Las pinturas rupestres de Baja California a lomo de mula
Cueva de las Flechas Fotografía de Luis Romo Cedano

Las pinturas rupestres de Baja California a lomo de mula

La más grande e impresionante galería de pinturas de México se encuentra en la parte media de la Península de Baja California, donde las montañas albergan misteriosos murales rupestres de dimensiones descomunales. Una oportunidad de realizar un recorrido entrañablemente decimonónico.
Para ver estas pinturas hay que viajar a pie o en mula. No hay más. Y eso es lo encantador del asunto. Claro, antes hay que recorrer cientos o miles de kilómetros en automóvil, barco o avión para llegar al oasis de San Ignacio, justo en el centro de la larga Península de Baja California, dentro de la Reserva de la Biosfera del Vizcaíno: una sucesión de paisajes de fantasía (salinas, desiertos, volcanes, lagunas costeras) poblados por raras criaturas (berrendos, ballenas y millones de aves). En San Ignacio se gestionan los permisos, se reserva al guía y se compran las últimas provisiones antes de emprender el camino.

Las pinturas rupestres de Baja California se han encontrado en centenares de sitios dispersos sobre cuatro grandes serranías, de las cuales la más famosa —y la que ha obtenido el título nobiliario de Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco— es la Sierra de San Francisco. En ella hay dos cañadas principales abiertas a visitas guiadas (la única manera de entrar a la zona): la del arroyo de Santa Teresa y la del arroyo del Parral, cada una con media docena de sitios de primer nivel con murales enormes.

Y es que el estilo de la zona —único en el mundo— se llama precisamente “gran mural” y entre sus convencionalismos están las figuras animales y humanas de tamaño natural o aun mayor. Es muy común también encontrar figuras antropomórficas bicoloreadas, divididas a lo largo, con una mitad pintada de negro y la otra de ocre. A veces aparecen genitales masculinos y en otros casos hay triángulos que sobresalen por debajo de las axilas y que en general son interpretados como senos.

En nuestro primer viaje optamos por la ruta del arroyo de Santa Teresa, la más famosa, a la que se llega a través del pueblo de San Francisco de la Sierra, distante unos 90 kilómetros de San Ignacio. Ahí nos presentamos con don José de Jesús, nuestro guía. A partir de ese momento el mundo cambió radicalmente. Nos despedimos del automóvil y demás tecnología de los últimos cien años, y tomamos nuestras cabalgaduras: mulas para nosotros y burros para la carga. El convoy iba precedido por la caponera, o sea, una burrita mansa con una campana al cuello a la que las demás “bestias” siempre seguían.

Fue un poco incómodo, sobre todo en la noche, luego de unas seis horas de cabalgata (escasos 15 o 25 kilómetros). Don José comentaba que hay quienes prefieren hacer todo el trayecto a pie. Sin embargo, la experiencia de vivir los viajes como eran antes del ferrocarril es difícil de encontrarla en otras partes. Aparte, la cabalgata no es tan agotadora como parece. Cualquier persona con una condición física media la sobrevive alegremente, y el entorno le hace a uno olvidar cualquier molestia.

La de San Francisco no es la sierra estereotipada de los libros de geografía con picos como los de un serrucho, sino más bien un grueso macizo con alturas de casi mil 500 metros sobre el llano del desierto del Vizcaíno. En su parte media está surcado por barrancas laberínticas y todo está poblado de hermosos cardones (el cactus emblemático de los desiertos norteamericanos), uno que otro cirio (un extraño árbol endémico de un solo tronco y carente de ramas), biznagas y matorrales de desierto. Cuando llegamos a una cima tuvimos el espectáculo sobrecogedor de la cañada del arroyo de Santa Teresa: unos 700 metros de profundidad y allá abajo la inesperada estampa de decenas de palmeras en torno al espejo resplandeciente del arroyo. Inútil decir que al descender por las angostas veredas de esta cañada, mientras las piedras caían rodando al precipicio, le tomamos intenso cariño a nuestras respectivas mulas. Olvídense del Hummer, las mulas son en definitiva el genuino vehículo todo terreno.

