegar a la propiedad de estética minimalista subyugada al excepcional entorno, fueron los grabados en el piso marmóreo del atrio. Éstos relatan la leyenda de Dido y la fundación de Cartago, una digna introducción al contexto.
Al primer paso descifré que la hija del rey Muto de Tiro y esposa de Sicarbas, un rico sacerdote que murió asesinado por su ambicioso cuñado Pigmalión, se vio obligada a armar una pequeña flota y escapar luego de que en sueños el fantasma de su esposo le advirtiese sobre los planes de su hermano.
Antes de dar el segundo paso, donde se aprecia cómo desembarca Dido en el norte de África y negocia con Jarbas —el rey de las tribus nativas— el espacio de tierra que ocupase una piel de toro, ya me ofrecían una toalla húmeda y un mojito de bienvenida.
De cómo Dido supo cortar la piel en finas tiras para que abarcara una mayor extensión, y sobre esa modesta superficie levantar la acrópolis donde me encontraba, me enteré al tercer paso y al segundo trago.
Y cuando las pesadas puertas de cristal se abrían ante mí, pisaba la escena donde Jarbas pide la mano de la reina, y la amenaza con matar a toda su gente en caso de rehusarse; justo ahí, antes de saber el final, ya había sucumbido ante la actitud estética de este hotel, que se reconoce humilde frente a los 28 siglos de civilización sobre los que se erige. I
ntegral Studio y Mongi Loukil transformaron los cimientos de un antiguo hotel colonial francés en una faena de diseño contemporáneo, mediante el empleo de maderas finas y mármol en diversas tonalidades para lograr efectos de luz y sombra. Silvera, la famosa firma francesa de diseño y que denota su afición por Starck y sus secuaces, seleccionó y situó con ojo de curadora creaciones que deberían estar en museos de artes decorativas, y que a uno le hacen dudar si sentarse o permanecer parado, contemplándolas, mientras se registra en el lounge del lobby.
Pero el toque distintivo lo ofrecen las obras de artistas locales, como los elegantes estandartes de seda confeccionados a mano por Rachid Koraïchi. Y aunque el proceso de registro es similar al de cualquier otro hotel de lujo, al abordar su elevador con paneles de acrílico transparente teñidos de rojo no sólo me estaban conduciendo a mi habitación, sino representando el desenlace de la historia.
Pues la reina Dido fingió consentir la demanda del rey Jarbas, pero el día de la boda se arrojó a una inmensa pira mientras se colocaba una puñalada en el corazón para mantener la fidelidad jurada a su esposo asesinado. Dicha acción fue muy elogiada en la antigüedad, y los hombres llegaron a rendirle honores de divinidad —y tal como la pira fungió de vehículo para ascender al plano de los dioses, el ascensor sirvió de transporte a cierto tipo de Olimpo.
Los apáticos a las leyendas dignas de Virgilio pueden llegar al hotel y subir a su habitación sin más. Pero, en ese caso, también pueden hospedarse en los megaresorts que abundan en la capital.
ENTRE NIMBOS
Creadas y nombradas individualmente, nueve de sus habitaciones son una interesante composición de espacios básicos en 50 metros cuadrados. Luego de abrir la puerta corrediza automática, uno percibe una armonía inédita entre la cama y su cobertor de plumas y la tina provista con sales aromáticas; al igual que entre la regadera de lluvia y la terraza con vistas ininterrumpidas de las costas de Cartago y hasta la cordillera Atlas de Marruecos. Y es que todo es dividido por luces, paneles de cristal y ventanales mecánicos de piso a techo que, sin escatimar en privacidad, dan la sensación de ocupar un espacio celestial.
Ciertamente me tomó tiempo sacarle jugo a su estética moderna, e inclusive agua al lavabo, ya que la funcionalidad implícita en sus muebles y amenidades de diseño contemporáneo puede ser abrumadora para quien sigue preguntando cómo mandar un fax. Pero al resto les será un deleite.
“La Didon” una suite que dobla la extensión de sus contrapartes, complementa el menú, al ofrecer además comedor, terraza con jacuzzi y la posibilidad de conectarse con otra habitación para acomodar familias o eventos.
Instalado en mi terraza inteligente, mirando los restos del puerto, inicié con mi mujer un mano a mano de martinis hasta el atardecer. Y hasta que olores exquisitos despertaron nuestro apetito, y bajamos a comprobar que el restaurante de la casa, Le Rest’ô es verdaderamente bueno. Con la mirada puesta en la Bahía de Túnez, envueltos en luz de velas y música suave, de inmediato nos sentimos invitados a paladear las creaciones de su chef Stéphan Marzynski. Pero mirarlo moverse con su staff en la cocina abierta me incitó primero a curiosear.
