Farley Farm, donde la fiesta era arte
©Lee Miller Archives Fotografía de Archives Miller Lee

Farley Farm, donde la fiesta era arte

Meterse hasta la cocina de una casa es el deseo morboso de muchos. Y es precisamente de lo que se trata en esta casa del sur de Inglaterra. Pero el motivo es otro: sus antiguos moradores fueron la modelo y fotógrafa Lee Miller y el artista Roland Penrose, cuyas fiestas le legaron obras de arte y recuerdos que sólo pueden admirarse en contexto.
Por Olivia Edward | diciembre 2006-enero 2007 | Tags: , ,
“Lo que más recuerdo de él es la sensación de su ropa”, dice Antony Penrose acerca de Pablo Picasso, “y su olor: colonia anticuada y cigarros Gauloise”.

Sus recuerdos no son precisamente emblemáticos de lo que suele retener un niño pequeño y es que Antony Penrose no tuvo una infancia ordinaria.

Sus padres fueron Lee Miller —la brillante modelo y musa americana convertida en pintora surrealista y fotógrafa— y su esposo Roland Penrose, a quien se le atribuye haber traído a Inglaterra el movimiento surrealista y luego echar a andar el Instituto de Arte Contemporáneo en Londres.

En sus últimos años, vivieron en una antigua granja en el campo, llamada Farley Farm. Fue allí, entre las colinas de cal de East Sussex en el sur de Inglaterra, donde Antony olió la verdadera naturaleza de Picasso, y donde artistas y poetas como Man Ray, Max Ernst, Joan Miró y Henry Moore se encontraban con sus amantes para parrandear el fin de semana.

Ahora, cincuenta años después, Antony Penrose y su hija Ami Bouhassane —la nieta de Lee—, llevan pequeños grupos de aficionados al arte a visitar la casa y tratar de recrear su espíritu bohemio.

En el interior, las cosas siguen prácticamente igual, sin restauraciones clandestinas: una mezcla deliciosamente intacta de tablones torcidos de madera de olmo, mosaicos de cantera victorianos y paredes cubiertas de delicias visuales —el mural al dios del sol de Roland, esculturas, grabados monocromáticos y la piel de un tejón que se encontraron un día en la carretera, e infinitas, infinitas pinturas.

Por sí sola, esta colección singular cuenta la historia de Lee y Roland y el notable grupo de amigos que formaron durante sus vidas.

Lee Miller nació en Poughkeepsie, Nueva York, en 1907 y su vida despegó en una dirección extraordinaria. A los siete años fue horriblemente violada por un conocido de la familia, lo cual al parecer provocó un raro distanciamiento de su cuerpo, que culminaría después en su bravura como corresponsal de guerra. Antes de cumplir los veinte años fue “descubierta” por Condé Montrose Nast, a cargo de la revista Vogue, y se convirtió en una modelo muy solicitada entre los grandes fotógrafos de la época, como Edward Steichen, Arnold Genthe y Horst P. Horst. Luego, una de sus fotos se usó sin su conocimiento para anunciar un producto de higiene femenina y, de la noche a la mañana, nadie quiso tocarla: el glamour se había esfumado.

Sin dejarse amedrentar, viajó a París y se plantó en la puerta del fotógrafo surrealista Man Ray. A pesar de sus protestas, de insistir en que no aceptaba discípulos y en que estaba de vacaciones, terminó por aceptarla como su musa y amante. (“Te he amado desenfrenada y celosamente”, diría después él) y también como su discípula, pues a su lado Lee adquirió suficiente conocimiento para establecerse en Nueva York como fotógrafa exitosa.

Su estudio no tenía ni tres años cuando se casó con un egipcio muy rico de nombre Aziz Eloui Bey, a quien conoció en St. Moritz. Se mudaron a El Cairo, donde llevaron una divertida vida de cocteles, fiestas de bridge y carreras de camellos. Pero, a pesar de sus épicas jornadas en el desierto, Lee estaba aburrida. “Con gusto me habría vuelto alcohólica”, cita Carolyn Burke, su biógrafa.

Las cosas empezaron a pintar mejor en 1937, cuando conoció al artista surrealista británico Roland Penrose en París y se hicieron amantes. Nacido en 1900 e hijo de una pareja de adinerados cuáqueros, Roland había estudiado arquitectura en Cambridge antes de mudarse a Francia, donde se hizo amigo del grupo cubista y se casó en 1924 con Valentine Boué, la poetisa francesa.

