PASADO: Taxco tras lomita
©SINAFO-Fototeca Nacional

PASADO: Taxco tras lomita

El encanto de Taxco es obvio. Sus iglesias barrocas y paisajes escarpados —marco perfecto para abastecerse de la plata pura y barata de sus minas—, y su ubicación estratégica, explican por qué se convirtió en uno de los primeros destinos turísticos del país. Quizá también por eso, a pesar del tráfico y el acoso de los mercaderes joyeros, lo sigue siendo.
Por Georgina Hidalgo | agosto 2006 | Tags: , ,
Ante tan empinadas calles, uno no puede dejar de fijarse en el físico de los habitantes de Taxco, en sus piernas sobre todo. ¿Tendrán buena pantorrilla?, me preguntaba y, mientras miraba de reojo a aquella pareja que subía pesadamente por el empedrado y luego a esa señora que sudaba la gota gorda, me di cuenta que no.

A pesar de que es casi un cliché hablar de las calles empedradas de Taxco y las leyendas asociadas a ellas, sus habitantes prefieren recorrerlas montados en motos, combis y vochos. El tráfico es el dolor de cabeza de la población local y del turista, ambos visitantes de una ciudad que lleva cinco siglos empeñada en arrancarle a las crespas laderas y a la riqueza de las minas su próspero destino.

“Pero el esfuerzo vale la pena”, piensa uno cuando intenta caminar por Taxco. Así debieron pensar los que acompañaron al soldado español Gonzalo de Umbría, enviado en el siglo xvi por el conquistador Hernán Cortés para explorar las minas apenas aprovechadas por indígenas de poblaciones aledañas como Tetelcingo y Tlachco (lugar del juego de pelota).

Y ése también debió ser el pensamiento de viajeros notables, como Alexander von Humboldt, quien descansó la noche del 22 de marzo de 1803 en la población y “vino a decirnos a qué altura del mar estábamos, descubrió la flor de nochebuena, hizo planos de las minas y estudió las plantas medicinales”, se puede escuchar en voz de cualquiera de sus habitantes.

La belleza de Taxco se aprecia a costa del físico; en el proceso imagino a emprendedores como Jimmy Dubin, pionero de la hotelería nacional y dueño de los más tradicionales ejemplares de la región: el Santa Prisca, El Borda y el Rancho Taxco Victoria (Carlos J. Nibbi 5 y 7; T. (762) 622 0004; habitaciones dobles desde 55 dólares). Así como William Spratling (1900-1967), diseñador, escritor, coleccionista, joyero, aviador y primer causante de la fama internacional de los plateros de Taxco, que no se dieron por vencidos ni ante el embrujo de las barrancas, ni ante la aventura que implicaba llegar hasta esas lomas guerrerenses de la Sierra Madre del Sur montados en burros y esquivando vegetación.

Pero eso fue hace 40 años. En pleno siglo xxi volvemos a Taxco de Alarcón ansiosos por descubrir algo nuevo y no sólo la oferta diversa de productos de plata, algunos con diseños singulares —todos los personajes de los Simpson o los pequeños pelados de la serie South Park transformados en prendedores, anillos, aretes y collares; o la singular joyería punk y heavy metal, uñas de metal y pulseras de tuercas—. ¿Puede haber algo nuevo después de 480 años de historia? Todo en la memoria de los pobladores indica que sí, que los periodos de bonanza —el colonial y el de los años 30 que catapultó a este sitio como uno de los más importantes destinos turísticos del país— continúan abriendo nuevos derroteros para sus habitantes, una población que ya rebasa los 200 mil, la mayoría dedicada a la joyería, a la comercialización y exportación de la plata y a la venta de artesanías.

Sol para todos
Aunque es rico en estaño, zinc, amatista, cristal de roca y jadeíta, Taxco debe su fama y crecimiento a la plata. Es el sino bajo el cual nació y, al parecer, no cambiará nunca. Aquí el abolengo de las familias se mide en razón de la originalidad de sus diseños y la ubicación de sus tiendas.

Los Castillo y Los Ballesteros son las leyendas locales, con tiendas ubicadas a un lado de la iglesia de Santa Prisca o en la Plaza Borda y diseños exclusivos que incluyen desde esculturas de jaguares (150 mil pesos) y arte sacro (un cristo de plata, 700 mil pesos) hasta juegos de peines y cepillos para el pelo, cubiertos, vajillas y joyería inspirada en diseños prehispánicos y art déco.

