La Antártica, todavía para exploradores tenaces
Fueron 15 días, 15 días a merced de los caprichos del mar, de la cosmopolita tripulación y de los paisajes embrutecedores del sexto continente. Algunos se redujeron a un estado horizontal y un intenso esfuerzo por sobrevivir sin vomitar las olas de hasta diez metros. Otros, la mayoría, a impresiones de una belleza irrepetible.
Por
Einar Lemus, Jessica Juárez |
septiembre 2006
|
Tags:
antartida, tierra de fuego, ushuaia, punta arenas, argentina, chile
Por los pasillos suena el anuncio en los altavoces, la tripulación nos invita a la cubierta exterior para ver otro naufragio más de los que infestan estos mares, el casco oxidado de un buque griego se asoma a la superficie por el lado de estribor. Adentro de la cabina cuesta trabajo pensar lo realmente inhóspitos que son estos parajes —nuestro barco es bastante moderno y dispone de casi todas las comodidades—, pero afuera el viento sopla frío sobre ese tumulto gris llamado mar. Se supone que esos naufragios nos sirvan, si no de otra cosa, como recordatorios de la esencial aventura que es nuestro viaje hacia la Antártida, lo que nos refiere casi forzosamente a otros tiempos y a otros hombres. En la mente y en la geografía aparecen nombres asociados a gestas heroicas: Magallanes y su estrecho homónimo, el Paso de Drake y ese otro pirata Tomas Cavendish, el Canal Beagle y la memoria de Darwin, el Capitán Cook, y Ross y Scott y Admunsen, el explorador Shackleton. Estas aguas son un cementerio de titanes, el escenario de la época heroica de la exploración marítima en el mar más peligroso del mundo. También son la frontera entre el final de un continente y ese enorme desierto de hielo que se conoce como Antártida. Asimismo, muchos de los últimos rincones verdaderamente salvajes del planeta son bañados por ellas; y es territorio de focas, ballenas, pingüinos, y tiene uno de los climas más extremos del orbe. Por mucho tiempo se pensó que era inhabitable. Y sin embargo allí están los vestigios, las evidencias y los supervivientes: los kaweskar, los selknam u onas, los yámana, los aonikenk, monumentos a la resistencia humana en las antípodas del mundo y la civilización. En la quinta cubierta, la nariz del buque griego sobresale de las aguas y muy en el fondo se perfila la silueta oscura de la Patagonia. Otro anuncio en los altavoces, la tripulación nos informa que a babor se ha divisado un grupo de orcas, sin pensarlo todos caminan rápidamente en esa dirección.
Día 1, 41°S 72°W, Puerto Montt, Chile
Bajamos primero del avión que nos trajo de Santiago y media hora después del autobús que nos deja en Puerto Montt, un pueblo volcado al mar, construido a la imagen de un pueblo europeo. Las casas son de madera y de dos aguas, los remates se cruzan como dicta la tradición naviera, las calles son angostas y se escarpan hacia una iglesia amarilla en la punta de una colina. Por todos lados tiendas de souvenirs, el edificio más grande de la villa es un casino, no se ven escuelas ni hospitales. En la orilla del mar un muelle de palo se mete en el agua, es la única foto que vale la pena. La calle que bordea la orilla sale hacia la derecha, es decir al norte, hacia donde está el puerto de calado profundo. Después de caminar un poco llegamos a la explanada, el personal del crucero organiza una fila para empezar a embarcar, nos toca ser los últimos.
El MS Nordkapp es negro, rojo y blanco, fue botado en Noruega hace veinte años y navega con esa misma bandera; lo fleta la naviera Hurtigruten —antes OVDS— (www.hurtigruten.com) con sede en Narvik. Es una nave de ciento veintitrés metros de eslora y diecinueve de manga, con ocho cubiertas y capacidad para trescientos cincuenta pasajeros; fue diseñada especialmente para el cabotaje por los fiordos y las zonas de hielo, tiene casco reforzado. Su tripulación es de sesenta y uno; veinticinco filipinos en limpieza, cocina y restaurante, quince noruegos desde el capitán hasta la oficial de recepción pasando por sala de máquinas y talleres, ocho científicos (tres gringos, tres alemanes, un argentino y una noruega) que se encargarán de darnos conferencias a bordo, cinco liaisons ingleses de la compañía, cuatro ayudantes daneses, dos panameños (médico y enfermera), un chef chileno y un neocelandés con una cámara de video. En total vamos ciento cincuenta pasajeros, sólo quince menores de treinta y cinco años, sólo nueve latinoamericanos, sólo cuatro de México, sólo dos le vamos a los Pumas y sólo uno los contó a todos.
Inmediatamente soy el consentido de la tripulación, mi nombre —Einar, que mi madre eligió tras leer una épica nórdica y que es algo así como el equivalente de primogénito— es el único de entre los latinos que saben pronunciar y recuerdan. Nuestra cabina está en la quinta cubierta, mide unos dos metros y medio por cuatro de largo y tiene un baño completo del tamaño de una ducha y una ducha en la que apenas quepo. Soltamos amarras a las 17 horas y cinco minutos exactamente (lo sé porque dijeron que a esa hora exactamente íbamos a partir y por supuesto no les creí). A las 20 horas anuncian que la cena está servida y bajamos al restaurante, sirven bufé noruego: salmón, arenque, camarón, caviar, ese tipo de cosas pantagruélicas, después de las cuales caminamos pesadamente de regreso a los camarotes, dispuestos a disfrutar la primera noche en un barco. Tomo unas píldoras para el mareo.
Día 2, 42°S 73°W, Castro, Isla de Chiloé, Chile
Pisamos tierra firme y llueve intermitentemente, el viento se arremolina y escapa hacia arriba. Subimos por grupos a los autobuses que nos llevan de expedición. Tomé demasiada dramamina ayer y hoy me muevo en cámara lenta, me quedo dormido de pie, me pongo al revés los calcetines. En el camión, viejitos alemanes calzan zapatos Timberland y cargan cámaras japonesas, y un grupo de ingleses cincuentones y ebrios se divierten en la parte de atrás. Hora y media después estamos en un bosque, algo muy Tolkien, en cualquier momento puede salir corriendo un elfo de los arbustos. Me cuentan que Nueva Zelanda debe ser como esto: mar, bosque, lagos, praderas y montañas nevadas sin solución de continuidad, hay muchas flores amarillas. Una siestita indefinida y llegamos a un camino de grava que sube al monte, es el volcán de Chiloé que no puede verse porque hay un gran banco de niebla en su base. Los chilenos están bien locos, dicen que su volcán es tan grande como el Popocatépetl, tan bravo como el Santa Elena y tan bonito como el Fuji. El banco de niebla empieza a abrirse.
