De Bad Ragaz a Vals sin salir del agua
Mucho antes de que los spas reunieran entre sus muros jacuzzis, masajes suecos y tratamientos ayurvédicos; pensadores y escritores como Nietzsche, Rilke y Mann se escapaban de la vida cotidiana para disfrutar de los beneficios de las aguas de los Alpes Suizos, esas que todos tomamos en botella, pero que conviene gozar en persona en los balnearios del este de Suiza.
En punto de las 6:45 de la mañana mi tren partía de Ginebra, en el extremo oeste de Suiza, hacia el oriente. Cinco horas más tarde había atravesado casi la totalidad del territorio de este pequeño país en el centro de Europa. Para los suizos esto significa toda una odisea; para nosotros, habitantes del continente americano, por supuesto que no. Pero en cambio, las razones por las cuales este territorio ha sido desde hace siglos un afamado destino turístico, entran por la ventana del tren. Del lado izquierdo, la cordillera montañosa conocida como El Jura, que delimita al noroeste de Suiza con Francia. Del derecho, al fondo, la cordillera de los Alpes dominada a lo lejos por el Mont Blanc, en territorio francés e italiano y por el Pico Dufour, la montaña más alta de Suiza y la tercera de Europa.
Si existe alguna constante a lo largo del recorrido, es sin duda la contundente y apabullante presencia del agua; en este pequeño territorio existen cerca de 30 lagos importantes y cientos de pequeños laguitos escondidos en las montañas, además de ríos, afluentes y cascadas que corren a lo largo y ancho del país.
Pero, ¿de dónde sale tanta agua? La historia se remonta dos millones de años atrás, aproximadamente, cuando Europa estaba prácticamente cubierta de glaciares. Gran parte de ellos se ha fundido, pero Suiza guarda hermosos ejemplares en su zona alpina que siguen nutriendo el patrimonio hidrológico que los habitantes de estas tierras cuidan y defienden celosamente. No por nada este territorio se considera como el principal manantial de Europa, donde brotan ríos como el Ródano, que alcanza al Mediterráneo al sur de Francia; o el Rin, hacia cuyo origen nos dirigimos.
El agua es un importantísimo pilar económico de la región, no sólo como generador del 50 por ciento de la energía eléctrica del país, sino, por supuesto, por enriquecer el sitio donde se embotellan varias de las principales marcas de agua mineral para beber en el mundo.
A través de los siglos, Suiza ha sido un exclusivo polo turístico precisamente por sus renombradas pistas de esquí y sus lagos al borde de las montañas. En nuestro continente son menos conocidas las estaciones balnearias, que esconden un exquisito pasado histórico ligado al surgimiento del viaje de curación y esparcimiento, al turismo contemplativo, a la cultura del bienestar y al origen mismo de lo que denominamos “spa”.
La cultura de balneario ya se disfrutaba en Mesopotamia y Egipto. En Grecia, hace 2?500 años, el baño era una actividad íntimamente ligada a la religión y a la medicina. Homero y otros escritores revelan que la costumbre de reposar en piscinas de agua caliente y cuartos de vapor se asoció también a actividades como la gimnasia, la higiene o el simple y puro bienestar.
En tiempos de los romanos, los baños se convirtieron en importantes centros de la vida social. La palabra thermes designaba todos los baños, tanto los privados —en las ricas casas de los patricios— como los públicos. La práctica devino en un ritual que incluía los baños, masajes, vapores y salas de descanso, lo cual es el principio de lo que concebimos como spa. De hecho, una de las hipótesis sobre este nombre viene de la Roma antigua y se refiere a la abreviatura del latín sanitas per acquas.
El tren va dejando atrás la planicie central de Suiza y el paisaje prealpino anuncia la pronta llegada a mi primer destino. A mi izquierda, el gran Lago de Zúrich, poco más adelante, el Lago de Walen. En Bad Ragaz bajo del tren, justo donde el río Tamina decide donar su cauce al histórico río Rin. Siempre agua, mucha agua.
BAD RAGAZ Y SU AGUA RECIÉN SALIDA DEL CENTRO DE LA TIERRA
Al salir de la pequeña estación ferroviaria de Bad Ragaz el sol ilumina el paisaje por delante. Mientras camino hacia el hotel, por el curso del río Tamina, pienso en todo lo que han visto pasar estas aguas. Pero parece inútil preguntarles… dicen que uno nunca ve el mismo río. Es precisamente por ello que asociamos al río, y en general al agua, con la idea de purificación y limpieza; porque fluye y todo se lo lleva. Y de esa misma idea nació este sitio.
Hacia el año 740, estas tierras pertenecían a la orden religiosa de los benedictinos, quienes establecieron muy cerca de aquí uno de sus primeros monasterios. En 1242, cincuenta años antes de la fundación de la Confederación Suiza, monjes de la orden descubrieron en un barranco, cerca del río Tamina, una fuente de agua caliente en abundancia. Sin embargo fue hasta 1840, 600 años más tarde, cuando se terminó la construcción de un conducto de madera, que llevaría esa misma agua desde el manantial en la montaña hasta el poblado de Hof Ragaz, en el valle del Rin, acontecimiento que inició la tradición de una de las estaciones termales más reputadas del mundo.
Poco más tarde, el célebre arquitecto suizo Bernhard Simon, a quien la nobleza rusa contrataba regularmente para que construyera en San Petersburgo, adquirió el dominio de Ragaz, así como una licencia para utilizar durante 100 años las aguas termales, bajo la condición de construir no sólo “un espléndido y lujoso hotel rodeado de bellos jardines y un hermoso parque” sino, también, bebederos e instalaciones balnearias para disfrutar de las cada vez más afamadas aguas del manantial. Eso fue el cimiento de lo que hasta la fecha es el Grand Hotels Bad Ragaz, célebre destino de aquellos que buscan la calma, el bienestar y las terapias relacionadas a las virtudes de estas aguas. El lugar pronto se convertiría en un importante centro social, donde miembros de la aristocracia de Europa y Rusia, así como personalidades de la política, la economía, el arte y la literatura, llegaban a “tomar las aguas”.
Durante la belle époque de mediados del siglo xix y principios del xx, grandes pensadores encontraron en estas tierras o en estas aguas la inspiración y reflexión que más tarde legarían a la cultura universal. Desde mi habitación veo un pedazo de bosque de la montaña enmarcado en la ventana. Son quizás estas mismas montañas las que miraba Nietzsche pensativo, y frente a las cuales escribieron autores tan importantes como Victor Hugo o Thomas Mann; aquí mismo destiló poemas Rainer Maria Rilke y se inspiró el cuentista danés Hans Christian Andersen.
La naturaleza del lugar es espléndida y se proponen durante el año trayectos para recorrerla, desde tranquilas caminatas hasta deportes extremos en verano y en invierno. La ubicación del hotel frente a los Alpes es inmejorable, pero tal vez su mayor atractivo sea el Tamina Therme, el spa centenario donde se encuentra la primera alberca termal cubierta de Suiza, construida en 1871.
