El Mont Blanc bien merecido
©Pierre VIOLLE/AMOPress Fotografía de Pierre Violle

El Mont Blanc bien merecido

Los paisajes de los Alpes franceses, suizos e italianos son tan bonitos que hasta resultan chocantes. Excepto cuando uno se los gana a pulso. En este paseo de una semana alrededor del Mont Blanc, las mulas que cargan el equipo hacen la diferencia entre una pesadilla con resaca de buenas fotos y un viaje con una dosis justa de esfuerzo disfrutable.
septiembre 2006 | Tags: , , , ,
Todo excursionista alpino ha soñado con hacer esto por lo menos una vez en su vida: darle la vuelta completa al Mont Blanc, la montaña más alta de Europa, de 4808 metros de altura. El camino atraviesa tres países y todos sus entrañables clichés montañeses: del lado italiano se ven los poderosos glaciares que crujen al bajar hacia los valles, los senderos suizos cruzan pequeños pueblos ídem con sus típicos chalets de madera y en Francia se puede compartir la pasión de algunos productores de quesos que viven aislados en las alturas. Así pues, no se trata sólo de hacer ejercicio durante siete días, sino de convivir con la naturaleza alpina y las tradiciones seculares de los lugareños, cuyas diferencias —tan marcadas como las que separan al queso Gruyère suizo del Reblochon francés— llevan a olvidar que son casi vecinos.

Si bien se trata de un recorrido que requiere cierto aguante físico, no es peligroso. Todos los senderos llevan como seña de identificación las letras tmb (Tour du Mont-Blanc, en francés). Algunos acortan el recorrido y otros lo hacen más exigente, con fuertes desniveles. A veces vale la pena tomar el camino largo para ir a disfrutar de un mirador o descubrir un glaciar, un monumento aislado o una gruta. Dar la vuelta completa lleva alrededor de 7 días con entre cinco y seis horas diarias, un ritmo que deja tiempo para gozar de los paisajes y hacer largos descansos.
La otra clave es dejar las pesadas mochilas con todo el equipo y la comida a cargo de una mula. En nuestro caso, la robusta Julia se ocupó de
transportarlas, y gracias a ello este viaje por los senderos empinados y rocosos que los grandes montañistas alpinos han usado durante siglos no fueron una prueba olímpica, sino una posibilidad al alcance de todos.

En tierras francesas:
queso y vino para arrancar
El punto de salida se encuentra en las afueras del pueblo francés de Contamines. Nos reunimos todos al lado de una sencilla pero preciosa capilla perdida en el campo. Vale la pena abrir la puerta de Notre Dame de la Gorge que ha sido totalmente restaurada: en su interior, las humildes bancas de madera contrastan con el altar del siglo xvi.

Este primer día es el que requiere el mayor esfuerzo de toda la semana. El desnivel es de 1?200 metros en un solo tramo. Pero antes de emprender el camino, nos disponemos a conocer a la mula Julia. Como vamos a compartir con ella toda la semana hay que empezar por seducirla. Para no agotarla, cada uno tiene derecho a dejarle siete kilos de efectos personales y, para que nadie haga trampa, nuestro guía y arriero Serge trae su propia pesa y revisa las mochilas una tras otra. Cuando rebasan el peso fatídico, el dueño puede o bien cargar el excedente, o dejarlo. Y como por un lado las mulas son tercas y por el otro Serge no quiere que Julia cargue más de lo que puede, éste carga con la pesa para evaluar las mochilas cada mañana.

En una madrugada con niebla empezamos la subida bajo la sombra de pinos centenarios y sentimos el frescor húmedo que se desprende del bosque. Poco a poco amplias praderas reemplazan los bosques y el calor se hace intenso. Aparecen en el paisaje lujosos chalets de madera que sirven de refugio para ricos citadinos en busca de tranquilidad. A medida que van pasando las horas y que nos acercamos de la cumbre del Col de Bonhomme, el paisaje cambia de aspecto hasta volverse totalmente rocoso. Y de nuevo, mientras caminamos por este panorama desértico nos agarra un viento frío del norte que nos obliga a sacar las chamarras. Así suele ser la montaña: hay que estar preparado para vivir cambios climáticos drásticos. Por suerte, ya estamos cerca de nuestro albergue.