Algunas de estas tiendas han llegado a copiar en sus aparadores los motivos churriguerescos de la iglesia y hasta el órgano musical del coro (Los Castillo). Casi me da tortícolis de mirarlos y quizá por eso el dependiente se acercó y me mostró un juego de aretes y gargantilla inspirados en Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, que en realidad es un diseño original de William Spratling, el “maestro” de todos los joyeros taxqueños. También me enseñó unas arracadas de filigrana, un arte que ya dominaban los zapotecos en oro pero que aquí se expresa en el blanco de la plata; y esculturas de jaguares, tigres y otros felinos acechando a los curiosos.

Al dar un paseo por el interior del taller de Los Castillo descubrirá el “estilo antiguo” de hacer joyería en Taxco: la plata pavonada (oxidada) con incrustaciones de piedra y madera, o piezas que contrastan amatista, coral o turquesa con la plata pulida. En cambio, con Los Ballesteros es la cerámica la que ha adquirido nuevos bríos al añadirle incrustaciones de plata a platones, tazas, vasos, cacerolas, servilleteros y demás utensilios dignos de un banquete noble. Paso a paso, tienda tras tienda, notará que el espíritu creativo de los taxqueños no se expresa sólo en plata; también la piedra, la palma, el hierro, la cerámica y la madera tienen espacio. Es común sentirse agobiado entre el bullicio de aquellos que lo invitan a visitar un tianguis, como llaman a las laberínticas casas que albergan puestos de venta al mayoreo, o con la variedad de tiendas que se multiplican al apenas alzar la vista.

Tendrá seguramente la impresión de ver más de lo mismo, pero entre todo el ajetreo hay oasis de originalidad propiciados por nuevos diseñadores, como Guillermo Arregui y María Belén Nilson, quienes desde su tienda sorprenden al paseante con aretes, brazaletes, cadenas, argollas y collares de texturas singulares. O las combinaciones de piedras y plata que se hacen en El Ángel.

Llama la atención que entre tanta competencia los taxqueños miren felices desde el fresco interior de su tienda el trajinar de la gente. “El sol sale para todos”, me dice Elda Mejía con una sonrisa de satisfacción. Y como todos, esta mujer regordeta que atiende Casa Mejía presume su ascendencia: su padre prefería la hojalatería, con la que daba forma a lámparas muy singulares, pero se enfocó en la platería desde 1938 y le enseñó a ella y a sus ocho hermanos todo lo que saben del negocio. Las lámparas espejo, el esmalte y la joyería de plata constituyen el mundo de los Mejía, una tienda que garantiza más de 200 modelos diferentes.

Es inevitable la nostalgia: su “pueblo” natal, adonde antes sólo se llegaba en burro, en donde antes se caminaba por costumbre, ha contraído el mal de las ruedas. Lo dicen todos sin que se los pregunten, es lo único de lo que se quejan los taxqueños “pero es que nadie se imaginó que iba a crecer tanto”.

Blanco como el calor
Mientras camino rumbo a la casa del cronista taxqueño Juan Crisóstomo me pregunto cómo este sitio se transformó en un pueblo de casas blancas y tejas rojas, de calles sinuosas que atraparon la admiración de cronistas y viajeros del siglo xx. Él, en cambio, parece que lleva toda la vida preguntándoselo. Una combinación de artista y escritor se esconde en el cronista, una persona sencilla que interrumpe el ajetreo de una nueva construcción en su casa para rescatar la memoria.

Recuerda nombres, largas filas de mulas cargadas de plata, a José Borda, gran señor de la mina que dejó su testimonio color de rosa y oro en el templo de Santa Prisca, entonces su capilla personal. Habla de la verdura de cerros y barrancas, la montaña del Huizteco, el Cerro de la Cruz. Menciona plazas, la de Bernal en el centro, que toma su nombre de aquel minero taxqueño que se fue a Guanajuato en busca de fortuna (otro Real de Minas) y abanderó la causa de la Independencia inmortalizado como El Pípila. Añora las verdes macetas en las ventanas, los corredores abiertos al paisaje, el capricho de sus calles y de los que las transitaban, como doña Elena de Añorve, dueña de la riquísima mina del Espíritu Santo, quien mandaba poner barras de plata por donde tenía que pasar su carruaje.

Pero entre todos surgen dos artífices: William Spratling y Jimmy Dubin, quienes a finales de los años 30 cambiaron para siempre los modos de vivir y trabajar en un pueblito que era hábil productor de objetos de uso religioso, custodias y ornamentos de plata.