El spa está abierto a todo público, pero los huéspedes del hotel pueden disfrutar los servicios sin restricciones. Basta ponerse el traje de baño, tomar la bata y las pantuflas afelpadas de la habitación y caminar unos cuantos pasos para disfrutar las tres magníficas piscinas alimentadas directamente con el agua termal de manantial a la exquisita temperatura de 34ºC, sobre todo tras una caminata o tras esquiar en la nieve. Hay dos piscinas interiores con sistema de hidromasaje, una de ellas conecta con otra más en el exterior, en la que podrá disfrutar tratamientos a base de agua a presión y burbujas, con el hermoso paisaje de la montaña y el aire alpino como fondo. Al salir, lo aguarda una sábana tibia para envolverse y reposar en una gran sala de vidrio rodeada de naturaleza.
El hotel tiene además un spa privado. Su piscina interior Helenabad, con 130 años de tradición, es una delicia. Los masajes y tratamientos abarcan desde baños de chocolate, hierbas o vino, hasta terapias de origen asiático como el ayurveda y shiatsu.
Para conocer el origen del milagro, una terracería de cuatro kilómetros sube hasta Altes Bad Pfäfers. Vale la pena la caminata de una hora a lo largo del río Tamina para ver el paisaje del barranco. Existe un autobús del correo (PostAuto, comunes en toda Suiza como transporte público) que parte cada hora desde la estación de tren o del balneario. Una opción más bucólica: el carruaje tirado por caballos que parte a las 13:40 horas desde la estación.
Una vez arriba, un impresionante camino entre las rocas conduce hasta el manantial donde vemos brotar incansablemente el agua a una temperatura constante de 37ºC. Me gusta pensar que este líquido fue hielo derretido del Monte Tödi, a una altitud de 3?600 metros en los Alpes y a kilómetros de distancia de aquí, para ser filtrada, enriquecida y purificada en un proceso que dura una década cerca del centro de la tierra, y salir después en esta fuente que tengo frente a mis ojos.
Las cualidades curativas del agua atrajeron bañistas enfermos e intrépidos desde el inicio de la Edad Media, quienes, con los ojos vendados, eran sumergidos mediante una polea en las profundidades del barranco hasta el manantial. Más tarde se construyó un primer establecimiento termal de madera, que siglos después fue remplazado por un ejemplo único de arquitectura balnearia de estilo barroco del siglo xviii que aún puede visitarse en forma de museo. Allí se puede ver un monumento dedicado al afamado científico natural Paracelso, quien en el siglo xvi estudió meticulosamente estas aguas y confirmó sus virtudes terapéuticas. El líquido, rico en calcio, magnesio y bicarbonato de sodio, es recomendado hoy día para la tendonitis, los problemas del sistema locomotor, desórdenes neurológicos, reuma, artritis, complicaciones circulatorias y del corazón.
Finalmente, la zona de Bad Ragaz y sus alrededores es turísticamente denominada Heidiland. No es quizá su mayor atributo, pero estos parajes son los que inspiraron la historia de Heidi, la niña rodeada de ovejas que vive con su abuelito en las montañas. Así que usted la recordará aunque no quiera.
Al sureste del pueblo, vale mucho la pena visitar las aldeas más pequeñas, metidas entre viñedos, a pie, en bicicleta o en auto. El vino de la zona es de los mejores de Suiza y es posible hacer degustaciones. Maienfeld (donde se encuentra la supuesta casa original de Heidi) y Malans son las más cercanas (a 15 y 25 minutos en auto respectivamente). Una caminata por el bello Giessenparksee o el Rin, ambos destinos próximos al spa, también pueden ser muy agradables.
SCUOL: REINTERPRETACIÓN HEDONISTA DE UNA FISURA
El siguiente destino es la estación de Scuol, muy cerca del punto donde convergen las fronteras de Suiza, Italia y Austria. Para llegar allí hay que adentrarse de lleno en la cordillera de los Alpes, y el camino más sencillo suele ser el cauce de los ríos. Así que mi tren sigue el trazo del Rin hacia el sur y viramos hacia el este en Landquart bordeando el río del mismo nombre. Estoy rodeado de bosques de pinos, el paisaje en invierno debe ser alucinante.
Cuando nuestro trayecto topa con pared, es decir, con otra montaña, entramos en el túnel de Vereina que, de Klosters a Sagliains, nos priva 20 kilómetros del paisaje y nos deja solos en el monótono reflejo de nosotros mismos. Luego, como un río, nos conduce en el maravilloso valle de la Engadina.
Este entramado de rocas coronadas en las cimas con la eterna nieve alpina y los amplios valles alfombrados de pastos verde oscuro, forman la fotografía perfecta, la postal de Suiza que nunca pasará de moda.
A orillas del río Eno se encuentra Scuol, una estación balnearia de larga tradición. Aun cuando sus aguas ya eran disfrutadas desde la Edad Media, los spas no se hicieron populares sino hacia la segunda mitad del siglo xix, gracias en parte a la promoción que hiciera Paracelso de sus cualidades. Sin embargo, con las crisis económicas posteriores a las dos guerras mundiales y el progreso de la medicina moderna, el lugar privilegiado del agua como fuente de curación se vio desplazado… hasta hace poco, que se han redescubierto sus beneficios, asociados casi siempre con el lujo y el descanso.
El nacimiento de la estación balnearia de Scuol se debe a la existencia de una fisura geológica de la cual escapan gases volcánicos. En su huída al exterior se mezclan con agua y generan un líquido rico en dióxido de carbono que disuelve los minerales, enriqueciéndose de las rocas vecinas y brota después en manantiales de veinte distintos tipos de agua mineral.
Durante el siglo xix, burgueses, poetas, filósofos y músicos venían a tomar las aguas minerales o a nadar en las piscinas del lugar. Como testigos de esta historia existen aún dos lugares. El primero es el Palace Hotel, que conserva la majestuosidad de la cultura balnearia de aquella época, aunque hoy resulta difícil visitarlo ya que es reservado exclusivamente a judíos ortodoxos. El segundo, el salón bebedero de Tarasp, es un ejemplo magnífico de arquitectura donde es posible beber cuatro distintos tipos de agua mineral directamente de la fuente, cada una con propiedades químicas y cualidades terapéuticas diferentes.
La comunidad de Scuol construyó en 1988 un moderno spa, el Bogn Engiadina Scuol, donde se puede flotar en burbujas de agua mineral al tiempo que se admira el maravilloso atardecer sobre las montañas Dolomitas, desde una piscina exterior deliciosamente tibia. También se puede navegar entre los distintos saunas, baños de vapor, flotar en la Solebad (piscina de agua salada) o disfrutar los hidromasajes de la gran piscina interior.