Cuando Lee y Roland finalmente se encontraron, ya eran grandes viajeros y se aventuraron por Rumania, Grecia y Egipto juntos. Después Lee decidió dejar a Aziz y volver a Londres con Roland (él se había separado un año antes de conocer a Lee). Era 1939, la guerra estaba a punto de estallar.

Cuando llegaron a Londres, Lee tomó un trabajo como reportera para Vogue, y fotografió Londres durante un bombardeo aéreo antes de ser enviada a Europa para capturar el trabajo de las enfermeras americanas en el campo de batalla.

Había órdenes de que las mujeres no debían fotografiar el combate. Lee las ignoraba y atravesó Europa como testigo de sitio en St. Malo, la liberación de París y los horrores callados de lo que estaba pasando en los campos de concentración alemanes. Las fotos resultantes son una mezcla estremecedora de belleza y horror.

Mientras tanto, Roland se volvió un promotor del comité de artistas refugiados, rescató a muchos artistas de la Alemania nazi y les encontró trabajo en el Reino Unido. También puso su propia galería, promovió el Guernica de Picasso en Inglaterra en 1939 y, justo después de la guerra, con un grupo de amigos, fundó el Instituto de Arte Contemporáneo (ica) con la esperanza de motivar el arte experimental e innovador.

Cuando Lee volvió de Europa se casaron y tuvieron a su hijo Antony. Dos años después, se mudaron a Farley Farm. A Lee le gustó la vida del campo, pero no el matrimonio ni la maternidad. Su experiencia de la guerra la había devastado. “Nunca pude deshacerme del hedor de Dachau en mis fosas nasales”, dijo poco antes de morirse.

En la actualidad, le habrían diagnosticado un desorden nervioso postraumático. Sin embargo, entonces no pudo más que consolarse a sí misma con alcohol. Las fiestas continuaron. Picasso apareció en 1950. Henry Moore, Miró, Max Ernst y Man Ray se volvieron visitantes frecuentes; incluso Valentine, la primera esposa de Roland, vino a vivir con ellos por un tiempo. “Una muestra”, dice Antony, “de la profunda complicidad entre ambos”.

La casa se adormecía entre semana, cuando Antony y su nana eran los únicos habitantes. Luego, la noche del viernes irrumpía con una explosión de vida porque sus padres volvían de Londres con su bola de amigos. Antony recuerda la línea de coches que anunciaba la llegada del fin de semana, justo antes de que la casa se llenara de música y conversaciones. “Todo sucedía alrededor de la cocina”, dice su nieta Ami. Lee Miller se había convertido en una famosa chef gracias a sus platos surrealistas teñidos de colores chillones, como los senos de coliflor y el espagueti azul, “terapia pura”, los llamaba. Aventaba bolsas de verduras a los invitados para que las pelaran, y aquellos que no se sentían cómodos en el departamento culinario emprendían quehaceres artísticos (así fue el origen del mosaico de cerámica de Picasso sobre la estufa y otros bosquejos sobre la mesa de la cocina).

Pero los Picasso no son lo único interesante de este museo. Hay obras de arte que representan las vidas de sus pintores por toda la casa. En la sala hay una obra de Roland, de estilo africano llamada A First View, donde aparece Lee en el tercer mes de embarazo admirando su vientre, con una especie de lagartija adentro. En el comedor, una extraña criatura surrealista de hojalata con el título Don’t You Hate Having Two Heads, expresa la batalla del propio Roland entre su trabajo como administrador de arte y su deseo originario de convertirse en artista. En la recámara hay una obra de Delvaux llamada L’appel de la Nuit, que muestra hermosas mujeres desnudas, cuyos cabellos se han convertido en una enredadera pegada al piso, también la famosa fotografía de Lee, tomada por su amante y colega, el corresponsal David E. Scherman, mientras se baña en la tina de Hitler.

Pero quizá lo más revelador sea la obra producida por Congo, el prolífico chimpancé pintor. Tras una exitosísima exhibición en el ica, su dueño, el famoso zoólogo Desmond Morris, decidió comprarle una pareja hembra como recompensa. Al verla, Congo abandonó los pinceles rápidamente y nunca más pintó; Antony Penrose dice —mientras nos detenemos en el estudio de Roland— “eso revela todo lo que necesitamos saber sobre el arte”.

*Traducción de Claudia Itzkowich

FARLEY FARM HOUSE
Para concertar una cita:
T. 44 (1825) 872 691
www.rolandpenrose.co.uk

Las visitas cuestan 37 euros, duran tres horas e incluyen té y galletas, normalmente servidos por la antigua nana de Antony.
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