El legado de Spratling y Dubin, ambos estadounidenses, resultó en una época de bonanza que se basó en el establecimiento de talleres de platería donde el trabajo y la inventiva obedecían a una estructura gremial jerárquica, y en entender el potencial del turismo como fuente de riqueza.

Maestros, ayudantes o “zorritas”, como los llamaba Spratling, contaban con un reglamento interior, horarios, contratos y pagos por pieza producida, y lograron fama en tiendas como Saks Fifth Avenue y Tiffany con diseños de líneas simples, motivos prehispánicos, art déco, y combinaciones de madera, piedras y conchas; el sello Spratling que aún se nota en los aparadores.

“El verdadero color de la plata es blanco como el del máximo calor y el del máximo frío, es también el color del primer alimento que recibe el hombre y el color de la luz”, solía decir este amante de la plata y del arte prehispánico (cuya colección se aprecia en el museo que lleva su nombre a un lado de la iglesia de Santa Prisca), que llegó a México para escribir el libro México tras lomita, con dibujos del autor y prefacio de Diego Rivera, y organizó la primera Feria de la Plata para celebrar el aniversario de su taller Las Delicias.

Una revolución similar ocurrió en la hotelería, cuando Dubin, amigo personal del arquitecto Mario Pani, llegó a México para convencerse del potencial turístico que guardaba en las entrañas. Mucho antes de convertirse en el asesor turístico de la nación y dueño del mítico Hotel Reforma de la Ciudad de México, descrito en sus tiempos de gloria (los años cincuenta) como “el” lugar para hospedarse en México, Dubin ensayó en Taxco todas sus ideas.

Así lo recuerda la señora Ocampo, actual gerente del Hotel Santa Prisca, uno de los más añejos de la localidad y que Dubin primero alquiló y luego compró, como después hizo con el Borda y el Rancho Taxco Victoria. El Santa Prisca se llamaba Sierra Madre y empezó a trabajar en 1940, cuando todavía la caldera era de leña. Hoy, el Santa Prisca mantiene vivo el recuerdo y las enseñanzas de Dubin, además de que muchos otros hoteles reproducen su estilo, como el Agua Escondida, ubicado en la Plaza Borda.

La palabra “rústico” comenzó a cobrar sentido para el turismo que llegaba a probar lo tradicional del país, con la comida regional, los muebles artesanales, los pisos frescos. Estructuras con techos de paja y jardines colgantes se erigieron como una extensión de aquellos hostalitos, en realidad casas particulares que, desde 1931, comenzaron a representar la hospitalidad del taxqueño.

El cronista suspira. Lo único que le molesta de la transformación de su “pueblo de casitas blancas y tejas rojas” en un lugar turístico es el tráfico, pero apenas lo menciona, pues prefiere hablar de la belleza de la arquitectura. Le parece mágico que aunque pasen siglos, “como si fuera ley universal”, en Taxco todas las calles siguen siendo empedradas, las casas se siguen pintando de blanco y los techos se siguen cubriendo con tejas de ladrillo; es un emblema, un estilo único, me dice antes de retomar el tema del exceso de autos: “a todo se acostumbra uno menos a no comer” y en eso no puedo más que estar de acuerdo.

Contagiada de añoranza, vuelvo a las andadas, literalmente, pero ahora en busca de un refugio gastronómico que me dé fuerzas para sortear el nuevo reto que los taxqueños han puesto a los visitantes: un mirador en la punta del Cerro de la Cruz.

Como en todos los sitios turísticos, hay lugares céntricos que ofrecen platillos mexicanos pero no necesariamente de la mejor calidad. El paisaje de alguna gran terraza, en cambio, debe ser la prioridad de quienes decidan sentarse a comer. La otra opción es perderse por el mercado, con sus puestos de quesos, carnes, jumiles (insectos que se venden en bolsita y se comen vivos) y frutas. Entre las áreas de máscaras de madera y piedras preciosas puede uno encontrar sorpresas, como La Fondita, un local sencillo con una cocina que recuerda la de las abuelas: chiles rellenos de queso y carne, tortillas hechas a mano y frijolitos de la olla.

Una encuesta que cuesta

Con la barriga llena emprendo el camino cuesta arriba. La encuesta que comencé con la vista fija en las pantorrillas de los lugareños terminó por sorprenderme no tanto de las piernas sino de las personas, del orgullo que sienten por su ciudad y su historia.