El paso a seguir para los hedonistas descarados, es el baño romano irlandés con previa cita. La mezcla de estas dos culturas de la balneoterapia recorre progresivamente 15 estaciones en un viaje de dos horas y media de goce sin interrupciones: ducha, salón de aire caliente I (54ºC) y II (70ºC), ducha, masaje y cepillado del cuerpo con jabón, ducha, baño de vapor mineral I (42ºC) y baño de vapor mineral II (48ºC), ducha, piscina de agua mineral con burbujas (36ºC), piscina de agua mineral (34ºC), piscina de agua fría, ducha, secado y crema humectante y reposo en toalla tibia dentro de un salón silencioso con vista a las montañas.
Para hospedarse en Scuol, está el Hotel Belvédère, en operación desde 1875 y dirigido actualmente por sus dueños: la familia Baumgartner, que cuida meticulosamente todos los detalles. Si decide cenar en el exquisito restaurante del hotel, seguramente será visitado por el dueño, quien además de escucharlo, tal vez le platique, si usted le pregunta, su gusto por México.
El hotel es constantemente renovado con una mezcla del estilo original del edificio con muebles contemporáneos, incluido un baño firmado Phillipe Starck en la suite de la torre del edificio con 360º de vista a las montañas. El coctel de diseño es controvertido, pero el servicio y la limpieza son incuestionables. Ni hablar de la ubicación y la vista desde los cuartos, el restaurante y las terrazas. Hace dos años inauguraron un pasaje de madera y ventanales que conduce, entre el hermoso paisaje natural, con clima controlado y música hasta el balneario, cuyos servicios están incluidos.
Scuol, y la Engadina en general, son destinos con una inmensa oferta de actividades. Los hermosos pueblos de alrededor, Ramosch, Sent, Ftan, Ardez, Guarda, Lavin y Susch, pueden visitarse en excursiones ciclistas. Las caminatas por la naturaleza son obligatorias en una de las zonas más soleadas de Suiza y, en invierno, hay pistas de esquí y otros deportes. En el centro del valle de la Engadina y en la “cima del mundo”, como reza su publicidad, se encuentra el exclusivo poblado de St. Moritz, el próximo destino.
ST. MORITZ Y SU FAMA BIEN MERECIDA
Para llegar, continúo unos 30 kilómetros a contracorriente del río Eno, justo hacia el lugar donde éste nace y en poco tiempo estoy bajando del tren, en la estación de uno de los más célebres centros turísticos del planeta. A juzgar por mi primer vistazo no parece haber nada espectacular pero, como aquella imagen de quien está metido justo en la enorme huella de un dinosaurio, no sabía en dónde estaba parado.
St. Moritz es, usted lo sabrá, la estación de invierno y deportes alpinos más prestigiosa, chic y afamada del mundo, con “el aire fresco de champagne que aquí, a 1 800 metros de altura, se respira”. Estos clichés publicitarios del turismo nos provocan infinidad de decepciones. En este caso, si St. Moritz ha sido un polo durante siglos, si personalidades del mundo entero siguen viniendo a rendirle pleitesía, no es, créame, por la mercadotecnia.
“Mil ochocientos metros por encima del hombre y del tiempo”, escribió Nietzsche sobre un pedazo de papel al ver estas tierras. Si bien lo decía con relación al momento en que él coincibió su visión filosófica del “eterno retorno”, lo cierto es que la sensación que uno tiene al admirar este sitio es ésa y su aire de glamour en las alturas.
Este lugar está colgado de las nubes, bajado con poleas desde algún lugar del paraíso. De hecho, es tan parecido que en 1519 el Papa Leo X prometió la absolución a todo fiel que viniera a St. Moritz para tomar de sus aguas y bañarse en ellas.
No obstante, el desarrollo turístico del lugar no comenzó por su belleza invernal sino por la fama de sus fuentes de agua mineral, que ya eran conocidas y consideradas sagradas desde hace más de 3?500 años. Sus cualidades curativas, estudiadas en la Edad Media por nuestro incansable Paracelso, pronto se difundieron y el agua rica en fierro y ácido carbónico que brota de esta tierra, fue y sigue siendo utilizada en tratamientos contra problemas de circulación sanguínea, movilidad o de la piel; terapias de rehabilitación o falta de energía, y eran consideradas particularmente efectivas contra la esterilidad.
El fenómeno de las aguas que atraía a cientos de personas, obligó a hacer caminos más accesibles y crear una temprana organización turística. A mediados del siglo xix algunas casas ya albergaban a visitantes y, para 1856 un hombre llamado Johannes Badrutt, comenzó a hacerse cargo de una de ellas nombrándola el Engadiner Kulm, primer hotel en St. Moritz.
Hoy, exactamente 150 años después, llegué a hospedarme en él, invitado a una cena de gala con motivo del aniversario: amplios salones de altísimos techos, mobiliario del siglo xix; el estilo decorativo se ha resguardado celosamente. Johannes Badrutt fue un visionario y la fama de su establecimiento atraía principalmente a aristócratas ingleses que apreciaban el suave clima del verano en el alto valle, así como el sabor de las aguas minerales y las tempranas instalaciones balnearias.
Cuenta la historia que un buen día, al final de la tradicional temporada turística de verano, Badrutt apostó con uno de sus huéspedes que en invierno también podría venir a disfrutar de un clima soleado y placentero; y si no fuera así, su estancia sería gratuita hasta la primavera. El inglés volvió al invierno siguiente y regresó a casa bronceado. Por estas razones, empezó su historia como destino invernal y cuna de los deportes alpinos.
El gran salón del banquete luce en todo su esplendor. Allí mismo se encendieron candiles de velas que iluminaron cenas históricas con reyes y princesas. Para la cena navideña de 1878, en este hermoso salón brilló una bombilla eléctrica por primera vez en Suiza.
Mientras degustamos los exquisitos platillos preparados para la ocasión, con música de cámara de fondo, la señora Degiacomi, presidenta de la asociación hotelera de la localidad, me comenta que, a partir de aquella histórica apuesta, el turismo se ha inclinado por catalogar a St. Moritz como un destino de invierno y se ha olvidado un poco su tradición balnearia. Además, el agua mineral que brota en el lugar no es caliente. Sólo hasta 1976 se inauguró un nuevo centro spa, pero con un enfoque diferente: es una clínica moderna de fisioterapia integral que cuenta entre sus tratamientos con tinas individuales de agua mineral templada, un baño de fango de hierbas y plantas alpinas, y una amplia gama de masajes y técnicas de relajación. Si decide visitarlo, pase al salón bebedero contiguo. En él degustará el agua mineral directamente de la fuente.
En este sitio pueden practicarse todos los deportes de invierno. También seguir desde el balcón de la habitación el tradicional juego de polo sobre la nieve en el lago congelado, o dar una vuelta completa al lago. Hacia el suroeste, están los lagos vecinos de Silvaplana (a 7.5 kilómetros) y Sils (a 12 kilómetros) donde termina el valle de la Engadina.