La frase es: “Y se hizo la luz”. El volcán de los chilenos es más grande que el Popo, más amenazador que el Elena y mucho más bonito que el Fuji, el camión se detiene. Nos dicen que es la entrada a un parque nacional y que más adelante hay unas cascadas “divinas”, ahora sí les creo. Entramos al parque y decepción: las “cascadas” son unas diminutas caídas de agua, pero el camino sigue más adelante. Pasamos otros dos puentes y por fin las vemos, vamos a ponerlo en contexto.
No son tan ruidosas como las de Niágara, ni tan grandes como Iguazú, pero lo mismo son espectaculares; los puentes conducen a un peñasco justo en medio de la corriente, en un extremo hay un desfiladero de granito como de cien metros de alto, en el otro el bosque y detrás el volcán saliendo de las nubes, las fotos van a ser perfectas, en quince minutos se van tres rollos. Como los guías son retentivos anales y muy especiales para eso de cumplir con los horarios sólo tenemos veinte minutos para estar ahí y babear a gusto. Media hora antes de embarcar visitamos los palafitos, unas casas de madera multicolor construidas sobre pilotes en un lago, la última foto del día; a partir de ahí llueve hasta que subimos al barco.
Día 3, 45°S 72°W, Puerto Chacabuco, Patagonia, Chile
Desembarcamos de nuevo muy temprano y de nuevo ralentizados por exceso de dramamina, nada que hacer. Vamos en autobús hasta un parque botánico a la vera de un río. Una vez a bordo navegamos por el Canal Messier que se abre desde el extremo oriental de un estrecho fiordo.
Día 4, 49°S 74°W, Puerto Edén, Patagonia, Chile
Desembarcamos en Puerto Edén hacia el mediodía, por turnos en las lanchas neumáticas. Se trata de una pequeña comunidad de 150 habitantes situada en una pequeña isla al lado de otra muy grande llamada Wellington, unos 400 kilómetros al norte de Puerto Natales. En su seno habitan unos 10 indígenas kaweskar y desde 1940 funciona como reserva de la etnia, que en la actualidad sobrevive básicamente del turismo, ya que la ocurrencia de la marea roja (una plaga ocasionada por cierto tipo de algas) en la zona prácticamente ha destruido la industria pesquera de la región. El lugar tiene el encanto de lo muy remoto, sus pequeñas casas de madera se conectan entre sí por andadores de palo suspendidos sobre postes y escalinatas que suben hasta la cumbre de la isla, donde hay una torre de observación ecológica. Cuenta con una pequeña escuela construida a partir de donaciones y sus pobladores son las personas más amables que uno podría encontrar en la antesala del fin del mundo. Nota al margen: ¿tendrá algo que ver la irreductible presencia de la naturaleza con la extraordinaria alegría de los niños en esta isla?
Día 5, 51°S 73°W, Canal Smyth, Patagonia, Chile
Llegamos al punto donde los Andes se empalman con el mar y adquieren el nombre de Cordillera de Magallanes. Hoy promete ser un día de avistamientos. Hacia las diez de la mañana llegamos al glaciar Skua, otro gigantesco río de hielo que repta indefectiblemente hacia el mar, ¿magnífico? ¿extraordinario?, el vocabulario habitual no sirve para describir este tipo de visiones. Después de un trance moderadamente peligroso en el paso Shoal nuestra embarcación acelera lentamente por el Canal Smyth, la primera conferencia del día es acerca del primer contacto histórico de Occidente con los fueguinos. En esta región sobreviven pequeñas comunidades de indios alacalufes y tehuelches, en el pasado la zona también albergaba a los extintos onas, a los haush y a los yámana o yahgan. Pregunta: ¿cómo sobrevivir en el extremo de la naturaleza, en el exilio perpetuo? Los onas, nos dicen, solían ser pescadores, los yámana eran cazadores-recolectores; para resistir la congelación y la hipotermia cubrían sus cuerpos con grasa de ballena, cazaban con arco o arpón, hacían fuego con tremenda dificultad y lo mantenían vivo como a un hijo en sus canoas de piel de foca. ¿Era esa vida, como diría Hobbes, “pobre, brutal y breve”? ¿O era la vida de los últimos hombres libres, la del sujeto antes de ser domesticado?
Por la tarde estamos un buen rato en la cubierta exterior, los días se vuelven cada vez más largos, hace buen tiempo. Alrededor, la dilatada Patagonia: caigo en la cuenta de lo difícil que es apreciar las magnitudes en este lugar. No es posible decir con certeza si la isla que vemos frente a nosotros está muy lejos o muy cerca, si sus árboles son enormes o simples arbustos. No hay referencia humana, ni objetos, ni vestigios de civilización que nos faciliten determinarlo; me pregunto si Magallanes sufrió de lo mismo el día que vio a los gigantes, esos seres patagónicos que las crónicas nos cuentan habitaban estos parajes.
Día 6, 54°S 70°W, Estrecho de Magallanes, Punta Arenas, Patagonia, Chile
Navegamos por el estrecho más famoso del mundo, llegamos hacia las nueve a Punta Arenas. Del otro lado del estrecho y al sur se extiende Tierra del Fuego; desde que era niño ese nombre ejerce una fascinación inexplicable sobre mí, quizá sea el verdadero motivo de este viaje. Alguna vez los kaweskar ocuparon ambos lados del estrecho; como las otras comunidades de cazadores y pescadores de la zona, también llevaban las brasas consigo en sus canoas, es decir, llevaban siempre su hogar con ellos. Y en el siglo xvi Magallanes acaso vio una de sus flotas humeantes hacia el sur del estrecho, vio sus cuerpos vestidos con pieles de guanaco, sus largas melenas y sus chozas en la costa custodiando las llamas, vio los cientos de hogueras y resolvió llamarle Tierra del Fuego al lugar donde el fuego se venera y se procura.
Apenas bajamos del barco un viento canijo azota nuestras caras, me dirijo hacia el centro de esta ciudad de 140 mil habitantes, el viento no cesa. Punta Arenas se llamó también Rey Don Felipe porque así le pusieron los españoles que en 1584 intentaron colonizar el estrecho. También se llamó Puerto Hambre porque un par de años después Thomas Cavendish sólo encontró ahí los restos de un pueblo fallecido de hambruna. Camino por la plaza central, se venden abalorios y amuletos de diente de tiburón o hueso de ballena, tomo una calle en dirección hacia el cementerio. “La gente se vuelve loca en este lugar —dijo ayer uno de los conferencistas de a bordo—, los enloquece el viento.” Pienso en ello mientras miro las lápidas de marineros croatas y chilenos, confieso que el constante soplar del aire me empieza a sacar de quicio, me pongo en camino de vuelta hacia el barco, rumbo al Canal Beagle.
