PRESENTE: Hospitalidad mexicana en casco de hacienda
El a posteriori es engañoso. Tras haber paseado por los jardines de Katanchel en Yucatán, haber despertado en una cama de latón entre los volcanes o comido platillos regionales tapatíos en El Carmen, ¿quién puede creer que hace apenas unos años nadie daba un peso por las haciendas del país?
Por
María Eugenia Monroy |
agosto 2006
Quien disfruta hospedarse en una hacienda por lo general reincide. Su elocuencia histórica se manifiesta en camas con dosel, muros de piedra, capillas e incluso en la gente que sigue viviendo, cocinando o haciendo cualquier tipo de trabajo en ellas. La experiencia no es para apresurados. En México, hace 10 años redescubrimos las haciendas. Durante siglos estuvieron ahí, viendo cómo los indígenas trabajaban la tierra de sus conquistadores, cómo los patrones paseaban a caballo; recibiendo balazos de los revolucionarios y desmoronándose, pieza por pieza, cuando a mediados del siglo xx, fraccionadas por el gobierno, dejaron de ser un negocio rentable para sus propietarios. Abandonadas, se convirtieron en un elemento más del árido paisaje del Altiplano Central; una colección amorfa de piedras amontonadas en la selva de Yucatán. Parecían un patrimonio perdido de no ser por unas cuantas que sobrevivieron milagrosamente, ya fuera por matrimonios ventajosos que con sus herencias y orgullo las mantuvieron activas o bien porque se vendieron a empresarios que, aferrados a su nueva tierra, las convirtieron en envidiables casas de descanso.
Pero sucedió que hace una década un grupo de inversionistas del centro de México compró más de una decena en la península de Yucatán para resucitarlas. Y las circunstancias los ayudaron: por aquellas fechas se lanzaba el programa “Mundo Maya” que crearía infraestructura y promocionaría una región que abarca del sur de México hasta Honduras; las nuevas reformas al artículo 27 de la Constitución permitieron la adquisición de tierras por parte de particulares a los ejidatarios, y un factor determinante fue que los inversionistas contaban con capital suficiente para llevar a cabo tanto la investigación de campo como la restauración de las propiedades. De forma paralela, la sociedad yucateca estaba ávida por revalorizar esos enclaves históricos que durante un siglo fueron las minas de oro del estado, cuando procesaban el henequén, una fibra de uso rudo y gran demanda en el extranjero hasta la llegada de las fibras sintéticas.
Para mediados de 1997 las primeras de estas haciendas operaban ya como hoteles de lujo, y atraían la atención de la prensa y los turistas internacionales. No es lugar común afirmar que todo el mundo hablaba de ellas; la versión colonial de los palacios europeos surgía como una exótica experiencia de viaje para quien pudiera pagarla y poco a poco otros propietarios e inversionistas se interesaron por rescatarlas no sólo del olvido, sino también del absoluto abandono en el que permanecieron durante décadas.
Desde entonces, el mapa turístico de México se ha ido poblando de haciendas que operan como hoteles, restaurantes o paradores turísticos. Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta cuántas son. Ni siquiera las instituciones gubernamentales. A veces, uno da con ellas al pasear por una carretera solitaria; con más frecuencia es la recomendación de boca en boca la que lleva hasta sus patios y sus habitaciones. Sea como sea, se han convertido en una alternativa para quien busca un hospedaje diferente. Su historia, sus corredores, sus jardines e incluso sus fantasmas resultan indiscutiblemente seductores.
El ejemplo de Temozón
Es cierto que antes de Temozón ya existían algunas haciendas habilitadas como hoteles, sobre todo en el centro de México: Galindo, a unos cuantos kilómetros de San Juan del Río, en el estado de Querétaro, resultaba ideal para irse de vacaciones con niños. Actualmente es operada por Fiesta Americana y se mantiene impecable, aunque ya huele a cadena hotelera. Sus jardines totalmente bardeados son infinitos para visitantes con 10 años de edad; los amplios pasillos, custodiados por antiguas y oscuras pinturas, permiten que uno se imagine en una antiquísima propiedad, y hay caballos, canchas de básquetbol y columpios.