VALS: UN TEMPLO PARA HONRAR EL AGUA MILENARIA
Vals ha cobrado renombre mundial no sólo por ser un importante manantial de aguas termales sino, y en mayor medida, por la arquitectura de sus instalaciones. Se encuentra en un pequeño valle situado justo al centro de la cordillera de los Alpes en una hermosa zona de rocas con alto contenido de cuarzo y ricas praderas empinadas.
Fuera del circuito turístico alpino es un lugar de introspección. Nietzsche comentó su enorme deseo de estar en estas tierras completamente solo con sus pensamientos ya que este lugar estaba lejos del ruido y las distracciones. El pequeño valle fue, sin embargo, una importante ruta de tránsito en la edad de bronce y su historia también está ligada a su manantial de aguas termales. Esta fuente ya era disfrutada desde hace más de 3?500 años, aunque después no existan evidencias de asentamientos humanos permanentes en el lugar sino hasta el siglo xiv. A partir de esa época, hay diferentes testimonios que dan cuenta de sus poderes curativos contra el reumatismo, la gota, eczemas y otras enfermedades de la piel.
En 1854 se construyó el primer spa sobre el manantial: cuatro casas de baño con pequeños cuartos para aquellos aventureros visitantes que decidieran hacer el complicado trayecto que conduce a Vals. Pero, a finales del mismo siglo, fue sustituido por el primer hotel del lugar, con 60 camas y una casa de baño. A partir de allí el éxito y popularidad fue en aumento, aunque los costos de mantenimiento en la temporada baja lo hicieron poco solvente.
Para mediados del siglo xx vino a establecerse una exitosa industria, Valser, que hasta hoy continúa embotellando agua rica en minerales que brota en la llamada fuente de San Pedro, después de un proceso de purificación dentro de la tierra, que dura 25 años.
Uno de los socios había vislumbrado la idea de hacer un gran spa y en 1963, una vez separado de la embotelladora, comienza su construcción. Para su apertura en 1970 estaban ya vendidos casi la totalidad de los 375 departamentos. Fue otro éxito que años más tarde culminó en bancarrota. Sólo el propio municipio podía salvarla.
Y la comunidad de Vals, dueña al fin de sus propios recursos, planeó cuidadosamente la construcción de un spa capaz de atraer al turismo y generar los recursos necesarios para mantenerse. El diseño fue asignado al famoso arquitecto suizo Peter Zumthor, quien creó uno de los templos más bellos dedicados al agua y a la experiencia de sumergirse en ella.
El spa fue catalogado como patrimonio suizo apenas dos años después de su apertura y en 1988, Zumthor recibió el prestigiado Carlsberg Prize de arquitectura por su diseño.
El hotel ya existente, de diseño sesentero, se adaptó perfectamente con su sabor retro al diseño contemporáneo del spa, e hizo del complejo Hotel Therme Vals un armonioso conjunto incrustado en medio de la nada.
Los interiores fueron rediseñados meticulosamente por el mismo arquitecto: amplios espacios minimalistas con muebles clásicos de Eileen Gray, Mies van der Rohe, Le Corbusier, Jasper Morrison o el propio Zumthor.
Sin embargo, lo principal es sin duda el balneario, un espacio meditativo abrazado en la montaña. Ninguna fotografía describe la experiencia realmente: un mundo de minerales en tonalidades grises creadas por las piedras de granito y cuarzo.
Un túnel subterráneo conecta al hotel con el balneario enterrado profundamente en la montaña. La experiencia se centra en el acto arcaico de bañarse; el juego entre la luz y el agua, la piedra, el sonido y el vapor.
Sesenta mil tabletas de piedra forman las paredes. El altísimo techo es de concreto y permite, por medio de fisuras lineales, la entrada de suaves destellos de luz. Un espacio geométrico se forma a partir de las cavernas cúbicas de las seis piscinas: una central (32ºC), la exterior con una increíble vista a la montaña (36ºC), de flores con miles de pequeños pétalos (33ºC), piscina sonora (35ºC), de fuego (42ºC, deliciosa), de hielo (14ºC). Además de las maravillosas regaderas, la caverna de vapor a 42ºC y los cuartos de relajamiento con vistas panorámicas completan la experiencia.
Si se hospeda en el hotel, la entrada al balneario es ilimitada e incluye baños nocturnos.
Peter Zumthor dice que en su proceso creativo siempre tiene en mente que lo diseñado sea parte de un lugar, integrado a lo que le rodea. Y este lugar trascenderá como uno de los más bellos templos dedicados al bienestar en la historia del hombre y, si todas las religiones tienen un destino de peregrinaje en el mundo, aquel que ame el agua habrá de visitar Vals.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
BAD RAGAZ
GRAND HOTELS BAD RAGAZ
CH-7310 Bad Ragaz
T. 41 (81) 303 3030
F. 41 (81) 303 3033
www.resortragaz.ch
Habitaciones dobles desde 450 euros con desayuno incluido.
ST. MORITZ
BADRUTT’S PALACE
Via Serlas 27, CH-7500
T. 41 (81) 837 1100
F. 41 (81) 837 2999
www.badruttspalace.com
Habitaciones desde 795 euros.
KULM HOTEL
Via Veglia 18 St. Moritz
T. 41 (81) 836 8000
F. 41 (81) 836 8001
www.kulmhotel-stmoritz.ch
Habitación doble desde 300 euros.
SCUOL
HOTEL BELVÉDÈRE
CH-7550 Scuol
T. 41 (81) 861 0606
F. 41 (81) 861 0600
www.belvedere-scuol.ch
Habitaciones dobles desde 90 euros, desayuno incluido.
VALS
HOTEL THERME VALS
7132 Vals
T. 41 (81) 926 8080
F. 41 (81) 926 8000
www.therme-vals.ch/hotel
Habitación doble desde 68 euros por persona.
TRENES EN SUIZA
www.sbb.ch
TRAYECTOS Y PRECIOS
Ginebra-Bad Ragaz vía Zúrich: 60 euros, en 4 horas y 40 minutos.
Bad Ragaz-Scuol vía Landquart, Klosters: 25 euros, en 1 hora y 50 minutos.
Scuol-St. Moritz vía Saglians, Samedan: 16 euros, en 1 hora y 25 minutos.
St. Moritz-Vals vía Reichenau-Tamins Ilanz: 32 euros; en 3 horas y 20 minutos.
Vals-Ginebra vía Ilanz, Coira, Zúrich: 76 euros, en 6 horas.