Suculentos ingredientes mediterráneos eran fritos, planchados, asados y salteados, para luego convertirse en platillos como el cous cous de cordero, los tallarines con mariscos o interpretaciones tunecinas del sushi, todos con una presentación increíble. Culminado el ritual, pasamos al bar del hotel para ver a toda la gente bonita de Túnez. Le Light (diario de 10 a 1 horas) es un destino obligado, dérmico y rutilante, para quien se considere cosmopolita, guste cocteles originales y menearse al ritmo de DJs locales y extranjeros. Lo es también para quienes pretendemos serlo, aunque pasamos más tiempo viendo las proyecciones en la pared que los vestuarios y bronceados, e inclusive se nos derriten los hielos antes de terminarnos la bebida.
Varias copas y charlas amenas después, comprendimos por qué se le reconoce como el sitio más chic en el país, y no sólo porque no haya mucha competencia en este afable país islámico. Sin embargo, más chic para mí fue abordar el flamante ascensor y hallarme de nuevo en la intimidad de la habitación.
TODO SE PERDONA
Si alguien sabía cuidar sus cuerpos, sin torturarse con dietas y desperfectos mentales, ésos eran los mediterráneos antiguos. Y combinar las técnicas de apapacho heredadas por los cartagineses, los romanos y los árabes luego de una larga noche de fiesta o los efectos de la cotidianeidad, es un arte que se celebra en el centro de bienestar del hotel. Claro que hay tratamientos de otros tipos, como faciales y hasta depilaciones, pero el fragante vapor de su hammam es tan sólo superado por el masaje subsiguiente a manos de sus facultadas.
Descansar luego en el lounge, repasando la piel aún humectada con aceites esenciales, mientras resuenan los “grandes hits” de la música ambiental, se perdonan inclusive las palabras de Catón al concluir sus discursos frente al senado romano.
“Delenda est Carthago”, exigía celoso, incitando una tercera y definitiva Guerra Púnica donde el general Scipio, luego de prolongado asedio, tuvo que destruir casa por casa para tomar esta ciudadela donde los sobrevivientes se encerraban en el Templo de Eshmún —la diosa de la vida— para perecer en sus llamas. Se dice que inclusive Scipio lloró al izar velas y dejar atrás las ruinas de esta gran civilización fundada por Dido; en llamas durante 17 días y noches, con sus niños vendidos como esclavos y sus plantíos regados con agua de mar para que nunca nada volviese a crecer allí.
Pero cien años después volvieron los romanos para erigir una de sus más importantes colonias. Y como los arqueólogos modernos han logrado rescatar tan sólo fragmentos de lo púnico bajo lo romano, cuando uno mira desde la ventana o cruza la calle para visitar las ruinas de Cartago debe acatarse a la imaginación. Sólo así se reviven esos palacios, teatros y termas, sólo así se mira el Templo de Eshmún bajo una basílica bizantina, no sin un dejo de recelo, pero sobre todo admiración.
FUERA DE LA VILLA
Un campo de golf, dos marinas y tres clubes de tenis y equitación se encuentran en las inmediaciones de la propiedad. Vale la pena caminar por Sidi Bou Said, un cercano pueblo medieval de paredes blancas y puertas azules entre geranios y cactáceas, y sentarse en el tradicional Café des Nattes (Plaza del Souk; T. 216 (71) 749 661) que reúne artistas e intelectuales desde el siglo pasado. También hay que conquistar los zocos de la medina de Túnez y visitar su mezquita principal Zitouna, antes de admirar la colección más importante de mosaicos en el mundo en su Museo del Bardo (Le Bardo 2000; T. 216 (1) 513 650; F. 216 (1) 513 842; de 9 a 17 horas de mayo a octubre, y de 9:30 a 16:30 de noviembre a abril).
Allá las sobrevaluadas costas europeas. Aquí un aparador de los poderes de la mente: la inteligencia, la imaginación y la espiritualidad. Otras diferencias residen en que al sauna le llaman hammam y es bastante más delicioso; en que al lado de boutiques de diseñadores hay también sacos de especias; y en que el té se toma con piñones mientras se burbujea la narguile al atardecer.