También estaba San José Vistahermosa, una hacienda azucarera que fundó Hernán Cortés en 1529 en el cálido estado de Morelos. Construida en piedra, con sólidos muros y unos jardines tropicales sembrados con buganvilias, palmeras, ficus y amates, comenzó a funcionar como hotel en 1947. Aunque ha tenido épocas buenas y malas, no deja de ser atractiva por su fuerza histórica para alguien con presupuesto moderado. Aparte de estas propiedades se podían contar Cocoyoc, también en Morelos, Juriquilla y Jurica, en Querétaro, entre unas más. Pero ninguna sobresalió de forma particular hasta que abrieron las primeras haciendas en Yucatán.
En 1996, el corporativo turístico Grupo Plan, encabezado por el banquero mexicano Roberto Hernández, comenzó la restauración de la primera de sus haciendas: Temozón Sur, localizada 36 kilómetros al sureste de Mérida, una propiedad encajada entre la selva húmeda y calurosa de la península y flanqueada por cenotes, viejos sembradíos de henequén y árboles frutales. La hotelería era una de las alternativas de rescate más viable para estos feudos coloniales. Por su historia, los conjuntos eran una atracción en sí mismos y podían adecuarse a las nuevas funciones; además, al ubicarse a poca distancia de atracciones arqueológicas como Chichén Itzá o Uxmal —este último sobre la misma carretera que conduce a Temozón—, de cenotes y colonias de flamingos como Celestún o Ría Lagartos y de complejos coloniales como los pueblos de Valladolid e Izamal, funcionaban como base de operaciones para recorrerlos.
Temozón cumplía con estos requisitos. A principios del siglo xx fue una de las haciendas más importantes de la península y aunque fue fundada en el siglo xvi, su verdadero apogeo llegó en el xix, de la mano del henequén. De aquella época databan las soberbias construcciones que aún estaban en pie.
Grupo Plan quería desarrollar un circuito de pequeños hoteles de lujo pensados para extranjeros de alto poder económico. Pero no sólo eso. Pensaban también integrar la población local a la hacienda de nueva cuenta, evitando a mediano plazo la migración hacia ciudades como Mérida y Cancún. Como beneficio colateral, la gente aprovecharía mejor su salario al no gastarlo en transporte ni perder demasiado tiempo para llegar a su trabajo. Los pobladores primero fueron contratados como albañiles y luego se les capacitó como meseros, camaristas o jardineros que se integraron a la planta hotelera. En la actualidad, la mayoría de los empleados viven en los pueblos más cercanos a las haciendas del corporativo.
Más adelante también se crearon talleres artesanales en las poblaciones adyacentes a los cascos para promover el rescate de la artesanía rural. Estos talleres funcionan con el respaldo de la Fundación Haciendas del Mundo Maya, y venden buena parte de su producción a los mismos hoteles. Así, quienes se hospedan en las haciendas pueden ver, tocar y comprar, por ejemplo, el llavero fabricado con henequén, el gel para la regadera o la almohadita bordada, rellena con semillas y hierbas de olor, que al colocarse sobre los párpados ayuda a conciliar el sueño.
Pero para poner en marcha Temozón y el resto de las haciendas hacía falta restaurarlas. Salvador Reyes Ríos, un arquitecto de la Ciudad de México con maestría en Conservación Urbana y de Inmuebles de Valor Patrimonial fue contratado como director de los trabajos de restauración de Grupo Plan y arquitecto asociado de los proyectos de adaptación de seis ex haciendas henequeneras. Su tesis de maestría, Historia e intervención en Temozón sur, una hacienda henequenera, es un compendio de lo que fue esta experiencia. Junto con un equipo multidisciplinario formado por arquitectos, restauradores, investigadores e historiadores especializados en el tema de las haciendas henequeneras realizó el estudio de campo y la proyección para que cada una de las estructuras que se restaurara o construyera respetara al máximo la armonía del conjunto y los estilos arquitectónicos de mediados del siglo xix. Pero el trabajo fue tan minucioso y el equipo quiso trabajar con tanto detalle que incluso rescataron y adaptaron antiguas técnicas mayas de construcción, como la mezcla de agua, cemento blanco, polvo fino de piedra y la resina de un árbol que crece en los alrededores llamado chukum, con la que crearon un recubrimiento impermeable que aplicaron en las albercas exteriores de las habitaciones, las fuentes y la piscina principal.