EL RETORNO DEL SPA
Con los descubrimientos de inicios del siglo xx, las clínicas y hospitales reemplazaron rápidamente al spa. Éstos respondieron aumentando su oferta con hospedaje de lujo y algunos se convirtieron en destinos vacacionales o clínicas de pérdida de peso. Sin embargo, los valores de prevención, vida saludable y relajación han sido puestos de nuevo en primer plano y el spa hoy día es una combinación entre la antigua tradición y los avances tecnológicos; pero los rituales alrededor del agua continúan siendo el principio básico.
LOS CUATRO PASOS RITUALES
Hoy se dice que la secuencia apropiada del ritual es muy parecida a aquella utilizada en los thermae romanos:
•Baño para purificar el cuerpo.
•Piscina caliente, sauna o vapor.
•Tratamiento: puede ser un masaje o refriega del cuerpo.
•Descanso.
Si existe alguna constante a lo largo del recorrido, es sin duda la contundente y apabullante presencia del agua; en este pequeño territorio existen cerca de 30 lagos importantes y cientos de pequeños laguitos escondidos en las montañas, además de ríos, afluentes y cascadas que corren a lo largo y ancho del país.
Pero, ¿de dónde sale tanta agua? La historia se remonta dos millones de años atrás, aproximadamente, cuando Europa estaba prácticamente cubierta de glaciares. Gran parte de ellos se ha fundido, pero Suiza guarda hermosos ejemplares en su zona alpina que siguen nutriendo el patrimonio hidrológico que los habitantes de estas tierras cuidan y defienden celosamente. No por nada este territorio se considera como el principal manantial de Europa, donde brotan ríos como el Ródano, que alcanza al Mediterráneo al sur de Francia; o el Rin, hacia cuyo origen nos dirigimos.
El agua es un importantísimo pilar económico de la región, no sólo como generador del 50 por ciento de la energía eléctrica del país, sino, por supuesto, por enriquecer el sitio donde se embotellan varias de las principales marcas de agua mineral para beber en el mundo.
A través de los siglos, Suiza ha sido un exclusivo polo turístico precisamente por sus renombradas pistas de esquí y sus lagos al borde de las montañas. En nuestro continente son menos conocidas las estaciones balnearias, que esconden un exquisito pasado histórico ligado al surgimiento del viaje de curación y esparcimiento, al turismo contemplativo, a la cultura del bienestar y al origen mismo de lo que denominamos “spa”.
La cultura de balneario ya se disfrutaba en Mesopotamia y Egipto. En Grecia, hace 2?500 años, el baño era una actividad íntimamente ligada a la religión y a la medicina. Homero y otros escritores revelan que la costumbre de reposar en piscinas de agua caliente y cuartos de vapor se asoció también a actividades como la gimnasia, la higiene o el simple y puro bienestar.
En tiempos de los romanos, los baños se convirtieron en importantes centros de la vida social. La palabra thermes designaba todos los baños, tanto los privados —en las ricas casas de los patricios— como los públicos. La práctica devino en un ritual que incluía los baños, masajes, vapores y salas de descanso, lo cual es el principio de lo que concebimos como spa. De hecho, una de las hipótesis sobre este nombre viene de la Roma antigua y se refiere a la abreviatura del latín sanitas per acquas.
El tren va dejando atrás la planicie central de Suiza y el paisaje prealpino anuncia la pronta llegada a mi primer destino. A mi izquierda, el gran Lago de Zúrich, poco más adelante, el Lago de Walen. En Bad Ragaz bajo del tren, justo donde el río Tamina decide donar su cauce al histórico río Rin. Siempre agua, mucha agua.
BAD RAGAZ Y SU AGUA RECIÉN SALIDA DEL CENTRO DE LA TIERRA
Al salir de la pequeña estación ferroviaria de Bad Ragaz el sol ilumina el paisaje por delante. Mientras camino hacia el hotel, por el curso del río Tamina, pienso en todo lo que han visto pasar estas aguas. Pero parece inútil preguntarles… dicen que uno nunca ve el mismo río. Es precisamente por ello que asociamos al río, y en general al agua, con la idea de purificación y limpieza; porque fluye y todo se lo lleva. Y de esa misma idea nació este sitio.
Hacia el año 740, estas tierras pertenecían a la orden religiosa de los benedictinos, quienes establecieron muy cerca de aquí uno de sus primeros monasterios. En 1242, cincuenta años antes de la fundación de la Confederación Suiza, monjes de la orden descubrieron en un barranco, cerca del río Tamina, una fuente de agua caliente en abundancia. Sin embargo fue hasta 1840, 600 años más tarde, cuando se terminó la construcción de un conducto de madera, que llevaría esa misma agua desde el manantial en la montaña hasta el poblado de Hof Ragaz, en el valle del Rin, acontecimiento que inició la tradición de una de las estaciones termales más reputadas del mundo.
Poco más tarde, el célebre arquitecto suizo Bernhard Simon, a quien la nobleza rusa contrataba regularmente para que construyera en San Petersburgo, adquirió el dominio de Ragaz, así como una licencia para utilizar durante 100 años las aguas termales, bajo la condición de construir no sólo “un espléndido y lujoso hotel rodeado de bellos jardines y un hermoso parque” sino, también, bebederos e instalaciones balnearias para disfrutar de las cada vez más afamadas aguas del manantial. Eso fue el cimiento de lo que hasta la fecha es el Grand Hotels Bad Ragaz, célebre destino de aquellos que buscan la calma, el bienestar y las terapias relacionadas a las virtudes de estas aguas. El lugar pronto se convertiría en un importante centro social, donde miembros de la aristocracia de Europa y Rusia, así como personalidades de la política, la economía, el arte y la literatura, llegaban a “tomar las aguas”.
Durante la belle époque de mediados del siglo xix y principios del xx, grandes pensadores encontraron en estas tierras o en estas aguas la inspiración y reflexión que más tarde legarían a la cultura universal. Desde mi habitación veo un pedazo de bosque de la montaña enmarcado en la ventana. Son quizás estas mismas montañas las que miraba Nietzsche pensativo, y frente a las cuales escribieron autores tan importantes como Victor Hugo o Thomas Mann; aquí mismo destiló poemas Rainer Maria Rilke y se inspiró el cuentista danés Hans Christian Andersen.
La naturaleza del lugar es espléndida y se proponen durante el año trayectos para recorrerla, desde tranquilas caminatas hasta deportes extremos en verano y en invierno. La ubicación del hotel frente a los Alpes es inmejorable, pero tal vez su mayor atractivo sea el Tamina Therme, el spa centenario donde se encuentra la primera alberca termal cubierta de Suiza, construida en 1871.
El spa está abierto a todo público, pero los huéspedes del hotel pueden disfrutar los servicios sin restricciones. Basta ponerse el traje de baño, tomar la bata y las pantuflas afelpadas de la habitación y caminar unos cuantos pasos para disfrutar las tres magníficas piscinas alimentadas directamente con el agua termal de manantial a la exquisita temperatura de 34ºC, sobre todo tras una caminata o tras esquiar en la nieve. Hay dos piscinas interiores con sistema de hidromasaje, una de ellas conecta con otra más en el exterior, en la que podrá disfrutar tratamientos a base de agua a presión y burbujas, con el hermoso paisaje de la montaña y el aire alpino como fondo. Al salir, lo aguarda una sábana tibia para envolverse y reposar en una gran sala de vidrio rodeada de naturaleza.