Rafaela Estrada, una guía del Museo de Arte Virreinal (Juan Ruiz de Alarcón 12; T. (762) 622 5501; martes a sábados 10 a 18 horas, domingos 10 a 16 horas; entrada general 20 pesos; maestros y estudiantes 15 pesos; niños y grupos 10 pesos) me muestra orgullosa los vidrios de origen veneciano de las ventanas y otras obras virreinales que se conservan en esta vieja casa de 1650, que hasta tiene un temascal privado y fue donde se hospedó Humboldt. Del empresario minero y mecenas de la ciudad en el siglo xviii, José Borda, dice agradecida: “lo recordamos todos porque lo que dejó es un gran monumento, pero además bajó el agua potable, hizo puentes, caminos, las fuentes que están en el centro y la iglesia que es el tesoro del lugar”. En efecto, Santa Prisca se construyó entre 1751 y 1758 por órdenes de Borda, bajo el mando de Cayetano de Sigüenza, quien logró uno de los ejemplos más claros y uniformes del barroco mexicano.

Subir y bajar es una constante en la vida de Rafaela, quien entre los cuadros de José de Paez, Andrés de Barragán y anónimos, vive inmersa entre mártires, santos, herejes e instrumentos de tortura, todos recuerdos de ese pasado glorioso cuando se temía a dios y a la vez se le agradecía su cobijo. Santa Prisca, con sus fuentes y jardines y una vista única del valle, es un buen punto para sentarse a descansar. Eso hacíamos cuando me habló de los cambios de Taxco; de nuevo el tráfico y la platería: “todavía tenemos tres minas trabajando y eso le ha dado mucha actualidad, la Mina del Solar, La Lajuela en Tehuilotepec y El Fraile, sacan varios metales; hay plata, oro, cobre, zinc, pero además piedras preciosas”, dice la experta.

Originaria de Taxco, Rafaela recuerda a sus 58 años los juegos de los niños, el trompo, las escondidas, el chicote, los listones, la Rueda de San Miguel, “cuando se creía en los Reyes Magos” y había muñecas bonitas, de trapo y cartón de las de antes, grandotas muy pintarrajeadas.

Ahora, las únicas muñecas pintarrajeadas que ve pasar son las jóvenes turistas, que la sorprenden con sus ombligos al aire. Qué diferencia cuando cada ocho días había serenata en la Plaza Borda y las orquestas tocaban danzones, valses, y los hombres daban vueltas de un lado y las mujeres del otro, y así el que andaba interesado en alguna, pasaba a su lado y le daba una carta de amor, perfumada y todo. “Ahora te dicen de a cómo la quieres”, se queja divertida.

Pero así es Taxco, a todo se acostumbra uno, a esas subidas que cuestan como el amor, como intentar ver las piernas de los lugareños mientras subo la colina, lengua de fuera, sudor cayendo, como esas risas que arranco en los vecinos cuando me ven pasar. “Mejor tome un taxi, la deja sin problemas”, dicen, pero yo insisto, descubro como otros tantos que Taxco todavía vale la pena.

GUÍA PRÁCTICA

DÓNDE DORMIR

HOTEL SANTA PRISCA
Cenaobscuras 1
T. (762) 622 0080
F. (762) 622 2938
Habitaciones dobles desde 500 pesos

Su terraza es uno de los lugares privilegiados.

HOTEL BORDA CERRO DEL PEDREGAL
T. (762) 622 0225
F. (762) 622 0617
www.hotelborda.com
Habitaciones dobles desde 950 pesos
Ofrece, entre sus 105 habitaciones, la suite donde
John y Jackie Kennedy pasaron su luna de miel.


AGUA ESCONDIDA
Plaza Borda 4
T. (762) 622 0726
F. (762) 622 1306
www.aguaescondida.com
Habitaciones dobles desde 590 pesos más iva
Desde su terraza se puede apreciar la fachada de la catedral.


DÓNDE COMER
LA FONDITA
Toril 1
T. (762) 622 0548


PLATERÍAS

LOS CASTILLO
Celso Muñoz 6
T. (762) 622 5913

TALLER DE LOS CASTILLO
Carretera Federal México-Acapulco, kilómetro 175-A
T. (762) 622 1988

JOYERÍA ELENA BALLESTEROS
Celso Muñoz 4
T. (762) 227 3718
www.ballesteros.com


GUILLERMO ARREGUI Y MARÍA BELÉN NILSON
Benito Juárez 13
T. (762) 622 7033
guilleas@yahoo.com

EL ÁNGEL
Plaza Borda 1
T. (762) 622 8021
elangeltaxco2002@msn.com


CASA MEJÍA
Palma Real 5
T. (762) 622 0737
isidro_mejia@ hotmail.com
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