Día 7, 55°S 67°W, Canal Beagle, Cabo de Hornos, Chile
Cuando acabamos de tomar el desayuno, ya estamos en el último trecho del canal, en unos cuantos minutos expondremos el flanco de babor al mar abierto. Me siento feliz, nervioso, por fin llegamos al cabo de la transliteración de Hoorn por Horn por Hornos, al cabo de los holandeses Le Maire y Schouten, a la última punta del continente, al faro del principio del fin. El Nordkapp trata de acercarse a los farallones de la isla, que se alzan 424 metros por encima del nivel del mar, pero hacia las cinco de la tarde la tripulación nos informa que desistimos formalmente, tenemos en contra marea y vientos. Por lo menos ya tenemos un pretexto para regresar por este lado del charco.
Enfilamos hacia el Paso de Drake, el trecho de agua más peligroso del mundo: corrientes y vientos fortísimos, olas enormes y témpanos de hielo se cuentan entre sus principales atracciones. Una de las chicas filipinas del comedor nos revela que en el último cruce por el paso hace veinte días, con olas de quince metros, se rompieron todos los televisores del barco. ¿Qué no es eso lo que mide un edificio de seis pisos?
La tripulación nos advierte que tenemos que preparar nuestras cabinas “a prueba de los elementos”; en todo el barco hay cinturones pegados al suelo o a las paredes que sirven para amarrar las cosas: cualquier objeto que se deje sobre la mesa puede convertirse en proyectil. Yo ya asumí lo peor, vengo administrándome dosis continuas de dramamina, me encomiendo a Sir Francis y a todos los santos.
Día 8, 60°S 67°W, Paso de Drake
Esto lo escribo el día siguiente, cuando por fin amaina y puedo aventurarme más allá de mi cabina. No me ha ido tan mal, me dieron bastantes galletas y agua y sólo fue cosa de esperar lo más horizontal que se pudiera. Durante la tarde de ayer escuché a mis vecinas de cuarto hablar con el médico, a una le tuvieron que poner una intravenosa con suero, la pobre vomitó tanto que acabó deshidratada. Por supuesto, no fui a las conferencias, a media escalera me convencí de mis limitaciones. Durante la noche la cosa estuvo incluso más agitada, cada vez que me acomodaba otra maldita inclinación hacía que mis pies se salieran de la cama o que me golpeara en la cabeza. Una nota de sir Ernest Shackleton a propósito de su penúltima expedición antártica decía: “Se solicita tripulación para peligroso viaje, que acepte salarios módicos, soporte fríos intensos, largos meses de total oscuridad y peligro constante, no se garantiza el retorno a salvo. Se ofrecen honores y reconocimientos en caso de éxito”.
Las olas de ayer alcanzaron los diez metros, fueron varios los casos de deshidratación y seasickness y según parece debemos de congratularnos porque ésta fue una travesía de lo más moderada.
Día 9, 63°S 60°W, Isla Decepción e Isla Medialuna
(Halfmoon), Archipiélago de las Shetland del Sur
A las ocho de la mañana cruzamos la entrada —los famosos Neptune Bellows— del atolón conocido como Isla Decepción, para nuestro primer desembarco antártico. Los ánimos están por los cielos, además de sobrevivir el Drake, el clima de hoy es perfecto y vamos a pisar por primera vez el sexto continente. El día de ayer nos dieron una plática sobre el código de conducta de la iaato (International Association of Antarctica Tour Operators; www.iaato.org), que regula las visitas turísticas a la Antártida. Como el número de personas que pueden estar simultáneamente en tierra está restringido a cien, se nos embarca por grupos y por etapas en las lanchas. Cada uno va disfrazado de explorador polar: botas, guantes, pantalones, lentes, chaleco salvavidas, chamarra impermeable.
Un pequeño paso para un hombre, un enorme salto para mí, que no tengo la zancada de mis compañeros germánicos y debo librar tres metros de agua para, por fin, pisar la tierra prometida. Este lugar no hace honor a su nombre, no decepciona en absoluto, quizá mejor debería llamarse Isla Desolación, porque desolación es lo que nos rodea en esta isla con forma de anillo, el cadáver de una estación ballenera, los restos oxidados de las calderas y los tanques, las casas con la madera podrida, en medio de la bahía un ballenero inglés llamado Southern Hunter varado con todo y sus fantasmas. Pero es una desolación bellísima, si eso es posible —y si lo es, debe serlo en la Antártida—, porque se entiende como la absoluta desconexión con el mundo, como el mar casi negro que lame los pedruscos al pie de las cruces de los que nunca salieron de aquí.
Cuando terminamos el paseo por la isla volvemos a la playa, nuestros anfitriones fieles a la tradición nos han preparado un baño polar que no es otra cosa que un hoyo excavado en la arena relleno con agua termal —esta isla es un volcán dormido—. Nadie se anima a darse el remojón, que debe ir seguido de un enérgico chapuzón en el mar a menos dos grados; de pronto una mujer muy alta y muy blanca empieza a desnudarse, su pareja también, entran al hoyo en traje de baño. Después corren, se ríen y se tiran al mar, repito, a menos dos grados; para que yo hiciera lo mismo se requerirían un mínimo de diez cervezas y un traje de buzo de neopreno.
Día 10, 64°S 56°W, Golfo Erebus y Terror,
Devil Island, Brown Bluff
Ya estamos en situación de día perpetuo, es el verano austral. Hoy por la mañana navegamos por los golfos Erebus y Terror, en el extremo noroeste del mar de Wedell y en ruta hacia la Isla del Diablo, por aquí todos los nombres parecen sacados de una novela de Salgari. Aquí veremos nuestra primera colonia de pingüinos, el clima es espléndido, con grandes bancos de nubes cual icebergs suspendidos en el cielo. Y precisamente conforme nos acercamos vemos varios témpanos de verdad, algunos realmente enormes —unos sesenta metros por lado en la porción emergida—; se dice que los hay tan grandes que miden varios kilómetros, a veces incluso decenas. El mar es un espejo oscuro punteado por masas blancas de todos los tamaños.