El hotel tiene además un spa privado. Su piscina interior Helenabad, con 130 años de tradición, es una delicia. Los masajes y tratamientos abarcan desde baños de chocolate, hierbas o vino, hasta terapias de origen asiático como el ayurveda y shiatsu.
Para conocer el origen del milagro, una terracería de cuatro kilómetros sube hasta Altes Bad Pfäfers. Vale la pena la caminata de una hora a lo largo del río Tamina para ver el paisaje del barranco. Existe un autobús del correo (PostAuto, comunes en toda Suiza como transporte público) que parte cada hora desde la estación de tren o del balneario. Una opción más bucólica: el carruaje tirado por caballos que parte a las 13:40 horas desde la estación.
Una vez arriba, un impresionante camino entre las rocas conduce hasta el manantial donde vemos brotar incansablemente el agua a una temperatura constante de 37ºC. Me gusta pensar que este líquido fue hielo derretido del Monte Tödi, a una altitud de 3?600 metros en los Alpes y a kilómetros de distancia de aquí, para ser filtrada, enriquecida y purificada en un proceso que dura una década cerca del centro de la tierra, y salir después en esta fuente que tengo frente a mis ojos.
Las cualidades curativas del agua atrajeron bañistas enfermos e intrépidos desde el inicio de la Edad Media, quienes, con los ojos vendados, eran sumergidos mediante una polea en las profundidades del barranco hasta el manantial. Más tarde se construyó un primer establecimiento termal de madera, que siglos después fue remplazado por un ejemplo único de arquitectura balnearia de estilo barroco del siglo xviii que aún puede visitarse en forma de museo. Allí se puede ver un monumento dedicado al afamado científico natural Paracelso, quien en el siglo xvi estudió meticulosamente estas aguas y confirmó sus virtudes terapéuticas. El líquido, rico en calcio, magnesio y bicarbonato de sodio, es recomendado hoy día para la tendonitis, los problemas del sistema locomotor, desórdenes neurológicos, reuma, artritis, complicaciones circulatorias y del corazón.
Finalmente, la zona de Bad Ragaz y sus alrededores es turísticamente denominada Heidiland. No es quizá su mayor atributo, pero estos parajes son los que inspiraron la historia de Heidi, la niña rodeada de ovejas que vive con su abuelito en las montañas. Así que usted la recordará aunque no quiera.
Al sureste del pueblo, vale mucho la pena visitar las aldeas más pequeñas, metidas entre viñedos, a pie, en bicicleta o en auto. El vino de la zona es de los mejores de Suiza y es posible hacer degustaciones. Maienfeld (donde se encuentra la supuesta casa original de Heidi) y Malans son las más cercanas (a 15 y 25 minutos en auto respectivamente). Una caminata por el bello Giessenparksee o el Rin, ambos destinos próximos al spa, también pueden ser muy agradables.
SCUOL: REINTERPRETACIÓN HEDONISTA DE UNA FISURA
El siguiente destino es la estación de Scuol, muy cerca del punto donde convergen las fronteras de Suiza, Italia y Austria. Para llegar allí hay que adentrarse de lleno en la cordillera de los Alpes, y el camino más sencillo suele ser el cauce de los ríos. Así que mi tren sigue el trazo del Rin hacia el sur y viramos hacia el este en Landquart bordeando el río del mismo nombre. Estoy rodeado de bosques de pinos, el paisaje en invierno debe ser alucinante.
Cuando nuestro trayecto topa con pared, es decir, con otra montaña, entramos en el túnel de Vereina que, de Klosters a Sagliains, nos priva 20 kilómetros del paisaje y nos deja solos en el monótono reflejo de nosotros mismos. Luego, como un río, nos conduce en el maravilloso valle de la Engadina.
Este entramado de rocas coronadas en las cimas con la eterna nieve alpina y los amplios valles alfombrados de pastos verde oscuro, forman la fotografía perfecta, la postal de Suiza que nunca pasará de moda.
A orillas del río Eno se encuentra Scuol, una estación balnearia de larga tradición. Aun cuando sus aguas ya eran disfrutadas desde la Edad Media, los spas no se hicieron populares sino hacia la segunda mitad del siglo xix, gracias en parte a la promoción que hiciera Paracelso de sus cualidades. Sin embargo, con las crisis económicas posteriores a las dos guerras mundiales y el progreso de la medicina moderna, el lugar privilegiado del agua como fuente de curación se vio desplazado… hasta hace poco, que se han redescubierto sus beneficios, asociados casi siempre con el lujo y el descanso.
El nacimiento de la estación balnearia de Scuol se debe a la existencia de una fisura geológica de la cual escapan gases volcánicos. En su huída al exterior se mezclan con agua y generan un líquido rico en dióxido de carbono que disuelve los minerales, enriqueciéndose de las rocas vecinas y brota después en manantiales de veinte distintos tipos de agua mineral.
Durante el siglo xix, burgueses, poetas, filósofos y músicos venían a tomar las aguas minerales o a nadar en las piscinas del lugar. Como testigos de esta historia existen aún dos lugares. El primero es el Palace Hotel, que conserva la majestuosidad de la cultura balnearia de aquella época, aunque hoy resulta difícil visitarlo ya que es reservado exclusivamente a judíos ortodoxos. El segundo, el salón bebedero de Tarasp, es un ejemplo magnífico de arquitectura donde es posible beber cuatro distintos tipos de agua mineral directamente de la fuente, cada una con propiedades químicas y cualidades terapéuticas diferentes.
La comunidad de Scuol construyó en 1988 un moderno spa, el Bogn Engiadina Scuol, donde se puede flotar en burbujas de agua mineral al tiempo que se admira el maravilloso atardecer sobre las montañas Dolomitas, desde una piscina exterior deliciosamente tibia. También se puede navegar entre los distintos saunas, baños de vapor, flotar en la Solebad (piscina de agua salada) o disfrutar los hidromasajes de la gran piscina interior.
El paso a seguir para los hedonistas descarados, es el baño romano irlandés con previa cita. La mezcla de estas dos culturas de la balneoterapia recorre progresivamente 15 estaciones en un viaje de dos horas y media de goce sin interrupciones: ducha, salón de aire caliente I (54ºC) y II (70ºC), ducha, masaje y cepillado del cuerpo con jabón, ducha, baño de vapor mineral I (42ºC) y baño de vapor mineral II (48ºC), ducha, piscina de agua mineral con burbujas (36ºC), piscina de agua mineral (34ºC), piscina de agua fría, ducha, secado y crema humectante y reposo en toalla tibia dentro de un salón silencioso con vista a las montañas.
