Río de Janeiro a sus deshoras
Ipanema Fotografía de Martín Luis Correa Urquiza

Río de Janeiro a sus deshoras

De los años treinta a los cincuenta, el mundo se enamoró de Río, sus playas, sus morros, sus fiestas y su Carmen Miranda. Ahora, los motivos —y los recuerdos— del romance bastan y sobran para que siga siendo una de las ciudades más entrañables del mundo.
Por Martín Correa Urquiza | noviembre 2006 | Tags: , ,
El reloj más importante de Río se atrasa. El de la estación central de autobuses, el que incluso así marca el pulso de la ciudad. Un vendedor de estampitas religiosas dice que en verdad a veces retrocede y a veces se adelanta, o marca cualquier hora, o la del día anterior, o la de hace dos horas y nadie se preocupa por eso. Salvo, claro, los viajeros extranjeros que se ponen muy nerviosos intentando llegar puntualmente a todas partes. Pues ese despiste del reloj es en cierta manera un síntoma de la particular relación de la ciudad con el tiempo. Río anda sin prisa, sin planes, sin penas, “es diferente”, afirma el vendedor mientras ofrece una figurita de San Expedito, patrono de las causas urgentes. “Por se acaso”, dice en un gesto y se ríe.

Aquí la única ley consensuada es la de dejarse llevar. Es como un laissez faire colectivo con el que todos están de acuerdo; una distensión de cervezas en la playa, coco, samba y bossa nova. Y es que los cariocas (como se llama a los habitantes) parecen haber decidido en algún concilio secreto no cargar sobre sus espaldas los problemas de lo cotidiano, de la vida urbana, de las relaciones interpersonales, de la economía mundial o de lo que venga al caso.

La ciudad sabe reinventarse sin perder su encanto. Renace, no como algo planificado, sino como parte del vaivén fluctuante de su naturaleza cultural. Hoy continúa siendo el principal destino turístico del país y es uno de los más importantes a nivel mundial. El lema urbano es algo así como un elogio de los excesos, del ocio sin necesidad de justificaciones, de la fiesta de tambores, la sonrisa y el baile aunque ahí afuera el mundo se esté hundiendo y la economía se disloque. Y no es despreocupación, es sólo una manera distinta de tomarse las cosas. Sobre esto, sin embargo, siempre hay en el aire una gran pregunta que parecen hacerse los cariocas: “¿la fiesta hace que olvidemos las penas, o es el origen del hecho de que nunca terminemos de hacernos cargo de lo que las provocan?”. Todo el mundo camina con sus contradicciones y aquí los habitantes hacen fuerza por olvidarlas. Mientras tanto, algo habrá que celebrar.

EL ORIGEN DE LA ALEGRÍA
Si bien la internacionalización de la ciudad como destino turístico está ligada a la devoción que Hollywood y el mundo del cine en general profesó hacia ella desde comienzos del siglo xx, quizá podamos rastrear la historia de su carácter inquieto y efervescente en su conformación como pueblo heterogéneo, como pueblo de pueblos. Ya en el siglo xvi para los esclavos, la danza era una manera de ahuyentar las tristezas. Prácticamente la mitad de los 10 millones de africanos que fueron capturados y traídos a América, llegaron a Brasil. El oro de Mina Gerais había generado la demanda de mano de obra y consagró al mismo tiempo a Río de Janeiro como puerto principal del país. La ciudad crecía y se articulaba como entrada y salida de mercancías y esclavos, y allí, en cada espera por su destino definitivo, los hombres bailaban y tocaban tambores. Eran maneras de acortar distancias, de estar más cerca de lo que habían sido obligados a abandonar. Y cuentan que de esos redobles nacieron los primeros encuentros de samba. Cuentan que de alguna manera ahí comenzó la música en Río.