Establecimos un sencillo campamento junto a un remanso del arroyo con agua cristalina. Don José de Jesús le dio descanso a las monturas y luego enfilamos a pie hacia la primera “cueva”, justo en donde el cañón de San Julio desemboca en el de Santa Teresa. El término “cuevas” es bastante equívoco, si bien ha sido consagrado por el uso. Suelen ser más bien concavidades poco profundas sobre los muros casi verticales de las barrancas. Por eso es tan notable que los murales se hayan conservado tantos siglos y milenios. Los pigmentos utilizados en estas pinturas fueron hechos a base de materiales casi siempre minerales. Al parecer el ocre, el rojo, el negro y el amarillo provienen de diversos óxidos minerales de origen volcánico que se encuentran en la región. Y el blanco es cal, proveniente de piedra caliza de la zona que fue quemada.

En la cueva de la Boca de San Julio tuvimos la primera impresión de las pinturas rupestres: conejos corriendo en una serie que parecía imitar los cuadros de una película; coyotes, venados y “monos” (como la gente del lugar llama a lo que los antropólogos denominan figuras antropomórficas). Luego, al otro lado del cañón, visitamos la llamada Cueva de los Músicos, donde sobre el dibujo de una retícula de color blanco que hace recordar un andamio (o una partitura, de ahí su nombre), hay varias figuras antropomórficas de poco menos de un metro de alto.

Era demasiado tarde para proseguir. Pero la noche fue doblemente espléndida, tanto por el cielo intensamente estrellado (Baja California es la región con menos días nublados en América del Norte: en las costas del Golfo de California, por ejemplo, se presenta la menor incidencia de precipitación pluvial del país, con registros medios anuales cercanos a los 40 mm), como por la tranquila compañía de don José de Jesús. Al igual que la mayoría de los rancheros de la sierra, él se apellida Arce. Parece ser que todos ellos son descendientes de un soldado con este apellido que en el siglo xviii llegó a Baja California como escolta de los misioneros. En pocas ocasiones tiene uno la oportunidad de convivir en México con gente de origen criollo cuya cultura se ha modificado tan poco a lo largo de los últimos 200 años.

Don Jesús es amable, pero no habla más de lo necesario. De vez en cuando, a alguna pregunta nuestra, nos señalaba alguna constelación o nos platicaba sobre los animales y la geografía del rumbo, pero no hacía aspavientos de más. A sus cuarenta o cincuenta y tantos años es un vaquero consumado; sus magníficas chaparreras, las sillas de montar o las teguas (calzado de cuero de fabricación artesanal), fabricados como se fabricaban en tiempos de la Independencia, podrían lucir en un museo, pero para él son utensilios de uso cotidiano. Su rudeza y su austeridad no le impidieron aceptar de nosotros un poco de un tequila que destapamos en el campamento. Más tarde él compartiría con nosotros frijoles y unas espléndidas tortillas de harina de trigo, el alimento esencial del mundo criollo del norte de México.

OBRA DE GIGANTES
Al día siguiente visitamos los sitios principales de la cañada. Arroyo arriba encontramos el corazón del conjunto de pinturas rupestres de Baja California: la Cueva Pintada. Se trata de un gigantesco mural de más de 150 metros de largo con centenares de figuras que con frecuencia aparecen encimadas unas sobre otras. Infinidad de aves, mamíferos terrestres y marinos aparecen ahí, lo mismo que incontables figuras humanas con las manos siempre levantadas. Algunas de ellas parecen tener tocados o penachos; otras puede que representen mujeres, por los senos en forma de pequeños triángulos. Quizá no sea la más delicada obra de los antiguos pintores californianos, pero uno se queda petrificado al ver las dimensiones, tanto de cada figura (en escala real o mayor), como del conjunto mismo.

Además muchas de estas pinturas que se encuentran en paredes inaccesibles por su altura. Necesariamente los pintores tuvieron que haber usado andamios, igual que Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. La posibilidad de construcción de andamios con los materiales naturales de la zona fue demostrada en 1978 por un grupo de investigadores estadounidenses y mexicanos que armaron un andamio de 13 metros de altura con troncos de palma de taco, ramas de mezquite verde y esqueletos de cardón. Con esto quedó aclarado parte del misterio, pero no todo: habiendo tantas otras paredes tan accesibles, ¿por qué con tanta frecuencia eligieron paredes altas?