Para hospedarse en Scuol, está el Hotel Belvédère, en operación desde 1875 y dirigido actualmente por sus dueños: la familia Baumgartner, que cuida meticulosamente todos los detalles. Si decide cenar en el exquisito restaurante del hotel, seguramente será visitado por el dueño, quien además de escucharlo, tal vez le platique, si usted le pregunta, su gusto por México.
El hotel es constantemente renovado con una mezcla del estilo original del edificio con muebles contemporáneos, incluido un baño firmado Phillipe Starck en la suite de la torre del edificio con 360º de vista a las montañas. El coctel de diseño es controvertido, pero el servicio y la limpieza son incuestionables. Ni hablar de la ubicación y la vista desde los cuartos, el restaurante y las terrazas. Hace dos años inauguraron un pasaje de madera y ventanales que conduce, entre el hermoso paisaje natural, con clima controlado y música hasta el balneario, cuyos servicios están incluidos.
Scuol, y la Engadina en general, son destinos con una inmensa oferta de actividades. Los hermosos pueblos de alrededor, Ramosch, Sent, Ftan, Ardez, Guarda, Lavin y Susch, pueden visitarse en excursiones ciclistas. Las caminatas por la naturaleza son obligatorias en una de las zonas más soleadas de Suiza y, en invierno, hay pistas de esquí y otros deportes. En el centro del valle de la Engadina y en la “cima del mundo”, como reza su publicidad, se encuentra el exclusivo poblado de St. Moritz, el próximo destino.
ST. MORITZ Y SU FAMA BIEN MERECIDA
Para llegar, continúo unos 30 kilómetros a contracorriente del río Eno, justo hacia el lugar donde éste nace y en poco tiempo estoy bajando del tren, en la estación de uno de los más célebres centros turísticos del planeta. A juzgar por mi primer vistazo no parece haber nada espectacular pero, como aquella imagen de quien está metido justo en la enorme huella de un dinosaurio, no sabía en dónde estaba parado.
St. Moritz es, usted lo sabrá, la estación de invierno y deportes alpinos más prestigiosa, chic y afamada del mundo, con “el aire fresco de champagne que aquí, a 1 800 metros de altura, se respira”. Estos clichés publicitarios del turismo nos provocan infinidad de decepciones. En este caso, si St. Moritz ha sido un polo durante siglos, si personalidades del mundo entero siguen viniendo a rendirle pleitesía, no es, créame, por la mercadotecnia.
“Mil ochocientos metros por encima del hombre y del tiempo”, escribió Nietzsche sobre un pedazo de papel al ver estas tierras. Si bien lo decía con relación al momento en que él coincibió su visión filosófica del “eterno retorno”, lo cierto es que la sensación que uno tiene al admirar este sitio es ésa y su aire de glamour en las alturas.
Este lugar está colgado de las nubes, bajado con poleas desde algún lugar del paraíso. De hecho, es tan parecido que en 1519 el Papa Leo X prometió la absolución a todo fiel que viniera a St. Moritz para tomar de sus aguas y bañarse en ellas.
No obstante, el desarrollo turístico del lugar no comenzó por su belleza invernal sino por la fama de sus fuentes de agua mineral, que ya eran conocidas y consideradas sagradas desde hace más de 3?500 años. Sus cualidades curativas, estudiadas en la Edad Media por nuestro incansable Paracelso, pronto se difundieron y el agua rica en fierro y ácido carbónico que brota de esta tierra, fue y sigue siendo utilizada en tratamientos contra problemas de circulación sanguínea, movilidad o de la piel; terapias de rehabilitación o falta de energía, y eran consideradas particularmente efectivas contra la esterilidad.
El fenómeno de las aguas que atraía a cientos de personas, obligó a hacer caminos más accesibles y crear una temprana organización turística. A mediados del siglo xix algunas casas ya albergaban a visitantes y, para 1856 un hombre llamado Johannes Badrutt, comenzó a hacerse cargo de una de ellas nombrándola el Engadiner Kulm, primer hotel en St. Moritz.
Hoy, exactamente 150 años después, llegué a hospedarme en él, invitado a una cena de gala con motivo del aniversario: amplios salones de altísimos techos, mobiliario del siglo xix; el estilo decorativo se ha resguardado celosamente. Johannes Badrutt fue un visionario y la fama de su establecimiento atraía principalmente a aristócratas ingleses que apreciaban el suave clima del verano en el alto valle, así como el sabor de las aguas minerales y las tempranas instalaciones balnearias.
Cuenta la historia que un buen día, al final de la tradicional temporada turística de verano, Badrutt apostó con uno de sus huéspedes que en invierno también podría venir a disfrutar de un clima soleado y placentero; y si no fuera así, su estancia sería gratuita hasta la primavera. El inglés volvió al invierno siguiente y regresó a casa bronceado. Por estas razones, empezó su historia como destino invernal y cuna de los deportes alpinos.
El gran salón del banquete luce en todo su esplendor. Allí mismo se encendieron candiles de velas que iluminaron cenas históricas con reyes y princesas. Para la cena navideña de 1878, en este hermoso salón brilló una bombilla eléctrica por primera vez en Suiza.
Mientras degustamos los exquisitos platillos preparados para la ocasión, con música de cámara de fondo, la señora Degiacomi, presidenta de la asociación hotelera de la localidad, me comenta que, a partir de aquella histórica apuesta, el turismo se ha inclinado por catalogar a St. Moritz como un destino de invierno y se ha olvidado un poco su tradición balnearia. Además, el agua mineral que brota en el lugar no es caliente. Sólo hasta 1976 se inauguró un nuevo centro spa, pero con un enfoque diferente: es una clínica moderna de fisioterapia integral que cuenta entre sus tratamientos con tinas individuales de agua mineral templada, un baño de fango de hierbas y plantas alpinas, y una amplia gama de masajes y técnicas de relajación. Si decide visitarlo, pase al salón bebedero contiguo. En él degustará el agua mineral directamente de la fuente.
En este sitio pueden practicarse todos los deportes de invierno. También seguir desde el balcón de la habitación el tradicional juego de polo sobre la nieve en el lago congelado, o dar una vuelta completa al lago. Hacia el suroeste, están los lagos vecinos de Silvaplana (a 7.5 kilómetros) y Sils (a 12 kilómetros) donde termina el valle de la Engadina.
VALS: UN TEMPLO PARA HONRAR EL AGUA MILENARIA
Vals ha cobrado renombre mundial no sólo por ser un importante manantial de aguas termales sino, y en mayor medida, por la arquitectura de sus instalaciones. Se encuentra en un pequeño valle situado justo al centro de la cordillera de los Alpes en una hermosa zona de rocas con alto contenido de cuarzo y ricas praderas empinadas.