El desembarco se hace conforme protocolo, hay que desinfectarse las botas y no se pueden bajar productos orgánicos, tampoco está permitido traer nada de vuelta. Lo primero que se aprecia es el olor, bastante fuerte, a caca de pingüino, o mejor dicho, a la caca de las 4 mil parejas de pingüinos de Adelia que viven en la isla. Los elegantísimos pajarracos son los bichos más graciosos sobre la faz de la Tierra; únicamente caminan por sus “carreteras de pingüinos”, tienen memoria de cortísimo plazo, son monógamos y fieles, y no tienen empacho en robarse unos a otros, no son particularmente inteligentes, son mucho más ágiles de lo que su gordura permite creer y nadan rapidísimo. Y no se inmutan en absoluto con la presencia de humanos, les importamos más o menos un rábano.
Apenas cae la tarde y vamos en dirección del Estrecho Antártico para realizar un desembarco sobre una porción de tierra llamada Península Trinidad; será nuestro primer contacto con la masa continental antártica. Hacia la noche —sólo por decirlo de alguna forma, porque nunca anochece— navegamos por el estrecho antártico hacia la parte oeste de la península. Hacemos camino a través de enormes icebergs tabulares provenientes del mar de Wedell; decenas de cubos de hielo de cientos de metros por lado y miles de toneladas de peso, formaciones endémicas de los parajes más remotos del globo, muérete de envidia Discovery Channel.
Día 11, 64.5°S 62°W, Enterprise Island,
Cuverville Island, Canal Lemaire
Le toca a mi grupo dirigirse hacia las lanchas polares, vamos a salir a visitar el naufragio del buque noruego Guvernoren en el Foyn Harbour, justo a un costado de la Isla Enterprise. Viendo de cerca el casco herrumbrado del barco pienso que al destino no le falta ironía, nos ha tocado ver a un mismo tiempo los esqueletos de las ballenas y los esqueletos metálicos de sus victimarios, “...what goes around...” Poco después del mediodía arribamos a la isla Cuverville, que es hogar de vastas pingüineras de Gentoos. Ascendemos a la cima de una colina que domina la isla, tarea nada fácil si se realiza sobre nieve extremadamente compacta y con varios kilos de equipo a cuestas; la vista en la meta es magnífica, Dios quiere que tomemos muchas fotos. La bajada es mucho más sencilla, nos deslizamos como en resbaladilla media colina abajo; en esta isla los pingüinos no son los únicos que se divierten.
Por la tarde estamos transitando el Canal Lemaire, que corre entre las montañas de la Isla Booth y la Península Antártica. Frente a nosotros tenemos un paisaje que de tan bonito es casi escenográfico, falso y, si fuera película, cursi. Rosas intensos y muy naranjas, naranjas muy azules, azules que son verdes y son blancos y son negros, las líneas del horizonte patas arriba, totalmente descompuestas, enmarañadas entre cientos de montañas y bancos de nubes, un aire diáfano que engaña al ojo, un ojo en shock que engaña al alma, el alma en mutis ante el grito de la belleza.
Día 12, 64.9°S 63°W, Port Lockroy & Jougla Point, Paradise Bay
Apenas son las nueve y ya estamos realizando las maniobras para desembarcar en puerto Lockroy, en el costado oeste de la isla Wiencke, donde nos espera la antigua estación británica Base A, hoy convertida en museo. La construcción principal se llama Bansfield House y es un ejemplo exacto de las condiciones en que se realizaban las exploraciones polares a principios del siglo pasado. En la parte posterior del cuarto del generador hay un retrato de Marilyn Monroe como memento de las largas y solitarias estadías de los exploradores de entonces, vaya usted a saber qué hacían con ese retrato y sin una mujer en varios miles de kilómetros a la redonda. Desembarcamos en Jougla Point, que es la porción de tierra que se aprecia justo al otro lado del puerto, ahí hay más pingüineras, más extensas. Ya no caben más pingüinos en la cámara, está saturada, los últimos días han sido como un doctorado exprés en el tema. Caminando por la costa encontramos varios huesos de ballena, algunas costillas y vértebras, un par de cráneos.
La tarde nos encuentra de camino hacia Bahía Paraíso. A bordo de las lanchas polares visitamos los glaciares circundantes. Una hora antes de partir nos alcanza la nave gemela de la compañía, el MS Nordnorge: en una de las lanchas neumáticas aparece una pareja de novios, él de frac y ella con vestido blanco, se acaban de casar a bordo del Nordnorge y les están dando la vuelta triunfal alrededor de los barcos en maniobra. Hay botes de todos tipos sobre el agua y las tripulaciones de ambos barcos están de fiesta. Definitivamente estos noruegos también tienen su corazoncito; la verdad es que yo también aplaudo y grito y me divierto, digo, si no puedes contra ellos, úneteles.
Día 13, 62°S 59.5°W, Aitcho Islands, Shetland del Sur
Ayer por la noche empezamos nuestro ascenso geográfico, hoy estamos de vuelta en las islas Shetland del Sur. Nuestro destino es la Isla Barrientos, lugar de más pingüineras y de descanso para focas elefante. Aunque el clima sigue en buenas condiciones el paisaje cambia, se hace más inhóspito; este archipiélago es de origen volcánico y los grandes picos de roca que lo enmarcan de alguna forma resultan ominosos. Es nuestro último desembarco antártico, la ocasión para despedirse. Creo que me siento un poco nostálgico.
Hacia el norte se abre el océano y otra vez ese Paso de Drake. A la hora de la comida levantamos anclas, unos se dirigen hacia los salones de conferencia, hoy le toca el turno a Shackleton y al calentamiento global. Otros nos dirigimos a la cubierta exterior; una jauría de orcas nos persigue durante un par de horas, empieza a hacer viento y el frío se hace más intenso, el cielo se va volviendo paulatinamente gris y negro.
Día 14, 61°S 67°W, Paso de Drake
El día de hoy será de travesía por el Paso de Drake, por fortuna el tiempo es extraordinariamente calmo y se puede estar fuera de la cabina. He hecho varias amistades y es momento de abrir unas botellas de vino y departir a gusto, algo me dice que a varios de mis compañeros los veré de nuevo.
Por la tarde el clima vuelve a ser salvaje, me retiro temprano a mi camarote. Me gustaría seguir pensando en Drake y su viaje de circunnavegación del globo, pero estoy demasiado preocupado por el mareo y por conseguir dramamina. Tengo que preparar mi equipaje y arreglar varias cosas. Termino de prepararlo todo y me meto en mi camastro; tal como en La tempestad shakespeariana, todo lo demás es silencio.