Años antes, en enero de 1502, el navegante portugués Gaspar de Lemos había sido el primer europeo en encontrarse frente a frente con la bahía de Guanabara; esa espectacular entrada que genera el mar y que el explorador bautizó como Rio do Janeiro: “río de enero”. A pesar de la equivocación topográfica, así quedó para siempre. Según Lemos había sido un río descubierto en el mes de enero, y ya. En 1763 la ciudad se transformó en la capital del país y fue sede del “Vice-Reino do Brasil”; en 1808, pasó a ser la base del Reino de Portugal cuando la familia real se trasladó ante la amenaza de la invasión napoleónica. Años después Brasil se consolidaba como república; Río ya era el cerebro de la criatura.

A principios del siglo xx comenzaron las remodelaciones urbanas que, inspiradas en París, apuntaban a transformarla en el referente del desarrollo moderno en Latinoamérica. Junto al rediseño se produjo una suerte de internacionalización de la imagen de la ciudad gracias al desembarco de la industria cinematográfica norteamericana y europea. Hollywood dictaba ya las pautas del glamour (marcaba tendencia) y Río, por su carácter e infraestructura, era el escenario perfecto. El romance tuvo su punto álgido desde los años treinta hasta bien entrados los cincuenta. Eran tiempos en los que la bahía de Guanabara se convirtió en vitrina mundial y fue en cierta manera reinventada por el celuloide en musicales como Flying Down to Rio (1933), That Night in Rio (1941), Road to Rio (1947) y Latin Lovers (1953). Eran tiempos en los que Fred Astaire y Ginger Rogers se paseaban como en casa por las playas de Flamengo, en los que el majestuoso Copacabana Palace recibía a Marlene Dietrich y a Edith Piaf mientras en los casinos actuaba Yves Montand o Bing Crosby. Tiempos en los que Anita Ekberg descansaba de su dolce vita con la dulce vida de los paseos cariocas.

Para todos, Río simbolizaba lo exótico, lo lejano, lo liberal y neutral, era un espejo chic en el que mirarse, un espejo de noches cálidas y fiesta interminable. Pero el fenómeno nunca fue unidireccional. Mientras las estrellas del momento se acercaban, la ciudad exportaba al mundo, vía Broadway, una leyenda llamada Carmen Miranda. Ella con su Tico-tico no fubá también ayudó a mundializar el carácter exuberante y feliz de la imagen de Río. En la década de los cincuenta, en plena posguerra, Brasil organizó la primera copa de futbol del mundo después del conflicto, y la brasileña Adalgisa Colombo fue coronada Miss Universo. El fenómeno no se detenía. La bossa nova empezaba a sonar por los pasillos. El turismo llenaba las playas.

En 1960 las autoridades de la república trasladaron la capital administrativa hacia Brasilia, una apuesta arquitectónica futurista en el centro del territorio. Fue un intento por equilibrar demográficamente el país que empezaba a sufrir la superpoblación de las costas. A pesar del cambio, Río mantuvo su ritmo e intensidad y continuó funcionando como eje cultural. Por esos años, la consolidación del carnaval como evento multitudinario, el nuevo despertar musical que se dio con la aparición de artistas como Vinicius de Moraes, Tom Jobim y Chico Buarque, entre otros (todos cariocas), significaría la confirmación de la ciudad como polo de producción cultural y atractivo internacional. En Río seguían pasando cosas.

NATURALMENTE
Sin duda, Río de Janeiro es la mejor postal urbana del mundo. Desde el punto de vista geográfico y natural es también una síntesis del país: mar, playas muy largas, unos cerros a modo de torres que descienden hacia la costa y la laguna Rodrigo de Freitas en el centro del cuadro. Como marco, la selva. Más específicamente la “mata atlántica”, aun más variada que la amazónica por su clima tropical y sus cercanías con la humedad marítima. Así es como aquí se da la mayor floresta urbana del planeta: 18 por ciento de la ciudad está cubierta de verde. Parques, jardines, balcones, esquinas: allí donde exista un trozo pequeño de tierra, crecerán flores, arbustos y colores. La naturaleza ha dotado bien a esta ciudad. Y su gente, de la mano de artistas como Burle Marx, paisajista responsable de la estética de Copacabana e Ipanema, por ejemplo, le ha dado el toque necesario para hacer de ella la más bonita. “Dios es el artista, Río su obra maestra”, reza un graffiti en las paredes del metro.