El refugio de la Croix de Bonhomme pertenece al Club Alpino Francés (caf). Como el resto de los refugios de la asociación, tiene el compromiso de recibir a cualquier excursionista en cualquier momento aunque ya no tenga cupo. Esto es por razones de seguridad pero también por solidaridad entre los que comparten el mismo gusto por la montaña. Durante el verano, esa política es una meta que exige algunas concesiones de parte de los huéspedes. A veces se concentran varios grupos de alpinistas que tuvieron que bajar de urgencia por el mal tiempo en los altos picos, y los refugios los reciben en un cuarto reservado para este tipo de situaciones, adonde duermen con su sleeping bag en el piso y a veces muy apretados, pero mucho mejor que a la intemperie expuestos al frío y el viento de una tempestad.

Tristan y Coco se encargan del albergue de la Croix de Bonhomme. Son dos enamorados de la montaña que pasan el verano sin ver un carro, sin que suene un celular y sin conectarse a Internet. Suena difícil lograr una vida tan aislada en nuestra época pero ellos disfrutan mucho estar alejados del mundo de abajo. Y son unos cocineros asombrosos. Con medios reducidos alimentan cada noche a unos cincuenta montañistas hambrientos. Su especialidad son los crozets, un platillo de pasta gratinada típicamente alpino. Como al día siguiente saldremos de Francia, aprovechamos para saborear una botella de vino mirando la puesta del sol.

Al día siguiente Serge nos despierta a las seis de la mañana para no perdernos las gamuzas, una especie de antílopes salvajes que huyen del hombre y pueden desplazarse en manadas por zonas muy empinadas, inalcanzables para nosotros; debemos ser los primeros en el sendero y sorprenderlas cuando estén pastoreando cerca del camino.

Muy pronto dejamos el albergue y subimos durante una hora hasta llegar al punto más alto de toda la semana, el paso de Tours, a 2?665 metros de altura. Una bajada de mil metros de desnivel nos lleva a La Ville des Glaciers. Su nombre (la ciudad de los glaciares) no corresponde a este pueblo de escasas casas campestres rodeadas de praderas. Serge conoce a uno de los campesinos que produce quesos al estilo tradicional, sin químicos ni tecnologías avanzadas. Vemos la leche que han ordeñado esa misma mañana hervir en una inmensa olla en la chimenea: servirá para la preparación del queso Beaufort, característico de la región. Nos dejan visitar la bodega donde están madurando quesos que pesan, cada uno, unos 70 kilos. Irremediablemente, antes de irnos compramos algunos trozos para completar el almuerzo.

Crujientes glaciares italianos
Al dejar la finca subimos durante una hora para alcanzar el paso de la Seigne, frontera natural entre Francia e Italia. Por siglos estos caminos eran recorridos diariamente por contrabandistas, quienes aprovechaban las diferencias de impuestos para hacer negocio entre los dos países. La unificación de la Comunidad Europea acabó definitivamente con toda esa especulación y ahora sólo se ven excursionistas.

Nuestro objetivo del día es el refugio italiano de Elisabetta Soldini, adonde llegamos al atardecer, justo a tiempo para gozar desde la terraza de una vista increíble del glaciar de la Lée Blanche. Estamos tan cerca de esa masa de hielo azulada que la oímos crujir con cada uno de sus movimientos y algunos deciden dar una vuelta sobre su superficie helada.

El resto soñamos con un regaderazo caliente que alivie las piernas adoloridas. Pero eso requiere toda una estrategia: aunque el refugio tiene diez regaderas, alrededor de las cinco de la tarde todas están ocupadas. Es necesario, o bien llegar más temprano, o esperar hasta después de la cena cuando el cansancio y el frío dejan sólo a unos cuantos aspirantes. Pues la cocinera del refugio anuncia con un campanazo la cena a las siete en punto. Y con un día completo en la montaña a cuestas, el estómago no aguanta ningún retraso.

El tercer día es el más impresionante al nivel del panorama. Bordeando la sierra del Mont Blanc por la vertiente italiana descubrimos innumerables picos nevados y poderosos glaciares. El pico mayor del Mont Blanc aparece majestuoso con las Grandes Jorasses a su lado (una cadena de picos menores surcados por vías de alpinismo muy famosas por su dificultad). El sendero nos lleva a orillas del lago del Miage, producto del derretimiento de un glaciar que podemos distinguir a un costado. El agua es tan clara que despierta las ganas de bañarse. Su temperatura las vuelve a dormir.

A mediodía nos detenemos en una pradera en la cumbre de Chécroui. Por un lado nos domina el Mont Blanc, por el otro dominamos la ciudad turística de Courmayeur. Muchas familias italianas vienen por unas horas hasta aquí para aprovechar el paisaje, pues existe un teleférico que sube desde la ciudad. A los dos días de habernos adentrado en la montaña, nos sorprende encontramos de nuevo con tanta gente.