Como explica Reyes Ríos en su tesis, la casa principal se adecuó para reunir buena parte de los espacios públicos del hotel —el restaurante, la cocina principal, la recepción, la tienda, la sala de lectura—, las habitaciones se ubicaron en los edificios contiguos que habían funcionado como dispensario, escuela o botica, mientras que en la casa de máquinas —donde se procesaba el henequén— se instalaron el gimnasio, el spa y los salones para eventos. El mobiliario también fue seleccionado a mano. Querían proyectar esa imagen de elegante casa solariega sin escatimar en comodidades para los huéspedes que pagarían al menos 200 dólares por dormir una noche en el hotel, y así fueron reuniendo antiguos muebles europeos que, combinados con piezas de fabricación local como las hamacas, camas de latón antiguas y armarios atemporales consiguieron el efecto deseado.
Al poco tiempo abrieron otras propiedades: San José Cholul, San Pedro Ochil y Santa Rosa en Yucatán, y Uayamón en Campeche. De forma paralela, otras ex haciendas de carácter similar se inauguraron en los alrededores de Mérida causando tanto revuelo como las anteriores: Katanchel, que acaba de reabrir para pequeños grupos luego de permanecer varios años cerrada; Xcanatún, reconstruida y reimaginada pero con el mejor restaurante de Mérida, y Petac, una pequeña hacienda privada que se alquila a grupos por semana, donde todos y cada uno de los detalles —los cojines bordados sobre las camas, las flores que se colocan en cada comida sobre la mesa, las toallas enrolladas junto a la alberca— han sido cuidadosamente colocados para encantar.
No todo lo que brilla es hacienda
Nadie pone en duda que las haciendas de Yucatán son desde entonces el modelo a seguir. El sueño de muchos es operar una hacienda con el servicio y el presupuesto de las propiedades de Grupo Plan, pero la mayoría no puede hacerlo. La oferta, por eso, es bastante dispareja. Uno puede encontrar una hacienda de lujo en Colima como la Hacienda de San Antonio, que cobra varios cientos de dólares por noche y cuyo personal está dispuesto a adivinar las necesidades de sus huéspedes, o tropezarse con otras que cobran unos cuantos cientos de pesos y han sido remozadas con más buena intención que buen gusto. Todas, no obstante, son promovidas dentro de la categoría de Turismo Premium —que incluye actividades como el golf, la pesca de altura y los spas— por el Consejo de Promoción Turística de México.
La mayoría de las haciendas que ofrecen hospedaje en el país pertenecen a pequeños propietarios que hacen milagros para sacarlas a flote. Como asegura Justo Fernández, presidente de la Federación de Haciendas, Estancias y Hoteles Históricos de México, los costos de mantenimiento son muy altos porque las propiedades no siempre se ubican cerca de centros urbanos, lo cual encarece los servicios; en muchas se debe elegir entre adaptar una habitación más o desarrollar una página en internet para que la gente las conozca.
Es el caso de Adriana Vázquez Zorrilla, quien administra junto con su hermana la hacienda de San Diego Baquedano en Tlaxcala, que si bien fue pulquera, ganadera y agrícola, alcanzó su cumbre a fines del siglo xix, bajo la familia Torreblanca, cuando empezó a exportar una especie de palma para la elaboración de sombreros en Francia. Como hotel, la baja ocupación y la falta de promoción han sido en ocasiones sus peores enemigos. Operan desde febrero de 2004 y muy poca gente las conoce, pero la hacienda con apenas cinco habitaciones es encantadora. No hay televisión ni teléfono, a cambio ofrece salones amplios con techos altos y vigas de madera, pisos de barro y una cocina antigua, vuelos en globo y noches donde se pueden contar todas las estrellas porque no hay un solo faro alrededor. “No concibo la idea de venderla algún día, es parte de la historia de mi familia —mis raíces— adoramos ver el cielo estrellado, la neblina en el jardín por las mañanas, nos encanta sentirnos cobijados por los volcanes, desde la cocina puedes apreciar el Pico de Orizaba, desde las recámaras se puede ver la majestuosidad de La Malinche, y desde las tierras se puede ver el Popo y el Izta”, dice Adriana.