Día 15, 55°S 68°W, Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina
A las ocho de la mañana el Nordkapp ya está amarrado en el puerto argentino de Ushuaia, hemos invertido una hora en despedirnos, intercambiar direcciones y correos, saldar cuentas, recoger documentos. Cuando bajo del barco descubro sin demasiado asombro que camino como borracho, no me acostumbro a que el piso no se mueva.
Un poco antes del mediodía estamos en el muelle esperando, se supone que en pocos minutos un taxi nos llevará al aeropuerto. A mi espalda las montañas nevadas y el bosque, detrás la Patagonia, los misteriosos fueguinos. Frente a mí el puerto y después el mar y mucho después, fuera del alcance de la vista, Antártida, la tierra del hielo. Por supuesto se escuchan los claxons, los coches, la gente, el idioma, los ruidos de la civilización tan familiar a la que hemos vuelto, pero estoy otra vez viendo hacia el sur. Por supuesto que la vida sigue y hay otras cosas que contar o aprender, pero de este tipo de viajes no se vuelve, vuelve otro al que solamente nos parecemos mucho.
Ésta es la última entrada en la bitácora. Estoy en el muelle y estoy esperando, espero para ver si vuelvo. Estoy en el muelle y veo hacia el mar, esperándome inútilmente.
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Día 1, 41°S 72°W, Puerto Montt, Chile
Bajamos primero del avión que nos trajo de Santiago y media hora después del autobús que nos deja en Puerto Montt, un pueblo volcado al mar, construido a la imagen de un pueblo europeo. Las casas son de madera y de dos aguas, los remates se cruzan como dicta la tradición naviera, las calles son angostas y se escarpan hacia una iglesia amarilla en la punta de una colina. Por todos lados tiendas de souvenirs, el edificio más grande de la villa es un casino, no se ven escuelas ni hospitales. En la orilla del mar un muelle de palo se mete en el agua, es la única foto que vale la pena. La calle que bordea la orilla sale hacia la derecha, es decir al norte, hacia donde está el puerto de calado profundo. Después de caminar un poco llegamos a la explanada, el personal del crucero organiza una fila para empezar a embarcar, nos toca ser los últimos.
El MS Nordkapp es negro, rojo y blanco, fue botado en Noruega hace veinte años y navega con esa misma bandera; lo fleta la naviera Hurtigruten —antes OVDS— (www.hurtigruten.com) con sede en Narvik. Es una nave de ciento veintitrés metros de eslora y diecinueve de manga, con ocho cubiertas y capacidad para trescientos cincuenta pasajeros; fue diseñada especialmente para el cabotaje por los fiordos y las zonas de hielo, tiene casco reforzado. Su tripulación es de sesenta y uno; veinticinco filipinos en limpieza, cocina y restaurante, quince noruegos desde el capitán hasta la oficial de recepción pasando por sala de máquinas y talleres, ocho científicos (tres gringos, tres alemanes, un argentino y una noruega) que se encargarán de darnos conferencias a bordo, cinco liaisons ingleses de la compañía, cuatro ayudantes daneses, dos panameños (médico y enfermera), un chef chileno y un neocelandés con una cámara de video. En total vamos ciento cincuenta pasajeros, sólo quince menores de treinta y cinco años, sólo nueve latinoamericanos, sólo cuatro de México, sólo dos le vamos a los Pumas y sólo uno los contó a todos.
Inmediatamente soy el consentido de la tripulación, mi nombre —Einar, que mi madre eligió tras leer una épica nórdica y que es algo así como el equivalente de primogénito— es el único de entre los latinos que saben pronunciar y recuerdan. Nuestra cabina está en la quinta cubierta, mide unos dos metros y medio por cuatro de largo y tiene un baño completo del tamaño de una ducha y una ducha en la que apenas quepo. Soltamos amarras a las 17 horas y cinco minutos exactamente (lo sé porque dijeron que a esa hora exactamente íbamos a partir y por supuesto no les creí). A las 20 horas anuncian que la cena está servida y bajamos al restaurante, sirven bufé noruego: salmón, arenque, camarón, caviar, ese tipo de cosas pantagruélicas, después de las cuales caminamos pesadamente de regreso a los camarotes, dispuestos a disfrutar la primera noche en un barco. Tomo unas píldoras para el mareo.
Día 2, 42°S 73°W, Castro, Isla de Chiloé, Chile
Pisamos tierra firme y llueve intermitentemente, el viento se arremolina y escapa hacia arriba. Subimos por grupos a los autobuses que nos llevan de expedición. Tomé demasiada dramamina ayer y hoy me muevo en cámara lenta, me quedo dormido de pie, me pongo al revés los calcetines. En el camión, viejitos alemanes calzan zapatos Timberland y cargan cámaras japonesas, y un grupo de ingleses cincuentones y ebrios se divierten en la parte de atrás. Hora y media después estamos en un bosque, algo muy Tolkien, en cualquier momento puede salir corriendo un elfo de los arbustos. Me cuentan que Nueva Zelanda debe ser como esto: mar, bosque, lagos, praderas y montañas nevadas sin solución de continuidad, hay muchas flores amarillas. Una siestita indefinida y llegamos a un camino de grava que sube al monte, es el volcán de Chiloé que no puede verse porque hay un gran banco de niebla en su base. Los chilenos están bien locos, dicen que su volcán es tan grande como el Popocatépetl, tan bravo como el Santa Elena y tan bonito como el Fuji. El banco de niebla empieza a abrirse.
La frase es: “Y se hizo la luz”. El volcán de los chilenos es más grande que el Popo, más amenazador que el Elena y mucho más bonito que el Fuji, el camión se detiene. Nos dicen que es la entrada a un parque nacional y que más adelante hay unas cascadas “divinas”, ahora sí les creo. Entramos al parque y decepción: las “cascadas” son unas diminutas caídas de agua, pero el camino sigue más adelante. Pasamos otros dos puentes y por fin las vemos, vamos a ponerlo en contexto.
No son tan ruidosas como las de Niágara, ni tan grandes como Iguazú, pero lo mismo son espectaculares; los puentes conducen a un peñasco justo en medio de la corriente, en un extremo hay un desfiladero de granito como de cien metros de alto, en el otro el bosque y detrás el volcán saliendo de las nubes, las fotos van a ser perfectas, en quince minutos se van tres rollos. Como los guías son retentivos anales y muy especiales para eso de cumplir con los horarios sólo tenemos veinte minutos para estar ahí y babear a gusto. Media hora antes de embarcar visitamos los palafitos, unas casas de madera multicolor construidas sobre pilotes en un lago, la última foto del día; a partir de ahí llueve hasta que subimos al barco.