Después del almuerzo bajamos por un sendero forestal para llegar hasta la ciudad, adonde llega el famoso túnel que enlaza Francia e Italia atravesando el Mont Blanc de un extremo al otro. Y nos permitimos disfrutar de los lujos de la civilización en la terraza de un café: un espresso caliente y la recompensa suprema, helado artesanal italiano.

Para llegar al refugio Elena, donde dormiremos esa noche, hay que recorrer todo el Valle de Ferret, una zona turística muy cotizada. Se han construido muchas casas y campamentos a lo largo de la carretera que lo recorre. Como la zona tiene poco interés, Serge nos propone hacer esos cuantos kilómetros en autobús mientras traslada la mula en un camión. Cuando la carretera se termina, nos queda sólo media hora de camino por un sendero empinado para alcanzar la meseta donde se ubica el refugio. De ahí dominamos todo el valle y vemos claramente del otro lado el glaciar Pré de Bar. En el comedor una foto del mismo glaciar tomada hace cuarenta años muestra cómo se ha reducido: el calentamiento del clima le hizo perder varios centenares de metros en su parte inferior. Es por eso que en Suiza se han implementado programas para salvar a los glaciares que forman parte del patrimonio cultural, como el que utiliza inmensas cobijas aislantes para cubrirlos durante el verano.

Suiza como siempre: de postal
El cuarto día empieza con un rápido asenso a el paso Grand Col Ferret. En este punto fronterizo entre Italia y Suiza no hay ni puesto de aduana, ni aduanero para controlarnos. Sólo un letrero a orillas del sendero nos indica que entramos en tierras helvéticas. A pesar de que es el verano tenemos que cruzar algunas zonas nevadas. Pero al estar poco empinadas no requieren equipo especial. El único peligro es que la mula se hunda con sus patas delgadas y el peso que lleva encima. Por eso nuestro guía-arriero camina delante de ella sondeando la nieve con un bastón.

Empezamos luego una larga bajada hacia el valle suizo de Peule. Hay un sendero opcional que alarga un poco el camino pasando por una cresta. Vale la pena tomarlo para descubrir una pradera inundada de edelweiss, la pequeña flor de montaña que se conoce también como la Flor de las Nieves, y que es emblemática de Suiza. Como está en peligro de extinción, sólo hay que mirarla y dejarla en su lugar. Además, al estar en un parque nacional, tenemos prohibido colectar plantas y animales.

Tomamos el descanso de medio día en una finca donde podemos llenar de nuevo las cantimploras con agua fresca. La encargada nos propone platos de embutidos caseros y nos enteramos que ahí se produce también el queso que sirve para la raclette, un plato alpino de papas y carnes embutidas que se comen con una capa de queso fundido por encima.

Hacia abajo, el sendero se transforma en carretera y llegamos a La Fouly. Este pueblo, destino final del día, cumple con la estética perfecta de la Suiza de las películas. Sus chalets de madera parecen nuevos, sus pequeñas calles están limpias y los jardines con un pasto perfectamente cortado están llenos de flores. Después de varias noches en albergues aislados en la montaña, esta vez dormimos en una posada muy cómoda.

El quinto día es muy tranquilo. Paseamos por los valles de pueblo en pueblo descubriendo las tradiciones helvéticas. Los suizos han vivido siempre aparte del resto de Europa y sienten mucho orgullo por su país. El poblado de Champex fue una estación de veraneo muy cotizada por la burguesía inglesa del siglo xix y quedan vestigios arquitectónicos con lujosos edificios que contrastan con los chalets. Aprovechamos el lago que se encuentra frente al pueblo para refrescarnos antes de seguir nuestro camino hacia el Relais des Arpettes, nuestro albergue para la noche.

El sexto día dejamos los valles y volvemos a tomar altura. En un tramo muy empinado y rocoso, Serge nos pide aligerar a la mula. Cada uno tiene que cargar su mochila mientras el arriero guía a Julia en esta subida delicada. A medio día llegamos a una cumbre desde donde dominamos a unos 1500 metros de altura todo el valle del Ródano (uno de los principales ríos de Europa). Cerca del horizonte distinguimos el lago Lemán donde se encuentra la ciudad de Ginebra.