En los años noventa, luego de una serie de crisis locales y de la agudización de la brecha de desigualdad social, el aumento de la delincuencia urbana fue parte del vox populi. Río se estaba transformando en un sitio inseguro. Al mismo tiempo los excesos de la policía, conocidos internacionalmente, la hacían aun más peligrosa de cara al imaginario mundial. Fue entonces cuando se frenó la afluencia de visitantes y la ciudad entendió que esa imagen era un problema. En aquel momento se decidió la creación de un organismo diseñado para llevar adelante todo los aspectos vinculados al turismo, Riotur, una entidad independiente del Estado nacional y dedicada específicamente a Río, que tenía y tiene como objetivo trabajar por la seguridad urbana del viajero y reposicionar a la ciudad en el inconsciente colectivo de Europa y América. Así fue como se llenaron de luz las arenas nocturnas de la zona costera y se limpiaron las playas con brigadas especiales que, mientras todos dormían, prácticamente filtraban la arena. Los vigilantes incorporaron conocimientos turísticos y las favelas, que se veían como un inconveniente de carácter “estético” para el perfil que buscaba la burguesía de su “cidade maravilhosa”, fueron integradas al entorno. Así, se pintaron las casitas, y se incorporaron arquitectónica, social y culturalmente al paisaje urbano. Fue un intento por transformar esos sitios en un atractivo más. Y aunque esto no ha significado la solución, la situación ha mejorado. Hoy favela es una de las primeras palabras que se aprenden al tocar suelo brasileño. Hay incluso folletos turísticos que invitan a conocerlas, y si bien la oferta es (hasta cierto punto) una manera de naturalizar una parte de la realidad carioca y dar trabajo con la venta de artesanías a los moradores, el asunto genera, como mínimo, sensaciones ambiguas: hay algo de patético en la dificultad económica traducida en un show para turistas. De todas formas este tipo de “atracciones” son una buena manera de empezar a conocer la ciudad y sus contradicciones. Los cariocas dicen que con el plan las cosas empezaron a mejorar y a principios del siglo xxi la ciudad vuelve a ser la misma.


POR DÓNDE EMPEZAR
Río tiene 83 kilómetros de playas, y si bien casi todas merecen una visita hay cuatro que son imperdibles: Copacabana, Ipanema, Leblon y Barra de Tijuca; en cada una hay pequeños bares cuyas especialidades alternan entre el pescado frito, los camarones y el agua de coco verde. La arena suele ser espacio para la exhibición de mulatos vestidos con bañador pequeño y cadenas de oro; de mulatas que portan el desprejuicio y micro bikinis sobre cuerpos “publicitarios”.

Copacabana es la más famosa, quizá del mundo. Hoy está un poco abarrotada de gente pero de todas maneras es un buen sitio para descansar al abrigo del imponente Pan de Azúcar. Por las tardes suele haber velas encendidas sobre la arena: son ofrendas para Lemanjá, la diosa del mar, a quien el turismo no ha logrado ahuyentar. Ipanema, al lado, es un tanto más exclusiva, pero tiene también ese perfil de “enjambre” de bañistas.