Otras haciendas han logrado catapultarse, como San Gabriel de las Palmas en Puente de Ixtla, Morelos. Durante algunos años formó parte de Hoteles Boutique de México, aunque ahora realiza su promoción en solitario. Íntima y decorada en su mayoría con antigüedades, permite otear lo que fue un productivo ingenio azucarero. Todas sus habitaciones son diferentes y funciona tanto para una escapada romántica como en familia. En el occidente del país, Hacienda El Carmen es otra que ya puede andar con sus propios medios. En buena medida ha conquistado al turismo local por el estómago, pues su restaurante es muy popular los fines de semana entre la gente de Guadalajara, quien se acerca para probar su pescado con salsa chapulinita —base de salsa ranchera con flor de calabaza—, las pacholitas —elaboradas con carne de res molida con especias en metate— o el conejo en adobo, uno de los favoritos, preparado con una salsa de chiles guajillo y ancho, y servido con guarnición de arroz blanco. Y es que la cocina regional es otro de los atractivos que quieren promover muchas de las haciendas. Fernando Galindo, presidente de Haciendas y Estancias de México, el brazo comercial de la federación creada hace un año y medio, dice que la cocina es una de las actividades que puede permitir a las haciendas vivirse desde el interior y atraer a más turistas, al igual que los paseos a caballo, las caminatas o los spas. La idea es que no sólo palpen la carga histórica de las construcciones, sino disfrutarlas.
Quizá sea precisamente la federación lo que haga posible la supervivencia de las pequeñas haciendas en el futuro cercano. Actualmente cuenta con 40 miembros, de los cuales algunos funcionan como hoteles, otros como restaurantes y otros como paradores turísticos. La membresía incluye capacitación, entrenamiento y asesoría para su operación, así como la inclusión en una página en internet donde también se puede reservar; con ello pretenden abarcar un público más amplio, interesado en sitios de valor histórico, como aquel que visita las páginas de Estancias de España o Historic Hotels of America, sus socios comerciales. Sin duda, las que ofrezcan un buen servicio, un respeto por el conjunto arquitectónico y algún tipo de valor agregado —ya sea por sus paisajes, su personal o por sus actividades— serán las que sobrevivan.
ALGUNAS HACIENDAS PARA EMPEZAR
Pero sucedió que hace una década un grupo de inversionistas del centro de México compró más de una decena en la península de Yucatán para resucitarlas. Y las circunstancias los ayudaron: por aquellas fechas se lanzaba el programa “Mundo Maya” que crearía infraestructura y promocionaría una región que abarca del sur de México hasta Honduras; las nuevas reformas al artículo 27 de la Constitución permitieron la adquisición de tierras por parte de particulares a los ejidatarios, y un factor determinante fue que los inversionistas contaban con capital suficiente para llevar a cabo tanto la investigación de campo como la restauración de las propiedades. De forma paralela, la sociedad yucateca estaba ávida por revalorizar esos enclaves históricos que durante un siglo fueron las minas de oro del estado, cuando procesaban el henequén, una fibra de uso rudo y gran demanda en el extranjero hasta la llegada de las fibras sintéticas.
Para mediados de 1997 las primeras de estas haciendas operaban ya como hoteles de lujo, y atraían la atención de la prensa y los turistas internacionales. No es lugar común afirmar que todo el mundo hablaba de ellas; la versión colonial de los palacios europeos surgía como una exótica experiencia de viaje para quien pudiera pagarla y poco a poco otros propietarios e inversionistas se interesaron por rescatarlas no sólo del olvido, sino también del absoluto abandono en el que permanecieron durante décadas.
Desde entonces, el mapa turístico de México se ha ido poblando de haciendas que operan como hoteles, restaurantes o paradores turísticos. Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta cuántas son. Ni siquiera las instituciones gubernamentales. A veces, uno da con ellas al pasear por una carretera solitaria; con más frecuencia es la recomendación de boca en boca la que lleva hasta sus patios y sus habitaciones. Sea como sea, se han convertido en una alternativa para quien busca un hospedaje diferente. Su historia, sus corredores, sus jardines e incluso sus fantasmas resultan indiscutiblemente seductores.