La Pintada cuenta ahora con andamios, de modo que es fácil moverse enfrente de ella sin tocar las pinturas. Una cédula colocada ahí por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) señala que la antigüedad de esas pinturas es de 10 mil años. En realidad, no se sabe con precisión cuándo se hicieron ni quiénes fueron sus autores. Parece ser que esta tradición pictórica se mantuvo viva durante milenios, quizás hasta el momento mismo de los primeros contactos con la civilización occidental en el siglo xviii. Y las abundantes pinturas de animales flechados dejan claro que sus autores debieron ser cazadores-recolectores nómadas. Cuando en el siglo xviii los misioneros jesuitas hicieron esta pregunta a los indios de la zona, éstos respondieron que los murales habían sido hechos por “gigantes”, tan grandes incluso que pintaban recostados en el suelo. Y que tales gigantes habían muerto en batallas sangrientas a manos unos de otros mucho tiempo atrás, según relata a fines del siglo xviii el padre Miguel del Barco en su Historia Natural y Crónica de la Antigua California.

A unos cuantos cientos de metros al sur de La Pintada, pero en un cañón subsidiario, está la Cueva de la Soledad. Ostenta grandes figuras humanas de unos tres metros de alto, junto a las que hay figuras de aves. También están algunas extrañas figuras abstractas. Pero es frente a la Cueva Pintada donde está el más dramático y, para mi gusto, el más acabado mural de esta cañada: la Cueva de las Flechas. Muestra un conjunto de figuras humanas —con penachos y manos alzadas— pero atravesadas por flechas.

Con este toque de violencia terminó el segundo día del recorrido. El tercero fue ya el trayecto de vuelta a San Francisco de la Sierra, y desde ahí el retorno a nuestro mundo, lejos, muy lejos del mundo de los pintores y aun del mundo duro y amable de don Jesús y de los rancheros de la sierra.

GUÍA PRÁCTICA
Los permisos de visita se gestionan en el Instituto Nacional de Antropología e Historia en el Museo de San Ignacio, Baja California Sur, junto a la iglesia. Es muy recomendable hablar antes y verificar la disponibilidad de guías para las fechas en que se pretende viajar (T. 52 (615) 154 0222). Al rumbo se puede ir en cualquier temporada del año, pero en el verano los calores son muy fuertes (temperaturas diarias por arriba de los 40°C) y en el invierno, por ser temporada de ballenas, hay muchos viajeros.

Los recorridos tienen una duración mínima de tres días, lo que significa acampar dos noches. Es preciso contratar un guía que cobra 180 pesos diarios. Las “bestias” son optativas, pero lo usual y recomendable es llevar una mula para la persona y un burro para la carga. Cada bestia se alquila en 140 pesos diarios. Es decir, dos personas pagarán por el guía y el alquiler de los animales 2220 pesos por la excursión completa. No está permitido hacer fogatas en la sierra; procure llevar una hornilla de gas o alcohol.

También puede contactar a las agencias de viaje de la zona, que se encargan de toda esta logística: Laguna Tours (Blvd. Emiliano Zapata s/n, Guerrero Negro; T. 52 (615) 157 0050; www.bajalaguna.com), Eco-Tours Malarrimo (Blvd. Emiliano Zapata s/n, Guerrero Negro; T. 52 (615) 157 0100; www.malarrimo.com), Kuyimá Servicios Ecoturísticos (Domicilio conocido, San Ignacio; T. 52 (615) 154 0070) y Cantil Rey Laguna (Hidalgo 5, Centro, San Ignacio; T. 52 (615) 154 0133 y 154 0190).

A San Ignacio es preciso llegar en automóvil (a menos que uno tenga su propia avioneta y aterrice en la pista del pueblo). Se puede volar a Tijuana y desde ahí recorrer los cerca de 800 kilómetros al pueblo, o bien a La Paz y desde ahí cubrir los 500 kilómetros de distancia. Lo más cercano en cuanto a vuelos comerciales es Guerrero Negro, Baja California Sur, que está 155 kilómetros al noroeste de San Ignacio. Aerolitoral vuela hasta ahí desde Hermosillo, Sonora, y ésta es una ciudad muy bien atendida por otras líneas comerciales.
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