Ipanema es playa y barrio, como una isla, atrapada entre la arena y la laguna Rodrigo de Freitas, y en el medio una pasarela de diseño urbano y vanguardia con una simpática dosis de arrogancia. Es el distrito de moda y de la moda, que en cierta forma ha desplazado a Copacabana. En la Avenida de Paiva, por ejemplo, se han instalado los diseñadores locales. Y cada mañana la avenida costanera Vieira Souto es la que recibe a patinadores, ciclistas y trotamundos mientras las playas se abren a los surfistas, al coctel de bañistas y a los vendedores de camarão ao palito. Por su parte, los que le escapan al sol eligen el café y librería Travessa (Rua Visconde de Pirajá 462 A; www. livrariadatravessa.com.br). La movida nocturna pasa principalmente por el local Mistura Fina (Av. Borges de Medeiros, 3207; T. 55 (21) 2537 2844; www.misturafina.com.br) y por el Melt (Rua Rita Ludolf 47; T. 55 (21) 2249 4400; www.meltrio.com.br) dos iconos en los que se mezclan locales y turistas que suelen terminar la fiesta sobre la arena. En este barrio está también el bar donde Vinicius de Moraes, uno de los padres de la bossa nova junto a Tom Jobim, se inspiró para componer la mítica Garota de Ipanema. La canción es quizás una de las más conocidas en habla portuguesa y según la historia —mil veces contada por el autor— la melodía surgió una tarde del ‘66 en ese café, mientras miraba caminar a la modelo Heló Pinheiro rumbo a la playa. Actualmente, el lugar es una especie de santuario empapelado de fotografías, notas periodísticas y partituras que congrega a viajeros de todas partes del mundo. El Bar Vinicius (Rua Vinicius de Moraes 39; T. 55 (21) 2523 4757; www.viniciusbar.com.br), frente al Garota (www.garotaipanema.com.br) es otro de los referentes principales. Al otro lado de las playas, frente a la laguna hay un precioso paseo peatonal y se abre una hilera de restaurantes étnicos, mediterráneos, japoneses y nativos, frecuentados en su mayoría por la alta sociedad carioca.

Cerca de la playa de Ipanema está Leblon, una playa y un barrio en el que vive buena parte del mundillo artístico de Río. Gilberto Gil y Caetano Veloso tienen casa ahí. En Leblon empieza la tranquilidad, aunque si lo que busca es estar bien alejado de la muchedumbre hay que llegar hasta Barra de Tijuca; una de las playas más limpias y relajadas de la ciudad. Hay autobuses que hacen todo el recorrido de la costa.

De todos modos, es bueno pensar que más allá de las arenas, Río es también un lugar interesante. Es una ciudad de museos raros —o al menos que salen del molde tradicional—, de barrios antiguos de calles empedradas, de palacios de últimos emperadores, de jardines de esculturas y plantas exóticas, y cafés que cuentan buena parte de la historia urbana.

Siguiendo esta idea, el morro de Santa Teresa es uno de los mejores sitios para internarse en los aires locales de la bohemia cultural. Es como un Montmartre carioca, un barrio de artistas que viven en casas coloniales que miran al mar desde la altura. Para llegar, hay un tranvía de vagones solitarios y amarillos que pasa cada 15 minutos por encima de los Arcos de Lapa en el corazón urbano, justo frente a una espantosa catedral de diseño futurista de dos mil ventanas y cuatro vitreaux dantescos. Los rieles van cuesta arriba, entre mansiones de principio de siglo y calles de adoquines rotos, entre talleres y galerías de arte al aire libre donde conviven pintores, escultores, poetas y escritores. Clara Arthaud es allí una de las escultoras más importantes. Trabaja con formas humanas (cuerpos sin órganos) que envuelve en cuero, y que son como hombrecitos husmeando en máquinas oxidadas o tratando de escapar de los marcos de los cuadros. Como ella, hay más de 90 artistas distribuidos en 45 talleres en todo Santa Teresa. La mayoría se ha acostumbrado a recibir a los viajeros curiosos, pues la oficina de Riotur tiene un listado de los 45 talleres con dirección y teléfono; también pueden conocerse en www.chave mestra.com.br