Fuera del circuito turístico alpino es un lugar de introspección. Nietzsche comentó su enorme deseo de estar en estas tierras completamente solo con sus pensamientos ya que este lugar estaba lejos del ruido y las distracciones. El pequeño valle fue, sin embargo, una importante ruta de tránsito en la edad de bronce y su historia también está ligada a su manantial de aguas termales. Esta fuente ya era disfrutada desde hace más de 3?500 años, aunque después no existan evidencias de asentamientos humanos permanentes en el lugar sino hasta el siglo xiv. A partir de esa época, hay diferentes testimonios que dan cuenta de sus poderes curativos contra el reumatismo, la gota, eczemas y otras enfermedades de la piel.
En 1854 se construyó el primer spa sobre el manantial: cuatro casas de baño con pequeños cuartos para aquellos aventureros visitantes que decidieran hacer el complicado trayecto que conduce a Vals. Pero, a finales del mismo siglo, fue sustituido por el primer hotel del lugar, con 60 camas y una casa de baño. A partir de allí el éxito y popularidad fue en aumento, aunque los costos de mantenimiento en la temporada baja lo hicieron poco solvente.
Para mediados del siglo xx vino a establecerse una exitosa industria, Valser, que hasta hoy continúa embotellando agua rica en minerales que brota en la llamada fuente de San Pedro, después de un proceso de purificación dentro de la tierra, que dura 25 años.
Uno de los socios había vislumbrado la idea de hacer un gran spa y en 1963, una vez separado de la embotelladora, comienza su construcción. Para su apertura en 1970 estaban ya vendidos casi la totalidad de los 375 departamentos. Fue otro éxito que años más tarde culminó en bancarrota. Sólo el propio municipio podía salvarla.
Y la comunidad de Vals, dueña al fin de sus propios recursos, planeó cuidadosamente la construcción de un spa capaz de atraer al turismo y generar los recursos necesarios para mantenerse. El diseño fue asignado al famoso arquitecto suizo Peter Zumthor, quien creó uno de los templos más bellos dedicados al agua y a la experiencia de sumergirse en ella.
El spa fue catalogado como patrimonio suizo apenas dos años después de su apertura y en 1988, Zumthor recibió el prestigiado Carlsberg Prize de arquitectura por su diseño.
El hotel ya existente, de diseño sesentero, se adaptó perfectamente con su sabor retro al diseño contemporáneo del spa, e hizo del complejo Hotel Therme Vals un armonioso conjunto incrustado en medio de la nada.
Los interiores fueron rediseñados meticulosamente por el mismo arquitecto: amplios espacios minimalistas con muebles clásicos de Eileen Gray, Mies van der Rohe, Le Corbusier, Jasper Morrison o el propio Zumthor.
Sin embargo, lo principal es sin duda el balneario, un espacio meditativo abrazado en la montaña. Ninguna fotografía describe la experiencia realmente: un mundo de minerales en tonalidades grises creadas por las piedras de granito y cuarzo.
Un túnel subterráneo conecta al hotel con el balneario enterrado profundamente en la montaña. La experiencia se centra en el acto arcaico de bañarse; el juego entre la luz y el agua, la piedra, el sonido y el vapor.
Sesenta mil tabletas de piedra forman las paredes. El altísimo techo es de concreto y permite, por medio de fisuras lineales, la entrada de suaves destellos de luz. Un espacio geométrico se forma a partir de las cavernas cúbicas de las seis piscinas: una central (32ºC), la exterior con una increíble vista a la montaña (36ºC), de flores con miles de pequeños pétalos (33ºC), piscina sonora (35ºC), de fuego (42ºC, deliciosa), de hielo (14ºC). Además de las maravillosas regaderas, la caverna de vapor a 42ºC y los cuartos de relajamiento con vistas panorámicas completan la experiencia.
Si se hospeda en el hotel, la entrada al balneario es ilimitada e incluye baños nocturnos.
Peter Zumthor dice que en su proceso creativo siempre tiene en mente que lo diseñado sea parte de un lugar, integrado a lo que le rodea. Y este lugar trascenderá como uno de los más bellos templos dedicados al bienestar en la historia del hombre y, si todas las religiones tienen un destino de peregrinaje en el mundo, aquel que ame el agua habrá de visitar Vals.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
BAD RAGAZ
GRAND HOTELS BAD RAGAZ
CH-7310 Bad Ragaz
T. 41 (81) 303 3030
F. 41 (81) 303 3033
www.resortragaz.ch
Habitaciones dobles desde 450 euros con desayuno incluido.
ST. MORITZ
BADRUTT’S PALACE
Via Serlas 27, CH-7500
T. 41 (81) 837 1100
F. 41 (81) 837 2999
www.badruttspalace.com
Habitaciones desde 795 euros.
KULM HOTEL
Via Veglia 18 St. Moritz
T. 41 (81) 836 8000
F. 41 (81) 836 8001
www.kulmhotel-stmoritz.ch
Habitación doble desde 300 euros.
SCUOL
HOTEL BELVÉDÈRE
CH-7550 Scuol
T. 41 (81) 861 0606
F. 41 (81) 861 0600
www.belvedere-scuol.ch
Habitaciones dobles desde 90 euros, desayuno incluido.
VALS
HOTEL THERME VALS
7132 Vals
T. 41 (81) 926 8080
F. 41 (81) 926 8000
www.therme-vals.ch/hotel
Habitación doble desde 68 euros por persona.
TRENES EN SUIZA
www.sbb.ch
TRAYECTOS Y PRECIOS
Ginebra-Bad Ragaz vía Zúrich: 60 euros, en 4 horas y 40 minutos.
Bad Ragaz-Scuol vía Landquart, Klosters: 25 euros, en 1 hora y 50 minutos.
Scuol-St. Moritz vía Saglians, Samedan: 16 euros, en 1 hora y 25 minutos.
St. Moritz-Vals vía Reichenau-Tamins Ilanz: 32 euros; en 3 horas y 20 minutos.
Vals-Ginebra vía Ilanz, Coira, Zúrich: 76 euros, en 6 horas.
EL RETORNO DEL SPA
Con los descubrimientos de inicios del siglo xx, las clínicas y hospitales reemplazaron rápidamente al spa. Éstos respondieron aumentando su oferta con hospedaje de lujo y algunos se convirtieron en destinos vacacionales o clínicas de pérdida de peso. Sin embargo, los valores de prevención, vida saludable y relajación han sido puestos de nuevo en primer plano y el spa hoy día es una combinación entre la antigua tradición y los avances tecnológicos; pero los rituales alrededor del agua continúan siendo el principio básico.
LOS CUATRO PASOS RITUALES
Hoy se dice que la secuencia apropiada del ritual es muy parecida a aquella utilizada en los thermae romanos:
•Baño para purificar el cuerpo.
•Piscina caliente, sauna o vapor.
•Tratamiento: puede ser un masaje o refriega del cuerpo.
•Descanso.
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