Una noche en el Venice Simplon-Orient-Express
©Cortesía Venice Simplon-Orient-Express

Una noche en el Venice Simplon-Orient-Express

No hay que tener una sensibilidad anacrónica ni los sentidos hiper desarrollados para disfrutar un viaje en este tren legendario: sus delicados interiores art déco, su historia, y su insistencia en conservar una etiqueta casi cómica, contagian la añoranza por un modo de vida que sólo existe ahí dentro.
En el andén número 5 de la Gare de l’Est de París, unos veinte vagones Pullman color crema y azul oscuro nos devuelven a los años treinta, la época de sus primeros viajes hacia el Oriente. Sólo uno, el más viejo, anuncia su respetable edad en una placa en la que, como un pedigrí, se lee la fecha “1926” y los nombres de los viajeros o escritores que han viajado en él: Blaise Cendrars, Colette, Graham Greene, Vladimir Nabokov, John Dos Passos, Agatha Christie, Ernest Hemingway.

En el andén, los bolsos Louis Vuitton con estampados de colores han reemplazado las grandes maletas de tela con monogramas, propias de los tiempos de las locomotoras de vapor. Pero los letreros del “vagón restaurante”, “vagón de servicio” y “vagón para dormir”, que se repiten con letras doradas en inglés, alemán e italiano, nos recuerdan —como si fuese necesario— que el Orient Express atraviesa Europa de cabo a rabo, de Londres a Estambul pasando por Venecia y Budapest. El nombre Venice Simplon-Orient-Express por sí mismo hace soñar.

Un maletero nos acompaña hasta nuestro vagón, donde un camarero ataviado en guantes blancos se mantiene inmóvil y todo sonrisas. Apenas subimos, descubrimos un largo armario que disimula la vieja caldera que, a su vez, intenta disimular sin éxito algunos trozos de carbón: la caldera sigue calentando el agua y sirve de calefacción central durante el invierno.

Dan ganas de tocar las chapas y herrajes de latón de las puertas, de girarlas, de abrirlas todas. A la izquierda, las gruesas cortinas de terciopelo azul separan las esclusas que conectan los dos vagones. Pasando la puerta, descubrimos un pequeño asiento plegable de cuero que solía servir de base a los camareros, dispuestos a ejecutar cualquier capricho de los aristócratas de otros tiempos.

Las cabinas se inscriben en la continuidad de los largos pasillos estrechos: sus interiores de madera de caoba y palisandro, de violeta o de rosa nos transportan a un pasado art déco. Todas están decoradas con motivos floridos, y contienen una banca que se transforma en la noche en dos camas sobrepuestas. Y cuentan con un pequeño cuarto de baño privado: una puerta botiquín forrada de espejos refleja un lavabo individual blanco y una llave plateada. A lo largo del muro corren repisas a la antigua que contienen toallas bordadas en oro, y un estuche azul con pasta y cepillo de dientes. La gama de productos de aseo se complementa con un tapete de baño y la ropa de cama que se coloca al caer la noche, además del peine y las pantuflas.

Las maletas se disponen en lo alto en estantes de cobre, mientras que las revistas y libros pueden colocarse en el revistero forrado de cuero. En la esquina cercana a la ventana, hay vasos y jarras acomodados en una minúscula repisa.

EN MOVIMIENTO
Tras colgar nuestros sacos, ajustamos la ventilación de la cabina mediante botones de plata. Enseguida nos acomodamos a la mesa, felices de poder ver el paisaje rumbo a Calais desfilar por la ventana, antes de abrir un carnet de viajes. El parasol de rafia y cuero permite esconderse de los rayos del sol.

Antes de salir a cenar, decidimos deambular por los pasillos. El coche histórico firmado por René Prou, el emblemático decorador del movimiento art déco, es la puerta de entrada a los tres vagones-restaurante, muy distintos uno de otro: paneles de Lalique en el restaurante Côte d’Azur, lacas de China en L’Oriental marquetería en l’Étoile du Nord. La mantelería, platería y los ventiladores antiguos trasladan a una época —y una clase— donde el hedonismo exquisito era cosa cotidiana. Los pasajeros llegan vestidos de gala: “Nunca estará vestido demasiado elegante”, advierte el pequeño folleto del tren bajo el rubro “código de vestir”, invitando a la ceremonia. Y la cocina está a la altura: pato al romero servido con foie gras, o costillas de cordero en manteca de Colonnata, servidas con alcachofas.

Satisfechos, acariciamos por última vez el terciopelo del sillón antes de instalarnos en el vagón-bar, donde la iluminación a cargo de pequeñas lámparas de bronce. El pianista hace lo suyo mientras los meseros —en saco blanco— reparten copas de champaña o de coñac a los viajeros en este vagón donde el ritual se perpetúa desde 1931.

Al volver a la cabina la cama ya está preparada, protegida por dos cadenas, y cubierta con sábanas y damascos bordados en oro. Al despertar, el café y té llegan en charola de plata, al igual que una canasta de panecillos.

Nos dejamos ganar por ese sentimiento del tiempo suspendido. Y desde el interior del vagón reconstruimos poco a poco la agitada historia del Orient Express, que nació de la voluntad de Georges Nagelmackers, un industrial belga que ambicionaba cruzar todas las fronteras. Logró eso y mucho más y, en el periodo de entre guerras, el Orient Express y su hermano menor, el Simplon Orient Express, transportaron familias reales, jefes de Estado, príncipes, duques, diplomáticos y hombres de negocios. No obstante, fueron las celebridades del séptimo arte —Marlène Dietrich, Jean Marais o Alfred Hitchcock— quienes lo consagraron.

Mientras que la luz del día desaparece progresivamente allá afuera, a bordo todo es lujo, calma y voluptuosidad. Acodada en el bar, me dejo mecer por los sacudimientos del tren. Y los recuerdos clarísimos de personajes como Hercule Poirot y Lady Chatterley, que sólo por respetar a sus autores: Agatha Christie y DH Lawrence, admito que son de ficción.

*Traducción de Claudia Itzkowich


LOS VIAJES MÁS POPULARES
DEL VENICE SIMPLON-ORIENT-EXPRESS

Venecia-París: 2 760 euros, 6 días / 5 noches
Londres-París: 2 236 euros, 4 días / 3 noches
www.orient-express.com
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