Bajando el cerro, el barrio de los Arcos de Lapa ha retomado su viejo atractivo y vuelve a ser (junto a Ipanema) uno de los principales puntos de referencia de la vida nocturna de la ciudad. Es una zona de grandes casas de principios de siglo, cabarets y calles de piedra que ya en los años 50 habían sido frecuentados por artistas, intelectuales y políticos. Hay bares a lo largo de las calles Mem de Sá, Riachuelo e Lavradio y algunos monumentos históricos como los mismos Arcos de Lapa o la Iglesia de Nuestra Señora de Lapa. Hoy, el río Scenarium (Rua do Lavradio 20; T. 55 (21) 3147 9005; www.rioscenarium.com.br), de día tienda de antigüedades y de noche local con música en vivo, junto a la Fundição Progresso (Rua dos Arcos 24; T. 55 (21) 2220 5070; www.fundicao.org) y el Circo Voador (Rua dos Arcos s/n; T. 55 (21) 2533 0354 www.circovoador.com.br) son tres de los puntos con mayor movimiento en la zona. Algunas noches no es extraño encontrarse con un concierto callejero y espontáneo de Jorge Ben o algún otro artista de mbp (Música Popular Brasilera).

Un poco más hacia el mar, en el centro de la ciudad, el Café Colombo (Rua Gonçalves Dias 32; T. 55 (21) 2232 2300) es algo así como la versión carioca de Els Quatre Gats catalán o el Tortoni de Buenos Aires. Un sitio glamoroso donde suelen reunirse el brillo y la decadencia artísticas de Río. El salón que lleva espejos belgas por paredes y un charme de belle époque sentado en cada mesa; se abrió en 1894 y hace unos años fue declarado Patrimonio Histórico y Artístico del Estado. El bufé para la hora del té, con pasteles y crepas, brinda una buena ocasión para compartir espacio con pintores, poetas y escritores. Están los renombrados y esos desconocidos de siempre, que muchas veces tienen bastante más que contar que los primeros. Cerca de allí hay excelentes lugares donde internarse en el universo culinario local; no es posible dejar Río sin probar la feijoada, la moqueca y las frutas tropicales.

El Pan de Azúcar y el Corcovado forman parte del itinerario obligado para los cazadores de atardeceres. El primero es el emblema carioca por excelencia, un cerro que nace del mar y separa las playas de Copacabana y Botafogo. Con su forma de gran monolito natural es el encargado histórico de dar ese perfil tan particular a la postal tradicional de Río. Hay un funicular que recorre 1?300 metros antes de llegar hasta la cima. Para tener la otra perspectiva hay que subir los 709 metros de la montaña del Corcovado y sentarse al lado del segundo gran icono local: un enorme Cristo de 30 metros de altura y más de mil toneladas de peso en el corazón del Parque Nacional de Tijuca. También hay un funicular que llega a la cima.

Hoy Río continúa siendo uno de los polos de producción cultural en Brasil, tanto desde el punto de vista teatral como plástico y musical. Mantiene esa suerte de glamour que le dejaron los años dorados de Hollywood y “renueva su peinado” constantemente. Y aunque como dice el periodista brasileño Leonel Kaz: la ciudad vive con la saudade de un pasado glorioso que verdaderamente vivió, ese pasado le da la dimensión de su potencial, marca el punto de referencia y le recuerda hasta dónde puede volver a llegar. Desde siempre, Río ha asumido otra forma de entender el tiempo, y ahí va, reencontrándose a sí misma, a un ritmo lento, despreocupado pero efervescente.

GUÍA PRÁCTICA

OFICINA DE TURISMO
Riotur Rua da Assembléia 10, piso 9
T. 55 (21) 2217 7575
www.riodejaneiro-turismo.com.br


DÓNDE DORMIR

La mayoría de los hoteles de categoría están en Ipanema y Copacabana. Pero en la zona de Catete y en el centro se pueden encontrar opciones correctas entre 20 y 30 dólares. En todo caso, quien pueda debe hospedarse en el espléndido Copacabana Palace (Avenida Atlantica 1702; T. 55 (21) 2548 7070; F. 55 (21) 2235 7330) que ocupa el lugar más privilegiado de Copacabana (y por ende quizá del mundo) desde 1923.