Día 3, 45°S 72°W, Puerto Chacabuco, Patagonia, Chile
Desembarcamos de nuevo muy temprano y de nuevo ralentizados por exceso de dramamina, nada que hacer. Vamos en autobús hasta un parque botánico a la vera de un río. Una vez a bordo navegamos por el Canal Messier que se abre desde el extremo oriental de un estrecho fiordo.
Día 4, 49°S 74°W, Puerto Edén, Patagonia, Chile
Desembarcamos en Puerto Edén hacia el mediodía, por turnos en las lanchas neumáticas. Se trata de una pequeña comunidad de 150 habitantes situada en una pequeña isla al lado de otra muy grande llamada Wellington, unos 400 kilómetros al norte de Puerto Natales. En su seno habitan unos 10 indígenas kaweskar y desde 1940 funciona como reserva de la etnia, que en la actualidad sobrevive básicamente del turismo, ya que la ocurrencia de la marea roja (una plaga ocasionada por cierto tipo de algas) en la zona prácticamente ha destruido la industria pesquera de la región. El lugar tiene el encanto de lo muy remoto, sus pequeñas casas de madera se conectan entre sí por andadores de palo suspendidos sobre postes y escalinatas que suben hasta la cumbre de la isla, donde hay una torre de observación ecológica. Cuenta con una pequeña escuela construida a partir de donaciones y sus pobladores son las personas más amables que uno podría encontrar en la antesala del fin del mundo. Nota al margen: ¿tendrá algo que ver la irreductible presencia de la naturaleza con la extraordinaria alegría de los niños en esta isla?
Día 5, 51°S 73°W, Canal Smyth, Patagonia, Chile
Llegamos al punto donde los Andes se empalman con el mar y adquieren el nombre de Cordillera de Magallanes. Hoy promete ser un día de avistamientos. Hacia las diez de la mañana llegamos al glaciar Skua, otro gigantesco río de hielo que repta indefectiblemente hacia el mar, ¿magnífico? ¿extraordinario?, el vocabulario habitual no sirve para describir este tipo de visiones. Después de un trance moderadamente peligroso en el paso Shoal nuestra embarcación acelera lentamente por el Canal Smyth, la primera conferencia del día es acerca del primer contacto histórico de Occidente con los fueguinos. En esta región sobreviven pequeñas comunidades de indios alacalufes y tehuelches, en el pasado la zona también albergaba a los extintos onas, a los haush y a los yámana o yahgan. Pregunta: ¿cómo sobrevivir en el extremo de la naturaleza, en el exilio perpetuo? Los onas, nos dicen, solían ser pescadores, los yámana eran cazadores-recolectores; para resistir la congelación y la hipotermia cubrían sus cuerpos con grasa de ballena, cazaban con arco o arpón, hacían fuego con tremenda dificultad y lo mantenían vivo como a un hijo en sus canoas de piel de foca. ¿Era esa vida, como diría Hobbes, “pobre, brutal y breve”? ¿O era la vida de los últimos hombres libres, la del sujeto antes de ser domesticado?
Por la tarde estamos un buen rato en la cubierta exterior, los días se vuelven cada vez más largos, hace buen tiempo. Alrededor, la dilatada Patagonia: caigo en la cuenta de lo difícil que es apreciar las magnitudes en este lugar. No es posible decir con certeza si la isla que vemos frente a nosotros está muy lejos o muy cerca, si sus árboles son enormes o simples arbustos. No hay referencia humana, ni objetos, ni vestigios de civilización que nos faciliten determinarlo; me pregunto si Magallanes sufrió de lo mismo el día que vio a los gigantes, esos seres patagónicos que las crónicas nos cuentan habitaban estos parajes.
Día 6, 54°S 70°W, Estrecho de Magallanes, Punta Arenas, Patagonia, Chile
Navegamos por el estrecho más famoso del mundo, llegamos hacia las nueve a Punta Arenas. Del otro lado del estrecho y al sur se extiende Tierra del Fuego; desde que era niño ese nombre ejerce una fascinación inexplicable sobre mí, quizá sea el verdadero motivo de este viaje. Alguna vez los kaweskar ocuparon ambos lados del estrecho; como las otras comunidades de cazadores y pescadores de la zona, también llevaban las brasas consigo en sus canoas, es decir, llevaban siempre su hogar con ellos. Y en el siglo xvi Magallanes acaso vio una de sus flotas humeantes hacia el sur del estrecho, vio sus cuerpos vestidos con pieles de guanaco, sus largas melenas y sus chozas en la costa custodiando las llamas, vio los cientos de hogueras y resolvió llamarle Tierra del Fuego al lugar donde el fuego se venera y se procura.
Apenas bajamos del barco un viento canijo azota nuestras caras, me dirijo hacia el centro de esta ciudad de 140 mil habitantes, el viento no cesa. Punta Arenas se llamó también Rey Don Felipe porque así le pusieron los españoles que en 1584 intentaron colonizar el estrecho. También se llamó Puerto Hambre porque un par de años después Thomas Cavendish sólo encontró ahí los restos de un pueblo fallecido de hambruna. Camino por la plaza central, se venden abalorios y amuletos de diente de tiburón o hueso de ballena, tomo una calle en dirección hacia el cementerio. “La gente se vuelve loca en este lugar —dijo ayer uno de los conferencistas de a bordo—, los enloquece el viento.” Pienso en ello mientras miro las lápidas de marineros croatas y chilenos, confieso que el constante soplar del aire me empieza a sacar de quicio, me pongo en camino de vuelta hacia el barco, rumbo al Canal Beagle.
Día 7, 55°S 67°W, Canal Beagle, Cabo de Hornos, Chile
Cuando acabamos de tomar el desayuno, ya estamos en el último trecho del canal, en unos cuantos minutos expondremos el flanco de babor al mar abierto. Me siento feliz, nervioso, por fin llegamos al cabo de la transliteración de Hoorn por Horn por Hornos, al cabo de los holandeses Le Maire y Schouten, a la última punta del continente, al faro del principio del fin. El Nordkapp trata de acercarse a los farallones de la isla, que se alzan 424 metros por encima del nivel del mar, pero hacia las cinco de la tarde la tripulación nos informa que desistimos formalmente, tenemos en contra marea y vientos. Por lo menos ya tenemos un pretexto para regresar por este lado del charco.