El ejemplo de Temozón
Es cierto que antes de Temozón ya existían algunas haciendas habilitadas como hoteles, sobre todo en el centro de México: Galindo, a unos cuantos kilómetros de San Juan del Río, en el estado de Querétaro, resultaba ideal para irse de vacaciones con niños. Actualmente es operada por Fiesta Americana y se mantiene impecable, aunque ya huele a cadena hotelera. Sus jardines totalmente bardeados son infinitos para visitantes con 10 años de edad; los amplios pasillos, custodiados por antiguas y oscuras pinturas, permiten que uno se imagine en una antiquísima propiedad, y hay caballos, canchas de básquetbol y columpios.
También estaba San José Vistahermosa, una hacienda azucarera que fundó Hernán Cortés en 1529 en el cálido estado de Morelos. Construida en piedra, con sólidos muros y unos jardines tropicales sembrados con buganvilias, palmeras, ficus y amates, comenzó a funcionar como hotel en 1947. Aunque ha tenido épocas buenas y malas, no deja de ser atractiva por su fuerza histórica para alguien con presupuesto moderado. Aparte de estas propiedades se podían contar Cocoyoc, también en Morelos, Juriquilla y Jurica, en Querétaro, entre unas más. Pero ninguna sobresalió de forma particular hasta que abrieron las primeras haciendas en Yucatán.
En 1996, el corporativo turístico Grupo Plan, encabezado por el banquero mexicano Roberto Hernández, comenzó la restauración de la primera de sus haciendas: Temozón Sur, localizada 36 kilómetros al sureste de Mérida, una propiedad encajada entre la selva húmeda y calurosa de la península y flanqueada por cenotes, viejos sembradíos de henequén y árboles frutales. La hotelería era una de las alternativas de rescate más viable para estos feudos coloniales. Por su historia, los conjuntos eran una atracción en sí mismos y podían adecuarse a las nuevas funciones; además, al ubicarse a poca distancia de atracciones arqueológicas como Chichén Itzá o Uxmal —este último sobre la misma carretera que conduce a Temozón—, de cenotes y colonias de flamingos como Celestún o Ría Lagartos y de complejos coloniales como los pueblos de Valladolid e Izamal, funcionaban como base de operaciones para recorrerlos.
Temozón cumplía con estos requisitos. A principios del siglo xx fue una de las haciendas más importantes de la península y aunque fue fundada en el siglo xvi, su verdadero apogeo llegó en el xix, de la mano del henequén. De aquella época databan las soberbias construcciones que aún estaban en pie.
Grupo Plan quería desarrollar un circuito de pequeños hoteles de lujo pensados para extranjeros de alto poder económico. Pero no sólo eso. Pensaban también integrar la población local a la hacienda de nueva cuenta, evitando a mediano plazo la migración hacia ciudades como Mérida y Cancún. Como beneficio colateral, la gente aprovecharía mejor su salario al no gastarlo en transporte ni perder demasiado tiempo para llegar a su trabajo. Los pobladores primero fueron contratados como albañiles y luego se les capacitó como meseros, camaristas o jardineros que se integraron a la planta hotelera. En la actualidad, la mayoría de los empleados viven en los pueblos más cercanos a las haciendas del corporativo.
Más adelante también se crearon talleres artesanales en las poblaciones adyacentes a los cascos para promover el rescate de la artesanía rural. Estos talleres funcionan con el respaldo de la Fundación Haciendas del Mundo Maya, y venden buena parte de su producción a los mismos hoteles. Así, quienes se hospedan en las haciendas pueden ver, tocar y comprar, por ejemplo, el llavero fabricado con henequén, el gel para la regadera o la almohadita bordada, rellena con semillas y hierbas de olor, que al colocarse sobre los párpados ayuda a conciliar el sueño.
