Acceso directo a la Selva Lacandona
Ceiba Fotografía de Marty McLennan

Acceso directo a la Selva Lacandona

Ya no hay excusa para morirse sin conocer la selva lacandona. Entre muchas otras cosas, el levantamiento de 1994 del EZLN es el responsable de que la largamente imaginada carretera entre Palenque y las Lagunas de Montebello se haya vuelto una prioridad para las autoridades y, actos seguido, un espectacular y eficiente camino pavimentado.
Por Ruth Mandujano López | septiembre 2006 | Tags: , , , ,
1 de enero de 1994. Desde las montañas del sureste mexicano (como diría el Subcomandante Marcos), aparecen unos encapuchados que se levantan en armas. Desde lo más recóndito de Los Pinos, se escucha el grito de un presidente encolerizado, “un grupito de indios” se ha atrevido a arruinarle el festejo del tlcan (Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Mientras tanto en la frontera sur, un par de polleros aprovechan el desconcierto. Los narcos no se quedan atrás. Esta vez su cargamento pasa desapercibido.

Hasta ese día, adentrarse en la Selva Lacandona era asunto de narcos, traficantes de inmigrantes, militares, arqueólogos y aventureros, además de los desafortunados locales, que tenían que lidiar con semejante fauna. Por la terracería tardaba uno horas para avanzar apenas unos kilómetros y, por aire, costaba una fortuna aterrizar la avioneta. Pero, tras el levantamiento de 1994, la tan largamente planeada Carretera Fronteriza del Sur, a lo largo de la línea divisoria entre México y Guatemala, se convirtió en una realidad. En tan sólo unos años, el gobierno pavimentó los 422 kilómetros que van desde el sitio de Palenque hasta las Lagunas de Montebello, y con ello se abrió al turismo una ruta espectacular cuya franja norte atraviesa los sitios de Bonampak y Yaxchilán y la comunidad lacandona de Lacanjá.

El asunto ha traído también sus inconvenientes. Miles de inmigrantes se han adentrado en busca de tierras para sembrar, y han talado y quemado grandes extensiones. La ganadería expansiva ha hecho lo propio, mientras que el turismo depredador ha contribuido dejando basura, robando piezas arqueológicas y pirateando especies en extinción. Con todo, si es su primera vez en la selva, casi no lo notará y, si es visitante asiduo, en cuanto se adentre en los lugares propuestos, seguro se le pasará el trago amargo.

En realidad, el zapatismo nunca cuajó por este lado de la selva y con tanto militar vigilando la zona, el tráfico ilegal se ha desviado por otras rutas. El único peligro es quedarse sin gasolina o refrigerios mientras los moscos le chupan a uno hasta las entrañas, así que asegúrese de aprovisionarse en Palenque, la ciudad más cercana.

LACANJÁ CHANSAYAB:
EL SITIO DE LOS LACANDONES VIVOS

Casi pegada a la Carretera Fronteriza, Lacanjá es la comunidad lacandona más numerosa del mundo (aunque no sobrepasa los 500 habitantes). Desde la llegada de los españoles, refugiarse en la selva se convirtió en la mejor opción para escapar del trabajo forzado y demás imposiciones de la vida colonial. Los españoles organizaban expediciones armadas para capturar a los indios, pero mientras que tzeltales y choles fueron obligados a emigrar hacia las haciendas, los lacandones lograron escapar gracias a su capacidad para adaptarse a las condiciones de vida dentro de la selva.

Durante los tres siglos de la Colonia permanecieron casi por completo aislados, pero a partir de fines del siglo xix, sus aldeas fueron alcanzadas por las voraces compañías madereras y chicleras. Desde entonces, las enfermedades traídas por los forasteros y para las que los lacandones no habían desarrollado anticuerpos, así como la destrucción de los recursos naturales, los llevaron al borde de la extinción, hasta que, en 1971, un decreto presidencial les devolvió la titularidad de más de seis mil kilómetros cuadrados de selva y, con ello, un poco de tranquilidad y posibilidad para recuperarse.

La gran mayoría de los visitantes viene a Lacanjá simplemente porque resulta una puerta conveniente de entrada a Bonampak, ya que es el único lugar con servicios en los alrededores (hay tiendita, teléfono, áreas para acampar y el mejor alojamiento/restaurante de la zona), pero el lugar tiene también su par de atractivos: las cascadas y la pequeña zona arqueológica.

Para llegar se toma un agradable sendero supuestamente señalizado por entre la selva (40 pesos) que, tras una hora de marcha a paso moderado y en superficie plana, lo tiene a uno en unas bellas y limpias cascadas de unos siete metros de altura. Se puede nadar allí o en cualquiera de las pozas a lo largo del camino y el lugar es ideal para hacer un picnic. Hace falta una hora más de marcha para llegar al sitio arqueológico, pero no hay señalamientos, por lo que deberá contratar a un guía lacandón, que cobrará entre 100 y 200 pesos por conducirlo a través de la selva. El camino en sí puede ser más apasionante que las ruinas: un puñado de pequeñitas construcciones a medio restaurar. Si bien durante el trayecto de ida a las cascadas no hay mucho pierde, de regreso le salen a uno al paso diversos senderos que hacen confusa la ruta, al menos para aquellos a los que la ciudad nos ha vuelto algo inútiles. Los únicos consejos: no tomar los senderos marcados con banderitas rojas, cargar con el mapa que regalan en la entrada (que a veces se les olvida dar) y caminar en grupos.