Estamos atravesando las tierras de la vaca d’Hérens, un animal pequeño pero con un carácter muy belicoso. En otoño algunos pueblos organizan combates tradicionales entre ellas, con los que animan la fiesta que se organiza después de la trashumancia. Desde hace siglos los campesinos desplazan sus animales en verano, hacia los pastizales en las zonas altas de la montaña, en viajes que duran dos o tres días.

A las cuatro de la tarde entramos en el pueblo suizo de Trient. A pesar de haber llegado temprano, ya está oscureciendo, pues las montañas que lo rodean son tan altas y empinadas que los rayos de sol alumbran las casas muy escasas horas al día. Nos refugiamos enseguida en nuestro albergue. El cocinero del Relais du Mont-Blanc nos sirve una deliciosa fondue, el plato típicamente alpino que se hace con una mezcla de tres quesos diferentes fundidos en vino blanco. Pero en esta ocasión el chef agrega su toque especial: tomates licuados que le dan un sabor agridulce a la mezcla. Inolvidable.

Cerrar el círculo
No hay manera de perderse durante el último día. Saliendo de Trient distinguimos la estación Balme 900 metros más arriba. Tenemos que alcanzarlo para entrar de nuevo en territorio francés. Desde la cumbre vemos otra vez el Mont Blanc con su famoso mar de hielo (Mer de Glace), que ha sido el terreno de experimento del alpinismo durante los dos últimos siglos y, más que eso, la razón de ser de muchas expediciones.

GUÍA RAPIDA

DÓNDE DORMIR

En los albergues del Club Alpin Français (caf) casi siempre hay dormitorios compartidos, pero cuando ya no hay cupo se duerme en el suelo. Por eso, en verano es mejor reservar. Si decide organizar la excursión por cuenta propia, los diferentes albergues del recorrido pueden proporcionar los almuerzos de cada día (lo cual evita así tener que cargar comida para varios días). Pero hay que avisarles con antelación, porque ellos tienen que abastecerse en las tiendas de los pueblos de los valles.

LOS GUÍAS DE CAIRN
Cairn es un grupo de guías profesionales de montaña que organiza recorridos pedestres por los Alpes desde hace 25 años y cuenta con 14 mulas y 16 burros para sus excursiones. Propone también circuitos sin guías pero en realidad es una ventaja compartir la semana con uno de ellos, que conocen los Alpes y ayudan a conocerlos como nadie más.

Le Sanjhon, Carrox d’Arâches
T. 33 (4) 5034 4803
F. 33 (4) 5089 5228
www.cairn-fr.com

Los precios van de 350 a 850 euros según el recorrido (7 u 11 días) y según el tipo de cuartos en los albergues (dormitorio común a cuarto privado). El precio incluye todas las comidas, el guia-arriero y la mula.

QUÉ LLEVAR
• Un par de zapatos para caminatas que no sean nuevos. No se necesita un modelo muy especializado, ya que los caminos están en buenas condiciones, pero para evitar luxaciones tiene que subir por encima del tobillo.
• Un bastón: a unos les parece totalmente inútil y otros no lo sueltan. Es cuestión de gusto y de costumbre. Está muy de moda llevar un bastón de ski, mucho más liviano que los tradicionales de madera.
• Protección solar. A esas alturas la capa atmosférica es más delgada y protege menos de los rayos ultravioletas. Hay que llevar sombrero y gafas y ponerse crema solar cada día antes de emprender el camino.
• Una pequeña mochila para cargar lo que se necesitará durante el camino (el almuerzo, la cantimplora, la cámara y la chamarra).
• Topo guide du tour du Mont-Blanc Ref. 028, Editions FFRP CNSGR. Es una guía completa de la vuelta al Mont Blanc que editó la Federación Francesa de Caminatas (Fédération Française de Randonnée Pédestre). Incluye mapas donde aparece el recorrido principal y los senderos opcionales. Contiene la lista de los albergues con las fechas en las cuales están abiertos y el número de teléfono para reservar. Se consigue en tiendas de deportes o en las grandes librerías europeas.

CÓMO LLEGAR
El aeropuerto más cercano para llegar al inicio del recorrido es el de Ginebra (Suiza). De ahí salen autobuses para Les Contamines (una hora y media de camino). Desde cualquier lugar de Francia lo más práctico es viajar en tren hasta la estación de Saint Gervais les bains / Le fayet. De ahí salen autobuses para Les Contamines (25 minutos).

DATOS TÉCNICOS
Desnivel total en 7 días: 5500 metros Desnivel máximo en un solo día: 1200 metros durante la primera etapa Altura mínima: 1250 metros Altura máxima: 2665 metros
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