Pero para poner en marcha Temozón y el resto de las haciendas hacía falta restaurarlas. Salvador Reyes Ríos, un arquitecto de la Ciudad de México con maestría en Conservación Urbana y de Inmuebles de Valor Patrimonial fue contratado como director de los trabajos de restauración de Grupo Plan y arquitecto asociado de los proyectos de adaptación de seis ex haciendas henequeneras. Su tesis de maestría, Historia e intervención en Temozón sur, una hacienda henequenera, es un compendio de lo que fue esta experiencia. Junto con un equipo multidisciplinario formado por arquitectos, restauradores, investigadores e historiadores especializados en el tema de las haciendas henequeneras realizó el estudio de campo y la proyección para que cada una de las estructuras que se restaurara o construyera respetara al máximo la armonía del conjunto y los estilos arquitectónicos de mediados del siglo xix. Pero el trabajo fue tan minucioso y el equipo quiso trabajar con tanto detalle que incluso rescataron y adaptaron antiguas técnicas mayas de construcción, como la mezcla de agua, cemento blanco, polvo fino de piedra y la resina de un árbol que crece en los alrededores llamado chukum, con la que crearon un recubrimiento impermeable que aplicaron en las albercas exteriores de las habitaciones, las fuentes y la piscina principal.
Como explica Reyes Ríos en su tesis, la casa principal se adecuó para reunir buena parte de los espacios públicos del hotel —el restaurante, la cocina principal, la recepción, la tienda, la sala de lectura—, las habitaciones se ubicaron en los edificios contiguos que habían funcionado como dispensario, escuela o botica, mientras que en la casa de máquinas —donde se procesaba el henequén— se instalaron el gimnasio, el spa y los salones para eventos. El mobiliario también fue seleccionado a mano. Querían proyectar esa imagen de elegante casa solariega sin escatimar en comodidades para los huéspedes que pagarían al menos 200 dólares por dormir una noche en el hotel, y así fueron reuniendo antiguos muebles europeos que, combinados con piezas de fabricación local como las hamacas, camas de latón antiguas y armarios atemporales consiguieron el efecto deseado.
Al poco tiempo abrieron otras propiedades: San José Cholul, San Pedro Ochil y Santa Rosa en Yucatán, y Uayamón en Campeche. De forma paralela, otras ex haciendas de carácter similar se inauguraron en los alrededores de Mérida causando tanto revuelo como las anteriores: Katanchel, que acaba de reabrir para pequeños grupos luego de permanecer varios años cerrada; Xcanatún, reconstruida y reimaginada pero con el mejor restaurante de Mérida, y Petac, una pequeña hacienda privada que se alquila a grupos por semana, donde todos y cada uno de los detalles —los cojines bordados sobre las camas, las flores que se colocan en cada comida sobre la mesa, las toallas enrolladas junto a la alberca— han sido cuidadosamente colocados para encantar.
No todo lo que brilla es hacienda
Nadie pone en duda que las haciendas de Yucatán son desde entonces el modelo a seguir. El sueño de muchos es operar una hacienda con el servicio y el presupuesto de las propiedades de Grupo Plan, pero la mayoría no puede hacerlo. La oferta, por eso, es bastante dispareja. Uno puede encontrar una hacienda de lujo en Colima como la Hacienda de San Antonio, que cobra varios cientos de dólares por noche y cuyo personal está dispuesto a adivinar las necesidades de sus huéspedes, o tropezarse con otras que cobran unos cuantos cientos de pesos y han sido remozadas con más buena intención que buen gusto. Todas, no obstante, son promovidas dentro de la categoría de Turismo Premium —que incluye actividades como el golf, la pesca de altura y los spas— por el Consejo de Promoción Turística de México.
La mayoría de las haciendas que ofrecen hospedaje en el país pertenecen a pequeños propietarios que hacen milagros para sacarlas a flote. Como asegura Justo Fernández, presidente de la Federación de Haciendas, Estancias y Hoteles Históricos de México, los costos de mantenimiento son muy altos porque las propiedades no siempre se ubican cerca de centros urbanos, lo cual encarece los servicios; en muchas se debe elegir entre adaptar una habitación más o desarrollar una página en internet para que la gente las conozca.