Si le interesa convivir con los lacandones vivos (y no sólo con las construcciones de sus ancestros), ésta es su oportunidad. Con tantita plática que le haga a cualquiera de ellos (sobre todo a los hombres), encontrará a conversadores alegres de los que se puede aprender mucho. Además, sabedores de que el turista citadino va en busca de naturaleza y cultura autóctona, le ofrecen hospedaje y paseos en zonas arboladas y se presentan a sí mismos como los herederos de las culturas mayas del Clásico. Por lo tanto, no son pocos los que prefieren la comodidad de los jeans en casa, pero ante el extranjero visten con su “tradicional” manta blanca. Al cliente lo que pida, aunque, a fin de cuentas, esos detalles no les impiden ser, de todas formas, genuinamente mayas.

BONAMPAK EN SU JUSTA DIMENSIÓN
Mucho del especial poder de seducción que por años despertó Bonampak tenía que ver con la odisea que uno debía afrontar para llegar: aparte de la larga terracería, caminar unos 10 kilómetros entre la selva resultaban deliciosamente inevitables. Ahora que la carretera lo ha puesto al alcance de la mano, los que lo conocimos de antaño no podemos evitar sentir un cierto dejo de nostalgia y notamos lo que antes pasaba desapercibido: la pequeñez del sitio, sobre todo en comparación con otras grandes ciudades mayas del Clásico. Sin embargo, Bonampak cuenta con una singularidad que ninguna otra área (ni maya ni de ninguna otra cultura) posee y por la que se vuelve imprescindible venir de visita: sus impresionantes y bien conservadas pinturas murales.

El mismo nombre de Bonampak nos remite a ellas: en teoría significa “muros pintados”. En la práctica, sin embargo, sale a relucir la falta de precisión que el arqueólogo Sylvanus G. Morley tuvo al concebir el término, pues traducido literalmente del maya lacandón, Bonampak significa “muros teñidos”. Sin duda, una descripción poco apropiada para las pinturas murales. Nunca falta el “antiyankee” que aprovecha la anécdota para renegar contra el imperio. Los lacandones, sin embargo, lo toman ya con toda naturalidad y muchos hasta han dejado de contar la historia.

Si bien los lacandones conocían el lugar desde siempre (aunque no se sabe cómo lo llamaban), fueron un par de arqueólogos extranjeros, John G. Bourne y Karl Frey, ayudados por el chiclero Acasio Chan, quienes lo dieron a conocer al inah y al mundo, en marzo de 1946. Tras el descubrimiento de las pinturas unos meses después, el dinero de Carnegie y de la United Fruit Company fluyó en suficiente abundancia como para que comenzaran los trabajos de investigación y, en la década de los sesenta, de restauración y protección del sitio.

Hoy día son los lacandones quienes tienen a su cargo la zona arqueológica. Para erradicar el contrabando tanto de piezas antiguas como de flora silvestre, no se permite a vehículos particulares llegar hasta la entrada. En consecuencia, el visitante debe estacionarse en el módulo de bienvenida, desde donde se aborda una camioneta que recorre los 9.5 kilómetros de terracería hasta las ruinas (70 pesos por persona). Conforme llega la gente, sale el transporte. El último parte a las 15:30 horas.

Tras pasar la antigua pista de aterrizaje, se arriba a la gran plaza rectangular (90 por 110 metros), cuyo costado sur se ubica la llamada Acrópolis: un gran basamento escalonado y terraceado sobre el que se sitúan un puñado de edificaciones, entre ellas la que alberga las pinturas murales. Su superficie total es de 112 metros cuadrados, distribuidos en paredes y techos de tres cámaras. Unas 270 figuras humanas de entre 85 y 87 centímetros, en colores negro, blanco, gris, rojo, rosa, café, amarillo, azul y verde, se encuentran representadas. En el cuarto uno, el numeroso grupo de músicos de la parte baja destaca claramente de los demás personajes ricamente ataviados. En el cuarto dos se observa una gran batalla, mientras que en el cuarto tres se plasma una celebración. Además de las pinturas, el otro elemento a subrayar son las tres estelas, que muestran uno de los gobernantes más poderosos del sitio, Chaan Muan, y personajes relacionados con él. Todas datan, según los expertos, de alrededor del año 780 d. C., cuando al parecer Bonampak vivió su máximo esplendor.

El sitio abre de lunes a domingos de las 8 horas a 16:45 horas y la entrada cuesta 33 pesos por persona. Si solicita los servicios de guías lacandones, se cobran 120 pesos más por grupo.