Enfilamos hacia el Paso de Drake, el trecho de agua más peligroso del mundo: corrientes y vientos fortísimos, olas enormes y témpanos de hielo se cuentan entre sus principales atracciones. Una de las chicas filipinas del comedor nos revela que en el último cruce por el paso hace veinte días, con olas de quince metros, se rompieron todos los televisores del barco. ¿Qué no es eso lo que mide un edificio de seis pisos?
La tripulación nos advierte que tenemos que preparar nuestras cabinas “a prueba de los elementos”; en todo el barco hay cinturones pegados al suelo o a las paredes que sirven para amarrar las cosas: cualquier objeto que se deje sobre la mesa puede convertirse en proyectil. Yo ya asumí lo peor, vengo administrándome dosis continuas de dramamina, me encomiendo a Sir Francis y a todos los santos.
Día 8, 60°S 67°W, Paso de Drake
Esto lo escribo el día siguiente, cuando por fin amaina y puedo aventurarme más allá de mi cabina. No me ha ido tan mal, me dieron bastantes galletas y agua y sólo fue cosa de esperar lo más horizontal que se pudiera. Durante la tarde de ayer escuché a mis vecinas de cuarto hablar con el médico, a una le tuvieron que poner una intravenosa con suero, la pobre vomitó tanto que acabó deshidratada. Por supuesto, no fui a las conferencias, a media escalera me convencí de mis limitaciones. Durante la noche la cosa estuvo incluso más agitada, cada vez que me acomodaba otra maldita inclinación hacía que mis pies se salieran de la cama o que me golpeara en la cabeza. Una nota de sir Ernest Shackleton a propósito de su penúltima expedición antártica decía: “Se solicita tripulación para peligroso viaje, que acepte salarios módicos, soporte fríos intensos, largos meses de total oscuridad y peligro constante, no se garantiza el retorno a salvo. Se ofrecen honores y reconocimientos en caso de éxito”.
Las olas de ayer alcanzaron los diez metros, fueron varios los casos de deshidratación y seasickness y según parece debemos de congratularnos porque ésta fue una travesía de lo más moderada.
Día 9, 63°S 60°W, Isla Decepción e Isla Medialuna
(Halfmoon), Archipiélago de las Shetland del Sur
A las ocho de la mañana cruzamos la entrada —los famosos Neptune Bellows— del atolón conocido como Isla Decepción, para nuestro primer desembarco antártico. Los ánimos están por los cielos, además de sobrevivir el Drake, el clima de hoy es perfecto y vamos a pisar por primera vez el sexto continente. El día de ayer nos dieron una plática sobre el código de conducta de la iaato (International Association of Antarctica Tour Operators; www.iaato.org), que regula las visitas turísticas a la Antártida. Como el número de personas que pueden estar simultáneamente en tierra está restringido a cien, se nos embarca por grupos y por etapas en las lanchas. Cada uno va disfrazado de explorador polar: botas, guantes, pantalones, lentes, chaleco salvavidas, chamarra impermeable.
Un pequeño paso para un hombre, un enorme salto para mí, que no tengo la zancada de mis compañeros germánicos y debo librar tres metros de agua para, por fin, pisar la tierra prometida. Este lugar no hace honor a su nombre, no decepciona en absoluto, quizá mejor debería llamarse Isla Desolación, porque desolación es lo que nos rodea en esta isla con forma de anillo, el cadáver de una estación ballenera, los restos oxidados de las calderas y los tanques, las casas con la madera podrida, en medio de la bahía un ballenero inglés llamado Southern Hunter varado con todo y sus fantasmas. Pero es una desolación bellísima, si eso es posible —y si lo es, debe serlo en la Antártida—, porque se entiende como la absoluta desconexión con el mundo, como el mar casi negro que lame los pedruscos al pie de las cruces de los que nunca salieron de aquí.
Cuando terminamos el paseo por la isla volvemos a la playa, nuestros anfitriones fieles a la tradición nos han preparado un baño polar que no es otra cosa que un hoyo excavado en la arena relleno con agua termal —esta isla es un volcán dormido—. Nadie se anima a darse el remojón, que debe ir seguido de un enérgico chapuzón en el mar a menos dos grados; de pronto una mujer muy alta y muy blanca empieza a desnudarse, su pareja también, entran al hoyo en traje de baño. Después corren, se ríen y se tiran al mar, repito, a menos dos grados; para que yo hiciera lo mismo se requerirían un mínimo de diez cervezas y un traje de buzo de neopreno.
Día 10, 64°S 56°W, Golfo Erebus y Terror,
Devil Island, Brown Bluff
Ya estamos en situación de día perpetuo, es el verano austral. Hoy por la mañana navegamos por los golfos Erebus y Terror, en el extremo noroeste del mar de Wedell y en ruta hacia la Isla del Diablo, por aquí todos los nombres parecen sacados de una novela de Salgari. Aquí veremos nuestra primera colonia de pingüinos, el clima es espléndido, con grandes bancos de nubes cual icebergs suspendidos en el cielo. Y precisamente conforme nos acercamos vemos varios témpanos de verdad, algunos realmente enormes —unos sesenta metros por lado en la porción emergida—; se dice que los hay tan grandes que miden varios kilómetros, a veces incluso decenas. El mar es un espejo oscuro punteado por masas blancas de todos los tamaños.
El desembarco se hace conforme protocolo, hay que desinfectarse las botas y no se pueden bajar productos orgánicos, tampoco está permitido traer nada de vuelta. Lo primero que se aprecia es el olor, bastante fuerte, a caca de pingüino, o mejor dicho, a la caca de las 4 mil parejas de pingüinos de Adelia que viven en la isla. Los elegantísimos pajarracos son los bichos más graciosos sobre la faz de la Tierra; únicamente caminan por sus “carreteras de pingüinos”, tienen memoria de cortísimo plazo, son monógamos y fieles, y no tienen empacho en robarse unos a otros, no son particularmente inteligentes, son mucho más ágiles de lo que su gordura permite creer y nadan rapidísimo. Y no se inmutan en absoluto con la presencia de humanos, les importamos más o menos un rábano.
Apenas cae la tarde y vamos en dirección del Estrecho Antártico para realizar un desembarco sobre una porción de tierra llamada Península Trinidad; será nuestro primer contacto con la masa continental antártica. Hacia la noche —sólo por decirlo de alguna forma, porque nunca anochece— navegamos por el estrecho antártico hacia la parte oeste de la península. Hacemos camino a través de enormes icebergs tabulares provenientes del mar de Wedell; decenas de cubos de hielo de cientos de metros por lado y miles de toneladas de peso, formaciones endémicas de los parajes más remotos del globo, muérete de envidia Discovery Channel.