COMER Y BEBER
El universo culinario del Brasil es sumamente variado. La feijoada es quizás el plato por excelencia. Y no hay que dejar de probar los jugos de mango, papaya, aguacate y miles de frutas que no se encuentran en otra parte.

BAR DO ARNAUDO
Rua Almirante Alexandrino 316 B
T. 55 (21) 2252 7246


CONFEITARIA COLOMBO
Rua Gonçalves Dias 32
T. 55 (21) 2232 2300
www.confeitariacolombo.com.br


BAR GAROTA DE IPANEMA
Rua Vinicius di Moraes 49
T. 55 (21) 2523 3787
www.garotaipanema.com.br


BAR PETISCO DA VILA
Rua 28 de Setembro 238
T. 55 (21) 2576 5652
www.petiscodavila.com.br


CERVANTES
Av. Prado Júnior 355
T. 55 (21) 2275 6147
Abierto hasta las 4 horas. Alrededor de 10 dólares.


QUADRIFOGLIO
Rua J.J. Seabra 19 (Jardín Botánico)
T. 55 (21) 2294 1433
Alrededor de 85 dólares por una cena completa.


SUSHI LEBLON
Rua Dias Ferreira 256
T. 55 (21) 2512 7830
F. 55 (21) 2249 7550
Alrededor de 40 dólares.


CASA DE FEIJOADA
Rua Prudente de Moraes 10
T. 55 (21) 2523 4994



MUSEOS RAROS

MUSEU INTERNACIONAL DE ARTE NAÏF DO BRASIL
Rua Cosme Velho 561
T. 55 (21) 2205 8612
Martes a viernes de 10 a 18 horas y vacaciones, sábados y domingos de 12 a 18 horas.
Entrada: 3 dólares.

Brasil es uno de los países con mayor tradición de arte naïf del mundo, y Río es la ciudad donde se concentra. Por eso se ha abierto una galería con unas ocho mil obras. El sincretismo religioso de las etnias locales, la flora y la fauna y el folcklore son sólo algunas de las temáticas frecuentadas por los pintores.

CASA DO PONTAL
Estrada do Pontal 32950
T. 55 (21) 2490 3278
www.museucasadopontal.com

Tiene la colección más grande de arte popular de Brasil. Son unas cinco mil obras no teñidas por el academicismo que incluyen marionetas de carnaval, payasos, equilibristas de circo, pescadores, carpinteros, piezas eróticas en miniatura y un organillero en tamaño natural con sonido y movimiento. Según la Unesco es casi un sitio antropológico y es el único museo que afronta una visión verdaderamente comprensiva de la vida y la cultura brasileña.

SITIO SANTO ANTONIO DA BICA
Estrada da Barra de Guaratiba al 2019
T. 55 (21) 2410 1412
Todos los días de 9:30 y 13:30 horas.
Entrada: 2 dólares.

Roberto Burle Marx fue uno de los más importantes artistas y paisajistas del Brasil, responsable del diseño en forma de ondas de las conocidas aceras de Copacabana e Ipanema. En 1949 decidió mudarse a las afueras de la ciudad y adquirió un predio en el que montó un gran museo artístico-botánico en donde pasar el resto de su vida. Es un bosque extraído de algún cuento fantástico: más de 3?500 especies de plantas tropicales y semitropicales que se conjugan con varios “objetos de emociones poéticas”, como a él le gustaba llamar a las obras de arte. Hoy depende del Estado y está abierto al público. Una de las excentricidades de Burle Marx era que sólo comía lo que preparaba su cocinero: Cesar. Después de la muerte del paisajista, el chef abrió un restaurante justo enfrente del sitio.

ÚLTIMA RECOMENDACIÓN
La última película/documental Vinicius, del director Miguel Faria, se interna en la vida y la música del poeta y más grande impulsor de la bossa. En el 129 de la calle Vinicius de Moraes hay una tienda de discos y museo pequeño dedicado al autor (T. 55 (21) 247 5227; www.tocadovinicius.com.br). Hay días en que se organizan recitales sobre las aceras.
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