Villa Didon se halla sobre la colina Byrsa, en la costa noreste de Túnez capital, donde en el año 810 a.C. la reina Dido fundó Cartago. Su ciudad llegó a dominar el comercio del Mediterráneo durante siete siglos y a tener más de un millón de habitantes; campesinos que por primera vez industrializaron la agricultura, marinos que inclusive llegaron a Bretaña y las Azores, y guerreros como Aníbal, quien atravesó los Alpes con sus elefantes para darle una pequeña sorpresa a los romanos, sus eternos rivales y eventuales exterminadores.
Es poco el mérito que puedo dar con palabras a esta magnífica civilización de la antigüedad, pero el hotelero Philippe Boissolier erigió este edificio que le hace un justo homenaje.
UN REGISTRO MEMORABLE
Lo primero que llamó mi atención al llegar a la propiedad de estética minimalista subyugada al excepcional entorno, fueron los grabados en el piso marmóreo del atrio. Éstos relatan la leyenda de Dido y la fundación de Cartago, una digna introducción al contexto.
Al primer paso descifré que la hija del rey Muto de Tiro y esposa de Sicarbas, un rico sacerdote que murió asesinado por su ambicioso cuñado Pigmalión, se vio obligada a armar una pequeña flota y escapar luego de que en sueños el fantasma de su esposo le advirtiese sobre los planes de su hermano.
Antes de dar el segundo paso, donde se aprecia cómo desembarca Dido en el norte de África y negocia con Jarbas —el rey de las tribus nativas— el espacio de tierra que ocupase una piel de toro, ya me ofrecían una toalla húmeda y un mojito de bienvenida.
De cómo Dido supo cortar la piel en finas tiras para que abarcara una mayor extensión, y sobre esa modesta superficie levantar la acrópolis donde me encontraba, me enteré al tercer paso y al segundo trago.
Y cuando las pesadas puertas de cristal se abrían ante mí, pisaba la escena donde Jarbas pide la mano de la reina, y la amenaza con matar a toda su gente en caso de rehusarse; justo ahí, antes de saber el final, ya había sucumbido ante la actitud estética de este hotel, que se reconoce humilde frente a los 28 siglos de civilización sobre los que se erige. I
ntegral Studio y Mongi Loukil transformaron los cimientos de un antiguo hotel colonial francés en una faena de diseño contemporáneo, mediante el empleo de maderas finas y mármol en diversas tonalidades para lograr efectos de luz y sombra. Silvera, la famosa firma francesa de diseño y que denota su afición por Starck y sus secuaces, seleccionó y situó con ojo de curadora creaciones que deberían estar en museos de artes decorativas, y que a uno le hacen dudar si sentarse o permanecer parado, contemplándolas, mientras se registra en el lounge del lobby.
Pero el toque distintivo lo ofrecen las obras de artistas locales, como los elegantes estandartes de seda confeccionados a mano por Rachid Koraïchi. Y aunque el proceso de registro es similar al de cualquier otro hotel de lujo, al abordar su elevador con paneles de acrílico transparente teñidos de rojo no sólo me estaban conduciendo a mi habitación, sino representando el desenlace de la historia.
Pues la reina Dido fingió consentir la demanda del rey Jarbas, pero el día de la boda se arrojó a una inmensa pira mientras se colocaba una puñalada en el corazón para mantener la fidelidad jurada a su esposo asesinado. Dicha acción fue muy elogiada en la antigüedad, y los hombres llegaron a rendirle honores de divinidad —y tal como la pira fungió de vehículo para ascender al plano de los dioses, el ascensor sirvió de transporte a cierto tipo de Olimpo.
Los apáticos a las leyendas dignas de Virgilio pueden llegar al hotel y subir a su habitación sin más. Pero, en ese caso, también pueden hospedarse en los megaresorts que abundan en la capital.
ENTRE NIMBOS
Creadas y nombradas individualmente, nueve de sus habitaciones son una interesante composición de espacios básicos en 50 metros cuadrados. Luego de abrir la puerta corrediza automática, uno percibe una armonía inédita entre la cama y su cobertor de plumas y la tina provista con sales aromáticas; al igual que entre la regadera de lluvia y la terraza con vistas ininterrumpidas de las costas de Cartago y hasta la cordillera Atlas de Marruecos. Y es que todo es dividido por luces, paneles de cristal y ventanales mecánicos de piso a techo que, sin escatimar en privacidad, dan la sensación de ocupar un espacio celestial.
Ciertamente me tomó tiempo sacarle jugo a su estética moderna, e inclusive agua al lavabo, ya que la funcionalidad implícita en sus muebles y amenidades de diseño contemporáneo puede ser abrumadora para quien sigue preguntando cómo mandar un fax. Pero al resto les será un deleite.