Día 11, 64.5°S 62°W, Enterprise Island,
Cuverville Island, Canal Lemaire
Le toca a mi grupo dirigirse hacia las lanchas polares, vamos a salir a visitar el naufragio del buque noruego Guvernoren en el Foyn Harbour, justo a un costado de la Isla Enterprise. Viendo de cerca el casco herrumbrado del barco pienso que al destino no le falta ironía, nos ha tocado ver a un mismo tiempo los esqueletos de las ballenas y los esqueletos metálicos de sus victimarios, “...what goes around...” Poco después del mediodía arribamos a la isla Cuverville, que es hogar de vastas pingüineras de Gentoos. Ascendemos a la cima de una colina que domina la isla, tarea nada fácil si se realiza sobre nieve extremadamente compacta y con varios kilos de equipo a cuestas; la vista en la meta es magnífica, Dios quiere que tomemos muchas fotos. La bajada es mucho más sencilla, nos deslizamos como en resbaladilla media colina abajo; en esta isla los pingüinos no son los únicos que se divierten.
Por la tarde estamos transitando el Canal Lemaire, que corre entre las montañas de la Isla Booth y la Península Antártica. Frente a nosotros tenemos un paisaje que de tan bonito es casi escenográfico, falso y, si fuera película, cursi. Rosas intensos y muy naranjas, naranjas muy azules, azules que son verdes y son blancos y son negros, las líneas del horizonte patas arriba, totalmente descompuestas, enmarañadas entre cientos de montañas y bancos de nubes, un aire diáfano que engaña al ojo, un ojo en shock que engaña al alma, el alma en mutis ante el grito de la belleza.
Día 12, 64.9°S 63°W, Port Lockroy & Jougla Point, Paradise Bay
Apenas son las nueve y ya estamos realizando las maniobras para desembarcar en puerto Lockroy, en el costado oeste de la isla Wiencke, donde nos espera la antigua estación británica Base A, hoy convertida en museo. La construcción principal se llama Bansfield House y es un ejemplo exacto de las condiciones en que se realizaban las exploraciones polares a principios del siglo pasado. En la parte posterior del cuarto del generador hay un retrato de Marilyn Monroe como memento de las largas y solitarias estadías de los exploradores de entonces, vaya usted a saber qué hacían con ese retrato y sin una mujer en varios miles de kilómetros a la redonda. Desembarcamos en Jougla Point, que es la porción de tierra que se aprecia justo al otro lado del puerto, ahí hay más pingüineras, más extensas. Ya no caben más pingüinos en la cámara, está saturada, los últimos días han sido como un doctorado exprés en el tema. Caminando por la costa encontramos varios huesos de ballena, algunas costillas y vértebras, un par de cráneos.
La tarde nos encuentra de camino hacia Bahía Paraíso. A bordo de las lanchas polares visitamos los glaciares circundantes. Una hora antes de partir nos alcanza la nave gemela de la compañía, el MS Nordnorge: en una de las lanchas neumáticas aparece una pareja de novios, él de frac y ella con vestido blanco, se acaban de casar a bordo del Nordnorge y les están dando la vuelta triunfal alrededor de los barcos en maniobra. Hay botes de todos tipos sobre el agua y las tripulaciones de ambos barcos están de fiesta. Definitivamente estos noruegos también tienen su corazoncito; la verdad es que yo también aplaudo y grito y me divierto, digo, si no puedes contra ellos, úneteles.
Día 13, 62°S 59.5°W, Aitcho Islands, Shetland del Sur
Ayer por la noche empezamos nuestro ascenso geográfico, hoy estamos de vuelta en las islas Shetland del Sur. Nuestro destino es la Isla Barrientos, lugar de más pingüineras y de descanso para focas elefante. Aunque el clima sigue en buenas condiciones el paisaje cambia, se hace más inhóspito; este archipiélago es de origen volcánico y los grandes picos de roca que lo enmarcan de alguna forma resultan ominosos. Es nuestro último desembarco antártico, la ocasión para despedirse. Creo que me siento un poco nostálgico.
Hacia el norte se abre el océano y otra vez ese Paso de Drake. A la hora de la comida levantamos anclas, unos se dirigen hacia los salones de conferencia, hoy le toca el turno a Shackleton y al calentamiento global. Otros nos dirigimos a la cubierta exterior; una jauría de orcas nos persigue durante un par de horas, empieza a hacer viento y el frío se hace más intenso, el cielo se va volviendo paulatinamente gris y negro.
Día 14, 61°S 67°W, Paso de Drake
El día de hoy será de travesía por el Paso de Drake, por fortuna el tiempo es extraordinariamente calmo y se puede estar fuera de la cabina. He hecho varias amistades y es momento de abrir unas botellas de vino y departir a gusto, algo me dice que a varios de mis compañeros los veré de nuevo.
Por la tarde el clima vuelve a ser salvaje, me retiro temprano a mi camarote. Me gustaría seguir pensando en Drake y su viaje de circunnavegación del globo, pero estoy demasiado preocupado por el mareo y por conseguir dramamina. Tengo que preparar mi equipaje y arreglar varias cosas. Termino de prepararlo todo y me meto en mi camastro; tal como en La tempestad shakespeariana, todo lo demás es silencio.
Día 15, 55°S 68°W, Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina
A las ocho de la mañana el Nordkapp ya está amarrado en el puerto argentino de Ushuaia, hemos invertido una hora en despedirnos, intercambiar direcciones y correos, saldar cuentas, recoger documentos. Cuando bajo del barco descubro sin demasiado asombro que camino como borracho, no me acostumbro a que el piso no se mueva.
Un poco antes del mediodía estamos en el muelle esperando, se supone que en pocos minutos un taxi nos llevará al aeropuerto. A mi espalda las montañas nevadas y el bosque, detrás la Patagonia, los misteriosos fueguinos. Frente a mí el puerto y después el mar y mucho después, fuera del alcance de la vista, Antártida, la tierra del hielo. Por supuesto se escuchan los claxons, los coches, la gente, el idioma, los ruidos de la civilización tan familiar a la que hemos vuelto, pero estoy otra vez viendo hacia el sur. Por supuesto que la vida sigue y hay otras cosas que contar o aprender, pero de este tipo de viajes no se vuelve, vuelve otro al que solamente nos parecemos mucho.
Ésta es la última entrada en la bitácora. Estoy en el muelle y estoy esperando, espero para ver si vuelvo. Estoy en el muelle y veo hacia el mar, esperándome inútilmente.
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