POR EL USUMACINTA A YAXCHILÁN
Escondido entre las riberas selváticas del Usumacinta, este sitio ha fascinado al mundo occidental desde que se supo de su existencia a través de los escritos del inglés Alfred Percival Maudslay, en 1882. Sin embargo, ha sido alto el precio que Yaxchilán ha tenido que pagar por su fama. En efecto, la tropa de científicos que llegó desde Maudslay se llevó a museos y colecciones particulares del viejo continente, o del DF diversas piezas arqueológicas con el fin de “proteger” el legado maya. Y los vestigios almacenados en Berlín (que no eran insignificantes) fueron destruidos durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Pero con todo y los saqueos, el sitio todavía alberga un buen número de dinteles, cresterías, labrados en piedra y estelas, que en su mayoría narran acontecimientos relacionados con la dinastía Jaguar, encargada de llevar a Yaxchilán hacia su máximo esplendor y al predominio en el área, entre los siglos vii y ix después de Cristo.

Yaxchilán impresiona no sólo por lo que atesora, sino por la travesía que implica llegar. Pocas experiencias se comparan con el recorrido en lancha que lleva desde la comunidad chol de Frontera Corozal hasta el pie de la zona arqueológica: son 40 minutos en el caudaloso Usumacinta, rodeado de vegetación y fauna selváticas. De pronto aparece, en la ribera sur, una escalinata de piedra que lleva hasta la entrada (se cobran 38 pesos por persona). Por el camino principal pronto se llega al Laberinto, una de las edificaciones más complejas del mundo maya: se trata de un edificio de dos plantas construido a mediados del siglo viii, en cuyo interior se esconde una escalinata, hoy resguardada en la penumbra por grupos de murciélagos que conduce a la Gran Plaza.

La Gran Plaza se conforma por una docena de pequeñas construcciones y juegos de pelota, limitados al norte por el Usumacinta y al sur por una colina de unos 90 metros, hecha en conjunto por el hombre y la naturaleza. En su costado se encuentra la remarcable Estela 1, justo al pie del inolvidable Edificio 33. Con su crestería a medio sostener, sus espléndidos grabados y su peculiar estalactita en plena entrada, se trata de la construcción más espectacular de todo el complejo. Los expertos coinciden en señalarlo como el palacio del gobernante Pájaro Jaguar IV, en parte gracias a la magnífica estatua decapitada que yace en el interior. Desde su cima, al igual que desde el Edificio 41, en la pequeña Acrópolis, se observa la mejor vista de la selva.

Yaxchilán abre de lunes a domingos, de 8 horas a 4 horas. Las lanchas salen continuamente desde Frontera Corozal, a partir de las 7:30 horas y hasta las 2:30 horas, y suelen dar dos horas para que los visitantes recorran el complejo. Costo desde 550 pesos de 1 a 3 personas.


DÓNDE DORMIR

Campamento río Lacanjá
Domicilio conocido, Lacanjá
T. (967) 674 6660 y 678 4295
www.ecochiapas.com/lacanja

Cuenta con tres cabañas equipadas, cada una con baño, ventilador y dos camas matrimoniales. Sin embargo, las más acogedoras, aunque austeras, se localizan a un costado del río Lacanjá y tienen sólo una cama y un extraordinario balcón con vista al río, de donde cuelga una hamaca al lado de una mesita con dos sillas. Hay un complejo final con literas donde se cobra 100 pesos por persona. Todos comparten un área común de baños y regaderas. Los precios de las cabañas van desde 240 pesos. El restaurante es el más formal de los alrededores y abre aproximadamente desde las 8 y hasta las 20 horas. Bajo su palapa se sirve comida casera sin gran complejidad: plátanos fritos, pescados y bisteces preparados de diferentes formas.

Escudo Jaguar
Domicilio conocido, Frontera Corozal
T. (0155) 5329 0995 clave 8057 y 8059

Situado a la orilla del río Usumacinta, este complejo de cabañas es el alojamiento más formal cercano a Yaxchilán. Las más equipadas cuentan con dos camas, baño, mesita con sillas y hamaca, y se alquilan a partir de 358 pesos. También hay un área para acampar en donde se cobra desde 40 pesos por tienda. El restaurante abre de lunes a domingo, entre 7 horas y 8 horas (aunque si no hay mucho turista, los horarios se acortan), se sirven desayunos y comidas y desde sus instalaciones parten las lanchas que llevan a Yaxchilán.


CÓMO LLEGAR
Desde Palenque, tome la carretera federal 199 rumbo a Ocosingo. Tras una decena de kilómetros aparece el desvío hacia la carretera federal 307 o Fronteriza del Sur. Poco más de 100 kilómetros después, en el crucero de San Javier, vire hacia la derecha (sur) para llegar a Lacanjá y Bonampak. Para Yaxchilán, vuelva a la carretera 307 con rumbo a Benemérito de las Américas. Apenas 15 kilómetros después de San Javier, se encuentra el camino que lo llevará a Frontera Corozal, desde cuyo muelle parte la lancha que lo tendrá en Yaxchilán en 45 minutos.
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