Es el caso de Adriana Vázquez Zorrilla, quien administra junto con su hermana la hacienda de San Diego Baquedano en Tlaxcala, que si bien fue pulquera, ganadera y agrícola, alcanzó su cumbre a fines del siglo xix, bajo la familia Torreblanca, cuando empezó a exportar una especie de palma para la elaboración de sombreros en Francia. Como hotel, la baja ocupación y la falta de promoción han sido en ocasiones sus peores enemigos. Operan desde febrero de 2004 y muy poca gente las conoce, pero la hacienda con apenas cinco habitaciones es encantadora. No hay televisión ni teléfono, a cambio ofrece salones amplios con techos altos y vigas de madera, pisos de barro y una cocina antigua, vuelos en globo y noches donde se pueden contar todas las estrellas porque no hay un solo faro alrededor. “No concibo la idea de venderla algún día, es parte de la historia de mi familia —mis raíces— adoramos ver el cielo estrellado, la neblina en el jardín por las mañanas, nos encanta sentirnos cobijados por los volcanes, desde la cocina puedes apreciar el Pico de Orizaba, desde las recámaras se puede ver la majestuosidad de La Malinche, y desde las tierras se puede ver el Popo y el Izta”, dice Adriana.
Otras haciendas han logrado catapultarse, como San Gabriel de las Palmas en Puente de Ixtla, Morelos. Durante algunos años formó parte de Hoteles Boutique de México, aunque ahora realiza su promoción en solitario. Íntima y decorada en su mayoría con antigüedades, permite otear lo que fue un productivo ingenio azucarero. Todas sus habitaciones son diferentes y funciona tanto para una escapada romántica como en familia. En el occidente del país, Hacienda El Carmen es otra que ya puede andar con sus propios medios. En buena medida ha conquistado al turismo local por el estómago, pues su restaurante es muy popular los fines de semana entre la gente de Guadalajara, quien se acerca para probar su pescado con salsa chapulinita —base de salsa ranchera con flor de calabaza—, las pacholitas —elaboradas con carne de res molida con especias en metate— o el conejo en adobo, uno de los favoritos, preparado con una salsa de chiles guajillo y ancho, y servido con guarnición de arroz blanco. Y es que la cocina regional es otro de los atractivos que quieren promover muchas de las haciendas. Fernando Galindo, presidente de Haciendas y Estancias de México, el brazo comercial de la federación creada hace un año y medio, dice que la cocina es una de las actividades que puede permitir a las haciendas vivirse desde el interior y atraer a más turistas, al igual que los paseos a caballo, las caminatas o los spas. La idea es que no sólo palpen la carga histórica de las construcciones, sino disfrutarlas.
Quizá sea precisamente la federación lo que haga posible la supervivencia de las pequeñas haciendas en el futuro cercano. Actualmente cuenta con 40 miembros, de los cuales algunos funcionan como hoteles, otros como restaurantes y otros como paradores turísticos. La membresía incluye capacitación, entrenamiento y asesoría para su operación, así como la inclusión en una página en internet donde también se puede reservar; con ello pretenden abarcar un público más amplio, interesado en sitios de valor histórico, como aquel que visita las páginas de Estancias de España o Historic Hotels of America, sus socios comerciales. Sin duda, las que ofrezcan un buen servicio, un respeto por el conjunto arquitectónico y algún tipo de valor agregado —ya sea por sus paisajes, su personal o por sus actividades— serán las que sobrevivan.
ALGUNAS HACIENDAS PARA EMPEZAR
- Fiesta Americana Hacienda Galindo (Querétaro): www.fiestamericana.com
- San José de Vista Hermosa (Morelos): www.haciendavistahermosa.com.mx
- Grupo Plan (Yucatán y Campeche): www.thehaciendas.com
- Hacienda Katanchel (Yucatán): www.haciendakatanchel.com
- Hacienda Petac (Yucatán): www.haciendapetac.com
- Hacienda San Antonio (Colima): www.haciendadesanantonio.com
- San Diego Baquedano (Tlaxcala): haciendabaquedano@hotmail.com
- San Gabriel de las Palmas (Morelos): www.hacienda-sangabriel.com.mx
- Hacienda El Carmen (Jalisco): www.haciendaelcarmen.com.mx
- Haciendas y Estancias de México (nacional): www.haciendas.com.mx
- Hoteles Boutique de México (nacional): www.hotelesboutique.com
- Haciendas y casas rurales de Jalisco (Jalisco): www.historichaciendainns.com
- Páginas
- 1
