“La Didon” una suite que dobla la extensión de sus contrapartes, complementa el menú, al ofrecer además comedor, terraza con jacuzzi y la posibilidad de conectarse con otra habitación para acomodar familias o eventos.
Instalado en mi terraza inteligente, mirando los restos del puerto, inicié con mi mujer un mano a mano de martinis hasta el atardecer. Y hasta que olores exquisitos despertaron nuestro apetito, y bajamos a comprobar que el restaurante de la casa, Le Rest’ô es verdaderamente bueno. Con la mirada puesta en la Bahía de Túnez, envueltos en luz de velas y música suave, de inmediato nos sentimos invitados a paladear las creaciones de su chef Stéphan Marzynski. Pero mirarlo moverse con su staff en la cocina abierta me incitó primero a curiosear.
Suculentos ingredientes mediterráneos eran fritos, planchados, asados y salteados, para luego convertirse en platillos como el cous cous de cordero, los tallarines con mariscos o interpretaciones tunecinas del sushi, todos con una presentación increíble. Culminado el ritual, pasamos al bar del hotel para ver a toda la gente bonita de Túnez. Le Light (diario de 10 a 1 horas) es un destino obligado, dérmico y rutilante, para quien se considere cosmopolita, guste cocteles originales y menearse al ritmo de DJs locales y extranjeros. Lo es también para quienes pretendemos serlo, aunque pasamos más tiempo viendo las proyecciones en la pared que los vestuarios y bronceados, e inclusive se nos derriten los hielos antes de terminarnos la bebida.
Varias copas y charlas amenas después, comprendimos por qué se le reconoce como el sitio más chic en el país, y no sólo porque no haya mucha competencia en este afable país islámico. Sin embargo, más chic para mí fue abordar el flamante ascensor y hallarme de nuevo en la intimidad de la habitación.
TODO SE PERDONA
Si alguien sabía cuidar sus cuerpos, sin torturarse con dietas y desperfectos mentales, ésos eran los mediterráneos antiguos. Y combinar las técnicas de apapacho heredadas por los cartagineses, los romanos y los árabes luego de una larga noche de fiesta o los efectos de la cotidianeidad, es un arte que se celebra en el centro de bienestar del hotel. Claro que hay tratamientos de otros tipos, como faciales y hasta depilaciones, pero el fragante vapor de su hammam es tan sólo superado por el masaje subsiguiente a manos de sus facultadas.
Descansar luego en el lounge, repasando la piel aún humectada con aceites esenciales, mientras resuenan los “grandes hits” de la música ambiental, se perdonan inclusive las palabras de Catón al concluir sus discursos frente al senado romano.
“Delenda est Carthago”, exigía celoso, incitando una tercera y definitiva Guerra Púnica donde el general Scipio, luego de prolongado asedio, tuvo que destruir casa por casa para tomar esta ciudadela donde los sobrevivientes se encerraban en el Templo de Eshmún —la diosa de la vida— para perecer en sus llamas. Se dice que inclusive Scipio lloró al izar velas y dejar atrás las ruinas de esta gran civilización fundada por Dido; en llamas durante 17 días y noches, con sus niños vendidos como esclavos y sus plantíos regados con agua de mar para que nunca nada volviese a crecer allí.
Pero cien años después volvieron los romanos para erigir una de sus más importantes colonias. Y como los arqueólogos modernos han logrado rescatar tan sólo fragmentos de lo púnico bajo lo romano, cuando uno mira desde la ventana o cruza la calle para visitar las ruinas de Cartago debe acatarse a la imaginación. Sólo así se reviven esos palacios, teatros y termas, sólo así se mira el Templo de Eshmún bajo una basílica bizantina, no sin un dejo de recelo, pero sobre todo admiración.
FUERA DE LA VILLA
Un campo de golf, dos marinas y tres clubes de tenis y equitación se encuentran en las inmediaciones de la propiedad. Vale la pena caminar por Sidi Bou Said, un cercano pueblo medieval de paredes blancas y puertas azules entre geranios y cactáceas, y sentarse en el tradicional Café des Nattes (Plaza del Souk; T. 216 (71) 749 661) que reúne artistas e intelectuales desde el siglo pasado. También hay que conquistar los zocos de la medina de Túnez y visitar su mezquita principal Zitouna, antes de admirar la colección más importante de mosaicos en el mundo en su Museo del Bardo (Le Bardo 2000; T. 216 (1) 513 650; F. 216 (1) 513 842; de 9 a 17 horas de mayo a octubre, y de 9:30 a 16:30 de noviembre a abril).
- Páginas
- 1
























